Maternar a la madre

“Utilizamos la palabra (doula) en el sentido hoy ampliamente aceptado de una acompañante experimentada en el parto que provee a la mujer y a su pareja apoyo tanto emocional y físico a lo largo de todo el parto, alumbramiento, y hasta cierto punto, después”.
 Marshall H. Klaus, John H. Kennell, Phyllis H. Klaus. 1993
 

Hay libros que en teoría tratan sobre algo muy concreto, de un tema principal, y sin embargo lo más interesante y jugoso está en las tramas secundarias, en los temas que bordean pero en los que no entran de lleno. Al leer “Mothering the Mother” (“Maternando a la madre” de Marshall H. Klaus, John H. Kennell y Phyllis H. Klaus) es lo que he sentido. A pesar de que es un texto sobre el significado e importancia de las doulas en el parto y sobre cómo “pueden ayudar a tener un parto más corto, sencillo y sano”, durante su lectura no podía dejar de pensar en una realidad previa, en por qué las doulas modernas eran presentadas como algo necesario en nuestra sociedad y qué personas habían maternado a la madre dentro de los vínculos de reciprocidad antes de que lo hicieran algunas de ellas a través de los vínculos mercantilizados o institucionalizados. Veamos algunos fragmentos:

Pg. 6: “Desde hace milenios la relación de una madre con su hija, de mujeres mayores experimentadas a mujeres parturientas jóvenes era respetada y comprendida. Hoy en día, aunque muchas mujeres querrían a sus propias madres ayudándolas durante el parto, la mayor parte de las abuelas de hoy en día no tienen experiencia sobre nacimientos. La experiencia de las mujeres que dieron a luz en los años 50 y 60 no habría sido la ideal. También, muchas mujeres se encuentran separadas de sus hijas geográficamente y algunas, psicológicamente. Muchas mujeres embarazadas de hoy en día prefieren que no esté su madre durante el parto, incluso si tienen una relación cariñosa”. 
Pg. 18: “Las cualidades suaves, silenciosas, suaves, sensibles, nutricias del “maternaje” han venido de forma tradicional de las mujeres en nuestra cultura”.
Pg. 19: “Una mujer de parto puede sentir que debe actuar de una determinada forma delante de su marido, su madre o su suegra. En contraste, la mujer puede estar completamente a gusto con una doula y sin preocupaciones sobre tener que intentar gustarla o montar un espectáculo para ella“. 

Pg. 25: “Si una mujer ha tenido un maternaje inapropiado ella misma, la crianza (“nurturing” en el original en inglés) que provee la doula durante este periodo único puede proporcionar una oportunidad de rematernar a la madre como una persona y dar algún tipo de curación a una experiencia anterior”.

Pg.  30: “En algunos casos la mujer tiene especiales necesidades, como con las adolescentes o las mujeres que han sido descuidadas o abusadas o no maternadas (“mismothered” en el original) cuando eran bebés o niñas”.

Pg. 57: “Lydia también mencionó que su hermana Lynne, que era muy cercana, también estaría en el parto. Lydia estaba preocupada, sin embargo, del potencial de su hermana de volverse muy ansiosa durante los momentos de estrés”.

Pg. 68: “Con la doula presente, el padre nunca se queda solo como la única persona, aislada y responsable cuidando a la madre de parto”.

Pg. 112-113: “Mientras casi todas las sociedades tienen un sistema que ayuda a los padres a través de este periodo, los Estados Unidos tristemente han persido la costumbre y los recursos que una vez tenían este efecto. En el presente, la falta de una amplia aceptada tradición cultural de dar el necesario apoyo a las familias después del parto es una deficiencia mayor. En el pasado, la madre de la madre y otras familiares femeninas proveían esta asistencia y guía. Pero hoy la madre de la madre está a menudo en el trabajo y no habrá nadie para llenar el vacío”.

Pg. 116: “Para muchas mujeres esta función ha sido realizada a través de los años por su madre o suegra, o por alguna familiar o amiga. (…) Por ejemplo, puede ser arriesgado para una nueva madre elegir a su suegra si no puede comunicarse de forma fácil con ella o con su propia madre si todavía hay conflictos sin resolver”.
(…)
“En la mayor parte de las sociedades no industrializadas la madre y el bebé están juntos, con apoyo, protección y aislamiento de otras demandas y gente por al menos 7 días – y algunas veces semanas- después del parto”.  

