Haz lo que digo pero no lo que hago: Jean Jacques Rousseau y Thérese Le Vasseur

“Un buen padre vale por cien maestros.” Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)

“¿De dónde procede este uso irrazonable? De un uso desnaturalizado. Desde que las madres, despreciando su primer deber, no han querido ya alimentar a sus hijos, ha sido necesario confiarlos a mujeres mercenarias que se encuentran así madres de niños extraños respecto a los cuales la naturaleza no les dice nada, sólo han buscado ahorrarse trabajo. Es necesario velar sin cesar a un niño en libertad; pero, cuando él está bien ligado se le arroja a un rincón sin embarazarse con sus gritos. Dado que no existen pruebas de la negligencia de la nodriza, puesto que la criatura no se rompe ni brazo ni pierna, ¿que importa, por lo demás, que perezca o que permanezca enferma para el resto de sus días? Se conservan sus miembros a expensas de su cuerpo y sea cual sea lo que suceda, la nodriza está disculpada.” Emilio, o De la educación (1762).

Rousseau ha pasado a la posteridad, entre otras obras, como el autor del Emilio, considerado uno de los primeros tratados sobre filosofía de la educación del mundo occidental moderno. El libro está dirigido a las madres “amorosas y prudentes” y se centra sobre todo en la educación de los hijos varones, dejando el libro V a la educación y destino de la mujer, que es, según él, “agradar y ser subyugada”. Lo que poca gente sabe es que este hombre y su pareja, Marie-Thérèse Le Vasseur, tuvieron 5 hijos (entre 1747 y 1755) que fueron abandonando sucesivamente en el hospicio de los Enfants-Trouvés, una entidad estatal de beneficencia cuya mortalidad, como en todos los hospicios, inclusas y horfanatos europeos hasta hace muy poco, era altísima. En concreto, en el de París, un 84% de los niños morían antes del primer cumpleaños. Nunca está demás recordar que la falta de madre, la falta de contacto físico, cariño y lactancia materna destruyen o matan de hospitalismo y marasmo institucional.
 
El tema es trágico e interesante a partes iguales. ¿Cuáles podrían ser los motivos de hacer semejante barbaridad como es traer hijos al mundo para abandonarlos después de forma consciente y calculada? ¿Cómo es posible que este hombre haya pasado a la historia por sus ideas y no por sus actos? ¿Acaso la ejemplaridad personal no debería ser el objetivo principal de cada ser humano, más aún en el caso de un intelectual que pretendía introducir un componente moralizante en sus escritos? Veamos cuáles fueron las diferentes justificaciones que esgrimió para estos abandonos sucesivos y premeditados:

a) En una carta a Madame de Francueil, escrita en 1751, Rousseau dice cosas como (ojo, el último bebé fue abandonado cuatro años después de esta carta):

“(…);¿cómo podría alimentar a mi familia? Y si me viera obligado a recurrir a la profesión de autor, como las preocupaciones domésticas y las molestias de los niños me dejarían, en mi granero, la tranquilidad de espíritu necesaria para realizar un trabajo lucrativo? (…) No, señora, es mejor que sean huérfanos a que tengan un padre bribón.
(…) Su madre, víctima de mi celo indiscreto, cargada por su propia vergüenza y sus propias necesidades, casi tan enfermiza, e incluso menos en estado de alimentarlos que yo, será forzada a abandonarles a ellos mismos, y yo no veo para ellos mas que la alternativa de hacerse limpiabotas o bandidos, lo que viene a ser lo mismo. Si al menos su estado fuera legítimo, podrían encontrar más facilmente recursos. Si tienen que llevar a la vez el deshonor de su nacimiento y el de su miseria. ¿En qué se convertirían?”

b) En el libro 8 de su obra “Confesiones” escribió que abandonó a sus hijos a la “educación pública” porque consideraba ese acto como un acto de ciudadano, de padre y en representación de la República Ideal de Platón, que quería que “todos los niños fueran educados en su República, que cada uno quedara desconocido de su padre, y que todos fueran los hijos del Estado”. A la vez, muestra un tibio complejo de culpa que de forma inmediata trata de autojustificar de forma tautológica (en mi opinión, algo así como “soy mal padre porque les he abandonado; les he abandonado porque soy mal padre”): 

