Las borrosas lentes de la ideología

Una muestra de proyección de la propia ideología en la observación de la realidad, omisión de lo que no casa con los propios prejuicios y repetición de mantras autoreferenciales del mundo universitario y del feminismo y ecologismo de estado:

Intervención de Alicia Puleo desde el minuto 10.30

https://www.youtube.com/watch?v=tkE6-KJ153Q

 El gran problema del ecofeminismo es la dicotomía esencialista/constructivista. Somos seres bioculturales, la biología afecta a la cultura y la cultura afecta a la biología. Están profundamente imbricados. Por eso, deberíamos comenzar por quitarnos las “gafas” de antropólogos, biólogos y místicos para ver qué ocurre ahí fuera realmente. Por otro lado, tampoco podemos negar nuestras cosmovisiones y nuestros prejuicios, ya que siempre será mejor evidenciarlos y ponerlos en cuestión que ocultarlos, reprimirlos o negarlos. En cualquier caso las ideas previas no deberían alejarnos más de la realidad para convertirse en ceguera. Yo, al menos, como en tantas otras cuestiones, no me identifico ni me siento cómoda en ninguno de los bandos presentados en este tipo de controversias y creo que todos los protagonistas tienen razón en algunas cuestiones parciales. La tarea de cualquier sujeto crítico debería ser separar, como dice la expresión popular, el grano de la paja.

En este video Alicia Puleo arremete contra la asignación de tareas “tradicionales” de una manera acrítica (aprox. 12.30) y afirma que el feminismo temía que al defender sociedades que no fueran tan destructivas con el medio ambiente se plantearan formas de sociedad desfavorables hacia la autonomía de las mujeres.

El mundo preindustrial y preneolítico tiene multitud de ejemplos concretos que demuestran la gran autonomía que tenían las mujeres. Es más, una hipótesis interesante de partida sería plantear que a más desarrollo y mayor especialización, más desigualdades y más jerarquías. Por eso, las sociedades de cazadores-recolectores son tan igualitarias dentro de sus diferencias, diferencias que puede que tengan más un sentido práctico que ideológico en un principio, como cualquier madre lactante del siglo XXI podría entender: si estás dando el pecho de forma intensiva a tu hijo ves claramente que hay trabajos o tareas más compatibles que otras con el momento vital en el que te encuentras tú y tu bebé. Por ejemplo, ir a cazar con un bebé en una bandolera quizás sea posible aunque poco práctico. Sin embargo, recolectar durante sólo tres días a la semana junto a otras mujeres el 80% de la comida de la que se alimentará tu familia es bastante compatible con la crianza.  Un libro fundamental para mí en este sentido es el de Marjorie Shostak “Life and Words of a Kung Woman” en el que se describe una sociedad de cazadores-recolectores de Namibia en la que mujeres y hombres gozan de una autonomía similar, a pesar de la especialización por sexo de sus tareas. Esto no es óbice, sin embargo, para que las actividades masculinas sean consideradas un poco más valiosas que las de las mujeres (la carne está muy valorada) y esto quizás sea el germen de las jerarquías y desigualdades más acusadas que se ven en las sociedades sedentarias más especializadas. En el libro se cuenta el caso de una mujer de mediana edad que quiso cazar porque su marido no traía carne y, a pesar de ser considerado un caso excéntrico, nadie se lo impidió y se le daba bastante bien.

Hoy en día, en un mundo urbano como en el que vivimos muchas de nosotras, todavía hay tareas más compatibles con la maternidad, la exterogestación y la lactancia que otros. Por ejemplo: una mujer cartera o una mujer autoempleada en su propia tienda podrían realizar su trabajo junto a su bebé. Sin embargo, podría ser bastante peligroso que una neurocirujana se llevara a su hijo a una operación y sería más conveniente que durante ese proceso otra persona cuidara de su hijo.

España, 1966.
Fotografía: Eve Arnold
http://www.eticamente.net/31489/foto-antiche-donne-allattamento.html

Alicia Puleo también arremete en el minuto 14.42 contra la revista The Ecologist, en concreto contra su número 48 titulado “La R-evolución calostral ha empezado”, título que le parece bastante cómico a la audiencia de la charla, según podemos escuchar por sus risas en el video. Todavía me pregunto qué tiene de cómica la palabra “Calostral”. Pareciera más bien la típica risa de adolescente reprimido cuando alguien le habla de genitales o sexo. ¿Nos da vergüenza hablar de calostro a estas alturas? Una muestra más de puritanismo y castidad feminista cuando se trata de hablar de maternidad. ¿Cómo alguien puede decir que es feminista riéndose de uno de los líquidos más valiosos y preciados que produce el cuerpo femenino? ¿Cómo podemos hablar de “ética del cuidado” sin sonrojarnos después de escuchar esas risitas? El calostro forma parte de la cultura del cuidado, del cuerpo de la mujer y, de forma simbiótica, de los bebés afortunados que lo toman. Quien se ríe de los fluidos varios del cuerpo de una mujer no es más que un misógino. Nos encontramos una vez más ante una muestra moderna y feminista del famoso tabú antropológico del calostro. ¡Vergonzoso en pleno siglo XXI!

