Momentos de lactancia del siglo III a.C.

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Una de las piezas más emblemáticas de la Serreta  es  la  conocida  terracota  comúnmente  conocida como el grupo de la Diosa Madre (Fig. 13). Aunque tradicionalmente  se  asocia  al  santuario,  se  encontró en la habitación que nos ocupa. Se trata de una plaqueta de arcilla rojiza modelada a mano de 18’2 cm de anchura y 16’7 de altura que muestra un grupo de personajes  en  tamaños  y  actitudes  diversas  y  que están realizados a partir de un modelado manual de la arcilla de forma esquemática. Preside la escena una gran figura femenina central incompleta, pues carece de la cabeza, y que acoge en su seno a dos niños pequeños a los que amamanta. Dentro del esquematismo de la representación es posible apreciar un gran manto o velo que cae de la cabeza y que acogería a las figuras lactantes, aunque es difícil distinguir los brazos del pliegue del vestido. Sin embargo, numerosos paralelos apoyan esta función del mostrarse y simultáneamente  acoger,  que  es  protección  bajo  el manto  divino.  Por  ejemplo,  el  mismo  motivo  y  esquema  de  representación,  la  acogida  bajo  el  manto a  dos  lactantes  aparece  en  la  escultura  de  la  diosa nutricia  de  Megara  Hyblaea  (Fig.  14) 36 .  Está sentada en un trono que constituye la parte trasera de la pieza. Esta figura central se acompaña de sendas parejas de mujeres e infantes de proporciones menores a las de la señora sentada, en sus laterales. Los rostros se realizan con un simple pellizco de arcilla en el que individualizan algunos rasgos, como los bucles del cabello que penden de ambos lados de la cabeza. La figura de la derecha acoge a la figura infantil con el brazo derecho posado sobre el hombro –un gesto familiar— mientras que con el izquierdo toca el regazo de la figura central o el mismo trono, como también aproxima su brazo a la figura sedente la figura infantil. Por su parte, las figuras de la izquierda tocan el diaulós  que dan sentido singular a una escena envuelta en el entorno de la música 37 . Entre estas figuras y el personaje central aparece una paloma. Una segunda paloma se situaría probablemente en el espacio simé- trico del trono, a la izquierda. La  pieza  tiene  una  base  plana  y  un  reverso  liso con un agujero central debido a las necesidades técnicas  de  fabricación.  Presenta,  por  tanto,  una  única cara decorada, para ser mostrada de frente 38  sobre una pequeña  peana  o  bien  en  una  hornacina.

Tomado de “LA HABITACIÓN SAGRADA DE LA CIUDAD IBÉRICA DE LA SERRETA” de Ignacio Grau, Ricardo Olmos y Alicia Perea: http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa/article/viewFile/38/38

¿Por qué seguimos usando argumentos de autoridad?

La verdad es que no amamanto porque la OMS lo recomiende*. No he llevado a mis hijos a la guardería** durante los dos primeros años, y tampoco ha sido porque diga tal o cual cosa determinada asociación de profesionales expertos. No era nada excepcional que las madres del mundo rural popular de la península ibérica amamantaran, sin dogmatismos ni directrices, unos tres años (ver, por ejemplo, el libro “Ritos de embarazo e parto en Galicia” de Antonio Pereira Poza). No sería tampoco extraño que lo hicieran menos o que no lo hicieran en determinadas situaciones.

Sin embargo, a la hora de solicitar el teletrabajo en mi empresa, a día de hoy, yo sí he usado argumentos de autoridad, porque sé que el mundo actual funciona así: hay que citar estudios sesudos para convencer a las personas con poder de que se mantendrá o incluso aumentará la sacrosanta productividad, que en el fondo es el debate que subyace al de la “conciliación”. Todavía es demasiado revolucionario decir “necesito estar cerca de mi bebé, sin separaciones tajantes e inflexibles, y él me necesita a mí. Los dos necesitamos integrarnos en la vida, aportar a los demás y que nos apoyen a nosotros”.
En todas las culturas ha habido personas que cuidaban a los bebés que no eran la madre. El cuidado nunca ha sido en la especie humana una mera cuestión de diadas aisladas madre-padre (familia nuclear) o diadas aisladas madre-bebé. Quizás con mi escrito esté contribuyendo al mantenimiento de determinados argumentos de autoridad pero no se me ocurría otra cosa. Al menos este es mi blog personal y tengo libertad total para expresarme sin autocensura ni tener que convertirme en esa supertrabajadora capaz de todo. Parece que lo más importante es que la máquina no pare, aunque nos destruyamos por el camino. La buena salud o la lactancia, tienen que ser “vendidas” al mundo productivo como elemento positivo que reducirá el absentismo o hará más productiva a la empresa. En otros momentos, con ese mismo objetivo se boicoteó la lactancia de las madres trabajadoras y se crearon productos sucedáneos y nuevas necesidades comerciales.
 
Aquí va parte de mi memoria de teletrabajo, por si puede servir a alguien. Mi escrito es en cierta forma una claudicación, una venta del alma que mejor que quede expuesta a que esté oculta e invisibilizada en una maraña de autoengaños:

“2. Conciliación de la vida personal, familiar y laboral.
 
Realizar gran parte del trabajo desde casa supone para mí un aumento del compromiso y una gran motivación, ya que voy a tener la oportunidad de hacerlo sin tener que preocuparme sobre el hipotético bienestar de mi hijo en una guardería o separado de mí en un momento en el que tenernos cerca es de vital importancia para ambos. Por otro lado, que no vaya a una escuela infantil y mantener la lactancia materna sin restricciones externas durante los primeros años de vida supone que no se pondrá tan enfermo como los bebés que no son amamantados, que tienen que ir a la guardería o no pueden mantenerse cerca de sus madres. Esto, evidentemente, revertirá en un menor absentismo laboral por mi parte.
 
No en vano, con o sin lactancia materna, la Asociación Española de Pediatría en su Congreso nº62 celebrado en Sevilla llegó en sus conclusiones a la recomendación de no llevar a los niños a las guarderías antes de los 2 años:
 
“El consumo de antibióticos es significativamente mayor en todos los niños que acuden a guarderías. Los broncodilatadores inhalados y el montelukast se prescriben más en los niños que entran en la guardería antes de los 18 meses. Los niños que acuden antes de los 12 meses a guarderías consumen más corticoides orales e inhalados.”
 
(…)
 
“Los datos recogidos durante 24 meses son consecuentes con estudios previos que demuestran mayor presencia de patologías infecciosas en niños que acuden
 
a guarderías, siendo por tanto esperable mayor consumo de fármacos y visitas médicas en estos niños. Esta evidencia científica debería ser conocida por los padres para que valoren opciones diferentes a la asistencia a guarderías.”
 
(…)
 
“La asistencia a guarderías aumenta la morbilidad y el uso de recursos sanitarios tanto hospitalarios como de atención primaria. Dado que la precocidad de la asistencia a la guardería está relacionada con el trabajo materno se debería tratar de facilitar a las madres otros procedimientos de cuidado infantil diferentes a las guarderías”(1)
 
La conciliación del trabajo con la crianza es también importante por otros motivos evolutivos, ya que el bebé humano nace muy inmaduro en comparación con otros mamíferos y primates y completa su gestación fuera el útero (exterogestación). En palabras del ginecólogo Miguel Tortajada Martínez:
 
(…)”se podría considerar que el Homo Sapiens en su desarrollo neurológico tendría una equivalencia, respecto a los grandes antropomorfos, de un periodo de gestación de 21 meses divididos en dos fases: 9 meses de desarrollo intrauterino, que constituyen una unidad biológica, y otros 12 meses después del nacimiento con una relación muy intensa y operativa entre madre y recién nacido; a estos últimos 12 meses les ha denominado Ashley Montagu (1961) exterogestación”(2).
 
Pero la conciliación también es importante para la salud de la madre. Hay estudios que correlacionan la nuliparidad, la maternidad tardía y sobre todo la falta de amamantamiento como un riesgo en el aumento de las posibilidades de desarrollar cáncer de mama, ovario y endometrio. La investigadora que más ha estudiado estas relaciones es Valerie Beral, Directora de la Unidad de Epidemiología del Cáncer de la Universidad de Oxford:
 
“Si las mujeres en los países desarrollados tuvieran 2,5 hijos, de media, y amamantaran a cada hijo 6 meses más de lo que lo hacen ahora, se podrían prevenir 25.000 (5%) cánceres de mama cada año, y si cada hijo fuera amamantado por 12 meses adicionales se podrían prevenir 50.000 (11%) cánceres de mama al año. Hay obvias consecuencias económicas y sociales al prolongar la lactancia materna, y estos resultados indican que hay beneficios para la madre, además de los conocidos beneficios para el hijo(3).”
 
Y tanto madre como bebé se necesitan mutuamente a nivel psicológico. Las profesoras Rada Dagher y Paricia McGovern de la Universidad de Maryland han
 
investigado cómo aumenta el riesgo de sufrir depresión durante el primer año posparto relacionado con los permisos de maternidad cortos o, lo que es lo mismo, la separación madre-bebé durante el primer año(4):
 
“El primer año después del nacimiento presenta un riesgo de depresión en las mujeres, con un 13% de todas las madres experimentando depresión posparto, con síntomas debilitantes similares a la depresión clínica”.
 
En el contexto de la UNED, las madres y padres trabajadores de la Universidad, no disponemos de una guardería dentro de las propias instalaciones de la UNED o del complejo universitario de Ciudad Universitaria que compartimos con la Universidad Complutense, lo que hace todavía más complicada la conciliación de la crianza con el trabajo y, sobre todo, hace sufrir injustamente a los bebés por una separación demasiado temprana y rígida en sus horarios. La tendencia es a que las empresas dispongan de estas instalaciones. Por ejemplo, en el Anteproyecto de la Ley de Igualdad de Andalucía sí se contempla esta obligación para las empresas de más de 500 trabajadores (5).
 
En relación a la conciliación no se puede olvidar, por último, la reducción del tiempo dedicado a ir y volver al trabajo y el impacto medioambiental que eso supone”.

1 Pg. 1, 2 y 115. https://www.congresoaep.org/2013/readcontents.php?file=webstructure/03_comunicaciones.pdf

2 Fragmento del libro “El parto en la evolución humana”del ginecólogo Miguel Tortajada Martínez.

3 http://www.docs4you.at/Content.Node/Vorsorgemedizin/Stillen/Breast_cancer_and_breastfeeding.pdf y http://www.dmedicina.com/enfermedades/2002/07/17/prolongar-lactancia-reduce-riesgo-cancer-mama-6224.html

4 http://www.sciencedaily.com/releases/2013/12/131212100140.htm

5 http://elcorreoweb.es/las-empresas-con-mas-de-500-trabajadores-deberan-tener-guarderia-FL728700

http://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2015/09/05/satse-reclama-guarderias-hospitales-red/793077.html

* Sobre estas cuestiones, que han terminado delegadas en las recomendaciones de los expertos, hay ya demasiado autoengaño. Si queremos vivir con autenticidad no podemos dar de mamar si no nos gusta o resulta un suplicio, incluso cuando ya se han resuelto los problemas “técnicos” del amamantamiento y no hay dolor. Se ha perdido la cultura de la lactancia (y del embarazo/parto respetado), lo que provoca diversos problemas en la relación fluida que se crea durante la misma. Además, nuestra mentalidad actual es muy diferente de la que fue moldeada por el entorno en el que evolucionó el ser humano. Hasta que la recuperemos desde lo popular y no desde el discurso biomédico, un primer paso es no mentirse a una misma y partir, al menos, de la verdad en nuestra conexión con nuestro cuerpo y nuestro bebé.

** Me niego a hablar de “educación infantil” cuando estamos hablando de bébes de pocos meses y son centros que existen como necesidad de las empresas y el sistema productivo/laboral actual. Yo he tenido la opción de no llevarlos tan pequeños pero mucha gente no tiene esa opción ni pueden elegir, dada la precariedad laboral y vital existente (de hecho solamente lo pude retrasar dos años y medio, pero al final fue). Sobre la lactancia materna, lo mismo. Si hubiera tenido obstáculos insalvables para establecerla, hubiera recurrido a la leche de fórmula sin problema, obviamente.

Relacionada:

Análisis y reflexiones en torno al informe de Goldman Sachs “Womenomics 3.0. The Time is now”

No es “conspiranoia”, se llama Capitalismo y Estado

Luther Emmett Holt

 Investigo quién fue el primer pediatra de masas que difundió la idea de “dejar llorar” y no ser empático con las necesidades de los bebés y llegas a Luther Emmett Holt, pediatra del Instituto Rockefeller (por cierto, también el personaje que difundió aquello del “dale cada 3 horas” y gran investigador del contenido de la lactancia materna para mejorar la leche de fórmula…). Estudio la amenorrea/anovulación de la lactancia materna y el MELA, llego al consenso de Bellagio, que se llama así porque se reunieron los científicos en el Centro de Bellagio de la Fundación Rockefeller. Sigo la trayectoria de Elsimar Coutinho, el científico que sale en el documental La Luna en Ti y creador del DepoProvera, y veo que trabajó en el “Rockefeller Institute for Medical Research”, además de ser pionero de la reproducción artificial.  Veo que también escribió su libro “¿Es la menstruación algo obsoleto?” durante una residencia en el Centro de Bellagio. Ayer me compro un libro sobre la dieta sin trigo y la celiaquía, comienzo a leer y en el primer capítulo explican cómo un genetista, Norman Burlaug, creó el trigo estándar que se come en todo el mundo, el “trigo enano de rendimiento excepcional”, a base de intensas hibridaciones y que puede que sea la causa de muchos problemas de salud... ¿Dónde realizó las investigaciones? En el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo, que surge como resultado de un programa cooperativo de investigación entre el Gobierno de México y la Fundación Rockefeller en los años 1940-1950. Estudio el concepto de “empoderamiento” y llego a Gita Sen, financiada por las fundaciones Ford y Rockefeller o a Caroline Moser, subvencionada por la Fundación Ford. 

No en vano las elites del capitalismo se unen en la industria petrolera, banquera, militar y biopolítica. No es “conspiranoia”, se llama Capitalismo y Estado, que tienen en su propia lógica y dinámica interna el objetivo de acrecentar los beneficios, la tendencia natural al monopolio y, no lo olvidemos, también a aumentar el poder, el control y el “progreso”. 

El Estado tiene en su propia esencia una estructura militar jerárquica, y ese es el modelo aplicable a la fábrica industrial-ejército, al hospital-fábrica o al colegio-ejército. Las y los poderosos tienen el dinero para investigar y dirigen la investigación o las políticas en cada momento hacia sus propios intereses de clase, a crear nuevas necesidades sin preocuparse por los efectos a medio y largo plazo.  Por otro lado, las estrategias empresariales o políticas, inspiradas siempre en el campo militar, no son monopolio de las elites. Cualquier pequeña empresa o proyecto personal tiene que aplicar las mismas reglas si quiere participar en el juego. El pensamiento imperialista y domesticador busca el control total sobre la vida, y la industrialización condiciona, a su vez, la forma en la que esto se lleva a cabo.
Es más viejo que el toser… No tiene nada de extraño ni maravilloso.

