“Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia…”

Sigo leyendo este libro a ratitos…

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“Duplica los panes que debes dar a tu madre.
Llévala como te ha llevado.
Ha cargado muchas veces contigo,
Y no te ha dejado en el suelo.
Luego que te dio a luz tras tus meses,
Ha ofrecido su pecho a tu boca durante tres años, con paciencia
Te ha llevado a la escuela,
Y mientras te enseñaban a escribir,
Ella se sostenía durante tu ausencia, cada día, con el pan y la cerveza de su casa.
Ahora que estás en la flor de la edad, que has tomado mujer y que estás bien establecido en tu casa, dirige los ojos a cómo se te dio a luz, a cómo fuiste amamantado, como a obra de tu madre.
¡Que no tenga que vituperarte,
ni levantar las manos a Dios!
¡Y que Dios no tenga que oír su queja!
(Máximas de Ani. Reino Nuevo).

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

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Sobre los derechos de lactancia y el cuadro de “Las cigarreras”, texto tomado de www1.museo.depo.es/pdfarticulos/Cigarreras.pdf‎:

“Las cigarreras solían comenzar en el trabajo en torno a los 13 años y no existía un límite de edad para la jubilación. A principios del siglo XX cobraban un salario de 2 pesetas diarias, lo que suponía menos de la mitad de un jornal masculino, pero que permitía a estas mujeres ser independientes y mantener o colaborar al mantenimiento de sus familias. Además, las que eran madres, y muchas de ellas lo eran y solteras, estaban autorizadas a llevar con ellas a sus bebés para darles el pecho y podían tener a su lado en el taller a los niños en cunas que la propia fábrica les facilitaba, lo que permitía que sin dejar de liar los cigarros pudiesen mecer con el pie las camitas, con lo que las sufridas operarias compartían su trabajo con las obligaciones maternas.
Son tiempos en los que los trabajadores no tienen más derecho que el salario que cobran, no existe ningún tipo de atención social por parte del Estado, no hay seguro de enfermedad, alumbramiento, viudedad, orfandad o incapacidad y tampoco pensiones de jubilación. En este difícil ambiente las cigarreras, sin embargo, logran constituir como colectivo una asociación de tipo benéfico, una hermandad de socorro, aún sin carácter sindical, en la que a través de un fondo común se pagaban los subsidios por enfermedad, los días de baja por maternidad y la asistencia a las ancianas que ya no podían realizar su labor. Estas mujeres, estimadas y admiradas por su duro trabajo, adquieren fuerza y, conscientes de su cualificación, serán reivindicativas, documentándose entre 1905-1916, aunque con escasos resultados, varios conflictos en los que las trabajadoras reclaman derechos elementales como la equiparación del salario con los varones, la jornada laboral de ocho horas o la regulación de los despidos, reivindicaciones que llevarán incluso a la convocatoria de grandes huelgas en el período comprendido entre 1918 y 1921″.

(…)

“Refleja aquí su preocupación por el tema de la lactancia, un asunto que el pintor conocía bien a través de su hermana menor, Flora Bilbao de Rebolledo, quien formaba parte de la junta de damas protectoras del consultorio de niños de pecho de Sevilla, una institución reivindicativa con los derechos de las trabajadoras, cuyo director, ya en 1909, pedía a los responsables de la fábrica que les concediesen una jornada dividida en dos tiempos para amamantar a los niños. Hay que tener en cuenta que hasta 1923 el derecho laboral español no establecerá con carácter general la suspensión del contrato de la mujer, con reserva del puesto de trabajo, durante un plazo de seis semanas después del parto y la norma por la que, durante el período de lactancia, las mujeres tendrán derecho dentro de la jornada laboral a una hora diaria, dividida en dos períodos de treinta minutos, para atender a la alimentación de sus pequeños.”