No seré yo quien defienda de forma íntegra ese número concreto de la revista The Ecologist y su visión de lo “natural” y lo “tecnológico”, conceptos harto complejos y problemáticos, pero de ningún modo puedo negar que nuestros cuerpos son humanos y pertenecen al género animal mamífero (hasta que se demuestre lo contrario). Negar eso es vivir e inventarse un mundo paralelo ajeno completamente a la biología, quizás más cercano al mundo de los espectros, los espíritus del purgatorio, los ángeles o los robots (estos al menos tienen átomos y están fabricados de algún material concreto). Quizás alguien debería comenzar a invitar a un óvulo y un endometrio humanos a realizar un Máster de Género en alguna universidad estatal para enseñarles cómo se deberían de comportar. Negar la biología es ideológico. Negar la cultura también. Somos seres bioculturales.

Dice Alicia Puleo sobre el minuto 14.42 algo así como “El monográfico se llamaba la R-Evolución Calostral* (risas) y llegaba a plantear cuestiones como que las mujeres hemos accedido a la universidad, nos hemos llenado de títulos olvidando nuestras funciones naturales. O que las mujeres estábamos sometidas, reprimidas en nuestro destino natural que era el de dar a luz. Me suena ese argumento”. No sé exactamente de qué artículo está hablando (tengo la revista sobre mi mesa) pero que la maternidad está siendo retrasada por los estudios universitarios y el trabajo (tal y como los conocemos hoy en día) es un hecho asumido, estudiado y defendido por instituciones como el Club de Roma y denunciado por feministas como Rebecca Walker. Por supuesto, podríamos perfectamente ir embarazadas y lactando a la universidad y al trabajo y romper ese tabú, pero esa es una revolución que todavía nos queda por hacer, la de incorporar a los niños a la vida social fuera de la reclusión de las guarderías.

La maternidad está siendo fuertemente atacada y manipulada por todos los frentes en el mundo actual y en nuestro país de forma concreta. Está siendo reprimida por condicionantes externos y autoreprimida por nosotras mismas (quizás una de las manifestaciones más obvias y cuantificables es el crecimiento cada año del número de mujeres y parejas heterosexuales que recurren a tratamientos de reproducción asistida por haber retrasado la maternidad). Esta represión y manipulación de mentes y cuerpos maternales y no maternales viene de antaño. El régimen franquista hizo una gran labor de ingeniería social en el campo de la maternidad. El régimen postfranquista en el que vivimos sigue atacando y boicoteando el parto, la lactancia, la maternidad y, no lo olvidemos, la paternidad. Si acaso más esta última, privando y prohibiendo a millones de hombres soñar en ser padres (una responsabilidad inasumible según la ideología del hedonismo consumista imperante) y, si lo son, cuidar a sus hijos o, simplemente, compartir con ellos más de unos pocos momentos diarios, el que puede. Lo peor no es que se ataque la maternidad/paternidad, si nos quedáramos ahí volveríamos al pensamiento victimista de siempre. Lo peor es que lo hayamos aceptado con total resignación o normalidad.

El cuadro “Los deberes desagradables del padre” (Unangenehme Vaterpflichten) de Adriaen Brouwer (aprox. 1605/1606–1638). Independientemente de que se considere una tarea desagradable o no, aquí se ve a un padre preindustrial cuidando de su hijo, concretamente, limpiándole el culo. ¡Y era considerado un deber! Un cuadro para la reflexión sobre la paternidad.

Sobre el minuto 18.06, Alicia Puleo habla de cómo afecta a la salud de las mujeres el problema medioambiental y la contaminación. De este tema he hablado ya en multitud de artículos en este blog así que no me voy a extender (algunos posts se pueden leer aquí, aquí y aquí). Repetiré una vez más, como una voz en el desierto ecofeminista, que en la vida los problemas no solamente vienen de las actuaciones de otros (los malvados capitalistas contaminantes) sino también de las decisiones que tomamos (habitos de vida). Y esas decisiones se ven influenciadas a su vez por la cultura. Y la cultura, en sociedades como la nuestra, se ven influenciadas por decisiones biopolíticas más que por la tradición o, mejor aún, nuevas tradiciones son creadas y recreadas ad hoc.

El aumento alarmante del cáncer de mama en nuestras sociedades está íntimamente relacionado con la no maternidad, la maternidad tardía y la falta de amamantamiento. Además de la contaminación hay tres elementos de nuestra sociedad que están teniendo un impacto severo en nuestra salud, desde un punto de vista evolutivo: comemos más de lo que necesitamos, no ejercitamos nuestro cuerpo como nuestro cuerpo humano necesitaría, y nos reproducimos/amamantamos nada, poco y tarde. Estos tres elementos están relacionados íntimamente con nuestra fertilidad, con la llegada de nuestra primera regla y con el número de ciclos menstruales ovulatorios que tendremos durante toda la vida. Son elementos interconectados y bioculturales. Negar la evidencia científica en este aspecto y seguir culpando como ÚNICO factor a la contaminación ambiental de absolutamente TODO es una irresponsabilidad. La contaminación está ahí y es fruto de la industrialización. Pero la industrialización contamina también nuestras vidas de otras formas además de con tóxicos químicos.

