De la simbiosis a los destetes

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He leído parte de un libro que me ha parecido fascinante sobre psicología y primatología. Se titula “Parenting for Primates” (Crianza para Primates) y tiene un capítulo muy interesante sobre los “destetes”: el destete del pecho, el “destete” del colecho y el “destete” del porteo.

Hace tiempo que observo que en el mundo de la crianza autodenominada “respetuosa”, “consciente” o de la crianza con apego, o incluso en el mundo lactivista (no me identifico con ninguna etiqueta de la crianza) hay cierto tabú en torno a este tema. Se habla de destetar sin lágrimas, de que lo ideal es que sea el bebé el que decida dejar de mamar, que no hay que “forzar”, que hay que esperar a que esté listo… En definitiva, como si hubiera algún problema en hablar de cualquier tipo de conflicto que pueda suceder durante el proceso, como si ese conflicto fuera negativo para los niños siempre, o como si la base segura desde la que explorar el mundo consistiera en satisfacer las necesidades del hijo en todo momento y lugar y hasta que el niño decida que ya no lo necesita. De todo esto hablé en un post sobre el “destete natural” en el mundo mamífero que escribí después de leer una entrevista a Naomi Aldort.

Pues bien, en el libro de Harriett J. Smith se explica cómo la maternidad primate (en su enorme variabilidad individual y de tipos diferentes de primates) satisface todas las necesidades de la cría con muchísima dedicación hasta llegado un cierto momento, normalmente hasta que la cría deja de depender con tanta intensidad en el amamantamiento y activa la vida fértil de su madre de nuevo, con la consiguiente llegada de un nuevo embarazo y, por tanto, un nuevo hermano. En los grandes simios este proceso puede durar años, por ejemplo, las hembras chimpancés que viven en libertad paren cada 4 o 5 años, pero puede ser más corto en otras especies.

Los distintos “destetes” mencionados no son bien aceptados por las crías y la protesta, las rabietas y el conflicto son totalmente normales:

“Idealmente, las madres retiran gradualmente el cuidado (care, en inglés) en respuesta a su conciencia del aumento de la madurez y competencia de sus crías. Los psicólogos comparativos Harry y Margaret Harlow llamaron a este período en la relación materno-infantil “la fase de la ambivalencia”, cuando las madres van siendo más indiferentes a las necesidades y deseos de sus crías. A medida que las crías son más capaces, las madres son menos sensibles, y los jóvenes consiguen independencia. Cuando los jóvenes (youngster, en el original) buscan a su madre, buscarla se convierte en su responsabilidad. Si desean confort, se acercan a ella para ser acicalados o para un abrazo, y si tienen miedo, se quedan a su lado. La retirada del cuidado de su madre les manda el mensaje poderoso de que son capaces de cuidar de sí mismos. La danza de un paso para adelante y un paso para atrás de los padres y las crías continúa hasta que alcanzan la vida adulta”.

La crianza “incondicional” no es eterna o se deja en manos de las crías. No es que las madres rechacen completamente a estas últimas sino que, como dice Harriett J. Smith, los hijos ya no pueden esperar que sus madres sean tan consistentes en su forma de responder a sus necesidades. En las sociedades de cazadores-recolectores ocurre algo muy similar, ya que la lactancia en tándem es excepcional y el niño que más años mama es el último. El conflicto del destete es algo totalmente normal y no significa que las crías vayan a tener ningún tipo de trauma emocional en la vida adulta. Es parte de nuestro “continuum” como especie. Lo que seguramente no lo sea es que ese conflicto pueda darse con tan sólo unos poquitos meses, en edades en las que incluso hacen falta sustitutos, leches adaptadas de madres de otras especies domesticadas.

¿Y cómo destetan las madres primates no humanas? Tal y como explica la autora en el libro, primero, intentan evitar el amamantamiento cruzando los brazos, alejándose. Cuando esto no funciona tratan de distraer a sus crías con otras actividades como el acicalamiento o el juego. Cuando esto también falla utilizan amenazas o son un poco más agresivas. Dice Smith que los primates en libertad rara vez recurren a la agresión directa, son muy tolerantes durante el destete aunque exista mucha diversidad entre cada madre en la forma de hacer las cosas. También ofrecen otros lugares de succión como los labios o la piel.

