La crianza a distancia

“Es entre los cero y los tres años cuando todo se gesta, por lo que los profesionales de las guarderías deberían estar muy bien formados y muy bien pagados. Pero existe un paradigma muy presente desde hace casi cien años, e inventado por los anglosajones, el de la crianza a distancia.” Evânia Reichert en Mente Sana.

Foto tomada de la web madrid.org

No me extiendo demasiado esta vez, ya lo desarrollé aquí. No son “los anglosajones” en general los que crearon lo que denomina “crianza a distancia”. Esas personas tienen nombres y apellidos y se llaman el pediatra Luther Emmett Holt y el conductista John B. Watson, los dos pagados con dinero de la familia Rockefeller (banca, petróleo, etc…) para divulgar estas ideas que venían demasiado bien para los negocios y la sociedad-granja que se estaba forjando.

Pero también me gustaría matizar que los tres primeros años son vitales pero no lo son todo. Los bebés no están adaptados para este tipo de crianza fría y solitaria, mecánica e industrial, pero tampoco lo están los niños más mayores, los adolescentes, las mujeres y hombres adultos, los ancianos. El ser humano no está adaptado para vivir en este ambiente y de ahí las llamadas “enfermedades de la civilización“. Se ha reducido la mortalidad natural pero se ha pagado el precio de tener que vivir una vida de animal domado y domesticado. Centrarse solamente en el parto y los primeros tres años y no centrarse en la vida artificial y solitaria que lleva la madre y el padre que cría y, además, trabaja fuera de casa, es volver a manipular el debate ocultando la complejidad del problema al que nos enfrentamos como especie.

El entorno modela nuestra forma de criar. Por ejemplo, los niños reciben límites artificiales, como la prohibición de correr, algo vital para ellos, porque viven en ciudades llenas de coches y peligros de atropellamientos. Esto modela su caracter y muestra su falta de libertad. Y los padres nos vemos forzados a ser colaboradores de ello, aún sabiendo que necesitan espacio para moverse y estar en contacto con la Naturaleza. Pero vivimos en ciudades inhabitables y somos quienes les gritamos: “¡Ten cuidado!” “¡De la manita por la calle!” “¡Párate antes de cruzar para mirar si vienen coches!”

La crianza de una madre y un bebé solos en casa los primeros 4 meses o incluso los tres primeros años de vida también es antinatural (y lo sigue siendo aunque se cambie a la madre por el padre). El cuidado siempre ha estado repartido y había más personas en casa o en los patios de vecinos para que la madre pudiera socializar, hablar con otros adultos, echarse una siesta y demás. Pero, claro, aquí viene el siguiente problema. ¡Nos han robado a los niños y a los adolescentes! Ellos son unos de los principales cuidadores y compañeros de juego naturales cuando la madre no está o está haciendo otra cosa. Los niños porteaban y cuidaban a otros niños más pequeños y se los llevaban a su madre si lloraban o querían teta. Ahora esto es imposible porque los niños mayores están enjaulados y encerrados hasta los 16 años o más. No se permite a los adolescentes que cuiden, tienen que perder el tiempo, encerrados y aburridos, en los colegios e institutos de educación secundaria. Esto también es antinatural y forma parte de todo ese entramado que provoca que nuestra civilización se esté yendo a pique (o quizás es que simplemente la civilización es lo que es y su propia esencia es la autodestrucción sobrepasados ciertos umbrales).

La gente no está donde debería estar, que es el verdadero sentido de la alienación. No está con los suyos, está “a otra cosa”, supuestamente más importante y que no lo es. Tampoco está en el lugar donde mejor está adaptado para vivir, está “en otro sitio”, supuestamente mejor.

Y después, cuando se habla de las necesidades básicas de los bebés se sigue sin hablar de las de los adultos, que también existen y están íntimamente relacionadas con las de los primeros. “No se trata de volver al paleolítico”, dice María Berrozpe, pero lo cierto es que no se puede cambiar una parte sin cambiar el todo, porque las cosas están integradas y relacionadas. Las madres y padres que aplican el método Estivill lo hacen impulsados, no solo de ideologías teóricas, sino de condiciones materiales que las hacen posibles. La ruptura en la transmisión de los saberes en torno a los cuidados junto con la falta de sueño y descanso gracias al trabajo industrial y sus horarios provocan que todo este desaguisado lo pague el más débil y el que no puede defenderse. Es curioso, por eso, que no exista el “método siesta” para los adultos y que no haya vendido millones de libros como sí lo hicieron los de Holt o Estivill. Pero, claro, ese hipotético método no puede existir, porque no se dan las circunstancias materiales en el entorno para que los adultos puedan descansar y reponerse y, por tanto, puedan adaptarse al ritmo de sueño del bebé. Incluso durante el permiso maternal, la madre cuando el bebé se duerme no se echa con él, tiene que hacer todo lo que no puede hacer cuando está el bebé despierto, y el cansancio se acumula. Los adultos que trabajan fuera de casa no están tampoco adaptados para pasar ocho horas frente a una pantalla de ordenador, ni para estar tantas horas sentados, ni para realizar una única tarea de forma mecánica.

Todos estos cambios sociales que nos alejaron del campo y de una vida más adaptada a nuestra biología, en contacto con la belleza de la Naturaleza, con la necesaria libertad para madurar como personas sanas, la capacidad para construir nuestra autoestima al hacer nosotros mismos las cosas y demás, todo eso se fue al garete por un cúmulo de decisiones políticas a lo largo del tiempo. Antes vino la Ilustración y su idea de progreso que, ahora resulta, que es profundamente contaminante y ecocida. Después, ya en el siglo XX, la dictadura de Primo de Rivera y, más tarde, la II República y su visión de la gente del campo como de personas atrasadas que había que culturizar y domar, alfabetizar y enseñar a hacer cómo se tenían que hacer las cosas. Después vino el golpe de Estado de Franco y la Guerra Civil (recordemos que el avión que trajo a Franco, el Dragon Rapide, sale de Londres con dinero de Juan March y en su intermediación hubo agentes del MI6) y, para terminar, el Plan de Estabilización de 1959, redactado por tecnócratas del Opus Dei  y con la aprobación de diversos organismos internacionales. En cuanto a la financiación de este último proyecto, “se contaría con la financiación del FMI, la OCEC, el gobierno de los EEUU (en total 175 millones de dólares) y los créditos de la banca privada norteamericana como reserva”.

Si miras tu árbol genealógico verás que, cuanto más alto te remontas, el mundo rural está ahí por todas las ramas de tu linaje. Venimos del pueblo y hemos terminado en la ciudad, con familias fragmentadas por toda la geografía urbana e incluso del mundo, con niños y adolescentes encerrados por obligación en edificios durante horas, con adultos agotados con trabajos no adaptados al ser humano sino a la máquina, y sin haber convivido con un bebé real hasta su primer hijo.

