Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung, una reseña

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Este es un libro de antropología curioso. Marjorie Shostak, su autora, en realidad no era antropóloga cuando viajó a la tierra de los Kung en el desierto de Namibia junto a su marido y otros antropólogos a realizar trabajo de campo. Shostak era filóloga, sin embargo, es uno de los mejores libros de antropología que he leído, porque llegas a conocer la forma de pensar y la cosmovisión de una mujer Kung concreta de una forma bastante profunda. Me ha recordado en ocasiones a “El Concepto del Continuum” de Jean Liedloff, aunque el enfoque sea totalmente diferente, aunque “Nisa” me ha gustado muchísimo más, porque da voz a las personas de las que está hablando. Es muy humano y nada mitificador; ves lo positivo y negativo de la cultura, lo que se podría aprender de ella y, sobre todo, unos cuantos sentimientos universales del ser humano.

El libro se estructura en 15 capítulos en los que en una primera parte Shostak nos cuenta la “teoría” y después viene la parte de narración de Nisa, la protagonista del libro, que fue entrevistada y grabada por la autora. No en vano, como buena filóloga, estuvo durante largos meses aprendiendo el idioma y sumergiéndose en la cultura antes de comenzar ninguna de las entrevistas

¿Con qué me quedo del libro? Con las partes en las que se habla de:

El embarazo. Me ha llamado mucho la atención que se hablara del embarazo como de un estado psicológico alterado en algunos momentos, como cuando en nuestra cultura hablamos del estado premenstrual: “estaba enfadada y lloraba un montón. Mi corazón estaba lleno de rabia y sentía dolor, pero no entendía por qué. Cuano comía carne, vomitaba, y cada vez que comía bayas dulces, devolvía. (…) Pregunté a la gente mayor, “¿Por qué devuelvo cuando como carne?” Eso era cuando mi tripa todavía era pequeña. Dijeron, “Tus pezones son oscuros, debes de estar embarazada””.

Dice Marjorie Shostak que no se considera que las embarazadas necesiten especial protección o que deban parar de hacer sus actividades normales. Sin embargo, muchas mujeres Kung experimentan cambios de humor durante los embarazos y se considera normal. Una suegra comenta en el libro: “La última semana mi yerna se enfadó tanto que corrió lejos del poblado y durmió en los arbustos. A la siguiente mañana todo el mundo fue a buscarla, y cuando la encontraron, estaba sola. No se había hecho ni siquiera un fuego. Había estado enfadada y triste, y había acusado a su marido de tener una aventura con otra mujer. Pero no era verdad. Era el bebé dentro enfadándola”.

Al leer esto recordé mi primer mes de embarazo, cuando ni siquiera sabía que estaba embarazada, y el bajón que sentí en algunos momentos y que asocié a que me iba a venir la regla de forma inminente. Al final resultó ser un embarazo y no síndrome premenstrual…

El parto. Me ha fascinado el estoicismo con el que afrontan los dolores del parto. Sí, he dicho dolor (no sé qué opinará Casilda Rodrigañez). Lo sienten, lo admiten, lo conocen, pero piensan que hay que ser valiente y no mostrarse temerosas, porque si tienes miedo, el parto irá peor. Así que se van fuera del poblado, se sientan bajo un árbol sin moverse y sin gritar, y paren. Eso sí, las primíparas sí paren acompañadas de su madre o alguna tía.

Lo del silencio me parece curioso porque quizás los extranjeros que viajan a otras culturas y observan ese tipo de parto podrían pensar que las mujeres “paren sin dolor” (por ejemplo, Bartolomé de las Casas, sin ir más lejos) cuando en realidad podrían estar teniendo dolor pero no expresarlo y trascenderlo con valor de guerreras (actitud que me recuerda un poco a algo que leí en el libro de la comadrona Verena Schmid, El Dolor del Parto). Marjorie Shostak, al no limitarse a observar desde fuera sino preguntar directamente a Nisa por sus partos, se entera de lo que verdaderamente ella sintió al parir a sus hijos.

Aborto e infanticidio. Bau, otra mujer Kung, le contó a Marjorie que “en el pasado una mujer con un embarazo no deseado bebería una medicina de hierbas que haría que su menstruación volviera, que “arruinaba sus entrañas””. También le dijo que las mujeres de la generación de su abuela habían practicado de forma ocasional el infanticidio, pero que ya no se hacía ya que estaba prohibido por la ley estatal.

También sobre este tema: “Los Kung dicen saber algunas formas de “arruinar” o terminar un embarazo. Se dice que una mujer está declarando su deseo de abortar si cocina comida en el fuego de otra persona o si tiene sexo con otro hombre diferente del que espera un bebé. Otras alternativas son agentes físicos como montar a caballo o en burro y algunos químicos hechos con plantas. No está claro como de extendido está el uso de plantas medicinales o su eficacia. En cualquier caso, una mujer recurrirá a ellos solamente si piensa que las condiciones para la supervivencia del niño no nacido son peores (inciertas, en el mejor de los casos) de lo normal”.

Menstruación. No existen ni utilizan compresas, la sangre cae por las piernas o usan hojas, pieles o, más recientemente, alguna tela o trapo. No hay tabú sexual de la menstruación, las mujeres no son segregadas de la vida cuando tienen la regla y continúan teniendo sexo. Eso sí, menstrúan pocos meses porque normalmente o están embarazadas o en amenorrea de la lactancia. Como experimentan unas pocas menstruaciones entre embarazos, reflexiona Shostak, no se le da ninguna importancia a la regla. A pesar de que la asocian en ocasiones a algún tipo de disconformidad (calambres, sensibilidad en los pechos, dolor de cabeza o de lumbares) no se piensa que afecte a la mujer a nivel psicológico, curiosamente al contrario que en el embarazo donde sí son conscientes de sus fluctuaciones anímicas. Sería una prueba más de que lo normal en su cultura es el embarazo y la lactancia y en la nuestra menstruar de forma indefinida.

Sí creen en la sincronía menstrual (a pesar de que hoy en día se sabe que no ocurre) y llaman a sus reglas “lunas”. Algunas dejan de hacer visitas a otras personas cuando están con la menstruación y otras siguen con su vida como si nada. Una mujer en el libro explica: “Cuando quiero ir de visita, voy de noche. Así, nadie pude ver si hay sangre en mis piernas”. Al final de la menstruación, se bañan.

