Alice y Martin Miller

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Soledad, aislamiento, rotura de vínculos intergeneracionales y horizontales.

Emigración, persecución y La Gran Guerra.

Falta de maternaje durante el parto y puerperio por parte de la abuela, hermanas, tías, amigas y la comunidad.

Miedo al parto y falta de apoyos en la lactancia.

(Y se me olvidaba, porque está implícito y no menos importante: la violencia obstétrico-pediátrica).

Malos comienzos…

Esto es todo lo que me evoca este pequeño fragmento de “El auténtico «drama del niño dotado»” de Martin Miller, en el que habla de la relación que tuvo con su madre, la gran investigadora de la infancia polaca Alice Miller. Así le contó su madre cómo fue su nacimiento en 1950, cuando ella y su marido estaban en plena redaccion de su tesis doctoral en Suiza:

“Cuando llegó el momento y comenzaron las contracciones, me fui al Hospital Cantonal de Zúrich. Tenía mucho miedo al parto. En el paritorio me dio un ataque de pánico y regresaron todos mis antiguos miedos. Me sentí totalmente indefensa y, en ese momento, se pararon de repente las contracciones. Pasarían tres días hasta que pude realizar un nuevo intento de traerte a este mundo. Durante esos días, paseé por la zona de Zürichberg (un área residencial de la ciudad de Zúrich), atormentada por un enorme sentimiento de culpa y por mi miedo de haber fracasado como madre. Me sentía sola ante mi destino. Nadie me apoyaba, ni siquiera tu padre. Por fin, las contracciones comenzaron de nuevo y naciste sano. Esta vez el parto transcurrió sin dificultades, pero, apenas habías llegado al mundo, comenzaron las primeras complicaciones: me sentía desbordada contigo, un niño desvalido, y tú tampoco me lo ponías fácil. Te negaste desde el primer momento a engancharte a mi pecho. Eso me entristecía mucho. Me sentía decepcionada, porque mi hijo me rechazaba a mí y al amor de madre que quería darle. Decidí extraerme leche que tú bebías en pequeñas dosis”.

Es raro el autor que se atreve a hablar sobre la relación con su madre, mucho menos cuando todavía está viva. Pareciera como si hubiera que respetar el silencio hasta su muerte, para proteger su memoria o no dañarla mientras pudiera sufrir o, peor aún, dar su propia versión de los hechos. Pero, por otro lado, una vez muerta ya no puede defenderse de las acusaciones del hijo. Martin Miller, hijo de Alice Miller, la famosa investigadora de la infancia y escritora, no es una excepción a esta regla no escrita. Sin embargo, él sí reivindica la verdad y valía de la obra de su madre que él mismo aplica con filtros y aportes propios en su práctica como psicólogo.

La biografía del hijo

Estamos ante un libro lleno de aristas y matices. No es fácil escribir sobre él, supongo que porque nos interpela y provoca preguntas en nosotros mismos sobre nuestras biografías y las de nuestras madres, padres, ancestros. Creo que lo más aconsejable es ceñirnos a los hechos, en primer lugar, empezando por lo que Martin recuerda de su infancia:

  • Martin Miller nace en 1950. Su madre le cuenta que tuvieron que dejarle con “una conocida”. La explicación a posteriori fue: “Como tu padre y yo estábamos ocupados con la tesis y apenas había espacio en la casa para criar a un niño al mismo tiempo, tuvimos que dejarte con ella”.
  • Lactancia materna. ¿Por qué decía Alice Miller que su hijo no quería tomar leche materna? Según Martin, esa experiencia marcaría el resto de su relación porque ese patrón siguió reproduciéndose con otros temas. En la interpretación del hijo, sin embargo, me parece que hay una contradicción. Él afirma que su madre no soportaba que él tomara sus propias decisiones, como rechazar su pecho, pero que a la vez no soportaba las necesidades de simbiosis de un bebé con su madre. Es probable que, como otros tantos bebés y mamás, los comienzos de su lactancia fueran difíciles y duros por el entorno en el que se encontraban. ¿Qué hubiese pasado si hubiera aparecido un ángel de la lactancia, una mujer con experiencia que con cariño le hubiera observado una toma y le hubiera dado algún truquillo para mejorar el agarre? No sabemos qué ocurrió esos primeros días pero ese puerperio suena muy duro y conflictivo, como tantos y tantos otros hoy en día, donde nacemos en ambientes totalmente antilactancia (incluso aunque el discurso sea prolactancia). La realidad es que, a pesar de que ella lo viviera así, su hijo no la rechazaba a ella como madre. Su hijo, como todos los bebés al nacer, quieren estar con su madre.
  • Martin relata que esta “conocida” le trató mal durante las dos semanas que estuvo con ella hasta que llegó su tía Ala a salvarle. Hubo muchos llantos, gritos y casi la muerte. ¿Qué se le pasaba por la cabeza a Alice Miller para desvincularse de su hijo de esta forma? ¿De dónde partía esa desconexión y esa falta de empatía? ¿Quizás era una forma de sublimar la frustración y no sufrir? ¿Una huida? Martin apunta varias hipótesis a lo largo del libro.
  • Después de este segundo mal comienzo Martin viviría en casa de su tía, su auténtica salvadora, y su familia durante su primer año de vida. Sus padres eran extraños para él.
  • En 1956 nace su hermana Julika con síndrome de Down. Según Martin, esto supuso otra crisis de pareja. Como “solución” les dan en acogida a los dos. Martin estaría fuera desde los 6 a los 8 años en un “hogar para niños”. Un tercer “mal comienzo” y más distancia y frialdad.
  • A los 8 años vuelve a casa y de nuevo se siente extraño en su propia casa. Sus personas de referencia serían “miembros del servicio, doncellas y niñeras” y encima siempre cambiantes, según él, porque su madre no soportaba que él se apegara más a ellas que a su propia mamá. Es decir, Alice Miller se comportaba como el perro del hortelano, que ni se vincula a su hijo ni deja que se vincule con otras.
  • Su padre era encantador y violento en momentos diferentes e imprevisibles. Le pegaba cuando ella no estaba y, según él, su madre era cómplice porque lo permitía y, además, estaba todo el día ausente en su mundo del psicoanálisis. “Yo no tenía la sensación de que a mis padres les interesara lo que me sucedía”, afirma. Llama la atención que, a pesar de que el violento era el padre, Martin Miller haya escrito un libro sobre su relación con su madre. Es como si la relación materno-filial fuera muchísimo más visceral e imprescindible que la otra. Le dolía más la distancia y desvinculación de su madre que los golpes y la actitud del padre.
  • Con 17 años pidió él mismo irse a un internado católico con mucha disciplina. Paradójicamente, se sentía allí mejor que en casa.

El libro continúa con las peripecias de su relación a lo largo de los años, en especial marcados por los intentos de control de la madre sobre el hijo y los enfados cuando él elegía su propio camino vital. Fue una relación con idas y venidas, con distanciamientos y acercamientos durante muchos años, hasta el suicidio o muerte programada de Alice Miller el 14 de abril de 2010.

La biografía de la madre vista por el hijo: Alicija Englard

Martin Miller, como hijo, ha reconstruído a través de su propia investigación y se ha explicado a sí mismo con este libro lo que él cree que le pasaba a su madre, a las diferentes Alicias que vivían en ella en cada momento de su vida. Es un viaje a través de la construcción de la identidad y la biografía entremezclada con la época histórica que les tocó vivir.

La primera Alicia es Alicija Englard, su primer nombre, el apellido de su padre y su nombre polaco. Nació en una gran familia extensa judía en Piotrków, un pueblo de Polonia, en la que convivían tres generaciones bajo el mismo techo llenos de lujos para la época. El patriarca, el abuelo, Abraham Dov Englard, tenía una tienda de “artículos para el hogar” que iba muy bien, el equivalente quizás de lo que ahora llamamos “un chino”. En la generación de los hijos, cada uno de ellos tomó caminos diferentes en cuanto a nivel de religiosidad y liberalidad. El padre de Alicija se llamaba Meylech y fue el que siguió el camino marcado por su padre, también en cuanto a religiosidad.

El patriarcado no era una pantomima teórica en esa casa, se hacía carne en cosas tan concretas como que Meylech no pudiera elegir a su esposa y fuera elegida por el abuelo Abraham, a pesar de que él estaba enamorado de otra mujer. Frustración. El patriarcado genera muchas frustraciones y sufrimientos, que se encarnan también en la crianza y en el vínculo con los hijos, a lo largo de las generaciones. El abuelo eligió a Gutta, la mamá de Alice Miller. Como le dijo una de las primas a Martin cuando se documentaba para el libro: “No los unía ningún vínculo emocional y durante toda su vida vivieron como dos extraños.” De nuevo vemos cómo en el libro hay mucha gente que se siente extraña dentro de su propia familia, que sienten que no encajan y que no les une nada a las personas con las que tienen que convivir. Parece como si una gran mentira y un gran teatro sobrevolara todas las relaciones.

En esta parte del libro también vemos cómo toda la familia de Abraham, sus hijos y sus parejas, pertenecían a la clase media-alta y tenían personal de servicio, criados que realizaban las labores de cuidados. Estas tareas, por tanto, no las hacían las mujeres de la familia. Esto no es un detalle baladí, es un elemento importante que ha caracterizado la psique de muchas personas en nuestra sociedad. El pensar que los cuidados y la limpieza de la casa son tareas menores, subalternas, que no dan estatus ni prestigio y que, por tanto, lo ideal es que sean realizadas por gente “inferior” ya sean esclavos, en otras épocas, o trabajadores domésticos, es un elemento clave de nuestra civilización. Todo el que “se lo puede permitir”, lo primero que hace es pagar a una asistenta para que limpie su casa. Esto es posible porque el dinero que uno gana por hora de trabajo es superior al que paga por la limpieza de su hogar, si no, no saldría a cuenta. Esto es todavía más importante cuando de cuidados infantiles se trata. Desde la mirada de las élites y las clases altas, el cuidado de los hijos ha sido tarea de nodrizas y criadas, como ya vimos en el artículo sobre Simone de Beauvoir y su cuidadora Louise, no de las madres biológicas.

