La crianza a distancia

“Es entre los cero y los tres años cuando todo se gesta, por lo que los profesionales de las guarderías deberían estar muy bien formados y muy bien pagados. Pero existe un paradigma muy presente desde hace casi cien años, e inventado por los anglosajones, el de la crianza a distancia.” Evânia Reichert en Mente Sana.

Foto tomada de la web madrid.org

No me extiendo demasiado esta vez, ya lo desarrollé aquí. No son “los anglosajones” en general los que crearon lo que denomina “crianza a distancia”. Esas personas tienen nombres y apellidos y se llaman el pediatra Luther Emmett Holt y el conductista John B. Watson, los dos pagados con dinero de la familia Rockefeller (banca, petróleo, etc…) para divulgar estas ideas que venían demasiado bien para los negocios y la sociedad-granja que se estaba forjando.

Pero también me gustaría matizar que los tres primeros años son vitales pero no lo son todo. Los bebés no están adaptados para este tipo de crianza fría y solitaria, mecánica e industrial, pero tampoco lo están los niños más mayores, los adolescentes, las mujeres y hombres adultos, los ancianos. El ser humano no está adaptado para vivir en este ambiente y de ahí las llamadas “enfermedades de la civilización“. Se ha reducido la mortalidad natural pero se ha pagado el precio de tener que vivir una vida de animal domado y domesticado. Centrarse solamente en el parto y los primeros tres años y no centrarse en la vida artificial y solitaria que lleva la madre y el padre que cría y, además, trabaja fuera de casa, es volver a manipular el debate ocultando la complejidad del problema al que nos enfrentamos como especie.

El entorno modela nuestra forma de criar. Por ejemplo, los niños reciben límites artificiales, como la prohibición de correr, algo vital para ellos, porque viven en ciudades llenas de coches y peligros de atropellamientos. Esto modela su caracter y muestra su falta de libertad. Y los padres nos vemos forzados a ser colaboradores de ello, aún sabiendo que necesitan espacio para moverse y estar en contacto con la Naturaleza. Pero vivimos en ciudades inhabitables y somos quienes les gritamos: “¡Ten cuidado!” “¡De la manita por la calle!” “¡Párate antes de cruzar para mirar si vienen coches!”

La crianza de una madre y un bebé solos en casa los primeros 4 meses o incluso los tres primeros años de vida también es antinatural (y lo sigue siendo aunque se cambie a la madre por el padre). El cuidado siempre ha estado repartido y había más personas en casa o en los patios de vecinos para que la madre pudiera socializar, hablar con otros adultos, echarse una siesta y demás. Pero, claro, aquí viene el siguiente problema. ¡Nos han robado a los niños y a los adolescentes! Ellos son unos de los principales cuidadores y compañeros de juego naturales cuando la madre no está o está haciendo otra cosa. Los niños porteaban y cuidaban a otros niños más pequeños y se los llevaban a su madre si lloraban o querían teta. Ahora esto es imposible porque los niños mayores están enjaulados y encerrados hasta los 16 años o más. No se permite a los adolescentes que cuiden, tienen que perder el tiempo, encerrados y aburridos, en los colegios e institutos de educación secundaria. Esto también es antinatural y forma parte de todo ese entramado que provoca que nuestra civilización se esté yendo a pique (o quizás es que simplemente la civilización es lo que es y su propia esencia es la autodestrucción sobrepasados ciertos umbrales).

La gente no está donde debería estar, que es el verdadero sentido de la alienación. No está con los suyos, está “a otra cosa”, supuestamente más importante y que no lo es. Tampoco está en el lugar donde mejor está adaptado para vivir, está “en otro sitio”, supuestamente mejor.