Por cierto, en otro libro que me estoy leyendo de Wenda Trevathan, “Cómo la evolución a dado forma al cuerpo de la mujer”, se explica cómo en otras culturas preindustriales o preagrícolas las mujeres tienen niveles hormonales mucho más bajos que nosotras, tanto en el ciclo menstrual como en el embarazo. Además, sus reglas son la mitad de cortas que las nuestras.

Los niños. Dice Marjorie Shostak: “La mayor parte de los Kung aman a los niños, y lo ideal es tener muchos. Pero las mujeres Kung conocen muy bien los costes físicos del embarazo, así como el trabajo y la responsabilidad que tener muchos hijos conlleva. Una mujer, embarazada demasiado pronto de su cuarto hijo, expresó su infelicidad de este modo: “Tener demasiados niños te hace flaca porque son muy pesados de llevar (portear). Los niños son valorados por su abilidad para hacer la vida más agradable. Un hombre Kung, cuya mujer había llegado a la menopausia sin tener hijos, dijo “Tengo tantas ganas de tener niños. Cuando vas de caza y vuelves, corren y se sientan a tu lado. Dicen, “Papá, ¡dame algo de carne!” Solamente el hecho de tenerlos al lado te hace feliz”.

Lactancia. Los Kung tienen tabú del calostro, es decir, no amamantan los tres primeros días. O bien el niño se queda sin comer o bien otras madres le amamantan hasta la subida de la leche. Comienzan la alimentación complementaria sobre los 6 meses (o premasticada o machacada) pero la lactancia continúa varias veces cada hora durante los primeros años del bebé.

Lo del tabú del calostro es uno de los grandes enigmas para mí del ser humano. ¿En qué momento surgiría en la cultura Kung y otras tantas? Además de los innumerables beneficios para el niño, dar el pecho nada más nacer ayuda a que el útero se contraiga y previene hemorragias. Si es algo tan positivo, ¿por qué evitan “la leche mala”? Además, no puede ser para separar o hacer menos apegada la relación madre-bebé, ya que durante los primeros 3-4 años esa relación entre los Kung es muy estrecha a todos los niveles. Un misterio por resolver…

Las rabietas durante el destete. Buena noticia para los que sienten “culpabilidad occidental” porque sus hijos las tengan. Los niños de la sociedad de cazadores-recolectores Kung también las tienen, sobre todo en el momento del destete cuando mamá se queda embarazada con otro bebé, eso sí,  después de 3-4 años de lactancia. Parece que, aunque des teta hasta esa edad, muchos niños no quieren parar y al menos entre los Kung se convierte en un verdadero drama. Es decir, las madres Kung no dan el pecho hasta que sus hijos quieran, sino hasta que llega otro hijo. Por ejemplo, el último bebé de una madre sí que se desteta él mismo varios años después que los demás. En el destete se ponen una sustancia amarga en los pezones y, muchas veces, los niños se van a vivir un tiempo con las abuelas.

Los amantes. Las mujeres y los hombres Kung se casan, normalmente varias veces durante su vida, y se separan a voluntad, lo que no impide que existan pasiones y verdaderos amores románticos a escondidas de las parejas “oficiales”. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo hace como que no lo sabe y se tolera siempre que no se haga obvio, es decir, que nadie pille a nadie. Si te cazan con un amante, eso sí, puede haber violencia, peleas y divorcios.

La sexualidad infantil. Lo mismo. Los bebés están los primeros años pegados a la teta de sus madres, porteados de aquí para allá. Después, cuando son más mayores se suelen ir con la pandilla de niños y adolescentes del poblado, que van totalmente a su rollo e incluso se montan una especie de poblado de niños paralelo en el que imitan la vida adulta. En esos poblados las niñas experimentan entre ellas el “juego sexual” de imitar a los adultos cuando tienen sexo, los niños también lo hacen entre ellos. Después, un tiempo más tarde, chicos y chicas juegan a tener sexo juntos. Como en el tema de los amantes, los adultos saben lo que hacen los niños (ellos mismos lo hicieron de pequeños) y, oficialmente, si lo hacen de forma muy obvia, les dicen que jueguen a otra cosa, pero si no les ven, no dicen nada. Es, por tanto, una sexualidad libre y creada por imitación del mundo externo, por autoinvestigación y coinvestigación con otros seres. No hay adoctrinamiento sexual, no hay enseñanzas regladas sobre el tema, no hay teorías…

Posesiones. La existencia de una mínima propiedad privada, ya que como se mueven mucho de un lugar a otro no pueden llevarse muchas cosas en los viajes. Además, lo que se tiene se comparte y se regala varias veces o se intercambia. Los valores de generosidad, reciprocidad e igualdad son muy importantes, incluso llegan a ser “obligatorios”. Las decisiones se toman por consensos y no hay jefes o líderes políticos, hay portavoces. Los grupos son autosuficientes.

– Los niños y los adolescentes de menos de 15 años y los adultos de más de 60 años contribuyen muy poco a la búsqueda de comida (al contrario que en muchas sociedades agrícolas o rurales). Y los adultos “trabajan” 2 o 3 días a la semana en la consecución de comida. El resto del tiempo se emplea en cocinar, trabajo del hogar, cuidado de niños o fabricación de herramientas. Hay mucho tiempo libre para actividades de ocio, cantar, componer música, tocar instrumentos, coser o tejer, narrar historias, jugar, visitar a otros o descansar. Existen conflictos pero se resuelven rápido y sin mayores incidentes.

Las mujeres contribuyen con el 60-80% de la comida consumida en dos días de trabajo a la semana. En el poblado emplean 4 horas diarias a mantener sus herramientas, recoger agua, leña, mantener el fuego, hacer cabañas, las camas, cocinando. Los hombres emplean 3 horas al diá en trabajo doméstico (cortan madera, recogen leña, preparan, cocinan y sirven la carne, y también cuidan a los niños, aunque dediquen algo menos de tiempo. Ellos cazan animales grandes y ellas recolectan plantas y cazan animales pequeños. Como no hay jerarquías sociales es una sociedad bastante igualitaria, si se compara con las sociedades agricultoras. Las mujeres son escuchadas y respetadas al mismo nivel que los hombres, pueden ser sanadoras como los hombres en los rituales de baile medicinal (una especie de danza con imposición de manos a los enfermos del poblado), pero dice Shostak que, aún así, se valoran un poco más las tareas masculinas, ya que la carne es cazada por los hombres y es muy valorada.