“Desdete” del porteo

Este destete también puede ser conflictivo y ocurre a la vez que el de la lactancia. En algunas especies ocurre de un día para otro, con la llegada del “hermanito”. Afirma la autora que la transición es más suave en las especies en las que los machos ofrecen alguna ayuda en la crianza, destacando así el papel del cuidado alomaternal (todas las personas que no son la madre). En el libro, también se habla de algunas sociedades de cazadores-recolectores como los Kung o los Aché en las que este “destete” del porteo se produce a los 4 años o 5 años respectivamente. En los Aché en concreto dice que se trata de un destete conflictivo, con muchas lágrimas y rabietas. De nuevo, reflexiono en voz alta, está bien recordar que los conflictos entre madres e hijos no son algo propio de una sociedad enferma (que en muchos sentidos la nuestra lo está) sino que también están en relación con el ambiente y las condiciones externas en las que se produce la crianza en cada cultura. El ser humano siempre tiende al equilibro dinámico con el entorno, aunque las circunstancias ambientales puedan estar tan alteradas que choquen con cómo hemos sido hasta hace muy poco desde un punto de vista evolutivo.

“Destete” del colecho

El libro “Crianza Para Primates” nos cuenta que en las sociedades de cazadores-recolectores este destete también ocurre con la llegada de un nuevo hermano, aunque esto no signifique dormir solo sino con una abuela, tía, padre u otro hermano. De nuevo se resalta el enorme papel de la “alomaternidad” en la crianza cooperativa humana, como diría la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy. Y aquí me gustaría traer a colación otro libro, el de Bronislaw Malinowki, “La vida sexual de los salvajes del noroeste de la Melanesia” en el que se habla del destete de la lactancia y del colecho con la propia madre:

“Generalmente el destete no se hace antes de los dos años, es decir, antes de la época en que, según los indígenas, el niño es capaz de decir claramente “bakam, bamom” (quiero comer, quiero beber). Durante el destete, el niño es separado de su madre y duerme con el padre o con la abuela paterna. Cuando llora durante la noche se le da un seno seco o un poco de leche de coco. Si se muestra nervioso y desmejorado se le lleva a una aldea lejana en la que tenga parientes, o bien; si sus padres viven en una aldea del interior, se les lleva a la costa. Estos cambios de lugar se consideran esenciales para recobrar la salud y el buen humor.”

Esto sé que a muchas personas les parecerá poco “respetuoso” pero tenemos que tener en cuenta de nuevo que nuestra manera de criar como especie está muy condicionada por los recursos del ecosistema en el que vivimos, por la alimentación disponible, por la fertilidad/fecundidad de las mujeres en cada cultura. Y todo ello está en interrelación y equilibrio dinámico. Esta es mi opinión personal, pero creo que no se puede mirar con gafas del siglo XXI (gafas de sociedad de consumo con sus pañales de usar y tirar y sus estantes de supermercado llenos, con gafas de ser humano domesticado pero que se cree muy libre…) ni la Historia, ni las otras culturas. Hay formas de relacionarnos que son a todas luces crueles y donde no cabe el relativismo, pero hay otras zonas en las que sí hay que tener una escala de grises para valorarlas, mucho más cuando se entiende que hemos evolucionado criando de forma cooperativa.

En este sentido, creo que es un poco aventurado, aunque se podría debatir sobre el tema, escribir sobre el destete o de los destetes desde el mito del buen salvaje basándonos en culturas como la trobriandesa que interpreta Malinowski y reinterpreta Wilhelm Reich (La función del orgasmo) con argumentos del tipo:

a) “La lactancia también debe ser autorregulada, a demanda del bebé. En las islas Trobriand la lactancia es a demanda, prolongada, con contacto…en estas islas recordemos que no sólo no se da  el complejo de Edipo (o de Electra), sino que ni siquiera existe la etapa edípica que facilita que este se produzca.”

b) “Siempre y cuando nuestra realidad lo permita, lo ideal en cuanto al destete es que se produzca por iniciativa del niño”.

c) “Una de las cosas que nos diferencia de estas culturas más sanas, es la no represión de la sexualidad, ya sea la infantil o la adulta. Tampoco hay represión de la sexualidad femenina, base de la enfermedad de nuestra sociedad en cuanto a que la mujer es la que engendra, pare y tiene tanta importancia respecto al desarrollo psicológico de niños y niñas, como veremos después.  Pero, sobre todo, y también reñido con el tema sexualidad, en estas sociedades se respeta la autorregulación, el estar en contacto con lo que uno siente, necesita y poder expresarlo”