Y después, cuando se habla de las necesidades básicas de los bebés se sigue sin hablar de las de los adultos, que también existen y están íntimamente relacionadas con las de los primeros. “No se trata de volver al paleolítico”, dice María Berrozpe, pero lo cierto es que no se puede cambiar una parte sin cambiar el todo, porque las cosas están integradas y relacionadas. Las madres y padres que aplican el método Estivill lo hacen impulsados, no solo de ideologías teóricas, sino de condiciones materiales que las hacen posibles. La ruptura en la transmisión de los saberes en torno a los cuidados junto con la falta de sueño y descanso gracias al trabajo industrial y sus horarios provocan que todo este desaguisado lo pague el más débil y el que no puede defenderse. Es curioso, por eso, que no exista el “método siesta” para los adultos y que no haya vendido millones de libros como sí lo hicieron los de Holt o Estivill. Pero, claro, ese hipotético método no puede existir, porque no se dan las circunstancias materiales en el entorno para que los adultos puedan descansar y reponerse y, por tanto, puedan adaptarse al ritmo del sueño del bebé. Incluso durante el permiso maternal la madre, cuando el bebé se duerme, no se echa con él, tiene que hacer todo lo que no puede hacer cuando está el bebé despierto, y el cansancio se acumula. Los adultos que trabajan fuera de casa no están tampoco adaptados para pasar ocho horas frente a una pantalla de ordenador, ni para estar tantas horas sentados, ni para realizar una única tarea de forma mecánica.

Todos estos cambios sociales que nos alejaron del campo y de una vida más adaptada a nuestra biología, en contacto con la belleza de la Naturaleza, con la necesaria libertad para madurar como personas sanas, la capacidad para construir nuestra autoestima al hacer nosotros mismos las cosas y demás, todo eso se fue al garete por un cúmulo de decisiones políticas a lo largo del tiempo. Antes vino la Ilustración y su idea de progreso que, ahora resulta, que es profundamente contaminante y ecocida. Después, ya en el siglo XX, la dictadura de Primo de Rivera y, más tarde, la II República y su visión de la gente del campo como de personas atrasadas que había que culturizar y domar, alfabetizar y enseñar a hacer cómo se tenían que hacer las cosas. Después vino el golpe de Estado de Franco y la Guerra Civil (recordemos que el avión que trajo a Franco, el Dragon Rapide, sale de Londres con dinero de Juan March y en su intermediación hubo agentes del MI6) y, para terminar, el Plan de Estabilización de 1959, redactado por tecnócratas del Opus Dei  y con la aprobación de diversos organismos internacionales. En cuanto a la financiación de este último proyecto, “se contaría con la financiación del FMI, la OCEC, el gobierno de los EEUU (en total 175 millones de dólares) y los créditos de la banca privada norteamericana como reserva”.

Si miras tu árbol genealógico verás que, cuanto más alto te remontas, el mundo rural está ahí por todas las ramas de tu linaje. Venimos del pueblo y hemos terminado en la ciudad, con familias fragmentadas por toda la geografía urbana e incluso del mundo, con niños y adolescentes encerrados por obligación en edificios durante horas, con adultos agotados con trabajos no adaptados al ser humano sino a la máquina, y sin haber convivido con un bebé real hasta su primer hijo.

Las llamadas de sirena de los nuevos sectores industriales, sus salarios y la modernidad hicieron que nuestros abuelos aceptaran dejar atrás el campo para meterse en pisos horribles y pequeños de los extrarradios de Madrid, Barcelona y otras ciudades. Ahora, cada vez que veo uno de esos gigantescos bloques de pisos, de diez u once plantas, en los que yo misma me crié, pienso que en cada uno de ellos cabe todo un pueblo en vertical. Progresamos, sí, del campo a la granja humana, de nuevo el eterno gran debate entre la libertad y la seguridad.