¿Por qué Alicia Puleo no puede admitir y ni siquiera investigar estos factores influyentes en los cánceres femeninos? Porque son políticamente incorrectos frente al feminismo en el que ella se enmarca. Como no cuadran con su ideología, los obvia. Hablar de contaminación ambiental es muchísimo más correcto. ¡A nadie le parece mal y todo el mundo puede seguir en su zona de comfort intelectual! Pero ocurre que a veces la verdad duele y es incómoda. Y entonces tenemos que matizar nuestras ideas previas y, realmente, después nos damos cuenta que tampoco pasa absolutamente nada por rectificar de vez en cuando. Una mujer puede seguir decidiendo libremente no querer ser madre asumiendo los costes para su salud física-mental (los costes mentales son mucho más políticamente incorrectos así que los dejamos para otro post) de no serlo. Esa es la libertad consciente y responsable. ¿A qué tenemos miedo?

Entiendo que sí tengan miedo los que se benefician de las ideologías que reprimen la maternidad, la paternidad, la crianza, la amistad, el amor y la vecindad, los beneficiarios principales de que toda la energía vital de cuidados, amor y pensamiento que no brindamos a nuestros seres queridos sea dirigida hacia la producción de basura material e intelectual, hacia la guerra por los recursos del planeta y los recursos de la vida.

También es extremadamente incorrecto hablar de relación simbiótica madre-bebé pero es real, tanto en madres que dan el pecho (y una muestra es que la succión del bebé es sana para el cuerpo de la madre, siendo capaz de prolongar la amenorrea de la lactancia y los ciclos menstruantes anovulatorios durante meses o años), como en las que no lo dan porque no han podido pero sienten esa fusión emocional y de contacto físico. Madre y bebé se necesitan y cuidan mutuamente de formas diferentes y no equivalentes.

Alicia Puleo habla en otro momento de “ecofeminismo crítico” con derechos sexuales y reproductivos. ¿Quién defiende los derechos sexuales y reproductivos de quien no puede reproducirse porque ni siquiera hay espacios ni recursos propios para conocer a una futura pareja (y las páginas de contactos de internet son la prueba del desencuentro social y erótico en el que nos encontramos) y no hay ni tiempo ni redes sociales necesarias para criar seres humanos sanos?

En referencia a la no maternidad de las sociedades tradicionales también podemos aprender mucho, sin necesidad de idealizarlas. Por ejemplo, en casi todas las sociedades preindustriales se han conocido y se han utilizado plantas con principios activos que inhiben la ovulación o la implantación de óvulos fecundados, es decir, abortivos tempranos. Hoy la ciencia ha corroborado que esas plantas funcionan y el libro “Eve’s herbs. History of Anticonception and Abortion in the West” aporta bastante información al respecto. Sin embargo, el feminismo mayoritario, en lugar de recuperar ese saber perdido, se dedica a denunciar que el Estado legisla en algo que en otras épocas y otros lugares hubiera sido simplemente imposible de regular, porque los principios activos se encontraban accesibles en la propia Naturaleza, se conocían sus efectos y también sus riesgos tóxicos y efectos secundarios. Una mujer del mundo preindustrial no pedía permiso al poder para no ser madre ni para serlo. Y, a pesar de ello, la maternidad y los hijos eran algo valioso e importante, porque los seres humanos no eran considerados como un mero gasto inoperante, pasivo y consumista de recursos. Los niños y los viejos tenían un papel activo, aportaban algo vital a la comunidad y tenían su función. Hoy en día los niños son inversiones, hobbys, lujos, incordios para poder realizarse como persona y “trabajar”. Por eso, aunque la información anticonceptiva y de abortivos tempranos o era conocida en el pasado o se sabía dónde buscarla si no se conocía de primera mano, es probable que a mucha gente ni siquiera le interesara el tema, porque en términos generales tener hijos era considerado algo positivo. Como todo en la historia de la humanidad, el control de la natalidad ha tenido sus propios ciclos, idas y venidas.

“Una matica de ruda” (gracias a Rosa Zaragoza por hablarnos de esta canción sefardita del siglo XII):

– “Una matica de ruda
una matica de flor
me la dio un mancebico
que de mí se enamoró.
– Hija mía la mi querida
no te eches a perdición,
más vale un mal marido
que mejor un nuevo amor.
– Mal marido la mi madre
no hay más maldición,
amor nuevo la mi madre
la manzana y el limón”.

