La mujer del pueblo domesticada

En este video de eldiario.es sobre “micromachismos” lo que me parece más preocupante es ver a una mujer apocada, sin energía vital, incapaz de defenderse por sí misma o simplemente incapaz de expresar sus deseos, ideas y convicciones de una manera normal, incapaz de decir “esta boca es mía” en el trabajo o con un marido pasota (situación en la que muchas veces es al revés, son nuestras parejas masculinas las que más hacen en casa y nosotras las que hacemos menos…) o de decirle a un chico que quiere ligar que no está interesada (he vivido el acoso de babosos y el chico de ese video no creo que pueda catalogarse como tal. ¿Cualquier intento de ligue es micromachismo?).

En resumen, en este video veo al fruto de la domesticación de la mujer tras años de adoctrinamiento y sumisión desde el nacimiento, desde los consejos de expertos e instituciones de poder. Han conseguido extender el modelo de mujer reprimida de las clases altas a la mujer del pueblo, que nunca fue así y además tenía redes de apoyo de mujeres y hombres para defenderse. Apuesto a que una mujer como esta que se describe aquí reaccionaría en todas estas situaciones de una forma bastante diferente:
 
“De esta suerte proceden las mas de las Amas: criadas con entera libertad entre la plebe, sin instrucción, sin principios morales, sin decoro, sin urbanidad, no conocen más razón que los caprichos de su alvedrío”. http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/nodrizas-y-autonomia-personal.html

Sobre cómo el Estado impuso la autorización marital en ciertas profesiones. No fue una petición popular de los maridos ni de los padres: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/he-encontrado-en-el-libro-criadas.html 

Y este sobre cuando existían decretos-leyes en España contra las mujeres que decían obscenidades a los viandantes. ¡Oh, cielos! ¡Mujeres del pueblo diciendo burradas por la calle a los hombres y quizás también a otras mujeres!:
http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/las-lavanderas.html
  
Ahora me gustaría incluir esta carta de Federico García Lorca a “las muchachas” (las nodrizas de su casa). ¿Alguien se imagina a Dolores, la Colorina, reaccionando como la mujer de este video en estas situaciones frente a los hombres? Si tenían que tragar con injusticias, era por las diferencias de clase, unas servían y otros y otras eran servidos:
 
“Aquí están, Anilla la Juanera y Dolores, la Colorina
Sobre todo mi Dolores, por lo buenísima que es
Vino a amamantar a mi hermano Paco y se quedó,
Habla mucho, se ríe mucho, cuenta historias sin parar
Como si hubiese vivido treinta vidas.
Es analfabeta porque nadie ha sabido enseñarle
A leer, mi madre lo intentó sin resultado,
Pero sabe más que todos nosotros.
En lo que se refiere al sexo, tiene una moral natural
Sin hipocresías, ni severidades.
Ella me ha enseñado a vivir…también Víctor Hugo, Galdós, Verlaine,
Juan Ramón Jiménez, Machado y sobre todo Rubén Darío.
Ellas, las criadas “muchachas” traen a los niños ricos, canciones
Romances y cuentos.
El niño tiene la marca
De la mujer pobre, que le da al mismo tiempo
En su cándida leche silvestre, la médula del país”.

Comadronas y autorización marital

He encontrado en el libro “Criadas, Nodrizas y Amos” de la historiadora Carmen Sarasúa otro ejemplo de una institución estatal fomentando el machismo y la sumisión al hombre en 1796, obligando al marido a “autorizar” a su mujer para estudiar y ejercer su profesión, infantilizándola: 

pg 169: “Las dificultades para que las mujeres continuaran ejerciendo esta actividad crecen con su progresivo control por parte de los Colegios de Médicos, que desde finales del siglo XVIII exigen a las que desean acceder a ella la autorización de sus maridos. “Don Agustín Ginesta, Catedrático de Partos del Real Colegio de Cirujía de San Carlos, dará principio a la enseñanza de las matronas”, a la que “no se admitirá a muger alguna que no sea casada o viuda (..) con la licencia de su marido si fuere casada y no lo tuviere ausente”. Diario, 1 de enero de 1796.”

Es importante resaltar que si a partir de esta fecha es obligatoria la autorización conyugal para ejercer de matrona es porque anteriormente no hacía falta y las comadronas atendían partos de forma autónoma sin necesidad de que su marido les diese permiso para estudiar y trabajar. También se vuelve obligatorio que la comadrona sea casada, por lo que se entiende que antes de esta intervención de la autoridad podían ejercer sin importar su estado civil. 

