“Responsabilidad, personalidad, descendencia” de Federico Urales (1925)

Reproduzco un artículo publicado en la Revista Blanca nº41, el 1 de febrero de 1925 y escrito por Federico Urales (pseudónimo de Joan Montseny), padre, anarquista, tornero, maestro y sindicalista. Me ha llamado la atención por ser un texto contrario al discurso neomalthusianismo de la época en unos tiempos en los que el movimiento libertario ibérico florecía en toda su diversidad, que se veía reflejada en las diferentes publicaciones que había y en los interesantes controversias que se producían. No había ni rastro de pensamiento único y sí multitud de personas con reflexiones propias siempre debatibles. También sorprende la aparente contradicción entre lo que dice sobre tener hijos y que él mismo solamente tuviera una hija con Soledad Gustavo, la famosa Federica Montseny.

Por cierto, hoy me he enterado que desde Feminismos del 15-m de Berlín se ha impulsado la Red Federica Montseny. ¿Conocen el pensamiento de esta mujer anarquista? Federica decía cosas como estas: “Igualdad absoluta en todos los aspectos para los dos: independencia para los dos; capacitación para los dos; camino libre, amplio y universal para la especie toda. Lo demás es reformismo, relativista, condicional y traidor en unos; reaccionario, cerril, intransigente y dañino en otro …¿Feminismo? ¡Jamás! ¡Humanismo siempre! Propagar un masculinismo es crear una lucha inmoral y absurda entre los dos sexos, que ninguna ley natural toleraría”. O esto otro: “en realidad no existe feminismo de ninguna clase, y sí alguno existiera, habríamos de llamarlo fascista, pues sería tan reaccionario e intolerante, que su arribo al Poder significaría una gran desgracia para los españoles”. Tomado de: http://www.nodo50.org/despage/Nuestra%20Historia/75Aniversario/FedericaMontseny/federicamontseny.htm

La revista en la que se encuentra este artículo se puede descargar en pdf en este enlace (pg 9).

Responsabilidad, personalidad, descendencia

(…)

