Los portabebés más antiguos y sencillos del mundo: las bandoleras

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Una mujer, sujetando a un niño con su mano izquierda, coge un higo. De un relieve de la Dinastía 25 de la tumba de Montemhet en Luxor. Tomado de: http://www.touregypt.net/featurestories/mothers.htm#ixzz3k65RTVjb

“Es costumbre ver en pinturas y relieves de tumbas a niños desnudos colgados de las espaldas de las madres o de sus pechos, envueltos en cortas capas de lino que a modo de bandoleras los mantienen unidos al cuerpo materno, o a alguna parte de su anatomía como los brazos, hombros, o caderas. En ocasiones, el crío que empieza a dar los primeros pasos, va detrás de una mujer pugnando para que ella le acoja.

Cuando la madre está reposando de la lactancia, realizando las labores de la casa o trabajando a la intemperie, acostumbraba a desplazarse con la criatura con independencia y comodidad; un ejemplo se observa en un grupo de madre e hijo que está en Munich y que data de finales de la dinastía XVIII (ÄS 2955). En un óstrakon pintado (O.DM 2447) se ve a un lactante amamantado por una mujer que lo envuelve entre los pliegues de su vestido”.

(…)

“En la tumba de Neferhotep (TT49), se remarca el contraste étnico de las mujeres egipcias, por sus peinados lacios y su porte más esbelto y longilíneo. Los niños van amarrados al cuerpo femenino con lienzos en forma de bandolera que les servían a modo de cuna portátil; uno de ellos busca a su madre insistiendo en ser cogido en brazos. Las palmas de las mujeres vueltas hacia al rostro, muestran un gesto de sumisión y reconocimiento a la autoridad que ostentó en vida el dueño de la tumba”.

Tomado del libro “La lactancia en el Antiguo Egipto” de Manuel Juaneda-Magdalena

Lactancia en Egipto

“Cuando naciste después de tus meses, ella todavía estaba unida a ti, con su pecho en tu boca durante tres años”.  Enseñanzas de Ani. Egipto, s.XII-XIII a. C., aprox.

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Fuente: Gentes del Valle del Nilo.

Se puede leer todo el texto en inglés aquí, es muy bonito. En él, el escriba Ani, habla de diferentes aspectos de la ética y la moralidad, dirigiéndose no a las elites sino al hombre corriente de la sociedad egipcia. De hecho, cuando habla de la lactancia de tres años, se refiere a la propia madre y no a una nodriza pagada. Nos recuerda como debemos cuidar en la ancianidad a las que nos brindaron todos los cuidados de pequeños.

Me quedo con ganas de leer más sobre este tema en el libro “Lactancia en Egipto” de Manuel Juaneda-Magdalena Gabelas.

El mundo hasta ayer, de Jared Diamond

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Dice Jared Diamond en su libro, en una parte sobre la lactancia a demanda:

“Por ejemplo, los cálculos realizados entre los !kung han demostrado que un niño mama una media de cuatro veces cada hora durante el día, dos minutos cada vez, con un intervalo medio de solo 14 minutos entre amamantamientos. La madre se despierta para alimentar al niño al menos dos veces por noche, y el bebé mama sin despertar a la madre varias veces. Esta oportunidad constante de la lactancia a demanda suele proseguir durante al menos tres años en la vida del niño !kung. Por el contrario, muchas o la mayoría de las madres de las sociedades modernas programan la lactancia según lo permitan sus actividades. La organización del trabajo de una madre, ya sea fuera de casa o en tareas domésticas, a menudo implica que madre e hijo estén separados varias horas. El resultado son muchos menos amamantamientos en comparación con las decenas de la madre cazadora-recolectora, amamantamientos más prolongados e intervalos mucho más largos entre ellos.

Esa elevada frecuencia en la lactancia de las madres cazadoras-recolectoras tiene consecuencias fisiológicas. Como he mencionado anteriormente, las madres cazadoras-recolectoras lactantes no suelen concebir durante varios años tras el nacimiento de un hijo, aunque retomen su actividad sexual. Sin duda, hay algo en la lactancia a demanda que ejerce de anticonceptivo. Una hipótesis es la demoninada “amenorrea por lactancia”: mamar libera hormonas maternas que no solo estimulan la secreción de leche, sino que también pueden inhibir la ovulación (la liberación de óvulos de una mujer).

Pero esa inhibición de la ovulación requiere un régimen constante de lactancia frecuente; varios amamantamientos al día no bastan. La otra se denomina “hipótesis de la grasa crítica”: la ovulación requiere que los niveles de grasa de la madre superen cierto umbral crítico. En una mujer lactante perteneciente a una sociedad tradicional sin comida abundante, los elevados costes energéticos de la producción de leche sitúan el nivel de grasa de la madre por debajo del valor crítico. Por ello, las madres lactantes sexualmente activas de las sociedades industriales modernas de Occidente, a diferencia de sus homólogas cazadoras-recolectoras, todavía pueden concebir (para su sorpresa) por una de estas razones o ambas: su frecuencia lactante es demasiado baja para que se produzca una amenorrea inducida hormonalmente; y están lo bastante bien nutridas como para que sus niveles de grasa corporal se mantengan por encima del umbral crítico para la ovulación, pese al gasto calórico propio de la lactancia. Muchas madres occidentales cultas han oído hablar de la amenorrea por lactancia, pero no tantas saben que solo es eficaz con frecuencias elevadas de amamantamiento. Una amiga mía que, para su desconsuelo, concibió hace poco solo unos meses después del nacimiento de su hijo anterior se unió a la larga lista de mujeres modernas que exclaman: “¡Pero si yo creía que no podía quedarme embarazada mientras daba el pecho!”.”

Si te interesa el mundo de la fertilidad este texto pertenece a una serie de post sobre MELA (método de la amenorrea de la lactancia), fertilidad y lactancia:

– Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/06/lactancia-y-menstruacion-en-perspectiva.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Colonialismo y lactancia: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/colonialismo-y-lactancia.html

La mujer completa, Germaine Greer

Mary Wollstonecraft, sobre el amamantamiento y la fertilidad

Figuras de la madre, texto de Yvonne Knibiehler

La familia campesina del Occidente asturiano

La mujer completa, Germaine Greer

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He seleccionado un fragmento del capítulo sobre “El estrógeno” del libro La Mujer Completa, publicado en inglés en 1996. Habla sobre un tema que al menos yo descubrí hace muy poco. ¿No os parece un tema suficiéntemente importante como para que fuera más conocido y analizado entre las propias mujeres?