La violencia. Dice la autora: “Las mujeres son tan propensas que los hombres a entrar en peleas, a pesar de que ellas las inician mucho menos frecuentemente; una vez provocadas también son combatientes eficaces y decididas. La mayoría de las peleas entre los hombres y las mujeres son entre marido y mujer, con el marido siendo el agresor. Las peleas son generalmente espontáneas y apasionadas en su naturaleza y duran sólo unos pocos minutos. Los amigos y parientes, las únicas autoridades efectivas, son responsables de la separación física de los que luchan, así como de la prevención de nuevos enfrentamientos. La determinación de la culpabilidad no es una preocupación importante, y, excepto en los casos más extremos, no se impone castigo. La presión de grupo hace que sea muy claro, sin embargo, que la violencia no es una forma respetable de resolver los conflictos”.

En el libro se cuentan varios episodios violentos, siendo uno de los más crueles el del asesinato de la hija de Nisa por parte de su marido al intentar tener relaciones sexuales con ella poco después de su primera regla (sobre los16-17 años). Ella se resistió y él la pegó de tal forma que le rompió el cuello.

La violencia hombre-hombre también sucede, con flechas venenosas de por medio, pero no existen las guerras como tal.

Dice Marjorie Shostak que los padres y madres Kung no suelen pegar a sus hijos (o al menos que ella lo viera). Sin embargo, los adultos sí recuerdan en las entrevistas haber sido pegados con un palo o amenazados con ello cuando “se portaban mal”.

La muerte y el duelo. A pesar de que gozan de buena salud y no tienen las enfermedades propias de nuestra civilización moderna, el 50% de los niños mueren antes de llegar a los 15 años, normalmente por enfermedades infecciosas. Recuerdo que en el libro del que hablé en otro post sobre la familia campesina asturiana se daban cifras similares en el siglo XIX. Que la mortalidad sea tan alta no es óbice para que se sufra muchísimo con cada muerte de un hijo o familiar, lo que contradice otras cosas que he leído sobre el mundo preindustrial en otros libros (algo así que como se les morían tantos, no se vinculaban con ellos…).

Y podría hablar mucho más, por ejemplo, sobre su ritual medicinal y demás, pero prefiero reservármelo para otra entrega, ya que Marjorie Shostak volvió años después a visitar a Nisa y escribió otro libro en una onda completamente diferente a este. En definitiva, “Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung” es una obra muy recomendable e interesante para salir de tu propia cultura y entender otras realidades.

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens. Traducción de un artículo de Beverly I. Strassmann


Hoy me limito a presentar una traducción de un artículo de la antropóloga Beverly Strassmann. Lo he intentado traducir de la mejor forma posible pero si alguien detecta algún error puede comunicármelo en los comentarios. Las negritas en algunas partes son mías, no están en el original, pero creo que pueden resaltar lo que a mí me ha parecido más llamativo. Hay que tener en cuenta que es un texto antropológico, no divulgativo, por eso tiene partes muy estadísticas. Agradezco a Beverly Strassmann haberme permitido traducir y divulgar su artículo, que se puede consultar en su version íntegra en inglés y con todos sus gráficos en el siguiente enlace:

http://www.academicroom.com/article/biology-menstruation-homo-sapiens-total-lifetime-menses-fecundity-and-nonsynchrony-natural-fertility-population

Este texto me ha hecho reflexionar sobre cómo en la sociedad actual pensamos que menstruar toda la vida de forma ininterrumpida es normal, incluso positivo o sano. La realidad es que es un patrón relativamente nuevo en la especie humana e incluso tiene algunos riesgos para nuestra salud. ¿Nos encontramos quizás ante un pequeño gran desfase entre nuestra biología y los hábitos reproductivos modernos? ¿Cuáles serán las consecuencias a nivel evolutivo? No lo sabemos. En cualquier caso, mejor tratar de comprender el fenómeno, dudar, tirar del hilo y seguir investigando para poder tomar decisiones informadas en el siglo XXI. ¡Allá va el texto!

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens: El total de menstruaciones en toda una vida, fecundidad y asincronismo en una población de fertilidad natural.

Autora: Beverly Strassmann. Departamento de Antropología, 1020 LSA Building, University of Michigan, Ann Arbor, Mich. 48109-1382, USA (BIS@umich.edu).18 VII 96

Los estudios de biología reproductiva femenina en humanos se limitan casi todos a mujeres que pasan la mayor parte de sus años reproductivos con ciclos menstruales. Teniendo en cuenta que la biología reproductiva humana evolucionó cuando el embarazo y la lactancia eran los estados reproductivos usuales (Short 1976) es importante tener en cuenta los patrones reproductivos en las poblaciones de fertilidad natural. En estas poblaciones, las parejas no intentan controlar su fertilidad de una manera dependiente de la paridad (Henry 1961). Johnson et al (1987) condujeron una investigación longitudinal de la menstruación en una sociedad no-contraceptiva, los Gainj de Papua Nueva Guinea, pero su muestra incluía solamente 40 ciclos menstruales de 36 mujeres. Bentley, Harrigan y Ellison (1990) monitorizaron 178 ciclos menstruales entre los Lese de Zaire, pero como había una enfermedad venérea endémica, muchas mujeres Lese eran estériles y por lo tanto mostraban el patrón occidental de menstruación repetida sin quedarse embarazadas. Aquí presento los primeros datos prospectivos y a largo plazo sobre la menstruación en una población de fertilidad natural, los Dogon de Mali. La muestra incluye 477 ciclos menstruales no truncados en 58 mujeres. Me centro en tres preguntas específicas: (1) ¿Desde la menarquía a la menopausia, cuántas reglas experimentan las mujeres Dogon durante su vida? (2) ¿Cuál es el patrón que siguen las menstruaciones durante toda la vida? y (3) ¿Sincronizan las mujeres Dogon sus menstruaciones?