II

Eso del neomalthusianismo es el mayor de los apocamientos anarquistas, siempre según nuestra opinión que aquí mismo puede ser refutada.
Para quitar elementos de vasallaje y de esclavitud a la sociedad presente, hemos de negarle nuestros hijos. Pero, para que la sociedad no utilice nuestros hijos en su bien, mejor que procurar hacerles rebeldes, sean pocos o muchos, será tenerlos con cuentagotas.
Es un repliegue de la idealidad en lugar de ser un avance. Es una defensiva en lugar de ser una ofensiva. Es una adaptación al medio, en lugar de ser una revolución para destruirlo.
Lo que los neomalthusianos entienden táctica para quitar elementos de servidumbre a la sociedad burguesa y ofrecerle, en cambio, elementos de rebeldía, con pocos hijos y bien educados, es sólo, según nuestro sentir, un amoldamiento a la vida y al ambiente burgués.
Con el propósito de hurtar hijos a la sociedad injusta, los hurtamos a la Naturaleza, justa siempre.
Queremos hacernos la ilusión de llevar a término una obra revolucionaria, cuando la realidad es que nos quitamos molestias y quebraderos de cabeza en nombre de una convivencia ideal que tiene todos los caracteres de conveniencia particular.
Si no razonan mejor, son más sinceros aquellos que someten la cuestión de los hijos a una cuestión de economía doméstica. Se han de amoldar los gastos a los ingresos y como medida económica se limita el número de los hijos como se quita el chocolate al loro para reducir los gastos mensuales.
Esta última providencia es tan menguada como la primera, pero tiene sobre el neomalthusianismo la ventaja de la vulgaridad.
Este modo de discurrir, en el que para nada entran cálculos revolucionarios, es mucho más perdonable que el de aquellos que pretenden dar a su equivocación apariencias de acto protestatario.
Y es tan endeble el argumento de tener pocos hijos para poderles dar alguna educación con la cual librarse de la servidumbre burguesa, que con sólo presentar el caso ocurrido en el domicilio de León Daudet, cae por su base todo el razonamiento.
¿Qué medios económicos le faltaban al energúmeno de la “Acción Francesa” para educar a su hijo conforme a sus creencias?
Ninguno y no obstante el hijo había empezado a seguir un camino político diametralmente opuesto al del padre.
Lo que demuestra que hay un elemento de mucho más valor que el económico en la formación de nuestras mentalidades. Un elemento que no está en la escuela ni en el Banco; que está en la calle; en el periódico; en el libro; en las costumbres, y en el tiempo, contra el cual nada puede la más inteligente de las previsiones.
Tan irracional y mezquino es medir los hijos con los ingresos mensuales, como limitarlos para crear seres inteligentes y rebeldes a la servidumbre burguesa.
A lo mejor serán más rebeldes y más inteligentes los hijos del peón, que tuvo muchos y no cuidó de ninguno, que los de un anarquista, que solo tuvo uno, para convertirlo en un pozo de saber y de rebeldía.
A miles podríamos presentar los ejemplos.
Más que la voluntad de los padres, influye su ejemplo en la mentalidad de los hijos.
La facultad de ser algo en el mundo, es de naturaleza; serlo es un accidente. Podemos nacer en condiciones orgánicas para llegar a grandes hombres; serlo depende de mil circunstancias, y la economía es de las menos importantes. La mayoría de los grandes genios nacieron en hogares pobrísimos.
Muchos nombres podríamos citar que tienen un valor dentro de la filosofía anarquista, no obstante haber nacido de familias muy pobres, que para nada se preocuparon del porvenir de sus hijos.
Hay en ellos una fuerza positiva natural, muy superior a la fuerza negativa de la sociedad y de la familia, no pocas veces.
¿Niega lo dicho que el hogar no pueda ser fuente de idealidades? No. Quiere decir que los medios económicos del padre son un factor insignificante en la composición intelectual del hijo.
El principal medio es el ejemplo y el principal factor es el haber nacido con disposición para apropiarse los ejemplos de la familia y de la historia. Y son los ejemplos de la familia y de la historia. Y son los ejemplos vividos, no los pensados. Los ejemplos que nacen de nuestros actos, sin darnos cuenta; no los que vamos pensando cuando nos ponemos en dómine.
Así, más que nuestros sermones, influirán en la mentalidad de los hijos, nuestros actos, y nuestros actos inconscientes, lejos, muy lejos de todo profesorado, dentro y fuera de la familia.
Y es que los actos salen de nuesra vida y de todo nuestro ser, y los sermones que podemos dirigir a los hijos para que sean rebeldes a la injusticia, pueden resultar, y a menudo resultan, artificiosos y ridículos.
Con recursos económicos para enviar nuestro hijo a un colegio de fama, poco habremos hecho por sus ideas, si queremos que éstas sean con vistas a una sociedad libre.
El profesor cuidará de la instrucción de nuestro hijo, pero no de su educación intelectual. La educación ideal ha de ser del padre exclusivamente y lo mismo cuesta una vida de ejemplos vividos aplicándola a un hijo, que aplicándola a varios.
¿Qué dirá el hijo de un padre que para poderle educar a gusto no le dió un hermano y en cambio gasta en fumar y en beber más de lo que hubiera podido costar la vida que no se quiso?
¿Qué dirá el hijo de un padre que no supo emanciparse de costumbres y vicios que perjudicaban su salud y su bolsillo y en cambio le manda a él y a sus hermanos, pocos o muchos, a las fábricas para que ayuden a los gastos de la casa?
Más que todas las pláticas, más que todos los ideales, más que todos los buenos propósitos, podrá el sacrificio de lujos y goces y aun de la vida misma, en bien de los hijos, para los cuales el mayor bien será tenerlos a nuestro lado siempre, pasare lo que pasare.
Si se dijera que ello no es posible, nosotros contestaríamos que habría de serlo.
Si se quieren pocos hijos para educarlos mejor ¿quiénes han de ser los maestros? No pueden serlo los que más cobren, porque éstos los convertirían en idiotas. Han de ser los que cobren menos y de los que menos cobren, aquellos profesores que sustenten ideas afines a las nuestras, y esto se hace y se ha hecho siempre, que ha sido posible.
Repetimos que las elecciones mejores son aquellas que dan los padres con sus actos dentro y fuera del hogar, y estos actos no cuestan dinero. Precisamente los que lo cuestan son los actos y las lecciones que no educan.
Lo primero que ha de procurar el anarquista es emanciparse de la explotación ajena y luego impedir que sus hijos sean explotados por nadie.
Medios de vida humilde e independiente hay muchos, y en estos medios de vida humildes e independientes hemos de pensar para que nuestros hijos sean nuestros exclusivamente, lo mismo en sangre que en ideas. Han de crecer y educarse a nuestro lado.
¡Aquí está lo que podríamos llamar vida heroica de los humildes, de dentro de su misma humildad!
¿Pero cómo van a ser heroicos nuestros actos si todos son de hombre educado, de hombre adaptado, de hombre social?
Lo mismo en el hogar que en la vida, siembra más ideal el que más sonríe; el que más ideas optimistas esparce; el más sereno; el que más dueño de sí se manifiesta en todos los conflictos que esta sociedad plantea dentro de las familias y particularmente de las familias obreras; el que más amor aporta al contrato de las relaciones sexuales.
Son una cuestión de amor todas las cuestiones de la tierra y no una cuestión de posibilidades económicas.
Si fuera una cuestión de posibilidades económicas, con que los anarquistas procurásemos ser ricos, estaríamos al cabo de la calle. Es más; si en lugar de dedicar, los libertarios, toda nuestra voluntad a una causa que no nos produce más que quebrantos y sinsabores, la dedicáramos a enriquecernos, aceptando todos los medios inmorales e inhumanos que la sociedad ofrece a los que la acatan como buena, nos haríamos ricos lo mismo que los otros y podríamos dar a nuestros hijos la educación que quisiéramos; pero entonces habríamos dejado de ser anarquistas y nuestros hijos no recibirían la educación que para ellos anhelamos ahora.
Vida y amor es lo que hace falta. El que ama quiere y el que quiere puede. La misma voluntad, madre de todas las grandes obras, no es más que una exuberancia de amor.
Y ha de ser la Naturaleza, con nuestra potencia amorosa, la que limite nuestros hijos, y no las conveniencias domésticas, ni los oportunismos más o menos revolucionarios.
El hombre no debe engendrar sin amor; el hombre no debe tener hijos con mujer no amada. El hombre y más el hombre anarquista, habría, en este respecto, de superar a la misma Naturaleza que da hijos hasta la que no aman, aunque se los dé de inferior condición que a los que aman.
Es mucho más importante este aspecto de la cuestión que el económico.
Si tenemos hijos, aunque sea con toda suerte de limitaciones, con la mujer de conveniencia social, no los tendremos bellos ni buenos ni inteligentes. Si los tenemos con la mujer querida o con las mujeres queridas, porque el amor no es único ni se puede encasillar, y en este respecto lo mismo que decimos del hombre, decimos de la mujer, nuestros hijos estarán dotados de todos los bienes naturales.
Son los hijos del amor y no los del cálculo ni los de las conveniencias sociales, los más bellos, los más inteligentes y los más rebeldes.
Puede decirse que la obra humana está escrita por los hijos del amor: naturales, ilícitos, bastardos, espúreos, malditos. De aquella joven madre, vilipendiada y escarnecida por los imbéciles; repudiada por todas las morales; que no halla reposo, consuelo ni respeto; que anda errante con el hijo de su pecado de amor en brazos, sale a menudo el genio.
Léase la vida de los grandes artistas, de los grandes aventureros, y de los grandes sentimentales. La mayoría nacieron con la maldición de la moral y de las leyes.
Y estos hombres de amor habían de dar, además, a las generaciones venideras, hombres también de amor, nacidos de dos cuerpos que se querían y que no pensaban más que en quererse.
La vida de los anarquistas no está aún a la altura de su idealidad ni mucho menos. Engendramos sin amor y luego queremos que el hijo del deber social y conyugal, sea un héroe.
¿Cómo ha de serlo si nosotros somos un animal vulgar y domesticado cual aves de corral?
¡No! La sociedad no será grande ni libre; los hombres no seremos espléndidos ni generosos, mientras sean hijos de costumbres y de medidas económicas.