Pg. 119: “Cuando una madre ha tenido una mala relación con su propia madre o fue separada de uno o de los dos padres antes de la cumplir 11 años, es más probable que sufra depresión y ansiedad, según la investigación”.

A pesar de que aparecen muchas citas sobre el mismo tema en realidad el libro no pretende analizar las causas profundas y las consecuencias de esta falta de maternaje a la madre, de la ausencia de madre a lo largo de la vida, que en realidad lo que nos muestra también es la ausencia de la abuela y de las hermanas, y de la rotura o desintegración de estos vínculos. El libro habla de cómo paliar esa ausencia y esa carencia, como si ya no fuera posible volver atrás, como si hubiéramos perdido algo que es imposible de recuperar y lo único que pudiéramos hacer es crear una nueva figura mercantilizada, la doula moderna, para acompañar estos procesos que antes se movían en los espacios de reciprocidad y apoyo mutuo de la familia y, no lo olvidemos, la comunidad.

Imperialismo médico

En los estudios realizados en la ciudad de Guatemala por los autores, las políticas del hospital no permitían a ningún miembro de la familia o amiga estar presentes en los paritorios, debido aparentemente al gran número de partos (una media de 60 partos al día) y la limitación de espacio. Esto en mi opinión es un sesgo de la investigación ya que estaban comparando una situación anormal y artificial hospitalaria con un paliativo: el acompañamiento de una doula.  

Las indígenas guatemaltecas que vivían a unos cuantos kilómetros de estos hospitales seguían maternando a la madre durante el parto, el postparto y el puerperio o bien con la propia madre, la suegra o una comadrona nativa. Los estudios de estos autores, sin embargo, fueron realizados solamente con el grupo hospitalario acompañado de doulas, no en ambientes rurales. En ningún estudio se comparó el acompañamiento doula versus el acompañamiento de madres o alomadres tradicionales de la Guatemala rural. Tampoco se tuvo en cuenta que también existen culturas en las que las mujeres paren sin acompañamiento y separadas de la comunidad, normalmente a partir del segundo hijo (ver libro “Life and Words of a Kung Woman“).

Todavía es más interesante, si cabe, que en el libro se mencione que estos protocolos hospitalarios que impedían cualquier tipo de acompañamiento eran una simple traslación por parte de autoridades médicas estadounidenses de los modelos obstétricos norteamericanos de los años 50 a los protocolos hospitalarios guatemaltecos varias décadas después. Es decir, estamos ante un caso de imperialismo médico que destruye una situación previa para, después, dejar un problema que otros médicos estadounidenses (Klaus y Kennell), con la mejor de las intenciones, intentan paliar con una figura como la de la doula. En ningún momento se plantea la reflexión de qué se puede hacer para unir lo que se ha roto entre las generaciones de mujeres y sus redes de reciprocidad y aprovechar lo positivo que puedan tener los avances médicos cuando son realmente necesarios y no iatrogénicos. Tampoco se pone sobre la mesa una reflexión profunda sobre las causas sociales, culturales y biopolíticas que nos han llevado a la situación actual, donde el aislamiento y la fragmentación es uno de los mayores problemas de la maternidad actual y la crianza cooperativa. Supongo que tratar este tema daría para que los autores hubieran escrito otro libro completo, llegar a conclusiones políticamente incorrectas y ya sabemos que el ser humano es especialista en huir hacia delante.

Fragmentación de la mujer

Después de leer las citas no puedo evitar realizar un paralelismo entre la doula, la prostituta, la nodriza o la madre de alquiler. No en vano la doula griega era una esclava del servicio doméstico de las casas, dentro del patriarcado griego (los esclavos masculinos se llamaban “doulos”) que, por supuesto, era un objeto en propiedad y no cobraba salario alguno. El rol de la doula actual no tiene nada que ver ni con la esclavitud ni con la servidumbre ni con el servicio doméstico y quizás algo más con una profesión liberal autónoma. ¿No va siendo hora de cambiar la denominación instaurada por la antropóloga Dana Raphael por otra que se ajuste mejor a la realidad? ¿Imaginamos por un momento que viviéramos en Grecia y habláramos de contratar a una “esclava” o una “sirvienta” para nuestro parto y puerperio? ¿O que existiera aquí una “Asociación Española de Esclavas” o un “Curso de capacitación para Esclavas”? La palabra griega doula o doulos (frente a la de eleutheros, que era la de los “hombres libres”) tiene una carga histórica muy fuerte de explotación, violencia y de dominación que tiene muy poco que ver con la resignificación del término en las últimas décadas (otro significado de la palabra “doulos” es el que le dan los cristianos como “esclavo de Dios” o “esclavo de Jesucristo”).