Los Dogon son cultivadores de mijo del Sahel y tienen un ratio total de fertilidad de 8.6 * 0.3 nacimientos vivos por mujer (Strassmann 1992). Proveen una rara oportunidad de monitorizar el estatus reproductivo femenino en una sociedad preindustrial porque existen estrictos tabúes que requieren que las mujeres menstruantes sean segregadas por la noche en cabañas especiales. La función de estos tabúes y de la menstruación en sí ha sido considerada en otros lugares (Strassmann 1992). A través de un censo nocturno (N = 736 días) de las mujeres presentes en las dos tiendas menstruales del pueblo estudiado (Julio 1986 – Julio 1988), ha sido posible detectar el inicio de la menstruación sin entrevistas y así evitar errores en el recuerdo o a la hora de informar. Una comparación del calendario de las visitas de las mujeres a las cabañas menstruales con perfiles hormonales de las mujeres (pregnanediol urinario-3, glucurónido y estrona-3-glucurónido) indicaron que las mujeres (N=70) fueron a las cabañas de menstruación durante el 86% de sus reglas y que se quedaron fuera de las cabañas cuando no estaban menstruando (Strassmann 1996b). Monitoreo prospectivo de 25 embarazos indicó que todos los 25 nacimientos ocurrieron aproximadamente nueve meses después de la última visita de la madre a las cabañas de menstruación (Strassmann 1992). Estos resultados confirman que que si una mujer Dogon visita una cabaña de menstruación está de hecho menstruando.

El ciclo menstrual prolongado de las mujeres occidentales se ha invocado como un factor de riesgo de cáncer del aparato reproductor (Short 1976, Eaton et al. 1994), una de las principales causas de mortalidad. ¿Pero cuántas menstruaciones solían experimentar las mujeres antes de la llegada de la anticoncepción? Debido a la dificultad de recopilar la información precisa sobre la menstruación en entrevistas, hay pocos datos disponibles para responder a esta cuestión. Eaton et al. (1994) calculó que en los cazadores-recolectores las mujeres que pasaban de la menopausia experimentaban aproximadamente160 ovulaciones en su vida, pero esta estimación no se basa en datos empíricos de la menstruación o de la ovulación entre los cazadores-recolectores.

NÚMERO TOTAL DE MENSTRUACIONES A LO LARGO DE LA VIDA.

Tomé ​​registros objetivos de la asistencia a la choza menstrual, como lo corroboran los datos hormonales, para determinar el número de menstruaciones experimentado por las mujeres Dogon a lo largo de la vida, asumiendo su supervivencia a la menopausia. En mi muestra, la mediana de edad de la menarquía era 16 y la mediana de edad de la menopausia era 50. El número medio de visitas a la choza en una vida era de 110 y la mediana era 94. Estos valores fueron calculados como la suma del número medio (o de la mediana) de visitas a la choza de cada edad (las mujeres individuales que no visitaron las chozas a una edad particular porque estaban embarazadas o en amenorrea contribuyeron un valor de cero a la computación). Para corregir las menstruaciones detectadas hormonalmente que no fueron señaladas en una visita a las chozas menstruales, dividí el número total de menstruacionesa cada edad por 0.86. Después de esta corrección, el número medio estimado de menstruaciones en la vida era 128 y la mediana era 109.

Una médico estadounidense que registró todas sus menstruaciones a lo largo de su vida y que tuvo 3 nacimientos tuvo un total de 355 ciclos menstruales. (Treloar et al. 1967). Su experiencia menstrual abarca 32 años en lugar de los más típicos 38 años de las mujeres estadounidenses, por lo que ella pudo haber tenido un menor número de menstruaciones que la media de la mujer estadounidense. De todos modos, Treloar et al. informan que hasta su primer embarazo la longitud de su ciclo era al menos dos días más corto que la media, lo que cancela parcialmente el efecto de una experiencia menstrual corta. Eaton et al (1994) estiman que las mujeres estadounidenses tienen un total de cerca de 450 ovulaciones. Su estimación asume que desde la menarquía a la menopausia el 96% de los ciclos menstruales son ovulatorios. En los años de la postmenarquía y de la perimenopausialas mujeres tienen muchos ciclos largos anovulatorios (Baird, 1985), así que las estimaciones de Eaton et al de 450 ovulaciones en una vida son probablemente demasiado altas. Con fines comparativos, yo asumo que 400 menstruaciones a lo largo de la vida no son inusuales en las mujeres estadounidenses. La mediana de 109 menstruaciones a lo largo de la vida entre las mujeres Dogon es un cuarto de este valor. Dado que los Dogon son sedentarios y agricultores, la alta frecuencia de menstruaciones encontrada en tantas poblaciones contemporáneas humanas probablemente se originó no con la agricultura sino con el control de los nacimientos.

PATRÓN DE LAS MENSTRUACIONES.

Los datos también revelan características del patrón de la menstruación sobre las historias de vida de las mujeres. La frecuencia de la menstruación entre las mujeres Dogon tiene una relación con forma de “U” con la edad entre la menarquía y la menopausia (fig. 2). Para mostrar esta relación más claramente, el gráfico excluye a las mujeres que estaban constantemente embarazadas o en amenorrea, y se presentan los dos años enteros de datos. Las mujeres por debajo de 20 años tuvieron una media de 10.8 y 3.3 menstruaciones en dos años, las mujeres entre 20-34 años tuvieron 3.8-0.6 menstruaciones, y las mujeres de 35 años y más tuvieron 12.9 2.2 menstruaciones. Este resultado es consistente con los informes de que la fecundidad tiene una relación inversa en forma de “U” con la edad (Bendel and Hua 1978, Jain 1969, Wood and Weinstein 1988). Una variable de confusión potencial es la frecuencia coital, pero las numerosas menstruaciones entre las mujeres menores de 20 años son probablemente debidas a la subfecundidad adolescente porque las mujeres de estas edades ya tenían compañeros sexuales regulares. De hecho, es normativo entre las mujeres Dogon empezar con las relaciones sexuales antes de la menarquía. La frecuencia menstrual baja entre las mujeres de 20-34 años refleja un ratio muy alto de embarazos (fig. 3) y de supresión lactacional de la ovulación (tabla 1). En el estudio de dos años, tener ciclos menstruales era el estado reproductivo más largo para las mujeres más jóvenes (menos de 20 años) y las mayores (más de 34 años), mientras la amenorrea de la lactancia era el estado más largo para la primera edad reproductiva de las mujeres (20-34 años). Después de los 34 años, la frecuencia de la menstruación caía dramáticamente y el ratio de embarazos se desplomaba. Este cambio puede ser atribuído a la fecundidad reducida, menor frecuencia coital en los matrimonios de larga duración, y la mayor mortalidad intrauterina al final de los años reproductivos (Strassmann 1990, Wood 1989).