(…)

FEDERICO URALES

Colonialismo y lactancia

No sé muy bien cómo llegué a este artículo tan interesante navegando por internet. Creo que buscaba algo relacionado con el post que acaba de escribir (Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural) y, de repente, de un enlace a otro, apareció este libro: Tensions of Empire: Colonial Cultures in a Bourgeaois World. En él, hay un artículo de la historiadora Nancy Rose Hunt que se llama  “”Le bébé en brousse”. Mujeres europeas, intervalo africano de los nacimientos, e intervención colonial en la lactancia en el Congo Belga”. Hoy quiero hablar de este artículo y de las reflexiones que me ha provocado. Es un texto que entra de lleno en el análisis de los mecanismos biopolíticos de organismos estatales, capitalistas e ideológicos, que a veces actúan al unísono para fomentar el aumento de la población y otras veces lo hacen para reducirla, según lo que convenga en cada momento.

El artículo comienza hablando de una investigación de los años 70 en Zaire en el que un grupo de expertos occidentales de planificación familiar quisieron conocer los métodos tradicionales para controlar el número de nacimientos. Esos expertos tenían miedo del rápido crecimiento poblacional que tenía ese país, que podría duplicar su tamaño en los siguiente 25 años. Sin embargo, esto no había sido siempre así, como dijo una mujer de su estudio:

“Hoy en día no tomamos ninguna decisión sobre los intervalos entre nuestros hijos… Nuestros ancestros tenían niños más fuertes porque no nacían demasiado cerca unos de otros. Hoy los padres no se preocupan de que sus hijos enfermen. Piensan que siempre pueden comprar una medicina y el niño se pondrá bien. Es por esto que las parejas ya no separan sus camas después del nacimiento de un hijo, como solían hacer en el tiempo de nuestros ancestros”.

Estos investigadores que llegaron en pleno boom poblacional, nos cuenta Nancy Rose Hunt, pensaron que estas costumbres se perdieron por la propia llegada de la “modernización” que rompió con las tradiciones. El artículo de esta historiadora demuestra, al contrario, que existió un esfuerzo colonial premeditado y público de alterar la alimentación infantil y la distribución de leche (de vaca) a las madres y niños del Congo. ¿Y quiénes fueron los encargados de tal tarea? El Estado y el Capital belga delegaron esta labor en las actividades caritativas de las mujeres blancas de los colonizadores y, después, a través de diversos programas institucionales.

http://matricien.files.wordpress.com/2012/06/femme-amadi-nourrissant-son-enfant-village-okongo-congo-belge-c2a9amnh-herbert-lang-1909-1915.jpg

Mme Van den Perre

El artículo nos introduce, como ejemplo, en la vida de Mme Van den Perre, la fundadora de “La Liga para la Protección de la Infancia Negra” en Bruselas, fundada bajo el patronato de la reina belga en 1912. El objetivo de esta organización era reducir la mortalidad infantil en la colonia enseñando a las mujeres el arte de la crianza y abrir varios consultorios o Gotas de Leche en aquel país. No estaban en contra de la lactancia en sí, sino más bien de la lactancias durante periodos “demasiado” largos.

Hasta los años 20 nadie les hizo mucho caso y el estado no comenzó a subvencionarlas hasta que se dieron cuenta del grave problema de despoblación que estaba sufriendo el Congo, un problema que venía desde el inicio de la colonización. La mortalidad infantil era muy alta y la fertilidad era muy baja entre los colectivos de personas que dejaban sus pueblos y se iban a trabajar por un salario a los centros urbanos e industriales, es decir, la explotación capitalista era anti-erótica (más allá del sexo comercializado), anti-procreación porque separaba a los sexos y, por tanto, parasitaria y autodestructiva. ¿Era o continúa siéndolo a día de hoy?