“Depositando mis hijos en manos de la educación pública, al no poder educarlos yo mismo, destinándolos a convertirse en obreros o campesinos, más bien que aventureros y buscadores de fortuna, creí realizar un acto de ciudadano y de padre; y me consideraba como un miembro de la república de Platón. Más de una vez, desde entonces, los arrepentimientos de mi corazón me han mostrado que me había equivocado; pero lejos de que mi razón me haya dado la misma advertencia, he bendecido al cielo con frecuencia el haberles evitado por eso la suerte de su padre, y de aquello que les amenazaba cuando me vi forzado a abandonarlos”. 
(…)
“No hay pobreza, ni trabajos, ni respeto humano, que dispensen a un padre de alimentar a sus hijos y de educarlos él mismo. Yo aseguro a quien tenga entrañas y descuide tan santos deberes, que derramará durante mucho tiempo lágrimas amargas por su falta y que jamás será consolado.”

c) En el libro 9 de “Confesiones” escribe que lo hizo para evitar a los niños el contacto con la familia de su mujer, una familia “nefasta”. Para él, parece que era mejor morir en un hospicio de falta de amor y cariño que vivir en un ambiente inculto.

Todas estas decisiones le serían reprochadas por otros intelectuales como Voltaire y el entorno de Holbach, Grimm y Diderot. Traduzco de la web de Jacqueline Baldran:

“Pero bruscamente, algo rasgó esta paz cuando el correo le llevó un folleto, anónimo pero escrito por Voltaire, “El sentimiento de los ciudadanos”, un panfleto innoble y feroz:
“Sentimos compasión de un loco pero cuando la demencia se convierte en furor, le atamos. La tolerancia que es una virtud se convierte ahora en un vicio… El triste “sire”  pone a su patria al borde de la guerra civil.” 
“Un hombre que todavía lleva las marcas funestas de su libertinaje y que, disfrazado de saltimbanqui arrastra con él al infeliz que mató a la madre y que expuso a sus hijos a la puerta de un hospicio… Por abjurar de todos los sentimientos de la naturaleza, como él despoja aquellos del honor y la religión… Hay que enseñarle que si castigamos ligeramente a un novelista impío, castigamos con la pena capital a un vil sedicioso.”
(…)
Este panfleto que denunciaba el abandono de sus hijos aterró a Rousseau. Lo negaba desvergonzadamente escribiendo de su propia mano que era víctima de una calumnia. Pero por primera vez, sentía que los actos nos siguen, que debía asumir su vida, con sus faltas y sus crímenes. Este shock fue directamente el origen de las “Confesiones”.

Madame d’Epinay

Algunas amigas se ofrecieron a buscar a sus hijos abandonados para adoptarlos, como su amante posterior Madame d’Epinay.  Otra mujer, Madame La Marechale de Luxembourg, también intentó encontrarlos pero ninguna de las búsquedas tuvo éxito.

¿Podemos especular sobre posible causas latentes de todos estos abandonos? Rousseau, él mismo, sabía lo que era criarse sin madre, ya que la suya murió unos días después del parto y fue criado por su tía soltera Suzanne y una cuidadora de 16 años llamada Jacqueline. Los historiadores suponen que tuvo una nodriza por el mero hecho de haber sobrevivido pero se desconoce su nombre.

La Marechale de Luxembourg

¿Cómo gestionar tantas contradicciones? ¿El hecho de haber crecido sin madre y anhelándola podría estar en relación con su crítica a la crianza con nodrizas del “Emilio”? Pero, ¿por qué forzó a vivir (o morir) sin madre a sus propios hijos si él sabía lo que era y lo que les esperaba a ellos en el hospicio era infinitamente peor? La separación de su propia madre no se pudo evitar pero la de sus 5 hijos sí era evitable. Pero, un momento… ¿Fue también inevitable? La madre de Rousseau, Suzanne Bernard Rousseau, murió de fiebres puerperales en 1712, cuando todavía los médicos que atendían partos no tomaban las medidas higiénicas necesarias después de atender a mujeres enfermas y contagiaban a mujeres sanas por pura iatrogenia médica.  Se parte el corazón al pensar en toda esta cascada de desgracias, heridas primales y círculos de abusos en los que los niños y niñas son los más perjudicados y, a la vez, de adultos, muchas veces son los principales perpetuadores de estas situaciones.