El perfil reproductivo de la mujer (N = 122) en el pueblo estudiado es mostrado en la figura 4. En los 736 días del estudio la proporción media ( + estandar de desviación) de las mujeres que tenían ciclos menstruales en un día determinado era 0.25 + 0.01; 0.16 k 0.04 por día estaban embarazadas, 0.29 + 0.04 estaban en amenorrea de la lactancia, y 0.31 + 0.006 eran postmenopaúsicas. (Estar dentro del ciclo menstrual fue definido como el intervalo desde el primer día de la primera menstruación postparto hasta el primer día de la última menstruación antes de un embarazo reconocido; el embarazo fue definido como el intervalo desde el segundo día de la última menstruación hasta el día del nacimiento o el aborto; la amenorrea de la lactancia fue definida como el intervalo desde el día después del nacimiento o aborto hasta el día después de la primera menstruación postparto). En cualquier día determinado, la subfecundidad de la mujer fue sobrerepresentada sobre las mujeres con ciclos menstruales. Las mujeres más fecundas concebían en una de sus primeras ovulaciones postparto y en seguida “caían fuera de la piscina” de las mujeres que regularmente menstruaban. Por ejemplo, entre las mujeres con edades comprendidas entre lo 20-34 años, solamente dos eran estériles, y tenían 23 y 29 menstruaciones cada una de ellas durante los dos años del estudio. La otra mujer en su cohorte de edad tuvo una media de solo 3.8 + 0.6 menstruaciones. Así que las menstruaciones regulares eran un signo de esterilidad, no de fecundidad.

Cuando la duración del ciclo menstrual era calculada por la asistencia a las chozas menstruales, la mediana de la duración de los ciclos menstruales medios de las mujeres era de 30 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fueron 30.0 y 32 días, respectivamente; N = 58 mujeres, 477 ciclos; el rango de edad fue 15 a 53 años, la media de edad * la desviación estandard fue 30.9 + 9.7 años). Cuando los ciclos más largos de 46 días (N = 73) o más cortos de 17 días (N = 4) fueron excluidos por ser valores atípicos como fueron definidos por Wilkinson (1990:550), la mediana de las duraciones medias de los ciclos menstruales fue 28.5 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fue 27.5 y 29 días, respectivamente; N = 54 mujeres, 400 ciclos). La duración estimada del ciclo en cualquier población refleja la estructura de edad de la muestra, pero la duración del ciclo en las Dogon es biológicamente indistinguible de la duración del ciclo de las poblaciones occidentales (Chiazze et al. 1968, Treloar et al. 1967, Vollman 1977).

SINCRONÍA MENSTRUAL

McClintock (1971) informó de que la interacción social causaba que los comienzos menstruales de los grupos de amigas que comparten dormitorio se acercaran dos días en un período de cuatro a seis meses. Ni McClintock ni los subsecuentes investigadores encontraron ninguna tendencia de las menstruaciones a hacerse concordantes, pero al fenómeno se le llama con el equívoco término “sincronía menstrual”. En análisis cuidadosos, Wilson (1987, 1992) mostró que tres errores estadísticos socavan la evidencia de McClintock así como las de las de investigadores posteriores (Graham y McGrew 1980, Quadagno et al. 1981, Preti et al. 1986): (1) fracaso para corregir la convergencia de inicios menstruales por casualidad, (2) exageración de las diferencias de partida en los inicios a través del cálculo equivocado, que conduce a una impresión errónea de sincronización con el tiempo, y (3) posible sesgo de muestreo. Strassmann (1990) planteó preocupaciones adicionales que tienen que ver con la novedad evolutiva del estudio de poblaciones y las inconsistencias en los hayazgos a través de los estudios, sugiriendo la posibilidad de efectos aleatorios. Por otra parte, hay tres estudios que no encontraron evidencias de sincronía en las poblaciones occidentales (jarett 1984, Wilson, Hildebrandt Kiefhaber, and Gravel 1991, Trevathan, Burleson, y Gregory 1993). A pesar de la escasez de datos de apoyo, muchos investigadores continúan aceptando la existencia de sincronías menstruales en lugar de confrontar los asusntos metodológicos que Wilson planteó (Graham 1991, Weller y Weller 1993).

Antes del estudio de Dresent no había tests publicados sobre la sincronía menstrual en poblaciones con fertilidad natural. La ausencia de sincronía en esas poblaciones tendría dos importantes implicaciones: (1) debilitaría seriamente la hipótesis (Burley 1979, Turke 1984) de que la sincronía menstrual es adaptativa, y (2) refutaría la tan extendida suposición entre los antropólogos de que la sincronía menstrual ocurría en las sociedades preindustriales (Buckley 1988, Knight 1988). En las poblaciones de fertilidad natural, el embarazo y la amenorrea imperidían que las mujeres tengan ciclos menstruales concurrentemente, pero la posibilidad de sincronía puede ser probada entre las restantes mujeres. Entre las mujeres Dogon de todas las edades que tenían ciclos menstruales durante el presente estudio, la mediana del número de menstruaciones en dos años fue 6.0. McClintock (1971) informó de que la mayor parte de la sincronización en su estudio fue situada en aproximadamente cuatro ciclos. Si es así, entonces muchas mujeres Dogon tuvieron suficientes ciclos para sincronizarse, particularmente en la cohortes de edad menores de 20 años y mayores de 34 años.

En vista de lo anterior, puse a prueba la sincronía menstrual en los Dogon. Para evitar los errores metodológicos discutidos por Wilson (1992) introduje dos aproximaciones estadísticas. Usando la regresión de Cox (Cox 1972, Dixon 1992) pregunté si, en cualquiera de los ciclos, el riesgo de una mujer de menstruar era influenciado por el número de las otras mujeres que estaban menstruando. El número de otras mujeres menstruando fue calculado como tres variables independientes diferentes: “Pueblo” se refiere a todas las otras mujeres del pueblo; “linaje” se refiere a todas las otras mujeres que vivían en un particular linaje de familiares masculinos; y “unidad económica” se refería a las mujeres que habitualmente trabajaban juntas y comían juntas. Estas variables capturan, con el aumento del grado de cercanía, las tres principales niveles de interacción social entre las mujeres. Este análisis es modelado como sigue: hilt) = ai(t).epx(t) donde hi(t) es el riego “ith” de que una mujer menstrúe en un tiempo “t” y ai(t) es es la tasa de riesgo de referencia para la mujer “ith” y x(t) es una variable explicativa en función del tiempo probada individualmente. Los tres coeficientes no eran significativos, proporcionando ninguna evidencia de la sincronización.

