Horrores cotidianos

Hace unos años, cuando mi hijo estaba en la guardería, presencié uno de esos momentos reveladores, que dicen más que cien libros de psicología o ingeniería social. Era durante una etapa del curso en la que se nos invitaba a los padres a asistir a un día de clase a contar un cuento o proponer cualquier otra actividad (un ejemplo del cambio de paradigma actual, de la “pasividad” hacia la “participación” controlada que vemos en todas las facetas de lo político). El día que fui pude vivir, de alguna forma, lo que era un día de guardería, salvando todas las distancias.

Nos sentamos en círculo (o más bien nos sentaron) y lo llamaron “asamblea” (cualquier parecido es pura coincidencia…) pero lo peor estaba por llegar. Un detalle inadvertido. Un niño llegó tarde, más tarde de la hora oficial de llegada. Por cierto, la que llegó tarde fue su madre, obviamente, no el niño. La profesora de apoyo le dijo que se sentara en el círculo. El niño dijo que quería beber agua (los niños tenían su propio vaso y se supone que bebían cuando querían). La profesora le dijo que no, que no podía porque “no era el momento”, era el momento de la “asamblea”. El niño se sentó.

Yo no entendía nada y sin embargo no pude articular palabra. Hoy ha vuelto ese momento a mi cabeza. ¿Cómo es posible que no se pueda beber cuando uno tiene sed simplemente porque “no es el momento”? ¿Acaso molestaba a alguien? No, pero debía aprender a obedecer y reprimir todo impulso humano natural, sano y que ni siquiera afectaba a los demás, como la sed. Eso es el curriculum oculto. Tan oculto como mi silencio y pasividad.

Curiosamente, en la facultad podíamos beber agua en clase y mucha gente se llevaba su propia botella. Allí ya no había normas absurdas, ya llevábamos años de curriculums ocultos y ya no hacía falta prohibir beber a determinadas horas o en determinadas tareas. Esa parte de la domesticación ya la habíamos aprobado y ahora tocaba aprender otra lección, en este caso de degradación personal y de aceptación de la mediocridad como algo normal.

Otro momento, un año después.

Voy a buscar a mi hijo a las 12.30 al colegio. Esta vez no se queda en el comedor porque vamos al médico. Veo pasar a una fila de niños con miradas tristes agarrados unos detrás de otros por las camisetas en una especie de trenecito sin ninguna energía vital. Van a comer. Es humillante, aunque nadie parece verlo. Me dan ganas de gritarlo a los cuatro vientos. Callo. Las camisetas se van estirando y acortando según los pasos entre los niños son cortos o rápidos. ¿Es necesario toda esta escenificación? Seguramente es eficiente y se ahorra tiempo, pero parecen ganado industrial…

Cuanto más protestas, peor. Más se refina el sistema. Cuanto más protestas, más te proponen para cargos políticos internos. ¿Quieres una escuela diferente? Ten cuidado de lo que sueñas, puede que se convierta en realidad. De la escuela fordista pasaremos a la escuela toyotista, flexible, creativa, ecologista, sostenible… Porque como con el parto y la lactancia, ya no se puede destruir más y se intentan recuperar parcelas como reservas naturales en medio del colapso.

Si el Kindergarten era un jardín en el que el profesor experto era el jardinero y los niños las flores (el ganado), en la escuela ecologista estatal se obligará a plantar en el huerto, seguramente en preparación de la época pospetrolera y neofeudal y neoesclavista. Supongo que quieren que las nuevas generaciones vayan haciéndose a cultivar huertos estatales, a cultivar para los dirigentes, para los expertos, para los déspotas que siempre saben más que los demás. Pobrecitos de nosotros, siempre sin rumbo, siempre con tanta necesidad de estimulación e intervención a la hora de aprender a ser y existir. Y yo, colaboro con todo ello.

Sueño con la desescolarización, pero no es posible vivir con un sueldo. Y no, no mencionemos el típico discurso del empoderamiento, del emprendimiento, de que toda madre que lo desee puede montar su propio negocio y trabajar y criar en casa a sus hijos. Eso es falso, eso es el sueño americano, tan falso y podrido como todo lo demás. Lo consigue una persona, vendiendo su alma al mejor postor, y cien se quedan por el camino.

¿Hay salida? Si la hay, no será televisada, ni facebookeada, ni retuiteada. Mucho menos estará escrita con letras digitales en un blog. La única salida posible, por ahora, es la libertad de la conciencia.