El que la crianza haya sido considerada una carga y un trabajo manual penoso e impuro a evitar en determinados ámbitos sociales dice mucho del mundo que hemos heredado en cuanto a prioridades vitales se refiere, comenzando porque el dinero o el poder como fin en sí mismo ha estado por encima de los vínculos íntimos y las sensaciones/emociones que ellos nos reportan. Pareciera como si esa escala de valores se nos clavara en los huesos, en la piel, en las entrañas y nos dijera: “Tú no eras suficientemente bueno para que yo te cuidara. Yo tenía cosas más importantes que hacer. Tú estás por debajo en mis prioridades”. Esta triste verdad nos bautiza desde el nacimiento en la percepción de nosotros mismos como algo imperfecto, ausente, carente, culpable. No tenemos autoestima ni una imagen de nosotros como alguien de valor, alguien digno de amor y de cariño que merece ser cuidado en primer lugar por nuestra madre y también por personas del entorno íntimo y horizontal en un ambiente de apoyo mutuo y no de intercambio monetario. Y esa carencia, la gran carencia, la volcamos en todo tipo de adicciones sustitutivas: alcohol, drogas evasivas, televisión, fútbol, prensa rosa, Facebook. La volcamos en todos los grandes pecados capitales. Todo esto ya no es patrimonio de las élites y las clases altas ya que gracias al sistema productivo la externalización de los cuidados fuera de la familia es también la norma en la gente corriente.

Alicija, según su prima Irenka, era una niña muy inteligente, rebelde y solitaria, una niña que estaba todo el día leyendo libros y planteando preguntas. No se adaptaba a lo que le había tocado, el judaísmo ortodoxo, y se empeñó en ir a una escuela polaca. No se sentía a gusto en su casa y prefería estar en casa de su tía, judíos liberales o no religiosos. Una vez más, una persona que se sentía extraña en su propia casa. Durante un tiempo, cuando tenía 9 años, se fueron a vivir a Berlín hasta que Hitler llegó al poder, lo que trastocó su vida allí y tuvieron que volver a Polonia.

El desafío que Alicija planteaba a las ideas religiosas judías son válidas también para otras religiones como el catolicismo o el islam (que pertenecen a la misma rama) u otras. Ahora mismo en muchos lugares del mundo hay niños y niñas desafiando con total legitimidad todo lo negativo recibido de las generaciones anteriores. Creo que Martin pasa un poco de puntillas sobre este aspecto ya que a él le educaron en el catolicismo y le pasó lo contrario que a su madre, no pudo tener ningún contacto cultural con el judaísmo que siempre fue mal visto en su casa. Ahora de adulto pareciera como si lo echara de menos y sintiera que tiene que salir a defender esa religión denostada por su madre obviando que seguramente ella tenía argumentos de peso para cuestionar sus fundamentos y rebelarse contra un Dios que se atreve a decirle a un hombre, curiosamente llamado como el abuelo de Alicija, Abraham, que matara a su hijo en sacrificio para demostrarle su sumisión. Todo ello para después decirle: “¡Que no! ¡Que era una broma!”

Hitler y el nazismo: Alice Rostovska

El nazismo perseguía a los judíos y Alicija era, por tanto, una perseguida que además negaba el judaísmo como ideología “opresora, agobiante y misantrópica”. Ser una perseguida por una etiqueta identitaria de la que, además, reniegas y rechazas en tu propia vida tuvo que ser especialmente traumático. Pero durante su infancia, como explica Martin Miller, la opresión subjetiva que ella sentía como verdaderamente real era la del judaísmo familiar, no la opresión externa y social del nazismo.

La persecución más fuerte llegó cuando comenzó la guerra, con la invasión alemana de Polonia. Es en ese momento cuando nace Alice Rostovska, nombre falso que usó para sobrevivir en Varsovia entre 1941 y 1945, un nombre de polaca “no judía”. Alice fue capaz de salvar y esconder a su madre en el campo y a su hermana en un convento católico. Y es también en este momento cuando entra en escena el personaje tenebroso de “el chantajista” y cobra especial relevancia el hecho de que su madre, en lugar de ser un elemento protector o nutricio, constituyera una amenaza y una pesada carga para una casi adolescente como ella: “Asimismo, mi madre acusaba a su madre de haber terminado en manos de un chantajista que amenazaba con entregarlas a los invasores alemanes. Una y otra vez me contaba cómo había tenido que darle sus perlas, la “última joya”, para pagarle. Y que eso había sido culpa de su madre. Más tarde, cuando escribía este libro, me pregunté si eso había sido así. Alice Rostovska era entonces una mujer muy joven y sospecho que el chantajista no estaba sólo interesado en sus joyas y en su dinero.”

Ahí lo deja a nuestra imaginación. No sería extraño que hubiera vivido violencia sexual, como tantas otras mujeres en todas las guerras, pero no lo sabemos y es aventurado especular. En otro momento del libro dice que el hombre que la extorsionó y acosó durante la guerra era de la Gestapo polaca y que se llamaba Andrzej, como su futuro marido.

La inteligencia de Alice Miller fue lo que hizo que ella y su familia lograran salir del gueto de Piotrków y evitaran el destino de los campos. Contactó con la organización clandestina del guetto y consiguió un pasaporte falso. Alice Rostovska se convirtió en un personaje a interpretar para Alicija Englard, una interpretación dramática. Como le contó a su hijo, tuvo que matarse para sobrevivir en Varsovia, autocontrolarse y vivir bajo un estrés extremo de ser descubierta como impostora durante su etapa en Varsovia. Tuvo que autoconstruirse una nueva identidad falsa que negara todo su pasado y, peor aún, sus vínculos, como la relación con su mejor amiga del colegio a la que tuvo que decir que no la conocía de nada cuando se vieron. Todo el mundo era un potencial enemigo que podía denunciarla, lo que supondría su asesinato inmediato. Además, había extorsionadores profesionales sin otra cosa que hacer. Estas vivencias suponen un estrés brutal y constante. Son cortisol en vena. Son la activación de los mecanismos más básicos y primales de la supervivencia humana durante demasiado tiempo. Y tienen unas consecuencias vitales, en ella y en las generaciones siguientes.

Pero aún hay más… Martin Miller no sabía nada más de lo que ocurrió en esa época en su familia pero, al escribir el libro, se ha enfrentado a esa parte de su pasado ancestral y ha recompuesto el puzzle con sus investigaciones. Ahora sabe que sus bisabuelos, Abraham Dov Englard y su esposa, acabaron en un tren hacia el campo de concentración de Trevlinka y murieron allí gaseados. Meylech, el padre de Alice, murió en el gueto de Piotrków por problemas de salud, sin renunciar a su propia identidad, para bien y para mal, lo que también tuvo que suponer un gran impacto en Alicija que, entre el enfrentamiento y la huida, eligió una mezcla de ambos. Es patético que a día de hoy exista todavía gente que niegue la persecución, explotación esclavista y asesinatos de judíos y otros colectivos por parte del nazismo.

Con 21 años, en medio de la única revuelta de organizaciones clandestinas polacas que hubo contra los alemanes, logró escapar junto a su hermana y pasarse al lado ruso, donde trabajó en un hospital militar, conviviendo con los resultados de la violencia bélica y todo lo que nos podamos imaginar que sucede en un hospital de este tipo.

Los lazos de sangre de Alicija Englard

Hubo un momento clave en su vida en el que podía haberse ahorrado todas las penalidades de la guerra y la persecución si hubiese escapado con la familia de sus tíos. Sin embargo, el deber de la tradición y los lazos de sangre suponían seguir la responsabilidad de permanecer con sus padres biológicos y su hermana y salvarlos, a pesar de ser ella misma una adolescente. Antes de suicidarse, renegó de esta decisión y confesó que se arrepentía de haberla tomado, pero desde fuera parece lo más ético y valiente que pudo hacer. Escogió la salida difícil, la que le unía a sus lazos de sangre más íntimos, a pesar de que no les amaba. En teoría, hizo “el bien” pero le hubiese gustado haber hecho “el mal”. Las grandes paradojas de la vida…

Toda su vida vivió con el miedo al nazismo, incluso cuando este ya no era un peligro cotidiano para ella: “Tenía mucho miedo de que me detuvieran en algún momento por haber ocultado mi identidad judía con un nombre falso. Durante décadas tuve miedo de que pudieran venir los nazis y encerrarme en un campo de concentración. Era una idea tan insoportable que decidí traicionar mi propia identidad”.

Alice Miller, la esposa de Andreas (Andrzej) Miller

Martin Miller recuerda los maltratos de su padre, profesor de sociología, como algo impredecible. Recuerda que sus padres siempre estaban discutiendo y tenían una dinámica destructiva entre ellos. Su madre le contó que Andreas (se cambió también el nombre al irse a vivir a Suiza) era muy celoso y también la había perseguido en Polonia hasta “conquistarla”. Ella ganó una beca a Suiza y él hizo lo posible para que se la dieran también, a pesar de ella. Después la mantuvo a su lado a base de chantaje emocional.

El mundillo del psicoanálisis de Suiza fue para ella una liberación y la búsqueda del “cuarto propio” que, como muchas veces sucede, se construye a costa de los cuidados de otra persona que te lo limpie y adecente. Es cierto que en estos casos se libera la mujer del marido, pero ¿qué pasa con el hijo? ¿Se la libera también de él? ¿Por qué le abandona? La sensación de secuestro emocional que vivió con su marido tenía un paralelismo con el secuestro del acosador de la Gestapo. Te protege pero le debes obediencia. Lo que viene a ser la definición del patriarcado legal en los códigos civiles, como bien explican Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora en el libro Feminicidio.

Los traumas de la guerra se encarnan en los vínculos. Pero no son los únicos…

Podría hablar de más aspectos del libro pero me parece que lo esencial del mismo es ese descubrimiento una vez más de la divergencia entre la teoría y la práctica, del discurso y la acción*. ¿Cómo una de las personas más lúcidas a la hora de estudiar la infancia y los vínculos con los padres pudo tratar así a sus propios hijos? ¿Para qué sirve tanta lucidez si en lo verdaderamente importante, que no es escribir un libro sino criar a un hijo, no estamos presentes? Martin Miller creo que piensa que fueron los traumas de guerra los que dañaron su relación con su madre. Esto no dudo que sea cierto en gran parte,  pero creo que obvia otra dimensión del problema, los traumas sociales y culturales del entorno. Ya antes de la segunda guerra mundial había libros que promovían la total desconexión del instinto de protección y cuidado de las madres respecto a sus hijos (ver mis artículos sobre Luther Emmett Holt y demás). Las mujeres han tratado bien y mal a sus hijos, incluso han practicado el infanticidio en multitud de ocasiones y en todo tipo de culturas. La ambivalencia maternal humana es normal y es una realidad, pero esa desconexión tan característica que destila el libro de Martin Miller es propia del siglo XX, tiene unos elementos exclusivos del momento que vivieron y todavía muchos de sus pilares siguen en pie en la Europa del siglo XXI.