El Rey Albert I y la Reina Elisabeth. Foto tomada de: http://en.wikipedia.org/wiki/Belgian_Congo#mediaviewer/File:Albert_Militair_Kamp_Leopoldstad.JPG

El problema de la despoblación del Congo no era grave en sí mismo sino porque ponía en riesgo el robo de la energía vital del pueblo congoleño y el saqueo de los minerales y materias primas del país por parte del estado colonial y el capital belga. ¡Se quedaban sin mano de obra! (No puedo dejar de traer a colación la falta de “cuerpos” de la que habla Kathy Matsui de Goldman Sachs y su Womenomics…) Había que repoblar el país y para ello, había que desarrollar a su vez la puericultura y los programas de “bienestar infantil”.

Tampoco puedo evitar pensar en imágenes como esta, de la Sección Femenina, aunque sea en contextos y épocas totalmente diferentes, o recordar la labor de esas Juntas de Damas de Honor y Mérito de la época de la Ilustración:

http://felixtubio.blogspot.com.es/

 

Rifa de la Junta de Damas de Honor y Mérito: http://www.grabadoantiguo.com/grabados/1137.jpg

En palabras de la propia Mme Van den Perre:

Sin el trabajo negro, nuestra colonia no sería capaz de mandar a Europa la riqueza enterrada en su suelo. 
Ayudarnos por todos los medios en nuestra capacidad para proteger, cuidar al niño mientras educamos a las madres indígenas, es un deber. Necesitamos el trabajo negro… Proteger al niño del Congo es un deber, no solo de altruismo, sino de patriotismo“.

Nancy Rose Hunt señala algo interesante: antes de que la despoblación fuera un problema colonial había sido un tema preocupante dentro de las propias fronteras, tanto en Bélgica como en Francia e Inglaterra. Es curioso, si se observa el aumento de la población mundial desde el siglo XVIII, que no se comprenda de dónde procedía ese miedo a la despoblación, ya que la población no dejó de ascender:

En los países europeos, las Gotas de Leche o consultorios infantiles abrían sobre todo en las zonas industriales y asistían a las familias de clase trabajadora, donde la mortalidad infantil se relacionaba con el declive o ausencia de amamantamiento de las mujeres asalariadas. Las Gotas de Leche, aunque en teoría apoyaban la lactancia materna, también suministraban biberones esterilizados. Es importante resaltar la sucesión de acontecimientos en cadena en clave de acción-reacción, problema-solución: la explotación asalariada separa a las mujeres de los niños, esto lleva al declive de la lactancia y, por consiguiente, a un aumento de la mortalidad infantil (los biberones no eran higiénicos, la leche de vaca no estaba bien adaptada al estómago del bebé ni se pasteurizaba todavía). De todo esto, el propio sistema crea su “solución” con las Gotas de Leche para reducir la mortalidad infantil y, de paso, extender el biberón donde antes no se necesitaba, lo que aumenta el declive de la cultura del amamantamiento y nos hizo cada vez más dependientes de la lactancia artificial. Siempre en huida hacia adelante, nunca reconociendo los errores ni subsanándolos de verdad. En lugar de retroceder y evitar la separación madre-bebé, la máquina estatal-capitalista tenía que seguir.

Enfermeras blancas en Union Miniere (abril 1918). Foto tomada de: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/46/White_nurses_of_the_Union_Mini%C3%A8re_du_Haut_Katanga_April_1918.JPG

“En Bélgica – y en todas partes – el movimiento de bienestar infantil tenía dimensiones de clase separadas. Era frecuentemente una actividad privada, filantrópica. Era común un tono paternalista, preocupado por reducir la ignorancia maternal y de la clase trabajadora. Este tono resurgió en el contexto colonial con dimensiones raciales separadas”.   

Foto tomada de http://www.cegesoma.be/media/z_Accoucheuses_219.jpg

 El tabú sexual de la lactancia

El tabú sexual de la lactancia entre algunas culturas africanas se explicaba diciendo que si se tenía sexo durante esa fase el niño podría morir o la leche de la madre se podría secar. De hecho, estos tabús eran relacionados por los colonizadores con las causas de la poligamia. Inma Marcos, la comadrona española, dice que en la Edad Media también existía en Occidente este tabú. En el artículo escrito por el pediatra José María Paricio para el libro “Lactancia materna: Guía para profesionales” podemos leer (pg 15):

“Es Galeno (s. II d.C.) el primero, pero no el último médico conocido, que proscribe las relaciones sexuales durante la lactancia. La idea extendida era que se corrompía la leche, por lo que se recomendaba una abstinencia absoluta durante el tiempo que durase el amamantamiento. Esta creencia se mantenía vigente en el siglo XVII y, falta de pruebas pero sutilmente modificada, alcanza el siglo XX en los prontuarios cristianos de Medicina Pastoral. (…) A lo anterior se añade el que la duración media recomendada recomendada de la lactancia materna en los (…) escritos de Aristóteles, Sorano o Galeno era de un mínimo de 24 meses”. ¿Pasarían realmente las madres lactantes 24 meses sin sexo con su pareja? Al igual que ese tabú podría ser la causa de la poligamia en el Congo, he leído que en Occidente, los prejuicios de Sorano y Galeno podrían ser la razón por la que se recurría a nodrizas.