Si la sincronía menstrual es causada por el ciclo lunar (Pochobradsky 1974, Law 1986, Cutler et al. 1987) u otros ritmos ambientales (Little et al. 1989) entonces debería ocurrir en todo el pueblo. De acuerdo con la hipótesis nula de la asincronía, los inicios de las menstruaciones de mujeres diferentes deberían ser independientes, y por lo tanto el número de inicios por día debería encajar en la distribución de Poisson. De acuerdo a la hipótesis alternativa de la sincronía, los inicios menstruales deberían estar agrupados. Bajo la hipótesis nula, el número esperado de inicios por día, E(N), iguala al número de mujeres en riesgo de menstruar en un día concreto (por ejemplo en ciclo menstrual y no estando embarazada ni en amenorrea) dividido por el número de días de riesgo. Siguiendo esta lógica, calculé el número esperado de inicios E(Nt) para cada día (t) dividido por el número de días en la ventana. En los 736 días del estudio, el número de días observado y esperado con 0, 1, 2, 3 y 4 inicios no diferió significativamente = 1.50, d.f. = 4). Por lo tanto la hipótesis nula de que los inicios menstruales de las mujeres eran independientes no pueden ser rechazados.

Entre los Dogon la luz eléctrica está ausente, así que las condiciones eran favorables a probar específicamente la sincronía lunar. Probé la regresión de Cox para preguntar si el riesgo de que una mujer menstruara estaba influenciado por la fase lunar. La fase lunar fue expresada como una variable categórica de tiempo con una variable control para cada una de las cuatro fases lunares. El análisis fue estratificado por mujer (N = 58), y cada ciclo (N = 477) fue una observación. Ninguno de los coeficientes fue significativo, ninguno probó evidencia de sincronía lunar.

La falta de soporte empírico para la sincronía menstrual en los Dogon y en las poblaciones occidentales no establece la ausencia del fenómeno en todas las especies, pero desplaza la carga de la prueba en aquellos que argumentan que el fenómeno existe. La evidencia de la sincronía también debería incluir un entendimiento de los mecanismos por los cuales la sincronía es lograda. En el presente, las feromonas y las influencias ambientales que supuestamente causan la sincronía en humanos no ha sido identificada. McClintock (1981) argumenta que la sincronía menstrual es un efecto secundario sin función de los mecanismos que son adaptativos a diferentes contextos. Sin embargo, este contexto permanece oscuro. La sincronía sí ocurre en otros sistemas biológicos (sincronía de eclosión, la luciérnaga intermitente, la descarga neuronal, por nombrar algunos), pero en estos casos la función de la sincronía se comprende mejor. Wallis (1985, 1992) informó de sincronía en los hinchazones de los celos en las chimpancés (Pan troglodytes), pero su metodología no está clara y parece violar las asunciones subyacentes a sus pruebas estadísticas. Por ejemplo, en el estudio de chimpancés cautivos, su test chi-cuadrado violaba la suposición de independencia en las observaciones. Las explicaciones adaptativas para la sincronía menstrual en humanos asumen la concordancia de ovulaciones y de periodos fértiles superpuestos (Burley 1979, Turke 1984), pero si los ciclos de las mujeres consiguen solo dos días de acercamiento en cuatro a seis meses (McClintock 1971) el impacto en el momento de concepciones es probablemente despreciable.

Si la sincronía menstrual existe, entonces durante la sincronización por lo menos algunas mujeres deberían acortar o alargar sus ciclos menstruales para acercar sus inicios de menstruación a los de las mujeres con las que se están sincronizando. La plausibilidad de tal ajuste necesita ser evaluada a la luz de otros determinantes del ciclo menstrual. En poblaciones con fertilidad natural, muchos ciclos incluyen embarazos transitorios que fallan solo después de unos días o semanas, resultando en una bajada hormonal, que entonces dispara la menstruación. En estos ciclos, el momento de la menstruación y de la duración del ciclo menstrual están determinados por el momento del embarazo fallido (Wilcox et al. 1988). Entre las mujeres estadounidenses sin anticonceptivos, el embarazo ocurrió en el 28% de los ciclos menstruales (N = 707 ciclos), y 31% de esos embarazos terminó en pérdida (Wilcox et al. 1988). Así, en 28% de los ciclos, la sincronía menstrual podría haber sido impedida por un embarazo.

Muchos otros factores también afectan la duración del ciclo y reducen la potencial sincronía menstrual. Por ejemplo, largos, intervalos irregulares entre menstruaciones están asociados con anovulaciones en los años posteriores a la mernarquía y anteriores a la menopausia (Baird 1985). Entre las mujeres de la primera edad reproductiva, los ciclos irregulares y anovulatorios están asociados con un equilibrio energético negativo (Ellison 1990), la lactancia (Howie y McNeilly 1982), y el estrés psicosocial (ver Wasser y Barash 1983). En un estudio de 275.947 ciclos en 2.702 mujeres estadounidenses, Treloar et al. (1967) concluyó que el ciclo menstrual está “caracterizado por la variabilidad mas que por la regularidad”. A la edad de 20, la duración mediana del ciclo menstrual fue 27.8 días y la diferencia entre el percentil 10 y el 90 para una desviación estándar persona-año fue 6.3 días. La variabilidad de la duración del ciclo alcanzó un mínimo a los 36 años, cuando la mediana de la duración de ciclos era 26.6 días y la diferencia entre los dos percentiles era 3.6 días. La variabilidad inherente de la duración del ciclo tiene dos componentes: (1) las periodicidades diferentes (duración del ciclo) de mujeres diferentes, y (2) la variabilidad sustancial dentro de la mujer entre en la longitud de su propio ciclo (Treloar et al. 1967, Vollman 1977). Ambos son obstáculos para la sincronía.

Dada la escasez de pruebas, es sorprendente que la creencia en la sincronía menstrual esté tan extendida. Sugiero que esta creencia proviene, en parte, de un popular malentendido sobre cómo de separados se esperaría que estuvieran los inicios de dos mujeres por solamente el azar. Si dos mujeres tienen un ciclo menstrual de 30 días, lo máximo que pueden estar fuera de fase es 15 días, y, en promedio, se esperaría que sus inicios estuvieran 7-5 días separados (Wallis 1985, Strassmann 1990, Wilson 1992).

La mitad del tiempo de sus inicios debería estar más cerca de 7-5 días. Si la sincronía menstrual entre amigas tiene una atracción psicológica, entonces los inicios que están muy juntos pueden causar una mayor impresión que los inicios que son dispares.