Como Alicia Puleo, yo tampoco creo que haya que idealizar ni el pasado ni las sociedades presentes cazadoras-recolectoras. De hecho, considero que la ética de la vida, la bioética que ella tanto desprecia (“no vamos a utilizar el concepto de santidad de la vida”) como elemento represor en potencia de la vida de las mujeres adultas en edad “cotizante” (nunca se tiene en cuenta ni a las niñas ni a las ancianas) es de vital importancia en el momento presente. Por eso, aunque en casi todas las culturas haya existido el aborto (o incluso el infanticidio) no por ello habría que reivindicarlo (incluso como acto “empoderante”) en la sociedad actual de forma automática. Yo encuentro totalmente compatible reivindicar la legalidad del aborto con admitir los componentes bioéticos que implica a día de hoy. Por ejemplo, la idea de aborto y embarazo no era la misma hace mil años (de nuevo, me remito al libro del historiador John Riddle) que en la era de la ecografía, en la que puedes escuchar el latido de un feto de 8 semanas latir en tu propio vientre o ver cómo es cuando tiene 12 semanas.

Ahora que parece que nos encontramos en un momento cumbre, un momento de cambio de civilización dentro de lo que ha sido la historia de la industrialización (algunos hablan de fin del petróleo barato, de “pico de petróleo” y demás…) no sería extraño que volvieran también prácticas que ahora consideramos censurables. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al campo de la explotación animal como sustituto del los recursos energéticos fósiles. ¿Acaso es posible un mundo postindustrial sin petróleo que no utilice a los animales como fuerza de trabajo? Yo no lo sé, está por ver. En el pasado, el coche sustituyó al caballo y el tractor al buey. No tengo las respuestas a estas cuestiones pero creo que hay que asumirlas con valentía y reconocer sus implicaciones existenciales y éticas.

“El ecofeminismo crítico es constructivista. Tenemos que luchar contra los estereotipos de género porque son perjudiciales para las mujeres y perjudiciales para la Naturaleza. Con esto nos diferenciamos de ecofeminismos clásicos que sostuvieron el caracter biológico de las identidades de género. Si ignoramos el papel de la cultura en las identidades entonces nos condenamos al conformismo. Si es biológico no tienes elección. Las identidades de género eran constructos que es posible transformar”. 

Este fragmento ilustra a la perfección la proyección de la ideología sobre la realidad. Como me viene bien para mis objetivos pensar X, lo afirmo sin importarme si es así o no. Lo importante es que si algo es biológico “no tienes elección” y como se supone que debemos tener elección para transformar todas las cosas (el mito del progreso industrial por excelencia) niego todo lo que sea biológico. ¿Y si los roles sexuales o la división sexual de las tareas tuvieran más un interés práctico o de adaptación al medio ecológico que algo ideológico? Esto no entra en contradicción con que posteriormente esas divisiones prácticas acaben, a lo largo del tiempo, teniendo un componente jerárquico o dominante que termine convirtiéndose en una realidad opresora.

 Por otro lado, que algo se pueda transformar no quiere decir que haya que transformarlo o reprogramarlo por necesidad. Es decir, no hay por qué sustituir la cultura por la biopolítica, sustituir la integración en una cultura existente por el adoctrinamiento desde las instituciones. Una mujer de una sociedad tradicional puede estar “programada” por su cultura. Una mujer de la sociedad actual está reprogramada desde las instituciones estatales y capitalistas de poder, entre las que hoy en día podemos citar a todas las organizaciones subvencionadas o patrocinadas (entre las que se encuentra desde la Iglesia al feminismo). Estoy deseando conocer un proyecto feminista que no esté financiado por el Estado ni el Capital y que cumpla otro requisito fundamental: no reproducir de forma automática y acrítica el pensamiento del feminismo subvencionado.

La intervención de Alicia Puleo termina con un canto a la ayuda mutua entre el feminismo y el ecologismo. El feminismo y el ecologismo de estado pueden ayudarse mutuamente pero jamás podrán aproximarse a la realidad, porque sus estudios y luchas están condicionados por lo que el Estado o el Capital consideran subvencionable o no subvencionable, dependiendo de lo que más le interese en cada momento.

Para finalizar me gustaría mencionar las poquitas cosas con las que estoy de acuerdo con Alicia Puleo:

– Ninguna cultura es “perfecta”, todas tienen algo que dar y algo de lo que aprender.
– Hay que universalizar la cultura del cuidado (yo añado, desde los iguales y no desde “arriba” a base de institucionalizar los cuidados para liberar a no se sabe quien).
– Las mujeres y los hombres somos parte de la Naturaleza.

Como siempre, pido disculpas por las posibles equivocaciones de análisis que pueda tener el texto y estoy abierta a dialogar, reflexionar, matizar o retirar cualquiera de mis afirmaciones si se demuestran erradas.