La matrona Beatriz Espinilla, citando como fuente el libro de C. Sarasúa “Criados, nodrizas y amos. El servicio doméstico en la formación del mercado madrileño, 1758-1868” también aporta otra explicación al tabú más reciente: 

“Había también otra circunstancia para contratar un ama, y se basaba en la creencia, errónea según los conocimientos actuales, de que el tener relaciones sexuales provocaba una irritación genital que desencadenaba la menstruación, y que dicha menstruación hacía que disminuyera la calidad de la leche. Por tanto, durante la lactancia se procuraba la abstinencia sexual, con lo que los maridos preferían que su mujer no amamantara al hijo para así evitarse el tiempo de abstinencia que debía guardar una mujer lactante de la época“.

Ante el problema de la abstinencia sexual durante la lactancia los misioneros proponían retomar las relaciones un tiempo después del nacimiento y centrarse en los deberes conyugales de la monogamia. Lo cierto es que no termino de creer que, como afirmaban los colonizadores, las mujeres rechazaran durante los tres años de lactancia a sus maridos. Una cosa es lo que oficialmente se hacía y otra lo que de verdad ocurría en cada casa. Yo me inclino más hacia señalar el poder anticonceptivo y anovulatorio de la amenorrea de la lactancia. De hecho, me hace gracia porque en uno de los informes de los colonizadores se señala esta cuestión y la autora dice que el efecto anovulatorio de la lactancia está exagerado. Bueno, para obtener información veraz y actualizada sobre este tema recomiendo buscar todo lo relativo al método anticonceptivo MELA. Una prueba de que este tabú sexual no era mantenido durante toda la lactancia ni por todo el mundo es que un gran porcentaje de las mujeres (52% en 1952) destetaban completamente a su hijo mayor cuando se quedaban embarazadas del siguiente. ¿Cómo se iban a quedar embarazadas si seguían sin tener sexo?

El Congreso Colonial Nacional hizo de este tema “una cruzada para combatir los prejuicios que separan a los esposos”. Desde luego, el tabú sexual postparto durante años no tiene mucho sentido pero es curioso que este Congreso y los misioneros no reflexionaran también sobre la separación entre hombres y mujeres que promovía el sistema de explotación colonial (mujeres en los pueblos, hombres a las minas belgas) y los tabús que separaron a la madre del bebé.

En realidad, el tabú de la abstinencia sexual durante la lactancia existe en muchos lugares del mundo pero tampoco es algo universal en África. Como he podido leer en el libro de “Nisa. Vida y Palabras de una mujer !Kung”, allí por ejemplo no existe nada parecido y sus intervalos tan largos entre hijos se deben sobre todo al poder anovulatorio de la lactancia materna intensiva, a la dieta baja en grasas y al ejercicio físico. Barbara B. Harrell, en su artículo “Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural” habla de un estudio en Ruanda de Bonte y Van Balen de 1969 en el que se afirma que las relaciones sexuales se retomaban ocho días después del parto.

Por otro lado, dice Roger Short, en su libro sobre “Historia de la sexualidad” (pg.158): “Las civilizaciones occidentales, con su desaprobación de la poligamia y la promoción del biberón o el destete temprano, han sido responsables inconscientemente de estimular la fertilidad en zonas del mundo en vías de desarrollo”.

El destete

Foto tomada de http://images-02.delcampe-static.net/img_large/auction/000/064/863/949_001.jpg?v=1

Por la descripción que hacen los contemporáneos, parece que en el destete en el Congo lo que se hacía era añadir alimientos a la lactancia a demanda, en lugar de sustituir tomas con comida. Actualmente, las recomendaciones son que durante el primer año la lactancia sea el “plato principal” y la comida sólida o las papillas se ofrezcan después. Por eso, parece que en Occidente las directrices médicas han reculado y vuelven a modelos más parecidos al africano o el de las culturas preindustriales. Tiene mucho sentido.

El texto de Nancy Rose Hunt también plantea algo interesante. A veces los observadores de la época criticaban costumbres de los habitantes nativos del Congo pensando que eran “tradicionales” y en realidad no lo eran, eran costumbres nuevas inducidas por el colonialismo que no se retrotraían a tiempos inmemoriales.

Para evitar el poder anovulatorio de la lactancia, los colonizadores plantearon una estrategia o un “remedio”: distribuir leche y derivados para que no fuera indispensable la lactancia materna. Y llevaron al Congo la industria láctea y un buen número de clínicas de puericultura para enseñar a las madres a alimentarse y alimentar a sus hijos con leche de vaca adaptada. Esto no fue algo casual sino algo preparado y estratégico, a cara descubierta y con alevosía, en el sentido más biopolítico posible, como muestra este texto del Congreso Colonial Nacional de 1930 (I, 167):

“Para inculcar la noción de utilizar leche, se puede actuar con el ejemplo. Frente a la dificultad actual de la adquisición de este alimento, el gobierno podría poner cartones de leche a disposición de los hospitales y organizaciones benéficas para niños. Los huérfanos deben ser criados a través de la intervención de las agencias, particulares subvencionados, misiones, organizaciones benéficas infantiles, etc. que organizarían una alimentación higiénica. Hay espacio para establecer verdaderas guarderías de propaganda ayudadas por el Estado”

Esas guarderías o “nurseries” de la propaganda ayudadas por el Estado intentaron aumentar la fertilidad de las congolesas con destetes tempranos y leche de vaca. Años después esos mismos estados se quejarían de que somos demasiados en el mundo, que estamos sobrepoblados y demás… ¿Y quién asume las responsabilidades de estas políticas? Por eso es tan importante recuperar la historia, la verdadera, la de las fuentes y los documentos y no la de las invenciones y los tópicos creados.