Martin Miller creo que debería estudiar, además de los acontecimientos históricos que influyeron en su familia, las costumbres de crianza asociadas a los nuevos modos de producción, a la industrialización, el colonialismo, el capitalismo, la biopolítica de esos momentos. Y a la vez, otro elemento nada desdeñable, como es desde el nacimiento del Estado en Mesopotamia y en otras culturas estatales de la esclavitud, la servidumbre, el papel de la prostituta, la nodriza, la criada, el esclavo. Los bebés de las elites del poder y las clases altas han sido criados por las madres de las clases populares. Esto es fundamental y merecería muchos días de reflexión profunda, una reflexión que todavía queda por hacer, ya que no ha sido un tema importante para nadie. No lo fue para Freud, criado por su nodriza Resi Wittek. No lo fue para Marx, al que le cuidaba y cocinaba a él, a su mujer y a sus hijos, su criada-sierva Helene Dumuth, con la que además tuvo un hijo del que se desprendieron. No lo fue para Simone de Beauvoir, criada por Louise y no por su madre. No lo fue para Virginia Woolf, a la que cocinaba y limpiaba su sirvienta Nellie Boxall. No lo fue para Rousseau, que abandonó a sus cinco hijos nada más nacer en un orfanato estatal. No lo fue para María Montessori, que dejó a su hijo Mario con una nodriza sin nombre a las afueras de Roma. No lo fue para Wilhelm Reich, que tenía otras cosas más importantes que hacer que estar con su hija Eva, criada por su cuidadora Mitzie.

Dice Oliver Schubbe, en el epílogo del libro: “La generación de posguerra vivió las consecuencias psíquicas de la guerra en sus padres y las repercusiones en la sociedad. Los niños experimentaban los sentimientos de los padres, sus señales no verbales a través de la mirada o del contacto físico. Pero los padres no eran capaces de explicar a sus hijos el origen real de estos sentimientos o señales. Y este silencio dejó a los niños solos con sus preguntas: ¿por qué se lo tenían que comer todo? ¿Por qué no podían tirar las cosas? ¿Por qué sus padres no los querían coger en brazos? ¿Por qué sancionaban su rabia infantil? ¿Por qué no podían expresar intensamente sus sentimientos? ¿Por qué sus padres no se tomaban en serio sus preocupaciones infantiles? ¿Por qué nadie los consolaba? ¿Por qué sus padres no respondían a sus necesidades? ¿Por qué sus padres estaban tan descentrados o preocupados? ¿Por qué tenían ellos, ya de niños, que asumir una función o una responsabilidad en la familia? ¿Por qué parecían tan importantes la seguridad, la decoración de la habitación, los juguetes, el dinero de bolsillo, los viajes y todo lo que no habían tenido sus padres?”

Volviendo a estas latitudes y a la época en la que nos ha tocado vivir, quizás va siendo hora de que revisemos el impacto psicológico de la Guerra Civil y el franquismo en nuestras familias a través de las generaciones y también la otra parte, de la que no habla Martin, la cultural. Tenemos que hablar del impacto del éxodo, la diáspora y la aculturación de nuestros abuelos y bisabuelos en el abandono del campo a la ciudad; del impacto de criar en soledad entre cuatro paredes, todo el día un adulto con un niño, sin más vida social ni más apoyo, sin familiares que puedan permitir que las madres se echen una siesta, sin “alomadres”; tenemos que hablar del aislamiento y el agotamiento; del dolor de dejar al bebé en la guardería con cuatro meses; hay que hablar de cómo influye el trabajo asalariado en cómo criamos a nuestros hijos y la alienación que rezuma de todas esas teorías de crianza y todas esas etiquetas grandilocuentes con las que nombramos nuestra forma de relacionarnos con nuestros bebés.

*Actualización 14/05/2017: Matizo, gracias a un comentario de Gulliver en la entrada “Carta a Alice Miller: “feminismo”” en la que me recuerda que entre el nacimiento de Martin y Julika y la elaboración de sus teorías median 20 años. Bueno, fueron menos años, pero aún así es cierto que no fue a la vez. Lo que sí dice Martin es que su madre le pidió perdón e intentó mejorar la relación pero simpre y cuando aceptara tomar el camino que ella le marcaba para su sanación. Si él se negaba ella volvía a sentirse rechazada como madre. Aún así, él recalca en todo el libro que las teorías de su madre son válidas.

Carta a Alice Miller: “Feminismo”

Haz lo que digo pero no lo que hago: Jean Jacques Rousseau y Thérese Le Vasseur

Louise, cuidadora de un bebé llamado Simone (de Beauvoir)

Lazos de sangre

El origen de los estilos de crianza actuales

El origen de los estilos de crianza actuales (2ª parte)

 

Los portabebés más antiguos y sencillos del mundo: las bandoleras

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Una mujer, sujetando a un niño con su mano izquierda, coge un higo. De un relieve de la Dinastía 25 de la tumba de Montemhet en Luxor. Tomado de: http://www.touregypt.net/featurestories/mothers.htm#ixzz3k65RTVjb

“Es costumbre ver en pinturas y relieves de tumbas a niños desnudos colgados de las espaldas de las madres o de sus pechos, envueltos en cortas capas de lino que a modo de bandoleras los mantienen unidos al cuerpo materno, o a alguna parte de su anatomía como los brazos, hombros, o caderas. En ocasiones, el crío que empieza a dar los primeros pasos, va detrás de una mujer pugnando para que ella le acoja.

Cuando la madre está reposando de la lactancia, realizando las labores de la casa o trabajando a la intemperie, acostumbraba a desplazarse con la criatura con independencia y comodidad; un ejemplo se observa en un grupo de madre e hijo que está en Munich y que data de finales de la dinastía XVIII (ÄS 2955). En un óstrakon pintado (O.DM 2447) se ve a un lactante amamantado por una mujer que lo envuelve entre los pliegues de su vestido”.

(…)

“En la tumba de Neferhotep (TT49), se remarca el contraste étnico de las mujeres egipcias, por sus peinados lacios y su porte más esbelto y longilíneo. Los niños van amarrados al cuerpo femenino con lienzos en forma de bandolera que les servían a modo de cuna portátil; uno de ellos busca a su madre insistiendo en ser cogido en brazos. Las palmas de las mujeres vueltas hacia al rostro, muestran un gesto de sumisión y reconocimiento a la autoridad que ostentó en vida el dueño de la tumba”.

Tomado del libro “La lactancia en el Antiguo Egipto” de Manuel Juaneda-Magdalena

“Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia…”

Sigo leyendo este libro a ratitos…

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“Duplica los panes que debes dar a tu madre.
Llévala como te ha llevado.
Ha cargado muchas veces contigo,
Y no te ha dejado en el suelo.
Luego que te dio a luz tras tus meses,
Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia
Te ha llevado a la escuela,
Y mientras te enseñaban a escribir,
Ella se sostenía durante tu ausencia, cada día, con el pan y la cerveza de su casa.
Ahora que estás en la flor de la edad, que has tomado mujer y que estás bien establecido en tu casa, dirige los ojos a cómo se te dio a luz, a cómo fuiste amamantado, como a obra de tu madre.
¡Que no tenga que vituperarte,
ni levantar las manos a Dios!
¡Y que Dios no tenga que oír su queja!
(Máximas de Ani. Reino Nuevo).

“Sin cuidados no hay victoria posible”, Ada Colau

Ada Colau: “Sin cuidados no hay victoria posible” https://twitter.com/adacolau/status/602840136712364033

Ada Colau lanzó este bello tuit hace muy poco junto a una foto de tres madres y un padre abrazados a sus hijos dormidos en uno de los eventos de su partido. En relación a los niños, la alcaldesa de Barcelona ha prometido levantar 60 guarderías y, según este artículo, “Colau ha recordado la importancia de la guardería pública por la cohesión que genera, dando igualdad de oportunidades en un periodo “esencial” para el desarrollo educativo”. En lo único que puedo estar de acuerdo es que el periodo 0-3 años es esencial para el desarrollo de cada ser humano, pero no en un sentido educativo. Hay que recordar que la humanidad ha evolucionado y vivido sin guarderías hasta hace muy poco, con lo cual es evidente que no son ni imprescindibles ni necesarias para los bebés*, madres y padres. Sí son necesarias en el sistema social que se ha creado a raíz de la separación madre-bebé durante la primera época de vida, la separación entre trabajo asalariado y crianza, y la falta de crianza cooperativa, alomadres y comunidad que habían ocupado el papel de las guarderías durante gran parte de nuestra historia. No en vano, en Madrid, por ejemplo, la primera guardería fue inaugurada el 13 de enero de 1872 por la reina María Victoria, hace apenas 143 años. Aunque tampoco tenemos que irnos tan lejos, hay países europeos a día de hoy en los que lo normal es no ir a la guardería durante el primer año o ir directamente al colegio sin pasar por la escuela infantil.

Sobre el tema de la “cohesión” y la “igualdad de oportunidades” es exactamente lo mismo que dijo Carmena en su discurso de investidura. Si entendemos por “cohesión” el adoctrinamiento temprano y la uniformidad educativa impuesta desde las instituciones pues habrá que dar la razón a Ada y Manuela. Sobre la igualdad de oportunidades que aporta el sistema educativo supongo que se referirán, sin ninguna base, a que esos bebés y peques tendrán la misma oportunidad de ser anulados por el mundo laboral o el paro al que se enfrentarán 20 o 30 años después. Tendrán la misma oportunidad de no pensar y ser ganado de labor y consumo. Como vemos, no hay ni un ápice de espíritu crítico frente al sistema educativo en sí y al adoctrinamiento o la falta de libertad de conciencia y creativa, solamente hay argumentos economicistas y cuantitativos.

Por su parte, Marta Verdejo León, número 14 de la lista electoral centra su crítica en la privatización y la situación laboral de los trabajadores de las guarderías. Claro que es importante que, ya que existen y usamos las guarderías, no se recorte en personal, pero esa no puede ser lo único que mueva a un colectivo como un corporativismo laboral más. Es muchísimo más grave, por ejemplo, que haya mujeres reincorporándose llorando a sus empleos y bebés llorando en las guarderías por separaciones abruptas de sus madres, su hábitat seguro, con 3 o 4 meses. De esto no habla ningún programa político. En ellos solamente encontraremos propuestas que respondan al grito de guerra actual: “¿Qué hay de lo mío?”

Soy consciente que muchas personas que trabajan en el sector de las guarderías, también llamadas “escuelas infantiles”, pueden sentirse dolidas y molestas por lo que aquí describo. Esto puede suceder porque actualmente y en muchas ocasiones los trabajadores tienen una relación de fusión ideológica con la visión y misión de sus empresas. No tendría por qué ser así. Una persona puede ser matrona y criticar la violencia obstétrica y pediátrica sistémica como yo puedo criticar el adoctrinamiento de los programas televisivos “educativos” o el rol de las universidades y trabajar en el programa de televisión de la UNED. Por supuesto, las guarderías también tienen elementos positivos o potencialmente positivos dentro del sistema actual como ser el único entorno, en un ambiente de desnatalidad galopante y fragmentación familiar y urbana, en el que los niños (sobre todo los de 3 años) pueden convivir, aunque sea de un modo hiperdirigido y desintegrado. En este sentido, hay que resaltar que tan insólito es desde un punto de vista evolutivo y antropolótico el sistema de guarderías actual como la crianza aislada y solitaria de una madre con un bebé encerrados entre cuatro paredes durante los permisos de maternidad y las excedencias.