“Las hembras humanas modernas están muchísimo más estrogenizadas que sus antepasadas recientes. Una zoóloga de Oxford calculó que en un plazo de apenas 200 años el número medio de ciclos menstruales vividos por una mujer europea a lo largo de su vida se ha incrementado de 30 a 450. Su cálculo se basa en que la primera menstruación se ha adelantado y en la menor frecuencia de los embarazos que cabe esperar que complete una mujer, seguidos de unos períodos de lactancia más breves. Si a ello se suma la estrogenización artificial de las mujeres postmenopáusicas modernas obtendremos el asombroso resultado de 600 ciclos o más. No existen precedentes en la historia de la hembra humana de los elevados y fuertemente fluctuantes niveles de hormonas esteroides circulantes que ahora soportamos, pero como no sabemos qué ayudaba a la mujer del siglo XIX a sentirse bien o ni siquiera si se sentía bien, difícilmente podemos saber si la mujer moderna está mejor o peor con su endocrinología enormemente alterada. Sólo la creciente incidencia del cáncer nos indica que está peor. Nuestra respuesta a la pergunta de si se debe persuadir a unas personas para que vivan toda su vida en estado de dependencia química, de los esteroides anticonceptivos primero y de la terapia de reposición hormonal después, dependerá del valor que otorguemos a la autonomía de la persona en cuestión. Si los hombres no aceptarían vivir así, ¿por qué han de querer hacerlo las mujeres?”

Texto relacionado con otro post: http://www.lacasitadealgodonales.com/blog/?p=1474

El libro en Google Books:

Figuras de la madre

Hoy presento un pequeño párrafo del libro compilado por Silvia Tubert “Figuras de la madre”, en concreto del capítulo escrito por Yvonne Knibiehler titulado “Madres y nodrizas”, que nos lleva a pensar que la clásica división patriarcal que se establece entre la mujer y la madre podría tener un paralelismo en el de la dama y la nodriza.

“A diferencia de las griegas, las romanas no daban siquiera el pecho. Una nodriza, casi siempre una esclava, se encargaba de la lactancia”. ¿Y quién lo decidía? ¿Las madres o los padres? En Roma, según describe la autora, el pater familias era el que tenía la autoridad para decidir, por encima de la madre. ¿Y por qué prefería a una nodriza? A veces para apresurar un nacimiento (por el componente anticonceptivo de la lactancia), para priorizar el linaje paterno sobre el materno impidiendo la transmisión de la sangre materna a través del amamantamiento y, por último, los romanos desconfiaban de la intimidad, para ellos debilitante, que crea la lactancia entre madre e hijo.

¿Creéis que el patriarcado actual, que sustituye al pater familias por el Estado (según la tesis de Feminicidio, de Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora), continúa dividiendo nuestra identidad como ocurría durante el Imperio Romano?

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Yvonne Knibiehler

“Amar con los brazos abiertos”, un libro de Kika Baeza

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Ayer me leí de un tirón el libro de Kika Baeza, profesora del curso de asesoras de lactancia materna que estoy haciendo este año, y me emocionó muchísimo. Me gustaría reseñar aquí los aspectos más interesantes del libro:

– Empiezo con una de las cosas que no me han gustado demasiado y es que Kika dice que la “crianza con apego” es lo normal, lo adecuado (pg.33). Creo que lo que ha hecho la humanidad durante milenios es una cosa o, mejor dicho, muchas cosas muy variadas, y la llamada “crianza con apego” es un concepto difundido por el pediatra estadounidense William Sears en el siglo XXI. No es lo mismo hablar de la crianza en la Esparta del siglo VIII a.C. o de la crianza en el Japón del siglo XVIII o en la Mongolia del siglo XXI. Creo que decir ese tipo de frases es caer en simplismos innecesarios. Otra cosa es que sea lo adecuado. Yo no lo sé, seguramente sí, pero en mi opinión criar con amor pero sin etiquetas ni gurús es muuuuuuuucho más adecuado, al menos en el contexto actual.

– Me ha encantado, ya me gustó en el curso, cómo explica el mecanismo de las defensas de la lactancia materna. Voy a intentar explicarlo con mis propias palabras… La madre se infecta de una bacteria cualquiera y produce defensas en su intestino frente a ella. Estas defensas pasan a desde el pecho a la leche y de allí al bebé. Las células de defensa atrapan a las bacterias y les quitan la capacidad de infectar, por eso, cuando el bebé mama y traga esas bacterias “inactivadas” no son capaces de infectarle. Cuando llega la bacteria de la calle a la garganta del bebé e intenta infectarle no puede porque ya ocupa su lugar las bacterias inactivadas. Ella lo explica mucho mejor que yo…

También me ha parecido muy interesante el tema de las defensas y la guardería. Los bebés que son amamantados y van a la guarde se ponen menos enfermos que los que no son amamantados, pero aún así, mucho más que los que maman y no van a la guarde. ¿Por qué pasa esto? Pues porque la madre produce defensas para las bacterias con las que tiene contacto. Al estar en la guarde, el bebé tiene contacto con bacterías con las que la madre no ha convivido, con lo cual no puede defenderle. Por eso, entiendo que mi hijo al estar con sus abuelos tres tardes a la semana estará más defendido que si fuera a la guarde. Primero, porque no está en un ambiente lleno de bacterias, pero además, está en un espacio en el que yo también convivo un tiempo diario, aunque menos tiempo que él, obviamente. ¡Qué pasada! Y yo me pregunto, ¿no sería interesante entonces, si llevamos a nuestro peque a la guarde, pasar un tiempo con los niños en el aula para poder “contagiarnos” y poder producir defensas para ellos?

– Me he sentido muy identificada con lo que dice de las mujeres que han decidido “no dar el pecho”. Muestra una gran humanidad al reconocer sus propios fanatismo iniciales y valorar su evolución hacia ser cada vez más comprensiva y empática con las mujeres.