Otra prueba concreta: el documento “La Question sociale, informe al Comité del Congreso Colonial Nacional” (Bruselas, 1924). En él se dice:

“la presente situación es ciertamente irracional. Algunas veces las mujeres amamantan durante tres años. En el curso de los aproximadamente treinta años durante los cuales las mujeres son susceptibles de convertirse en madres, se ponen periodos de tres o cuatro años durante los cuales solamente pueden tener un único hijo, mientras que la naturaleza, sin duda, les permitiría tener embarazos más frecuentes sin daño”. 

O también en la “Question Sociale”: “El abandono de la práctica de la abstención durante el periodo de amamantamiento probablemente no tendría como consecuencia el aumento en el número de niños como podríamos pensar. En efecto, normalmente, la mujer no debería ser fértil durante el periodo de lactancia exclusiva. Un nuevo embarazo ocurriría solamente con el declive de este periodo y mientras la leche de la madre ya no es indispensable para el niño”. De nuevo, dejo el enlace con información actualizada sobre el método MELA a día de hoy, para quien quiera profundizar, en este documento.

Lactar a demanda durante tres o cuatro años puede ser muchas cosas pero no es “irracional”, viene mal para el imperio, eso sí, que no puede aumentar el número de hijos que necesita para alimentar la máquina esclavista de producción colonial. Esas mujeres quizás no lo sabían pero dando de mamar así, además de alimentar a sus hijos de la forma más natural posible, tenían menos papeletas de tener cáncer de mama, ovario y endometrio, como desgraciadamente estamos comprobando en Occidente. Quizás eso sea poco “racional” para los estrategas coloniales que solamente ven dinero y poder cuando miran a un ser humano. ¡Cómo cambian los discursos del poder sobre las madres a lo largo de los años según cambian los objetivos!

Los cursos prematrimoniales, como el de la Iglesia Sociedad Misionera en Matana, daban mucha importancia al destete temprano, camas separadas para los bebés, la necesidad de horas regulares de alimentación en lugar de cada vez que llora, ya que, supuestamente, primero tenían que digerir lo que tenían en el estómago antes de darle más (hoy sabemos que la leche humana se digiere muy rápido y ese argumento no tiene ni pies de cabeza. La lactancia materna funciona a demanda). Además “había que considerar otras causas para el llanto que no fueran el hambre y darse cuenta que el bebé no tiene otro lenguaje que el llanto…”

Otro de los documentos históricos interesantes que aporta la autora es este, “Le bebé en brousse”, una serie de artículos del Boletín de la Unión de Mujeres Coloniales durante los años 30. Allí se les aseguraba a las colonizadoras que podrían encontrar leche artificial pero también se encontraban consejos sobre lactancia. Se las decía que no debían dar de mamar por la noche porque esto causaba problemas digestivos. Si el niño lloraba habia que buscar otras causas, poniéndo énfasis en la “regularidad”, ya que había que alimentarlo cada tres horas. Se prefería la lactancia mixta a la artificial pero con consejos así no dudo de que las lactancias exclusivas duraran muy poco, ya que con tan poca estimulación había muchas probabilidades de quedarse sin suficiente leche para alimentar al bebé.

 El llanto de los bebés

Un investigador belga, nos cuenta Nancy Rose Hunt, decía que la actitud congolesa frente al llanto de los niños era que “un bebé no debe llorar nunca; todos sus caprichos deben ser satisfechos”. Hoy sabemos que la necesidad de comer o de ser cogido en brazos no son caprichos, son necesidades básicas que van evolucionando según la edad del bebé. De hecho, los adultos también necesitamos dar y recibir cariño, escucha y empatía.

En otro folleto de consejos a las madres se decía que había que amamantar seis veces al día, en intervalos de tres horas*, introducir la alimentación complementaria a los 7 meses, y para el décimo mes alimentar al niño con un biberón u otras comidas:

“No amamantes a tu hijo porque llora: él se silenciará a sí mismo… Por la noche no le amamantes ni un poco: el niño mamará por la tarde y mamará otra vez por la mañana. No le des “malafu” (cerveza) o agua de coco: la leche será suficiente. Antes del séptimo mes, las gachas de harina son malas. No le amamantarás para nada (por la noche) si se duerme en (su propia) cama. Si obtienes leche de vaca o cabra, irás a la farmacia, el médico te dará buen consejo, sabrás qué hacer”. 

De nuevo, esta clase de consejos, además de inhumanos y desconectados de nuestra propia naturaleza, tenían un efecto que reducía la fase anovulatoria postparto de la lactancia materna a demanda y exclusiva. Las tomas nocturnas son importantes para las mujeres en esa etapa porque mantienen la amenorrea (aunque muchas mujeres occidentales no sepamos cómo conciliar un buen descanso y amamantar, incluso durmiendo en la misma cama o habitación, pero ese es otro tema para otro post…).