Buenas noches y buen silencio.

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Fragmento de “Los anarquistas españoles” de Murray Bookchin

 Hoy he recogido a mi hijo en su quinto día de “adaptación” al colegio, un colegio estatal. Al salir la profesora les ha dicho que tenían que salir como en un trenecito y que ella iría diciendo sus nombres para que salieran ordenadamente y les recogiéramos nosotros uno a uno en la puerta. Al llegar al nombre de mi hijo, ha salido como una bala a abrazarme. Ha roto el protocolo. Y la profesora le ha dicho que no, que tenía que esperar. Se ha tirado al suelo y se ha sentado como si le hubiesen chupado toda la energía vital, sin entender nada de lo que para él en ese momento era un sinsentido. “Hay que aprender a esperar”, ha dicho la profesora. Yo no he sabido cómo actuar pero me han venido a la cabeza las palabras en negrita que reproduzco a continuación. Esas normas seguramente tengan un sentido, como que hay que controlar que los niños (que van a ser muchos en clase*) no se vayan con personas que no estén autorizadas a recogerlos, pero ellos no entienden que en este mundo existan esos peligros tan retorcidos. Todo tiene que estar firmado, autorizado, porque el MAL está por todas partes. El curriculum oculto, si se llega a explicar la norma, es que el mundo es un lugar horrible donde las relaciones humanas han llegado a un máximo de desconfianza. Nadie lo explicita, nadie lo habla, nadie quiere indagar en por qué es así.

Es muy posible que la propia organización industrial de los trabajos (y las ciudades, las empresas, los hospitales, las guarderías, los colegios, los paritorios y los métodos de crianza…) haga imposible o muy complicado que podamos crear un mundo distinto. Estamos adoctrinados y domesticados para aceptar todas las normas rutinarias que no entendemos y que no tienen sentido (o que solamente tienen sentido en una organización social industrial masificada) y ese dolor nos paraliza y nos lleva a un estado permanente de indefensión aprendida.  

El dolor y la frustración sin sentido lejos de crear personas fuertes, nos debilitan y nos impiden aceptar los duelos naturales intrínsecos a la vida. También nos impiden aceptar el dolor y el esfuerzo que supondría la lucha por un mundo mejor de una forma valiente y comprometida, la lucha por la libertad. La cadena de frustraciones es infinita, desde la de la propia profesora, que se siente pieza impotente de un engranaje que no puede cambiar, hasta la del niño que llora porque no entiende qué hace allí sin sus padres, hasta la tristeza de estos que lloran en sus trabajos o en el aislamiento de sus casas.

Las normas son necesarias para la convivencia pero tienen que tener un sentido y ser la mejor opción de todas las que se pueden crear. En la infancia muchas veces no pueden ser consensuadas (por ejemplo, si hace frío hay que ponerse un abrigo te guste o no) pero no es lo mismo que se inculquen desde el amor o desde el desamor, como se hace desde las instituciones masificadas:

El papel que los murcianos jugaron en el establecimiento del anarquismo proletario en la ciudad industrial más importante de España, y en la instauración de un clima de inminente insurrección, sugiere una serie de cuestiones muy interesantes. Según Marx, cuanto más evolucionase el proletariado desde su condición artesanal a la industrial, y cuanto más “disciplinada, unida y organizada estuviera esta clase por el propio proceso de producción capitalista” – es decir, por la fábrica – tanto más se convertiría en una fuerza revolucionaria. La teoría marxista consideraba al artesano como un proletario subdesarrollado y rudimentario, un miembro de una clase que, al igual que el campesinado, existía de una forma transitoria. Consecuentemente, es probable que hubiera considerado a los murcianos provenientes del medio rural, por no hablar de los miserables de las ciudades españolas en general, como un grupo de desclasados, un lumpenproletariado. 

Esta actitud desdeñosa hacia las clases más decadentes y desoladas de la sociedad se observa con mayor claridad en sus comentarios sobre la guerra franco-prusiana. “Los franceses necesitan un escarmiento”, escribía a Engels un día después del estallido de las hostilidades, 


“Si ganan los prusianos, la centralización del poder estatal será útil para la centralización de la clase obrera alemana. Además, la hegemonía germana en Europa trasladaría el centro de gravedad del movimiento obrero en Europa occidental de Francia a Alemania, y sólo necesitamos comparar el movimiento en ambos países desde 1866 hasta nuestro días para comprobar que la clase obrera alemana es superior a la francesa en la teoría y en la organización. Su predominio sobre la francesa en el escenario mundial significaría a su vez el predominio de nuestra teoría sobre la de Proudhon”. 