– Después, Kika Baeza habla sobre la forma de nacer y la influencia sobre la lactancia. Es alucinante comprobar la cantidad de interferencias que se producen “por protocolo” que se podrían evitar y que evitarían, valga la redundancia, muchos problemas posteriores. Interesantísimo, tanto el ejemplo de parto habitual como el de la cesárea programada de una de las mujeres a las que ella acompañó.

– Lo comento por separado porque lo merece el tema. ¿Alguien te explicó que podías extraerte calostro tú misma en lugar de darle un suplemento de fórmula nada más nacer? A mi desde luego no. Al parecer nuestro cuerpo produce calostro los últimos meses del embarazo, lo que se podría enseñar y probar algún día antes de que naciera el bebé como entrenamiento, para guardarlo, o si se sabe que va a ser cesarea seguro*… Además, estimula la producción. ¡Se trata de conocer nuestro cuerpo! Y encima, al ver que sale calostro ganaríamos tantísima seguridad en un momento vulnerable…

– Un tema de los más apasionantes del libro es el que respecta a la crianza biológica o postura reclinada en la que los bebés son capaces de llegar al pecho por sí mismos y conseguir un buen agarre, lo que evitaría muchos dolores y grietas. Los bebés pueden hacer esto hasta los tres o cuatro meses. ¿Alguien te la enseñó antes o después del parto? ¿A que no? Todas terminamos amamantando en posturas que no invitan a un buen agarre y sí a las griestas y a las contracturas por todo el cuerpo. Hay que aprender a repanchingarse. Y yo me pregunto, ¿hay alguna cultura o en alguna época se ha amamantado en esta postura? ¿Cómo es posible que tengan que ser investigadoras del siglo XXI las que han tenido que descubrir o redescubrir que los instintos y reflejos del bebé tienen un sentido en esta postura? Alucinante. Yo creo que no lo he visto ni en los cuadros de vírgenes amamantadoras ni en estatuillas de Isis con Horus, ni en ningún otra imagen. ¡Si tengo otro bebé lo probaré sí o sí!

– Muy interesante es la reflexión que hace Kika sobre el “a demanda”, con la connotación que tiene de relación amo-esclavo. Nunca lo había pensado… Es cierto, casi diría que tiene un componente economicista, capitalista incluso, lo que termina cabreando a las madres que tienen que responder a demandas y exigencias. Los bebés no demandan, piden y (si no se les atiende) suplican, según cuenta Kika. Nosotros respondemos a sus necesidades. Todo parece muy fácil pero… ¡Ay! ¡Esas noches de terrores nocturnos, llantos inconsolables y pérdidas de nervios!

– Otra frase que me ha emocionado es la de la pg. 87:

“Cuando un bebé es criado de esta manera, aprende poco a poco la naturaleza recíproca de las relaciones, es el amante y el amado. Aprende los gustos y las fronteras del otro, aprende a cuidarle y respetarle, aprende a esperar cuando es necesario. Cuando sea capaz de comprender lo que le decimos y lo que le pedimos, le será más sencillo obedecer puesto que confía en nosotros. Si le apartamos de nosotros con una crianza lejana antes de que interiorice este tipo de relación, le robamos la oportunidad de aprender una reciprocidad confiada”

Y digo yo… Aprende o no aprende, porque nuestro hijo muchas veces se impone o nos planta un dedo en el ojo mientras mama, nosotros se la quitamos y le decimos que nos molesta y lo vuelven a hacer. Creo que más importante que consiga aprender a respetar al otro (a nosotras) es la propia relación y el proceso.

– La parte del biberón también es muy interesante. Si se utiliza, se puede aprender a darlo de la forma más similar al pecho, algo que casi nunca nos planteamos. Por ejemplo, imitar los flujos cambiantes del pecho y responder a la necesidad de respiración pausada.

– El capítulo 11 es muy emotivo, el más filosófico y espiritual del libro. A pesar de que la autora es católica y yo soy atea (y además creo que la Iglesia es una institución del poder y al servicio de los poderosos), me siento muy identificada con su necesidad de trascendencia y su visión de la vida. Es muy bello cómo habla de las diferentes facetas y momentos de su vida. Se nota que es una persona íntegra y con valores, lo que es tan difícil de encontrar hoy en día.

¡AMEMOS CON LOS BRAZOS ABIERTOS!

*ACTUALIZACIÓN: Lo comenté con Kika y me dijo que era mejor no sugerir esto en general no porque fuera peligroso sino porque hay mujeres que no tienen calostro hasta que nace el niño.

Lactancia y esperanza en la literatura: “Las uvas de la ira”.

Caridad romana, de Rubens

Caridad romana, de Rubens

Confieso que no he leído “Las uvas de la ira” de John Steinbeck aunque sí vi hace años la adaptación al cine que hizo Ford. Tanto la novela como la película están ambientadas en las funestas consecuencias de la famosa crisis del 29 en EEUU, pero en el cine se obvió y censuró el último de los pasajes que reproduzco a continuación y que conocí gracias al libro “Maternalias” de Cira Crespo, ya que supongo que pensaron que era demasiado rompedor para la mentalidad hollywoodiense. Y estoy segura de que no sólo lo es por lo explícito de todo el tabú que rodea la lactancia y el pecho femenino sino por el gran mensaje humano y solidario que desprende, todavía mucho más subversivo que una teta de mujer.

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La película se queda en un final individualista, mucho más tolerable para el Poder, con un monólogo que reivindica la dignidad de los desahuciados del sistema, pero que queda en papel mojado si no hay acciones heroicas que trasciendan a las palabras, pequeñas grandes acciones como la que describe el libro.

Pero antes, para contextualizar, hace falta leer otros pasajes del libro. Aviso que puede que os moleste este post porque voy a desvelar el final de la obra de Steinbeck. ¡Quedáis avisados! Los títulos y las negrítas son mías, no del libro. Advierto que se tocan temas muy duros y pueden herir sensibilidades.