Como vemos si estudiamos el MELA (método de la amenorrea de la lactancia materna), todo ese énfasis en regularizar la lactancia, espaciar las tomas, no dar teta por la noche, no dar a demanda, suplementar a la primera de cambio con leche de vaca adaptada tiene la misma consecuencia: perder el efecto anovulatorio de la lactancia cuanto antes y adelantar la posibilidad de un siguiente embarazo**.

La alimentación de los hijos de los obreros se convierte en un asunto de la empresa

Mina Kisanga en  Katanga (1920) Foto tomada de http://en.wikipedia.org/wiki/Belgian_Congo#mediaviewer/File:Kisanga-mijn_Ruandese_arbeiders_einde-jaren_1920.JPG

El artículo también nos transporta a la mina de la Union Miniere du Haut-Katanga, donde el 50% de los niños morían y se necesitaba mano de obra africana de forma acuciante. Por supuesto, para los colonizadores la culpa de la alta mortalidad era de las madres, por eso, la dirección de la fábrica abrió en 1924 una Gota de Leche (un centro de puericultura) donde había una consulta, se daban regalos, premios de natalidad, comida durante las primeras 6 semanas de embarazo y durante el primer año de amamantamiento.

En esta mina se estableció el promama OPEN (Obra de Protección de la Infancia Negra) para reducir la mortalidad y aumentar los nacimientos de bebés, lo que incluía la supervisión del destete, en el que se desaprobaba la lactancia prolongada (bueno, lo que para ellos era “prolongada”) seguida de un destete abrupto: “El servicio médico organizó comedores para asegurarse de que la alimentación infantil era controlada científicamente”, dice la autora. Y los niños, desde un año de edad, comenzaron a ser alimentados en estos comedores, donde también se les enseñaban modales y a lavarse las manos, etcétera. Se pasaba lista y se investigaba a los padres si el niño no acudía. Las madres tenían que ir a la consulta infantil una vez por semana para examinar a los niños, las enfermeras les enseñaban cómo ser unas madres correctas, cómo cuidar a sus hijos y les daban regalos para atraerlas.

Union minière del Alto Katanga. Foto tomada de: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/80/UMHK_1917.jpg

La alimentación complementaria de los niños provocaba que la fertilidad de las mujeres, debido a la caída en la frecuencia de la lactancia, aumentara. Así, la empresa maximinaba la fertilidad y reducía la mortalidad gracias al control social.

Un tema que merece reflexión y mayor desarrollo es el de por qué la vida de la mina provocaba que la fertilidad cayera si no se intervenía de estas formas. Según apunta la autora, el ratio de sexos no estaba equilibrado (26 mujeres por cada 100 hombres en 1925) y había enfermedades venéreas y prostitución. Las empresas mineras intentaron llevar a su terreno la reproducción de las mujeres, ya que antes ellas se quedaban en el mundo rural y era el hombre el que emigraba a los centros mineros. Como dice uno de los autores citados en el artículo, Union Minière decidió “criar” a su propia fuerza de trabajo. Tuvieron éxito en sus labores de ingeniería social, consiguieron crear un habitat para familias monógamas, aumentaron el ratio de nacimientos y decrecieron las cifras de mortalidad infantil. En 1946 el destete ocurría cuando el bebé tenía 12 meses (hoy la OMS recomienda dos años de lactancia y hasta que madre e hijo quieran).

Gracias a la gran cantidad de misioneros católicos y protestantes que había este tipo de políticas y programas se extendieron hacia otras localidades en el Congo con programas como el creado por el Fondo Reina Elisabeth para la Asistencia Médica a los Indígenas (FOREAMI) y otras iniciativas estatales y empresariales. Estos proyectos institucionales premiaban el buen camino de la crianza con regalos y sobornos, creando necesidades de productos que antes no existían. Pero lo más importante era separar a las madres de los bebés para fabricar más y más futuros trabajadores de la colonia.

La rebeldía y negociación frente a los “expertos”

La mayor parte de las mujeres congolesas no siguieron algunos de los consejos que les daban, como el de los horarios de amamantamiento y seguían dando el pecho a demanda (¡menos mal!). Solamente las elites siguieron las absurdas normas de lactancia, por eso, durante los años 50, el 83% de los niños seguía durmiendo con sus padres (por cierto, el artículo dice “padres”, no “madres”, lo que contradice lo de la separación de camas entre las parejas). Las madres les daban a partir del cuarto o quinto mes puré de mandioca o maíz, y algunas hacían la transición al destete con biberones. La leche de vaca tampoco se generalizó para toda la población y se consideraba más como una medicina para casos especiales o como una delicatessen de las clases altas.

Y lo que es más importante, simbólico y esperanzador: Las madres congolesas también se rebelaron contra la costumbre de desatender el llanto de los niños. Algunas decían “no podemos dejar llorar a los bebés como las blancas”.

Conclusiones sobre el colonialismo íntimo de los cuerpos

La autora termina señalando que algunos investigadores han relacionado el aumento de población de Zaire a partir de la Segunda Guerra Mundial al uso de la penicilina, pero que habría que investigar más el impacto del acortamiento de los intervalos entre hijos debido a las políticas coloniales. A pesar de las rebeldías y negociaciones de las que hemos hablado, al final se impuso el modo de vida que promovía el Estado y el Capital en todo el globo, con el consiguiente boom poblacional. Paradójicamente, esos mismos poderes fácticos de ayer, son los que hoy se escandalizan por la sobrepoblación del planeta e intentan promover que no se llegue a un ratio mayor de dos hijos por mujer.