Relacionado:

– Decisiones informadas: Los riesgos de no ser una madre joven (y no amamantar): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/decisiones-informadas-los-riesgos-de-no.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Reseña de “La Lactancia y la Menstruación desde una Perspectiva Cultural” de Barbara B. Harrell, de 1981.

– La menstruación como ahorro energético, de Beberly Strassmann: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/09/la-menstruacion-como-ahorro-energetico.html

– ¿Menstruar mola? ¿Menstruar es un atraso? Una respuesta corta posible: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/menstruar-mola-menstruar-es-un-atraso.html

Marvin Harris, Antropología Cultural

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Y sigo recopilando información sobre la amenorrea de la lactancia y la fertilidad, esa gran desconocida en nuestra sociedad y en el sector sanitario, aunque bastante conocida en Antropología… Esta vez cito un libro del antropólogo Marvin Harris, “Antropología Cultural”:

“Pg 45: Lactancia

La amenorrea (alteración del ciclo menstrual) es un síntoma típico de la lactancia natural. El efecto está asociado a la producción de prolactina, una hormona que regula la actividad mamaria. La prolactina, a su vez, inhibe la producción de hormonas que regulan el ciclo ovulatorio (Aso y Williams, 1985). Parece ser que existen varios factores bioculturales que controlan la duración de la amenorrea debida a la lactancia. En primer lugar, está el estado de salud de la madre y su dieta. Otros factores se refieren a la intensidad de la succión, que está determinada por la edad a la cual el niño es alimentado con comidas blandas suplementarias, y también es otro factor el número de veces que se le da el pecho al niño. Mientras que aún se discute la relativa importancia de estos factores (Bongaarts, 1980, 1982; Frisen, 1984), queda claro que, bajo condiciones favorables, la lactancia prolongada puede dar como resultado el espaciar los embarazos a intervalos de tres a más años, con un grado de fiabilidad comparable al de los modernos métodos anticonceptivos, mecánicos y químicos (Short, 1984:36). Sin embargo, hay que ser muy prudentes a la hora de sacar conclusiones y pensar que cualquier grupo social es capaz de ajustar su índice de fertilidad hacia arriba o hacia abajo simplemente intensificando y prolongando la lactancia. La lactancia prolongada no puede tener lugar si las madres no están adecuadamente alimentadas. Y lo que es más, debido a que la leche materna es deficiente en hierro, su uso como única fuente de alimento más allá de los seis meses podría ser causa de anemia en el niño.”

Como siempre, dejo información actualizada sobre este tema y sobre el MELA (método anticonceptivo de la amenorrea de la lactancia), publicada por UNICEF.

El mundo hasta ayer, de Jared Diamond

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Dice Jared Diamond en su libro, en una parte sobre la lactancia a demanda:

“Por ejemplo, los cálculos realizados entre los !kung han demostrado que un niño mama una media de cuatro veces cada hora durante el día, dos minutos cada vez, con un intervalo medio de solo 14 minutos entre amamantamientos. La madre se despierta para alimentar al niño al menos dos veces por noche, y el bebé mama sin despertar a la madre varias veces. Esta oportunidad constante de la lactancia a demanda suele proseguir durante al menos tres años en la vida del niño !kung. Por el contrario, muchas o la mayoría de las madres de las sociedades modernas programan la lactancia según lo permitan sus actividades. La organización del trabajo de una madre, ya sea fuera de casa o en tareas domésticas, a menudo implica que madre e hijo estén separados varias horas. El resultado son muchos menos amamantamientos en comparación con las decenas de la madre cazadora-recolectora, amamantamientos más prolongados e intervalos mucho más largos entre ellos.

Esa elevada frecuencia en la lactancia de las madres cazadoras-recolectoras tiene consecuencias fisiológicas. Como he mencionado anteriormente, las madres cazadoras-recolectoras lactantes no suelen concebir durante varios años tras el nacimiento de un hijo, aunque retomen su actividad sexual. Sin duda, hay algo en la lactancia a demanda que ejerce de anticonceptivo. Una hipótesis es la demoninada “amenorrea por lactancia”: mamar libera hormonas maternas que no solo estimulan la secreción de leche, sino que también pueden inhibir la ovulación (la liberación de óvulos de una mujer).

Pero esa inhibición de la ovulación requiere un régimen constante de lactancia frecuente; varios amamantamientos al día no bastan. La otra se denomina “hipótesis de la grasa crítica”: la ovulación requiere que los niveles de grasa de la madre superen cierto umbral crítico. En una mujer lactante perteneciente a una sociedad tradicional sin comida abundante, los elevados costes energéticos de la producción de leche sitúan el nivel de grasa de la madre por debajo del valor crítico. Por ello, las madres lactantes sexualmente activas de las sociedades industriales modernas de Occidente, a diferencia de sus homólogas cazadoras-recolectoras, todavía pueden concebir (para su sorpresa) por una de estas razones o ambas: su frecuencia lactante es demasiado baja para que se produzca una amenorrea inducida hormonalmente; y están lo bastante bien nutridas como para que sus niveles de grasa corporal se mantengan por encima del umbral crítico para la ovulación, pese al gasto calórico propio de la lactancia. Muchas madres occidentales cultas han oído hablar de la amenorrea por lactancia, pero no tantas saben que solo es eficaz con frecuencias elevadas de amamantamiento. Una amiga mía que, para su desconsuelo, concibió hace poco solo unos meses después del nacimiento de su hijo anterior se unió a la larga lista de mujeres modernas que exclaman: “¡Pero si yo creía que no podía quedarme embarazada mientras daba el pecho!”.”

Si te interesa el mundo de la fertilidad este texto pertenece a una serie de post sobre MELA (método de la amenorrea de la lactancia), fertilidad y lactancia:

– Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/06/lactancia-y-menstruacion-en-perspectiva.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Colonialismo y lactancia: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/colonialismo-y-lactancia.html

La mujer completa, Germaine Greer

Mary Wollstonecraft, sobre el amamantamiento y la fertilidad

Figuras de la madre, texto de Yvonne Knibiehler

La familia campesina del Occidente asturiano

La mujer completa, Germaine Greer

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He seleccionado un fragmento del capítulo sobre “El estrógeno” del libro La Mujer Completa, publicado en inglés en 1996. Habla sobre un tema que al menos yo descubrí hace muy poco. ¿No os parece un tema suficiéntemente importante como para que fuera más conocido y analizado entre las propias mujeres?