 Después de tratar alguna de las propuestas de Ada Colau y María Verdejo en materia de cuidados paso a reflexionar sobre lo que dice Laura Pérez, concejala de Barcelona en Comú y número 9 de la lista electoral, que se va a dedicar a “las cuestiones de igualdad de género” desde la pomposa y orwelliana concejalía de “Ciclo de Vida, Feminismos y LGTBI“: 

“Mientras estamos recortando necesidades básicas, las mujeres nos estamos sobrecargando de trabajo, estamos renunciando a empleos que nos exigen horarios completos y para ello, dependemos más de la economía. Debido a los recortes en Dependencia, no tenemos cubierto el cuidado a la tercera edad en Barcelona. ¿Quién está asumiendo estas cargas? Las mujeres. Y sucede lo mismo en el cuidado de los niños. Tenemos espacios en el Ayuntamiento con horarios sin sentido, que cierran a una hora en la que el barrio demanda espacios familiares. Proponemos también cláusulas de igualdad en los contratos del Ayuntamiento, incluso en los que sean de pequeña cuantía. El Ayuntamiento, pese a que no puede incidir en políticas nacionales, tiene mucho que hacer en temas de ocupación y cuidados.” http://www.publico.es/sociedad/laura-perez-castano.html

Como vemos, dentro de lo “local” y el “municipalismo” podemos ver ejemplos de mujeres políticas como ella recién llegadas de ONU Mujeres (es decir, con la visión del género importada de las instituciones políticas y capitalistas de EEUU bien interiorizada, desde el USAID a Goldman Sachs-Womenomics…) con un punto de vista victimista, parcial y corporativista del colectivo femenino. Sus ideas se mantienen dentro del pensamiento conservador que defiende que son los cuidados (mejor institucionalizados y mercantilizados, claro) los que se tienen que adaptar a las exigencias y horarios del mundo laboral industrial o de servicios de forma unidireccional, o que ven en los contratos a tiempo parcial algo siempre negativo para las mujeres (¡cuando podríamos estar dándolo todo en la empresa!). 

Respecto a los cuidados de los ancianos habría que explicar que ya están siendo realizados por mujeres que se dedican laboralmente a ello, muchas de ellas inmigrantes, pero se agradecería que explicara cómo deberían ser realizados esos cuidados, según ella, con las tendencias demográficas actuales. El Estado asistencialista de derechos necesita cotizantes (no seres humanos) que paguen impuestos y si estos no nacen hay que importarlos y, obviamente, pagarlos, aunque algunas personas del servicio doméstico ahora estén rozando la esclavitud. Para conseguir futuros “cotizantitos” nos dicen que también es el Estado asistencialista el que lo tiene que promover con subvenciones, ayudas y demás. Luego está la postura sueca que se basa en un sistema de impuestos que dudo mucho que pudiera aplicarse aquí, a no ser que se tase impositivamente la droga (en Suecia es el alcohol) y la prostitución, que en eso somos potencia mundial, para pagar los cuidados. O que se crearan locales estatales de venta de droga y sexo, a imitación de los Systembolaget suecos. A ver cómo intentan cuadrar el círculo.  

A la concejala y ex trabajadora de Onu Mujeres me gustaría leerle esta cita tan interesante de Silvia Federici de su libro Revolución en punto cero, libro con el que coincido en algunos análisis de la situación y con el que diverjo en las propuestas:

“Otro tema recurrente en los ensayos recogidos en la Segunda Parte es la crítica a la institucionalización del feminismo y a la reducción de las políticas feministas a meros instrumentos de la agenda neoliberal de las Naciones Unidas. Para aquellas de nosotras que testarudamente a lo largo de los años hemos insistido en definir la autonomía feminista no solo como autonomía respecto de los hombres sino también respecto del capital y del Estado, supuso una derrota la gradual incapacidad del movimiento para propulsar iniciativas propias y su subsunción bajo las alas de las Naciones Unidas, especialmente en un momento en el que dicha institución se estaba preparando para legitimar nuevas guerras por motivos económicos y militares. Retrospectivamente, esta crítica era correcta. Cuatro conferencias globales sobre mujeres y una década dedicada a los derechos de las mujeres no han producido ninguna mejora en la vida de la mayor parte de estas, ni tampoco una crítica feminista seria o movilización alguna contra la apropiación de la riqueza mundial por parte de las corporaciones y de las mismas Naciones Unidas. Al contrario, las celebraciones del «empoderamiento de las mujeres» han ido de la mano de la aprobación de políticas sangrientas que han acabado con la vida de millones de personas, expropiado tierras y aguas costeras, arrojado a las mismas residuos tóxicos y convertido en refugiados a poblaciones enteras.” Pg. 29

“Las mujeres de todo el mundo no solo producen los trabajadores que mantienen en funcionamiento la economía global. Desde comienzos de la década de los noventa se ha producido un salto en la emigración femenina del «Sur Global» al Norte, en el que proveen un porcentaje en continuo incremento de la mano de obra empleada en el sector servicios y el trabajo doméstico. Tal y como ha observado Cynthia Enloe, con la imposición de políticas económicas que incentivan la inmigración, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han permitido a los gobiernos de Europa, Estados Unidos y Canadá resolver la crisis del trabajo doméstico que se encuentra en los orígenes del movimiento feminista, y ha «liberado» a miles de mujeres solo para que produzcan más trabajo exo-doméstico. El empleo de mujeres filipinas o mexicanas que, por una modesta suma, limpian las casas, crían a los niños, cocinan y cuidan a los mayores, permiten que las mujeres de clase media escapen de un trabajo que ya no quieren o no pueden hacer durante más tiempo, sin reducir simultáneamente su nivel de vida. Es evidente que esta es una «solución» problemática ya que crea relaciones entre las mujeres de «criadas-señoras» complicándolas aún más si cabe por los prejuicios que rodean el trabajo doméstico: la asunción de que no se trata de un trabajo real y que debería ser pagado lo menos posible, cuyos límites no están definidos, etc. El empleo de trabajadoras domésticas hace, además, a las mujeres (más que al Estado) responsables del trabajo reproductivo y debilita la lucha contra la división del trabajo en el interior de las familias, ya que libra a las mujeres de la tarea de obligar a los hombres a compartir las tareas domésticas. Para las mujeres inmigrantes, asumir un trabajo doméstico supone una elección dolorosa, ya que es un trabajo pagado pobremente y que requiere que cuiden de las familias de otros mientras que ellas tienen que dejar de lado a las suyas propias.” Pg. 120. 

 Por otro lado, y en la línea del análisis del discurso, creo que dejar de hablar de “cargas” para referirse a las personas cuidadas tendría que ser un paso fundamental para detener el colapso social. Las personas cuidadas no son cargas, pesos que arrastrar cual saco de patatas, son seres tan valiosos como los que les cuidan. La gente que siga hablando de “cargas” para referirse a determinadas personas que, por favor, hable de sus propias “cargas”, no de las mías. Los cuidados necesitan cooperación, no estigmatización y deshumanización. Sin esas “cargas” no hay VIDA. Esas “cargas” nos dieron la vida, algún día nos cuidaron, son los niños y niñas, son quizás personas que necesitarán toda la vida de nuestros cuidados, son personas que amamos o respetamos.  Los cuidados requieren en parte esfuerzo y dedicación, como todo lo importante, pero eso no implica que tengan que tener las connotaciones pasivas y negativas de la palabra “carga”. Esa visión economicista y utilitarista del ser humano y los cuidados intrínsecos a nuestra especie tiene muchas implicaciones. Al utilizar este tipo de vocabulario, estas personas descubren su verdadera visión del mundo, de la infancia, la vejez, la enfermedad y la diversidad de capacidades e incapacidades.
 
Son temas muy complejos pero lo verdaderamente revolucionario sería replantearse a qué estamos dedicando nuestras energías vitales en lo laboral, qué estamos intentando conciliar, por qué este sistema obliga a elegir entre trabajar-cuidar, por qué tantas horas, por qué tantas necesidades creadas, tanta soledad… Replanteárnoslo nosotros, no exigir que se lo planteen los políticos, ellos no pueden pensar por nosotros ni imponernos su adoctrinamiento. Tampoco podemos pedir que nos ofrezcan soluciones fáciles. Sencillamente esas soluciones simplonas no existen en la actualidad, cuando el modelo actual no se sostiene en ninguna de sus esferas y nadie sabe cómo detener la máquina de la autodestrucción.

*No solamente no son necesarias sino que desde un punto de vista sanitario son perjudiciales para la salud del los bebés. Esto por supuesto, no se suele tener en cuenta en ningún estudio, ensayo o política sobre los cuidados infantiles. En este artículo los pediatras hablan sobre esto: “Cuanto más tarde se incorporen a la guardería, mayor tolerancia a los virus tendrá el menor. El riesgo de una bronquiolitis no es el mismo en un lactante de dos meses que en un niño de dos años”.

Actualización a 7 de julio de 2015: Se me olvidó al escribir este texto comentar que las guarderías, de existir, deberían hacerlo en los centros de trabajo o lo más cerca de estos, ya que es el sistema laboral y económico el que las requiere en primer lugar (esta reivindicación puede rastrearse hasta la revolución de febrero de 1848 en Francia, según la comunista Clara Zetkin). También deberían ser flexibles, es decir, facilitar las visitas de los padres y madres y su presencia en el aula, realizar las “adaptaciones” con respeto, es decir, con normalidad o como se haría cuando dejas a tu hijo con unos amigos. El dónde y el cómo, lo cualitativo es importante. En el programas electorales solamente suelen hablar de lo cuantitativo, de cuántas guarderías van a inaugurar, de ratios, etcétera.

Relacionado: 

– Análisis y reflexiones en torno al informe de Goldman Sachs “Womenomics 3.0. The Time is now”: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/04/analisis-y-reflexiones-en-torno-al.html 

– “Revolución en punto cero” de Silvia Federici: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/04/revolucion-en-punto-cero-de-silvia.html 

– Los “cuidados” en el discurso de Manuela Carmena tras ser proclamada alcaldesa de Madrid:  http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2015/06/los-cuidados-en-el-discurso-de-manuela.html

Los “cuidados” en el discurso de Manuela Carmena tras ser proclamada alcaldesa de Madrid

Minuto 12.48: “consigamos la igualdad de oportunidades haciendo que los niños de 0 a 3 años tengan ya la mejor educación. No buscamos guarderías donde se aparquen a los niños. Buscamos escuelas infantiles para todos, iguales, que garanticen que enseñamos a aprender”.