*Se podría mencionar también al médico neozelandés Truby King pero este simplemente copia y repite lo dicho por Holt. Ver pg. 9 (31 del libro) de este pdf: “Truby King in Australia”

Relacionado:

Las migraciones internas durante el franquismo y sus efectos sociales: el caso de Barcelona, por Francisco Andrés Burbano Trimiño, pg. 24 (“no fue tanto la modernización del campo lo que propició la emigración, sino la emigración la que propicio su modernización. Un salario sensiblemente más elevado en el sector industrial unido a unos salarios de miseria en el campo, y a un paro encubierto muy extendido, llevó a grandes masas de población a abandonar el sector agrícola”).
– Artículo de William Engdahl en el que se habla de la Revolución Verde

 

Actualización a 11/07/2017:

Además de todo lo dicho en el post, he encontrado de nuevo un enunciado parecido, esta vez por parte de Carlos González que habla de “cultura occidental” en la revista Madresfera de mayo de 2017 (pg. 39): “Pero la cultura occidental del siglo XX consiguió cambiar totalmente la lactancia y casi destruirla, a base de poner reglas y horarios, situarla bajo el control de los médicos, y romper la cadena de transmisión de conocimientos prácticos entre madre e hija”. ¿Por qué en lugar de hablar de “cultura occidental no le pone nombre y apellidos a esas medidas biopolíticas que tienen un origen de transmisión jerárquico muy claro, una vez que nos damos cuenta de que Luther Emmett Holt, el “pediatra Rockefeller” fue presidente en dos ocasiones de la Asociación de Pediatría de EEUU. Pero, claro, Luther Emmett Holt no es la “cultura occidental” en su totalidad.

Tampoco fue “la cultura occidental” la que rompió la cadena de transmisión de conocimientos prácticos entre madres e hijas, fue la nueva cultura del trabajo asalariado impuesta por los capitalistas y la industrialización. Pero, claro, el capitalismo y la industrialización no son la “cultura occidental” en su totalidad.
Ver artículos:

Fragmentos de “El Cerebro Femenino” de Louann Brizendine

Hace una semana terminé el libro de la neuropsiquiatra Louanne Brizendine titulado “El Cerebro Femenino” y me gustaría compartir aquí lo que me ha parecido más interesante, relacionado con la temática de los últimos posts. Desde una perspectiva biocultural creo que es importante tomar todo tipo de perspectivas para comprender los fenómenos de forma global: antropológicas, biológicas, psicológicas, históricas, sociales, evolutivas… Y, como ella misma explica en la entrevista que le hizo Eduard Punset: “El debate sobre lo innato y lo adquirido está muerto: ambos son en realidad lo mismo.”

Cuanto más leo sobre estos temas más me doy cuenta de que la biología se ve influenciada por la cultura y el medio, y la cultura y lo que llamamos “psicológico” se ve influenciado por lo biológico. O directamente es lo mismo y en realidad la diferencia de conceptos es creada por nuestra mente en compartimentos estancos para poder asimilarla mejor. Todo esto cobrará un especial cariz cuando escriba mi reseña sobre el libro de la filósofa Judith Butler “El género en disputa”, si no me pongo de parto antes… Mientras tanto, si eres de esas personas que piensan que “todo es cultural” y que cualquier referencia biológica es “esencialismo” o “naturalismo” estas citas te rechinarán muchísimo. Te propongo dejarte llevar e intentar salir de la zona de confort mental que te brindan tus prejuicios ideológicos sin necesidad de abrazar nuevos dogmas.

El libro de Louann Brizendine es un libro de divulgación por eso en ocasiones parece estereotipado y simplón. Como crítica también me resulta chocante y desagradable una visión de la salud de la mujer que cree que la solución a los conflictos bioculturales se solucionan medicalizando con hormonas sintéticas todos sus procesos fisiológicos y diferentes conflictos vitales: que tienes falta de deseo en la menopausia, pues ella te receta un poquito de testosterona; que la llevas mal, pues un poquito de terapia sustitutiva de estrógeno. Por cierto, para la gente que le pareció muy subversivo el libro de Beatriz Preciado “Testo Yonqui” aquí verán que la administración de testosterona esta mujer se la receta sin problema a las amas de casa que visitan su consulta. Medicalizar la vida de forma innecesaria no es subversivo, es totalmente prosistema.