* Sobre el origen de la expresión “revolución calostral” Ester Massó Guijarro explica: “El concepto de revolución calostral del obstetra Michel Odent (2007) explica esta vertiente. Odent ha descrito cómo el tabú del calostro se hallaba presente en multitud de culturas, que vetaban de diversas maneras la toma del calostro por parte del neonato durante los primeros días. Esta privación está relacionada con la maximización del potencial de agresividad en las personas, lo que suponía una ventaja desde el punto de vista de la selección (Odent 2007: 96ss). Frente a ello, la no perturbación de la relación entre madre y recién nacido supone una revolución contracultural, en la que los recién nacidos experimentan una seguridad básica (en permanente contacto con sus madres) que influirá de modo crucial en su salud emocional: “La revolución calostral es una etapa que obligatoriamente hay que pasar en el camino hacia la convergencia entre instinto y ciencia. Entre el cerebro primitivo y el neocórtex” (ibíd.: 99).” 

Se puede leer el capítulo “Calostro y Civilización” del libro “El bebé es un mamífero” escrito por Michel Odent aquí: http://es.scribd.com/doc/49186767/CalostroyCivilizacion

Feminismo y cáncer de mama

Antes de leer este post, recomiendo la lectura de un artículo anterior “Decisiones informadas: los riesgos de no ser una madre joven”.

Interesada por conocer las razones por las que desde todos los ámbitos se obvian una y otra vez las causas del cáncer de mama relacionadas con los hábitos reproductivos y sexuales de las sociedades industrializadas he decidido profundizar, después de escribir este extenso post sobre los riesgos de no ser una madre joven, en la postura que se tiene sobre este tema desde el feminismo. En concreto, desde una autora del ámbito del ecofeminismo. Para ello he seleccionado algunas citas de Alicia Puleo que reproduzco a continuación, con su correspondiente análisis (la negrita es mía):

Alicia Puleo
, Profesora de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valladolid, directora de la Cátedra de Estudios de Género de esa misma Universidad y miembro del Consejo científico de EcoPolítica:

“Otro punto de contacto es, por ejemplo, la incidencia de los pesticidas en las trabajadoras del campo. Los xenoestrógenos son sustancias químicas que por ser similares a los estrógenos producen patologías especiales en las mujeres. Algunos investigadores relacionan el gran aumento del cáncer de mama en las dos últimas décadas con la exposición a xenoestrógenos presentes en pesticidas, en las dioxinas liberadas al medio ambiente por las incineradoras, en las resinas sintéticas de barnices y pinturas, en los envoltorios de plástico y en numerosos productos de cosmética. Ahí tenemos, pues, un aspecto muy específico de la cuestión de porqué la ecología les tiene que interesar particularmente alas mujeres.” http://www.mujeresenred.net/spip.php?article1249

Análisis: No lo pongo en duda pero sería conveniente cada vez que se cita un artículo poner la referencia o los autores para que otras personas pudiéramos también consultar sus fuentes. Obvia las causas relacionadas con la salud reproductiva.


“Las sustancias  tóxicas presentes en ambientadores, material informático, plásticos, pinturas,  plaguicidas, etc. actúan como disruptores endocrinos peligrosos que afectan en primer lugar -aunque no exclusivamente- a la salud de mujeres y de niñas y niños incluso durante la vida fetal. Los xenoestrógenos (sustancias químicamente similares al estrógeno femenino natural) parecen tener un papel fundamental en el incremento del cáncer de mama en los últimos cincuenta años. Como puede inferirse, la preocupación feminista  por la salud de las mujeres en la sociedad química conecta con los objetivos ecologistas.” http://www.ecopolitica.org/index.php?option=com_content&view=article&id=107%3Aecofeminismo-la-perspectiva-de-genero-en-la-conciencia-ecologista-&catid=25%3Aecofeminismo&Itemid=1

Análisis: En el anterior texto hablba de los últimos veinte años, aquí sin embargo se refiere a los últimos cincuenta años. Sigue centrándose solamente en las causas medioambientales y obvia las causas relacionadas con la salud reproductiva.

 “El incremento del cáncer de mama en los últimos cincuenta años se debe principalmente
a los xenoestrógenos, sustancias químicamente similares a las hormonas femeninas (pesticidas
organoclorados, dioxinas de las incineradoras, resinas sintéticas y otras sustancias contenidas
en productos de limpieza, envoltorios de plástico, pinturas, etc.). La ecofeminista Karen Warren
pregunta ¿qué problema puede ser considerado un problema feminista? Y responde: cualquiera
que afecte a las mujeres (Warren, 1996). Por lo tanto, el problema de la salud deteriorada por
la contaminación es un problema feminista.” “Mujeres por un mundo sostenible”.


Análisis: La autora sigue insistiendo en que el aumento de cáncer de mama se debe “principalmente” a los xenoestrógenos y obvia la exposición a los propios estrógenos y a la falta de amamantamiento. Si el cáncer de mama es un problema feminista no se comprende que no se estudien todas sus causas por igual, incluso las que cuestionan los pilares del pensamiento feminista. Ante algo así, no se debería huir sino intentar comprender el fenómeno y cuestionar su validez con argumentos, porque en la ciencia médica ninguna verdad es inmutable.