EL PARTO DE ROSE SHARON:

“Del colchón donde yacía Rose of Sharon tapada hasta arriba surgió un grito
agudo y rápido cortado a medio camino. Madre se volvió como un torbellino y fue
hacia ella. Rose of Sharon contenía la respiración y sus ojos estaban llenos de
terror.
—¿Qué pasa? —gritó Madre. La muchacha dejó escapar el aliento y lo volvió
a contener. De pronto Madre puso la mano bajo las mantas. Entonces se levantó.
—Señora Wainwright —llamó—. ¡Señora Wainwright!
La mujercita gorda atravesó el furgón.
—¿Quería algo?
—Mire —Madre señaló al rostro de Rose of Sharon. Se mordía el labio
inferior con los dientes y su frente estaba húmeda de transpiración, y sus ojos
reflejaban el terror y brillaban.
—Creo que ha llegado el momento —dijo Madre—. Viene antes de tiempo.
La joven exhaló un largo suspiro y se relajó. Dejó escapar el labio y cerró
los ojos. La señora Wainwright se inclinó sobre ella.
—¿Te agarro por todas partes… rápidamente? Abre la boca y contéstame —
Rose of Sharon asintió débilmente. La señora Wainwright se volvió hacia Madre—
. Sí —dijo—. Ha llegado el momento. ¿Dice que viene adelantado?
—Quizá lo haya provocado la fiebre.
—Bueno, debería estar de pie. Debería andar por aquí.
—No puede —rebatió Madre—. No tiene fuerzas.
—Pues es lo que debe hacer —la señora Wainwright se volvió silenciosa y
severa con la eficiencia—. He ayudado en muchos partos —dijo—. Venga, vamos
a cerrar casi del todo esa puerta. Que no haya corriente —las dos mujeres
empujaron la pesada puerta corredera hasta que sólo quedó unos treinta
centímetros de abertura.
—Traeré también nuestra lámpara —dijo la señora Wainwright. Su rostro
estaba rojo de excitación—. ¡Aggie! —llamó—. Tú cuídate de estos pequeños.
Madre asintió:
—Eso es. ¡Ruthie!, tú y Winfield iros al otro lado con Aggie. Venga.
—¿Por qué? —quisieron saber.
—Porque tenéis que iros. Rosasharn va a tener un bebé.
—Quiero mirar, Madre. Por favor, déjame.
—¡Ruthie! Vete ahora mismo —no hubo argumentos ante aquel tono de voz.
Ruthie y Winfield se fueron reacios a la otra parte. Madre encendió la lámpara.
La señora Wainwright trajo su lámpara y la dejó en el suelo, y su alta llama
circular iluminó el furgón brillantemente.
Ruthie y Winfield se quedaron detrás del montón de leña y curiosearon.
—Va a tener un niño y vamos a verlo —dijo Ruthie quedamente—. No hagas
ningún ruido. Madre no nos dejaría mirar. Si mira para acá escóndete detrás de
la leña. Entonces lo veremos.
—No hay muchos niños que lo hayan visto —dijo Winfield.
—No hay ninguno —insistió Ruthie, muy orgullosa—. Sólo nosotros.
Cerca del colchón, a la luz brillante de la lámpara, Madre y la señora
Wainwright parlamentaron. Sus voces se elevaban un poco sobre el golpeteo
sordo de la lluvia. La señora Wainwright cogió un cuchillo de pelar del bolsillo de
su delantal y lo deslizó bajo el colchón. —Quizá no sirva para nada —se
disculpó—. En nuestra familia siempre se ha hecho. En cualquier caso, no hace
daño.
Madre asintió.
—Nosotros usábamos una punta del arado. Supongo que cualquier cosa
afilada servirá para cortar los dolores de parto. Espero que no sea muy largo.
—¿Te encuentras bien ahora?
Rose of Sharon asintió nerviosamente.
—¿Viene ya?
—Claro —dijo Madre—. Vas a tener un niño precioso. Sólo tienes que
ayudarnos. ¿Crees que podrías levantarte y caminar?
—Puedo intentarlo.
—Eso es una buena chica —dijo la señora Wainwright—. Buena chica. Te
ayudaremos, cariño. Vamos a caminar contigo —la ayudaron a levantarse y le
echaron una manta sobre los hombros. Entonces Madre la sujetó de un brazo y
la señora Wainwnght del otro. Caminaron hasta el montón de leña y dieron
media vuelta despacio y volvieron al extremo del furgón, una y otra vez; y la
lluvia tamborileó monótona en el tejado.
Ruthie y Winfield miraron con ansiedad.
—¿Cuándo lo va a tener? —exigió Winfield.
—Sh, que no te oigan. No nos dejarán mirar.
Aggie se unió a ellos detrás del montón de leña. El rostro delgado de Aggie
y su pelo amarillo brillaban a la luz de la lámpara y la nariz se veía larga y afilada
en la sombra de su cabeza en la pared.
Ruthie susurró:
—¿Has visto nacer un niño alguna vez?
—Claro —respondió Aggie.
—Bueno, y ¿cuándo lo va a tener?
—Aún falta mucho.
—Pero ¿cuánto tiempo?
—Puede que hasta mañana por la mañana no lo tenga.
—¡Anda! —dijo Ruthie—. Entonces mirar ahora no sirve. ¡Oh, mira!
Las mujeres habían detenido su caminar. Rose of Sharon se había puesto
rígida y gemía de dolor. La acostaron en el colchón y le secaron la frente
mientras ella gruñía y apretaba los puños. Y Madre le habló quedamente.
—Tranquila —dijo—. Va a ir bien…, muy bien. Agárrate las manos y
muérdete el labio. Así, bien…, así—el dolor pasó. La dejaron descansar un poco y
luego la volvieron a ayudar a levantarse y las tres caminaron arriba y abajo entre
los dolores.
Padre asomó la cabeza por la estrecha abertura. Su sombrero goteaba
agua.
—¿Para qué habéis cerrado la puerta? —preguntó. Y entonces vio a las
mujeres que caminaban.
Madre dijo:
—Ha llegado el momento.
—Entonces…, entonces no podríamos irnos aunque quisiéramos.
—No.
—Entonces hay que levantar un terraplén.
—Tenéis que hacerlo.
Padre chapoteó entre el barro y se encaminó hacia el arroyo. Su palo estaba
diez centímetros más abajo. Había veinte hombres parados bajo la lluvia. Padre
gritó:
—Tenemos que levantarlo. Mi hija tiene los dolores —los hombres se
reunieron a su alrededor.
—¿De parto?
—Sí. Ahora ya no nos podemos ir.
Un hombre alto dijo:
—No es nuestro niño. Nosotros podemos irnos.
—Claro que sí—dijo Padre—. Pueden irse. Váyanse, nadie se lo impide. Sólo
hay dos palas —fue a la parte más baja del arroyo y hundió la pala en el barro.”