Por otro lado, ¿cuál era la visión de todo esto de la madre de los 5 bebés? Thérese Le Vasseur era una especie de sirvienta doméstica de Rousseau y así era considerada por él. Provenía de una familia respetable venida a menos y cuando el misógino de Rousseau la conoció trabajaba de lavandera. Según cuenta el propio autor en el libro 7 de las “Confesiones”, fueron él y, otra mujer, la madre de Thérese*, los que organizaron los abandonos a pesar de las lágrimas de Thérese, que obedecía llorando. Sin embargo, año tras año seguía con él, seguían teniendo hijos y abandonándolos después uno tras otro en dejación de su responsabilidad materna. Desde luego, más lágrimas lloraron los bebés de Rousseau y Le Vasseur en la soledad del hospicio…

*Un análisis como el que aparece en el libro de Victoria Sau subvencionado por el Instituto de la Mujer y titulado “El vacío de la maternidad” nos llevaría a pensar que la madre de Thérese era una madre patriarcal función del ¿padre? Sin embargo, este tipo de análisis utiliza el concepto de patriarcado como atenuante o eximente de toda responsabilidad para la mujer (esta falta de responsabilidad se podría expresar en un “¡No fui yo! ¡Es el patriarcado el que actuaba a través de mí!”) a la vez que niega esos mismos atenuantes cuando de los hombres se trata. Es decir, con las mujeres y, por tanto, con nuestras madres, debemos sentir eso que llaman “sororidad” siempre, porque si hicieron algo mal lo hicieron por culpa del patriarcado, de algún hombre, algún padre o, como mucho, alguna madre víctima del patriarcado. Y con los hombres debemos sentir la enemistad “natural” fruto de las relaciones patriarcales en las que nos hemos criado. Ellos, se supone, que no son víctimas del patriarcado, son creadores y perpetuadores del mismo de forma consciente y activa. Yo creo humildemente que esto es falso, que las mujeres transmiten valores patriarcales y matriarcales, y que la autoridad materna puede ser usada para el bien pero también para el mal. Estamos por tanto ante una doble vara de medir a la hora de excusar determinados comportamientos: con “ella” hay que empatizar, hay que comprenderla, pobrecita, no pudo hacer otra cosa. Con “él” hay que condenar, hay que odiar por defecto, con o sin motivo, hay que responsabilizar. Para ser algo más ecuánimes habría que decir que la gran masa de la población se mueve en una nebulosa de tonos de grises, sin ser santos ni villanos, con nuestras cualidades y nuestros defectos, pero a la vez hay comportamientos que son objetivamente nocivos para terceros y cuya responsabilidad suele ser múltiple (individual y colectiva) y poliédrica.

7 pensamientos en “Haz lo que digo pero no lo que hago: Jean Jacques Rousseau y Thérese Le Vasseur

  1. Gracias por recordarnos este episodio, que tanta luz arroja sobre la auténtica personalidad del autor del "Emilio". Realmente, no sorprende que sea el modelo directo de toda la pedagogía moderna: un montón de palabrería inútil, destinada a tener siempre a mano una excusa moral.

    athini_glaucopis@hotmail.com

  2. Hola,
    Acabo de descubrir el blog, y todavía he de acabar de ojearlo. Felicidades! Sobretodo por ese intento de debatir lugares comunes y mitomanías, tan difícil de encontrar hoy en día.
    Un comentario, no a la entrada, si no sobre hospitalismo y marasmo institucional. Los estudios de Emmi Pikler también fueron en ese sentido (la falta de contacto físico y cariño), pero la solución también puede ser institucional (Centros Pikler-Lóczy). En la tendencia al individualismo y la solución personal actual, sorprende que hace más de medio siglo también se dieran soluciones des de los hospicios y horfanatos.
    Gracias

  3. Realmente son tantos de los mitos y pilares de la economía o la filosofía que se caen cuando estudias cómo trataron a sus hijos, parejas o servicio doméstico… Esas microhistorias dicen mucho más que los grandes manifiestos. Para mí las grandes obras no significan nada, se las debería llevar el viento, cuando no hay un intento de llevar una vida ejemplar o al menos reconocer y rectificar los errores.

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