“En el curso del año 2002, la Red Medioambiental de Mujeres, con sede en Londres, ha denunciado que poco se dice y se hace por combatir el alarmante aumento del cáncer de mama que en los últimos cincuenta años tiene su principal causa en la exposición a xenoestrógenos, es decir, a sustancias químicamente similares a estas hormonas femeninas (pesticidas organoclorados, dioxinas de las incineradoras, resinas sintéticas y otras sustancias contenidas en productos de limpieza, envoltorios de plástico, pinturas, etc.). La atención pública es desviada hacia los factores genéticos, que sólo explican entre el 8 y el 10% de los casos, o culpabilizan a las propias mujeres insistiendo en los estilos de vida (por ejemplo, en la falta de ejercicio físico) cuando la principal causa es totalmente ajena a la decisión individual y proviene de una alimentación y un medio ambiente tóxicos.” Puleo, Alicia H.: “El ecofeminismo y salud de las mujeres”, Revista Meridiam nº 30, Instituto Andaluz de la Mujer, octubre de 2003

Análisis: De nuevo evita colgar los enlaces de los estudios sobre xenoestrógenos que tanto nos ayudarían a acceder a la información de forma directa y sin mediaciones. Después señala que informar de que los estilos de vida afectan al cáncer es “culpabilizar” a las mujeres. Esto no es cierto, se podrá cuestionar la veracidad o falsedad de lo que afirme el paradigma oficial del cáncer pero de ningún modo informar es culpabilizar a las mujeres. Es como si yo dijera que se quiere culpabilizar a los fumadores por fumar cuando se les dice que fumar causa cáncer. Si efectivamente la comida que comemos es veneno puro hay que decirlo, eso no es culpabilizar a las personas que compran en el supermercado sino señalar el problema. Si la falta de ejercicio físico es mala para la salud y se ha visto que hay una relación entre obesidad y cáncer de mama, decirlo no es culpabilizar a las personas obesas. ¿O es mejor que no lo sepan? ¿Es mejor vivir sin “culpa” y en la ignorancia? ¿Por qué no en vez de hablar de “culpa” hablamos de “responsabilidad” sobre la propia vida? No soy libre para comprar comida orgánica porque no tengo los medios para comprarla, pero puedo denunciar la contaminación y puedo luchar por modos de vida autogestionados.

Llama la atención, por otra parte, que se traiga a colación el tema de los estilos de vida y no se incluyan los hábitos reproductivos del mundo industrializado en el debate (no tener hijos, tenerlos muy tardiamente y no amamantarlos). ¿Hablar de esto también es culpabilizar? No se trata de culpabilizar a las mujeres sino de informarlas y creer en que somos seres humanos libres y responsables para tomar decisiones y para rebelarnos contra las situaciones injustas. La culpabilidad se siente cuando se ha hecho lo que no se debía, cuando se ha hecho algo en lo que no se creía. Cuando se ha hecho lo que tu conciencia y deber ético te señalaban, la conciencia está muy limpia. Por ejemplo, cuando una mujer se ve con 40 años triste por no haber podido ser madre cuando era lo que quería y no hizo en su momento por las razones que sean, no tiene por qué sentirse culpable. Hizo lo que pudo con la información que tenía. Y si no lo hizo y se siente mal, es un duelo muy personal que cada cuál debe pasar lo mejor acompañada posible. En ningún caso se debe huir de la verdad, por muy dolorosa que sea. Peor es vivir creyendo en mentiras piadosas para no sufrir. El sufrimiento no debería ser capaz de autodestruirnos sino servir para hacernos más fuertes y canalizar esa frustración por otras vías creativas. Cada persona encontrará su camino y se puede ser madre de muchas maneras. 

Hay que denunciar tanto la contaminación alimenticia como la ideológica. Las dos matan. Y, por cierto, ya que la publicación está financiada por el Instituto Andaluz de la Mujer quizás podríamos pedir responsabilidades políticas respecto al tema de los xenoestrógenos y exigir una investigación de los cultivos andaluces, por ejemplo, de los monocultivos del olivo o de los invernaderos de Almería, etcétera. ¿Por qué el Instituto Andaluz de la Mujer publica este tipo de informaciones y después no mueve un dedo para evitar la contaminación ambiental de la alimentación? ¿No tiene ningún tipo de responsabilidad en el asunto?