(…)

Las mujeres llenaron las cafeteras y las sacaron de nuevo. Y conforme
avanzaba la noche, los hombres se movían más y más despacio y levantaban los
pesados pies como los caballos de tiro, más barro en el dique, más sauces
entrelazados. La lluvia caía monótona. Cuando la linterna iluminaba los rostros,
se veían los ojos mirando con fijeza y los músculos de las mejillas sobresalían
como verdugones.
Durante mucho rato siguieron los gritos del furgón y finalmente se
apagaron.
Padre dijo:
—Madre me llamaría si hubiera nacido —continuó trabajando torvamente.”

(…)

NOTA: ¿Qué es eso de parar los dolores del parto con algo afilado? ¿Alguien sabe a qué se refieren? ¿Están hablando de una episiotomía? Uff…

EL NACIMIENTO DE UN BEBÉ MUERTO… ¿Quizás por desnutrición?

Padre trepó la pasarela cautelosamente y se deslizó por la pequeña
abertura. Las dos lámparas daban una luz baja. Madre estaba sentada en el
colchón al lado de Rose of Sharon y le abanicaba el rostro inmóvil con un trozo
de cartón. La señora Wainwright metió leña seca en la cocina y un humo
malsano salió por las tapaderas y llenó el coche del olor a tela quemada. Madre
levantó la vista hacia Padre cuando entró y luego la bajó rápidamente de nuevo.
—¿Cómo está? —preguntó Padre.
Madre no volvió a levantar la mirada.
—Creo que bien. Está durmiendo.
El aire estaba fétido y olía a cerrado, a olor de parto. El tío John trepó y se
sujetó derecho al lado del furgón. La señora Wainwright dejó su trabajo y fue
hacia Padre. Le tomó del codo y le condujo a un rincón del furgón. Cogió un farol
y lo mantuvo encima de una caja de manzanas que había en el rincón. Sobre un
periódico yacía una pequeña momia, azul y consumida.
—No llegó a respirar —dijo la señora Wainwright suavemente—. Nunca
estuvo vivo.
El tío John se volvió y se dirigió al extremo oscuro del furgón arrastrando los
pies. La lluvia silbaba sobre el tejado quedamente, tan quedamente que podían
oír el llanto cansado del tío John desde la oscuridad.”

ESPERANZA…

“Winfield dijo:
—¡Madre! —y la lluvia, rugiendo en el tejado, ahogó su voz—. ¡Madre!
—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?
—¡Mira! En el rincón.
Madre miró. Había dos figuras en la penumbra; un hombre tumbado de
espaldas y un niño sentado junto a él, con los ojos muy abiertos, mirando con
fijeza a los recién llegados. Mientras miraba, el niño se puso lentamente de pie y
se acercó a ellos. Su voz se rompió.
—¿Son los propietarios de esto?
—No —dijo Madre—. Sólo hemos venido a refugiarnos de la lluvia. Tenemos
una muchacha enferma. ¿Tienes una manta que pudiéramos usar para quitarle la
ropa mojada?
El niño volvió al rincón y trajo un sucio edredón que tendió a Madre.
—Gracias —dijo ella-—. ¿Qué le pasa a ese hombre?
El niño hablaba con un graznido monótono.
—Primero estuvo enfermo, pero ahora se está muriendo de hambre.
—¿Qué?
—Muñéndose de hambre. Se puso enfermo en el algodón. Lleva seis días sin
comer.
Madre fue al rincón y miró al hombre. Tenía alrededor de cincuenta años, su
rostro estaba chupado y los ojos eran vagos y de expresión fija. El niño se llegó a
su lado.
—¿Es tu padre? —preguntó Madre.
—¡Sí! Dice que no tiene hambre o que acaba de comer y me da la comida.
Ahora está demasiado débil. Apenas se puede mover.
El golpeteo de la lluvia decreció hasta no ser más que un silbido
tranquilizador en el tejado. El hombre consumido movió los labios. Madre se
arrodilló a su lado y acercó la oreja. Sus labios se volvieron a mover.
—Claro —dijo Madre—. Estése tranquilo. Él está bien. Espere que le quite la
ropa mojada a mi hija.
Madre se volvió hacia Rose of Sharon.
—Quítate la ropa —dijo. Utilizó el edredón como una pantalla para que no la
vieran. Y cuando estuvo desnuda, Madre la tapó con el edredón. El niño estaba
otra vez a su lado explicándole:
—Yo no lo sabía. Decía que había comido o que no tenía hambre. Anoche fui
y rompí una ventana y robé un poco de pan. Le hice tragárselo. Pero lo vomitó
todo y se quedó más débil todavía. Tiene que comer sopa o leche. ¿Tienen
ustedes dinero para comprar leche?
Madre dijo:
—Calla. No te preocupes. Ya pensaremos algo.
De pronto el niño gritó:
—¡Se está muriendo, se lo digo yo! Se está muriendo de hambre, se lo digo
yo.
—Calla —dijo Madre. Miró a Padre y al tío John que miraban al hombre
enfermo sin saber qué hacer. Miró a Rose of Sharon envuelta en el edredón. Los
ojos de Madre fueron más allá de los de Rose of Sharon y luego volvieron a ellos.
Y las dos mujeres se miraron profundamente la una a la otra. La respiración de la
muchacha era entrecortada.
Ella dijo:
—Sí.
Madre sonrió.
—Sabía que lo harías. ¡Lo sabía! —miró sus manos, entrelazadas en su
regazo.
Rose of Sharon susurró:
—¿Podéis…, podéis saliros todos? la lluvia caía lentamente en el tejado.
Madre se inclinó hacia adelante y con la palma de la mano retiró de la frente
de su hija el pelo en desorden y la besó en la frente. Madre se enderezó con
presteza.
—Venga, vamos todos —llamó—. Vamos a salir al cobertizo de las
herramientas.
Ruthie abrió la boca para hablar.
—Calla —dijo Madre—. Calla y ve —los hizo salir y llevó al niño consigo;
cerró la puerta chirriante tras de sí.
Durante un minuto Rose of Sharon se quedó sentada inmóvil en el granero
susurrante.
Luego levantó su cuerpo y se ciñó el edredón. Caminó despacio hacia el
rincón y contempló el rostro gastado y los ojos, abiertos y asustados. Entonces,
lentamente, se acostó a su lado. Él meneó la cabeza con lentitud a un lado y a
otro. Rose of Sharon aflojó un lado de la manta y descubrió el pecho.
—Tienes que hacerlo —dijo. Se acercó más a él y atrajo la cabeza hacia sí—.
Toma —dijo—. Así —su mano le sujetó la cabeza por detrás. Sus dedos se
movieron con delicadeza entre el pelo del hombre. Ella levantó la vista y miró a
través del granero, y sus labios se juntaron y dibujaron una sonrisa misteriosa.”