Las llamadas de sirena de los nuevos sectores industriales, sus salarios y la modernidad hicieron que nuestros abuelos aceptaran dejar atrás el campo para meterse en pisos horribles y pequeños de los extrarradios de Madrid, Barcelona y otras ciudades. Ahora, cada vez que veo uno de esos gigantescos bloques de pisos, de diez u once plantas, en los que yo misma me crié, pienso que en cada uno de ellos cabe todo un pueblo en vertical. Progresamos, sí, del campo a la granja humana, de nuevo el eterno gran debate entre la libertad y la seguridad.

 

*Se podría mencionar también al médico neozelandés Truby King pero este simplemente copia y repite lo dicho por Holt. Ver pg. 9 (31 del libro) de este pdf: “Truby King in Australia”

Relacionado:

“La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976)

El biólogo Roger Short, autor del artículo “La evolución de la reproducción humana”

 “Los mamíferos exhiben una variedad de variables reproductivas dependientes de la densidad que les permiten llegar a un equilibrio con su ambiente. Estos incluyen la edad de la pubertad, la extensión de la muerte embriónica y fetal, el ratio de muerte neonatal, y la duración del periodo sin estro o la amenorrea de la lactancia. Todos estos son mechanismos orientados hacia la mujer; la mayor parte de los mamíferos son poligínicos, y como la mujer es la que tiene la mayor inversión de energía en la reproducción ella es el recurso limitante.

Desafortunadamente, el ser humano como especie ha elegido eliminar estas restricciones, así que ahora estamos sin ningunos controles y equilibrios naturales en nuestro ratio de crecimiento poblacional. Seremos enteramente dependientes de formas artificiales de anticonceptivos para siempre. Como la selección natural siempre ha operado en el pasado para maximizar el potencial reproductivo, las mujeres están fisiológicamente mal adaptadas a pasar la mayor parte de su vida reproductiva en un estado de no embarazo. Los anticonceptivos del mañana deberían ser escogidos con gran cuidado, ya que tendrán un gran impacto en nuestra salud general y en el bienestar de la sociedad.
(…)
La transmisión del aprendizaje de generación en generación necesitó de un periodo prolongado de contacto entre los padres y la descendencia, y esto fue acentuado por nuestra inmadurez en el nacimiento. Uno de las sanciones por haber desarrollado un cerebro tan grande fue que mucho de su crecimiento tuvo que ocurrir después del nacimiento ya que una cabeza grande nunca podría ser parida a través de los estrechos confines de la pelvis humana. Un niño dependiente, incapaz de alimentarse por sí mismo, impuso severas restricciones a la libertad de circulación de su madre, que a su vez se volvió dependiente del padre para proveer las necesidades de la vida*. Fue este periodo prolongado de dependencia juvenil lo que hizo adecuado el espaciamiento entre los nacimientos sucesivos de tal primordial importancia en las comunidades primitivas (Polgar 1972); la amenorrea de la lactancia fue uno de los mecanismos por los que la Naturaleza aseguró que hubiera un largo intervalo entre nacimientos. 

En los primitivos cazadores-recolectores, donde la crianza de un niño depende de la cooperación entre los padres, era claramente importante reforzar los vínculos que mantenían a los padres juntos. Una manera de hacer esto era desarrollar una estricta división del trabajo entre el hombre y la mujer, para que cada uno fuera dependiente del otro. También parece probable que explotamos el comportamiento sexual para mantener y reforzar este vínculo de pareja parental. Somos los únicos mamíferos en los que la mujer ha abandonado el fenómeno conductual periódico del estro, cuando ella está atraída instintivamente y receptiva al macho, y lo hemos cambiado por una situación en la que ella es potencialmente atractiva y receptiva en cualquier momento desde la adolescencia a la ancianidad. También somos el único primate en el que la hembra recibe gratificación del acto sexual en la forma de orgasmo”. La evolución de la reproducción humana, Roger Short (1976).

Roger Short, biólogo y profesor de la Universidad de Melbourne, es una de las eminencias en el campo de la reproducción humana. De hecho, es uno de los expertos mundiales en el método anticonceptivo de la amenorrea de la lactancia materna (MELA) que se reúnen periódicamente en Bellagio, Italia, junto a instituciones como la OMS y la Fundación Rockefeller, para consensuar la efectividad del método y su funcionamiento (más información sobre el MELA aquí). A pesar de ser un científico vinculado a las elites de poder, eso no debería ser razón o motivo de prejuicio para rechazar a priori sus planteamientos o investigaciones, ya que si lo que se presenta es cierto, lo tendremos que aceptar nos guste o no, se adapte mejor o peor a nuestra ideología. Os invito a realizar una lectura crítica y reflexiva.

Como se aclara en el libro “On fertile ground: a natural history of human reproduction” actualmente hay varias posturas o enfoques que explican la falta de menstruación temporal en las madres lactantes: las que basan la explicación en la frecuencia de las tomas del bebé (John Bongaarts), otra es la de la carga metabólica relativa (la energía que tiene que derivar la madre hacia la lactancia se reduce al introducir alimentación complementaria, por ejemplo) y también hay una investigadora que ha añadido una más, la influencia en la fertilidad de la mujer del nivel de grasa en su cuerpo (Rose Frish).

En el momento del artículo que voy a analizar Roger Short trabajaba en la Unidad de Biología Reproductiva de la Universidad de Edimburgo. A pesar de que es un artículo de los años setenta y que seguramente ahora existan otras visiones y de que no comparto su obsesión por la píldora anticonceptiva como solución a los males de la humanidad, creo que el análisis de la cuestión que plantea es correcto y se podría resumir en que, desde un punto de vista evolutivo, el cuerpo femenino no está bien adaptado a la realidad de ovular y menstruar constantemente.