“La primera tiene que ver con nuestros propios cuerpos. Se trata de la relación entre contaminación y salud. Según diversos estudios, el alarmante aumento del cáncer de mama en los últimos cincuenta años se debe principalmente a la contaminación medioambiental con xenoestrógenos, sustancias así llamadas por ser químicamente similares al estrógeno. Se encuentran en los alimentos cuando contienen restos de pesticidas organoclorados o dioxinas provenientes de incineradoras, en pinturas de muebles y paredes de nuestras casas, en numerosos productos de limpieza y perfumería que se encuentran en nuestros baños, en los envoltorios de plástico, en las resinas sintéticas… la lista es infinita. En la leche humana materna se han detectado parafinas cloradas y pirorretardantes bromados. Sin embargo, se habla poco de estas causas medioambientales de enfermedad. ¿Hemos de relacionar este relativo silencio con la reciente constatación de que la mayor parte de los estudios clínicos que muestran resultados que no agradan a los sponsors no son publicados? (Jones, Handler, Crowell, Keil, Weaver, Platts-Mills, 2013). Vemos aquí una razón más para evitar la total dependencia de la investigación universitaria con respecto a las empresas privadas que tanto se está impulsando como factor de competitividad, dinamismo y modernización.

El alarmante aumento del cáncer de mama se debe principalmente a la contaminación medioambiental
Salvo honrosas excepciones (entre ellas, el informe presentado en el Senado francés, en 2012, por 2500 médicos y que ha llevado al informe del INSERN de 2013), la medicina se concentra mayoritariamente en estudiar los factores genéticos que explican únicamente el 10 % de los casos de cáncer de mama y culpabiliza incluso a las propias mujeres por no practicar deportes como medio preventivo. La manipulación de insecticidas y herbicidas (en la agricultura, en el cuidado doméstico de plantas de interior y exterior), pero también su presencia en los alimentos es causa de un serio incremento del riesgo de sufrir desde asma hasta Parkinson, linfomas y otros cánceres. Las preguntas que tenemos que formularnos son muchas. A modo de ejemplo: ¿Por qué no se dice que la persona que no consume alimentos de producción ecológica puede llegar a ingerir hasta cincuenta variedades de pesticidas por día? ¿Por qué no se alerta contra la aplicación de insecticidas en el interior de las casas? ¿Por qué se reconoce y se publicita que una sustancia es nociva sólo cuando se quiere lanzar una nueva al mercado en reemplazo de la anterior? Los afectados por la sociedad química son trabajadores y consumidores de ambos sexos, pero como las sustancias tóxicas se fijan mejor en la grasa, el mayor porcentaje de grasa del cuerpo femenino y su mayor inestabilidad hormonal nos hace particularmente sensibles a la contaminación (Valls-Llobet, 2009, 2010). Esta es la causa que explica el mayor número de mujeres entre los afectados por el síndrome de hipersensibilidad química múltiple (SHQM), un cuadro patológico que el desconcierto médico suele diagnosticar como alergia a las gramíneas o al pelo de algún animal doméstico. La química industrial que nos rodea queda, así, fuera de toda sospecha. Ante esta situación, con suma pertinencia, el informe del INSERN aconseja dar mayor formación sobre toxicidad medioambiental al cuerpo médico. Algunos grupos feministas anglosajones han lanzado en los últimos años campañas informativas sobre la relación entre contaminación y salud de las mujeres. Pero, faltos de medios, su voz ha tenido escasa repercusión.” http://revista.conlaa.com/index.php?option=com_content&view=article&id=554&Itemid=593



Análisis: Se habla poco de las causas medioambientales del cáncer de mama, pero tampoco se habla de las causas reproductivas y de los estrógenos endógenos, los que producimos nosotras mismas durante la fase fértil de nuestra vida. Desde el ecofeminismo tampoco se habla de esto. Haciendo un paralelismo con lo que ella misma señala podríamos preguntarnos si al igual que lo que no agrada a los sponsors no es publicado, lo que no agrada al feminismo en relación a las causas del cáncer de mama es también silenciado por razones ideológicas relacionadas con la maternidad. Cabría también ampliar la crítica sobre la dependencia universitaria a la financiación privada a la financiación estatal, que también financia lo que le interesa, al igual que hacen las empresas. ¿O acaso el pensamiento crítico no debería ser también independiente del Estado y sus instituciones, como el Instituto de la Mujer o los Institutos Universitarios?

Es cierto que se le está dando muchísima publicidad a los factores genéticos del cáncer (causantes de un 10% de los cánceres de mama) mientras que al resto de factores no se les da la misma importancia porque de la prevención no se puede hacer negocio. Ahora comprobamos que desde la visión ecofeminista de esta autora tampoco se quiere hablar de las consecuencias de no tener hijos cuando somos jóvenes y de no amamantar. ¿Por qué ese miedo a hablar de la maternidad y la sexualidad reproductiva de las mujeres? ¿Por qué tirar balones fuera solamente centrándose en los factores medioambientales? ¿Sigue siendo un tabú la maternidad para el feminismo? Por supuesto que hay que denunciar la contaminación y el uso de pesticidas, pero hay mucho más de lo que hablar. Por cierto, George Soros, subvencionador mundial de estudios y entidades feministas, tiene 312.6 millones de dólares invertidos en Monsanto, el creador del pesticida Round Up que contamina nuestros suelos y aguas.