Nunca había leído un pasaje tan bello de lactancia y solidaridad, en la que una mujer que ha parido a un niño sin vida termina amamantando a un hombre adulto, que no es de su familia, al borde de la muerte. Pero, ¿realmente no es de su familia? ¿O es que acaso no formamos todos parte de una gran familia extensa, la humanidad, aunque lo olvidemos una y otra vez?

Termino con este fragmento tan bello, una interpretación de la mística de este pasaje de la mano de Harriet Quint, Profesora Investigadora del Dpto. de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara, México.

“Así es como termina la novela. Esta última escena, que quizás parezca una representación grotesca de la tan querida imagen frecuentemente representada en el arte cristiano “la Madre de Dios lactante”, Maria lactans, está sobrecargado de símbolos. El personaje femenino que a lo largo de la novela es nombrado Rosasharn aquí lleva su nombre completo Rose of Sharon. Según la anotación de María Coy, la traductora de la novela de Steinbeck, se evitó la traducción del nombre que se relaciona con el “Cantar de los Cantares”. En el poema bíblico la esposa de Salomón dice en el canto 2, 1: “Yo soy el narciso de Sarón, un lirio de los valles”. Esta correspondencia con el poema más bello de amor de la Biblia, que muchos exegetas relacionan alegóricamente con el amor de Dios hacia el pueblo de Israel, más no por eso deja de tener cierto aire profano, tiene una significación relevante. Este narciso de Sarón que nace de la tierra, que alimenta y nutre tanto física como espiritualmente, simboliza el lado femenino de la unidad cósmica. Rose of Sharon ya no es la madre que parió un hijo muerto, es la madre de la humanidad que alimenta, no al hijo pródigo de Dios, sino a un simple campesino al borde de la muerte por desnutrición.

De este modo los elementos desperdigados del amor por la tierra y por la familia se reúnen y forman un concepto universal. El microcosmos se expande y se convierte en macrocosmos. El amor de ser individual, relacionado con el resquebrajamiento de una familia adquiere dimensiones cósmicas que atañen a toda la humanidad.”

El libro lo he descargado en pdf aquí.

Y aquí se ve el final de la película, nada que ver con el de la novela:

Uvas de la Ira (4 de 4) from Piaractus on Vimeo.

Gracias al libro de Cira conocí la Caridad Romana, la historia de Cimón y Pero, un hombre encarcelado que fue alimentado por su hija, que le amamantó para salvarle.

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Caridad Romana, de Lorenzo Pasinelli.

 

Más allá del parque – #3 – La plaza de las nodrizas de Madrid

Cita histórica encontrada en el libro “Criados, nodrizas y amos: El servicio doméstico en la formación del mercado de trabajo madrileño, 1758-1868”de Carmen Sarasúa:“Hay en la Plaza de Santa Cruz, de Madrid, un mercado diario de carne humana, cuya influencia en las costumbres no se ha pesado todavía. Los que pasan miran, ven un grupo de pasiegas sentadas en el suelo, o en las piedras que forman el borde de un portal, las unas con un niño de pecho, las otras sin él, y sin fijar más ni su atención, ni su pensamiento prosiguen su camino (…).
¿Qué hacen aquí estas pobres y robustas montañesas, las unas comiendo un mendrugo de pan y las otras indicando en su semblante que no les desagradaría comerle? ¿Qué hacen? Esperar pacientemente a que una madre pobre y desventurada, o que alguno en nombre de una madre rica y regalona se acerquen a contratarlas para que, por tanto más cuanto, den a su hijo el alimento que llevan en sus pechos. Mercancía singular, no comprendida en ningún código de comercio, y la única que salió a salvo del sistema tributario del Sr. Mon, que es todo lo que se puede decir. Consideramos a las pasiegas en tres distintos periodos, a saber: antes de Sta. Cruz, en Sta. Cruz y después de Sta. Cruz, aunque para ellas las tres épocas son tres cruces y ninguna santa.” Teatro Social del siglo XIX, tomo II, 1846.
Me parece un tema apasionante el de las nodrizas… Creo que no se puede pensar en la historia de la lactancia sin ellas, cuál era su papel, por qué las mujeres de las clases altas no amamantaban, de dónde procedían las nodrizas y qué razones les impulsaban a vender sus servicios… Me pregunto por qué se ha mercantilizado el cuerpo femenino a lo largo de la historia, ya sea en el alquiler de sus pechos, vagina o útero o la venta de sus óvulos. También me interesa la otra parte, la altruista como la lactancia solidaria o comunitaria, por ejemplo. Quién sabe hacia dónde me llevará esta investigación.
CONTINUARÁ…

Un análisis de los cuidados muy interesante: Carolina del Olmo

En ratitos libres voy viendo esta charla de Carolina del Olmo (autora de “¿Dónde está mi tribu?” sobre cuidados, crianza, maternidad, feminismos… Se puede estar de acuerdo con ella o no, pero se explica muy bien, piensa por sí misma, aporta frescura, ética y política a los debates sobre estos temas. Ojalá tuviera algo de tiempo pronto para escribir sobre esto en el blog. Mientras tanto… podéis ir al minuto 23-24 de esta charla:

Y aquí podéis leer y escuchar más material, como esta entrevista en la revista Playground y en la radio.