Yo quiero la “oportunidad” de poder pensar y expresar que una gran parte de los trabajos son nocivos, violentos, adoctrinadores, destruyen a las personas que trabajan en ellos y al medio ambiente. No veo qué puede ser conciliable con eso. 
Yo quiero la “oportunidad” de no tener que elegir entre trabajar o quedarme en casa criando en aislamiento (la mayor parte de las madres no tienen ni siquiera esa oportunidad de elegir porque para sobrevivir no pueden prescindir del salario durante una excedencia o corren el riesgo de perder el empleo).
También quiero que mi hijo tenga la “oportunidad” de no tener que ser institucionalizado con 3-4 meses cuando nos necesitamos mutuamente, mucho menos con el autoengaño de que alguien tiene que “enseñarle a aprender”. Las crías de Homo Sapiens ya venimos al mundo sabiendo aprender, gracias, y la “mejor educación” durante milenios fue estar con la mamá y las alomadres en su día a día y después con grupos de niños de diferentes edades.
Quiero tener la “oportunidad” de que los trabajos asalariados se flexibilicen hacia las necesidades vitales y acepten a los bebés en sus instalaciones, que se rehumanicen, que haya guarderías en las empresas para usarlas en determinados momentos o días… 

Estas “oportunidades” no creo que tenga mucho sentido suplicarlas a un partido político o a un Ayuntamiento sino que habría que vivirlas, reivindicarlas y negociarlas de forma directa en el lugar y foro pertinente, es decir, en el lugar de trabajo. Claro está, requiere asumir ciertos riesgos y un poquito más de esfuerzo y valentía que echar una papeleta anónima en una urna o rezar unas oraciones a San Cuidados. La pregunta no es si alguien me concederá “el derecho a…”. La pregunta es: “¿Tendré el valor de hacerlo?”

Hasta la próxima vez que nos dejen pensar, matizar y disentir… El Tornillo 2×23: El espejismo de la igualdad.

Podría hablar largo y tendido sobre la supuesta “obligatoriedad de cuidar que se nos impone” de la que habla el último programa de El Tornillo. No sé si se refiere a la ayuda de 100 euros para las madres trabajadoras y no para las que se toman una excedencia que existe en este país, quizás a la obligatoriedad de institucionalizar a los bebés porque tenemos que volver al trabajo después de 16 semanas y los empleos no son compatibles con la crianza… ¿O se refiere quizás a las mujeres que quisieran tener un hijo o dos y no pueden por motivos laborales, sociales y existenciales?

Pero prefiero hablar de esto otro: según El Tornillo “en los últimos 100 años la lucha feminista ha conquistado derechos que ahora nos parecen evidentes, como el voto o la educación…”. Vamos a acercarnos un poco más a la realidad concreta de estos dos temas en nuestro contexto más directo:

– Voto femenino:
Antes de los “últimos 100 años” podemos mencionar que en 1877 se solicitó por primera vez el voto femenino en el Congreso de los Diputados. Esa petición tuvo su origen en una enmienda “presentada por un grupo de siete diputados ultraconservadores, encabezados por el neocatólico Alejandro Pidal y Mon” que defendía que viudas y propietarias pudieran votar. Si recordamos que las primeras elecciones por sufragio universal masculino fueron en 1869 y que este sufragio no se estableció de forma definitiva hasta 1890 podemos entender que la clase social estuvo en muchas ocasiones por encima del sexo-género. Tomando algunas nociones del concepto de performatividad de los últimos feminismos, casi podríamos pensar que la mujer del pueblo y la mujer de las clases altas compartían algo parecido entre las piernas, pero no las unía nada más. Era como si tuvieran géneros distintos o roles culturales totalmente diferentes.

No fue hasta el 8 de marzo de 1924 cuando la dictadura de extrema derecha de Primo de Rivera otorgó el voto en sufragio femenino restringido en unas elecciones municipales que nunca se celebraron. El 11, 12 y 13 de septiembre de 1926 sí votaron las mujeres en un plebiscito. Es decir, fue una dictadura fascista la que dio los primeros pasos en España hacia la realidad del voto femenino. Eso sí, todo con buenísimas intenciones y con la simbólica fecha del “8 de marzo“, aunque todavía manteniendo la autorización marital típicamente patriarcal impuesta por el Estado…

“En el Anteproyecto de Constitución de la Monarquía española de 1929, elaborado por la Asamblea Nacional Consultiva de la Dictadura de Primo de Rivera, el voto femenino ya se reconocía como derecho en igualdad con el masculino dentro del sufragio universal, al establecer en su artículo 58: “Serán electores de sufragio directo todos los españoles de ambos sexos… Serán electores en los colegios especiales los españoles de ambos sexos””. Durante la dictadura de Primo de Rivera también se proclamaron por nombramiento directo las primeras alcaldesas de España.

Victoria Kent, por otra parte, durante la II República, se opuso al voto femenino porque su voto sería conservador (algo parecido a lo que expresan las feministas que defienden los permisos parentales obligatorios e intransferibles. Siguen diciendo que si se da libertad a las parejas para organizarse libremente el reparto de los permisos de maternidad y paternidad se lo seguirán cogiendo las mujeres ¡y eso no puede ser! ¡Hay que obligar a que vayan por el “buen camino”!). Finalmente podrán votar las mujeres en las elecciones del 19-N de 1933 gracias a Clara Campoamor. Un gran sector de las mujeres, fundamentalmente mujeres anarcosindicalistas y mujeres del pueblo sin ninguna etiqueta ideológica, siguieron despreciando este derecho y se abstuvieron (todavía algunas en 2015 seguimos haciéndolo).

En cualquier caso, si hay algo cierto es que el feminismo ha tenido en sus orígenes, como buen movimiento burgués, la lucha por el voto, desde el hombre liberal feminista John Stuart Mill a las sufragistas. La mujer del pueblo y trabajadora sí se organizaba en sus ámbitos de interés y laborales (ver el caso de las cigarreras) e incluso superó en las luchas concretas y en muchas ocasiones las demandas de los sindicatos más revolucionarios, como la CNT (ver libro “Género y políticas del trabajo en la España contemporánea, 1836-1936” de Cristina Borderías Mondéjar y el ejemplo de las luchas por el Seguro de Maternidad y sobre quién debía financiarlo y no hacerlo).

Cierro este tema con las palabras de las aristócrata feminista María Laffite: “Nunca hubo en España nada que pueda compararse al impulso agresivo y heroico de las sufragistas británicas. Nuestro feminismo no llegó nunca a formar lo que se llama un movimiento y tuvo siempre un carácter vergonzante. La resignación fue el rasgo dominante de nuestras mujeres.Hubo, es cierto, una Concepción Arenal, una Emilia Pardo Bazán… Pero parecían clamar en el desierto”, (Condesa de Campo Alange, La mujer en España. Cien Años de Historia, Madrid, 1963). Nota aclaratoria: la resignación fue el rasgo dominante de “sus” mujeres”, de las mujeres de “su” incipiente movimiento, no de todas.

Las cigarreras. Gonzalo Bilbao (1915)

– La educación: no sé a qué luchas femeninas concretas de los últimos 100 años (es decir, desde 1915) se refiere, al menos en el ámbito español, la presentadora.

La educación era un asunto privado y familiar para los hombres y las mujeres del pueblo. Fueron los primeros textos legales del liberalismo decimonónico los que soñaron con un sistema público de educación nacional en el que se pretendía escolarizar a los varones de forma obligatoria y excluir a las mujeres. No era un “derecho”, era una obligación legal. Que esto sea una condena o un privilegio para unos u otros depende de lo que cada cuál piense sobre el significado de la educación formal y su adoctrinamiento.

Después, fue la Ley Moyano de 1857 la que amplió la obligatoriedad a las niñas aunque impuso la segregación y un curriculum diferenciado, es decir, era el Estado el que tutelaba y dirigía la educación primaria obligatoria y adoctrinadora de las mujeres y el que imponía la segregación. No lo decidieron ni los hombres ni las mujeres del pueblo. Esto continuó así hasta “el nuevo plan de enseñanza primaria aprobado por el Ministro Romanones en 1901” que uniformó la enseñanza primaria para chicos y chicas.

“La legislación escolar del siglo XIX nunca prohibió explícitamente el acceso de la mujer a los niveles selectivos del sistema escolar”, “La situación empezó a cambiar en el sexenio revolucionario (1868-1874) cuando las primeras chicas intentaron formalizar la matrícula de ingreso en algunos institutos”. Lo que ocurrió entonces es que se las dejó matricularse y examinarse pero no ir a clase junto a los hombres por razones de represión sexual y victorianismo (o isabelinismo, según se mire), por “los inconvenientes que, dado el estado de nuestras costumbres podía ocasionar la reunión de ambos sexos en las clases”. Todo esto siguió hasta la Real Orden de 8 de marzo de 1910 que derogaba la Orden anterior, y considerando que “el sentido general de la legislación de Instrucción Pública” era “no hacer distinción por razón de sexos”, autorizaba “por igual la matrícula de alumnos y alumnas” en la enseñanza oficial y no oficial. Es decir, desde los últimos 100 años las mujeres han estado obligadas por ley a estudiar y han podido legalmente continuar los estudios secundarios, otra cosa es que por razones económicas,  de clase social o personales pudieran hacerlo o quisieran seguir estudiando. No fue una decisión de los hombres del pueblo contra las mujeres el prohibirles o permitirles estudiar en los institutos estatales, privados o religiosos.

“Por ello, desde finales del Sexenio y principios de la Restauración, años en los que tienen lugar las primeras inscripciones femeninas en Medicina, hasta la segunda década del siglo XX, la matrícula de la mujer en los estudios de facultad requería de la consulta previa a la Administración Central[20] lo que las situaba en una situación previa de exclusión para que decidiese sobre la solicitud cursada y asumiese las responsabilidades que se derivaban del caso; es decir, la mujer no podía matricularse libremente en la universidad; si lo hacía, encontraba grandes dificultades para asistir a clases, y en 1882, como ocurriera para los institutos, también se le vetó el acceso a la universidad.” Es decir, es el Estado y sus altos y medianos funcionarios machistas y no el hombre del pueblo el que prohibe o permite o alienta el acceso de la mujer a la Universidad. En cualquier caso, “la legislación de 1910 al suprimir tales trabas posibilitó una mayor afluencia femenina a las aulas universitarias”. ¿Qué tipo de mujer trabajadora podía estudiar en la Universidad, dadas las largas jornadas laborales y lo caro que era dedicarse al estudio universitario? Las “trabas” legales solamente eran aplicables a las mujeres que podían permitirse el lujo de no trabajar para sobrevivir, no desde luego para una cigarrera que comenzaba a trabajar a los 13 años.