Y tomado de “Feminismos y antifeminismos: Culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX”:

La relación de las mujeres trabajadoras y la maternidad adquiría especial relieve en el caso de las cigarreras, teniendo en cuenta que en algunas de las fábricas estaba muy arraigada la costumbre de que acudieran al trabajo con sus hijos, depositados en cajones cuando eran muy pequeños mientras las madres los mecían y realizaban sus labores. Se consideraba que la nocividad del ambiente fabril no sólo les afectaba a ellas, sino que eran los propios niños y niñas quienes sufrían. Para paliar los efectos de estas prácticas se fundaron varios asilos que tenían por objeto recoger a estas criaturas “cuidarlas y prestarles con mucho cariño y esmero una caritativa asistencia durante las horas en que sus madres estén en sus trabajos”. Evidentemente en una sociedad que estigmatizaba el trabajo femenino el asilo no se concibe como un servicio para la mujer trabajadora. En sus reglamentos destaca la rigidez y la culpabilización de las madres porque no son capaces de desempeñar sus funciones correctamente. En la admisión de los niños y niñas tenían preferencia los de “legítimo matrimonio” sobre los naturales y especialmente sobre los ilegítimos. Las uniones ilegítimas eran consideradas como un atentado directo al orden social, por tanto se asociaban automáticamente con ambientes marginales e incluso con la prostitución”. Además estos reglamentos estipulaban un horario de lactancia que obligaba a las madres a “dar el pecho a sus hijos a las horas que se les marquen” sin “pasar de la antesala, donde les serán entregados” y procurando “detenerse el menor tiempo posible”.”

La verdad es que después de leer el libro de Asunción Díez sobre la familia campesina asturiana es llamativo el retroceso, ya que en la realidad que describe ese libro no había moral victoriana alguna sobre la ilegitimidad o la legitimidad de los hijos. Es llamativo también el primer texto en el que la alta sociedad es la que por un lado explota a las madres y, por otro, reivindica los derechos de lactancia.

Esta es otra visión de las cigarreras, la que hace Edmundo D’Amicis de la fábrica de tabacos de Sevilla (La España, 1875):

“Se les paga en razón del trabajo que hacen: las más hábiles ganan tres pesetas al día (…) Las madres trabajan, columpiando con una cuerda la cuna de sus hijos. De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de picadura, y por todas partes se ven sayas de colores vivos, trenzas negras y ojazos inmensos.¡Cuántas historias de amor, de celos, de abandonos y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!””

Y Emilia Pardo Bazán describe en uno de sus libros, La Tribuna, la manufactura de cigarrillos de Marineda (nombre literario de A Coruña en las novelas de esta autora). Lo que describe aquí poco tiene que ver con el cuadro de Gonzalo Bilbao:

“Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda; apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, arrebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas que quedan confiadas al cuidado de una vecina; en el recién nacido, que llorará por mamar, mientras a la madre le revientan los pechos de leche… Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse.”

Con esa tremenda frase en negrita me despido, con el corazón encogido por una descripción tan gráfica de la simbiosis que se establece entre una madre lactante y su bebé, y las interferencias de un trabajo y un sistema que ponía y pone todo tan difícil…

Figuras de la madre

Hoy presento un pequeño párrafo del libro compilado por Silvia Tubert “Figuras de la madre”, en concreto del capítulo escrito por Yvonne Knibiehler titulado “Madres y nodrizas”, que nos lleva a pensar que la clásica división patriarcal que se establece entre la mujer y la madre podría tener un paralelismo en el de la dama y la nodriza.

“A diferencia de las griegas, las romanas no daban siquiera el pecho. Una nodriza, casi siempre una esclava, se encargaba de la lactancia”. ¿Y quién lo decidía? ¿Las madres o los padres? En Roma, según describe la autora, el pater familias era el que tenía la autoridad para decidir, por encima de la madre. ¿Y por qué prefería a una nodriza? A veces para apresurar un nacimiento (por el componente anticonceptivo de la lactancia), para priorizar el linaje paterno sobre el materno impidiendo la transmisión de la sangre materna a través del amamantamiento y, por último, los romanos desconfiaban de la intimidad, para ellos debilitante, que crea la lactancia entre madre e hijo.

¿Creéis que el patriarcado actual, que sustituye al pater familias por el Estado (según la tesis de Feminicidio, de Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora), continúa dividiendo nuestra identidad como ocurría durante el Imperio Romano?

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Yvonne Knibiehler

Lactancia y esperanza en la literatura: “Las uvas de la ira”.