Otras intervenciones muy interesantes son estas de “El ADN de la vida. Crianza, cuidados y comunidad”:

Como mi tiempo anda un poco dividido entre ser mamá, asalariada a media jornada, danzante, vendedora online a tiempo parcial, amante y cuidadora, pues la verdad es que tengo menos tiempo del que me gustaría para analizar todo esto. Todavía no he leído el libro “¿Dónde está mi tribu?” pero estoy deseando hacerlo. Sí he leído, por ejemplo, este texto: http://nocionescomunes.files.wordpress.com/2013/02/radicalizar_cuidados.pdf

Y sobre él si que tengo varias cosas que decir. Estoy totalmente de acuerdo con la postura central y vital de los cuidados y me encanta que alguien aborde por fin la crianza desde un punto de vista ético y político. Normalmente la crianza se vive en soledad, y los padres y las madres se lo comen y se lo guisan solos. Los libros suelen abordar los temas de crianza desde puntos de vista psicológicos más que sociales y es ahí donde cobra sentido “el contexto” del que habla Carolina.

Me gusta todo el texto y en especial este fragmento:

“Dado que la vulnerabilidad y la dependencia son esenciales al ser humano, y no algo que les pasa a los demás, tendremos que entender que es tarea de todos cuidar, y que hay que repartir el cuidado por todo el cuerpo social. Si cuidar no es cosa de mujeres no es porque no sea asunto nuestro, sino porque es asunto de todos y todas. Todas las personas tendrían que poder cuidar de sus hijos, de sus mayores de sus amigos y de sí mismos. Cuidar es un derecho que en esta sociedad se nos niega. Pero es también una obligación moral: la intrínseca dependencia que nos constituye hace que sea una obligación dictada por la reciprocidad. Si estamos aquí discutiendo de esto es que alguien ha cuidado de nosotras. Y la reciprocidad por fuerza ha de ser la norma básica sobre la que se estructure una sociedad compuesta por individuos dependientes y vulnerables. Cuidar es cosa de todos porque todos necesitamos cuidado.”

Sin embargo, al llegar a las últimas páginas vienen las divergencias. No entiendo muy bien por dónde va cuando habla de “neomaternalismo” y “corriente pro-cuidados maternales”. Por un lado, le parece importante que esa corriente haya vuelto a dar valor a los cuidados, después de años de un feminismo que los negaba y los veía como parte de la opresión de la mujer. Pero por otro lado afirma:

“Pero es evidente que convertir el cuidado en el centro de la vida de una y quedarse ahí no nos puede valer.”  ¿A quién no le vale?  La mujer o el hombre que hacen del cuidado el centro de su vida me parecen muy respetables, si así lo deciden por libre elección. El problema es, más bien, que pocas veces decidimos.

Muchas veces criamos en soledad no porque queramos, sino porque nuestros familiares y amigos viven lejos y, además, no pueden, no quieren o no saben ayudarnos como necesitaríamos. Por ejemplo, yo deseé pedirme una excedencia porque tenía ahorros, pero ¿cuantas otras personas no han podido por estar en precario? Y aunque estuviera de excedencia eso no significa que no quisiera relacionarme con el mundo. ¡Es que el mundo ya no estaba hecho para nosotros! Largas distancias, transportes públicos, horarios incompatibles…

Yo creo que para nutrir tengo que nutrirme y empaparme de la vida extramaternal. Además, no quiero ser una madre autoreferencial. Sin embargo, sí que he vivido mi etapa de burbuja maternal y la he disfrutado plenamente, con sus claroscuros y su ambivalencia. Es cierto que no he querido saber nada del mundo durante unos meses. Es cierto que yo antes leía periódicos, me interesaba la política internacional y la economía y ahora solamente leo cosas relacionadas con la crianza, la neurociencia, la historia de la infancia, sobre embarazos, partos y lactancias. Pero porque ahora es eso lo que me interesa. Sí, cuidar a mi hijo ha sido el centro de mi vida y estoy orgullosa de ello. Era lo que los dos necesitábamos en esa fase.

Mi hijo es central pero no es el centro del Universo. Nadie lo somos. Y, de hecho, como dice Jean Liedloff, los niños necesitan cuidadores que tengan su vida, para poder seguirles como modelo, para aprender, para ser acompañados. No necesitan una madre o un padre que les observe sin cesar, sino alguien a quien observar en sus actividades diarias (comprar, trabajar, cocinar, ir en metro, ir a clase de baile…). Como dice mi compañero y el papá de mi hijo: “los hijos tienen que ser el centro pero sin que se den cuenta de ello”. Creo que más bien, los niños tienen que estar en el centro de la VIDA, no ser el ombligo del mundo. ¿Me explico? Es difícil encontrar ese equilibrio y yo no creo que lo hayamos conseguido, pero al menos lo tenemos en mente.

No. Las madres que nos dedicamos o nos hemos dedicado al cuidado de nuestros hijos a tiempo completo no somos seres aburridos y vacíos. No dudo que también existan, ¡ojo! y que, ¡qué demonios! tengan todo el derecho del mundo a dedicarse 100% a sus hijos y ser felices así.

Durante estos dos años de embarazo y puerperio he vivido una de las etapas más creativas de mi vida: he abierto una tienda online y he aprendido de la nada cómo se crea una, estoy escribiendo un libro, devoro literatura en todos los ratitos que puedo, me planteo preguntas filosóficas y políticas en torno a los cuidados y la maternidad, quiero cambiar el mundo a mejor, he dado el paso a convertirme en profesora de danza oriental prenatal y postparto después de años bailando… No sé, pocas etapas en mi vida han sido tan fértiles, nunca mejor dicho. Y eso que esta ha sido dura y he pasado momentos estresantes y mucho, mucho sueño. Por eso, me molesta un poco que una madre ahonde en la minusvaloración de las madres que cuidan a sus hijos como elemento central en su vida, entendiéndolo como excedencia o salida temporal del mundo laboral asalariado.