“Las hembras humanas modernas están muchísimo más estrogenizadas que sus antepasadas recientes. Una zoóloga de Oxford calculó que en un plazo de apenas 200 años el número medio de ciclos menstruales vividos por una mujer europea a lo largo de su vida se ha incrementado de 30 a 450. Su cálculo se basa en que la primera menstruación se ha adelantado y en la menor frecuencia de los embarazos que cabe esperar que complete una mujer, seguidos de unos períodos de lactancia más breves. Si a ello se suma la estrogenización artificial de las mujeres postmenopáusicas modernas obtendremos el asombroso resultado de 600 ciclos o más. No existen precedentes en la historia de la hembra humana de los elevados y fuertemente fluctuantes niveles de hormonas esteroides circulantes que ahora soportamos, pero como no sabemos qué ayudaba a la mujer del siglo XIX a sentirse bien o ni siquiera si se sentía bien, difícilmente podemos saber si la mujer moderna está mejor o peor con su endocrinología enormemente alterada. Sólo la creciente incidencia del cáncer nos indica que está peor. Nuestra respuesta a la pergunta de si se debe persuadir a unas personas para que vivan toda su vida en estado de dependencia química, de los esteroides anticonceptivos primero y de la terapia de reposición hormonal después, dependerá del valor que otorguemos a la autonomía de la persona en cuestión. Si los hombres no aceptarían vivir así, ¿por qué han de querer hacerlo las mujeres?”

Texto relacionado con otro post: http://www.lacasitadealgodonales.com/blog/?p=1474

El libro en Google Books:

La familia campesina del Occidente asturiano

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Ha llegado hace poco a mis manos este libro, que conocí a través de una de las charlas de Prado Esteban, y me ha parecido muy interesante desde el punto de vista histórico y antropológico. Su autora es Asunción Díez y está publicado por el Instituto de Estudios Asturianos.

Como sabéis, siempre que pillo un libro por banda me fijo en temas relacionados con la maternidad, la paternidad, sexualidad, lactancia (más ahora que estoy formándome como asesora), cómo se criaba a los hijos y demás. Por eso, de esta obra he seleccionado el fragmento relacionado con el destete, del que habla en una nota al pie (pg. 74). ¡No esperéis encontrar una versión asturiana pre-industrial de “babyled weaning”! Allá va:

“La dieta de destete solía consistir en “papas” de trigo o maíz, cocidas en caldo o leche, es decir, una especie de polenta o gachas, y “caldo de rabas”, el potaje local, hecho con tocino, un poco de chorizo y un poco de carne fresca o salada (según lo acomodada que fuera la familia), y algún hueso, más judías blancas, patatas y la hoja de nabo (“rabas”, que son las hojas grandes, distintas de las del cogollo, más tiernas y llamadas “cimois” y que corresponden a los “grelos”). Cuando el niño comenzaba con la dentición, entre los 7 meses y el año, se le daba una corteza de tocino (“con algo de blanco para que críe unto”) para que la mordiera y sintiera alivio.

La descripción de la dieta proviene de fuentes orales. Esta dieta era la practicada en toda la zona hasta los años 50 de este siglo”.

Al estudiar la familia de esa época, este libro toca temas relacionados con la fertilidad y también con la falta de ovulación relacionada con la lactancia exclusiva y las frecuentes tomas (para más información científica sobre el MELA o el método anticonceptivo que se basa en la amenorrea de la lactancia podéis leer este documento de Unicef):

“Por regla general, en ausencia de amamantamiento del niño nacido en primer lugar, ya sea porque se confíe su crianza a una nodriza o porque muera al poco tiempo de nacer, el intervalo tiene una duración que puede oscilar entre los 10 y los 18 meses, mientras que, cuando la madre amamanta al anterior nacido, el intervalo puede prolongarse hasta los 24 o 30 meses. Sin embargo, esto no se cumple en la totalidad de los casos, ya que, determinadas madres, pueden tener intervalos reducidos, pese a criar ellas mismas a sus hijos, en tanto que otras pueden tener largos intervalos a pesar de que los niños mueran al nacer. El equilibrio hormonal de los individuos, así como las probabilidades de que se produzca la concepción de un óvulo maduro, presentan un carácter aleatorio que hace, por ejemplo, que no todas las mujeres casadas a la misma edad y cuya unión dura el mismo tiempo, tengan igual número de hijos.”

La autora se plantea una pregunta a la hora de analizar la fertilidad y la muerte de los bebés al analizar los intervalos entre hijos al afirmar “el problema que se plantea (…) es establecer en qué medida un intervalo corto que sigue al nacimiento de un niño al que no se menciona más, es el efecto de la desaparición de ese niño o su causa”. Se refiere a si qué entender cuando un intervalo entre hijos es muy corto, si es que el niño murió por un destete precoz y en seguida se volvió a quedar embarazada, o bien si el niño murió primero y, al dejarle de amamantar, volvió su ovulación y se quedó de nuevo embarazada. ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina? Desde luego, la labor de los historiadores es muy detectivesca. Es interesante cómo pueden plantearse todas estas cuestiones tan solo analizando los libros de las parroquias.

El tema de la lactancia vuelve a aparecer en el libro cuando explica el descenso de la fecundidad entre 1750 y 1870, con intervalos más largos entre hijos. La autora ofrece diferentes explicaciones, una podría ser el descenso de la mortalidad perinatal (gracias a, según el libro, los médicos rurales o mejor preparación de las matronas). Pero hay otra posibilidad que le parece más influyente, y es el de la práctica de tomar expósitos de los hospicios para su crianza, es decir, de nuevo el poder sobre la fecundidad que tiene el amamantamiento.

Pero este libro en realidad no trata sobre lactancia. En él podemos saber que en el período estudiado por la autora (siglos XVIII y XIX) lo normal era que en los matrimonios la mujer fuera un poco más mayor que el hombre y esta tendencia no cambio hasta bien entrado el siglo XIX. También me ha sorprendido que fuera también normal que las mujeres llegaran al matrimonio con hijos “ilegítimos”, ya fuera de su pareja o de parejas anteriores. Tampoco tenían que huir para ocultar su “culpa”. Asunción Díez explica “durante todo el período, no está presente ese concepto victoriano de la moral, que parece imponerse a lo largo del siglo XIX”. Y es que la historia concreta, sin teorías apriorísticas o prejuicios, nunca dejará de sorprendernos, permitiéndonos aprender y entender también el mundo actual.