En realidad el asunto de los permisos habría que matizarlo porque es cierto que en otras épocas diferentes monarcas habían intentado instaurar licencias y exámenes (Cortes de Zamora en 1434, Ordenanzas de Madrigal de 1448 o los Reyes Católicos en 1498), pero la realidad es que esos intentos de controlar a las parteras fracasaron estrepitosamente y las madres casi siempre recurrían a las mujeres expertas y cercanas que les inspiraban más confianza, independientemente de si tenían o no licencia legal para ejercer.  Hasta el punto de que en 1576 Felipe II abolió la legislación previa instaurada por los Reyes Católicos referente a los exámenes de matrona. Hubo un “vacío legal” hasta 1750, año en el que Fernando VII promulgó una ley que regulaba el ejercicio de la profesión de nuevo, exigiendo un exámen para trabajar de comadrona, pero no consta que se pidiera autorización del marido todavía. Esto ocurriría unos cincuenta años después, como hemos visto. Las aspirantes a sacarse el permiso oficial tenían que estudiar “la cartilla del arte de partear” de Antonio Medina, el médico de la familia real y examinador del Real Tribunal del protomedicato.

Sin entrar a juzgar si la formación de las comadronas era mejor o peor que la que tenían antes de la institucionalización de la misma, es destacable la pérdida de independencia por parte de este sector de mujeres trabajadoras, que en ningún caso se parecía al estereotipo del ama de casa o el ángel del hogar de mediados del siglo XX. La autoridad marital tampoco fue una demanda de los hombres del pueblo para dominar a sus compañeras sino una imposición legal de los hombres de estado, es decir, del poder. No en vano el Real Colegio de Cirujía de San Carlos fue fundado en 1780 por el propio Carlos III. Falta por conocer e investigar cuál fue la resistencia de las clases populares a estos ataques, si es que hubo alguna o simplemente se conformaron con la nueva situación.

Edificio de Francesco Sabatini que compartieron desde 1781 el Hospital General y el Colegio de Cirugía, actualmente ocupado por el Centro de Arte Reina Sofía.

María Dolores Ruiz-Berdún en “La tradición obstétrica familiar en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid: Concepción de Navas, la hija de Juan de Navas”:

“El 19 de abril de 1790 se inauguró la Cátedra de Partos en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid (Burke, 1977). Según se recogía en la Ordenanzas del Colegio de 1787, dentro de las funciones del catedrático se encontraba el formar a todas aquellas mujeres que quisieran aprender el «arte de partear». A esta enseñanza, que debía hacerse en una de las salas del Colegio «a puertas cerradas», sólo podían concurrir aquellas mujeres que fuesen casadas, circunstancia que debía ser acreditada con un certificado de matrimonio. También debían adjuntar una autorización del marido para poder asistir a instruirse como futuras matronas. El Catedrático de partos en 1790 era Agustín Ginesta, que había ganado la plaza tras quedar vacante por la muerte de Jaime Respau el 31 de julio de 1788 (Aparicio, 1956).
La enseñanza de las matronas en los Colegios de Cirugía, supuso a la larga la pérdida de su autonomía profesional debido al proceso de relegamiento científico y de sumisión a las que fueron sometidas (Ortiz, 1996).”

Y Cira Crespo en su libro Maternalias afirma:

“¿Qué tiene que ver estocon nosotras? Pues que a la vez que se construía el Estado Moderno, se empezó a ordenar el conocimiento. Se constituyeron las universidades como los únicos lugares donde se enseñaría el saber oficial. En otras palabras, se separó el conocimiento oficial del no reglado, que acabaría considerándose inferior. El conocimiento de las parteras y las mujeres que atendían el parto empezó a cuestionarse muy seriamente. Por un lado, porque no era un conocimiento oficial. ¿Quién acreditaba que aquellas mujeres no eran brujas? Y aún más importante: ¿Cómo nos podíamos fiar de la palabra de una mujer cuando había que decidir quién era el heredero?
Toda Europa, tarde o temprano, sufrió la ola racionalizadora y burocratizadora. Para poder ejercer como comadrona, había que superar un exámen en una universidad ante un tribunal masculino. Para poder certificar un nacimiento, se debía tener el visto bueno de un hombre. En resumen, todo aquello que venía de la mano de una autoridad femenina era puesto en duda: lo femenino era cuestionado. Sus conocimientos eran no reglados, no oficiales y, en consecuencia, desestimados, en el mejor de los casos. En el peor, eran llevadas ante el tribunal de la Inquisición bajo la acusación de brujería.
De manera desigual se fue extendiendo la mala imagen de las comadronas y mujeres sanadoras en general. En una horquilla que va desde el siglo XV hasta aproximadamente el siglo XVII, en toda Europa occidental se acabó con el poder de las mujeres en este ámbito, casi el único donde podían ejercer su conocimiento. Los efectos colaterales los sintieron todas las mujeres….(…)”

 Para profundizar y reflexionar sobre estas cuestiones: 

– Feminicidio o autoconstrucción de la mujer de Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora. 
Maternalias, de Cira Crespo.
Fechas claves para la historia de las matronas 
Sanadoras, Matronas y Médicas en Europa: Siglos XII-XX, de Montserrat Cabré i Pairet y Teresa Ortiz.
La formación de matrona a lo largo de la historia. Asociación Navarra de Matronas.