Parece ser que el primer autor que constató que la edad de la menarquía en las niñas había bajado de forma espectacular en EEUU y Europa desde mediados del siglo XIX fue Tanner, pero se dio cuenta de que esa tendencia se había parado en unos 12-13 años. Esa edad era mucho más baja que la de los países menos industrializados y lo asoció a una peor nutrición y un nivel más bajo de proteinas, ya que también dentro de una misma cultura, las personas “mejor” alimentadas se les adelantaba la primera regla. Cuando leí esto inmediatamente pensé: ¿Y no será que nosotros somos los que estamos sobrealimentados y “malnutridos” por excesiva nutrición desde un punto evolutivo? Es decir, ¿no serán las comunidades no industrializadas el “estándard” y no nosotros? La verdad es que esto lo pensé a raíz de darme cuenta de lo que ocurre con los niños de biberón y los niños de pecho. No tienen los mismos percentiles y, de hecho, la OMS tuvo que sacar unas nuevas tablas de peso por edad dirigidas a los niños de teta porque si se aplicaban las “normales” (biberón) nuestros hijos estaban demasiado delgados, cuando en realidad la leche materna ha sido el alimento habitual de la especie humana desde el principio de los tiempos. Para otras interpretaciones podéis consultar la web del Museo de la Menstruación. Es significativo señalar que, a pesar de la estrogenización ambiental artificial del ambiente que conocemos hoy en día, el adelanto de la menarquía es algo que se observa con datos que van desde 1860, es decir, mucho antes de que popularizara el uso del plástico o se inventara la píldora anticonceptiva.

Posteriormente llegaron otros autores y otras teorías como la de Frisch y Revelle que describieron una masa corporal crítica de 47.8 kilos para que ocurra la menarquía, como si hiciera falta un mínimo de grasa corporal almacenada para comenzar a menstruar. Hoy en día entiendo que habrá teorías más actualizadas pero recuerdo que el artículo de Short es de 1976.

Sobre la menarquía Roger Short dice algo que me dejó reflexionando:

En los países en desarrollo, con una edad tardía de pubertad, la adquisición de la fertilidad y la madurez intelectual son casi eventos coincidentes que se complementan el uno al otro. En los países desarrollados, por otro lado, parece que nosotros ahora adquirimos nuestra sexualidad bastante antes que la madurez intelectual que nos permite hacerla frente. Los embarazos adolescentes son algo nuevo en nuestra experiencia evolutiva, ya que eran una imposibilidad biológica.

¿Y por qué eran una “imposibilidad biológica”? Sencillamente porque los primeros años después de la menarquía suelen ser anovulatorios. Por ejemplo, se comprobó cómo las mujeres !Kung cazadoras-recolectoras se casaban y tenían su primera regla más o menos a la vez, con 15 años y medio. Sin embargo, su primer hijo lo tenían a los 19 años y medio (Kolata 1974). Y esto quiere decir que en EEUU y en Europa las niñas que tienen su menarquía a los 12 años podrían ser fértiles con 14 o 15 años. Y eso es una rareza histórica, como tantas otras…

Hay una parte del artículo de Short que me ha dejado sorprendida. Yo creía que en las sociedad de cazadores-recolectores había una alto número de hijos y de muertes (al no existir medicamentos y hospitales, por ejemplo). Pues resulta que no, los ratios de nacimientos y muertes eran más bien bajos hasta la llegada de la revolución agrícola hace 10.000 años. Recordemos que el Homo Sapiens moderno apareció hace unos 200.000 años.

¿Y por qué aumentaron los nacimientos con la revolución agrícola? Porque disminuyó el intervalo entre nacimientos. ¿Y por qué? Porque se modificaron los hábitos de lactancia tradicionales en el mundo de las cazadoras-recolectoras. Por ejemplo, las mujeres !Kung solían tener un intervalo medio de 4 años entre hijos y amamantaban durante 3-4 años. Las madres, dice Short, eran delgadas pero bien alimentadas y no había alimentos blandos para la alimentación complementaria de los bebés. Cuando las Kung se volvían sedentarias destetaban antes y se complementaba con harina de cereal y leche de vaca y, por tanto, el intervalo entre hijos se acortaba. ¿Y cuándo amamantaban durante 4 años no suplementaban con nada? Es obvio que sí. ¿Y cómo estaban de hierro los niños? Porque ahora la OMS dice que a partir de los 6 meses hay que suplementar por riesgo de anemia. Cuando entreviste a una mujer !Kung os cuento en otro artículo… (Por ahora me tengo que conformar con este maravilloso libro de Marjorie Shostak).

Con la revolución agrícola y la sedentarización aumentó la mortalidad y la fertilidad a la par, es decir, tenían más hijos pero se moría más gente. Al leer esto pensé, ¿no deberían haberse reducido las muertes al tener comida y un ambiente aparentemente más seguro? Pues no. Según Short, la higiene probablemente se deterioró y las enfermedades aumentaro. Y yo especulo desde mi humilde visión de madre lactante… ¿No tendrá que ver también en el aumento de la mortalidad el hecho de que se diera menos tiempo de mamar? Es decir, ¿no podría tratarse de un círculo vicioso? Si hace 10.000 años destetabas antes el niño corría más peligro de morir por no obtener los nutrientes necesarios ni las defensas que proporciona la leche humana. Ahí quedan mis preguntas sin respuesta.

Después Short señala varios estudios en los que se ha observado cómo el proceso de urbanización en la época actual, y los cambios que lleva aparejado en cuanto a hábitos sociales y nutricionales, impactan en la fertilidad humana, sobre todo en cuanto a la lactancia materna y afirma: 

“En todo el mundo en su conjunto, más nacimientos son prevenidos con la lactancia que con las otras formas de anticoncepción juntas. No es extraño que los cambios sociales que reducen la eficiencia anticonceptiva de la lactancia hayan tenido tal asombroso impacto demográfico”. 

Y un poco más tarde dice: 

“Se suele decir que no podemos esperar que la gente de los países en desarrollo quieran controlar su fertilidad hasta que los ratios de mortalidad infantil sean reducidos a un nivel aceptable. Si pudiéramos desarrollar anticonceptivos que promocionaran la lactancia materna, ellos aumentarían el intervalo entre nacimientos así como reducirían la mortalidad al mismo tiempo”. 

En este momento el artículo compara la vida reproductiva de una mujer de una comunidad cazadora-recolectora y la de una mujer de hoy en día:

“En las comunidades cazadoras-recolectoras, la pubertad, la adquisicón de deseo sexual, y matrimonio eran todos eventos sinónimos, así que no había necesidad de restricciones sociales sobre el comportamiento sexual antes del matrimonio. Después del matrimonio había un periodo de tres años de esterilidad adolescente, cuando la chica habría experimentado una sucesión de ciclos menstruales anovulatorios antes de concebir. Después del primer hijo, habría estado 3 años en amenorrea de la lactancia, seguidos por uno o dos ciclos menstruales ovulatorios antes de concebir otra vez. No tenemos información de la edad de la menopausia  en las sociedades primitivas, pero (…) sería raro que una mujer tuviera más de 5 hijos. Durante su vida reproductiva experimentaría 15 años de amenorrea de la lactancia, y 4 años de embarazo, (…)

Contrastemos esto con la vida reproductiva de una mujer de hoy en día: la menarquía ocurre a los 13 años, y la menopausia a los 50. Dos embarazos con poco o ningún amamantamiento como mucho solo permitirían a la mujer como mucho 2 años de respiro de los ciclos menstruales regulares, que ocuparían los 35 años que quedan de vida reproductiva. 