Si nos remitimos a la actualidad, la educación tanto obligatoria como no obligatoria, sigue sin ser parte de la emancipación de los seres humanos. Es más, es utilizada por los diferentes estados para actividades tan diversas como adoctrinar, domesticar, aburrir, impedir el pensamiento crítico o fomentar el descenso de la fertilidad femenina, cuando no distraer o ser una especie de “guardería” desde los 0 años hasta los 30 o más. Sí, la Universidad también puede ser considerada actualmente una guardería.

Bibliografía:  
– “Exclusión, discriminación y resistencias: El acceso de la mujer al sistema educativo (1833-1930)” de Carmen Benso Calvo.
“El voto femenino” de Mª Carmen Arce Juan.


He tardado una hora en documentarme para escribir esto. ¿En serio no podemos ni tomarnos el tiempo en pensar las cosas antes de decirlas al tun tun y seguir repitiendo como loros lugares comunes sin ninguna base? ¿Desde cuándo filósofas y mujeres de Estado (un Estado corrupto hasta la médula) como Amelia Valcárcel, actualmente en el Consejo de Estado, son modelo a seguir para las mujeres? Por cierto, su cargo no ha sido elegido mediante ninguna votación en la que pudieran participar las mujeres del pueblo…

Pero podríamos seguir… El derecho al aborto en España, considerado como mal menor y no como un acto de empoderamiento ni frivolidad, fue conseguido por un hombre anarcosindicalista no feminista en Cataluña: el Dr. Félix Martí Ibáñez. Y fue otra mujer anarcosindicalista y contraria al feminismo, la que desde su Ministerio intentó hacerla estatal y se tuvo que enfrentar a las negativas de Largo Caballero. Fue un hombre anarcosindicalista el que terminó con las desigualdades en el ámbito civil entre hombres y mujeres durante la II República, ya que esta había “olvidado” tocar el código civil patriarcal durante años hasta la llegada de Juan García Oliver al Ministerio de Justicia. En fin… A seguir viviendo en mundos paralelos y “hasta la próxima vez que nos dejen pensar, matizar y disentir…”

Me despido con la carta de Federico García Lorca a “Las Muchachas” (las nodrizas de su casa):

“Aquí están, Anilla la Juanera y Dolores, la Colorina
Sobre todo mi Dolores, por lo buenísima que es
Vino a amamantar a mi hermano Paco y se quedó,
Habla mucho, se ríe mucho, cuenta historias sin parar
Como si hubiese vivido treinta vidas.
Es analfabeta porque nadie ha sabido enseñarle
A leer, mi madre lo intentó sin resultado,
Pero sabe más que todos nosotros.
En lo que se refiere al sexo, tiene una moral natural
Sin hipocresías, ni severidades.
Ella me ha enseñado a vivir…también Víctor Hugo, Galdós, Verlaine,
Juan Ramón Jiménez, Machado y sobre todo Rubén Darío.
Ellas, las criadas “muchachas” traen a los niños ricos, canciones
Romances y cuentos.

El niño tiene la marca
De la mujer pobre, que le da al mismo tiempo
En su cándida leche silvestre, la médula del país”.

Otros artículos relacionados con estos temas: 

“De esta suerte proceden las mas de las Amas: criadas con entera libertad entre la plebe, sin instrucción, sin principios morales, sin decoro, sin urbanidad, no conocen más razón que los caprichos de su alvedrío”. http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/nodrizas-y-autonomia-personal.html

Sobre cómo el Estado impuso la autorización marital en ciertas profesiones. No fue una petición popular de los maridos ni de los padres: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/he-encontrado-en-el-libro-criadas.html 

Y este sobre cuando existían decretos-leyes en España contra las mujeres que decían obscenidades a los viandantes. ¡Oh, cielos! ¡Mujeres del pueblo diciendo burradas por la calle a los hombres y quizás también a otras mujeres!:
http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/las-lavanderas.html

ACTUALIZACIÓN 06/10/2015
Estoy investigando la labor de la Junta de Damas y su relación con la educación de las niñas  y he visto que las diferencias curriculares no iban dirigidas a crear la perfecta ama de casa al servicio de su marido (al menos no en ese momento histórico, finales siglo XVIII) sino a crear y fomentar a la “empleada del año” de las manufacturas al servicio de las clases altas. Espero poder desarrollarlo con más tiempo en otro post.  

ACTUALIZACIÓN 22/10/2016
Después de leer este post recomiendo leer a John Taylor Gatto e investigar sobre el origen de la escuela prusiana y el filósofo Fichte: http://blogsdelagente.com/escuela-posible-escuela-necesaria/2008/07/27/076-que-escuela-necesitamo/

Las nanas a través de Lorca

Y desde las nodrizas he llegado, en uno de mis buceos por la red de redes, a esta conferencia de Federico García Lorca sobre las nanas en España. Me ha parecido importante rescatarla, más que por su visión propia sobre el mundo de las nanas, por la recopilación de textos que realiza: “Las nanas infantiles”.

Después de leerla se me ha quedado mal sabor de boca con tanta nana triste, tanta nana trágica… Pero después he pensado que el mundo rural tradicional con sus cuentos y nanas describía realidades crudas que existían y no eran ocultadas a los niños. ¿Acaso no existen hoy en día hombres del saco y cocos de los que podemos saber a través de periódicos y telediarios? ¿Acaso no es el mundo exterior duro y trágico? Quizás no sea ético intentar que se duerma un niño trayendo a colación peligros varios, pero quizás ese no fuera el objetivo último, sino contar todo tipo de cuentos, tanto los que tienen final feliz como los que no lo tienen, mostrando toda la gama de tonos que existen en el mundo al que se irá enfrentando poco a poco el pequeño, sin esconderlos ni maquillarlos.

Una nana recopilada por Lorca: “Nana de Sevilla”

“Este galapaguito
no tiene mare;
lo parió una gitana,
lo echó a la calle.
No tiene mare, sí;
no tiene mare, no:
no tiene mare,
lo echó a la calle.

Este niño chiquito
no tiene cuna;
su padre es carpintero
y le hará una”.

Y una nana del propio Federico: “Nana del caballo grande”

Carta de Federico a “las muchachas”

“Aquí están, Anilla la Juanera y Dolores, la Colorina
Sobre todo mi Dolores, por lo buenísima que es
Vino a amamantar a mi hermano Paco y se quedó,
Habla mucho, se ríe mucho, cuenta historias sin parar
Como si hubiese vivido treinta vidas.
Es analfabeta porque nadie ha sabido enseñarle
A leer, mi madre lo intentó sin resultado,
Pero sabe más que todos nosotros.
En lo que se refiere al sexo, tiene una moral natural
Sin hipocresías, ni severidades.
Ella me ha enseñado a vivir…también Víctor Hugo, Galdós, Verlaine,
Juan Ramón Jiménez, Machado y sobre todo Rubén Darío.
Ellas, las criadas “muchachas” traen a los niños ricos, canciones
Romances y cuentos.
El niño tiene la marca
De la mujer pobre, que le da al mismo tiempo
En su cándida leche silvestre, la médula del país”.

Muchas cosas se desprenden de esta carta a las nodrizas, a las criadas, a las mujeres del mundo popular que criaban a los niños de las clases altas. Primero, resalta que Dolores, el ama de cría de su casa, era analfabeta (pecado mortal visto desde las alturas) y “sin embargo” era muy culta. Y, segundo, como mujer del pueblo no es ni mojigata ni victoriana a la hora de hablar de sexo, “tiene una moral natural”. Me ha parecido una carta-poema genial y llena de sinceridad.

Lorca no fue amamantado por su madre, que se puso enferma al nacer él. He buscado por todas partes el nombre de su nodriza y no lo he encontrado. Dolores “La Colorina”, la nodriza de sus hermanos a la que tanto quiso, llegó cuando él tenía 4 años. Solamente he encontrado esto: “Al nacer Federico, doña Vicenta se pone enferma, lo que hace que no se encargue de su hijo y lo ponga en manos de una nodriza que ni siquiera vive en casa de los García Lorca“. ¡Qué duro puerperio para la madre y para el hijo! ¡Cuántas veces se ha acusado a las mujeres que contrataban nodrizas de frívolas cuando muchas veces tenían problemas reales de salud, físicos o psicológicos! Como madre que también las pasó canutas en el posparto por una anemia atroz no puedo dejar de empatizar con ella.

“Sobre la madre de García Lorca circula el rumor de que cambió dos veces de nodriza, que le pudieron los celos al advertir la preferencia del niño por su ama de cría que, fuera quien fuera y de donde fuera, le conectó con el mundo, con los valores humanos. Conocedores de la historia familiar tachan a Vicenta Lorca de «insensible y egoísta».”

Y, por otro lado, ¿la historiografía no ha reservado ni siquiera un nombre para la mujer que lo amamantó? ¿Y por qué el propio Lorca tampoco habla de ella? Misterios y silencios en un ovillo de relaciones rotas, recompuestas y recreadas.

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

cigarreras

Sobre los derechos de lactancia y el cuadro de “Las cigarreras”, texto tomado de www1.museo.depo.es/pdfarticulos/Cigarreras.pdf‎:

“Las cigarreras solían comenzar en el trabajo en torno a los 13 años y no existía un límite de edad para la jubilación. A principios del siglo XX cobraban un salario de 2 pesetas diarias, lo que suponía menos de la mitad de un jornal masculino, pero que permitía a estas mujeres ser independientes y mantener o colaborar al mantenimiento de sus familias. Además, las que eran madres, y muchas de ellas lo eran y solteras, estaban autorizadas a llevar con ellas a sus bebés para darles el pecho y podían tener a su lado en el taller a los niños en cunas que la propia fábrica les facilitaba, lo que permitía que sin dejar de liar los cigarros pudiesen mecer con el pie las camitas, con lo que las sufridas operarias compartían su trabajo con las obligaciones maternas.
Son tiempos en los que los trabajadores no tienen más derecho que el salario que cobran, no existe ningún tipo de atención social por parte del Estado, no hay seguro de enfermedad, alumbramiento, viudedad, orfandad o incapacidad y tampoco pensiones de jubilación. En este difícil ambiente las cigarreras, sin embargo, logran constituir como colectivo una asociación de tipo benéfico, una hermandad de socorro, aún sin carácter sindical, en la que a través de un fondo común se pagaban los subsidios por enfermedad, los días de baja por maternidad y la asistencia a las ancianas que ya no podían realizar su labor. Estas mujeres, estimadas y admiradas por su duro trabajo, adquieren fuerza y, conscientes de su cualificación, serán reivindicativas, documentándose entre 1905-1916, aunque con escasos resultados, varios conflictos en los que las trabajadoras reclaman derechos elementales como la equiparación del salario con los varones, la jornada laboral de ocho horas o la regulación de los despidos, reivindicaciones que llevarán incluso a la convocatoria de grandes huelgas en el período comprendido entre 1918 y 1921″.