Otra crítica que me parece que habría que realizar a su libro es que a veces utiliza argumentos evolutivos que creo que de tan generales y básicos no se acercan a la realidad. Por ejemplo: “en la vida salvaje, la pérdida de relación con un macho protector y proveedor podría haber significado la ruina”. Por ejemplo, en una sociedad de cazadores-recolectoras como la de la cultura Kung! las mujeres pueden perfectamente separarse de sus maridos y volver con sus familiares. Los vínculos sociales son tan fuertes que no existe la “ruina” de la que habla Brizendine, hay otras mujeres  y otros hombres con los que una mujer tiene relación (padres, hermanos, tíos, amantes…) que están dispuestos a ayudarla si lo necesita. Es lo que tiene la reciprocidad… No hay que irse muy lejos, antes de la industrialización en la sociedad rural ocurría lo mismo con la familia extensa. Por eso, hay que estar ojo avizor al leer el libro para darse cuenta de que muchas veces proyectamos nuestra cosmovisión actual en el análisis del pasado o de otras culturas.

Pg. 56, sobre la agresividad femenina y las tendencias a ejercer la violencia de formas diferentes: Durante la fase juvenil no todo es calma. Las niñas pequeñas no exhiben usualmente agresividad en forma de juegos rudos y violentos; no luchan ni se golpean a la manera de los niños. Por término medio, las niñas tienen más aptitudes sociales, empatía e inteligencia emocional que los chicos. Pero no os engañéis. Esto no significa que los cerebros de ellas no tengan circuitos adecuados para lograr todo lo que se proponen ni que no puedan volverse unas tiranuelas con tal de conseguir sus propósitos. ¿Cuáles son las metas que dicta el cerebro de una niña pequeña? Establecer relaciones, crear comunicación, organizar y orquestar un mundo de niña en cuyo centro se encuentre ella. En esto es donde se manifiesta la agresividad del cerebro femenino: protege lo que es importante para él, que siempre, inevitablemente, es la relación. La agresividad, con todo, puede repeler a otros, lo que socabaría los propósitos del cerebro femenino. De esta suerte, la niña anda por la delgada línea que separa el hecho de estar segura de que se halla en el centro de su mundo de relaciones y el de arriesgar el rechazo de esas relaciones.
(…)
La opinión social y científica sobre el buen comportamiento congénito de las niñas es un estereotipo erróneo surgido del contraste con los chicos. En comparación, ellas resultan perfumadas como rosas. Las mujeres no necesitan empujarse y, por tanto, parecen menos agresivas que los varones. Según todos los criterios, los hombres son, como promedio, veinte veces más agresivos que las mujeres, cosa que se confirma con una simple ojeada al sistema de prisiones. Casi iba a dejar sin mencionar la agresividad en este libro, después de haberme dejado arrullar por los cálidos circuitos cerebrales comunicativos y sociales de la mujer. Estaba a punto de dejarme engañar por la aversión femenina al conflicto, inclinándome a pensar que la agresión no forma parte de nuestro esquema. 

Comentario: por cierto, yo no estoy de acuerdo con ella en el tema de que las prisiones estén llenas de hombres. Dentro del paradigma actual de la “igualdad” es muy probable que esas cifras entre hombres y mujeres se igualen a lo alto, ya que las mujeres se verán sometidas a todos los rasgos culturales que influyen en las infracciones del código penal. Una cosa es reconocer que biológicamente somos diferentes y otra dejar sin reconocer que las leyes y las imposiciones del poder han sido diferentes para cada sexo y soportamos una herencia diferente. Por ejemplo: los hombres han hecho el servicio militar de forma obligatoria hasta hace muy poco y el ejército es una de las instituciones más destructivas de la sociedad. Promueve la violencia, el consumo de prostitución y drogas, el manejo de armas, la jerarquización, etc…

Pg. 73, donde se habla de redes sociales como protección frente a las amenazas y el estrés y necesidad básica de la crianza:

 “De todos modos, la conducta tipo “combate o fuga” puede no ser característica de todos los humanos. La profesora de psicología de la Universidad de California, en Los Ángeles, Shelley Taylor, arguye que ésta es con mayor probabilidad la respuesta “masculina” a la amenaza y al estrés.
Ambos sexos, sin duda, experimentan un intenso aflujo de sustancias neuroquímicas y hormonas cuando se encuentran sometidos a un estrés agudo; sustancias que los preparan para hacer frente a las demandas de una amenaza inminente. Este aflujo puede hacer que los varones salten a la acción; sus modos de agresión son más directos que los femeninos. Pero el combate puede no haber estado tan adaptado evolutivamente para las hembras como fue para los machos, porque las hembras tienen menos posibilidad de derrotar a los machos, más corpulentos. Incluso si estuvieran igualados en fuerza con sus oponentes, entrar en combate podría significar que un pequeño indefenso quedase abandonado y fuese vulnerable. En el cerebro femenino el circuito propio de la agresión está más íntimamente ligado a las funciones cognitivas, emocionales y verbales de lo que lo está el carril varonil de la agresión, que se halla más conectado con las áreas cerebrales de la acción física. 
En lo concerniente a la fuga, las hembras son menos aptas, en general, para escapar cuando están embarazadas, crían o cuidan de un niño vulnerable. La investigación ha establecido que las hembras de los mamíferos, sometidas a estrés raras veces abandonan a sus crías una vez que han formado lazos maternales. Como resultado, las hembras parecen disponer de algunas reacciones ante el estrés, además del “combate o fuga”, que les permiten protegerse a sí mismas y a las crías dependientes de ellas. Una de estas reacciones puede ser la de confiar en los lazos sociales. Las hembras de un grupo social fijo están más inclinadas a acudir a la ayuda recíproca en situaciones de amenaza o estrés. Las hembras pueden avisarse mutuamente dentro del grupo anticipando el conflicto, lo cual les permite alejarse del peligro potencial y continuar cuidando sin peligro a las crías dependientes. Esta norma de conducta se denomina “cuida y busca amistades” y puede constituir una estrategia particularmente femenina. Cuidar implica actividades de tutela que fomentan la seguridad y reducen la desgracia pra la hembra y su cría. Hacer amistades es la creación y conservación de redes sociales que puedan ayudar en este proceso”.

Sobre la necesidad de vínculos sociales, la alomaternidad y la crianza cooperativa me ha gustado este párrafo:

 Pg. 74:
“En ciertas especies de monos, por ejemplo, si un macho es desmedidamente agresivo con una hembra, las demás integrantes del grupo acudirán a hacerle frente, se plantarán hombro con hombro y lo ahuyentarán a fuerza de chillidos amenazadores. Estas redes de las hembras proporcionan también otros tipos de protección y apoyo. Muchas especies de hembras de primates velan y cuidan las crías de otras, comparten información acerca de dónde encontrar alimentos y crean normas de conducta maternal para que aprendan las hembras más jóvenes. La antropóloga de la Universidad de California, Joan Silk, encontró un vínculo directo entre el grado de conexión social de los babuinos hembras y su éxito en la reproducción. En su estudio, realizado a lo largo de dieciséis años, demostró que las madres más conectadas socialmente tenían mayor número de cachorros supervivientes y mayor éxito en la transmisión de sus genes.” 

Pg. 146, sobre la “agresividad maternal”:
“Para la madre humana, los adorables olores de la cabeza, la piel, el culito de su recién nacido, hacen brotar la leche del pecho; otros fluidos corporales que la han bañado durante los primeros pocos días quedarán químicamente implantados en su cerebro y podrá distinguir el olor de su bebé entre todos los demás con un 90% de precisión. Este proceso rige también para los llantos de su hijo y sus movimientos corporales. El tacto de la piel del bebé, el aspecto de los deditos de manos y pies, los breves llantos y gritos entrecortados quedan ya tatuados en el cerebro de la madre. En el plazo de horas o días, puede embargarla un abrumador afán de protección y se establece en ella la agresividad maternal. Su fuerza y resolución de cuidar a ese pequeño ser y de protegerlo se apoderan por completo de los circuitos cerebrales maternos. La madre siente que podría parar la marcha de un camión con su propio cuerpo para proteger al bebé. El cerebro se le ha modificado y junto con él, la realidad. Tal es quizás el cambio de la realidad más importante que ocurre en la vida de una mujer.”

