Marvin Harris, Antropología Cultural

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Y sigo recopilando información sobre la amenorrea de la lactancia y la fertilidad, esa gran desconocida en nuestra sociedad y en el sector sanitario, aunque bastante conocida en Antropología… Esta vez cito un libro del antropólogo Marvin Harris, “Antropología Cultural”:

“Pg 45: Lactancia

La amenorrea (alteración del ciclo menstrual) es un síntoma típico de la lactancia natural. El efecto está asociado a la producción de prolactina, una hormona que regula la actividad mamaria. La prolactina, a su vez, inhibe la producción de hormonas que regulan el ciclo ovulatorio (Aso y Williams, 1985). Parece ser que existen varios factores bioculturales que controlan la duración de la amenorrea debida a la lactancia. En primer lugar, está el estado de salud de la madre y su dieta. Otros factores se refieren a la intensidad de la succión, que está determinada por la edad a la cual el niño es alimentado con comidas blandas suplementarias, y también es otro factor el número de veces que se le da el pecho al niño. Mientras que aún se discute la relativa importancia de estos factores (Bongaarts, 1980, 1982; Frisen, 1984), queda claro que, bajo condiciones favorables, la lactancia prolongada puede dar como resultado el espaciar los embarazos a intervalos de tres a más años, con un grado de fiabilidad comparable al de los modernos métodos anticonceptivos, mecánicos y químicos (Short, 1984:36). Sin embargo, hay que ser muy prudentes a la hora de sacar conclusiones y pensar que cualquier grupo social es capaz de ajustar su índice de fertilidad hacia arriba o hacia abajo simplemente intensificando y prolongando la lactancia. La lactancia prolongada no puede tener lugar si las madres no están adecuadamente alimentadas. Y lo que es más, debido a que la leche materna es deficiente en hierro, su uso como única fuente de alimento más allá de los seis meses podría ser causa de anemia en el niño.”

Como siempre, dejo información actualizada sobre este tema y sobre el MELA (método anticonceptivo de la amenorrea de la lactancia), publicada por UNICEF.

El mundo hasta ayer, de Jared Diamond

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Dice Jared Diamond en su libro, en una parte sobre la lactancia a demanda:

“Por ejemplo, los cálculos realizados entre los !kung han demostrado que un niño mama una media de cuatro veces cada hora durante el día, dos minutos cada vez, con un intervalo medio de solo 14 minutos entre amamantamientos. La madre se despierta para alimentar al niño al menos dos veces por noche, y el bebé mama sin despertar a la madre varias veces. Esta oportunidad constante de la lactancia a demanda suele proseguir durante al menos tres años en la vida del niño !kung. Por el contrario, muchas o la mayoría de las madres de las sociedades modernas programan la lactancia según lo permitan sus actividades. La organización del trabajo de una madre, ya sea fuera de casa o en tareas domésticas, a menudo implica que madre e hijo estén separados varias horas. El resultado son muchos menos amamantamientos en comparación con las decenas de la madre cazadora-recolectora, amamantamientos más prolongados e intervalos mucho más largos entre ellos.

Esa elevada frecuencia en la lactancia de las madres cazadoras-recolectoras tiene consecuencias fisiológicas. Como he mencionado anteriormente, las madres cazadoras-recolectoras lactantes no suelen concebir durante varios años tras el nacimiento de un hijo, aunque retomen su actividad sexual. Sin duda, hay algo en la lactancia a demanda que ejerce de anticonceptivo. Una hipótesis es la demoninada “amenorrea por lactancia”: mamar libera hormonas maternas que no solo estimulan la secreción de leche, sino que también pueden inhibir la ovulación (la liberación de óvulos de una mujer).

Pero esa inhibición de la ovulación requiere un régimen constante de lactancia frecuente; varios amamantamientos al día no bastan. La otra se denomina “hipótesis de la grasa crítica”: la ovulación requiere que los niveles de grasa de la madre superen cierto umbral crítico. En una mujer lactante perteneciente a una sociedad tradicional sin comida abundante, los elevados costes energéticos de la producción de leche sitúan el nivel de grasa de la madre por debajo del valor crítico. Por ello, las madres lactantes sexualmente activas de las sociedades industriales modernas de Occidente, a diferencia de sus homólogas cazadoras-recolectoras, todavía pueden concebir (para su sorpresa) por una de estas razones o ambas: su frecuencia lactante es demasiado baja para que se produzca una amenorrea inducida hormonalmente; y están lo bastante bien nutridas como para que sus niveles de grasa corporal se mantengan por encima del umbral crítico para la ovulación, pese al gasto calórico propio de la lactancia. Muchas madres occidentales cultas han oído hablar de la amenorrea por lactancia, pero no tantas saben que solo es eficaz con frecuencias elevadas de amamantamiento. Una amiga mía que, para su desconsuelo, concibió hace poco solo unos meses después del nacimiento de su hijo anterior se unió a la larga lista de mujeres modernas que exclaman: “¡Pero si yo creía que no podía quedarme embarazada mientras daba el pecho!”.”