No puede haber ninguna duda de que este aumento de nueve veces en el tiempo dedicado a tener ciclos menstruales plantea una serie de nuevos problemas para nosotros; es algo de lo que no hemos tenido ninguna experiencia evolutiva previa, y por lo tanto no estamos genéticamente adaptados para hacer frente a la situación”.

Hay una cosa que me chirría: no he encontrado constancia de ninguna amenorrea de la lactancia más allá de dos años en la actualidad, aunque tampoco es raro dada la pérdida de la cultura de la lactancia en la sociedad actual. Quizás existan pero no es algo de lo que se hable demasiado. (ACTUALIZACIÓN: en el artículo de Barbara B. Harrell del que hablo aquí hay constancia de un estudio en el que una de las mujeres tuvo una amenorrea de la lactancia de 30 meses, pero es algo muy raro).

Anticoncepción

Dice Short, y es cierto, que el único anticonceptivo que no actúa después de la ovulación es la píldora. Sin embargo, se eligió, en lugar de imitar la amenorrea, que imitara el ritmo menstrual mensual, creyendo que sería más “normal” y más aceptable.

¿Puede ser dañina una sucesión de ciclos menstruales interminable? A esta pregunta responde Short:

“En las sociedades primitivas, la pubertad fue pronto seguida de un embarazo primero, que a su vez transformaba el pecho en un órgano secretor. Hoy, el descenso de la edad de la pubertad, junto con los aplazamientos inducidos culturalmente del primer embarazo, quiere decir que el pecho puede que tenga que esperar a más de una década entre la finalización de la pubertad y el comienzo de la actividad secretora, tiempo durante el cual responde a los ciclos mensuales de secreción de esteroides del ovario con un 20% de aumento de volumen durante la fase lutea, y un colapso repentino de la menstruación”.

Ya en la época de este artículo, 1976, había estudios que relacionaban la incidencia de cáncer de pecho con la edad del primer hijo o, más bien, con el tiempo entre la primera regla y el primer nacimiento. Y aporta un dato: “una mujer que tiene a su primer hijo antes de los 18 años tiene un tercio de riesgo de tener cáncer de mama comparado con una mujer que tuvo a su primer hijo después de los 35 años”. Para más información actualizada sobre este tema recomiendo la lectura de estos otros post: “Los riesgos de no ser una madre joven” y “¿Menstruar mola? ¿Menstruar es un atraso?”

Dice Short que el cáncer de mama es el cáncer más comun en las mujeres, con 11.000 muertes anuales en Inglaterra y Gales en esa época. Como dato comparativo, esa cifra se ha mantenido ya que en 2011 murieron 11.684 mujeres y 78 hombres por esa causa en Reino Unido. También menciona el hecho de que en las mujeres nulíparas también se ven incrementados los carcinomas de ovario, endometrio, fibromas e endometriosis.

Y después de un artículo fascinante e interesante llega una parte en la que abandona la explicación científica para proponer la creación de un anticonceptivo que permita a la mujer volver a estar en amenorrea, el estado normal entre las mujeres primitivas. Así también se reduciría la incidencia del cáncer y problemas derivados de tener tan poquitos hijos.

Como vemos, Short da por hecho que las mujeres van a seguir sin tener muchos hijos cuando son jóvenes ni van a amamantar por eso la Ciencia y la Medicina tienen que acudir a salvarnos de los problemas de la nuliparidad con una nueva medicina que nos cure de las consecuencias de los hábitos reproductivos postindustriales.

Conclusiones sobre biopolítica

Como las formas naturales de autoregulación de la población ya no existen, para bien o para mal (un punto positivo claro en mi opinión es la reducción de la mortalidad infantil, por ejemplo) Short afirma que dependeremos de las formas artificiales de anticoncepción para regular la población mundial, y que incluso serán claves en la supervivencia de nuestra especie. Pero, además, no vale cualquier tipo de anticoncepción, ya que no todos pueden mantener el aparato reproductivo en estado de inactividad cuando no queremos quedar embarazada. Aquí entiendo que el autor se refiere, por ejemplo, a que una mujer puede seguir métodos “naturales” (ya lo de natural queda hasta raro en este contexto) y reconocer sus días fértiles y evitar las relaciones sexuales coitales o utilizar métodos de barrera durante esos días. Sin embargo, esta mujer seguiría ovulando y menstruando, lo que elevaría el riesgo de otros problemas de salud. Yo, desde luego, no era consciente de todo esto hasta hace muy poco. 

“Las mujeres pueden estar fisiológicamente mal adaptadas a pasar la mayor parte de su vida reproductiva con una interminable sucesión de ciclos menstruales”. 

Roger Short termina su artículo reflexionando sobre biopolítica ya que, como la reproducción ya no es algo “natural” sino algo sujeto a la voluntad, se volverá mucho más impredecible, lo que podría conllevar “problemas de planificación a largo plazo” (se entiende que para los políticos) y pronostica que habrá más intentos de relacionar lo que es deseable para las naciones con las prácticas reproductivas, es decir, en mi opinión está diciendo que el Estado se va a entrometer cada vez más en la vida personal de los sujetos de a pie.

Reflexiones finales

El análisis de la cuestión parece bastante coherente, a pesar de mis escasos conocimientos sobre biología, antropología evolutiva o medicina, no ya tanto las conclusiones a las que llega, que sí que me parecen criticables.

1) La primera puntualización que se le puede hacer a Short es que antes de hablar de planificaciones nacionales deberíamos hablar de decisiones libres e informadas, es decir, que la gente tenga toda la información para después decidir lo que quiere hacer con su vida. No todo está en nuestra mano ni todas tenemos por qué querer tener hijos o tenerlos jóvenes pero a lo mejor algunas, si lo hubiésemos sabido, los hubiésemos tenido mucho antes, habríamos lactado de otra forma o habríamos hecho más deporte en la niñez para retrasar un poquito la menarquía, etcétera…

2) Una vez que se tiene toda la información y apoyo se puede optar por tomar la píldora, no tomarla, tener hijos, no tenerlos, amamantarlos, no amamantarlos, utilizar métodos anticonceptivos “naturales” o no utilizarlos. Se puede optar, si las circunstancias externas biopolíticas te lo permiten, claro…

3) Short parte del hecho de que en la sociedad postindustrial no podemos llevar la vida ni de las cazadoras-recolectoras ni de las sociedades no industrializadas y que, por esa razón, dependemos de las píldoras de la industria farmacéutica para mantenernos en un falso embarazo perpetuo. Pero quedan las preguntas abiertas: ¿No podemos intentar a nivel individual tener menarquías tardías, embarazos tempranos, lactancias largas e intensas? ¿Está en nuestra mano? ¿Es nuestra decisión? ¿Es la de otros? Si la lactancia tiene un papel fundamental históricamente en el crecimiento equilibrado de la población, ¿no tendría que ser la sociedad y el mundo laboral industrializado el que se adaptara a la lactancia humana y no al revés? ¿Por qué tenemos que ser las madres lactantes las que nos tenemos que adaptar a los horarios y circunstancias industriales, es decir, las que tenemos que extraernos leche, congelarla, separarnos de nuestros hijos durante largas horas, etcétera?