El tema de la agresividad maternal me parece apasionante. ¿Por qué hay madres que pueden dejar llorar a su bebé de 7 meses para que “aprenda” que tiene que dormir porque nadie va a venir a rescatarle (método Ferber-Estivill y demás…)? ¿Acaso no se ha activado su agresividad maternal para proteger a la cría? Si lo conectamos con el tema de los vínculos y las alomadres quizás podamos entender que la soledad y criar en una jaula, un apartamento-zoo del siglo XXI, tiene mucho que ver. No hemos aprendido a maternar mirando como maternaban otras mujeres ni siendo alomadres de los niños de otras amigas y familiares.

Y sigue Brizendine en la pg. 156. De nuevo la importancia de maternar a la madre y de las alomadres que pueden sustituir a la madre para ayudarla a superar el estrés y romper el ciclo de la “maternidad desatenta”:

“Los investigadores han descubierto que si, por la razón que sea – demasiados niños, problemas económicos o profesiones- no es posible dedicar suficiente tiempo a los hijos, los vínculos entre las madres y los bebés son frágiles, cosa que puede afectar negativamente a los circuitos de confianza y seguridad de la prole. Además, las hembras “heredan” la conducta maternal de sus progenitoras, sea buena o mala, y la transmiten a sus hijas y nietas. Aun cuando el comportamiento en sí no puede ser transmitido genéticamente, la investigación reciente muestra que la capacidad de crianza en los mamíferos sí se transmite según un tipo de herencia que los científicos denominan ahora no genómico o “epigenético”, lo cual significa que está físicamente por encima de los genes. (…) La conducta maternal desatenta se transmite a lo largo de tres generaciones, a menos que ocurra algún cambio beneficioso en el ambiente antes de la pubertad.
Este hallazgo tiene enormes consecuencias, aunque sólo sea válido en parte para los humanos: cuanto mejor cuides a tu hija, mejor cuidará ella a tus nietos.

Pg. 181: “En vez de desencadenar una respuesta de acción rápida en el cerebro como ocurre entre los varones, la ira en las muchachas y las mujeres se traslada a través del sentido visceral de la mente, de la previsión de conflicto-dolor y de los circuitos verbales del cerebro. (…) Los científicos suponen que, aunque una mujer sea más lenta en actuar físicamente empujada por la cólera, una vez que se ponen en marcha sus circuitos verbales más rápidos, pueden desencadenar un aluvión de palabras insultantes que un hombre no puede igualar. Es una característica de los hombres usar menos palabras y tener menos fluidez verbal que las mujeres. Por eso pueden quedar en inferioridad si tienen acalorados intercambios de palabras con mujeres. Los circuitos cerebrales de los hombres y sus cuerpos pueden desembocar fácilmente en una expresión física de ira, estimulada por la frustración de no ser capaces de ponerse a la altura de las mujeres”.

Pg. 216, donde Louann Brizendine da en el clavo sobre algunas perspectivas del feminismo de la igualdad, pero también, aporta claves para contrarestar ese tipo de ideas supremacistas (creo que hay quien lo llama “hembrismo”) que consideran a la mujer ya no un ser igual sino superior o, al menos, que debe tener más “derechos” que el hombre a modo de “indemnización”, y que cree que la “masculinidad” debe ser eliminada. Por ejemplo, promover que los hombres asuman la “norma femenina” sería igual de nefasto que pretender que las mujeres asumamos la “norma masculina” de éxito social exigido por el sistema de poder.