(…)

“Refleja aquí su preocupación por el tema de la lactancia, un asunto que el pintor conocía bien a través de su hermana menor, Flora Bilbao de Rebolledo, quien formaba parte de la junta de damas protectoras del consultorio de niños de pecho de Sevilla, una institución reivindicativa con los derechos de las trabajadoras, cuyo director, ya en 1909, pedía a los responsables de la fábrica que les concediesen una jornada dividida en dos tiempos para amamantar a los niños. Hay que tener en cuenta que hasta 1923 el derecho laboral español no establecerá con carácter general la suspensión del contrato de la mujer, con reserva del puesto de trabajo, durante un plazo de seis semanas después del parto y la norma por la que, durante el período de lactancia, las mujeres tendrán derecho dentro de la jornada laboral a una hora diaria, dividida en dos períodos de treinta minutos, para atender a la alimentación de sus pequeños.”

Y tomado de “Feminismos y antifeminismos: Culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX”:

La relación de las mujeres trabajadoras y la maternidad adquiría especial relieve en el caso de las cigarreras, teniendo en cuenta que en algunas de las fábricas estaba muy arraigada la costumbre de que acudieran al trabajo con sus hijos, depositados en cajones cuando eran muy pequeños mientras las madres los mecían y realizaban sus labores. Se consideraba que la nocividad del ambiente fabril no sólo les afectaba a ellas, sino que eran los propios niños y niñas quienes sufrían. Para paliar los efectos de estas prácticas se fundaron varios asilos que tenían por objeto recoger a estas criaturas “cuidarlas y prestarles con mucho cariño y esmero una caritativa asistencia durante las horas en que sus madres estén en sus trabajos”. Evidentemente en una sociedad que estigmatizaba el trabajo femenino el asilo no se concibe como un servicio para la mujer trabajadora. En sus reglamentos destaca la rigidez y la culpabilización de las madres porque no son capaces de desempeñar sus funciones correctamente. En la admisión de los niños y niñas tenían preferencia los de “legítimo matrimonio” sobre los naturales y especialmente sobre los ilegítimos. Las uniones ilegítimas eran consideradas como un atentado directo al orden social, por tanto se asociaban automáticamente con ambientes marginales e incluso con la prostitución”. Además estos reglamentos estipulaban un horario de lactancia que obligaba a las madres a “dar el pecho a sus hijos a las horas que se les marquen” sin “pasar de la antesala, donde les serán entregados” y procurando “detenerse el menor tiempo posible”.”

La verdad es que después de leer el libro de Asunción Díez sobre la familia campesina asturiana es llamativo el retroceso, ya que en la realidad que describe ese libro no había moral victoriana alguna sobre la ilegitimidad o la legitimidad de los hijos. Es llamativo también el primer texto en el que la alta sociedad es la que por un lado explota a las madres y, por otro, reivindica los derechos de lactancia.

Esta es otra visión de las cigarreras, la que hace Edmundo D’Amicis de la fábrica de tabacos de Sevilla (La España, 1875):

“Se les paga en razón del trabajo que hacen: las más hábiles ganan tres pesetas al día (…) Las madres trabajan, columpiando con una cuerda la cuna de sus hijos. De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de picadura, y por todas partes se ven sayas de colores vivos, trenzas negras y ojazos inmensos.¡Cuántas historias de amor, de celos, de abandonos y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!””

Y Emilia Pardo Bazán describe en uno de sus libros, La Tribuna, la manufactura de cigarrillos de Marineda (nombre literario de A Coruña en las novelas de esta autora). Lo que describe aquí poco tiene que ver con el cuadro de Gonzalo Bilbao:

“Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda; apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, arrebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas que quedan confiadas al cuidado de una vecina; en el recién nacido, que llorará por mamar, mientras a la madre le revientan los pechos de leche… Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse.”

Con esa tremenda frase en negrita me despido, con el corazón encogido por una descripción tan gráfica de la simbiosis que se establece entre una madre lactante y su bebé, y las interferencias de un trabajo y un sistema que ponía y pone todo tan difícil…

Todo o nada.

A gustito en un fular.

Fulardeando…

O tienes portabebé o carrito…

O usas pañales de tela o desechables…

Creo que hay muchos padres que les gustaría utilizar pañales de tela pero piensan que es algo de “todo o nada”. Nada más lejos de la realidad. Se puede probar con unos pocos pañales y si no gustan en un primer momento siempre se pueden usar en la etapa de enseñar a usar el orinal como transición a la ropa interior. También se pueden utilizar 3 pañales lavables al día y cuando ya se han mojado todos continuar con desechables hasta el día siguiente. Otra opción es utilizar de tela en casa o de día y de usar y tirar para salir y para las noches. Hay miles de combinaciones posibles. Y, de hecho, no sería raro que después de probar unos pocos y una introducción gradual, las familias se lanzaran a usar más y más hasta independizarse de los desechables. Pero si piensan que es algo de “todo o nada” nunca lo probarán…

Con el porteo pasa un poco lo mismo. A pesar de que hay gente que usa solamente portabebés y no ha usado carrito nunca, también hay muchas familias que ven útiles ambas formas de llevar a su bebé en diferentes momentos y edades del bebé. Es mi caso, siempre me ha encantado portear pero también le he visto muchísima utilidad a los carritos. Por ejemplo, cuando voy a comer por ahí y sé que se va a echar la siesta, o ahora que voy a clases de danza africana y se queda dormido ahí durante casi toda la clase, cuando he ido al médico a que me hicieran una prueba o al dentista y él se ha quedado ahí sentado mirando…

Desde un punto de vista práctico y sin hablar de las sensaciones agradables intrínsecas a portear (mmmmm…), el porteo tiene la ventaja de que evita y sortea las barreras arquitectónicas propias de las ciudades, no es nada aparatoso y permite tener las manos libres. Pero ni tienes por qué portear todo el tiempo ni tienes por qué usar carrito durante los primeros años de tu bebé. Y, desde luego, un bebé no es el mismo con tres meses que con dos años. Con tres meses su necesidad de brazos es infinitamente mayor a la que tiene un niño como mi hijo (19 meses), un terremoto andante, corredor y danzante allá donde va.

El porteo y los pañales de tela no excluyen otras posibilidades. A pesar de que hay gente que vive muy bien sin carrito, ni cuna ni han usado un pañal de usar y tirar durante toda la infancia de sus hijos, creo que hay situaciones y momentos para todo en este mundo urbano en el que nos ha tocado vivir. Cada familia tiene que encontrar lo que le venga bien cada día, cada momento, cada etapa.

Lo mismo pasa con las cunas o los purés. El colecho no es una imposición, es algo que viene de forma natural para dormir todos mejor. El que un bebé coma a trocitos en las comidas no excluye que también coma purés. O al revés.

Respiremos, relajémonos, disfrutemos, probemos, equivoquémonos. Fuera etiquetas, fuera ataduras, fuera límites. La crianza es una forma de amor y el amor no tiene adjetivos, es amor a secas.

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Carrito heredado…  🙂

Más allá del parque – #2 – La Inclusa de Madrid

Después de convertinos en viajeros por nuestra propia ciudad en otro post, en nuestra siguiente ruta he querido buscar lo que pudo dejar a su paso la Inclusa de Madrid. ¿Quedaban algo de los distintos edificios donde tantos niños abandonados vivieron y murieron? Como la historia de la Inclusa es tan extensa que la ruta la hemos tenido que hacer en varios días y de diferentes formas: caminando, en portabebé, en carrito, en brazos, en bandolera, en metro y en autobús. Para buscar la información, el principal documento en el que me he apoyado ha sido este, de la Asociación Española de Pediatría, pero si os interesa el tema, hay más bibliografía al final.

Lo primero que habría que explicar es el extraño nombre de “la Inclusa”. Pues bien, es una adaptación a la madrileña de una localidad holandesa que en algunas fuentes es Enckuissen y en otros es la isla de Esclusa (L’Écluse). Según cuenta el Dr. José Ignacio de Arana, “Al conquistarla los españoles, un soldado encontró en una iglesia profanada un cuadro de la Virgen de la Paz rodeada de ángeles y con un niño a sus pies y decidió unirla a su escueto equipaje militar.” Y con un cuadro se trajo el nombre del orfanato madrileño.

La Inclusa de Madrid estuvo en los siguiente lugares a través de los siglos:

– 1579-1801: Desde su creación por la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y las Angustias la Inclusa estaría en la Puerta del Sol, entre la calle de Preciados y la del Carmen.

– 1801-1804: Edificio de la “Galera Vieja”: calle del Soldado, hoy calle de Barbieri. He intentado investigar si existe el edificio todavía o en qué número estaba pero no lo he conseguido por internet. Quizás lo mejor sea ir un día y preguntar a los vecinos más viejos de la calle, a ver si saben algo.

– 1804-1807: Se mudan a otro edificio en la Calle Libertad, en el mismo barrio.

– 1807-1929: La Inclusa se instala en el ya existente Colegio La Paz en la Calle Embajadores dedicado a recoger “mujeres y niñas menesterosas”. Otras fuentes dicen que se traslada a Mesón de Paredes pero que estaba pared con pared y conectada con el Colegio La Paz de Embajadores. Según se puede leer en “Madrid, villa y corte: calles y plazas Volumen 2” ahí estudiaban las huérfanas que salían de la Inclusa. El colegio había sido fundado por la Duquesa de Feria, Ana Fernández de Córdoba, en 1679.

En el número 66 de Mesón de Paredes, hoy la plaza que hay al lado del Mercado y Las Escuelas Pías, estaba la Inclusa y el Hospital de Maternidad.

 

1910. Calle de Embajadores. La Inclusa y el Colegio de la Paz

Foto tomada del flickr de nicolas1056

El mismo lugar de la calle Embajadores donde estaba el Colegio La Paz hoy en día. Travesía de los Cabestreros. A la misma altura pero en Mesón de Paredes estaba la Inclusa (los dos edificios estaban comunicados).

1900. Niñas del Colegio de la Paz

1900. Niñas del Colegio de la Paz. Tomada del flickr de nicolas1056.

1905. Amas de cria de la Inclusa

1905. Amas de cria de la Inclusa

– O’Donnell. “En el año 1929 la Diputación Provincial de Madrid, de la que dependen los organismos de Beneficencia, dispone la construcción de un edificio totalmente nuevo para alojar la Inclusa. La elección del sitio no es aleatoria. Se trata de un amplio terreno en la entonces alejada calle de O’Donnell, propiedad de la Junta de Damas que regía la institución y donde muy poco después se construiría la Maternidad Provincial”:

La Inclusa en su parte opuesta a la calle O’Donnell.

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Nosotros frente al edificio que albergó la Inclusa en O’Donnell, lo que se llamó Instituto Provincial de Puericultura.