Sin embargo, incluso aunque no lo pretendieran como objetivo principal, el mismo modo de vida y de trabajo de los países industrializados, dedicados al sector servicios y urbanizados es proclive en sí mismo a la infertilidad.

Por otro lado, organizaciones como WWF (vinculado a las monarquías europeas) o el Club de Roma (presidido en España por Isidro Fainé, directivo de La Caixa, Repsol, Telefónica y la CECA), dirigidas desde las elites del poder económico, político e ideológico, alertan del aumento de la población mundial sin analizar nunca las causas, muchas de ellas relacionadas con la intervención institucional, y sin reflexionar sobre las causas existenciales y éticas del deterioro de nuestras vidas y del planeta. Su doble moral y manipulación es alarmante, pero si no fuera por ello no podrían mantener sus privilegios. Su desenmascaramiento debería ser una tarea prioritaria, en lugar de seguir sus juegos como el de “la hora del planeta” y similares.

Un debate serio sobre el presente y futuro de la humanidad no puede expulsar a la ética y a la filosofía del mismo. Es cierto que somos muchos en el planeta, como nunca habíamos sido, gracias a, entre otras causas, la pérdida de la lactancia materna y los medicamentos que curan enfermedades que antes eran sinónimo de muerte segura. Pero el problema mayor es que estas mismas elites venden y adoctrinan a la humanidad (y nos dejamos adoctrinar) en un modo de vida nocivo y suicida a todos los niveles. El mundo no está lleno de basura y contaminación porque seamos “muchos” sino porque “muchos” llevamos una vida contaminante y tóxica, y, sobre todo, unos más que otros. Somos “muchos” porque la tecnología y la biopolítica lo han incentivado, al igual que somos “pocos” cuando se necesita que seamos menos o es posible sustituirnos por algo más económico.

La casa del político ecocapitalista Al Gore en Nashville tiene unos gastos de electricidad y gas anuales de 30.000 dólares.  http://static.guim.co.uk/sys-images/Guardian/Pix/pictures/2007/02/28/gor1.jpg

Sin ser hipócritas, solamente podemos criticar que las políticas de las que habla el artículo de Nancy Rose Hunt tuvieran como único interés una mejor y mayor explotación del ser humano, sin tener en cuenta nada más. Pero, ¿cómo se le puede pedir ética a gente cuyo único motor de vida es el ansia de poder y riqueza?

Las biopolíticas hoy en día actúan de otras formas, muchas veces de maneras contradictorias y ambivalentes. ¿Acaso las mujeres y hombres actuales no llevamos al pediatra y a las revisiones a nuestros hijos y seguimos más o menos los caminos trazados de antemano? Además, consideramos que es positivo ir a esas revisiones, porque presuponemos que los profesionales médicos tienen más conocimientos que nosotros (a veces es cierto y otras veces no, como muchas veces sucede con la lactancia materna, precisamente). Hoy en día nuestros cuerpos y las ideas que en él se producen también están colonizados, quien sabe si lograremos desentrañar de qué formas lo están, como ahora podemos analizar lo que los poderes coloniales belgas intentaron hacer en el Congo.

No hay respuestas sencillas a los complejos interrogantes que se plantean. Mientras, el Congo sigue siendo una zona arrasada por el hambre voraz de minerales que impone el sistema, la industria, nuestro consumo y “necesidades” creadas. No me gusta el victimismo, por eso debemos admitir nuestra propia ceguera y responsabilidad. La realidad no es una película de buenos y malos.

*Actualización 7/1/2016: Hace poco, investigando, me enteré de que fue Luther Emmett Holt, el pediatra de la familia Rockefeller y del Instituto del mismo nombre, el que promovió de forma masiva el consejo pseudocientífico de las tomas cada 3 horas en su libro publicado en 1898. A pesar de que en teoría apoyaba la lactancia (aunque sus teorías las boicoteaban en la práctica) fue el creador de la leche de fórmula adaptada que tomaban los bebés de Nueva York.  Ver post: http://www.lasinterferencias.com/2015/10/05/no-es-conspiranoia-se-llama-capitalismo-y-estado/
**En relación con la actualización anterior, habría que matizar la aparente contradicción de los consejos pediátricos “Rockefeller”. Por un lado, separar a la madre del bebé servía para obtener la fuerza de trabajo de las mujeres y controlar a los niños. Pero, a la vez, tenía el efecto “secundario” de perder el papel anovulatorio de la lactancia libre. En años recientes la Fundación Rockefeller se ha visto interesada en estos efectos y ha apoyado los estudios que investigaban este fenómeno cuyo resultado es el “consenso de Bellagio sobre el “método” MELA. Su interés en la lactancia actual es precisamente por su poder anticonceptivo. Sin embargo, esto lleva aparejado la cercanía madre-bebé que el trabajo asalariado rompe e impide. Supongo que desde las altas instancias del capitalismo mundial se estarán preguntando cómo conciliar ambas cosas. Yo, como madre trabajadora, madre lactante que no quiere separarse de su bebé (en este momento de 7 meses) y que no usa anticonceptivos hormonales también me lo pregunto aunque por razones bien diferentes a las de los maquiavélicos que dirigen nuestras vidas y las biopolíticas.