También creo que hay muchas cosas que cambiar en esta realidad de forma inminente. Por eso, estoy de acuerdo con ella en que hay vida más allá de la burbuja de la crianza. Y es ahí donde puedo compartir con ella cierta crítica al ensimismamiento maternal y paternal, su apoliticismo (que en sí mismo ya se delata como prosistema) y su falta de crítica frente al poder y la desigualdad. ¡Están pasando cosas ahí fuera! Guerras, hambre, injusticias, miseria, explotación, violencia, ignorancia, manipulación, abusos, mentiras…

Pero esto no quiere decir que no estén ocurriendo revoluciones en el mundo maternal: se reivindica el derecho a parir en libertad y seguridad y se reivindica el derecho a tener hijos y cuidarlos bien. Muchas madres y padres creen, y también lo creo yo, que el mundo sería bastante diferente si cuidáramos mejor a las personas empezando desde que son pequeñas. ¿Cuánta gente no va al psicólogo por problemas en la infancia o en su familia? ¿Cuántas personas no sustituyen la falta de cariño por el consumismo o los bienes materiales? ¿Cuántos niños y adultos consumen psicofármacos hoy en día?

Pero mi principal divergencia con el análisis del texto de Carolina del Olmo viene aquí:

“Y por eso creo que es importante despojar toda la conversación sobre la crianza y maternidad de los aspectos naturales y biológicos –que pretenden enseñarnos, por ejemplo, que la madre biológica es mejor para la cría que cualquier otro adulto cuidador; que ensalzan la virtud de la leche materna hasta el infinito y más allá; o que achacan a ciertas hormonas comportamientos radicalmente sociales y aprendidos…–, y es fundamental entender que la relación madre-hijo no es algo absolutamente único y especialísimo sino algo así como el caso más llamativo de la interdependencia humana que nos une a todos con todos en una red de reciprocidad, y de los cuidados que todos deberíamos asumir y recibir”.

Si la lactancia materna es el alimento destinado y mejor preparado para el cuerpo del bebé humano, ¿por qué no se puede decir? ¿Sería mejor inventarse una realidad paralela que nos guste más aunque sea mentira? Si algo es cierto, es cierto. Y si no se puede dar leche materna hay leche de vaca adaptada y hay leche materna de otras madres. De hecho, hay un movimiento creciente y del que nadie habla de madres que donan su leche a otras madres que no han podido dar el pecho. Solidaridad de mujeres en estado puro, cuidadoras cuidándose entre sí y cuidando a los bebés de otras madres. Claro, que al sistema actual de dominación no interesa darle mucha publicidad a esta opción, no vaya a ser que las mujeres dejen de debatir sobre lactancia en términos de “complejos de culpa” y comiencen a ayudarse y a empatizar unas con otras.

¿Por qué le molestan tanto los aspectos biológicos o “animales”? Es que, precisamente, es en la sexualidad, la menstruación, la maternidad y en los primeros meses de vida de los humanos donde mejor se ven estos aspectos. Lo siento, el ser humano es un animal, un animal muy especial dotado de cultura y todo lo que queramos, pero animal al fin y al cabo.

Por ejemplo, en el parto interviene la oxitocina y no lo vamos a negar para que alguien se quede más contento. La realidad no la podemos rechazar porque no nos guste o no se adapte a nuestras ideas o teorías previas. En la lactancia también interviene la oxitocina y la prolactina, y tampoco lo podemos cambiar. De hecho, en los partos medicalizados se utiliza oxitocina sintética, mostrando la relevancia del papel de esta hormona tan “insignificante” en nuestras vidas. Somos cultura pero también somos biología. No hay ninguna contradicción en ello, somos un todo. No hay necesidad de elegir una parte y desechar el resto. Es esa división la que permanentemente acecha el pensamiento Occidental: mente-cuerpo, emoción-razón, corazón-cerebro, instinto-aprendizaje, hormonas-cultura, físico-psicológico…

Yo no creo que reconocer que lo hormonal, físico e instintivo existe niege que somos también seres culturales. Pero obviar esta realidad nos aleja de nuestro cuerpo y de su enriquecedor conocimiento, un conocimiento que nos pertenece.

Respecto a lo de la madre biológica es mejor para la cría que cualquier otro adulto cuidador se podría decir que sí, que en relación a la lactancia materna la relación con la madre es por fuerza más intensa que con el padre. Bueno, y en relación al embarazo directamente es que la relación es, hasta que la ciencia no consiga úteros artificiales, totalmente clara. ¿Pero qué tiene de malo? ¿Por qué asusta tanto? ¿Para radicalizar los cuidados no se puede admitir una realidad tan básica? Y mira que muchas noches hubiese deseado que mi pareja tuviera leche en las tetas para darle a mi hijo mientras yo dormía, pero la realidad es que mi bebé me quería a mí y en ese momento era insustituible. No quería chupetes ni biberones, quería teta de mamá. ¿Me tendría que haber sentado con él a soltarle un rollo sobre género, paternidad, cultura y demás? Daría igual. Era un “cachorro” humano pidiendo lo que necesitaba.

Tampoco es necesario ceñirse a la lactancia materna, ¿cuántos bebés criados a biberón no gritan “mamaaaaa” en mitad de la noche y solamente se calman cuando viene ella y no él? Pero, vuelvo a lo mismo, ¿qué tiene de malo reconocer esto?

Radicalizar los cuidados es, en suma, asumirlos hasta lo más hondo y, a la vez, salir de casa. Negarnos a que lo más importante del mundo –la asunción del cuidado–, tenga lugar exclusivamente entre las paredes de nuestros apartamentos. Intentar a toda costa que la transformación a la que nos vemos sometidos como personas cuando cuidamos nos desborde e inunde toda la sociedad y al igual que nos ha transformado a nosotras,
transforme la organización social al completo.
Aquí no puedo estar más de acuerdo. Hay que radicalizar los cuidados y salir de casa, SI SE QUIERE. Y los cuidados tendrían que ser compartidos y apoyados por familiares, por amigos, por redes entre iguales…Y sí, creo que la crianza y el tratamiento de los cuidados tienen la capacidad de transformarnos como personas y transformar la sociedad, tanto para bien como para mal pero esto pasa también por reconciliarnos y conocer nuestro cuerpo y la parte más “biológica” de nuestro ser.