Por otro lado, el tema de la anticoncepción en el mundo preindustrial daría para otro artículo, que me reservo para cuando termine el libro de John M. Riddle “Las hierbas de Eva. Historia de la anticoncepción y el aborto en Occidente”.

4) En el texto de la introducción que he traducido dice que un niño dependiente impuso severas restricciones a la libertad de circulación de la madre. ¿Acaso las madres de las sociedades cazadoras-recolectoras no usaban portabebés para poder moverse sin separarse de sus hijos pequeños? Esto que plantea Short no es verdad, al menos como se describe en el libro de Marjorie Shostak “Nisa”, un libro de entrevistas a mujeres !Kung. En él se explica como las madres recolectan acompañadas de los bebés y niños y los padres cazan, también a veces acompañados de niños y niñas algo mayores. Las mujeres y los hombres son interdependientes a nivel nutricional y los niños no impiden ninguna actividad, quizás la caza por el nivel de sigilo que se necesita para no asustar a los animales. Es puro sentido práctico, no ideológico.

5) Ya no estamos en 1976 y ahora sabemos que la píldora no sólo no proteje del cáncer de mama sino que puede aumentar, aunque sea de forma leve, el ratio de padecerla. Además, el uso de la píldora ha traído consigo problemas ambientales, ya que la orina de las mujeres que la utilizan pasa al ecosistema estrogenizándolo,  como se ha estudiado en este artículo publicado en PNAS. Para solucionar un problema, creamos otros mil. ¿Es ese el lema de la historia del progreso humano?

6) La última crítica que le hago a Short quizás es la más importante. No son los Estados los que deben decidir si la gente se reproduce o no, si tiene 0, 1 o 6 hijos, como tampoco debería entrometerse en ningún aspecto de nuestra vida íntima. Si existe un problema demográfico en alguna zona del planeta este debería ser analizado por los propios afectados y las soluciones nunca deberían ser impuestas desde las elites de poder.

Para profundizar:

– Traducción del artículo de la antropóloga Beverly Strassman, mucho más reciente que este de Short: “La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens”.
– Reseña de “La Lactancia y la Menstruación desde una Perspectiva Cultural” de Barbara B. Harrell, de 1981. 

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens. Traducción de un artículo de Beverly I. Strassmann


Hoy me limito a presentar una traducción de un artículo de la antropóloga Beverly Strassmann. Lo he intentado traducir de la mejor forma posible pero si alguien detecta algún error puede comunicármelo en los comentarios. Las negritas en algunas partes son mías, no están en el original, pero creo que pueden resaltar lo que a mí me ha parecido más llamativo. Hay que tener en cuenta que es un texto antropológico, no divulgativo, por eso tiene partes muy estadísticas. Agradezco a Beverly Strassmann haberme permitido traducir y divulgar su artículo, que se puede consultar en su version íntegra en inglés y con todos sus gráficos en el siguiente enlace:

http://www.academicroom.com/article/biology-menstruation-homo-sapiens-total-lifetime-menses-fecundity-and-nonsynchrony-natural-fertility-population

Este texto me ha hecho reflexionar sobre cómo en la sociedad actual pensamos que menstruar toda la vida de forma ininterrumpida es normal, incluso positivo o sano. La realidad es que es un patrón relativamente nuevo en la especie humana e incluso tiene algunos riesgos para nuestra salud. ¿Nos encontramos quizás ante un pequeño gran desfase entre nuestra biología y los hábitos reproductivos modernos? ¿Cuáles serán las consecuencias a nivel evolutivo? No lo sabemos. En cualquier caso, mejor tratar de comprender el fenómeno, dudar, tirar del hilo y seguir investigando para poder tomar decisiones informadas en el siglo XXI. ¡Allá va el texto!

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens: El total de menstruaciones en toda una vida, fecundidad y asincronismo en una población de fertilidad natural.

Autora: Beverly Strassmann. Departamento de Antropología, 1020 LSA Building, University of Michigan, Ann Arbor, Mich. 48109-1382, USA (BIS@umich.edu).18 VII 96

Los estudios de biología reproductiva femenina en humanos se limitan casi todos a mujeres que pasan la mayor parte de sus años reproductivos con ciclos menstruales. Teniendo en cuenta que la biología reproductiva humana evolucionó cuando el embarazo y la lactancia eran los estados reproductivos usuales (Short 1976) es importante tener en cuenta los patrones reproductivos en las poblaciones de fertilidad natural. En estas poblaciones, las parejas no intentan controlar su fertilidad de una manera dependiente de la paridad (Henry 1961). Johnson et al (1987) condujeron una investigación longitudinal de la menstruación en una sociedad no-contraceptiva, los Gainj de Papua Nueva Guinea, pero su muestra incluía solamente 40 ciclos menstruales de 36 mujeres. Bentley, Harrigan y Ellison (1990) monitorizaron 178 ciclos menstruales entre los Lese de Zaire, pero como había una enfermedad venérea endémica, muchas mujeres Lese eran estériles y por lo tanto mostraban el patrón occidental de menstruación repetida sin quedarse embarazadas. Aquí presento los primeros datos prospectivos y a largo plazo sobre la menstruación en una población de fertilidad natural, los Dogon de Mali. La muestra incluye 477 ciclos menstruales no truncados en 58 mujeres. Me centro en tres preguntas específicas: (1) ¿Desde la menarquía a la menopausia, cuántas reglas experimentan las mujeres Dogon durante su vida? (2) ¿Cuál es el patrón que siguen las menstruaciones durante toda la vida? y (3) ¿Sincronizan las mujeres Dogon sus menstruaciones?