Caridad romana, de Rubens

Caridad romana, de Rubens

Confieso que no he leído “Las uvas de la ira” de John Steinbeck aunque sí vi hace años la adaptación al cine que hizo Ford. Tanto la novela como la película están ambientadas en las funestas consecuencias de la famosa crisis del 29 en EEUU, pero en el cine se obvió y censuró el último de los pasajes que reproduzco a continuación y que conocí gracias al libro “Maternalias” de Cira Crespo, ya que supongo que pensaron que era demasiado rompedor para la mentalidad hollywoodiense. Y estoy segura de que no sólo lo es por lo explícito de todo el tabú que rodea la lactancia y el pecho femenino sino por el gran mensaje humano y solidario que desprende, todavía mucho más subversivo que una teta de mujer.

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La película se queda en un final individualista, mucho más tolerable para el Poder, con un monólogo que reivindica la dignidad de los desahuciados del sistema, pero que queda en papel mojado si no hay acciones heroicas que trasciendan a las palabras, pequeñas grandes acciones como la que describe el libro.

Pero antes, para contextualizar, hace falta leer otros pasajes del libro. Aviso que puede que os moleste este post porque voy a desvelar el final de la obra de Steinbeck. ¡Quedáis avisados! Los títulos y las negrítas son mías, no del libro. Advierto que se tocan temas muy duros y pueden herir sensibilidades.

EL PARTO DE ROSE SHARON:

“Del colchón donde yacía Rose of Sharon tapada hasta arriba surgió un grito
agudo y rápido cortado a medio camino. Madre se volvió como un torbellino y fue
hacia ella. Rose of Sharon contenía la respiración y sus ojos estaban llenos de
terror.
—¿Qué pasa? —gritó Madre. La muchacha dejó escapar el aliento y lo volvió
a contener. De pronto Madre puso la mano bajo las mantas. Entonces se levantó.
—Señora Wainwright —llamó—. ¡Señora Wainwright!
La mujercita gorda atravesó el furgón.
—¿Quería algo?
—Mire —Madre señaló al rostro de Rose of Sharon. Se mordía el labio
inferior con los dientes y su frente estaba húmeda de transpiración, y sus ojos
reflejaban el terror y brillaban.
—Creo que ha llegado el momento —dijo Madre—. Viene antes de tiempo.
La joven exhaló un largo suspiro y se relajó. Dejó escapar el labio y cerró
los ojos. La señora Wainwright se inclinó sobre ella.
—¿Te agarro por todas partes… rápidamente? Abre la boca y contéstame —
Rose of Sharon asintió débilmente. La señora Wainwright se volvió hacia Madre—
. Sí —dijo—. Ha llegado el momento. ¿Dice que viene adelantado?
—Quizá lo haya provocado la fiebre.
—Bueno, debería estar de pie. Debería andar por aquí.
—No puede —rebatió Madre—. No tiene fuerzas.
—Pues es lo que debe hacer —la señora Wainwright se volvió silenciosa y
severa con la eficiencia—. He ayudado en muchos partos —dijo—. Venga, vamos
a cerrar casi del todo esa puerta. Que no haya corriente —las dos mujeres
empujaron la pesada puerta corredera hasta que sólo quedó unos treinta
centímetros de abertura.
—Traeré también nuestra lámpara —dijo la señora Wainwright. Su rostro
estaba rojo de excitación—. ¡Aggie! —llamó—. Tú cuídate de estos pequeños.
Madre asintió:
—Eso es. ¡Ruthie!, tú y Winfield iros al otro lado con Aggie. Venga.
—¿Por qué? —quisieron saber.
—Porque tenéis que iros. Rosasharn va a tener un bebé.
—Quiero mirar, Madre. Por favor, déjame.
—¡Ruthie! Vete ahora mismo —no hubo argumentos ante aquel tono de voz.
Ruthie y Winfield se fueron reacios a la otra parte. Madre encendió la lámpara.
La señora Wainwright trajo su lámpara y la dejó en el suelo, y su alta llama
circular iluminó el furgón brillantemente.
Ruthie y Winfield se quedaron detrás del montón de leña y curiosearon.
—Va a tener un niño y vamos a verlo —dijo Ruthie quedamente—. No hagas
ningún ruido. Madre no nos dejaría mirar. Si mira para acá escóndete detrás de
la leña. Entonces lo veremos.
—No hay muchos niños que lo hayan visto —dijo Winfield.
—No hay ninguno —insistió Ruthie, muy orgullosa—. Sólo nosotros.
Cerca del colchón, a la luz brillante de la lámpara, Madre y la señora
Wainwright parlamentaron. Sus voces se elevaban un poco sobre el golpeteo
sordo de la lluvia. La señora Wainwright cogió un cuchillo de pelar del bolsillo de
su delantal y lo deslizó bajo el colchón. —Quizá no sirva para nada —se
disculpó—. En nuestra familia siempre se ha hecho. En cualquier caso, no hace
daño.
Madre asintió.
—Nosotros usábamos una punta del arado. Supongo que cualquier cosa
afilada servirá para cortar los dolores de parto. Espero que no sea muy largo.
—¿Te encuentras bien ahora?
Rose of Sharon asintió nerviosamente.
—¿Viene ya?
—Claro —dijo Madre—. Vas a tener un niño precioso. Sólo tienes que
ayudarnos. ¿Crees que podrías levantarte y caminar?
—Puedo intentarlo.
—Eso es una buena chica —dijo la señora Wainwright—. Buena chica. Te
ayudaremos, cariño. Vamos a caminar contigo —la ayudaron a levantarse y le
echaron una manta sobre los hombros. Entonces Madre la sujetó de un brazo y
la señora Wainwnght del otro. Caminaron hasta el montón de leña y dieron
media vuelta despacio y volvieron al extremo del furgón, una y otra vez; y la
lluvia tamborileó monótona en el tejado.
Ruthie y Winfield miraron con ansiedad.
—¿Cuándo lo va a tener? —exigió Winfield.
—Sh, que no te oigan. No nos dejarán mirar.
Aggie se unió a ellos detrás del montón de leña. El rostro delgado de Aggie
y su pelo amarillo brillaban a la luz de la lámpara y la nariz se veía larga y afilada
en la sombra de su cabeza en la pared.
Ruthie susurró:
—¿Has visto nacer un niño alguna vez?
—Claro —respondió Aggie.
—Bueno, y ¿cuándo lo va a tener?
—Aún falta mucho.
—Pero ¿cuánto tiempo?
—Puede que hasta mañana por la mañana no lo tenga.
—¡Anda! —dijo Ruthie—. Entonces mirar ahora no sirve. ¡Oh, mira!
Las mujeres habían detenido su caminar. Rose of Sharon se había puesto
rígida y gemía de dolor. La acostaron en el colchón y le secaron la frente
mientras ella gruñía y apretaba los puños. Y Madre le habló quedamente.
—Tranquila —dijo—. Va a ir bien…, muy bien. Agárrate las manos y
muérdete el labio. Así, bien…, así—el dolor pasó. La dejaron descansar un poco y
luego la volvieron a ayudar a levantarse y las tres caminaron arriba y abajo entre
los dolores.
Padre asomó la cabeza por la estrecha abertura. Su sombrero goteaba
agua.
—¿Para qué habéis cerrado la puerta? —preguntó. Y entonces vio a las
mujeres que caminaban.
Madre dijo:
—Ha llegado el momento.
—Entonces…, entonces no podríamos irnos aunque quisiéramos.
—No.
—Entonces hay que levantar un terraplén.
—Tenéis que hacerlo.
Padre chapoteó entre el barro y se encaminó hacia el arroyo. Su palo estaba
diez centímetros más abajo. Había veinte hombres parados bajo la lluvia. Padre
gritó:
—Tenemos que levantarlo. Mi hija tiene los dolores —los hombres se
reunieron a su alrededor.
—¿De parto?
—Sí. Ahora ya no nos podemos ir.
Un hombre alto dijo:
—No es nuestro niño. Nosotros podemos irnos.
—Claro que sí—dijo Padre—. Pueden irse. Váyanse, nadie se lo impide. Sólo
hay dos palas —fue a la parte más baja del arroyo y hundió la pala en el barro.”

(…)

Las mujeres llenaron las cafeteras y las sacaron de nuevo. Y conforme
avanzaba la noche, los hombres se movían más y más despacio y levantaban los
pesados pies como los caballos de tiro, más barro en el dique, más sauces
entrelazados. La lluvia caía monótona. Cuando la linterna iluminaba los rostros,
se veían los ojos mirando con fijeza y los músculos de las mejillas sobresalían
como verdugones.
Durante mucho rato siguieron los gritos del furgón y finalmente se
apagaron.
Padre dijo:
—Madre me llamaría si hubiera nacido —continuó trabajando torvamente.”