Las monjas

El primer argumento para rebatir la promoción de informaciones tergiversadas respecto al cáncer de mama lo proporcionan las monjas. Antes de los pesticidas y la llegada del plástico y la industrialización masiva ya se sabía que las monjas tenían muchos más casos de cáncer de mama que las casadas. ¿Y qué hacemos con este dato? ¿Cómo no cuadra con nuestros postulados lo ocultamos? O, mejor aún, ¿resaltamos en el artículo algo que no es cierto y sobre lo que no se aporta ninguna prueba como que “El alarmante aumento del cáncer de mama se debe principalmente a la contaminación medioambiental”? 

El cáncer de mama no se debe principalmente a la contaminación medioambiental, aunque no niego que sea una de las causas de ese aumento (como es un tema que no he estudiado todavía, prefiero no hablar de lo que desconozco). Lo que pongo en duda es que sea la razón principal. Sabemos que los países aumentan sus tasas de cáncer de mama al industrializarse ya que este proceso es mucho más que utilizar procesos productivos con máquinas o pesticidas. Es una forma de vida, una forma de no tener hijos o retrasar su nacimiento, una forma de alimentarse y de respirar, una forma determinada de  relacionarnos con el resto de seres humanos, animales y con la naturaleza. La industrialización, tal y como se ha producido, evita y causa muertes a la vez. Desconozco cuál es el saldo de esta triste resta. 


El hecho de que mueran cada año 6.000 mujeres por cáncer de mama en nuestro país y que muchas de esas muertes podrían haberse evitado si hubieran sido madres jóvenes nos debería conducir a algún tipo de reflexión. Más cuando el desconocimiento sobre este tema es total en la sociedad (no así en el ámbito médico), lo que contrasta con los abundantes mensajes que sí recibimos sobre la importancia de la detección precoz y de las mamografías. Un ejemplo más de que en este sistema gana siempre la opción más cara y que más dinero mueva. 


La información debe fluir y
ser debatida en el espacio público para que después se puedan tomar decisiones informadas en la vida privada, tanto si se quieren tener hijos como si no. Flaco favor se hace a la salud de las mujeres cuando se seleccionan los argumentos para evitar hablar de algo que podría cuestionar el modelo de mujer actual que se promociona desde las instituciones estatales y desde las empresas capitalistas, una mujer sin hijos (o con uno muy tardío) y que prioriza su explotación laboral o consumista antes que la construcción de relaciones humanas fuertes o la lucha por un mundo mejor. Si es debido al desconocimiento, es grave, pero si es debido a una ocultación deliberada de información sería mucho más grave.

Creo que estos temas deberían estar en el centro del debate sobre las causas del cáncer de mama para impedir que siga aumentando esta enfermedad y que las mujeres se autoresponsabilicen de su propia salud y, a la vez, responsabilicemos a los que contaminan nuestros campos, cuerpos y mentes. Por eso, termino con las palabras de Emilio Alba, miembro de la junta directiva del Grupo Español de Investigación en Cáncer de Mama (GEICAM): 

para Emilio Alba, miembro de la junta directiva del Grupo Español de Investigación en Cáncer de Mama (GEICAM), el factor más importante es el reproductivo. “El cáncer ocurre en algún momento entre la primera regla y el primer embarazo y ese periodo ha aumentado mucho en nuestro país: A principios del siglo XX, la primera regla ocurría en torno a los 14 años y la primera gestación sobre los 18, mientras que ahora la edad de inicio de la menstruación se ha adelantado, probablemente debido a una alimentación más calórica, y la edad media de la maternidad está en los 32“.

Con la menstruación empiezan a dividirse las células del conducto mamario que no dejan de hacerlo hasta el primer trimestre del embarazo. “Debido a la exposición a un gran número de hormonas al inicio de la gestación, las células mamarias dejan de dividirse para el resto de la vida, ya que en ese momento se diferencian a células secretoras y transportadoras de la leche. Y sin división, no hay cáncer”, explica Alba.

Esto no quiere decir que la mujer que haya tenido hijos no vaya a tener cáncer, pues las células tumorales pueden haber aparecido antes y su desarrollo -y detección- ser posterior, sino que la maternidad temprana disminuye el riesgo de esta enfermedad.

Además, hay que añadir a ese factor otros como el uso de la píldora anticonceptiva. “El 70% de los tumores de mama tiene un criterio hormono-dependiente y tiene su origen en una causa hormonal”, apunta el vocal de la SEOM. El sobrepeso se suma a esta lista de factores condicionantes a la enfermedad. “Está vinculado a una mayor incidencia y, una vez diagnosticado, a un peor pronóstico”, añade Alba.”

ACTUALIZACIÓN 29/09/2015: 
 Mujeres trabajadoras y cáncer de mama:
El estudio ha tenido en cuenta el sesgo que incluye el retraso de la edad de maternidad en algunas profesiones, ya que es en sí mismo, un factor de riesgo para el cáncer de mama.”
http://www.breastcancerfund.org/assets/pdfs/publications/working-women-and-breast-cancer.pdf