Los Dogon son cultivadores de mijo del Sahel y tienen un ratio total de fertilidad de 8.6 * 0.3 nacimientos vivos por mujer (Strassmann 1992). Proveen una rara oportunidad de monitorizar el estatus reproductivo femenino en una sociedad preindustrial porque existen estrictos tabúes que requieren que las mujeres menstruantes sean segregadas por la noche en cabañas especiales. La función de estos tabúes y de la menstruación en sí ha sido considerada en otros lugares (Strassmann 1992). A través de un censo nocturno (N = 736 días) de las mujeres presentes en las dos tiendas menstruales del pueblo estudiado (Julio 1986 – Julio 1988), ha sido posible detectar el inicio de la menstruación sin entrevistas y así evitar errores en el recuerdo o a la hora de informar. Una comparación del calendario de las visitas de las mujeres a las cabañas menstruales con perfiles hormonales de las mujeres (pregnanediol urinario-3, glucurónido y estrona-3-glucurónido) indicaron que las mujeres (N=70) fueron a las cabañas de menstruación durante el 86% de sus reglas y que se quedaron fuera de las cabañas cuando no estaban menstruando (Strassmann 1996b). Monitoreo prospectivo de 25 embarazos indicó que todos los 25 nacimientos ocurrieron aproximadamente nueve meses después de la última visita de la madre a las cabañas de menstruación (Strassmann 1992). Estos resultados confirman que que si una mujer Dogon visita una cabaña de menstruación está de hecho menstruando.

El ciclo menstrual prolongado de las mujeres occidentales se ha invocado como un factor de riesgo de cáncer del aparato reproductor (Short 1976, Eaton et al. 1994), una de las principales causas de mortalidad. ¿Pero cuántas menstruaciones solían experimentar las mujeres antes de la llegada de la anticoncepción? Debido a la dificultad de recopilar la información precisa sobre la menstruación en entrevistas, hay pocos datos disponibles para responder a esta cuestión. Eaton et al. (1994) calculó que en los cazadores-recolectores las mujeres que pasaban de la menopausia experimentaban aproximadamente160 ovulaciones en su vida, pero esta estimación no se basa en datos empíricos de la menstruación o de la ovulación entre los cazadores-recolectores.

NÚMERO TOTAL DE MENSTRUACIONES A LO LARGO DE LA VIDA.

Tomé ​​registros objetivos de la asistencia a la choza menstrual, como lo corroboran los datos hormonales, para determinar el número de menstruaciones experimentado por las mujeres Dogon a lo largo de la vida, asumiendo su supervivencia a la menopausia. En mi muestra, la mediana de edad de la menarquía era 16 y la mediana de edad de la menopausia era 50. El número medio de visitas a la choza en una vida era de 110 y la mediana era 94. Estos valores fueron calculados como la suma del número medio (o de la mediana) de visitas a la choza de cada edad (las mujeres individuales que no visitaron las chozas a una edad particular porque estaban embarazadas o en amenorrea contribuyeron un valor de cero a la computación). Para corregir las menstruaciones detectadas hormonalmente que no fueron señaladas en una visita a las chozas menstruales, dividí el número total de menstruacionesa cada edad por 0.86. Después de esta corrección, el número medio estimado de menstruaciones en la vida era 128 y la mediana era 109.

Una médico estadounidense que registró todas sus menstruaciones a lo largo de su vida y que tuvo 3 nacimientos tuvo un total de 355 ciclos menstruales. (Treloar et al. 1967). Su experiencia menstrual abarca 32 años en lugar de los más típicos 38 años de las mujeres estadounidenses, por lo que ella pudo haber tenido un menor número de menstruaciones que la media de la mujer estadounidense. De todos modos, Treloar et al. informan que hasta su primer embarazo la longitud de su ciclo era al menos dos días más corto que la media, lo que cancela parcialmente el efecto de una experiencia menstrual corta. Eaton et al (1994) estiman que las mujeres estadounidenses tienen un total de cerca de 450 ovulaciones. Su estimación asume que desde la menarquía a la menopausia el 96% de los ciclos menstruales son ovulatorios. En los años de la postmenarquía y de la perimenopausialas mujeres tienen muchos ciclos largos anovulatorios (Baird, 1985), así que las estimaciones de Eaton et al de 450 ovulaciones en una vida son probablemente demasiado altas. Con fines comparativos, yo asumo que 400 menstruaciones a lo largo de la vida no son inusuales en las mujeres estadounidenses. La mediana de 109 menstruaciones a lo largo de la vida entre las mujeres Dogon es un cuarto de este valor. Dado que los Dogon son sedentarios y agricultores, la alta frecuencia de menstruaciones encontrada en tantas poblaciones contemporáneas humanas probablemente se originó no con la agricultura sino con el control de los nacimientos.

PATRÓN DE LAS MENSTRUACIONES.

Los datos también revelan características del patrón de la menstruación sobre las historias de vida de las mujeres. La frecuencia de la menstruación entre las mujeres Dogon tiene una relación con forma de “U” con la edad entre la menarquía y la menopausia (fig. 2). Para mostrar esta relación más claramente, el gráfico excluye a las mujeres que estaban constantemente embarazadas o en amenorrea, y se presentan los dos años enteros de datos. Las mujeres por debajo de 20 años tuvieron una media de 10.8 y 3.3 menstruaciones en dos años, las mujeres entre 20-34 años tuvieron 3.8-0.6 menstruaciones, y las mujeres de 35 años y más tuvieron 12.9 2.2 menstruaciones. Este resultado es consistente con los informes de que la fecundidad tiene una relación inversa en forma de “U” con la edad (Bendel and Hua 1978, Jain 1969, Wood and Weinstein 1988). Una variable de confusión potencial es la frecuencia coital, pero las numerosas menstruaciones entre las mujeres menores de 20 años son probablemente debidas a la subfecundidad adolescente porque las mujeres de estas edades ya tenían compañeros sexuales regulares. De hecho, es normativo entre las mujeres Dogon empezar con las relaciones sexuales antes de la menarquía. La frecuencia menstrual baja entre las mujeres de 20-34 años refleja un ratio muy alto de embarazos (fig. 3) y de supresión lactacional de la ovulación (tabla 1). En el estudio de dos años, tener ciclos menstruales era el estado reproductivo más largo para las mujeres más jóvenes (menos de 20 años) y las mayores (más de 34 años), mientras la amenorrea de la lactancia era el estado más largo para la primera edad reproductiva de las mujeres (20-34 años). Después de los 34 años, la frecuencia de la menstruación caía dramáticamente y el ratio de embarazos se desplomaba. Este cambio puede ser atribuído a la fecundidad reducida, menor frecuencia coital en los matrimonios de larga duración, y la mayor mortalidad intrauterina al final de los años reproductivos (Strassmann 1990, Wood 1989).