(…)

NOTA: ¿Qué es eso de parar los dolores del parto con algo afilado? ¿Alguien sabe a qué se refieren? ¿Están hablando de una episiotomía? Uff…

EL NACIMIENTO DE UN BEBÉ MUERTO… ¿Quizás por desnutrición?

Padre trepó la pasarela cautelosamente y se deslizó por la pequeña
abertura. Las dos lámparas daban una luz baja. Madre estaba sentada en el
colchón al lado de Rose of Sharon y le abanicaba el rostro inmóvil con un trozo
de cartón. La señora Wainwright metió leña seca en la cocina y un humo
malsano salió por las tapaderas y llenó el coche del olor a tela quemada. Madre
levantó la vista hacia Padre cuando entró y luego la bajó rápidamente de nuevo.
—¿Cómo está? —preguntó Padre.
Madre no volvió a levantar la mirada.
—Creo que bien. Está durmiendo.
El aire estaba fétido y olía a cerrado, a olor de parto. El tío John trepó y se
sujetó derecho al lado del furgón. La señora Wainwright dejó su trabajo y fue
hacia Padre. Le tomó del codo y le condujo a un rincón del furgón. Cogió un farol
y lo mantuvo encima de una caja de manzanas que había en el rincón. Sobre un
periódico yacía una pequeña momia, azul y consumida.
—No llegó a respirar —dijo la señora Wainwright suavemente—. Nunca
estuvo vivo.
El tío John se volvió y se dirigió al extremo oscuro del furgón arrastrando los
pies. La lluvia silbaba sobre el tejado quedamente, tan quedamente que podían
oír el llanto cansado del tío John desde la oscuridad.”

ESPERANZA…

“Winfield dijo:
—¡Madre! —y la lluvia, rugiendo en el tejado, ahogó su voz—. ¡Madre!
—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?
—¡Mira! En el rincón.
Madre miró. Había dos figuras en la penumbra; un hombre tumbado de
espaldas y un niño sentado junto a él, con los ojos muy abiertos, mirando con
fijeza a los recién llegados. Mientras miraba, el niño se puso lentamente de pie y
se acercó a ellos. Su voz se rompió.
—¿Son los propietarios de esto?
—No —dijo Madre—. Sólo hemos venido a refugiarnos de la lluvia. Tenemos
una muchacha enferma. ¿Tienes una manta que pudiéramos usar para quitarle la
ropa mojada?
El niño volvió al rincón y trajo un sucio edredón que tendió a Madre.
—Gracias —dijo ella-—. ¿Qué le pasa a ese hombre?
El niño hablaba con un graznido monótono.
—Primero estuvo enfermo, pero ahora se está muriendo de hambre.
—¿Qué?
—Muñéndose de hambre. Se puso enfermo en el algodón. Lleva seis días sin
comer.
Madre fue al rincón y miró al hombre. Tenía alrededor de cincuenta años, su
rostro estaba chupado y los ojos eran vagos y de expresión fija. El niño se llegó a
su lado.
—¿Es tu padre? —preguntó Madre.
—¡Sí! Dice que no tiene hambre o que acaba de comer y me da la comida.
Ahora está demasiado débil. Apenas se puede mover.
El golpeteo de la lluvia decreció hasta no ser más que un silbido
tranquilizador en el tejado. El hombre consumido movió los labios. Madre se
arrodilló a su lado y acercó la oreja. Sus labios se volvieron a mover.
—Claro —dijo Madre—. Estése tranquilo. Él está bien. Espere que le quite la
ropa mojada a mi hija.
Madre se volvió hacia Rose of Sharon.
—Quítate la ropa —dijo. Utilizó el edredón como una pantalla para que no la
vieran. Y cuando estuvo desnuda, Madre la tapó con el edredón. El niño estaba
otra vez a su lado explicándole:
—Yo no lo sabía. Decía que había comido o que no tenía hambre. Anoche fui
y rompí una ventana y robé un poco de pan. Le hice tragárselo. Pero lo vomitó
todo y se quedó más débil todavía. Tiene que comer sopa o leche. ¿Tienen
ustedes dinero para comprar leche?
Madre dijo:
—Calla. No te preocupes. Ya pensaremos algo.
De pronto el niño gritó:
—¡Se está muriendo, se lo digo yo! Se está muriendo de hambre, se lo digo
yo.
—Calla —dijo Madre. Miró a Padre y al tío John que miraban al hombre
enfermo sin saber qué hacer. Miró a Rose of Sharon envuelta en el edredón. Los
ojos de Madre fueron más allá de los de Rose of Sharon y luego volvieron a ellos.
Y las dos mujeres se miraron profundamente la una a la otra. La respiración de la
muchacha era entrecortada.
Ella dijo:
—Sí.
Madre sonrió.
—Sabía que lo harías. ¡Lo sabía! —miró sus manos, entrelazadas en su
regazo.
Rose of Sharon susurró:
—¿Podéis…, podéis saliros todos? la lluvia caía lentamente en el tejado.
Madre se inclinó hacia adelante y con la palma de la mano retiró de la frente
de su hija el pelo en desorden y la besó en la frente. Madre se enderezó con
presteza.
—Venga, vamos todos —llamó—. Vamos a salir al cobertizo de las
herramientas.
Ruthie abrió la boca para hablar.
—Calla —dijo Madre—. Calla y ve —los hizo salir y llevó al niño consigo;
cerró la puerta chirriante tras de sí.
Durante un minuto Rose of Sharon se quedó sentada inmóvil en el granero
susurrante.
Luego levantó su cuerpo y se ciñó el edredón. Caminó despacio hacia el
rincón y contempló el rostro gastado y los ojos, abiertos y asustados. Entonces,
lentamente, se acostó a su lado. Él meneó la cabeza con lentitud a un lado y a
otro. Rose of Sharon aflojó un lado de la manta y descubrió el pecho.
—Tienes que hacerlo —dijo. Se acercó más a él y atrajo la cabeza hacia sí—.
Toma —dijo—. Así —su mano le sujetó la cabeza por detrás. Sus dedos se
movieron con delicadeza entre el pelo del hombre. Ella levantó la vista y miró a
través del granero, y sus labios se juntaron y dibujaron una sonrisa misteriosa.”

Nunca había leído un pasaje tan bello de lactancia y solidaridad, en la que una mujer que ha parido a un niño sin vida termina amamantando a un hombre adulto, que no es de su familia, al borde de la muerte. Pero, ¿realmente no es de su familia? ¿O es que acaso no formamos todos parte de una gran familia extensa, la humanidad, aunque lo olvidemos una y otra vez?

Termino con este fragmento tan bello, una interpretación de la mística de este pasaje de la mano de Harriet Quint, Profesora Investigadora del Dpto. de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara, México.

“Así es como termina la novela. Esta última escena, que quizás parezca una representación grotesca de la tan querida imagen frecuentemente representada en el arte cristiano “la Madre de Dios lactante”, Maria lactans, está sobrecargado de símbolos. El personaje femenino que a lo largo de la novela es nombrado Rosasharn aquí lleva su nombre completo Rose of Sharon. Según la anotación de María Coy, la traductora de la novela de Steinbeck, se evitó la traducción del nombre que se relaciona con el “Cantar de los Cantares”. En el poema bíblico la esposa de Salomón dice en el canto 2, 1: “Yo soy el narciso de Sarón, un lirio de los valles”. Esta correspondencia con el poema más bello de amor de la Biblia, que muchos exegetas relacionan alegóricamente con el amor de Dios hacia el pueblo de Israel, más no por eso deja de tener cierto aire profano, tiene una significación relevante. Este narciso de Sarón que nace de la tierra, que alimenta y nutre tanto física como espiritualmente, simboliza el lado femenino de la unidad cósmica. Rose of Sharon ya no es la madre que parió un hijo muerto, es la madre de la humanidad que alimenta, no al hijo pródigo de Dios, sino a un simple campesino al borde de la muerte por desnutrición.

De este modo los elementos desperdigados del amor por la tierra y por la familia se reúnen y forman un concepto universal. El microcosmos se expande y se convierte en macrocosmos. El amor de ser individual, relacionado con el resquebrajamiento de una familia adquiere dimensiones cósmicas que atañen a toda la humanidad.”

El libro lo he descargado en pdf aquí.

Y aquí se ve el final de la película, nada que ver con el de la novela:

Uvas de la Ira (4 de 4) from Piaractus on Vimeo.

Gracias al libro de Cira conocí la Caridad Romana, la historia de Cimón y Pero, un hombre encarcelado que fue alimentado por su hija, que le amamantó para salvarle.

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Caridad Romana, de Lorenzo Pasinelli.