Como vemos, en este texto de Laura Perales Bermejo, psicóloga infantil especialista en prevención y presidenta de la Plataforma por la Crianza con Respeto, se obvia que esa sociedad sana idealizada no realiza la idea de destete respetuoso que se defiende como óptima en el mismo informe y ni siquiera se espera a los 3 años… Pero, entonces, ¿es o no es sana esa cultura? ¿Lo es teniendo en cuenta algunos aspectos y no otros?

En el caso de Reich esto es todavía más llamativo porque este autor afirma que los trobriandeses (“filtrados” por Malinowski) tienen una sexualidad libre (pg. 223) pero “la homosexualidad y la masturbación sólo significan para ellos formas artificiales y no naturales de gratificación sexual, un signo de una perturbación de la capacidad para alcanzar la satisfacción normal”. Habría que ver realmente qué pensaban los y las trobriandesas, qué hacían realmente en su vida más allá de lo que le contaron a Malinowski (“del dicho al hecho hay un trecho”) y, por último, comprender que lo que hace verdaderamente libres a muchas sociedades de cazadores-recolectores y tradicionales es su silencio, es decir, todo lo que se hace y sobre lo que no se teoriza sino que simplemente se vive. Pienso, por ejemplo, en uno de los libros que ha cambiado mi forma de ver la vida (“Nisa. Life and Words of a Kung Woman”, de Marjorie Shostak) del que tantas veces he hablado en mis artículos, donde por fin una mujer occidental le pregunta directamente a una recolectora cómo vive su vida, qué siente en sus partos, cómo ha sido su niñez, su propio destete, sus abortos… Nisa le cuenta a Marjorie que hay un mundo paralelo, el de los niños y su vida sexual, muchas veces sexo homosexual entre amigos y amigas, y también otro mundo paralelo secreto de “amantes” en el que existe la pasión y el “romanticismo” (para que nos entendamos en nuestra cultura) más allá de la pareja oficial. Todo el mundo sabe que los niños y niñas tienen vida libre sexual. Todo el mundo sabe que las mujeres y los hombres tienen amantes y relaciones fuera del matrimonio pero no se explicita, se vive. Es fuente de conflictos y de celos cuando el marido o la mujer lo descubre, pero es un terreno de libertad total.

Después de este inciso, me gustaría volver al libro de Harriet J. Smith. En los primates, cuando llega una nueva cría, el hermano mayor pierde el privilegio de dormir con la madre en el mismo nido. Aún así lo intenta y la madre construye otro nido en otro lugar hasta que, en este juego, al final la cría mayor se acostumbra a dormir en su propio nido en un lugar cercano. De nuevo aparece aquí el clásico “tira y afloja” que se ha descrito antes con los otros destetes. Es normal que la cría lo intente y es normal que la madre lo vaya apartando. En la crianza primate no es lo “ideal” que la cría se vaya sola a su nido cuando sea mayor o cuando “esté preparada”. Hay una intervención de la madre y una reacción natural y totalmente comprensible de la cría mayor. No es que sea un conflicto durísimo y agresivo, sino que simplemente la madre va marcando ese camino y ahora, al llegar un nuevo bebé, es ese el que duerme con ella.

Los humanos tenemos libre albedrío (o al menos eso nos creemos) así que creo que no nos hace falta buscar justificaciones ni en el mundo primate, ni en otras sociedades, ni en expertos de la crianza. No tenemos que pedir permiso al mundo animal si queremos dormir cuatro o cinco en la misma cama. Tampoco a los trobriandeses o a los Kung. Hagamos lo que nos haga sentir mejor, siguiendo nuestra propia conciencia ética del cuidado y del apoyo mutuo, todo ello en el marco de nuestras posibilidades; rebelémonos contra las circunstancias externas e internas que no nos permiten cuidar y criar como nos gustaría. Y, sobre todo, no nos autoengañemos.

Relacionadas:

Tabúes históricos sobre la lactancia materna

El destete natural

Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981)

La menstruación biocultural

Bibliografía complementaria: