“¿Y cómo fue el parto?”

El parto fue salvaje, intenso, imparable, irremediable.

Sentí la fuerza de las tormentas y los terremotos,

el miedo ante mi humana debilidad.

Sentí una mano sabia,

también sentí la voz de quien no sabe callar.

En mi delirio final pedí tecnología,

números en la puerta del cérvix

y operaciones controladas a útero abierto.

Pero las cuentas no cuadraban

y entre el instinto y las matemáticas

me dejé llevar por la Naturaleza.

No daba tiempo, su llegada al mundo era inevitable.

Él quería nacer y yo quería impulsarle a la vida exterior.

Era imparable, irremediable…

Tanto como la entrada de un pedazo de mi amante en mi óvulo aquel mes,

tanto como el beso y la pasión que provocaron aquel encuentro.

Toqué su cabeza y la vida se abrió paso brotando entre mis gritos.

Nació.

Callé yo y comenzó él.

Solo buscaba una cosa: mi pecho.

Y yo solo ansiaba otra: acunarlo y darle su néctar escondido…

Sin justificaciones, sin razones, sin permiso de ninguna autoridad.

Nuestro abrazo iluminó la noche en aquel instante,

siendo la pieza que faltaba en el rompecabezas del alma.

Colonialismo y lactancia

No sé muy bien cómo llegué a este artículo tan interesante navegando por internet. Creo que buscaba algo relacionado con el post que acaba de escribir (Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural) y, de repente, de un enlace a otro, apareció este libro: Tensions of Empire: Colonial Cultures in a Bourgeaois World. En él, hay un artículo de la historiadora Nancy Rose Hunt que se llama  “”Le bébé en brousse”. Mujeres europeas, intervalo africano de los nacimientos, e intervención colonial en la lactancia en el Congo Belga”. Hoy quiero hablar de este artículo y de las reflexiones que me ha provocado. Es un texto que entra de lleno en el análisis de los mecanismos biopolíticos de organismos estatales, capitalistas e ideológicos, que a veces actúan al unísono para fomentar el aumento de la población y otras veces lo hacen para reducirla, según lo que convenga en cada momento.

El artículo comienza hablando de una investigación de los años 70 en Zaire en el que un grupo de expertos occidentales de planificación familiar quisieron conocer los métodos tradicionales para controlar el número de nacimientos. Esos expertos tenían miedo del rápido crecimiento poblacional que tenía ese país, que podría duplicar su tamaño en los siguiente 25 años. Sin embargo, esto no había sido siempre así, como dijo una mujer de su estudio:

“Hoy en día no tomamos ninguna decisión sobre los intervalos entre nuestros hijos… Nuestros ancestros tenían niños más fuertes porque no nacían demasiado cerca unos de otros. Hoy los padres no se preocupan de que sus hijos enfermen. Piensan que siempre pueden comprar una medicina y el niño se pondrá bien. Es por esto que las parejas ya no separan sus camas después del nacimiento de un hijo, como solían hacer en el tiempo de nuestros ancestros”.

Estos investigadores que llegaron en pleno boom poblacional, nos cuenta Nancy Rose Hunt, pensaron que estas costumbres se perdieron por la propia llegada de la “modernización” que rompió con las tradiciones. El artículo de esta historiadora demuestra, al contrario, que existió un esfuerzo colonial premeditado y público de alterar la alimentación infantil y la distribución de leche (de vaca) a las madres y niños del Congo. ¿Y quiénes fueron los encargados de tal tarea? El Estado y el Capital belga delegaron esta labor en las actividades caritativas de las mujeres blancas de los colonizadores y, después, a través de diversos programas institucionales.

http://matricien.files.wordpress.com/2012/06/femme-amadi-nourrissant-son-enfant-village-okongo-congo-belge-c2a9amnh-herbert-lang-1909-1915.jpg

Mme Van den Perre

El artículo nos introduce, como ejemplo, en la vida de Mme Van den Perre, la fundadora de “La Liga para la Protección de la Infancia Negra” en Bruselas, fundada bajo el patronato de la reina belga en 1912. El objetivo de esta organización era reducir la mortalidad infantil en la colonia enseñando a las mujeres el arte de la crianza y abrir varios consultorios o Gotas de Leche en aquel país. No estaban en contra de la lactancia en sí, sino más bien de la lactancias durante periodos “demasiado” largos.

Hasta los años 20 nadie les hizo mucho caso y el estado no comenzó a subvencionarlas hasta que se dieron cuenta del grave problema de despoblación que estaba sufriendo el Congo, un problema que venía desde el inicio de la colonización. La mortalidad infantil era muy alta y la fertilidad era muy baja entre los colectivos de personas que dejaban sus pueblos y se iban a trabajar por un salario a los centros urbanos e industriales, es decir, la explotación capitalista era anti-erótica (más allá del sexo comercializado), anti-procreación porque separaba a los sexos y, por tanto, parasitaria y autodestructiva. ¿Era o continúa siéndolo a día de hoy?

El Rey Albert I y la Reina Elisabeth. Foto tomada de: http://en.wikipedia.org/wiki/Belgian_Congo#mediaviewer/File:Albert_Militair_Kamp_Leopoldstad.JPG

El problema de la despoblación del Congo no era grave en sí mismo sino porque ponía en riesgo el robo de la energía vital del pueblo congoleño y el saqueo de los minerales y materias primas del país por parte del estado colonial y el capital belga. ¡Se quedaban sin mano de obra! (No puedo dejar de traer a colación la falta de “cuerpos” de la que habla Kathy Matsui de Goldman Sachs y su Womenomics…) Había que repoblar el país y para ello, había que desarrollar a su vez la puericultura y los programas de “bienestar infantil”.

Tampoco puedo evitar pensar en imágenes como esta, de la Sección Femenina, aunque sea en contextos y épocas totalmente diferentes, o recordar la labor de esas Juntas de Damas de Honor y Mérito de la época de la Ilustración:

http://felixtubio.blogspot.com.es/

 

Rifa de la Junta de Damas de Honor y Mérito: http://www.grabadoantiguo.com/grabados/1137.jpg

En palabras de la propia Mme Van den Perre:

Sin el trabajo negro, nuestra colonia no sería capaz de mandar a Europa la riqueza enterrada en su suelo. 
Ayudarnos por todos los medios en nuestra capacidad para proteger, cuidar al niño mientras educamos a las madres indígenas, es un deber. Necesitamos el trabajo negro… Proteger al niño del Congo es un deber, no solo de altruismo, sino de patriotismo“.

Nancy Rose Hunt señala algo interesante: antes de que la despoblación fuera un problema colonial había sido un tema preocupante dentro de las propias fronteras, tanto en Bélgica como en Francia e Inglaterra. Es curioso, si se observa el aumento de la población mundial desde el siglo XVIII, que no se comprenda de dónde procedía ese miedo a la despoblación, ya que la población no dejó de ascender:

En los países europeos, las Gotas de Leche o consultorios infantiles abrían sobre todo en las zonas industriales y asistían a las familias de clase trabajadora, donde la mortalidad infantil se relacionaba con el declive o ausencia de amamantamiento de las mujeres asalariadas. Las Gotas de Leche, aunque en teoría apoyaban la lactancia materna, también suministraban biberones esterilizados. Es importante resaltar la sucesión de acontecimientos en cadena en clave de acción-reacción, problema-solución: la explotación asalariada separa a las mujeres de los niños, esto lleva al declive de la lactancia y, por consiguiente, a un aumento de la mortalidad infantil (los biberones no eran higiénicos, la leche de vaca no estaba bien adaptada al estómago del bebé ni se pasteurizaba todavía). De todo esto, el propio sistema crea su “solución” con las Gotas de Leche para reducir la mortalidad infantil y, de paso, extender el biberón donde antes no se necesitaba, lo que aumenta el declive de la cultura del amamantamiento y nos hizo cada vez más dependientes de la lactancia artificial. Siempre en huida hacia adelante, nunca reconociendo los errores ni subsanándolos de verdad. En lugar de retroceder y evitar la separación madre-bebé, la máquina estatal-capitalista tenía que seguir.