Tomado de la web cristiana http://www.douloscag.org/

La antropóloga Dana Raphael, miembro directivo del Club de Roma de Estados Unidos, fue la primera en usar el término “Doula” en el contexto maternal actual.

Como bien se explica en una de las citas seleccionadas del libro de Klaus y Kennell, la relación con la doula moderna evita tener que “dar la talla” o comportarse de una determinada forma para cumplir con las expectativas y los juicios que podrían venir de esa figura maternal no mercantilizada y familiar. En la sociedad actual, el pagar a una persona extraña ya sea durante una relación sexual o durante el parto (y estos dos eventos están muy relacionados, como sabemos) ayuda, paradójicamente, a relajarse y a no ser juzgada, como vemos en este ejemplo relacionado con la prostitución:

“Por lo pronto, a mí me parece tentador pagar por abandonarnos al placer, permitirnos recibir más de lo que damos, aparcar la presión de dar la talla, de ser la amante ideal que describe la Cosmopolitan, y limitarnos a disfrutar”. (Post de June Fernández “Puteras”)

Y un interesante paralelismo con este texto sobre las doulas:

“Al “maternar a la madre”, la doula retira la responsabilidad de ser una super-mujer de los hombros de la madre. La doula permite a la madre crecer en su papel (de madre) a su propio paso, y la anima durante todo el camino. La doula se da cuenta de que, así como cada nacimiento y cada bebé son únicos, cada madre es única”. Jaqueline Kelleher. Nurturing the family. The guide for postpartum doulas. Traducido por el blog “de lunas y laberintos”)

Los vínculos primarios maternales que aportaban seguridad y cuidado entre las mujeres del pueblo ahora se convierten, en muchas ocasiones, en peligros potenciales. No hace falta idealizar el pasado o esos vínculos, no es que la gente antes no tuviera conflictos interpersonales sino que cuando había que estar, se estaba, como un deber sagrado más allá de las diferencias (ver, por ejemplo, el “atsolorra” vasco).

Por otro lado, las mujeres sin madre, sin alomadres y sin amigas cercanas, se vuelcan en el padre como único compañero. Hay gente que pensará que es por culpa del “amor romántico”. Yo creo que es por falta de redes femeninas de apoyo mutuo fuera del mercado y, si acaso, el “amor romántico” es consecuencia y no causa. También se destaca en el libro que se ha perdido el apoyo tradicional en el postparto, ya que hoy las madres de las parturientas están también trabajando fuera de casa y no tienen derecho a permiso por acompañamiento (es curioso que esta no sea una reivindicación social ni política de ningún tipo*).

Sobre esta ruptura de los vínculos primarios, en el libro se habla muy de pasada sobre la pérdida de comunicación entre las generaciones. Ya no hablamos el mismo idioma ni somos capaces de comprendernos. Existe una separación psicológica y, en muchos casos, una separación geográfica causada por la movilidad del campo a la ciudad, de las ciudades pequeñas a las grandes, de unos barrios a otros, de unos países a otros. En resumen: hay una separación laboral, comunicativa, psicológica, geográfica y, en algunos casos, separaciones causadas por abusos maternos y paternos durante la infancia.

No es mi intención con este artículo cuestionar la libertad personal de las mujeres para ser doulas o contratarlas. Las mujeres deben poder estar acompañadas durante sus partos por la persona que ellas mismas elijan y esta decisión debería ser respetada, ya sea su doula, su madre, su pareja, otro familiar, una amiga o un amigo. Pero, como siempre, además de reivindicar la libertad individual como fin en sí mismo o los cambios normativos o protocolarios creo que hay que ir un poco más allá en la reflexión.

Esto ha sido un pequeño esbozo, la segunda parte de este artículo (si existiera…) tendría que versar sobre los cambios que podrían darse en nosotras mismas para poder acompañar dentro de nuestros círculos personales (independientemente de que exista un mercado del acompañamiento), aprender del pasado para ver qué es rescatable para el momento actual y qué no, cómo construir ese deber de cuidarnos y criarnos unos a otros y, en concreto, en el tema que nos ocupa, cómo maternar a la madre.

*Actualizo a 2 de julio de 2015: en el libro de María Pazos, Desiguales por Ley, se habla del “permiso de abueleidad” que sí existe en algunos países europeos.

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