La domesticidad del ego: atrapados en el espejo

Uno de los aspectos más inquietantes del ser humano moderno es su incapacidad para salir del “yo”, de la autofoto emocional, del egocentrismo, del mundo interior superficial y vanidoso que no llega más allá de la epidermis.

Viajar a través del ego es descubrir un mundo apasionante, para una misma o cuando se comparte en una charla informal entre amigos, pero no aporta nada al resto de la humanidad más allá de un retuiteo en las redes sociales que queda olvidado en unos pocos minutos. Conocer el ego es necesario, pero hay que intentar trascenderlo, dar un paso más allá de la subjetividad y conectar la experiencia personal con la visión de conjunto.

Dice la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy que hay estudios que comprobaron que los niños con múltiples figuras de apego tenían mayor capacidad para integrar los puntos de vista de varias personas, y que “la toma de perspectiva es una de las principales diferencias entre los seres humanos y algunos de nuestros parientes simios más cercanos”. ¿Será que toda esta domesticidad del ego es fruto de la política (no escrita) del hijo único que impera en nuestras psiques y en las familias, que ya no se pueden llamar ni siquiera “nucleares”?

El autoconocimiento es fundamental en el ser humano y, para ello puede ser necesario y enriquecedor mirarse al espejo o escribir un diario.  Sin embargo, cuando se hace del ombligo el centro de la propia existencia es cuando nos encontramos con un problema de domesticidad intelectual que muestra la gran fobia colectiva a enfrentar las duras realidades del mundo exterior (y, como efecto boomerang, del mundo interior profundo). Detrás de esta actitud está el miedo: miedo al silencio, miedo al otro, miedo a lo que puede haber ahí fuera, miedo a nosotros mismos. No somos el centro del universo y nuestra vida personal, en la mayoría de sus facetas cotidianas, no es política. Deberíamos estar en el centro de la vida, no ser el centro de la vida, como decía Jean Liedloff al hablar de los niños. Félix Rodrigo Mora y Prado Esteban también realizan apreciaciones similares en sus charlas, o al menos así lo he interpretado yo.

Mujeres, hombres, niños, ancianos… salgamos del refugio del ego autodestructivo y asumamos las grandes cuestiones de una vez, aunque nos cueste.

No saltemos sin red, porque al vivir una realidad prefabricada lo que veamos al salir puede ser tan monstruoso que podríamos enfermar.

Equilibrio y templanza.

ACTUALIZACIÓN 4/4/2016:

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