La guerra del discurso

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Una amiga, mujer inteligente y valiente donde las haya, me ha prestado un libro titulado “Entender la guerra en el siglo XXI” de Federico Aznar Fernández-Montesinos y prologado por Carme Chacón. Tengo un bebé de 7 meses y justo ahora he agotado el permiso de maternidad, el permiso de lactancia, las vacaciones y los días de asuntos propios y vuelvo al trabajo asalariado. Tengo poco tiempo y lo tengo que utilizar bien. Así que, mientras mi pequeño destruye las construcciones de su hermano mayor, todavía dormido, quiero rescatar estos fragmentos de este libro.

Hay que recordar que nos encontramos en plena guerra fría contra la vida, la libertad, el amor, los vínculos profundos primarios (sobre todo el maternal) y por la instauración de una dictadura de control total, una dictadura donde todo lo importante y esencial, lo poco que quedaba ya que era gratuito y autogestionado, será de forma progresiva sustituido por transacciones de pago, estará mercantilizado y tendrá que pasar por la autoridad y la intervención de los expertos, los dominantes, los elegidos, los que saben mejor lo que es bueno para nosotros, los paternalistas, los estadistas, los empresarios, los banqueros, los jefes del Alto Estado Mayor de la Defensa.

Esta transición de modelo, quizás la última que vivirá la especie humana como tal, será en gran parte “vendida” ideológicamente al gran público consumidor (ya no hablaremos de “pueblo” o “pueblos” sino de “mercados” o “compradores potenciales”) como algo subversivo, algo transgresor, algo positivo y liberador que romperá con las ataduras del pasado que nos aprisionaban. Todo ello con el beneplácito de Estados y ejércitos, que aumentarán el número de actividades humanas que pueden ser susceptibles de ser tasadas impositivamente, y de la industria. Esto en parte es una conspiración, en el sentido de que sigue una estrategia comercial y militar, como la siguen las empresas a través del marketing o las campañas de publicidad (y nadie llama a los creativos publicitarios “conspiranoicos”) y en parte seguirá la lógica interna del propio capitalismo, del imperialismo y del poder, que no necesita de líderes para funcionar o de un flujo constante de órdenes jerárquicas para funcionar. En parte también será fruto del azar y el caos. Una vez que se lanza la bola de nieve, esta se nutre de nuevos copos y crea formas e interacciones con otros elementos que ni los propios creadores hubieran soñado.

Quizás todo esto suene demasiado abstracto e incluso a ciencia ficción. Es posible que esté equivocada pero, sin ánimo de jugar a ser una pitonisa, hay tendencias inquietantes que es posible que nos lleven a tener que pagar en el futuro por los cuidados recibidos desde el nacimiento hasta la emancipación de nuestros progenitores, que quizás nos emitan una factura. Del mismo modo que el sistema sanitario está empezando a emitir facturas a los pacientes para que vean lo que cuestan sus servicios, se va implantando la ideología de que los terrenos todavía no conquistados por el mercado, terrenos vírgenes para el capitalismo, deben ser cuantificados y deben ser emitidos recibos en las relaciones de reciprocidad. Se ha empezado con las relaciones familiares y es posible que lo siguiente sea la amistad.

Para revalorizar los cuidados y evitar abusos de poder entre las personas que viven bajo el mismo techo no hace falta emitir una factura con IVA e IRPF, basta sentarse todos juntos y hablar de lo que no funciona, de cómo mejorarlo y cambiar colectivamente. La reciprocidad o el apoyo mutuo no significa que uno se entregue sin esperar nada a cambio, explotado y humillado, sino que cada cual aporta todo lo que puede dar y recibe lo que necesita de sus familiares/amigos/compañeros. No olvidemos, al intentar comprender estos fenómenos, que la Fundación Ford, por ejemplo, fue una de las promotoras de los microcréditos en India (Banco Graamen), es decir, las grandes corporaciones y los bancos pretender implantar de forma global la cultura del crédito y el trabajo asalariado.

Pero volvamos al libro. No he leído el texto al completo, simplemente lo abrí por algunas páginas al azar y encontré esto que me llamó la atención:

Pg. 47: “El lenguaje como plano para el enfrentamiento:

(…) Palabras, ideas, imágenes generan los discursos sobre los que se vertebran los nuevos conflictos. Con el lenguaje se apela simultáneamente tanto a lo racional como a lo irracional, mediante el lenguaje se construyen cadenas de ideas, narraciones sobre las que se va a articular la violencia, que encuentra así vehiculación y justificación. El relato de las partes es bien diferente (…).

(…) En este marco el lenguaje se emplea para deshumanizar a las víctimas, movilizar a las masas para destruirlas y negar la masacre; el descarrío de las palabras, ligado al desarrollo burocrático y tecnocrático, permite entonces neutralizar los sentimientos de culpabilidad de los ejecutores.

(…) Y es que, con el nombre que se de al conflicto (o guerra) no se actúa tanto contra los medios – que también – como contra la legitimidad de una de las partes, la cual pasa así a ser objeto de discusión.

Llamar a una actividad violenta guerra, conflicto, crisis o terrorismo, es esencial por las consecuencias jurídicas y políticas que plantea: un detenido pude ser un prisionero, un terrorista o un criminal en función del nombre que se de al conflicto o, mejor aún, de aquel que la comunidad acepte. Como resultado, conceptos geopolíticos fundamentales han adquirido significados nuevos.

(…) El unilateralismo hace coincidir la definición académica con la definición operativa, de modo que, por ejemplo, es terrorismo lo que yo defino como tal y son terroristas los que yo coloco en una lista ad hoc.

Terrorista puede ser un adjetivo o un sustantivo, una persona, una situación, un proceso, un hecho o una estructura. Con la palabra terrorista se incluyen realidades muy heterogéneas de modo que su definición condiciona el resultado, cuando el resultado deseado no condiciona la definición. 

Así, existe fuerza  cuando la acción es conforme a una legalidad y violencia cuando es exterior a ella y como resultado del fracaso de la fuerza. El dilema es que “todos los movimientos de liberación son descritos como terroristas por aquellos que los han reducido a la esclavitud”.

Por ejemplo, y como expresión de un deslizamiento terminológico que se incardina en el terreno de los hechos, tras la guerra de Kosovo, un movimiento considerado terrorista, el UCK (ELK, en siglas españolas), ha sido la base sobre la que se han estructurado las nuevas fuerzas policiales.”

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