El perfil reproductivo de la mujer (N = 122) en el pueblo estudiado es mostrado en la figura 4. En los 736 días del estudio la proporción media ( + estandar de desviación) de las mujeres que tenían ciclos menstruales en un día determinado era 0.25 + 0.01; 0.16 k 0.04 por día estaban embarazadas, 0.29 + 0.04 estaban en amenorrea de la lactancia, y 0.31 + 0.006 eran postmenopaúsicas. (Estar dentro del ciclo menstrual fue definido como el intervalo desde el primer día de la primera menstruación postparto hasta el primer día de la última menstruación antes de un embarazo reconocido; el embarazo fue definido como el intervalo desde el segundo día de la última menstruación hasta el día del nacimiento o el aborto; la amenorrea de la lactancia fue definida como el intervalo desde el día después del nacimiento o aborto hasta el día después de la primera menstruación postparto). En cualquier día determinado, la subfecundidad de la mujer fue sobrerepresentada sobre las mujeres con ciclos menstruales. Las mujeres más fecundas concebían en una de sus primeras ovulaciones postparto y en seguida “caían fuera de la piscina” de las mujeres que regularmente menstruaban. Por ejemplo, entre las mujeres con edades comprendidas entre lo 20-34 años, solamente dos eran estériles, y tenían 23 y 29 menstruaciones cada una de ellas durante los dos años del estudio. La otra mujer en su cohorte de edad tuvo una media de solo 3.8 + 0.6 menstruaciones. Así que las menstruaciones regulares eran un signo de esterilidad, no de fecundidad.

Cuando la duración del ciclo menstrual era calculada por la asistencia a las chozas menstruales, la mediana de la duración de los ciclos menstruales medios de las mujeres era de 30 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fueron 30.0 y 32 días, respectivamente; N = 58 mujeres, 477 ciclos; el rango de edad fue 15 a 53 años, la media de edad * la desviación estandard fue 30.9 + 9.7 años). Cuando los ciclos más largos de 46 días (N = 73) o más cortos de 17 días (N = 4) fueron excluidos por ser valores atípicos como fueron definidos por Wilkinson (1990:550), la mediana de las duraciones medias de los ciclos menstruales fue 28.5 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fue 27.5 y 29 días, respectivamente; N = 54 mujeres, 400 ciclos). La duración estimada del ciclo en cualquier población refleja la estructura de edad de la muestra, pero la duración del ciclo en las Dogon es biológicamente indistinguible de la duración del ciclo de las poblaciones occidentales (Chiazze et al. 1968, Treloar et al. 1967, Vollman 1977).

SINCRONÍA MENSTRUAL

McClintock (1971) informó de que la interacción social causaba que los comienzos menstruales de los grupos de amigas que comparten dormitorio se acercaran dos días en un período de cuatro a seis meses. Ni McClintock ni los subsecuentes investigadores encontraron ninguna tendencia de las menstruaciones a hacerse concordantes, pero al fenómeno se le llama con el equívoco término “sincronía menstrual”. En análisis cuidadosos, Wilson (1987, 1992) mostró que tres errores estadísticos socavan la evidencia de McClintock así como las de las de investigadores posteriores (Graham y McGrew 1980, Quadagno et al. 1981, Preti et al. 1986): (1) fracaso para corregir la convergencia de inicios menstruales por casualidad, (2) exageración de las diferencias de partida en los inicios a través del cálculo equivocado, que conduce a una impresión errónea de sincronización con el tiempo, y (3) posible sesgo de muestreo. Strassmann (1990) planteó preocupaciones adicionales que tienen que ver con la novedad evolutiva del estudio de poblaciones y las inconsistencias en los hayazgos a través de los estudios, sugiriendo la posibilidad de efectos aleatorios. Por otra parte, hay tres estudios que no encontraron evidencias de sincronía en las poblaciones occidentales (jarett 1984, Wilson, Hildebrandt Kiefhaber, and Gravel 1991, Trevathan, Burleson, y Gregory 1993). A pesar de la escasez de datos de apoyo, muchos investigadores continúan aceptando la existencia de sincronías menstruales en lugar de confrontar los asusntos metodológicos que Wilson planteó (Graham 1991, Weller y Weller 1993).

Antes del estudio de Dresent no había tests publicados sobre la sincronía menstrual en poblaciones con fertilidad natural. La ausencia de sincronía en esas poblaciones tendría dos importantes implicaciones: (1) debilitaría seriamente la hipótesis (Burley 1979, Turke 1984) de que la sincronía menstrual es adaptativa, y (2) refutaría la tan extendida suposición entre los antropólogos de que la sincronía menstrual ocurría en las sociedades preindustriales (Buckley 1988, Knight 1988). En las poblaciones de fertilidad natural, el embarazo y la amenorrea imperidían que las mujeres tengan ciclos menstruales concurrentemente, pero la posibilidad de sincronía puede ser probada entre las restantes mujeres. Entre las mujeres Dogon de todas las edades que tenían ciclos menstruales durante el presente estudio, la mediana del número de menstruaciones en dos años fue 6.0. McClintock (1971) informó de que la mayor parte de la sincronización en su estudio fue situada en aproximadamente cuatro ciclos. Si es así, entonces muchas mujeres Dogon tuvieron suficientes ciclos para sincronizarse, particularmente en la cohortes de edad menores de 20 años y mayores de 34 años.

En vista de lo anterior, puse a prueba la sincronía menstrual en los Dogon. Para evitar los errores metodológicos discutidos por Wilson (1992) introduje dos aproximaciones estadísticas. Usando la regresión de Cox (Cox 1972, Dixon 1992) pregunté si, en cualquiera de los ciclos, el riesgo de una mujer de menstruar era influenciado por el número de las otras mujeres que estaban menstruando. El número de otras mujeres menstruando fue calculado como tres variables independientes diferentes: “Pueblo” se refiere a todas las otras mujeres del pueblo; “linaje” se refiere a todas las otras mujeres que vivían en un particular linaje de familiares masculinos; y “unidad económica” se refería a las mujeres que habitualmente trabajaban juntas y comían juntas. Estas variables capturan, con el aumento del grado de cercanía, las tres principales niveles de interacción social entre las mujeres. Este análisis es modelado como sigue: hilt) = ai(t).epx(t) donde hi(t) es el riego “ith” de que una mujer menstrúe en un tiempo “t” y ai(t) es es la tasa de riesgo de referencia para la mujer “ith” y x(t) es una variable explicativa en función del tiempo probada individualmente. Los tres coeficientes no eran significativos, proporcionando ninguna evidencia de la sincronización.