¿Necesitamos que el Estado nos “proteja” cuando damos de mamar en público?

En la piscina del barrio.

La lactancia materna en la esfera pública no necesita leyes o protección de Papá-Estado sino madres valientes y seguras de sí mismas para estar y dar de mamar en todos los ámbitos de la vida. Centrar el activismo en solicitar una ley estatal específica es como pedir una ley que proteja a las parejas que desean besarse por la calle. En mi opinión, lo que no tiene que haber son leyes o normativas que prohiban los besos o la lactancia en público, pero más allá de ahí el Estado no tiene que meterse.

Si una mujer es expulsada de una tienda, de un museo o de cualquier lugar por amamantar, son los que expulsan los que tienen que demostrar o justificar la “ilegalidad” o el carácter supuestamente ilícito de la lactancia materna. No tenemos que demostrar nuestra “inocencia”, son ellos los que tienen que demostrar nuestra supuesta “culpabilidad”.  No somos nosotras, por tanto, las que tenemos que exigir su legalización o protección. Además, si esas normativas discriminatorias existen en determinados centros entrarían en contradicción con derechos constitucionales:

Artículo 14: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

    Es decir, si se trata de leyes, ya hay una ley de leyes que se llama Constitución. Si alguien lo desea o necesita, puede ir con ella bajo el brazo y sacarla cuando algún personaje nos expulse o trate de evitar que hagamos nuestra vida normal. También existe la denuncia pública y se pueden hacer “tetadas”, repartos de panfletos denunciando lo sucedido, boicots, desobediencia civil o incluso denuncias en los juzgados.

    La lactancia materna en público no está tipificada tampoco como delito en el código penal.  Es más, si hacer nudismo es legal en cualquier espacio público en España, ¿no va a ser totalmente legal alimentar con tu cuerpo a tu hijo, algo que no afecta directamente a nadie más? Hace años que ya no existe el delito de “escándalo público”. En realidad no es que hacer nudismo sea legal o que esté “protegido”, es que es ilegal que te impidan ir desnudo, incluso hay una sentencia, según esta web, que respalda que una persona pueda “desobedecer a los agentes de la autoridad y negarse a vestirse incluso aunque exista una ordenanza o reglamento local que prohíba el nudismo. Para ello basta con que el bañista esté convencido de que la normativa es ilegal”.

    ¿Y que pasa con las tiendas o centros comerciales? ¿No son lugares privados con su propia regulación? Pues algo parecido pasa con las discotecas y los derechos de admisión.  Si hay condiciones específicas para entrar o permanecer tienen que estar expuestas de forma clara y visible y, por supuesto, no pueden ser discriminatorias ni por razón de sexo, edad, raza, orientación sexual, etcétera. Si lo son, son injustas y anticonstitucionales. Se puede luchar por la vía de la presión social o por la vía legal y llegar hasta el Tribunal Constitucional. En cualquier caso es así. No basta que en el consejo escolar de una escuela infantil se haya votado que no se puede amamantar. Esa normativa no tendría validez. ¿Y si la norma es que se puede amamantar en otra sala pero no en el aula? Para este tipo de casos tampoco se necesita pedir una ley que proteja la lactancia. Si es discriminatoria (por ejemplo, si se alegan motivos de “respeto” o “pudor” y al resto de padres se les permite permanecer en el aula) sería inconstitucional y se podría recurrir.

    Lo mínimo que se puede pedir a una norma es que esté justificada de alguna forma, a no ser que lo que se pretenda es enseñar a obedecer de forma ciega e irracional. Desde luego, las normas absurdas sí que son un ejemplo perfecto del verdadero curriculum oculto de las instituciones, tanto para adultos como para los niños.