Conforme al desarrollo de los acontecimientos, las apreciaciones de Marx eran erróneas, tanto prospectiva como retrospectivamente. Las clases que confirieron a las revoluciones de 1848 su carácter incisivo no fueron los obreros de las fábricas, sino los artesanos y trabajadores de pequeños talleres, precisamente aquellos estratos preindustriales en descomposición a los que Marx había juzgado con tanto desdén. Los obreros de las fábricas de Berlín, organizados en gran parte en torno a la industria locomotriz, jugaron un papel reaccionario frente a los movimientos insurreccionales de aquel período, incluso si son comparados con los demócratas de la pequeña burguesía. Un año más tarde de la carta de Marx a Engels, los declassés de Montmartre y los artesanos y los obreros de la pequeña industria (“los perfectos obreros de lujo”, como los llamaba desdeñosamente Marx) enarbolaron banderas rojas y murieron en las barricadas que defendían la Comuna de París de 1871. Sesenta años más tarde, no sería el refinado, bien organizado y disciplinado movimiento obrero alemán quien se levantaría en armas para luchar contra el fascismo, sino el campesinado y la clase obrera española, dos movimientos caracterizados por haber conservado los rasgos más preindustriales de toda la Europa Occidental. 

Irónicamente, “el propio proceso de producción capitalista” que Marx recomendaba en El Capital, no sólo servía para unificar, disciplinar y organizar el proletariado, sino que también terminaba por pervertir sus convicciones y su capacidad revolucionaria. Cuanto más condicionados estuviesen los trabajadores a aceptar la rutina de la fábrica y a inclinar la cabeza ante las exigencias de los capataces, tanto más se inclinarían a aceptar la jerarquía, la autoridad y la obediencia como un destino irrecusable. Y cuanto más adquiriera la clase obrera un estatus hereditario dentro de la sociedad y más alejada permaneciera de otras formas de vida fuera de la rutina industrial, menos revolucionarios serían sus continuadores. Fue precisamente el continuo flujo migratorio de murcianos dentro de la economía catalana, la acción catalizadora que provenía desde una sociedad preindustrial, lo que reavivó el fervor revolucionario del proletariado de Barcelona. Estas gentes campesinas, arrancadas de una cultura y un modo de vida precapitalista, inculcados en unos valores, códigos y gustos completamente opuestos a la frenética cultura urbana, estorbaban a los sectores más sólidos y escogidos de la clase trabajadora catalana en su consolidación dentro de las normas sociales establecidas. Los murcianos constituían un estrato social inmenso que no tenía casi nada que perder. Acostumbrados a la ilegalidad, entusiastas y revoltosos por naturaleza, imprimieron una energía a la atmósfera de Barcelona, que la convertiría en la ciudad más estimulante, indócil y revolucionaria de toda Europa.

*La masificación (en este caso el ratio alumno-profesor) es intrínseca al sistema industrial porque se pretende rentabilizar al máximo el coste de cada trabajador por cada niño guardado, cosificando a niños y adultos. Yo sostengo que el sistema educativo es principalmente una guardería (de la escuela infantil a la Universidad) cuya existencia va unida a la de la fábrica-oficina y solamente como segunda función es una escuela en la que se aprenden las normas y contenidos del propio sistema. Por ejemplo, en las sociedades de cazadores-recolectores los niños viven en estrecha convivencia con su madre y alomadres durante los primeros años y progresivamente van pasando más tiempo en el grupo de niños de diferentes edades, con su juego libre e imitación del mundo adulto en paralelo. En otras sociedades preindustriales, antes de la creación de las guarderías era lo mismo, los niños acompañaban a sus madres en su trabajo cuando eran bebés y pasaban poco a poco a pasar más tiempo con alomadres y otros niños. Esta vivencia, hoy en día, solamente la podemos sentir de forma aproximada cuando en verano vamos a la casa del pueblo y nuestro hijo de 3 años desaparece nada más llegar y juega todo el día por ahí hasta caer rendido junto a sus primos de 12 y 5 años, por ejemplo.