“Hay quien desea que no existan diferencias entre hombres y mujeres. En la década de los setenta, en la Universidad de California, en Berkeley, la consigna entre las mujeres jóvenes era “unisex obligatorio”, lo cual significaba que parecía políticamente incorrecto mencionar siquiera la diferencia de sexos. Todavía quedan quienes creen que para que las mujeres logren la igualdad, la norma debe ser unisex. Sin embargo, la realidad biológica señala que no existe un cerebro unisex. Está arraigado el temor a la discriminación basada en la diferencia, y durante muchos años quedaron sin examinar científicamente las nociones acerca de las diferencias de los sexos por miedo a que las mujeres no pudieran reclamar la igualdad con los hombres. La pretensión, empero, de que mujeres y hombres son lo mismo, a la vez que perjudica a ambos daña, en definitiva a las mujeres. La perpetuación de la norma masculina mítica significa desconocer las diferencias biológicas reales de las mujeres en gravedad, vulnerabilidad y tratamiento de las enfermedades. También deja de lado las diferentes formas en que ellas procesan las ideas y, por ende, perciben lo que es importante.
Asumir la norma masculina significa también minusvalorar los poderosos recursos y talentos específicos del sexo que tiene el cerebro femenino.
(…)
Al escribir este libro me he enfrentado con dos voces en mi cabeza: una es la verdad científica; la otra, la corrección política. He optado por subrayar la verdad científica por encima de la corrección política, aun cuando las verdades científicas no sean siempre bien acogidas.

Minuto 9.14 de la entrevista de Eduard Punset a Louan Brizendine en Redes:

“Y eso que en mi generación, las feministas que estudiamos en los setenta en la Universidad de California, Berkeley, cuando teníamos 20 años decíamos que les daríamos a nuestros hijos juguetes sin marcas de sexo. Y que por lo menos nosotras las mujeres queríamos criar a niños que fueran más sensibles. Ese era nuestro objetivo. Por supuesto, cuando mi hijo tenía 4 años le di una Barbie, una de esas muñecas con las piernas tan largas. Pero le arrancaba las piernas y las usaba como lanzas en lugar de jugar con ella. Y los distintos juegos por sexos surgen en todas las culturas. En todos los lugares del mundo hay constancias de distintas conductas de juego en niños y niñas.”

Minuto 10.40. Ojo, porque habla de una investigación que incluye tortura animal:

“Una de las cosas que es importante recordar en , al eterno debate entre lo innato y lo adquirido es que en mi Universidad, la Univ. de California, San Francisco, hace unos 15 años Michael Merzenick hizo un experimento con cerebros de monos. Y descubrió cuáles eran las hormonas que controlaban el dedo índice, registró lo que sucedía con esas neuronas. Y luego extirpó el índice a algunos monos y en dos semanas las células de ese dedo ya estaban reasignadas y controlaban el dedo corazón. En dos semanas. (…) Sucede algo en el entorno, algún acontecimiento, sufrimos algún trauma o perdemos una extremidad o nos pasa algo malo o incluso nos sucede algo bueno, y el cerebro reasigna las células cerebrales. No nacemos sabiendo tocar el piano. (…) Lo adquirido se plasma en los circuitos cerebrales. El debate sobre lo innato y lo adquirido está por tanto muerto. Lo innato y lo adquirido son en realidad lo mismo. Toda la conducta procede del cerebro. Y el entorno, los cambios en lo adquirido, se codifican en realidad en las células del cerebro”. 

En definitiva, un libro muy recomendable e interesante si se hace, como siempre, separando el grano de la paja.

ACTUALIZACIÓN A  23/10/2015: Este estudio de Susan Jobling y Richard Owen sobre el impacto de la píldora anticonceptiva y el etilestradiol en los animales acuáticos fue publicado en Nature. Los costes de limpieza y depuración de los ríos son millonarios y se está debatiendo quién debería ser el responsable de pagarlos, si las farmaceúticas o los Estados. Recordemos que, por ejemplo, en España, la píldora está subvencionada por Sanidad. Este estudio viene al caso, ya que todas las terapias hormonales, como las que propone Brizendine, tienen efectos más allá de las personas que los usan al pasar al ecosistema.