“Caos y orden” de Antonio Escohotado (1999)

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Me han llamado mucho la atención estos fragmentos del libro de Escohotado, en relación al post anterior sobre las cigarreras y sus hijos, ese elemento potencialmente “caótico” o poco previsible que se asocia hoy con los bebés, y en relación también con ese afán moderno de acoplar los ritmos internos propios de la relación de lactancia materna al reloj y la disciplina fabril (ver, por ejemplo, las investigaciones pseudocientíficas del pediatra Luther Emmett Holt que introducen de forma masiva el reloj en la forma de amamantar o el famoso “permiso de lactancia”, otra claudicación más disfrazada de “derecho”…).

Además, me ha ayudado a comprender los cambios de paradigma que se están dando y se van a dar próximamente en los ámbitos escolares y laborales hacia una mayor “flexibilidad” y “creatividad”, con sus correspondientes elementos positivos y negativos. Por ejemplo: la eliminación de los deberes o exámenes, trabajar por “proyectos” parece algo positivo respecto al paradigma anterior obsoleto pero a la vez es un refinamiento del sistema de dominación porque se sigue sin cuestionar lo esencial del poder, la productividad  como fin en sí mismo o el tipo de sociedad en que queremos vivir.

El nuevo paradigma necesita un mayor número de otro tipo de trabajadores, más autónomos y “empoderados”, más inteligentes, o al menos los necesita para los cargos intermedios y las elites. En este sentido, las empresas aceptarán, porque necesitan la mano de obra femenina y no quieren que nos retiremos del mundo laboral, que las madres nos llevemos a nuestros bebés al trabajo siempre y cuando la cantidad y la calidad del producto se mantenga o aumente. Pero el poder siempre reside en los mismos, que son los que nos autorizan y guían, los que nos dan permiso para hacer o no hacer, los que mantienen el monopolio de la violencia y el castigo. Esto no es óbice para que nos adaptemos a los cambios porque valoremos que al menos son positivos para, por ejemplo, no separarnos de nuestros bebés y poder amamantar sin restricciones, pero tenemos que entender por qué las organizaciones de poder hacen lo que hacen (o no hacen) al observar el cuadro de conjunto.

Pg. 115: “El mundo-reloj que se abre paso con Galileo es una construcción que remite al omnipotente relojero, y su confianza en una inteligibilidad radical del universo deriva de una previa confianza en el legislador divino. Como observaba Whitehead, la convicción de que todo evento puede conocerse al modo clásico acompaña a un demiurgo muy preciso, construido desde la energía personal de Jehová y la racionalidad de un filósofo griego.

(…) No me parece, pues, arbitrario traducir la vis galileana y newtoniana por su paralelo gubernativo, y hablar allí de merum imperium o poder omnímodo del Príncipe, pues lo que en definitiva se obtiene  es un cosmos-súbdito regido por las reglas inapelables de cierto soberano, aislado de sus vasallos como un emperador en su inexpugnable castillo. Como en el esquema de Hobbes, el conjunto de los seres sucumbiría en un cataclismo inmediato si cada uno se condujese de modo espontáneo, en vez de conformarse con el rol de sombra administrada por un Leviatán providente, única entidad en sentido propio. El orden viene de fuera a dentro, jamás a la inversa”.

Pg 126: “La carga ideológica aparejada a lo simple, regular y periódico es aquello que – de modo muy esquemático – querrían haber expuesto estos capítulos sobre el orden “natural”. Desde primaria fuimos educados para creer esa precisa versión, tan calcada de lo que pide el militar a sus reclutas cuando hora tras hora, día tras día, grita la instrucción de orden cerrado. Lo novedoso, ahora, es precisamente que sucumbe en nombre de la veracidad y el progreso científico, de su portal hacia dentro, sin depender de rebeliones románticas. Fue un ensanchamiento de la razón y no una reivindicación de lo irracional, aquello que inauguró el estudio de sistemas abiertos; y tras pensar lo decretado impensable, sus pioneros regresan llenos de hallazgos, con una comprensión más generosa del mundo. El pavoroso caos, amenaza que cohesionó a tantas generaciones, es sencillamente el orden natural de las cosas, su lado económico o gestionado de sí.

Precedidos por esos pioneros, nos queda asumir el cambio de paradigma a nivel político y ético. Mientras físicos y matemáticos redescubren que el mundo material no es masa inerte, sino poiesis, autocración, las instituciones siguen calcadas sobre reglas inerciales, construidas desde la hegemonía del incorpóreo amo sobre el corpóreo siervo. En el modelo aún vigente prima un orden impuesto desde fuera en perjuicio del que brota y podría brotar desde dentro, y esto cuando la entidad del cambio llama a revisar las pautas de acuerdo social, los criterios de mejora y empeoramiento, las definiciones de libertad”.

Pero aquí viene otro fragmento interesante sobre taylorismo y toyotismo, en relación a lo que ya analicé con el concepto de “empoderamiento” en otro post:

Pg. 337: “A principios de este siglo, el ingeniero norteamericano F.W. Taylor publicó un libro destinado a ser el catecismo de la producción a gran escala, cuya idea matriz era la del trabajador estándar como persona pasiva y aislada, másica, que solo podría optimizarse como mano de obra mediante una tabla de incentivos por pieza tocada. 

(…) Con todo, el estatuto básicamente acibernético de la gran factoría no experimentó cambios sustanciales hasta los años cincuenta, cuando Taiichi Ono, ingeniero jefe de Toyota, puso en práctica el sistema de producción flexible o ajustada como alternativa.

En esencia, este sistema parte de romper el aislamiento y pasividad de quienes intervienen en la cadena, estableciéndola no solo como línea fabril, sino como circuito interactivo de información, capaz de detectar en todo momento fuente y naturaleza de los problemas suscitados. (…)

El riesgo básico al que hacía frente era apostar por la economía del caos frente a la del control unidireccional, convirtiendo a sus operarios en kibernetes autónomos. (…) A finales de los años ochenta, Toyota producía 4,5 millones de coches al año con 65.000 trabajadores, mientras General Motors fabricaba algo menos de ocho millones con 750.000; once veces más operarios talorizados no llegaban a producir el doble de unidades  que once veces menos operarios auto-organizados.

Relacionado:

Fragmento de “El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales” de Georges Balandier

 

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