    A más victimización, menos normalización

    Una cosa es exigir el cese de una discriminación con esfuerzo y tesón (incluso aunque eso termine en los tribunales estatales) y otra es pedir una ley que proteja una acción vital cotidiana como puede ser amamantar, respirar o llevar minifalda. Incluso aunque las personas que luchen por ello lo hagan con la mejor de las intenciones el resultado va en la dirección contraria. Además de victimizar provoca una situación extraña y contraproducente con la lactancia, porque en lugar de considerarla algo normal, la convierte en algo raro, exótico y en peligro de extinción. Es reconocer una debilidad y una derrota inexistentes, justo en el momento en el que más mujeres están conociendo la lactancia, reencontrándose con ella y amándola, después de una época de ostracismo en la que casi desapareció. Por cada caso discriminatorio hay cientos de lactancias en público corrientes, normales, tranquilas, respetadas o, simplemente, ignoradas (a mi no me han expulsado de ningún sitio en dos años de lactancia). Eso no quita que haya que luchar contra la discriminación sino que, si se produce, hay que enfrentarla de manera directa de forma individual y colectiva.

    Hay personas que piensan que la falta de legislación produce vacíos legales. Yo creo que las normas deberían ser las mínimas para una convivencia respetuosa, el resto debería ser un amplio campo de libertad y responsabilidad. El Estado no es quién debe decirnos dónde y cómo podemos amamantar porque no es de su incumbencia. Tampoco lo es de la vecina del tercero ni del panadero ni del guarda de seguridad del centro comercial. No dejemos que más y más áreas de nuestra vida, de nuestra autonomía, que no afectan a terceros, se queden en manos de instituciones del poder. Eso no es reivindicar un derecho, es una dejación del deber moral de ser libres.

    Haciendo un paralelismo con el tema de los besos en público, en algunos países se te puede multar por besar a tu pareja por la calle en base a alguna extraña ley. Lo lógico es luchar porque esa discriminación legal finalice. Cuando no hay una ley que prohibe los besos en público y un camarero te expulsa de un restaurante por besarte con tu novio es él el que tendría que justificar legalmente la expulsión, no tú. Y a lo mejor incluso le puedes denunciar por hacerlo. 

    Aunque no haya una ley específica si quieres denunciar que te han expulsado por amamantar lo puedes hacer ya con la legislación actual. Quien no denuncia ahora tampoco lo hará después porque la justicia si no se lucha por ella en el día a día, por mucha ley que haya, desaparece. Por eso, en lugar de normalizar la lactancia, reivindicando una ley específica, lo que se hace es todo lo contrario. Se enrarece un proceso natural, se lo señala como un acto extraño que necesita de esa especial protección, cuando la realidad es que, entre otros factores, gracias a todas las mamás que amamantamos sin complejos, la lactancia de facto se está normalizando día a día, sin necesidad del Estado ni de la autoridad. Esa ley sería un paso atrás.

    La mayor protección es vivir y lactar donde queramos y quieran nuestros bebés. La mayor protección es hacerlo seguras de nosotras mismas. No necesitamos tutela del Estado en este aspecto sino el respaldo de la gente común, hombres y mujeres que quieran vivir en libertad y con respeto mutuo. Son las mujeres que se enfrentan a las situaciones injustas (y no las leyes victimizadoras) las que cambian el mundo a mejor, y si no que se lo digan a Rosa Parks, la mujer que se negó a ocupar los asientos específicos para negros de los autobuses.

    Después de leer lo que he escrito quiero matizar antes de terminar. Es posible que la protección del Estado haga sentirse seguras a muchas mujeres a la hora de enfrentar injusticias como la de ser expulsadas de algún lugar por amamantar. Si esto es así es porque hemos llegado a un punto en el que recurrir a la autoridad para pedir protección se ha vuelto normal e incluso imprescindible en muchas ocasiones. Desde la cuna a la tumba hemos sido educados y funcionamos a base de premios y castigos otorgados por personas que se encuentran en una situación de poder. Por eso, no quiero terminar siendo tajante. 

    Si algo me ha enseñado la maternidad es que hay cosas que están dibujadas en blanco/negro sin matices y otras están en escala de grises. Yo misma, muchas veces he recurrido a la policía para intentar acabar con algunos abusos que, si existiera una comunidad vecinal, se habrían solucionado entre los propios afectados sin necesidad de la autoridad que representan unos hombres y mujeres armados por el Estado. Pero como estamos solos e incomunicados no hay forma de afrontar los más nimios problemas de convivencia. Ninguna de las dos opciones (no hacer nada y sentirse oprimido o recurrir a la autoridad) es buena ni soluciona nada. La segunda te salva momentaneamente, pero es pan para hoy y hambre para mañana, ya que no se enfrenta el gran problema convivencial existente y este, en lugar de desaparecer, se hace más grande. Por eso, ante estos dilemas, sería muy hipócrita por mi parte pedir a los demás lo que yo misma no he sido capaz de hacer. Con esta última reflexión me despido.

    Un abrazo tanto para las personas que piensan que una ley las va a proteger como para las que pensamos que la única protección posible es la seguridad que da saber que estás haciendo lo correcto.

    ¡Desobediencia ante la injusticia! ¡Vive y deja vivir!