El origen de los estilos de crianza actuales (3ª parte)

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Como hemos visto en los posts anteriores, los “métodos” de dejar llorar a los bebés sin más o por tiempos limitados tienen su fundamento “teórico” en el pediatra del Instituto Rockefeller Luther Emmet Holt y después en los estudios conductistas financiados por la Fundación Laura Spellman Rockefeller del psicólogo Watson. También hemos visto que ellos no han sido los inventores del desapego entre madres e hijos sino que sus raíces son muy antiguas y pueden remontarse hasta Esparta y más allá.

Pero no podemos quedarnos en una simple versión conspirativa de la historia. Las conspiraciones oficiales y no oficiales existen, pero por sí mismas no explican el éxito de sus estrategias. En el caso de la ruptura de la empatía entre madres e hijos con los consejos de no coger en brazos a los bebés, dejarlos llorar y demás, habría que explicar que los métodos citados, como los que propone Estivill, Holt, Ferber, son adaptativos al ambiente actual de crianza en soledad. Siempre hemos criado en compañía y ni siquiera los permisos parentales más largos, también solitarios, pueden poner un parche a esta realidad.

Si de la familia extensa y la vida vecinal en comunidad pasamos a la familia nuclear o incluso monoparental y le sumamos el factor trabajo asalariado con horarios rígidos y extensos, que expropian la energía vital al servicio de producir bienes y servicios, entonces tenemos un cuadro más completo. Estos “métodos” de repente aportan una solución al problema del cansancio de los padres y madres y su somnolencia diurna cuando sus hijos tienen despertares (algo normal y fisiológico) y no pueden recuperar el sueño perdido. La solución es dejar a los niños llorar hasta que se duermen agotados o por indefensión aprendida día tras día, que sean ellos los que tengan que adaptarse al mundo, al capitalismo realmente existente y sus modos de producción y vida aislada.

Sin embargo, en los discursos y narrativas de la crianza con apego o autodenominada “respetuosa” rara vez se hace una crítica al capitalismo o al trabajo asalariado. No, los niños no tienen ningún problema, somos “los adultos” los que lo tenemos. Sí, pero unos adultos tenemos más problemas que otros, otros tienen criadas y empleadas domésticas que suplen esa falta de apoyos y sueño inherente a los horarios industriales y su inflexibilidad.

El capitalismo es un sistema muy eficiente, se nos dice que todo el mundo puede triunfar y emprender de forma autónoma si consigue crear una nueva necesidad o suplir una necesidad que ya exista y nadie esté cubriendo. Por ejemplo, ante esta ausencia de vida social, familiar y vecinal, surgen las doulas modernas. Ante el vacío que van dejando las grandes religiones y el cambio generacional florece la espiritualidad de la new age y los cursos de autoayuda.

La visión conspirativa de la historia tiene otra limitación, los sistemas aunque los conforman personas, terminan teniendo vida propia de alguna manera gracias a las lógicas y dinámicas internas que se reproducen por sí mismas, el efecto “bola de nieve” que cae por la pendiente. La lógica interna del capitalismo dicta que todo lo “gratuito”, lo no mercantilizado debe desaparecer progresivamente por dos vías, una directa (creación de nuevos nichos de mercado y emprendimientos) y otra indirecta (las nuevas formas de producir y consumir traen consecuencias imprevistas de otras nuevas necesidades que se tienen que suplir en el mercado o bien no suplirse vía sufrimiento de los más indefensos).

En el mercado hay abundantes sustitutos maternos pero en realidad no suplen solamente a la madre, suplen a toda la comunidad y sus brazos para mecer niños que también faltan. Olvidar la dimensión social es quedarse solamente en la dimensión psicológica de la relación madre-bebé. Del mismo modo, no se pueden entender los estilos de crianza actuales ni como nacidos de forma espontánea de los madres y padres, que no tienen otra cosa mejor que hacer que ir contra el sentido primario de empatía y ayuda al bebé para dejarlos llorar, o porque son malas personas sin más. El trabajo asalariado, que es en muchas ocasiones algo asocial, inútil, frívolo y no tiene más finalidad que alimentar el consumismo, nunca es cuestionado.

(Pido disculpas por las erratas y errores de este texto, últimamente escribo del tirón sin releer y con poco tiempo. En los días sucesivos voy corrigiendo).

 

 

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