La niña que escribió “socorro” en la mesa redonda del comedor

¿Dónde estabas, papá?

De pequeña odiaba el teléfono,

ese invento que pretendía sustituir tu presencia.

No, una conversación de teléfono no es un padre.

¿Quién me robó a mi padre?

¿Por qué no luchó por estar a mi lado?

Está claro que sus prioridades eran otras,

disfrazadas de un “yo soy así y no puedo vivir de otra manera”.

Ningún sacrificio moral, ninguna lucha legítima.

Pero, ¿quién soy yo para desafiar el cuarto mandamiento y ser desagradecida?

¿Acaso no debemos todos conformarnos con las migajas?

Te recuerdo ausente, aunque siempre acudiendo al rescate cuando me iba a precipitar al abismo.

Ahora dicen que los padres son superfluos, que se puede criar y crecer perfectamente sin padre.

Con una madre basta.

Pues va a ser que no, que se necesita una madre, un padre, tíos, abuelos, hermanos, primos, amigos, vecinos… Cuantos más, mejor.

Se puede sobrevivir de muchas formas y no por ello dejar de echar de menos lo que no se ha tenido.

Que nos lo digan a nosotras, V., mi amiga del alma. ¿Recuerdas? Yo sí recuerdo cómo me enseñabas aquella maleta vieja que había en la terraza de tu casa.

Tu tampoco vivías con tu padre, como yo. Eso nos unía y nos acercó. Jamás volví a tener una amistad como la tuya. Nos comprendíamos. Aunque había algo que nos diferenciaba y nunca pude contártelo, porque era pequeña y no sabía cómo expresarlo.

Ojalá pudiera encontrarte y hablar de todo aquello. De cómo la vida (eufemismo de mi madre) nos separó. De cómo el mundo materialista y la ambición de dinero nos alejó. ¿A quién le importaba que dos amigas, dos niñas se separaran? Yo sé que tú sufriste y mucho mi falta. Éramos niñas.

La maleta de tu padre guardaba recuerdos, los pocos que pudiste guardar. Solamente sabías que estaba en Canarias y soñabas con, algún día, quizás ir a uno de esos programas de televisión en los que se busca a la gente perdida. ¿Perdida? Yo no sé lo que le pasó a tu padre pero sé que estaba vivo y desaparecido, que se fue y os dejó, a ti y a tu madre. ¿Estaría en busca y captura? ¿Dejó deudas pendientes? ¿Os abandonó sin más? Tu madre era maravillosa, lo que no impedía que desearas estar con tu padre, al que ya apenas recordabas. Cállate, hoy si lo dijeras nadie te entendería, dirían que son condicionamientos culturales, fantasías de padre… Yo sí, V., y que lo entienda yo sé que es suficiente, amiga mía.

Te he buscado en redes sociales y a veces me imagino que te busco en tu casa, en el barrio. Tu ausencia también me pesa, aunque sea muy de vez en cuando.

Nos volvimos a ver en la adolescencia pero ya no era lo mismo, ¿verdad? Verte me hizo imaginar lo que yo podía haber sido si las cosas hubieran sido diferentes, si me hubiera quedado en el barrio.

Si nos volviéramos a ver te contaría por qué escribí con boli la palabra “socorro” en la mesa del salón, abajo, cerca del hueco para poner el brasero.