“Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia…”

Sigo leyendo este libro a ratitos…

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“Duplica los panes que debes dar a tu madre.
Llévala como te ha llevado.
Ha cargado muchas veces contigo,
Y no te ha dejado en el suelo.
Luego que te dio a luz tras tus meses,
Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia
Te ha llevado a la escuela,
Y mientras te enseñaban a escribir,
Ella se sostenía durante tu ausencia, cada día, con el pan y la cerveza de su casa.
Ahora que estás en la flor de la edad, que has tomado mujer y que estás bien establecido en tu casa, dirige los ojos a cómo se te dio a luz, a cómo fuiste amamantado, como a obra de tu madre.
¡Que no tenga que vituperarte,
ni levantar las manos a Dios!
¡Y que Dios no tenga que oír su queja!
(Máximas de Ani. Reino Nuevo).

“¿Y cómo fue el parto?”

El parto fue salvaje, intenso, imparable, irremediable.

Sentí la fuerza de las tormentas y los terremotos,

el miedo ante mi humana debilidad.

Sentí una mano sabia,

también sentí la voz de quien no sabe callar.

En mi delirio final pedí tecnología,

números en la puerta del cérvix

y operaciones controladas a útero abierto.

Pero las cuentas no cuadraban

y entre el instinto y las matemáticas

me dejé llevar por la Naturaleza.

No daba tiempo, su llegada al mundo era inevitable.

Él quería nacer y yo quería impulsarle a la vida exterior.

Era imparable, irremediable…

Tanto como la entrada de un pedazo de mi amante en mi óvulo aquel mes,

tanto como el beso y la pasión que provocaron aquel encuentro.

Toqué su cabeza y la vida se abrió paso brotando entre mis gritos.

Nació.

Callé yo y comenzó él.

Solo buscaba una cosa: mi pecho.

Y yo solo ansiaba otra: acunarlo y darle su néctar escondido…

Sin justificaciones, sin razones, sin permiso de ninguna autoridad.

Nuestro abrazo iluminó la noche en aquel instante,

siendo la pieza que faltaba en el rompecabezas del alma.

Poema erótico del Antiguo Egipto

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(…) Estoy contigo

Y mi corazón salta de gozo.

Cuando tú estás (en mi casa),

si no son brazos y caricias,

(¿qué otra cosa puede ser para nosotros ) el placer?

Si deseas acariciar mis piernas y mi seno,

(no) te (rechazaré).

¿Es que te marchas porque te acuerdas de la comida?

¿Es que eres un hombre esclavo del vientre?

¿Quieres irte a causa de tus vestidos?

¡Yo soy la señora de las más ricas telas!

(¿Es que te vas porque tienes sed?)

¡Toma mis pechos!

Desbordará para ti su contenido.

¡Espléndido es el día en que nos abrazamos!

(…)

Hoy he ido a la piscina y entre chapuzón y siestas de unos y otros he leído este poema del Papiro Harris 500 incluido en el epílogo “La Mama Femenina como recurso literario erótico en la poesía amorosa del Antiguo Egipto” del libro “La Lactancia en el Antiguo Egipto” de Manuel Juaneda-Magdalena. ¡Que se hagan a un lado el porno y el posporno y viva el erotismo fresco y exuberante de estos versos chorreantes!

Los primeros recuerdos de Kabongo…

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Estas son las palabras de Kabongo, un jefe Kikuyu de África del Este. Tenía 80 años cuando dijo esto: “Mis primeros años están conectados en mi mente con mi madre. Al principio ella siempre estaba allí; puedo recordar la sensación reconfortante de su cuerpo cuando me llevaba en su espalda y el olor de su piel en el caluroso sol. Todo provenía de ella. Cuando tenía hambre o sed ella me daba la vuelta hacia donde podía alcanzar sus pechos llenos; ahora cuando cierro los ojos siento otra vez con gratitud la sensación de bienestar que tenía cuando enterraba mi cabeza en su suavidad y bebía la leche dulce que me daban. Por la noche cuando no había sol para calentarme, sus brazos, su cuerpo, tomaron su lugar; al hacerme mayor y estar más interesado en otras cosas, desde mi lugar seguro en su espalda podía mirar sin miedo como quería y cuando el sueño llegaba solamente tenía que cerrar los ojos”. Tomado de la pg. 94 del libro “Touching. The human significance of the skin” de Ashley Montagu. Fotografía: http://www.safarimuseum.com/gallery/#Married+to+Adventure/Photo_19_J352+Kikuyu+Mother+and+Child.jpg