Si te interesa el mundo de la fertilidad este texto pertenece a una serie de post sobre MELA (método de la amenorrea de la lactancia), fertilidad y lactancia:

– Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/06/lactancia-y-menstruacion-en-perspectiva.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Colonialismo y lactancia: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/colonialismo-y-lactancia.html

La mujer completa, Germaine Greer

Mary Wollstonecraft, sobre el amamantamiento y la fertilidad

Figuras de la madre, texto de Yvonne Knibiehler

La familia campesina del Occidente asturiano

La familia campesina del Occidente asturiano

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Ha llegado hace poco a mis manos este libro, que conocí a través de una de las charlas de Prado Esteban, y me ha parecido muy interesante desde el punto de vista histórico y antropológico. Su autora es Asunción Díez y está publicado por el Instituto de Estudios Asturianos.

Como sabéis, siempre que pillo un libro por banda me fijo en temas relacionados con la maternidad, la paternidad, sexualidad, lactancia (más ahora que estoy formándome como asesora), cómo se criaba a los hijos y demás. Por eso, de esta obra he seleccionado el fragmento relacionado con el destete, del que habla en una nota al pie (pg. 74). ¡No esperéis encontrar una versión asturiana pre-industrial de “babyled weaning”! Allá va:

“La dieta de destete solía consistir en “papas” de trigo o maíz, cocidas en caldo o leche, es decir, una especie de polenta o gachas, y “caldo de rabas”, el potaje local, hecho con tocino, un poco de chorizo y un poco de carne fresca o salada (según lo acomodada que fuera la familia), y algún hueso, más judías blancas, patatas y la hoja de nabo (“rabas”, que son las hojas grandes, distintas de las del cogollo, más tiernas y llamadas “cimois” y que corresponden a los “grelos”). Cuando el niño comenzaba con la dentición, entre los 7 meses y el año, se le daba una corteza de tocino (“con algo de blanco para que críe unto”) para que la mordiera y sintiera alivio.

La descripción de la dieta proviene de fuentes orales. Esta dieta era la practicada en toda la zona hasta los años 50 de este siglo”.

Al estudiar la familia de esa época, este libro toca temas relacionados con la fertilidad y también con la falta de ovulación relacionada con la lactancia exclusiva y las frecuentes tomas (para más información científica sobre el MELA o el método anticonceptivo que se basa en la amenorrea de la lactancia podéis leer este documento de Unicef):

“Por regla general, en ausencia de amamantamiento del niño nacido en primer lugar, ya sea porque se confíe su crianza a una nodriza o porque muera al poco tiempo de nacer, el intervalo tiene una duración que puede oscilar entre los 10 y los 18 meses, mientras que, cuando la madre amamanta al anterior nacido, el intervalo puede prolongarse hasta los 24 o 30 meses. Sin embargo, esto no se cumple en la totalidad de los casos, ya que, determinadas madres, pueden tener intervalos reducidos, pese a criar ellas mismas a sus hijos, en tanto que otras pueden tener largos intervalos a pesar de que los niños mueran al nacer. El equilibrio hormonal de los individuos, así como las probabilidades de que se produzca la concepción de un óvulo maduro, presentan un carácter aleatorio que hace, por ejemplo, que no todas las mujeres casadas a la misma edad y cuya unión dura el mismo tiempo, tengan igual número de hijos.”

La autora se plantea una pregunta a la hora de analizar la fertilidad y la muerte de los bebés al analizar los intervalos entre hijos al afirmar “el problema que se plantea (…) es establecer en qué medida un intervalo corto que sigue al nacimiento de un niño al que no se menciona más, es el efecto de la desaparición de ese niño o su causa”. Se refiere a si qué entender cuando un intervalo entre hijos es muy corto, si es que el niño murió por un destete precoz y en seguida se volvió a quedar embarazada, o bien si el niño murió primero y, al dejarle de amamantar, volvió su ovulación y se quedó de nuevo embarazada. ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina? Desde luego, la labor de los historiadores es muy detectivesca. Es interesante cómo pueden plantearse todas estas cuestiones tan solo analizando los libros de las parroquias.

El tema de la lactancia vuelve a aparecer en el libro cuando explica el descenso de la fecundidad entre 1750 y 1870, con intervalos más largos entre hijos. La autora ofrece diferentes explicaciones, una podría ser el descenso de la mortalidad perinatal (gracias a, según el libro, los médicos rurales o mejor preparación de las matronas). Pero hay otra posibilidad que le parece más influyente, y es el de la práctica de tomar expósitos de los hospicios para su crianza, es decir, de nuevo el poder sobre la fecundidad que tiene el amamantamiento.

Pero este libro en realidad no trata sobre lactancia. En él podemos saber que en el período estudiado por la autora (siglos XVIII y XIX) lo normal era que en los matrimonios la mujer fuera un poco más mayor que el hombre y esta tendencia no cambio hasta bien entrado el siglo XIX. También me ha sorprendido que fuera también normal que las mujeres llegaran al matrimonio con hijos “ilegítimos”, ya fuera de su pareja o de parejas anteriores. Tampoco tenían que huir para ocultar su “culpa”. Asunción Díez explica “durante todo el período, no está presente ese concepto victoriano de la moral, que parece imponerse a lo largo del siglo XIX”. Y es que la historia concreta, sin teorías apriorísticas o prejuicios, nunca dejará de sorprendernos, permitiéndonos aprender y entender también el mundo actual.