“Se trata de dos relieves, de preciosa cerámica, representando a dos recién nacidos fajados, imitación exacta de los que adornan la fachada del Hospital de los Inocentes de Florencia y que en el siglo XV modeló el artista del Renacimiento Andrea della Robia. La Inclusa perdió ese nombre para pasar a llamarse Instituto Provincial de Puericultura aunque siguió manteniendo sus funciones”.

Niño enfajado en la entrada principal del Instituto Provincial de Puericultura

El original en el que se inspiraron los arquitectos constructores de la Inclusa de O’Donnell: El Spedale degli Innocenti de Florencia, un orfanato del siglo XV.

Logo de la Asociación Americana de Pediatría y Brasileña: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0370-41062008000200010&script=sci_arttext

Intenté entrar con mi hijo en el edificio de la calle O’Donnell pero los guardias civiles de la entrada principal me lo prohibieron. De nada sirvió que explicara que era una visita breve de carácter histórico y que no pretendía molestar a los funcionarios que allí trabajaban. Al final conseguí que me dejaran hacer una única foto de una parte de las instalaciones abierta al público para trámites burocráticos. Creo que es un ejemplo más de cómo se nos margina a la gente de a pie de las instituciones supuestamente públicas, mucho más si vas con un “peligroso” niño. Todo está prohibido por no se sabe qué o por no se sabe quién, algún superior en la escala jerárquica, quizás… Pero diciendo esto no quiero hacerme la víctima. Nosotros tenemos un rato de libertad para estar juntos, aprender y viajar por la ciudad. ¡Y eso ellos se lo pierden y ni siquiera saben lo que es!

Interior del edificio hoy en día.

Las fotos de la Inclusa de O’Donnell me provocan una profunda tristeza. Cientos de bebés aislados en cunitas durante horas, días, meses, años… en los momentos de su vida cuando más necesitan el cariño, el contacto físico y el amor. Me imagino que mi hijo fuera uno de ellos y me muero de pena, con la necesidad de brazos y abrazos que tenía cuando nació… Pero, claro, si no estuvieran en esas cunas frías, ¿dónde estarían? ¿Cuál hubiese sido su destino?

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Esta imagen es enigmática. ¿Qué quiere decir “dormitorio de destetes”? ¿Cómo les destetaban? ¿Lo llamaban así porque era una fase delimitada concreta o era una forma de referirse a la edad? Otra habitación triste.

La Junta de Damas de Honor y Mérito y la Inclusa:

El papel de esta organización merece un análisis separado. Se trata de una institución creada por Carlos III de caridad y beneficiencia formada por mujeres aristocráticas. Su andadura comienza en 1787 y dura hasta la actualidad. La historia de su creación no deja de ser curiosa: dos mujeres fueron admitidas en la a Real Sociedad Económica Matritense y se creó tanto revuelo que las crearon una Junta a la medida, una Junta de Damas.

¿Por qué unas mujeres privilegiadas por el orden social se ocupaban de los niños abandonados de las clases pobres urbanas? Y es que la caridad, al contrario de la solidaridad y el apoyo mutuo, siempre es ejercida desde arriba, desde el poder, desde los palacios lujosos y el derroche. La pregunta quizás debería ser otra: ¿Por qué las mujeres pobres abandonaban a sus hijos? ¿Por qué no los críaban ellas mismas? ¿Existían las circunstancias que lo hacían posible? ¿Era mejor la situación en el pueblo que en la ciudad?

María Josefa Pimentel y Téllez, Duquesa de Osuna, pintada por Goya. Fue Presidenta de la Junta de Damas.

Del blog Retratos de la Historia: “También intervino en el asunto de la Real Inclusa de Madrid, cuya situación era por lo menos trágica: la inexistencia de higiene y el desbordamiento de las nodrizas al encontrarse al cargo de muchos bebés, causaban mucha mortandad infantil. Carlos IV se resistió al principio pero, al cabo de casi 7 años, acabó entregando la dirección de la inclusa a la Junta de Damas (13 de septiembre de 1799). Ese mismo año, el índice de mortandad infantil era de un 96%… En 1800 y tras doce meses de hacerse cargo la Junta de la Real Inclusa, la mortalidad se había reducido hasta un 46% y, en 1801, al 36% lo que probaba holgadamente la eficacia e inteligencia de esas damas al frente de la institución cuando asumieron su gerencia y dirección a finales de 1799.”

Si esto es cierto es sin duda una noticia positiva pero, claro, hay que contextualizarla. Estas damas tan filantrópicas vivían de lo trabajado por otros, los jornaleros que trabajaban sus tierras. La Duquesa de Osuna, por ejemplo, se construyó, siguiendo el ejemplo de María Antonieta, la Casa de la Vieja en El Capricho para poder jugar a las campesinas. Dentro de esa realidad hay que contextualizar su caridad: primero os exploto y después os soluciono los problemas que el mismo orden social ha creado.

La nobleza ilustrada española necesitaba mano de obra para la manufactura que comenzaba a desarrollarse. Los déspotas apoyaban políticas poblacionistas con incentivos a las familias numerosas, acogiendo inmigrantes extranjeros católicos y “haciendo de la salud y la enfermedad problemas políticos que demandaban una gestión pública”. Es decir detrás de la caridad estaba el interés en enriquecerse con el trabajo ajeno y acumular todavía más poder.

La creación de hospicios es parte de este proceso y de la política poblacionista del Estado, es decir, hacía faltan trabajadores y había que eliminar la pobreza para evitar la “delincuencia” política y social.

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Ahora el Colegio La Paz de O’Donnell es una residencia de ancianos.

El Colegio La Paz se mudó también de Embajadores a O’Donnell y ahora es una residencia de ancianos a la que tampoco nos dejaron entrar. Supongo que todo el mundo sabe lo peligrosos que pueden ser una mamá y un bebé en un edificio lleno de abueletes. Cualquier contacto intergeneracional puede ser hasta subversivo…

– Años 70: traslado del Instituto, a su actual ubicación del Colegio de San Fernando, en la carretera de Colmenar Viejo, y volvió a cambiar de nombre, ahora por el de Casa de los Niños.

Las nodrizas.

Uno de los temas más interesantes cuando uno lee sobre la Inclusa es el de las nodrizas o amas de cría. Se les pedían los siguientes requisitos: “salud contrastada, que fueran robustas, jóvenes, madres de más de un hijo y de menos de seis para garantizar la riqueza de la leche, que no hubiesen abortado, que sus senos fueran anchos y de pezones prominentes, que no tuvieran mal olor de aliento y hasta que sus propios hijos hubiesen sido concebidos dentro de un matrimonio legítimo y cristiano”. Sin embargo, la realidad es que contrataban a casi cualquier mujer que estuviera dispuesta a ello, incluso aunque estuviera enferma.

En la Inclusa la lactancia duraba hasta los 18 meses y la crianza era hasta los 7 años. Las nodrizas medievales de las que habla Cira Crespo en Maternalias amamantaban hasta los 2 años o 2 años y medio.

Había niños que eran amamantados en la Inclusa y otros que se iban a vivir al campo con su nodriza. Según el Dr. Arana Amurrio: “La lactancia, si faltaba la leche humana se hacía a base de leche de burra, la más parecida a la humana en sus cualidades alimenticias, o de cabra”. Como vemos, todavía no se utilizaba leche de vaca. Es terrible decirlo pero no había nodrizas para todos los niños. Cuando un bebé llegaba se le asignaba o nodriza o iba al Dpto. de Biberón. Si no tenía la suerte de ser amamantado tenía todas las papeletas para morir, era pues casi una condena de muerte en esa época. Este tema está muy desarrollado en la tesis doctoral sobre la Inclusa.

Si nos atenemos al estudio publicado por la AEPED, las nodrizas del campo no quedan muy bien paradas: que si les daban adormidera para que estuvieran tranquilitos, que si no les alimentaban bien, que si se les moría el niño ocultaban la muerte para seguir cobrando… ¿Sería esto de verdad así? No sé por qué pero no puedo evitar pensar que la historia de estas mujeres viene filtrada por los expertos, los doctores y los Ilustrados, siempre tan dados a denostar todas las tareas de las mujeres del pueblo. Supongo que habría casos así, pero no me parece justo generalizar. De hecho, muchas de estas mujeres terminaban adoptando a los niños, supongo que gracias al vínculo profundo de la convivencia con los bebés y de la lactancia.

Después, al cumplir 7 años y hasta los 14 años, se les mandaba a aprender un oficio. Las niñas iban al Colegio La Paz (Embajadores y después O’Donnell) y los niños iban o al Hospital de los Desamparados (hoy el Museo Cervantino de la Calle Atocha, 87) o al Hospicio (hoy Museo Municipal en la calle de Fuencarral cerca del metro de Tribunal):

Museo Cervantino

En el Museo Municipal de Madrid, cerca del Metro de Tribunal.

Una subversiva señora subió a mi hijo a su “andador” en nuestra visita al Museo Municipal de Madrid.

En el resumen histórico del Dr. Arana falta algo y es una ausencia muy gorda: los niños robados. Ahora sabemos que muchas adopciones desde la guerra hasta los años 90 fueron irregulares o ilegales, con tintes políticos, religiosos o directamente mafiosos. Por ejemplo, está el caso de Agustina, madre soltera que vivió y trabajó en la Inclusa, fue hospitalizada porque se le abrió la cesárea y al volver la dijeron que su hija había muerto. Historias tan terroríficas como esta están hoy en día en los tribunales:

Presentación Anadir from Anadir.es on Vimeo.

Y así se acaba nuestro “Más allá del parque #2”. Ha costado terminarlo pero aquí está el post, dedicado a todos los niños madrileños abandonados, tanto los que sobrevivieron como los que murieron. También está dedicado a los niños robados que luchan hoy por encontrar a sus padres biológicos.

Después de todas estas excursiones y viajes en el tiempo volvemos a casa:

¡A casa!

Si queréis profundizar os dejo documentación:

http://eprints.ucm.es/13772/1/T33310.pdf

http://descargas.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01593296435693984122257/022401.pdf

http://www.bibliotecavirtualmadrid.org/bvmadrid_publicacion/i18n/catalogo_imagenes/imagen.cmd?path=1026440&posicion=3

http://www.bibliotecavirtualmadrid.org/bvmadrid_publicacion/i18n/catalogo_imagenes/imagen.cmd?path=1057579&posicion=4

http://lamemoriaviva.files.wordpress.com/2008/11/inclusas6.pdf

http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1983/02/21/022.html

http://www.flickr.com/photos/nicolas1056/5918497523/

http://yomisma-nikyta-wwwnikyta-rosi.blogspot.com.es/search/label/Video%20HISTORIA%20DE%20CIUDAD%20ESCOLAR