Si la sincronía menstrual es causada por el ciclo lunar (Pochobradsky 1974, Law 1986, Cutler et al. 1987) u otros ritmos ambientales (Little et al. 1989) entonces debería ocurrir en todo el pueblo. De acuerdo con la hipótesis nula de la asincronía, los inicios de las menstruaciones de mujeres diferentes deberían ser independientes, y por lo tanto el número de inicios por día debería encajar en la distribución de Poisson. De acuerdo a la hipótesis alternativa de la sincronía, los inicios menstruales deberían estar agrupados. Bajo la hipótesis nula, el número esperado de inicios por día, E(N), iguala al número de mujeres en riesgo de menstruar en un día concreto (por ejemplo en ciclo menstrual y no estando embarazada ni en amenorrea) dividido por el número de días de riesgo. Siguiendo esta lógica, calculé el número esperado de inicios E(Nt) para cada día (t) dividido por el número de días en la ventana. En los 736 días del estudio, el número de días observado y esperado con 0, 1, 2, 3 y 4 inicios no diferió significativamente = 1.50, d.f. = 4). Por lo tanto la hipótesis nula de que los inicios menstruales de las mujeres eran independientes no pueden ser rechazados.

Entre los Dogon la luz eléctrica está ausente, así que las condiciones eran favorables a probar específicamente la sincronía lunar. Probé la regresión de Cox para preguntar si el riesgo de que una mujer menstruara estaba influenciado por la fase lunar. La fase lunar fue expresada como una variable categórica de tiempo con una variable control para cada una de las cuatro fases lunares. El análisis fue estratificado por mujer (N = 58), y cada ciclo (N = 477) fue una observación. Ninguno de los coeficientes fue significativo, ninguno probó evidencia de sincronía lunar.

La falta de soporte empírico para la sincronía menstrual en los Dogon y en las poblaciones occidentales no establece la ausencia del fenómeno en todas las especies, pero desplaza la carga de la prueba en aquellos que argumentan que el fenómeno existe. La evidencia de la sincronía también debería incluir un entendimiento de los mecanismos por los cuales la sincronía es lograda. En el presente, las feromonas y las influencias ambientales que supuestamente causan la sincronía en humanos no ha sido identificada. McClintock (1981) argumenta que la sincronía menstrual es un efecto secundario sin función de los mecanismos que son adaptativos a diferentes contextos. Sin embargo, este contexto permanece oscuro. La sincronía sí ocurre en otros sistemas biológicos (sincronía de eclosión, la luciérnaga intermitente, la descarga neuronal, por nombrar algunos), pero en estos casos la función de la sincronía se comprende mejor. Wallis (1985, 1992) informó de sincronía en los hinchazones de los celos en las chimpancés (Pan troglodytes), pero su metodología no está clara y parece violar las asunciones subyacentes a sus pruebas estadísticas. Por ejemplo, en el estudio de chimpancés cautivos, su test chi-cuadrado violaba la suposición de independencia en las observaciones. Las explicaciones adaptativas para la sincronía menstrual en humanos asumen la concordancia de ovulaciones y de periodos fértiles superpuestos (Burley 1979, Turke 1984), pero si los ciclos de las mujeres consiguen solo dos días de acercamiento en cuatro a seis meses (McClintock 1971) el impacto en el momento de concepciones es probablemente despreciable.

Si la sincronía menstrual existe, entonces durante la sincronización por lo menos algunas mujeres deberían acortar o alargar sus ciclos menstruales para acercar sus inicios de menstruación a los de las mujeres con las que se están sincronizando. La plausibilidad de tal ajuste necesita ser evaluada a la luz de otros determinantes del ciclo menstrual. En poblaciones con fertilidad natural, muchos ciclos incluyen embarazos transitorios que fallan solo después de unos días o semanas, resultando en una bajada hormonal, que entonces dispara la menstruación. En estos ciclos, el momento de la menstruación y de la duración del ciclo menstrual están determinados por el momento del embarazo fallido (Wilcox et al. 1988). Entre las mujeres estadounidenses sin anticonceptivos, el embarazo ocurrió en el 28% de los ciclos menstruales (N = 707 ciclos), y 31% de esos embarazos terminó en pérdida (Wilcox et al. 1988). Así, en 28% de los ciclos, la sincronía menstrual podría haber sido impedida por un embarazo.

Muchos otros factores también afectan la duración del ciclo y reducen la potencial sincronía menstrual. Por ejemplo, largos, intervalos irregulares entre menstruaciones están asociados con anovulaciones en los años posteriores a la mernarquía y anteriores a la menopausia (Baird 1985). Entre las mujeres de la primera edad reproductiva, los ciclos irregulares y anovulatorios están asociados con un equilibrio energético negativo (Ellison 1990), la lactancia (Howie y McNeilly 1982), y el estrés psicosocial (ver Wasser y Barash 1983). En un estudio de 275.947 ciclos en 2.702 mujeres estadounidenses, Treloar et al. (1967) concluyó que el ciclo menstrual está “caracterizado por la variabilidad mas que por la regularidad”. A la edad de 20, la duración mediana del ciclo menstrual fue 27.8 días y la diferencia entre el percentil 10 y el 90 para una desviación estándar persona-año fue 6.3 días. La variabilidad de la duración del ciclo alcanzó un mínimo a los 36 años, cuando la mediana de la duración de ciclos era 26.6 días y la diferencia entre los dos percentiles era 3.6 días. La variabilidad inherente de la duración del ciclo tiene dos componentes: (1) las periodicidades diferentes (duración del ciclo) de mujeres diferentes, y (2) la variabilidad sustancial dentro de la mujer entre en la longitud de su propio ciclo (Treloar et al. 1967, Vollman 1977). Ambos son obstáculos para la sincronía.

Dada la escasez de pruebas, es sorprendente que la creencia en la sincronía menstrual esté tan extendida. Sugiero que esta creencia proviene, en parte, de un popular malentendido sobre cómo de separados se esperaría que estuvieran los inicios de dos mujeres por solamente el azar. Si dos mujeres tienen un ciclo menstrual de 30 días, lo máximo que pueden estar fuera de fase es 15 días, y, en promedio, se esperaría que sus inicios estuvieran 7-5 días separados (Wallis 1985, Strassmann 1990, Wilson 1992).

La mitad del tiempo de sus inicios debería estar más cerca de 7-5 días. Si la sincronía menstrual entre amigas tiene una atracción psicológica, entonces los inicios que están muy juntos pueden causar una mayor impresión que los inicios que son dispares.

Relacionado:

– Decisiones informadas: Los riesgos de no ser una madre joven (y no amamantar): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/decisiones-informadas-los-riesgos-de-no.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Reseña de “La Lactancia y la Menstruación desde una Perspectiva Cultural” de Barbara B. Harrell, de 1981.

– La menstruación como ahorro energético, de Beberly Strassmann: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/09/la-menstruacion-como-ahorro-energetico.html

– ¿Menstruar mola? ¿Menstruar es un atraso? Una respuesta corta posible: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/menstruar-mola-menstruar-es-un-atraso.html