Luther Emmett Holt

El tipo de la foto de arriba es el pediatra Luther Emmett Holt. Su libro, publicado en 1894, se puede leer aquí, donde podéis ver la maravillosa tabla de horarios de amamantamiento. Al parecer llegó a sus “conclusiones”, en lugar de observando el funcionamiento de la lactancia materna real, estudiando el tamaño de los estómagos de los bebés

Cada 3 horas, no más de 20 minutos en total… (haz click en la foto para ampliar)

Como podemos leer en el libro “How We Do It: The Evolution and Future of Human Reproduction” escrito por Robert Martin (donde dice “madre trabajadora” se entiende que “asalariada industrial”, las madres han trabajado y han criado desde el principio de los tiempos sin problemas): 

“Como la cultura ha influenciado en gran forma el maternaje en todas las sociedades modernas humanas, no es fácil decidir qué es “natural” para nuestra propia especie. En el pasado, autoproclamados expertos preocupados ellos mismos por reglas ordenadas, proveían de consejos que ignoraban en gran parte a la biología. Hasta la mitad del siglo XIX, los médicos y las guías raramente proponían horarios rutinarios para la lactancia materna. Entonces, las cosas cambiaron rápidamente mientras la revolución industrial se abría paso y las madres trabajadoras se hicieron muy comunes. A comienzos del siglo XX los horarios rígidos en la lactancia materna eran la norma en el mundo industrializado. Esta nueva aproximación al amamantamiento, acompañada por la reducción de la duración recomendada de dos años a uno, fue fomentada por pediatras pioneros como Luther Emmett Holt en Nueva York y Thomas Rotch en Boston. Modas paralelas ocurrieron en Inglatera, Francia y Alemania. El best-seller de Holt, “The Care and Feeding of Children: A Catechism for the Use of Mothers and Children’s Nurses” se publicó por primera vez en 1894. Finalmente tuvo unas 75 ediciones e impresiones y fue considerado como un texto definitivo en cuidado infantil hasta 1940. 
La norma de Holt de que los niños deberían ser alimentados en intervalos de tres horas a lo largo de la mayor parte del primer año deriva de su estudio de 1890 de los estómagos de bebes muertos. Midió el volumen de cada estómago apretándolo por los extremos y llenándolo con agua. Para calcular sus horarios de alimentación, dividió el total de cantidad de leche ingerida entre el estómago lleno promedio. En un estudio fascinante de 1987, el pediatra americano Marshall Klaus revisó la noción de horarios rígidos de alimentación y satirizó sobre la regla de Holt como “la teoría del depósito de gasolina”. 

Para profundizar: 

–  Luther Emmett Holt no fue el “inventor” de los horarios rígidos y las normas que boicotean las lactancias, fue el que las introdujo en la cultura popular de forma masiva. El post “Tabúes históricos sobre la lactancia materna” habla de algunos precedentes históricos, poco conocidos y leídos por la gran mayoría de la población: http://www.lacasitadealgodonales.com/blog/?p=1839
 
– “La historia del entrenamiento para dormir en Alemania”. Este artículo señala la posibilidad de que las ideas que Emmett Holt difundió de forma masiva sobre el “dejar llorar” a los niños una, dos o tres horas hasta que se durmieran se vieron quizás influenciadas por un libro alemán de 1891 “Das Buch der Mütter” de Marie Susanne Kübler, una autora de libros para “amas de casa”, aunque quizás también enfocados al importante descanso de las mujeres asalariadas que después tenían que rendir en la fábrica. Una hipótesis interesante sobre el momento en el que el sueño infantil se convirtió en un problema:

Marie Susanne Kübler
Das Buch der Mütter”

: http://www.phdinparenting.com/blog/2011/5/9/the-history-of-sleep-training-in-germany.html 

“Origen del modelo de ama de casa”, fragmento del libro Feminicidio o autoconstrucción de la mujer, de Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora. 

CONTINUARÁ… 

La menstruación biocultural

 La menstruación es un fenómeno fisiológico biocultural, es decir, se ve afectado tanto por nuestras hormonas como por el ambiente, y estos dos aspectos interactúan a su vez entre sí. La cultura influye en la menstruación de diversas maneras y de ningún modo podemos pensar que el patrón de menstruación occidental actual es universal en todo tiempo y lugar. La primero que marca la diferencia es el número de hijos a lo largo de la vida, el número de años que se amamanta y el tiempo que se está en amenorrea/anovulación de la lactancia.

Traducción: Ratios de incidencia de cáncer de pecho y ovario en las regiones del mundo seleccionadas (ratio por 100.000; edad estandarizada)

Una de las manifestaciones de estas diferencias son los niveles de incidencia de cáncer de mama y ovario en las diferentes partes del mundo. Las mujeres occidentales tienen unos 450 ciclos menstruales a lo largo de su vida y, en cada ciclo, con cada aumento en la progesterona y el estrógeno, hay divisiones de células en los ovarios, pecho y útero como preparación para un posible embarazo que casi nunca llega a ocurrir. Y cada vez que una célula se divide, aumentan las probabilidades de que se produzca una mutación cancerígena.

Aquí podéis ver las fluctuaciones hormonales del ciclo menstrual comparadas con las del embarazo y la lactancia (que son diferentes entre sí y se ve claramente que la etapa de lactancia materna no es precisamente estar en un estado de “fase ovulatoria” constante, como leí una vez en una conocida web de pedagogía menstrual).

Traducción: “Una representación esquemática de la exposición de progesterona en 9 meses de ciclos menstruales, embarazo y lactancia. La exposición a los estrógenos mostraría unos valores relativos similares. Tomado de aquí.

“Cuerpos antiguos, vidas modernas”

Una de las mujeres que más ha investigado las diferencias menstruales entre las mujeres del mundo ha sido Virginia J. Vitzthum, profesora de Antropología en la Universidad de Indiana e investigadora del Instituto Kingsey. Supe de su existencia en el libro de Wenda Trevathan publicado en 2010 “Ancient bodies, modern lives” (Cuerpos antiguos, vidas modernas) donde en su pg. 43-49 habla de este tema y en el que aparecen los gráficos que podéis ver en este post:

Niveles de progesterona en ciclos de concepción y no concepción en dos poblaciones (Chicago y Bolivia). Copiado de aquí.

Virginia Vitzthum comparó los niveles de progesterona de mujeres embarazadas y no embarazadas en Bolivia y en Chicago. Los niveles eran muchísimo más altos para las mujeres de EEUU pero, además, los niveles de las mujeres del altiplano boliviano eran tan bajos que se hubieran interpretado como de mujeres estériles si hubieran visitado cualquier clínica de fertilidad occidental. Sin embargo, lejos de ser estériles, estas mujeres tenían una media de 4 embarazos y amamantaban uno o dos años. A su vez, la media de duración de sus reglas era de 3,7 días, mientras la duración media aproximada de las mujeres en Europa y EEUU se aproxima a 6 días, en el rango más alto de las poblaciones estudiadas.

La explicación que se aporta en el libro a estos fenómenos es que su dieta y actividad física marcaban la diferencia. La alimentación muy calórica se correlaciona con altos niveles de hormonas. Esto ocurre también en las hembras de grandes simios: cuando la comida es abundante y hay que moverse poco para encontrarla suben los niveles hormonales y hay más embarazos.

Vitzthum plantea que los ovarios responden a las fluctuaciones dependiendo del ambiente ecológico y sus circunstancias. Si los recursos están muy limitados, la progesterona se mantendrá baja y su sistema reproductivo se adaptará a esos niveles bajos, incluso aunque le tome un poco más de tiempo quedarse embarazada. Todo son hipótesis pero, afirma Trevathan, el modelo de respuesta flexible de Virginia Vitzthum podría explicar por qué las mujeres de las sociedades “ricas” experimentan ciclos ováricos interrumpidos o alterados con estrés nutricional a corto plazo mientras que las mujeres de las economías “pobres” experimentan más estrés nutricional a largo plazo y trabajan muy duro a nivel físico pero, sin embargo, no muestran estas interrupciones.

Y aquí viene otro ejemplo alucinante de las vinculaciones estrechas entre biología y cultura. ¡Ojo! Los antropólogos Mhairi Gibson y Ruth Mace estudiaron una población en Etiopía y se dieron cuenta de que los ratios de nacimientos habían aumentado desde la construcción de un nuevo suministro de agua. Antes, las mujeres tenían que caminar kilómetros llevando para transportarla. Después de que se instalara el suministro, su gasto energético disminuyó y comenzaron a tener intervalos más cortos entre nacimientos. Se dice en el libro que esto se ha comprobado en estudios similares en otras poblaciones después de la introducción de la electricidad y el transporte motorizado.

Pero lo más interesante viene ahora: los niveles hormonales que tenemos cada mujer en la vida adulta se gestan durante nuestro desarrollo y reflejan la cantidad de recursos disponibles en el ambiente mientras crecemos. El contexto, la sociedad en la que vivimos, la cultura y el ambiente ecológico dan pistas a nuestro cuerpo para saber lo que le espera, cómo serán las condiciones de vida y cómo debemos adaptar nuestros niveles hormonales a ese ambiente. El cuerpo de una niña que crece en una ciudad occidental del siglo XXI espera que su ambiente sea estable. En este capítulo se aporta el ejemplo de lo que ocurrió durante la hambruna que se produjo en los Países Bajos durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. Las mujeres tenían mayores ratios de infertilidad y aborto espontáneo comparados con los ratios de la misma población antes y después de la hambruna. Yo sin embargo pienso que esto se podría deber también al estrés psicológico del ambiente más que al hambre.

Las poblaciones migrantes también aportan ejemplos de estas relaciones bioculturales en el sistema reproductivo de las mujeres. En un estudio de las antropólogas Alejandra Nuñez de la Mora y Gillian Bentley se comprobó que las emigrantes de Bangladesh que se iban a Reino Unido cuando eran niñas tenían niveles más altos de progesterona y menarquías más tempranas que las que emigraban en la adolescencia o después, o las que se quedaban en Bangladesh.

La fertilidad es un continuum

Todo esto lleva a algunas conclusiones interesantes y es que, según nos cuenta Trevathan, estas adaptaciones al ambiente son sanas, no son parte de ningún desorden o patología (aunque yo añadiría que lo que está enfermo es el sistema en el que vivimos, que crea las llamadas “enfermedades de la civilización”…). Nuestros niveles hormonales no son inmutables y universales en todas las culturas y momentos históricos. Como dice el profesor Peter Ellison, la manera en que funcionan nuestros ovarios es un continuum gradual, no hay niveles “normales” y otros que sean demasiado altos o bajos. Este continuum refleja las circunstancias ecológicas. Hay muchos estados intermedios entre los ciclos totalmente fértiles y la amenorrea completa como son las “insuficiencias” de las fases foliculares y lúteas o los ciclos irregulares. Según la autora, estos estados pueden requerir en algunos casos intervenciones médicas pero en otros ser completamente normales. Esto me recuerda a lo que leí en el libro “Breastfeeding. Biocultural Perspectives”. En uno de sus capítulos se explicaba de esa forma la evolución de la amenorrea de la lactancia materna hacia la vuelta a la fertilidad en los meses o años siguientes al parto. Ese continuum también es válido para explicar la llegada de la fertilidad en las adolescentes. Al principio, después de la llegada de la primera regla, muchos de nuestros ciclos son infértiles y no es hasta varios años después cuando la mayor parte de ellos son fértiles.

El libro “Cuerpos antiguos, vidas modernas” guarda alguna sorpresa más en referencia a este tema. Según Gillian Bentley, dado que las mujeres estamos adaptadas a los niveles específicos de hormonas esteroides a las que estuvimos expuestas durante nuestro desarrollo fetal, las mujeres adaptadas a niveles bajos hormonales tienen más dificultad al metabolizar las hormonas de los anticonceptivos que están diseñadas para las mujeres de los países “ricos”, que tienen niveles endógenos altos. Esta sería, según mi interpretación, una muestra más de etnocentrismo médico, con muchas derivas y consecuencias a nivel biopolítico y sanitario (aumentarían los riesgos en la  salud de las mujeres de los países no occidentales al estar “sobrehormonadas”). Sin embargo, no puedo evitar recordar que muchas de las investigaciones de los anticonceptivos hormonales, empezando por la píldora, fueron probadas con mujeres de países menos industrializados usadas como conejillos de indias.

 Aún hay más. Los altos niveles hormonales no solamente están altos en las mujeres occidentales debido a la dieta y la baja actividad física. Los niveles altos de testosterona en los hombres jóvenes van en paralelo a los altos niveles de cáncer de prostata que podemos ver en los países industrializados. Otra hipótesis a añadir a la nutricional y a la del gasto energético es la de que los niveles altos en los hombres podrían deberse también a la exposición durante el embarazo a los niveles altos de hormonas maternas. Interesante conexión hormonal materno-infantil, ¿verdad?

Me despido recordando que no hay investigación científica neutra e inocente, es muy posible que todos los estudios, financiados por grandes universidades y empresas, vayan siempre enfocados a crear y vendernos nuevos productos médicos anticonceptivos, dado que es una de las formas más fáciles de encontrar una rentabilidad capitalista al conocimiento. Pero no solo se trata de dinero, el conocimiento es poder y el poder es control. La biopolítica actual promovida por los estados y el gran capital (aunque no olvidemos que también por la propia lógica interna militar de toda la organización social) camina hacia el control total sobre la vida en el planeta: plantas, semillas transgénicas, animales, comercio de úteros, fetos, embriones, niños, reproducción artificial, partos violentos e intervenidos, chips que controlan dónde estás en todo momento, cámaras que todo lo ven, voto electrónico, ocio evasivo como distracción, ideologías supuestamente subversivas y transgresoras, zoológicos y granjas humanas… Todo está conectado a través de redes de dominación elitistas en las que nos dejamos atrapar por una extraña mezcla de pereza, comodidad y miedo, haciéndonos coparticipes del sistema en el que vivimos. Recordar esto es importante si no queremos autoengañarnos y caer en simplistas conspiraciones que nos eximan de toda responsabilidad. Seguiremos investigando…

Para profundizar:
Evolutionary Models of Women’s Reproductive Functioning (2008), por Virginia J. Vitzthum
– Sobre disruptores endocrinos, para completar la información de este libro y de los que apenas habla, se puede leer este informe (pg. 22): http://www.unep.org/pdf/EDCs_Summary_for_DMs%20_Jan24.pdf

Relacionado:

– Decisiones informadas: Los riesgos de no ser una madre joven (y no amamantar). http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/decisiones-informadas-los-riesgos-de-no.html

– Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/06/lactancia-y-menstruacion-en-perspectiva.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Colonialismo y lactancia: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/colonialismo-y-lactancia.html

– Margaret Sanger, la lactancia materna y la ciudad: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/margaret-sanger-lactancia-materna-y.html

– Traducción del artículo de la antropóloga Beverly Strassman “La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens”. http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-biologia-de-la-menstruacion-en-el_20.html

– La mística de la menstruación: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/08/la-mistica-de-la-menstruacion.html

– La menstruación como ahorro energético: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/09/la-menstruacion-como-ahorro-energetico.html

– Ovular o no ovular, menstruar o no menstruar, esas son las cuestiones: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/ovular-o-no-ovular-menstruar-o-no.html

– ¿Menstruar mola? ¿Menstruar es un atraso? Una respuesta corta posible: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/menstruar-mola-menstruar-es-un-atraso.html

– Mujer, paradojas y contradicciones en el mundo actual: Valerie Beral versus Jørgen Randers versus John Bongaarts. http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/mujer-paradojas-y-contradicciones-en-el.html

– Nun’s plight (la difícil situación de las monjas): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/nuns-plight-la-dificil-situacion-de-las.html

– Feminismo y cáncer de mama: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/feminismo-y-cancer-de-mama-i.html

– La industria farmaceútica nos salvará de nuevo:
http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/09/la-industria-farmaceutica-nos-salvara.html

Lo individual está conectado con lo social: el caso Badinter-Rato

“Empecemos por los principios”

La empresa Publicis, cuya principal accionista es la filósofa feminista Elisabeth Badinter (autora de “Historia del amor maternal” y “La mujer y la madre”), está siendo investigada por entregar comisiones de 2 millones de euros a Rodrigo Rato a cambio de conseguir contratos millonarios de publicidad en Bankia.  Las últimas campañas son bastante de coña, en la línea del famoso cartel de propaganda de guerra “We can do it”, pero en realidad serían para echarse a llorar…

Del “bankero” al “arrimemos el hombro” para que ciertos señores y señoras sublimen su gran vacío interior en la erótica del abuso, el dinero, la violencia y la explotación. Y ese vacío nos podría conectar directamente con los postulados de los libros de Badinter sobre la maternidad, la lactancia y la crianza (“la maternidad es una nueva forma de esclavitud”). Desde luego, lo individual está conectado con lo social, no como se interpretó en el famoso “lo personal es político” que sirvió para inmiscuirse en la vida íntima de la gente, sino en el sentido de que nuestras historias de vida están interrelacionadas con el contexto y las políticas de las instituciones estatales y el mundo empresarial.

www.publicisgroupe.com/en/media/display/id/5100

 Relacionado:

– http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2015/04/fragmento-de-la-mujer-y-la-madre-de.html
– Ileana Medina: http://www.tenemostetas.com/2010/05/elisabeth-badinter-las-claves-del.html-
– Ibone Olza: https://iboneolza.wordpress.com/2012/03/13/la-mujer-y-la-madre-de-e-badinter/

La noticia en los medios:

– http://www.elmundo.es/espana/2015/08/10/55c7c01cca47416d298b457b.html
– http://vozpopuli.com/actualidad/66927-rato-cedio-en-exclusiva-la-publicidad-de-bankia-por-su-comision-de-834-000-euros
– http://www.cronicaglobal.com/es/notices/2015/08/bankia-mantiene-la-misma-agencia-de-publicidad-tres-anos-despues-de-la-salida-de-rato-23471.php

Pariremos con autenticidad

https://sites.google.com/site/casildarodriganez/pariremos-con-placer

 Después de varias lecturas en paralelo (Juan Luis Arsuaga, Michel Odent y Verena Schmidt) y con una relectura del libro de Casilda Rodrigañez “Pariremos con Placer”, creo que hay algunos presupuestos del texto de Casilda que no se sostienen. Y esto lo digo con tristeza, porque todo lo que he escuchado o leído de ella me parece muy sugerente e inspirador. Aún así, hay ideas que creo que no se aproximan a la realidad concreta de los fenómenos de los que habla y aquí presento mi comentario al respecto que, lejos de ser una crítica destructiva, espero que amplíe el debate sobre estos temas. Por supuesto, no pretendo sentar cátedra desde mi desconocimiento y me considero una mera aprendiz en autoformación de lo aquí tratado. Cualquier matización o comentario será bienvenido, como siempre.

El paraíso perdido de todas las religiones al que volver o recrear

El relato histórico de Casilda tiene el componente típico de todos los mitos del origen y religiosos: érase una vez una sociedad neolítica europea, pacífica y armoniosa,  en el que las mujeres parían con placer, en el que se colmaban los deseos de las criaturas y éstas vivían en perfecta simbiosis con sus madres hasta que llegaron las malignas tribus indoeuropeas con su dominación y esclavismo y destruyeron todo este legado (pg.95), creando a la madre patriarcal y demás. Es decir, vivíamos en una especie de Edén hasta que llegaron los malos y nos expulsaron del paraíso (incluso se utiliza la expresión “jardines neolíticos del Edén o de las Hespérides” o “jardines neolíticos de la matrística”). Es a partir de ese momento que comenzamos a parir con dolor.

Evidentemente, no se aporta ninguna prueba de que en la Vieja Europa las mujeres no parieran con dolor (o con esfuerzo, algo muy distino, que es lo que en realidad dice el famoso pasaje bíblico que siempre se cita, según el libro “Maternalias” de Cira Crespo). Supongo que no aporta pruebas porque no nos han llegado ni en un sentido ni en otro. Que no existan estas pruebas no puede significar que nos inventemos la historia a nuestro gusto, podemos simplemente quedarnos en un humilde “no lo sabemos” o en un “no podemos conocerlo”, pero la sed de conocimiento y de comprensión del mundo quizás nos obligue a tener que rellenar los vacíos de lo que no sabemos con algo de imaginación.

Esa transición histórica de la que habla Casilda es el paso de las sociedades sin Estado a las sociedades con Estado (o con un poder cada vez más centralizado), el paso de la recolección y la caza a las sociedades agricultoras y ganaderas. A más Estado, más acumulación de poder, más patriarcado, más división y estratificación social, pero eso no demuestra que haya existido alguna vez en la faz de la Tierra una sociedad 100% igualitaria a nivel de poder de unas personas sobre otras, de un sexo sobre el otro, o en la que los hombres no hayan ocupado siempre los puestos un poquito más influyentes (portavoces, representantes, curanderos) a nivel político y las mujeres hayan tenido un inmenso poder en otros ámbitos igualmente importantes y decisivos para las sociedades como son el poder del parto y de la crianza (con sus propias biopolíticas y tanatopolíticas). Por supuesto, que no haya existido en el pasado no quiere decir que sea posible en el presente o en el futuro, ni siquiera implica un juicio de valor sobre si esto es positivo o negativo. Simplemente quiere decir que no es necesario inventarnos un pasado mítico glorioso como referente al que volver o recrear. No lo necesitamos. El futuro de la sociedad no está escrito y está en gran medida en nuestras manos.

El dolor del parto y la “buena salvaje”

Casilda Rodrigañez basa su argumentación en que el parto no tiene que doler. Si duele es porque estamos condicionadas por las circunstancias sociales, culturales e históricas en las que vivimos.
Para ello, se apoya en Bartolomé de las Casas cuando dice que las caribeñas parían sin dolor o en las mujeres Kung San (pg. 49). Sobre las primeras no sabemos mucho más, porque no las podemos entrevistar de forma directa. Sin embargo, sí disponemos del maravilloso libro de Marjorie Shostak de entrevistas a Nisa, una mujer San de Namibia (capítulo titulado “first birth”), que explica muy bien sus sensaciones durante sus partos en solitario (como es la costumbre allí). Siente dolor, mucho dolor, pero en su cultura (y como obstetras actuales corroboran en referencia a la adrenalina versus oxitocina) el miedo es peligroso para el parto, por eso, según ella, hay que esperar sentada en un árbol a que pase sin emitir sonidos ni aspavientos. Desde fuera, un Bartolomé de las Casas cualquiera que espiara la situación diría que “paren sin dolor” pero, como dice aquel dicho popular, la realidad es que “la procesión va por dentro”. Según el libro de Casilda, citando a Read, “el miedo no permite la relajación de los haces circulares del útero”. Sin embargo, las mujeres Kung, a pesar de saber de forma intuitiva y cultural que el miedo es algo negativo en el parto, no lo identifican con mayor o menor dolor sino con que éste sea más seguro y sencillo para la madre y el bebé.

Pg 18 de “Pariremos con placer” también señala en la misma dirección: “Así es como Read llega a la conclusión de que el miedo, que mantiene activo el sistema simpático, impide la relajación y la distensión de los músculos circulares de la boca del útero, produciendo el movimiento espástico o espasmódico del útero, lo que considera una disfunción de la fisiología natural y normal del parto”. 

La sociedad Kung es de cazadores-recolectoras y las relaciones entre los sexos son bastante equitativas, a pesar de que hay roles diferenciados en cuanto a tareas y ocupaciones. Por ejemplo, hay más curanderos que curanderas y portavoces hombres que mujeres. Hay un patriarcado “suave” que se traduce en algunas expresiones que se ven en el libro dentro de las relaciones de pareja, pero bastante más ligero que en las sociedades agrícolas y estatales contemporáneas y, sobre todo, del terrible siglo XIX del que todavía seguimos heredando perspectivas del mundo victorianas, machistas e ideologizadas. En esa sociedad hay tabú del calostro (un tabú nocivo para la salud de la madre y del bebé) y lactancias que duran 3 o 4 años, hasta la llegada de un nuevo bebé en el que se desteta sin contemplaciones y con llantos de por medio (otro mito que cae, el de que en las sociedades cazadoras-recolectoras los destetes se hacían a demanda del bebé y “respetando los ritmos”). Mueren 2 mujeres cada 500 partos y la mitad de los jóvenes y niños no llegan a los 15 años. En estos tiempos de colapso y post humanidad, el asunto de la mortalidad infantil-juvenil del 50% en las sociedades del pasado es otro temazo clave para reflexionar en otro artículo…

Dice Casilda que las mujeres Kung San hacen vida a ras del suelo. Cierto, como muchas mujeres del mundo hasta la llegada de la industrialización hace 200 años, no hay que irse al Neolítico ni a un supuesto pasado anterior al patriarcado. Veamos como ejemplo esta foto de estas mujeres canarias:

Del facebook de “Las Palmas Ayer y hoy”: Alfareras en la Atalaya.Santa Brigida.Gran Canaria.

También de “Las Palmas Ayer y Hoy”. Pescadores de cuclillas.

La industrialización y sus “comodidades” antifisiólogicas nos han conquistado a todos y reducirlo a una cuestión de patriarcado es demasiado simplista.

¿Partos menos dolorosos o más fisiológicos?

Una mujer de una sociedad cazadora-recolectora o una mujer del pueblo en una sociedad agrícola o preindustrial está mucho más en forma que cualquier mujer del siglo XXI, más ociosa, sedentaria y en muchas ocasiones sobrealimentada. La postura de cuclillas es más fisiológica tanto para defecar como para parir y es posible que eso facilitara los partos, lo que no quiere decir que fueran indoloros o placenteros, o que todas las mujeres parieran de esa forma. Por supuesto, no trato de negar las experiencias de mujeres que han vivido partos orgásmicos, placenteros o simplemente indoloros. Existen porque hay mujeres que los han vivido. Lo que creo es que es muy discutible pensar que era algo generalizado en otras épocas y sociedades sin aportar ninguna prueba más que la de testimonios de observadores externos.

¿El parto con algún grado de dolor forma parte de la maternidad patriarcal? ¿O bien es algo intrínseco a la fisiología de la hembra de Homo Sapiens, tanto en el Neolítico como después, con o sin patriarcado, o con cualquier tipo de sistema social?

Según Michel Odent, en “Nacimiento y evolución del Homo Sapiens”:  “hoy estamos en condiciones de comprender que existe un dolor fisiológico durante el parto pero que existe también un sistema fisiológico de protección frente a este dolor. Lo importante es que los componentes del sistema fisiológico de protección frente al dolor juegan otros papeles, además del alivio del dolor. En otros términos, el dolor es parte integrante del proceso fisiológico: no podemos eliminar electivamente el dolor sin alterar los demás aspectos del proceso fisiológico”.

Y según la comadrona Verena Schmidt: “A menudo, el parto se conoce también como «la guerra de las mujeres», y armadas como guerreras, con la meta en la mente, se enfrentan al proceso de dar a luz. En estas sociedades, la mujer se siente capaz de afrontar la prueba, y se espera que salga de ella más fuerte y sabia que antes. El parto es una hazaña personal en la que a menudo la mujer se aparta para superar la prueba con sus herramientas personales”.

 ¿Les duele el parto al resto de mamíferas?

En el libro de Wenda Trevathan “Human Birth: an Evolutionary Perspective” se afirma que sí, que se han observado muestras de dolor de las contracciones en primates aunque con diversidad de grado entre cada hembra. Tampoco tiene por qué ser extraño, ya que algunas funciones fisiológicas son dolorosas también en los animales, como por ejemplo el coito en las felinas. La Naturaleza no es perfecta ni idílica, al menos en todos sus aspectos y facetas. Afortunadamente, casi todos los actos fisiológicos no son dolorosos e incluso algunos son muy placenteros.

¿Duele el parto por el bipedismo?

La explicación de la paleontología frente al dolor del parto es la de que fueron el bipedismo y el aumento del neocortex los culpables de las “dificultades” del parto, pero eso no explica el dolor, que normalmente se asocia más a las contracciones de dilatación. Por ejemplo, un parto puede ser fluido, sencillo y corto y al mismo tiempo doloroso. Una cosa es que nos cueste atravesar el cuerpo de nuestras madres y otra la razón de por qué a las madres les duelen las contracciones.

El útero espásmico/espástico no parece existir (a no ser que sea a un nivel poético o simbólico) y mucho menos tiene que ver su relación con el dolor o con el patriarcado. En un matriarcado o incluso en las sociedades matrilineales también dolerían las contracciones de parto porque es un dolor fisiológico no patológico. Otro tema diferente es lo que ocurre con el sistema de la oxitocina en cada sociedad y momento histórico o con el dolor adicional convertido en sufrimiento iatrogénico causado por el ambiente actual de los partos.

Wilhelm Reich decía que “la mayoría de los úteros son espásticos y por eso la mayoría de partos son dolorosos”, pero la realidad es que el útero de las mujeres está siempre relajado salvo en los momentos concretos en los que tiene contracciones placenteras o dolorosas, es decir, hay contracciones en el orgasmo, durante la lactancia, los entuertos postparto. En todos estos procesos interviene la oxitocina y otras hormonas

La debilidad del sistema de la oxitocina sí existe, tal y como observa Michel Odent.  Esto dificulta los partos y los hace más largos y peligrosos. La necesidad de oxitocina artificial de los partos actuales tiene que ver, según Emilio Santos, en que no se respetan las necesidades emocionales ni de libertad de movimiento de las mujeres. Esto serían causas iatrogénicas del propio paradigma médico aunque, como bien señala Odent, hay una verdad incómoda que debemos enfrentar: los partos en casa son también cada vez más largos y complicados. Todo esto puede estar relacionado con cómo vivimos las relaciones de amor y de oxitocina desde la concepción hasta la muerte, la mochila biográfica que arrastramos las mujeres en el momento de parir y también podría estar relacionado con el miedo, por eso las mujeres Kung dicen que sienten mucho dolor pero se enfrentan al parto sin miedo, solas, con valentía y estoicismo.

Dolor y miedo son cosas diferentes, aunque relacionadas, y creo que uno de los problemas principales del libro de Casilda es la confusión que establece entre ambos. El miedo puede ser inculcado por la sociedad o afrontado con estoicismo por la cultura, el dolor es algo más físico pero la forma de vivir y afrontar estos procesos es biocultural, no podemos separar la mente del cuerpo ni el útero de lo emocional/cerebral ni lo individual de lo social.

Un parto que va muy bien puede tener contracciones muy fuertes, dolorosas y efectivas y ser un parto fisiológico y sencillo. Y también a veces cuando un parto deja de doler puede significar que se están parando las contracciones y la oxitocina. Por otro lado, como bien apunta Casilda (pg.41), también está el fenómeno de la reducidísima paridad de la mujer actual. Con una natalidad de un hijo por mujer y cayendo en España la mayor parte de nosotras nos quedamos en “primíparas” y el primer parto suele ser el más doloroso y complicado comparado con los segundos, terceros y cuartos.  

Muchos de los temas aquí comentados siguen siendo hipótesis. Desgraciadamente la investigación biomédica solamente se interesará en estos temas si se puede fabricar un inhalador de oxitocina o una viagra oxitócica mágica que solucione nuestros problemas vitales y sociales. La oxitocina parece ser todo un temazo biopolítico y quizás alguien tenga que escribir un libro titulado Oxito Yonki (haciendo un guiño al Testo Yonki de Beatriz Preciado) que confirme lo que intuitivamente muchos políticos y estrategas siempre han sabido: la ruptura, creación y control de los vínculos es clave en el ejercicio del gobierno, poder y dominación. No en vano a la hormona oxitocina hay quien la llama “el pegamento de la sociedad” (aunque también se ha estudiado que produce emociones sociales tanto positivas como negativas). El control del dolor y del placer también son temas biopolíticos y no siempre es cierto que el poder busque someter a la población a base de reprimir el placer y promocionar el dolor. Creo que la epidural que elimina el dolor del parto y la promoción del hedonismo como anestésico social pueden ser ejemplos paradigmáticos.

Por todo lo expuesto, creo que la clave está en entender la fisiología del parto y de los vínculos sociales (comenzando por el primero, el que se establece entre una madre y un bebé) más que en focalizar toda la atención en los partos orgásmicos y placenteros. Podemos parir con dolor o con placer pero, sobre todo, con autenticidad y desde nuestra propia libertad, esencia y verdad concreta.

Las borrosas lentes de la ideología

Una muestra de proyección de la propia ideología en la observación de la realidad, omisión de lo que no casa con los propios prejuicios y repetición de mantras autoreferenciales del mundo universitario y del feminismo y ecologismo de estado:

Intervención de Alicia Puleo desde el minuto 10.30

https://www.youtube.com/watch?v=tkE6-KJ153Q

 El gran problema del ecofeminismo es la dicotomía esencialista/constructivista. Somos seres bioculturales, la biología afecta a la cultura y la cultura afecta a la biología. Están profundamente imbricados. Por eso, deberíamos comenzar por quitarnos las “gafas” de antropólogos, biólogos y místicos para ver qué ocurre ahí fuera realmente. Por otro lado, tampoco podemos negar nuestras cosmovisiones y nuestros prejuicios, ya que siempre será mejor evidenciarlos y ponerlos en cuestión que ocultarlos, reprimirlos o negarlos. En cualquier caso las ideas previas no deberían alejarnos más de la realidad para convertirse en ceguera. Yo, al menos, como en tantas otras cuestiones, no me identifico ni me siento cómoda en ninguno de los bandos presentados en este tipo de controversias y creo que todos los protagonistas tienen razón en algunas cuestiones parciales. La tarea de cualquier sujeto crítico debería ser separar, como dice la expresión popular, el grano de la paja.

En este video Alicia Puleo arremete contra la asignación de tareas “tradicionales” de una manera acrítica (aprox. 12.30) y afirma que el feminismo temía que al defender sociedades que no fueran tan destructivas con el medio ambiente se plantearan formas de sociedad desfavorables hacia la autonomía de las mujeres.

El mundo preindustrial y preneolítico tiene multitud de ejemplos concretos que demuestran la gran autonomía que tenían las mujeres. Es más, una hipótesis interesante de partida sería plantear que a más desarrollo y mayor especialización, más desigualdades y más jerarquías. Por eso, las sociedades de cazadores-recolectores son tan igualitarias dentro de sus diferencias, diferencias que puede que tengan más un sentido práctico que ideológico en un principio, como cualquier madre lactante del siglo XXI podría entender: si estás dando el pecho de forma intensiva a tu hijo ves claramente que hay trabajos o tareas más compatibles que otras con el momento vital en el que te encuentras tú y tu bebé. Por ejemplo, ir a cazar con un bebé en una bandolera quizás sea posible aunque poco práctico. Sin embargo, recolectar durante sólo tres días a la semana junto a otras mujeres el 80% de la comida de la que se alimentará tu familia es bastante compatible con la crianza.  Un libro fundamental para mí en este sentido es el de Marjorie Shostak “Life and Words of a Kung Woman” en el que se describe una sociedad de cazadores-recolectores de Namibia en la que mujeres y hombres gozan de una autonomía similar, a pesar de la especialización por sexo de sus tareas. Esto no es óbice, sin embargo, para que las actividades masculinas sean consideradas un poco más valiosas que las de las mujeres (la carne está muy valorada) y esto quizás sea el germen de las jerarquías y desigualdades más acusadas que se ven en las sociedades sedentarias más especializadas. En el libro se cuenta el caso de una mujer de mediana edad que quiso cazar porque su marido no traía carne y, a pesar de ser considerado un caso excéntrico, nadie se lo impidió y se le daba bastante bien.

Hoy en día, en un mundo urbano como en el que vivimos muchas de nosotras, todavía hay tareas más compatibles con la maternidad, la exterogestación y la lactancia que otros. Por ejemplo: una mujer cartera o una mujer autoempleada en su propia tienda podrían realizar su trabajo junto a su bebé. Sin embargo, podría ser bastante peligroso que una neurocirujana se llevara a su hijo a una operación y sería más conveniente que durante ese proceso otra persona cuidara de su hijo.

España, 1966.
Fotografía: Eve Arnold
http://www.eticamente.net/31489/foto-antiche-donne-allattamento.html

Alicia Puleo también arremete en el minuto 14.42 contra la revista The Ecologist, en concreto contra su número 48 titulado “La R-evolución calostral ha empezado”, título que le parece bastante cómico a la audiencia de la charla, según podemos escuchar por sus risas en el video. Todavía me pregunto qué tiene de cómica la palabra “Calostral”. Pareciera más bien la típica risa de adolescente reprimido cuando alguien le habla de genitales o sexo. ¿Nos da vergüenza hablar de calostro a estas alturas? Una muestra más de puritanismo y castidad feminista cuando se trata de hablar de maternidad. ¿Cómo alguien puede decir que es feminista riéndose de uno de los líquidos más valiosos y preciados que produce el cuerpo femenino? ¿Cómo podemos hablar de “ética del cuidado” sin sonrojarnos después de escuchar esas risitas? El calostro forma parte de la cultura del cuidado, del cuerpo de la mujer y, de forma simbiótica, de los bebés afortunados que lo toman. Quien se ríe de los fluidos varios del cuerpo de una mujer no es más que un misógino. Nos encontramos una vez más ante una muestra moderna y feminista del famoso tabú antropológico del calostro. ¡Vergonzoso en pleno siglo XXI!

No seré yo quien defienda de forma íntegra ese número concreto de la revista The Ecologist y su visión de lo “natural” y lo “tecnológico”, conceptos harto complejos y problemáticos, pero de ningún modo puedo negar que nuestros cuerpos son humanos y pertenecen al género animal mamífero (hasta que se demuestre lo contrario). Negar eso es vivir e inventarse un mundo paralelo ajeno completamente a la biología, quizás más cercano al mundo de los espectros, los espíritus del purgatorio, los ángeles o los robots (estos al menos tienen átomos y están fabricados de algún material concreto). Quizás alguien debería comenzar a invitar a un óvulo y un endometrio humanos a realizar un Máster de Género en alguna universidad estatal para enseñarles cómo se deberían de comportar. Negar la biología es ideológico. Negar la cultura también. Somos seres bioculturales.

Dice Alicia Puleo sobre el minuto 14.42 algo así como “El monográfico se llamaba la R-Evolución Calostral* (risas) y llegaba a plantear cuestiones como que las mujeres hemos accedido a la universidad, nos hemos llenado de títulos olvidando nuestras funciones naturales. O que las mujeres estábamos sometidas, reprimidas en nuestro destino natural que era el de dar a luz. Me suena ese argumento”. No sé exactamente de qué artículo está hablando (tengo la revista sobre mi mesa) pero que la maternidad está siendo retrasada por los estudios universitarios y el trabajo (tal y como los conocemos hoy en día) es un hecho asumido, estudiado y defendido por instituciones como el Club de Roma y denunciado por feministas como Rebecca Walker. Por supuesto, podríamos perfectamente ir embarazadas y lactando a la universidad y al trabajo y romper ese tabú, pero esa es una revolución que todavía nos queda por hacer, la de incorporar a los niños a la vida social fuera de la reclusión de las guarderías.

La maternidad está siendo fuertemente atacada y manipulada por todos los frentes en el mundo actual y en nuestro país de forma concreta. Está siendo reprimida por condicionantes externos y autoreprimida por nosotras mismas (quizás una de las manifestaciones más obvias y cuantificables es el crecimiento cada año del número de mujeres y parejas heterosexuales que recurren a tratamientos de reproducción asistida por haber retrasado la maternidad). Esta represión y manipulación de mentes y cuerpos maternales y no maternales viene de antaño. El régimen franquista hizo una gran labor de ingeniería social en el campo de la maternidad. El régimen postfranquista en el que vivimos sigue atacando y boicoteando el parto, la lactancia, la maternidad y, no lo olvidemos, la paternidad. Si acaso más esta última, privando y prohibiendo a millones de hombres soñar en ser padres (una responsabilidad inasumible según la ideología del hedonismo consumista imperante) y, si lo son, cuidar a sus hijos o, simplemente, compartir con ellos más de unos pocos momentos diarios, el que puede. Lo peor no es que se ataque la maternidad/paternidad, si nos quedáramos ahí volveríamos al pensamiento victimista de siempre. Lo peor es que lo hayamos aceptado con total resignación o normalidad.

El cuadro “Los deberes desagradables del padre” (Unangenehme Vaterpflichten) de Adriaen Brouwer (aprox. 1605/1606–1638). Independientemente de que se considere una tarea desagradable o no, aquí se ve a un padre preindustrial cuidando de su hijo, concretamente, limpiándole el culo. ¡Y era considerado un deber! Un cuadro para la reflexión sobre la paternidad.

Sobre el minuto 18.06, Alicia Puleo habla de cómo afecta a la salud de las mujeres el problema medioambiental y la contaminación. De este tema he hablado ya en multitud de artículos en este blog así que no me voy a extender (algunos posts se pueden leer aquí, aquí y aquí). Repetiré una vez más, como una voz en el desierto ecofeminista, que en la vida los problemas no solamente vienen de las actuaciones de otros (los malvados capitalistas contaminantes) sino también de las decisiones que tomamos (habitos de vida). Y esas decisiones se ven influenciadas a su vez por la cultura. Y la cultura, en sociedades como la nuestra, se ven influenciadas por decisiones biopolíticas más que por la tradición o, mejor aún, nuevas tradiciones son creadas y recreadas ad hoc.

El aumento alarmante del cáncer de mama en nuestras sociedades está íntimamente relacionado con la no maternidad, la maternidad tardía y la falta de amamantamiento. Además de la contaminación hay tres elementos de nuestra sociedad que están teniendo un impacto severo en nuestra salud, desde un punto de vista evolutivo: comemos más de lo que necesitamos, no ejercitamos nuestro cuerpo como nuestro cuerpo humano necesitaría, y nos reproducimos/amamantamos nada, poco y tarde. Estos tres elementos están relacionados íntimamente con nuestra fertilidad, con la llegada de nuestra primera regla y con el número de ciclos menstruales ovulatorios que tendremos durante toda la vida. Son elementos interconectados y bioculturales. Negar la evidencia científica en este aspecto y seguir culpando como ÚNICO factor a la contaminación ambiental de absolutamente TODO es una irresponsabilidad. La contaminación está ahí y es fruto de la industrialización. Pero la industrialización contamina también nuestras vidas de otras formas además de con tóxicos químicos.

¿Por qué Alicia Puleo no puede admitir y ni siquiera investigar estos factores influyentes en los cánceres femeninos? Porque son políticamente incorrectos frente al feminismo en el que ella se enmarca. Como no cuadran con su ideología, los obvia. Hablar de contaminación ambiental es muchísimo más correcto. ¡A nadie le parece mal y todo el mundo puede seguir en su zona de comfort intelectual! Pero ocurre que a veces la verdad duele y es incómoda. Y entonces tenemos que matizar nuestras ideas previas y, realmente, después nos damos cuenta que tampoco pasa absolutamente nada por rectificar de vez en cuando. Una mujer puede seguir decidiendo libremente no querer ser madre asumiendo los costes para su salud física-mental (los costes mentales son mucho más políticamente incorrectos así que los dejamos para otro post) de no serlo. Esa es la libertad consciente y responsable. ¿A qué tenemos miedo?

Entiendo que sí tengan miedo los que se benefician de las ideologías que reprimen la maternidad, la paternidad, la crianza, la amistad, el amor y la vecindad, los beneficiarios principales de que toda la energía vital de cuidados, amor y pensamiento que no brindamos a nuestros seres queridos sea dirigida hacia la producción de basura material e intelectual, hacia la guerra por los recursos del planeta y los recursos de la vida.

También es extremadamente incorrecto hablar de relación simbiótica madre-bebé pero es real, tanto en madres que dan el pecho (y una muestra es que la succión del bebé es sana para el cuerpo de la madre, siendo capaz de prolongar la amenorrea de la lactancia y los ciclos menstruantes anovulatorios durante meses o años), como en las que no lo dan porque no han podido pero sienten esa fusión emocional y de contacto físico. Madre y bebé se necesitan y cuidan mutuamente de formas diferentes y no equivalentes.

Alicia Puleo habla en otro momento de “ecofeminismo crítico” con derechos sexuales y reproductivos. ¿Quién defiende los derechos sexuales y reproductivos de quien no puede reproducirse porque ni siquiera hay espacios ni recursos propios para conocer a una futura pareja (y las páginas de contactos de internet son la prueba del desencuentro social y erótico en el que nos encontramos) y no hay ni tiempo ni redes sociales necesarias para criar seres humanos sanos?

En referencia a la no maternidad de las sociedades tradicionales también podemos aprender mucho, sin necesidad de idealizarlas. Por ejemplo, en casi todas las sociedades preindustriales se han conocido y se han utilizado plantas con principios activos que inhiben la ovulación o la implantación de óvulos fecundados, es decir, abortivos tempranos. Hoy la ciencia ha corroborado que esas plantas funcionan y el libro “Eve’s herbs. History of Anticonception and Abortion in the West” aporta bastante información al respecto. Sin embargo, el feminismo mayoritario, en lugar de recuperar ese saber perdido, se dedica a denunciar que el Estado legisla en algo que en otras épocas y otros lugares hubiera sido simplemente imposible de regular, porque los principios activos se encontraban accesibles en la propia Naturaleza, se conocían sus efectos y también sus riesgos tóxicos y efectos secundarios. Una mujer del mundo preindustrial no pedía permiso al poder para no ser madre ni para serlo. Y, a pesar de ello, la maternidad y los hijos eran algo valioso e importante, porque los seres humanos no eran considerados como un mero gasto inoperante, pasivo y consumista de recursos. Los niños y los viejos tenían un papel activo, aportaban algo vital a la comunidad y tenían su función. Hoy en día los niños son inversiones, hobbys, lujos, incordios para poder realizarse como persona y “trabajar”. Por eso, aunque la información anticonceptiva y de abortivos tempranos o era conocida en el pasado o se sabía dónde buscarla si no se conocía de primera mano, es probable que a mucha gente ni siquiera le interesara el tema, porque en términos generales tener hijos era considerado algo positivo. Como todo en la historia de la humanidad, el control de la natalidad ha tenido sus propios ciclos, idas y venidas.

“Una matica de ruda” (gracias a Rosa Zaragoza por hablarnos de esta canción sefardita del siglo XII):

– “Una matica de ruda
una matica de flor
me la dio un mancebico
que de mí se enamoró.
– Hija mía la mi querida
no te eches a perdición,
más vale un mal marido
que mejor un nuevo amor.
– Mal marido la mi madre
no hay más maldición,
amor nuevo la mi madre
la manzana y el limón”.

Como Alicia Puleo, yo tampoco creo que haya que idealizar ni el pasado ni las sociedades presentes cazadoras-recolectoras. De hecho, considero que la ética de la vida, la bioética que ella tanto desprecia (“no vamos a utilizar el concepto de santidad de la vida”) como elemento represor en potencia de la vida de las mujeres adultas en edad “cotizante” (nunca se tiene en cuenta ni a las niñas ni a las ancianas) es de vital importancia en el momento presente. Por eso, aunque en casi todas las culturas haya existido el aborto (o incluso el infanticidio) no por ello habría que reivindicarlo (incluso como acto “empoderante”) en la sociedad actual de forma automática. Yo encuentro totalmente compatible reivindicar la legalidad del aborto con admitir los componentes bioéticos que implica a día de hoy. Por ejemplo, la idea de aborto y embarazo no era la misma hace mil años (de nuevo, me remito al libro del historiador John Riddle) que en la era de la ecografía, en la que puedes escuchar el latido de un feto de 8 semanas latir en tu propio vientre o ver cómo es cuando tiene 12 semanas.

Ahora que parece que nos encontramos en un momento cumbre, un momento de cambio de civilización dentro de lo que ha sido la historia de la industrialización (algunos hablan de fin del petróleo barato, de “pico de petróleo” y demás…) no sería extraño que volvieran también prácticas que ahora consideramos censurables. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al campo de la explotación animal como sustituto del los recursos energéticos fósiles. ¿Acaso es posible un mundo postindustrial sin petróleo que no utilice a los animales como fuerza de trabajo? Yo no lo sé, está por ver. En el pasado, el coche sustituyó al caballo y el tractor al buey. No tengo las respuestas a estas cuestiones pero creo que hay que asumirlas con valentía y reconocer sus implicaciones existenciales y éticas.

“El ecofeminismo crítico es constructivista. Tenemos que luchar contra los estereotipos de género porque son perjudiciales para las mujeres y perjudiciales para la Naturaleza. Con esto nos diferenciamos de ecofeminismos clásicos que sostuvieron el caracter biológico de las identidades de género. Si ignoramos el papel de la cultura en las identidades entonces nos condenamos al conformismo. Si es biológico no tienes elección. Las identidades de género eran constructos que es posible transformar”. 

Este fragmento ilustra a la perfección la proyección de la ideología sobre la realidad. Como me viene bien para mis objetivos pensar X, lo afirmo sin importarme si es así o no. Lo importante es que si algo es biológico “no tienes elección” y como se supone que debemos tener elección para transformar todas las cosas (el mito del progreso industrial por excelencia) niego todo lo que sea biológico. ¿Y si los roles sexuales o la división sexual de las tareas tuvieran más un interés práctico o de adaptación al medio ecológico que algo ideológico? Esto no entra en contradicción con que posteriormente esas divisiones prácticas acaben, a lo largo del tiempo, teniendo un componente jerárquico o dominante que termine convirtiéndose en una realidad opresora.

 Por otro lado, que algo se pueda transformar no quiere decir que haya que transformarlo o reprogramarlo por necesidad. Es decir, no hay por qué sustituir la cultura por la biopolítica, sustituir la integración en una cultura existente por el adoctrinamiento desde las instituciones. Una mujer de una sociedad tradicional puede estar “programada” por su cultura. Una mujer de la sociedad actual está reprogramada desde las instituciones estatales y capitalistas de poder, entre las que hoy en día podemos citar a todas las organizaciones subvencionadas o patrocinadas (entre las que se encuentra desde la Iglesia al feminismo). Estoy deseando conocer un proyecto feminista que no esté financiado por el Estado ni el Capital y que cumpla otro requisito fundamental: no reproducir de forma automática y acrítica el pensamiento del feminismo subvencionado.

La intervención de Alicia Puleo termina con un canto a la ayuda mutua entre el feminismo y el ecologismo. El feminismo y el ecologismo de estado pueden ayudarse mutuamente pero jamás podrán aproximarse a la realidad, porque sus estudios y luchas están condicionados por lo que el Estado o el Capital consideran subvencionable o no subvencionable, dependiendo de lo que más le interese en cada momento.

Para finalizar me gustaría mencionar las poquitas cosas con las que estoy de acuerdo con Alicia Puleo:

– Ninguna cultura es “perfecta”, todas tienen algo que dar y algo de lo que aprender.
– Hay que universalizar la cultura del cuidado (yo añado, desde los iguales y no desde “arriba” a base de institucionalizar los cuidados para liberar a no se sabe quien).
– Las mujeres y los hombres somos parte de la Naturaleza.

Como siempre, pido disculpas por las posibles equivocaciones de análisis que pueda tener el texto y estoy abierta a dialogar, reflexionar, matizar o retirar cualquiera de mis afirmaciones si se demuestran erradas.

* Sobre el origen de la expresión “revolución calostral” Ester Massó Guijarro explica: “El concepto de revolución calostral del obstetra Michel Odent (2007) explica esta vertiente. Odent ha descrito cómo el tabú del calostro se hallaba presente en multitud de culturas, que vetaban de diversas maneras la toma del calostro por parte del neonato durante los primeros días. Esta privación está relacionada con la maximización del potencial de agresividad en las personas, lo que suponía una ventaja desde el punto de vista de la selección (Odent 2007: 96ss). Frente a ello, la no perturbación de la relación entre madre y recién nacido supone una revolución contracultural, en la que los recién nacidos experimentan una seguridad básica (en permanente contacto con sus madres) que influirá de modo crucial en su salud emocional: “La revolución calostral es una etapa que obligatoriamente hay que pasar en el camino hacia la convergencia entre instinto y ciencia. Entre el cerebro primitivo y el neocórtex” (ibíd.: 99).” 

Se puede leer el capítulo “Calostro y Civilización” del libro “El bebé es un mamífero” escrito por Michel Odent aquí: http://es.scribd.com/doc/49186767/CalostroyCivilizacion

La industria farmaceútica nos salvará de nuevo

Reproduzco a continuación unos párrafos del blog Random Views que me han llamado la atención sobre las investigaciones de Valerie Beral, Directora de la Unidad de Epidemiología del Cáncer de la Universidad de Oxford (mujer citada en múltiples ocasiones en este blog):

“Uno de los casos mencionados por Beral, de los que he encontrado más interesantes, fue el de la mayor incidencia de cancer de mama en naciones ricas que en el mundo en desarrollo. Ella señala la evidencia de que el riesgo de contraer cáncer de mama cae un 10% si la mujer da a luz sobre los 20 y amamanta a su bebé; cae un 10% más con un segundo bebé. 

¿Significa eso que nuestras sociedades deben cambiar a apoyar los partos a una edad mucho más joven y lactancias mucho más largas? Nada de eso. Como Beral deja claro, el parto y la lactancia deben estar generando hormonas que están dando a estas mujeres su relativa inmunidad frente al cáncer de mama. La investigación debería identificar qué hormonas están en juego y un medio de proporcionarlas sin tener que necesariamente tener un embarazo. 

El problema es que la investigación necesaria para producir este resultado no cuadra con el modelo de financiación de la investigación médica que hemos adoptado en las naciones desarrolladas, y que se centra en programas de tres o cinco años. La investigación que Beral pide tomaría como diez años”.

¡Que no cunda el pánico! Como vemos, la industria farmaceútica nos va a salvar de nosotras mismas de nuevo con “algo” que imite al embarazo y la lactancia cuando somos jóvenes. ¡Gracias a la ciencia por cubrir los “fallos” de nuestro supuestamente defectuoso cuerpo de mujer! ¿Por qué no nacimos robots directamente? Así se podría programar el número exacto de hijos que debemos o no tener y la edad adecuada para tenerlos. Desde luego, ¡en qué momento se nos ocurrió tener un cuerpo mamífero cuando podíamos haber sido máquinas! ¡Ay!

Relacionadas:

– Mujer, paradojas y contradicciones en el mundo actual: Valerie Beral versus Jørgen Randers versus John Bongaarts: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/mujer-paradojas-y-contradicciones-en-el.html

Colonialismo y lactancia

No sé muy bien cómo llegué a este artículo tan interesante navegando por internet. Creo que buscaba algo relacionado con el post que acaba de escribir (Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural) y, de repente, de un enlace a otro, apareció este libro: Tensions of Empire: Colonial Cultures in a Bourgeaois World. En él, hay un artículo de la historiadora Nancy Rose Hunt que se llama  “”Le bébé en brousse”. Mujeres europeas, intervalo africano de los nacimientos, e intervención colonial en la lactancia en el Congo Belga”. Hoy quiero hablar de este artículo y de las reflexiones que me ha provocado. Es un texto que entra de lleno en el análisis de los mecanismos biopolíticos de organismos estatales, capitalistas e ideológicos, que a veces actúan al unísono para fomentar el aumento de la población y otras veces lo hacen para reducirla, según lo que convenga en cada momento.

El artículo comienza hablando de una investigación de los años 70 en Zaire en el que un grupo de expertos occidentales de planificación familiar quisieron conocer los métodos tradicionales para controlar el número de nacimientos. Esos expertos tenían miedo del rápido crecimiento poblacional que tenía ese país, que podría duplicar su tamaño en los siguiente 25 años. Sin embargo, esto no había sido siempre así, como dijo una mujer de su estudio:

“Hoy en día no tomamos ninguna decisión sobre los intervalos entre nuestros hijos… Nuestros ancestros tenían niños más fuertes porque no nacían demasiado cerca unos de otros. Hoy los padres no se preocupan de que sus hijos enfermen. Piensan que siempre pueden comprar una medicina y el niño se pondrá bien. Es por esto que las parejas ya no separan sus camas después del nacimiento de un hijo, como solían hacer en el tiempo de nuestros ancestros”.

Estos investigadores que llegaron en pleno boom poblacional, nos cuenta Nancy Rose Hunt, pensaron que estas costumbres se perdieron por la propia llegada de la “modernización” que rompió con las tradiciones. El artículo de esta historiadora demuestra, al contrario, que existió un esfuerzo colonial premeditado y público de alterar la alimentación infantil y la distribución de leche (de vaca) a las madres y niños del Congo. ¿Y quiénes fueron los encargados de tal tarea? El Estado y el Capital belga delegaron esta labor en las actividades caritativas de las mujeres blancas de los colonizadores y, después, a través de diversos programas institucionales.

http://matricien.files.wordpress.com/2012/06/femme-amadi-nourrissant-son-enfant-village-okongo-congo-belge-c2a9amnh-herbert-lang-1909-1915.jpg

Mme Van den Perre

El artículo nos introduce, como ejemplo, en la vida de Mme Van den Perre, la fundadora de “La Liga para la Protección de la Infancia Negra” en Bruselas, fundada bajo el patronato de la reina belga en 1912. El objetivo de esta organización era reducir la mortalidad infantil en la colonia enseñando a las mujeres el arte de la crianza y abrir varios consultorios o Gotas de Leche en aquel país. No estaban en contra de la lactancia en sí, sino más bien de la lactancias durante periodos “demasiado” largos.

Hasta los años 20 nadie les hizo mucho caso y el estado no comenzó a subvencionarlas hasta que se dieron cuenta del grave problema de despoblación que estaba sufriendo el Congo, un problema que venía desde el inicio de la colonización. La mortalidad infantil era muy alta y la fertilidad era muy baja entre los colectivos de personas que dejaban sus pueblos y se iban a trabajar por un salario a los centros urbanos e industriales, es decir, la explotación capitalista era anti-erótica (más allá del sexo comercializado), anti-procreación porque separaba a los sexos y, por tanto, parasitaria y autodestructiva. ¿Era o continúa siéndolo a día de hoy?

El Rey Albert I y la Reina Elisabeth. Foto tomada de: http://en.wikipedia.org/wiki/Belgian_Congo#mediaviewer/File:Albert_Militair_Kamp_Leopoldstad.JPG

El problema de la despoblación del Congo no era grave en sí mismo sino porque ponía en riesgo el robo de la energía vital del pueblo congoleño y el saqueo de los minerales y materias primas del país por parte del estado colonial y el capital belga. ¡Se quedaban sin mano de obra! (No puedo dejar de traer a colación la falta de “cuerpos” de la que habla Kathy Matsui de Goldman Sachs y su Womenomics…) Había que repoblar el país y para ello, había que desarrollar a su vez la puericultura y los programas de “bienestar infantil”.

Tampoco puedo evitar pensar en imágenes como esta, de la Sección Femenina, aunque sea en contextos y épocas totalmente diferentes, o recordar la labor de esas Juntas de Damas de Honor y Mérito de la época de la Ilustración:

http://felixtubio.blogspot.com.es/

 

Rifa de la Junta de Damas de Honor y Mérito: http://www.grabadoantiguo.com/grabados/1137.jpg

En palabras de la propia Mme Van den Perre:

Sin el trabajo negro, nuestra colonia no sería capaz de mandar a Europa la riqueza enterrada en su suelo. 
Ayudarnos por todos los medios en nuestra capacidad para proteger, cuidar al niño mientras educamos a las madres indígenas, es un deber. Necesitamos el trabajo negro… Proteger al niño del Congo es un deber, no solo de altruismo, sino de patriotismo“.

Nancy Rose Hunt señala algo interesante: antes de que la despoblación fuera un problema colonial había sido un tema preocupante dentro de las propias fronteras, tanto en Bélgica como en Francia e Inglaterra. Es curioso, si se observa el aumento de la población mundial desde el siglo XVIII, que no se comprenda de dónde procedía ese miedo a la despoblación, ya que la población no dejó de ascender:

En los países europeos, las Gotas de Leche o consultorios infantiles abrían sobre todo en las zonas industriales y asistían a las familias de clase trabajadora, donde la mortalidad infantil se relacionaba con el declive o ausencia de amamantamiento de las mujeres asalariadas. Las Gotas de Leche, aunque en teoría apoyaban la lactancia materna, también suministraban biberones esterilizados. Es importante resaltar la sucesión de acontecimientos en cadena en clave de acción-reacción, problema-solución: la explotación asalariada separa a las mujeres de los niños, esto lleva al declive de la lactancia y, por consiguiente, a un aumento de la mortalidad infantil (los biberones no eran higiénicos, la leche de vaca no estaba bien adaptada al estómago del bebé ni se pasteurizaba todavía). De todo esto, el propio sistema crea su “solución” con las Gotas de Leche para reducir la mortalidad infantil y, de paso, extender el biberón donde antes no se necesitaba, lo que aumenta el declive de la cultura del amamantamiento y nos hizo cada vez más dependientes de la lactancia artificial. Siempre en huida hacia adelante, nunca reconociendo los errores ni subsanándolos de verdad. En lugar de retroceder y evitar la separación madre-bebé, la máquina estatal-capitalista tenía que seguir.

Enfermeras blancas en Union Miniere (abril 1918). Foto tomada de: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/46/White_nurses_of_the_Union_Mini%C3%A8re_du_Haut_Katanga_April_1918.JPG

“En Bélgica – y en todas partes – el movimiento de bienestar infantil tenía dimensiones de clase separadas. Era frecuentemente una actividad privada, filantrópica. Era común un tono paternalista, preocupado por reducir la ignorancia maternal y de la clase trabajadora. Este tono resurgió en el contexto colonial con dimensiones raciales separadas”.   

Foto tomada de http://www.cegesoma.be/media/z_Accoucheuses_219.jpg

 El tabú sexual de la lactancia

El tabú sexual de la lactancia entre algunas culturas africanas se explicaba diciendo que si se tenía sexo durante esa fase el niño podría morir o la leche de la madre se podría secar. De hecho, estos tabús eran relacionados por los colonizadores con las causas de la poligamia. Inma Marcos, la comadrona española, dice que en la Edad Media también existía en Occidente este tabú. En el artículo escrito por el pediatra José María Paricio para el libro “Lactancia materna: Guía para profesionales” podemos leer (pg 15):

“Es Galeno (s. II d.C.) el primero, pero no el último médico conocido, que proscribe las relaciones sexuales durante la lactancia. La idea extendida era que se corrompía la leche, por lo que se recomendaba una abstinencia absoluta durante el tiempo que durase el amamantamiento. Esta creencia se mantenía vigente en el siglo XVII y, falta de pruebas pero sutilmente modificada, alcanza el siglo XX en los prontuarios cristianos de Medicina Pastoral. (…) A lo anterior se añade el que la duración media recomendada recomendada de la lactancia materna en los (…) escritos de Aristóteles, Sorano o Galeno era de un mínimo de 24 meses”. ¿Pasarían realmente las madres lactantes 24 meses sin sexo con su pareja? Al igual que ese tabú podría ser la causa de la poligamia en el Congo, he leído que en Occidente, los prejuicios de Sorano y Galeno podrían ser la razón por la que se recurría a nodrizas.

La matrona Beatriz Espinilla, citando como fuente el libro de C. Sarasúa “Criados, nodrizas y amos. El servicio doméstico en la formación del mercado madrileño, 1758-1868” también aporta otra explicación al tabú más reciente: 

“Había también otra circunstancia para contratar un ama, y se basaba en la creencia, errónea según los conocimientos actuales, de que el tener relaciones sexuales provocaba una irritación genital que desencadenaba la menstruación, y que dicha menstruación hacía que disminuyera la calidad de la leche. Por tanto, durante la lactancia se procuraba la abstinencia sexual, con lo que los maridos preferían que su mujer no amamantara al hijo para así evitarse el tiempo de abstinencia que debía guardar una mujer lactante de la época“.

Ante el problema de la abstinencia sexual durante la lactancia los misioneros proponían retomar las relaciones un tiempo después del nacimiento y centrarse en los deberes conyugales de la monogamia. Lo cierto es que no termino de creer que, como afirmaban los colonizadores, las mujeres rechazaran durante los tres años de lactancia a sus maridos. Una cosa es lo que oficialmente se hacía y otra lo que de verdad ocurría en cada casa. Yo me inclino más hacia señalar el poder anticonceptivo y anovulatorio de la amenorrea de la lactancia. De hecho, me hace gracia porque en uno de los informes de los colonizadores se señala esta cuestión y la autora dice que el efecto anovulatorio de la lactancia está exagerado. Bueno, para obtener información veraz y actualizada sobre este tema recomiendo buscar todo lo relativo al método anticonceptivo MELA. Una prueba de que este tabú sexual no era mantenido durante toda la lactancia ni por todo el mundo es que un gran porcentaje de las mujeres (52% en 1952) destetaban completamente a su hijo mayor cuando se quedaban embarazadas del siguiente. ¿Cómo se iban a quedar embarazadas si seguían sin tener sexo?

El Congreso Colonial Nacional hizo de este tema “una cruzada para combatir los prejuicios que separan a los esposos”. Desde luego, el tabú sexual postparto durante años no tiene mucho sentido pero es curioso que este Congreso y los misioneros no reflexionaran también sobre la separación entre hombres y mujeres que promovía el sistema de explotación colonial (mujeres en los pueblos, hombres a las minas belgas) y los tabús que separaron a la madre del bebé.

En realidad, el tabú de la abstinencia sexual durante la lactancia existe en muchos lugares del mundo pero tampoco es algo universal en África. Como he podido leer en el libro de “Nisa. Vida y Palabras de una mujer !Kung”, allí por ejemplo no existe nada parecido y sus intervalos tan largos entre hijos se deben sobre todo al poder anovulatorio de la lactancia materna intensiva, a la dieta baja en grasas y al ejercicio físico. Barbara B. Harrell, en su artículo “Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural” habla de un estudio en Ruanda de Bonte y Van Balen de 1969 en el que se afirma que las relaciones sexuales se retomaban ocho días después del parto.

Por otro lado, dice Roger Short, en su libro sobre “Historia de la sexualidad” (pg.158): “Las civilizaciones occidentales, con su desaprobación de la poligamia y la promoción del biberón o el destete temprano, han sido responsables inconscientemente de estimular la fertilidad en zonas del mundo en vías de desarrollo”.

El destete

Foto tomada de http://images-02.delcampe-static.net/img_large/auction/000/064/863/949_001.jpg?v=1

Por la descripción que hacen los contemporáneos, parece que en el destete en el Congo lo que se hacía era añadir alimientos a la lactancia a demanda, en lugar de sustituir tomas con comida. Actualmente, las recomendaciones son que durante el primer año la lactancia sea el “plato principal” y la comida sólida o las papillas se ofrezcan después. Por eso, parece que en Occidente las directrices médicas han reculado y vuelven a modelos más parecidos al africano o el de las culturas preindustriales. Tiene mucho sentido.

El texto de Nancy Rose Hunt también plantea algo interesante. A veces los observadores de la época criticaban costumbres de los habitantes nativos del Congo pensando que eran “tradicionales” y en realidad no lo eran, eran costumbres nuevas inducidas por el colonialismo que no se retrotraían a tiempos inmemoriales.

Para evitar el poder anovulatorio de la lactancia, los colonizadores plantearon una estrategia o un “remedio”: distribuir leche y derivados para que no fuera indispensable la lactancia materna. Y llevaron al Congo la industria láctea y un buen número de clínicas de puericultura para enseñar a las madres a alimentarse y alimentar a sus hijos con leche de vaca adaptada. Esto no fue algo casual sino algo preparado y estratégico, a cara descubierta y con alevosía, en el sentido más biopolítico posible, como muestra este texto del Congreso Colonial Nacional de 1930 (I, 167):

“Para inculcar la noción de utilizar leche, se puede actuar con el ejemplo. Frente a la dificultad actual de la adquisición de este alimento, el gobierno podría poner cartones de leche a disposición de los hospitales y organizaciones benéficas para niños. Los huérfanos deben ser criados a través de la intervención de las agencias, particulares subvencionados, misiones, organizaciones benéficas infantiles, etc. que organizarían una alimentación higiénica. Hay espacio para establecer verdaderas guarderías de propaganda ayudadas por el Estado”

Esas guarderías o “nurseries” de la propaganda ayudadas por el Estado intentaron aumentar la fertilidad de las congolesas con destetes tempranos y leche de vaca. Años después esos mismos estados se quejarían de que somos demasiados en el mundo, que estamos sobrepoblados y demás… ¿Y quién asume las responsabilidades de estas políticas? Por eso es tan importante recuperar la historia, la verdadera, la de las fuentes y los documentos y no la de las invenciones y los tópicos creados.

Otra prueba concreta: el documento “La Question sociale, informe al Comité del Congreso Colonial Nacional” (Bruselas, 1924). En él se dice:

“la presente situación es ciertamente irracional. Algunas veces las mujeres amamantan durante tres años. En el curso de los aproximadamente treinta años durante los cuales las mujeres son susceptibles de convertirse en madres, se ponen periodos de tres o cuatro años durante los cuales solamente pueden tener un único hijo, mientras que la naturaleza, sin duda, les permitiría tener embarazos más frecuentes sin daño”. 

O también en la “Question Sociale”: “El abandono de la práctica de la abstención durante el periodo de amamantamiento probablemente no tendría como consecuencia el aumento en el número de niños como podríamos pensar. En efecto, normalmente, la mujer no debería ser fértil durante el periodo de lactancia exclusiva. Un nuevo embarazo ocurriría solamente con el declive de este periodo y mientras la leche de la madre ya no es indispensable para el niño”. De nuevo, dejo el enlace con información actualizada sobre el método MELA a día de hoy, para quien quiera profundizar, en este documento.

Lactar a demanda durante tres o cuatro años puede ser muchas cosas pero no es “irracional”, viene mal para el imperio, eso sí, que no puede aumentar el número de hijos que necesita para alimentar la máquina esclavista de producción colonial. Esas mujeres quizás no lo sabían pero dando de mamar así, además de alimentar a sus hijos de la forma más natural posible, tenían menos papeletas de tener cáncer de mama, ovario y endometrio, como desgraciadamente estamos comprobando en Occidente. Quizás eso sea poco “racional” para los estrategas coloniales que solamente ven dinero y poder cuando miran a un ser humano. ¡Cómo cambian los discursos del poder sobre las madres a lo largo de los años según cambian los objetivos!

Los cursos prematrimoniales, como el de la Iglesia Sociedad Misionera en Matana, daban mucha importancia al destete temprano, camas separadas para los bebés, la necesidad de horas regulares de alimentación en lugar de cada vez que llora, ya que, supuestamente, primero tenían que digerir lo que tenían en el estómago antes de darle más (hoy sabemos que la leche humana se digiere muy rápido y ese argumento no tiene ni pies de cabeza. La lactancia materna funciona a demanda). Además “había que considerar otras causas para el llanto que no fueran el hambre y darse cuenta que el bebé no tiene otro lenguaje que el llanto…”

Otro de los documentos históricos interesantes que aporta la autora es este, “Le bebé en brousse”, una serie de artículos del Boletín de la Unión de Mujeres Coloniales durante los años 30. Allí se les aseguraba a las colonizadoras que podrían encontrar leche artificial pero también se encontraban consejos sobre lactancia. Se las decía que no debían dar de mamar por la noche porque esto causaba problemas digestivos. Si el niño lloraba habia que buscar otras causas, poniéndo énfasis en la “regularidad”, ya que había que alimentarlo cada tres horas. Se prefería la lactancia mixta a la artificial pero con consejos así no dudo de que las lactancias exclusivas duraran muy poco, ya que con tan poca estimulación había muchas probabilidades de quedarse sin suficiente leche para alimentar al bebé.

 El llanto de los bebés

Un investigador belga, nos cuenta Nancy Rose Hunt, decía que la actitud congolesa frente al llanto de los niños era que “un bebé no debe llorar nunca; todos sus caprichos deben ser satisfechos”. Hoy sabemos que la necesidad de comer o de ser cogido en brazos no son caprichos, son necesidades básicas que van evolucionando según la edad del bebé. De hecho, los adultos también necesitamos dar y recibir cariño, escucha y empatía.

En otro folleto de consejos a las madres se decía que había que amamantar seis veces al día, en intervalos de tres horas*, introducir la alimentación complementaria a los 7 meses, y para el décimo mes alimentar al niño con un biberón u otras comidas:

“No amamantes a tu hijo porque llora: él se silenciará a sí mismo… Por la noche no le amamantes ni un poco: el niño mamará por la tarde y mamará otra vez por la mañana. No le des “malafu” (cerveza) o agua de coco: la leche será suficiente. Antes del séptimo mes, las gachas de harina son malas. No le amamantarás para nada (por la noche) si se duerme en (su propia) cama. Si obtienes leche de vaca o cabra, irás a la farmacia, el médico te dará buen consejo, sabrás qué hacer”. 

De nuevo, esta clase de consejos, además de inhumanos y desconectados de nuestra propia naturaleza, tenían un efecto que reducía la fase anovulatoria postparto de la lactancia materna a demanda y exclusiva. Las tomas nocturnas son importantes para las mujeres en esa etapa porque mantienen la amenorrea (aunque muchas mujeres occidentales no sepamos cómo conciliar un buen descanso y amamantar, incluso durmiendo en la misma cama o habitación, pero ese es otro tema para otro post…).

Como vemos si estudiamos el MELA (método de la amenorrea de la lactancia materna), todo ese énfasis en regularizar la lactancia, espaciar las tomas, no dar teta por la noche, no dar a demanda, suplementar a la primera de cambio con leche de vaca adaptada tiene la misma consecuencia: perder el efecto anovulatorio de la lactancia cuanto antes y adelantar la posibilidad de un siguiente embarazo**.

La alimentación de los hijos de los obreros se convierte en un asunto de la empresa

Mina Kisanga en  Katanga (1920) Foto tomada de http://en.wikipedia.org/wiki/Belgian_Congo#mediaviewer/File:Kisanga-mijn_Ruandese_arbeiders_einde-jaren_1920.JPG

El artículo también nos transporta a la mina de la Union Miniere du Haut-Katanga, donde el 50% de los niños morían y se necesitaba mano de obra africana de forma acuciante. Por supuesto, para los colonizadores la culpa de la alta mortalidad era de las madres, por eso, la dirección de la fábrica abrió en 1924 una Gota de Leche (un centro de puericultura) donde había una consulta, se daban regalos, premios de natalidad, comida durante las primeras 6 semanas de embarazo y durante el primer año de amamantamiento.

En esta mina se estableció el promama OPEN (Obra de Protección de la Infancia Negra) para reducir la mortalidad y aumentar los nacimientos de bebés, lo que incluía la supervisión del destete, en el que se desaprobaba la lactancia prolongada (bueno, lo que para ellos era “prolongada”) seguida de un destete abrupto: “El servicio médico organizó comedores para asegurarse de que la alimentación infantil era controlada científicamente”, dice la autora. Y los niños, desde un año de edad, comenzaron a ser alimentados en estos comedores, donde también se les enseñaban modales y a lavarse las manos, etcétera. Se pasaba lista y se investigaba a los padres si el niño no acudía. Las madres tenían que ir a la consulta infantil una vez por semana para examinar a los niños, las enfermeras les enseñaban cómo ser unas madres correctas, cómo cuidar a sus hijos y les daban regalos para atraerlas.

Union minière del Alto Katanga. Foto tomada de: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/80/UMHK_1917.jpg

La alimentación complementaria de los niños provocaba que la fertilidad de las mujeres, debido a la caída en la frecuencia de la lactancia, aumentara. Así, la empresa maximinaba la fertilidad y reducía la mortalidad gracias al control social.

Un tema que merece reflexión y mayor desarrollo es el de por qué la vida de la mina provocaba que la fertilidad cayera si no se intervenía de estas formas. Según apunta la autora, el ratio de sexos no estaba equilibrado (26 mujeres por cada 100 hombres en 1925) y había enfermedades venéreas y prostitución. Las empresas mineras intentaron llevar a su terreno la reproducción de las mujeres, ya que antes ellas se quedaban en el mundo rural y era el hombre el que emigraba a los centros mineros. Como dice uno de los autores citados en el artículo, Union Minière decidió “criar” a su propia fuerza de trabajo. Tuvieron éxito en sus labores de ingeniería social, consiguieron crear un habitat para familias monógamas, aumentaron el ratio de nacimientos y decrecieron las cifras de mortalidad infantil. En 1946 el destete ocurría cuando el bebé tenía 12 meses (hoy la OMS recomienda dos años de lactancia y hasta que madre e hijo quieran).

Gracias a la gran cantidad de misioneros católicos y protestantes que había este tipo de políticas y programas se extendieron hacia otras localidades en el Congo con programas como el creado por el Fondo Reina Elisabeth para la Asistencia Médica a los Indígenas (FOREAMI) y otras iniciativas estatales y empresariales. Estos proyectos institucionales premiaban el buen camino de la crianza con regalos y sobornos, creando necesidades de productos que antes no existían. Pero lo más importante era separar a las madres de los bebés para fabricar más y más futuros trabajadores de la colonia.

La rebeldía y negociación frente a los “expertos”

La mayor parte de las mujeres congolesas no siguieron algunos de los consejos que les daban, como el de los horarios de amamantamiento y seguían dando el pecho a demanda (¡menos mal!). Solamente las elites siguieron las absurdas normas de lactancia, por eso, durante los años 50, el 83% de los niños seguía durmiendo con sus padres (por cierto, el artículo dice “padres”, no “madres”, lo que contradice lo de la separación de camas entre las parejas). Las madres les daban a partir del cuarto o quinto mes puré de mandioca o maíz, y algunas hacían la transición al destete con biberones. La leche de vaca tampoco se generalizó para toda la población y se consideraba más como una medicina para casos especiales o como una delicatessen de las clases altas.

Y lo que es más importante, simbólico y esperanzador: Las madres congolesas también se rebelaron contra la costumbre de desatender el llanto de los niños. Algunas decían “no podemos dejar llorar a los bebés como las blancas”.

Conclusiones sobre el colonialismo íntimo de los cuerpos

La autora termina señalando que algunos investigadores han relacionado el aumento de población de Zaire a partir de la Segunda Guerra Mundial al uso de la penicilina, pero que habría que investigar más el impacto del acortamiento de los intervalos entre hijos debido a las políticas coloniales. A pesar de las rebeldías y negociaciones de las que hemos hablado, al final se impuso el modo de vida que promovía el Estado y el Capital en todo el globo, con el consiguiente boom poblacional. Paradójicamente, esos mismos poderes fácticos de ayer, son los que hoy se escandalizan por la sobrepoblación del planeta e intentan promover que no se llegue a un ratio mayor de dos hijos por mujer.

Sin embargo, incluso aunque no lo pretendieran como objetivo principal, el mismo modo de vida y de trabajo de los países industrializados, dedicados al sector servicios y urbanizados es proclive en sí mismo a la infertilidad.

Por otro lado, organizaciones como WWF (vinculado a las monarquías europeas) o el Club de Roma (presidido en España por Isidro Fainé, directivo de La Caixa, Repsol, Telefónica y la CECA), dirigidas desde las elites del poder económico, político e ideológico, alertan del aumento de la población mundial sin analizar nunca las causas, muchas de ellas relacionadas con la intervención institucional, y sin reflexionar sobre las causas existenciales y éticas del deterioro de nuestras vidas y del planeta. Su doble moral y manipulación es alarmante, pero si no fuera por ello no podrían mantener sus privilegios. Su desenmascaramiento debería ser una tarea prioritaria, en lugar de seguir sus juegos como el de “la hora del planeta” y similares.

Un debate serio sobre el presente y futuro de la humanidad no puede expulsar a la ética y a la filosofía del mismo. Es cierto que somos muchos en el planeta, como nunca habíamos sido, gracias a, entre otras causas, la pérdida de la lactancia materna y los medicamentos que curan enfermedades que antes eran sinónimo de muerte segura. Pero el problema mayor es que estas mismas elites venden y adoctrinan a la humanidad (y nos dejamos adoctrinar) en un modo de vida nocivo y suicida a todos los niveles. El mundo no está lleno de basura y contaminación porque seamos “muchos” sino porque “muchos” llevamos una vida contaminante y tóxica, y, sobre todo, unos más que otros. Somos “muchos” porque la tecnología y la biopolítica lo han incentivado, al igual que somos “pocos” cuando se necesita que seamos menos o es posible sustituirnos por algo más económico.

La casa del político ecocapitalista Al Gore en Nashville tiene unos gastos de electricidad y gas anuales de 30.000 dólares.  http://static.guim.co.uk/sys-images/Guardian/Pix/pictures/2007/02/28/gor1.jpg

Sin ser hipócritas, solamente podemos criticar que las políticas de las que habla el artículo de Nancy Rose Hunt tuvieran como único interés una mejor y mayor explotación del ser humano, sin tener en cuenta nada más. Pero, ¿cómo se le puede pedir ética a gente cuyo único motor de vida es el ansia de poder y riqueza?

Las biopolíticas hoy en día actúan de otras formas, muchas veces de maneras contradictorias y ambivalentes. ¿Acaso las mujeres y hombres actuales no llevamos al pediatra y a las revisiones a nuestros hijos y seguimos más o menos los caminos trazados de antemano? Además, consideramos que es positivo ir a esas revisiones, porque presuponemos que los profesionales médicos tienen más conocimientos que nosotros (a veces es cierto y otras veces no, como muchas veces sucede con la lactancia materna, precisamente). Hoy en día nuestros cuerpos y las ideas que en él se producen también están colonizados, quien sabe si lograremos desentrañar de qué formas lo están, como ahora podemos analizar lo que los poderes coloniales belgas intentaron hacer en el Congo.

No hay respuestas sencillas a los complejos interrogantes que se plantean. Mientras, el Congo sigue siendo una zona arrasada por el hambre voraz de minerales que impone el sistema, la industria, nuestro consumo y “necesidades” creadas. No me gusta el victimismo, por eso debemos admitir nuestra propia ceguera y responsabilidad. La realidad no es una película de buenos y malos.

*Actualización 7/1/2016: Hace poco, investigando, me enteré de que fue Luther Emmett Holt, el pediatra de la familia Rockefeller y del Instituto del mismo nombre, el que promovió de forma masiva el consejo pseudocientífico de las tomas cada 3 horas en su libro publicado en 1898. A pesar de que en teoría apoyaba la lactancia (aunque sus teorías las boicoteaban en la práctica) fue el creador de la leche de fórmula adaptada que tomaban los bebés de Nueva York.  Ver post: http://www.lasinterferencias.com/2015/10/05/no-es-conspiranoia-se-llama-capitalismo-y-estado/
**En relación con la actualización anterior, habría que matizar la aparente contradicción de los consejos pediátricos “Rockefeller”. Por un lado, separar a la madre del bebé servía para obtener la fuerza de trabajo de las mujeres y controlar a los niños. Pero, a la vez, tenía el efecto “secundario” de perder el papel anovulatorio de la lactancia libre. En años recientes la Fundación Rockefeller se ha visto interesada en estos efectos y ha apoyado los estudios que investigaban este fenómeno cuyo resultado es el “consenso de Bellagio sobre el “método” MELA. Su interés en la lactancia actual es precisamente por su poder anticonceptivo. Sin embargo, esto lleva aparejado la cercanía madre-bebé que el trabajo asalariado rompe e impide. Supongo que desde las altas instancias del capitalismo mundial se estarán preguntando cómo conciliar ambas cosas. Yo, como madre trabajadora, madre lactante que no quiere separarse de su bebé (en este momento de 7 meses) y que no usa anticonceptivos hormonales también me lo pregunto aunque por razones bien diferentes a las de los maquiavélicos que dirigen nuestras vidas y las biopolíticas.

Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981)

Hoy voy a hablar de un artículo publicado en American Anthropology en 1981 por Bárbara B. Harrell, en ese momento médico residente del departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Washington. A pesar de que algunas explicaciones sobre fenómenos físicos de la lactancia y la menstruación hayan podido evolucionar en estos treinta años este texto me parece muy interesante para reconciliar lo cultural y lo biológico y entender cómo ha afectado la industrialización a nuestras vidas. Todavía mucho de lo que explica Bárbara B. Harrell no es comprendido ni ha llegado al gran público. También me gusta el tono del artículo: respetuoso y riguroso, sin moralinas, porque no busca convencer sino comprender. La autora simplemente presenta la información y nos muestra cómo eran las cosas en el mundo preindustrial y cómo son ahora, las posibles causas de cómo hemos llegado hasta aquí y algunas reflexiones e interrogantes. Con esa información podemos seguir dándole vueltas, aprender, ver qué camino queremos escoger y cómo los diferentes comportamientos culturales provocan determinados efectos en nuestros cuerpos y nuestras relaciones de lactancia con nuestros bebés.

He intentado dejar claro qué parte es del artículo de Harrell y cuáles son mis aportaciones y reflexiones. En cualquier caso el artículo original se puede leer aquí (hay que subir otro documento a cambio pero es un servicio gratuito): http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

¿Cómo son la lactancia y la menstruación desde una perspectiva cultural? La autora comienza afirmando, como el biólogo Roger Short o más recientemente la antropóloga Beverly Strassmann, que en las sociedades preindustriales la lactancia es prolongada e intensiva, como norma, mientras que la menstruación es poco común. Estos dos hechos están relacionados ya que existen factores culturales que reducen o aumentan la frecuencia en la succión de los bebés, entre otros aspectos, y esto a su vez afecta a la duración de la amenorrea de la lactancia (la ausencia de regla).

Harrell constata que la industrialización ha sido asociada a un declive mundial en la lactancia materna. Antes de seguir hago un inciso, porque yo me enteré de que existía la “amenorrea de la lactancia”, es decir, la falta de regla durante un tiempo de la lactancia, al vivirlo en primera persona con 31-32 años. Nunca antes había oído hablar de ello, lo que también dice mucho del ínfimo papel que tiene la lactancia materna dentro de los conocimientos comunes que tenemos sobre sexualidad humana.

La autora pasa después a invitar a los antropólogos a repensar la condición de la mujer desde un punto de vista fisiológico y simbólico, ya que al vivir en una sociedad (sobre todo en los años 70 y aún hoy) en la que la lactancia materna casi desapareció del mapa muchos estudios de antropología olvidaron y obviaron la lactancia y la consiguiente amenorrea que la acompaña. Es decir, viene a decir que no se puede estudiar una sociedad tradicional desde el ciclo reproductivo moderno, hay que entender el fenómeno desde un punto de vista evolutivo para evitar sesgos. Como hoy en día se amamanta muy poco y se usan anticonceptivos, lo habitual es que las mujeres menstrúen cada mes, pero esto no siempre fue así.

Barbara Harrell hace un repaso sobre lo que se conocía en su época sobre la amenorrea de la lactancia y la ausencia de fertilidad, antes del famoso consenso de Bellagio, apoyado por la Fundación Rockefeller y la OMS (hay información actualizada sobre el método anticonceptivo MELA aquí). Un autor de los años ’60 llamado Christopher Tietze, por ejemplo, estudio la Normandía rural entre 1674-1742 llegando a la conclusión de que el amamantamiento era un anticonceptivo fiable en esa época durante los 10 primeros meses y se dio cuenta de que las mujeres que no amamantaban tenían dos ciclos anovulatorios después antes de volver a quedar embarazadas.

En “Lactancia Prolongada e intervalos entre hijos en Ruanda”, un estudio de Bonte y van Balen, se dieron cuenta de que el 5.4% de las mujeres lactantes se quedaban embarazadas sin menstruar y que las mujeres que amamantaban concebían de media 15 meses después que las que no daban el pecho. En otro estudio de estos mismos autores quisieron comparar las lactancias en la Ruanda urbana y la rural. En el campo se porteaba a los niños a la espalda y se les ofrecía el pecho a demanda. Las mujeres urbanas ofrecían el pecho con horarios. En los resultados se observó una gran diferencia entre la duración de las amenorreas (6.9 las urbanas y 18.6 meses las rurales). Las mujeres de campo concebían 21 meses postparto de media. Entre las no lactantes no había diferencia en si vivían en el campo o la ciudad.

Otro estudio de Boston en los años 60 observó que la amenorrea de las mujeres lactantes fue de media 68 días, solamente 10 días más que las no lactantes. Según los datos de otro investigador, Potter (1965),  en Punjabi había una media de amenorrea postparto de 11 meses. Estimaron que las mujeres Punjabi pasaban el 40% de sus vidas reproductivas en estados amenorreicos (embarazos y lactancias). En Alaska, Berman (1972) constató una media de 10 meses de amenorrea de lactancia de media frente a los 52 días en las que no amamantan. En Guatemala (Delgado, 1979) vieron que la media era de 14 meses de amenorrea de la lactancia.

En EEUU Kippley (1969) hizo un estudio entre las lectoras de su libro “Breastfeeding and natural child spacing” y la media fue de 10 meses de amenorrea, con un rango entre 1 y 30 meses. ¡30 meses son 2 años y medio sin menstruación! La mayor media de amenorrea, 14.6 meses, se consiguió en 29 casos: nada de biberones ni chupetes, nada de sólidos ni líquidos los primeros 5 meses, nada de horarios, con tomas nocturnas y tomas tumbadas o reclinadas. Este estudio demuestra que en mujeres canadienses y estadounidenses bien nutridas también es posible que se produzcan amenorreas de la lactancia prolongadas, al menos bajo algunas circunstancias. Es decir, en el mundo industrializado si se siguen pautas culturales de lactancia preindustriales también se alarga la amenorrea.

El ciclo reproductivo preindustrial

La autora pasa a describir en el siguiente apartado de forma idealizada cómo sería el ciclo reproductivo preindustrial, para después matizarlo y aclarar que había también otros modelos que no se ajustaban a él (célibes voluntarias e involuntarias, las separaciones del compañero sexual…Yo añadiría también a las mujeres que tenían hijos amamantados por nodrizas). Es bastante similar a la realidad que describe Roger Short en el post anterior:

“Una mujer joven se casa un año o dos después de la pubertad y se queda embarazada un año después de la boda. Después de 10 meses lunares de amenorrea del embarazo, da a luz a su primer hijo, que comparte su cama hasta que es destetado. El destete no se completa hasta que el niño puede masticar y es pospuesto probablemente hasta que un segundo embarazo parece obvio. El intervalo de retorno de la menstruación es 13 meses, llegando a 16 meses en muchas sociedades (Tietze 1961). Cuando la ovulación y la menstruación vuelven, el ciclo se repite, generando un intervalo fisiológico de 2 años, 2,5 años”

“Se podría concluir que los meses de menstruación ocupan menos de 1/4 de la vida reproductiva de una mujer”.

Hay tres factores que modifican o matizan la validez del paradigma reproductivo preindustrial: 1) el 50% de las concepciones no resultan en niños vivos y son percibidos como una menstruación retrasada, 2) mortalidad infantil antes del año tiende a reducir la amenorrea, 3) anticoncepción (abstinencia, coitus interruptus, pesarios vaginales…). 

Otros factores interesantes que interactúan con el ciclo reproductivo (de los que también habla Roger Short en su artículo) son el estrés, la malnutrición y el ejercicio físico:

“El ejercicio vigoroso y sostenido puede promocionar la amenorrea, alterando la masa corporal o por otros mecanismos. Es interesante que tanto el estrés y el ejercicio pueden incrementar la prolactina en humanos de ambos sexos. Los dispositivos que ahorran esfuerzos, incluyendo el automovil, pueden reducir el nivel de ejercicio de una población. El grado de fuerza física y estamina que se requiere para las actividades de subsistencia de las mujeres en la mayor parte de sociedades preindustriales podría sorprender al moderno occidental. La inactividad podría ser un factor del declive de la amenorrea de la lactancia observada en las sociedades modernas”.

El periodo de transición y cómo es silenciado en la sociedad industrial

Nunca había oído hablar del concepto antropológico de “transición” en el ámbito de la relación materno-filial, creo que ahora se habla más de “exogestación”, es decir, la gestación que se hace fuera del útero materno. Por ejemplo, se suele decir que el bebé está 9 meses dentro de nuestro vientre y otros tantos meses fuera (o más). Esta idea de la transición fue expuesta por Margaret Mead y Niles Newton por primera vez para describir el periodo en el que los niños son completamente dependientes para su sustento, cuando se sustituye el cordón umbilical por el amamantamiento.

Afirma Harrell: “En las sociedades modernas este periodo de transición está silenciado y puede ser abolido por completo; en las sociedades preindustriales no se puede permitir que ocurra”.

Y aquí es cuando comienza lo interesante de este artículo, ya que comienza a relacionar la silenciación del periodo de transición con la industrialización y la consiguiente reducción del tiempo de amenorrea de la lactancia debida a una menor frecuencia de succión. ¿Y por qué se da este fenómeno? Harrell enumera unos cuantos correlatos culturales en relación al periodo de transición silenciado a los que yo aporto mi interpretación y añado elementos de reflexión basados en mi propia experiencia. Este listado no entra en juicios sobre las diferentes formas de crianza sino que analiza las posibles causas de que el periodo de transición haya sido silenciado con la llegada de la modernidad:

1. El pecho de la mujer es conceptualizado principalmente como algo enfocado hacia los hombres. Se considera que las mujeres no deberían enseñar sus pezones. ¿No nos suena de algo a la censura contra el pezón femenino en facebook?

2. El pecho femenino se ve secundariamente como un órgano que produce leche.

3. Las tomas se ven como deberes que deberían ser espaciados, y se trata de eliminar la toma nocturna lo antes posible. Cuando hay demanda frecuente se cree que es porque se tiene poca leche. Se sustituyen las necesidades de estimulación oral de los bebés por objetos diseñados ad hoc, como los chupetes. Es decir, en la cultura popular industrializada se desconoce totalmente cómo funciona la lactancia materna. Relacionándolo con el tema de la amenorrea y la anovulación, la frecuencia de las succiones y que no pasen demasiadas horas es fundamenteal para mantenerla. Es sencillamente la forma en la que la Naturaleza o la evolución favoreció que las crías humanas sobrevivieran con un intervalo suficiente entre nacimientos. Pero, claro, en el mundo industrializado todo esto deja de tener sentido, de forma aparente, ya que los niños pueden tomar biberón y las madres pueden usar métodos anticonceptivos. Pero no es oro todo lo que reluce… Ni el biberón es igual a la teta para el bebé,  ni el cuerpo femenino ha mutado para adaptarse a los nuevos tiempos, como lo corrobora el alto índice de casos de cáncer de mama. 

4. El llanto se considera que es algo sano, con ciertos límites. Mi interpretación de lo que dice Harrell aquí es que el llanto del bebé en el mundo industrializado está trivializado, no se entiende que tiene un sentido y se tapa con chupetes, es decir, tetas de látex o silicona fabricadas en serie y en cadenas de montaje. Por no hablar de métodos Ferber o Estivill…

5. Se cree que los adultos necesitan tiempo separados de los niños, tanto con cunas o habitaciones separadas (lo que obliga a que los padres tengan que abandonar la cama para las tomas nocturnas) como en la separación entre el mundo de los adultos y el mundo de los niños. Tiene más importancia el vínculo matrimonial que el materno-filial.

6. Se considera necesario y deseable organizar las actividades en base a un estímulo externo como un reloj o un calendario. Se hacen las cosas porque “es la hora”. Por ejemplo, la gente normalmente come porque es la hora de comer, no porque tengan hambre. La cultura reconoce los conceptos de “hora de bañarse” o “hora de la siesta” como distintos de suciedad o somnolencia. Similarmente, la gente inspecciona sus relojes para decidir si un niño está llorando y chupando su dedo está preparado para comer.

Además de los elementos culturales, Harrell añade otro listado de objetos o factores que proliferan cuando aumenta el dinero y que se asocian con un periodo de transición silenciado:

1. Todo tipo de gadjets, juguetes, carritos y andadores que distraen y separan al niño del pecho.

2.  El ocio adulto que fomenta la separación madre-niño, lo que puede influir en los niveles de prolactina. 

3. A casas más grandes, se tiende a dormir en habitaciones separadas y a tener mayor acumulación de juguetes infantiles. 

4. El periodo de transición también se ve reducido con el mayor acceso a diferentes tipos de alimentación suplementaria y la leche de vaca, que reducen la frecuencia del amamantamiento y la prolactina.

5. Algunos tipos de ropa impiden el amamantamiento frecuente.

6. Los relojes, la televisión, la iluminación artificial no respetan los ritmos circadianos y los estímulos intrínsecos como el hambre, la saciedad, la fatiga y el comfort.

7.  Algunas prácticas médicas anticuadas pero no obstante “modernas” como el aislamiento de los niños y el uso y abuso de la analgesia obstétrica pueden tener efectos negativos en la interacción madre-niño. 

8. El sistema económico anima la separación madre-hijo desde una edad temprana para que las mujeres trabajen fuera del ámbito doméstico. Incluso cuando las madres no están separadas de sus niños, el periodo de transición puede ser difícil de mantener. 

Después Harrell toca un tema que me toca de cerca ya que habla del colecho y del mantenimiento del contacto físico nocturno, las tomas nocturnas y sus oleadas de prolactina. ¿Por qué nos molestan tanto las tomas nocturnas a las mujeres occidentales incluso aunque durmamos con el bebé al lado? ¿Quizás porque no somos capaces de dormir y dar de mamar a la vez y por eso no descansamos bien? Para muchas mujeres el colecho no ha evitado los despertares nocturnos ni el sueño interrumpido. Muchas añoramos “dormir del tirón”, sin embargo, después de leer un libro de entrevistas a mujeres cazadoras-recolectoras Kung del desierto de Kalahari (Nisa: The Life and Words of a !Kung Woman), veo que en su cultura los niños maman también con la madre dormida. Entiendo que para intentarlo en nuestra sociedad tendríamos que mantener las precauciones habituales del colecho. Seguiremos investigando…

Cambio socioeconómico y el periodo de transición: el caso taiwanés.

 “Un asunto de particular importancia en el periodo de transición en las sociedades modernas es el del cuidado infantil en el lugar de trabajo. Jimenez y Newton estudiaron 195 sociedades en relación con la reincorporación al trabajo en el postparto; observaron que la mayor parte de las sociedades tradicionales con lactancias prolongadas permiten a las madres quedarse cerca físicamente de sus hijos mientras hacen su carga de trabajo completa”. 

En este apartado de su artículo, Barbara Harrell habla de su experiencia en los años 70 en una ciudad minera del Taiwan rural como madre lactante. Se fijó en varias cosas:

1. Las mujeres lactantes podían amamantar en público en cualquier ocasion. Los hombres ni miraban. 
2.  La experiencia empírica en los pueblos probaba que los niños de pecho estaban más sanos y grandes que los de leche artificial, porque la leche de fórmula se diluía demasiado y no se esterilizaban bien los biberones. La gente del pueblo pensaba que no había que suplementar antes de los 9-12 meses y la comida que se ofrecía eran gachas de arroz. Recuerdo que la recomendación actual de la OMS es de empezar a ofrecer alimentación suplementaria a partir de los 6 meses para evitar anemia en el bebé. 

3. No había horarios para el pecho, se amamantaba a demanda. Se utilizaban algunos chupetes.
4. La tolerancia hacia el llanto de los bebés era variada. Ninguno podía pensar que llorar era bueno para los bebés. Se solía ofrecer el pecho para callar al bebé. A medida que el bebé crecía los oídos de los cuidadores se hacían más sordos al llanto. 
5. Todos los bebés compartían la cama con sus padres por la noche; la gente rural no concebía otra posibilidad. La gente no puede imaginar excluir a los niños de bodas, funerales u otro tipo de actividades de ocio. Los niños eran discretos en esos actos, que no eran solemnes ni silenciosos. 
6.   Los horarios eran muy flexibles para los mineros, los de las fábricas y los colegios sí que funcionaban siguiendo el reloj.

Después, enumera una serie de cambios que comenzaban a darse a raíz de la “modernización”:

1.       Los cochecitos se estaba empezando a notar en el campo, con la pavimentación. Algunos niños de la comunidad eran confinados al carrito casi todo el día.  
2.       No había ningún pasatiempo para las mujeres que dejaban a los niños en casa. 
3.       En las casas se estaba muy apretado, los padres y los niños compartían cama. La abuela tenía su cama, algunas veces compartida con algún niño en proceso de destete. 
4.       La nutrición taiwanesa era adecuada. La gente del pueblo seguía la costumbre de alimentar a la puérpara con pollo, aceite de sésamo y arroz. 
5.       La ropa estaba cambiando desde los tiempos de las abuelas. La mayor parte de las mujeres estaban utilizando sujetadores y vestidos occidentales. A pesar de lapresencia ubicua de las mini faldasque temporada, las mujeres jóvenes seguían prefiriendo la posición en cuclillas durante la mayor parte de las actividades. Como sabemos las mujeres lactantes, del siglo que sea, con un vestido que no sea de lactancia no se puede amamantar porque te tendrías que subir el vestido hasta el pecho. Respecto a las cuclillas es un tema interesante del que Casilda Rodrigáñez habla también en sus libros.
6.       Los relojes y las luces eléctricas estaban presentes pero no eran destacables. Aproximadamente dos tercios de las familias tenían su propia televisión. 
7.       El nacimiento de los niños estaba pasando del pueblo a las clínicas de matronas, aunque algunas mujeres preferían parir en casa atendidas por su suegra. El parto se hacía sin analgesia. La madre y el niño se quedaban en casa un mes después del parto. Se les consideraba contaminados durante ese tiempo. A las mujeres jóvenes les parecía una práctica sofocante. 
8.       Algunas mujeres se estaban dedicando a tejer jerseys para la exportación. 

En base a todo esto la autora hizo una investigación. Quiso probar la hipótesis de que la presencia de la suegra estaba relacionada con el declive de la duración del periodo de transición, porque parecía que las mujeres que vivían con sus suegras ofrecían biberones y destetaban más tempranamente que las mujeres que no vivían con sus suegras. “Era obvio que las mujeres jóvenes que trabajaban en la industria del tricotado tenían suegras que cuidaban de sus hijos, pero como muchas de ellas trabajaban en casa, cerca de sus niños, parecía poco probable que el trabajo en sí interfiriera con el amamantamiento a tal grado”. 

Después de hacer entrevistas vio que la duración de la lactancia materna era de 12-13 meses pero que había decrecido desde la estimación de 2 años de otros estudios nacionales realizados en los años 50 y de 17,7 en el Taiwan rural de los años 60. Se dio cuenta que su hipótesis sobre las suegras no era cierta y que no había correlación alguna entre la presencia de la suegra y duración de la lactancia. Sin embargo, sí la había con el trabajo. Entre los bebés de madres trabajadoras, el 56% había suplementado antes de los 5 meses, comparado con el 24% de los bebés de las madres no trabajadoras. La única correlación que existía con las suegras era que las mujeres que trabajaban en casa necesitaban su ayuda para cuidar a los bebés, pero no eran causa de nada sino una consecuencia más asociada al trabajo monetarizado.

Había 3 razones aportadas por las mujeres para el fin de su lactancia: 1) no tener suficiente leche. 2) que el bebé había aprendido a andar, lo que significaba que era edad de destetar, 3) un nuevo embarazo. Barbara Harrell concluyó que el empleo (se entiende que trabajo remunerado) en el hogar podía asociarse con un periodo de transición reducido y que la explicación más probable era el acceso reducido al amamantamiento, una menor frecuencia de succión y, por tanto, de prolactina.

La autora reflexiona de forma muy acertada: “Todas las mujeres entrevistadas querían amamantar. Según los estándares americanos modernos lo hicieron con éxito, según los estándares preindustriales taiwaneses, no. Este declive empezó en un entorno que apoyaba mucho el amamantamiento, pero es predecible que las actitudes cambiarán para ir acordes con el acceso a la vida moderna”

“Arrastradas por la fiebre del desarrollo tecnológico, las mujeres del Taiwan actual, no pueden distanciarse facilmente de las demandas del progreso para evaluar sus efectos en sus vidas. 
 (…) Tendrán que ser quizás los antropólogos los que tendrán que proveer al mundo con un marco cognitivo de apoyo a la lactancia contra el empuje de la modernización, así permitiendo a las mujeres elegir o rechazar el amamantamiento sobre una base distinta del ratio de fracaso”. 

Las conclusiones de su estudio no son ninguna tontería: el trabajo remunerado está asociado a una menor succión del pecho, incluso aunque se haga en el hogar y el bebé esté cerca cuidado por la abuela. Podemos decir que no tendría que ser necesariamente así, podemos usar sacaleches, podemos intentar trabajar con un portabebé para que el bebé pueda succionar mientras trabajamos, etcétera, pero que es un efecto constatado de la modernidad, es un hecho. ¿Debería respetar el trabajo asalariado que algunas mujeres no queramos renunciar a la succión frecuente por todos los beneficios que conlleva para bebé y madre, incluida la amenorrea de la lactancia? Yo creo que sí. ¿Se soluciona con guarderías en las empresas o con que nos acerquen al niño para mamar? Quizás. ¿Podría hacerse con trabajos que admitieran a nuestros hijos, como en aquel cuadro de Bilbao de “las cigarreras”? A lo mejor. La lactancia materna y la fisiología femenina tiene sus propias lógicas internas que no entienden de ideologías, sistemas económicos, políticos o laborales. Por ejemplo, la leche materna tiene defensas que pasan de la madre al hijo a través del pecho, pero poca gente sabe que la madre produce defensas en referencia al ambiente en el que se encuentra, no defensas para las posibles bacterias y virus de la guardería con los que no ha tenido contacto. De hecho, muchas guarderías no permiten entrar a las madres a las aulas. Todavía nos queda un largo camino de reflexión, pero para que cada cual escoja su camino en el siglo XXI se necesita observar el paisaje a vista de pájaro y reconocer las limitaciones materiales, para luchar contra ellas o adaptarse a las mismas.

Conclusiones

La autora finaliza su artículo con unas conclusiones muy profundas. Constata que en antropología se ha escrito mucho sobre todo tipo de símbolos y ritos menstruales, pero no hay casi nada sobre lactancia. ¿Y cuál es la posible causa? Según ella porque en las sociedades occidentales modernas los ciclos menstruales se repiten a sí mismos “ad infinitum” mientras que la lactancia es algo inusual. Sería una especie de sesgo en la visión de la antropología actual, que no es capaz de abstraerse de la realidad actual del todo.

Mientras Margaret Mead y Newton consideran la lactancia como un periodo de transición para el bebé, la autora se interesa por el fenómeno desde el punto de vista de la mujer en sí misma. La lactancia prolongada se asocia con una ausencia de menstruación prolongada y esto se ve influido por factores culturales que influyen en la frecuencia de amamantamiento. La amenorrea es la norma para las mujeres preindustriales. La menstruación en ese mundo es un estado “liminal” entre dos hijos (un concepto antropológico que se podría traducir por “transitorio”) y poco común. Si no está entre niños está en la pubertad o en la menopausia, cuando se suelen tener ciclos anovulatorios. Ese estado de estar como entre “dos tierras” es, según Harrell, lo que podría relacionarse con las ideas de magia, contaminación o aislamiento que han sido estudiados por la antropología.

 ¿Y qué del ciclo menstrual recurrente actual?
“En la sociedad occidental moderna, funcionamos continuamente en este estado sexual aumentado, este surgimiento cíclico de potentes hormonas femeninas. Pensamos que es nuestro derecho natural de nacimiento, y como mujeres nos ponemos a la defensiva ante la sugestión de que la “naturaleza” pueda afectar nuestro temperamento o juicio. Tendemos a favorecer la aceptación pública de la menstruación como una función normal y natural, aunque lo hacemos con un cierto grado de ambivalencia. Por ejemplo, en “The Curse”, un exhaustivo esfuerzo para desmitificar la menstruación, en última instancia se recomienda ratificar”el más elemental y obvio aspecto de la condición de mujer” a nuestras hijas como “la bendición de Eva”, promoviendo al mismo tiempo y con entusiasmo la extracción menstrual, el “periodo de 60 segundos” (Delaney, Lupton y Toch). (…)”

 La menstruación de 60 segundos de la que habla el libro de “The Curse” es una aspiración del líquido menstrual similar a un aborto temprano y que un grupo feminista difundió en los años setenta.


Pero aquí viene el párrafo más impactante y enigmático de todo el artículo de Barbara B. Harrell con el que me despido: 

“El ciclo reproductivo preindustrial con su periodo de transición intensivo sugiere otra visión, que el ciclo menstrual continuo no es un atributo natural de las hembras humanas. Quizas “la maldición” (“the curse” en inglés quiere decir maldición y es un nombre coloquial de “la regla”) puede ser explicada como un artefacto de la Edad de la Tecnología, algo impuesto a las mujeres por una sociedad de la abundancia que no necesita más niños“.

Recuerdo el acceso al artículo completo en inglés:  http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

ACTUALIZACIÓN: 
Como se aclara en el libro “On fertile ground: a natural history of human reproduction” actualmente hay varias posturas o enfoques que explican la falta de menstruación temporal en las madres lactantes: las que basan la explicación en la frecuencia de las tomas del bebé (John Bongaarts), otra es la de la carga metabólica relativa (la energía que tiene que derivar la madre hacia la lactancia se reduce al introducir alimentación complementaria, por ejemplo) y también hay una investigadora que ha añadido una más, la influencia en la fertilidad de la mujer del nivel de grasa en su cuerpo (Rose Frish)”. Más en: “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976)” http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html