Enfermeras blancas en Union Miniere (abril 1918). Foto tomada de: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/46/White_nurses_of_the_Union_Mini%C3%A8re_du_Haut_Katanga_April_1918.JPG

“En Bélgica – y en todas partes – el movimiento de bienestar infantil tenía dimensiones de clase separadas. Era frecuentemente una actividad privada, filantrópica. Era común un tono paternalista, preocupado por reducir la ignorancia maternal y de la clase trabajadora. Este tono resurgió en el contexto colonial con dimensiones raciales separadas”.   

Foto tomada de http://www.cegesoma.be/media/z_Accoucheuses_219.jpg

 El tabú sexual de la lactancia

El tabú sexual de la lactancia entre algunas culturas africanas se explicaba diciendo que si se tenía sexo durante esa fase el niño podría morir o la leche de la madre se podría secar. De hecho, estos tabús eran relacionados por los colonizadores con las causas de la poligamia. Inma Marcos, la comadrona española, dice que en la Edad Media también existía en Occidente este tabú. En el artículo escrito por el pediatra José María Paricio para el libro “Lactancia materna: Guía para profesionales” podemos leer (pg 15):

“Es Galeno (s. II d.C.) el primero, pero no el último médico conocido, que proscribe las relaciones sexuales durante la lactancia. La idea extendida era que se corrompía la leche, por lo que se recomendaba una abstinencia absoluta durante el tiempo que durase el amamantamiento. Esta creencia se mantenía vigente en el siglo XVII y, falta de pruebas pero sutilmente modificada, alcanza el siglo XX en los prontuarios cristianos de Medicina Pastoral. (…) A lo anterior se añade el que la duración media recomendada recomendada de la lactancia materna en los (…) escritos de Aristóteles, Sorano o Galeno era de un mínimo de 24 meses”. ¿Pasarían realmente las madres lactantes 24 meses sin sexo con su pareja? Al igual que ese tabú podría ser la causa de la poligamia en el Congo, he leído que en Occidente, los prejuicios de Sorano y Galeno podrían ser la razón por la que se recurría a nodrizas.

La matrona Beatriz Espinilla, citando como fuente el libro de C. Sarasúa “Criados, nodrizas y amos. El servicio doméstico en la formación del mercado madrileño, 1758-1868” también aporta otra explicación al tabú más reciente: 

“Había también otra circunstancia para contratar un ama, y se basaba en la creencia, errónea según los conocimientos actuales, de que el tener relaciones sexuales provocaba una irritación genital que desencadenaba la menstruación, y que dicha menstruación hacía que disminuyera la calidad de la leche. Por tanto, durante la lactancia se procuraba la abstinencia sexual, con lo que los maridos preferían que su mujer no amamantara al hijo para así evitarse el tiempo de abstinencia que debía guardar una mujer lactante de la época“.

Ante el problema de la abstinencia sexual durante la lactancia los misioneros proponían retomar las relaciones un tiempo después del nacimiento y centrarse en los deberes conyugales de la monogamia. Lo cierto es que no termino de creer que, como afirmaban los colonizadores, las mujeres rechazaran durante los tres años de lactancia a sus maridos. Una cosa es lo que oficialmente se hacía y otra lo que de verdad ocurría en cada casa. Yo me inclino más hacia señalar el poder anticonceptivo y anovulatorio de la amenorrea de la lactancia. De hecho, me hace gracia porque en uno de los informes de los colonizadores se señala esta cuestión y la autora dice que el efecto anovulatorio de la lactancia está exagerado. Bueno, para obtener información veraz y actualizada sobre este tema recomiendo buscar todo lo relativo al método anticonceptivo MELA. Una prueba de que este tabú sexual no era mantenido durante toda la lactancia ni por todo el mundo es que un gran porcentaje de las mujeres (52% en 1952) destetaban completamente a su hijo mayor cuando se quedaban embarazadas del siguiente. ¿Cómo se iban a quedar embarazadas si seguían sin tener sexo?

El Congreso Colonial Nacional hizo de este tema “una cruzada para combatir los prejuicios que separan a los esposos”. Desde luego, el tabú sexual postparto durante años no tiene mucho sentido pero es curioso que este Congreso y los misioneros no reflexionaran también sobre la separación entre hombres y mujeres que promovía el sistema de explotación colonial (mujeres en los pueblos, hombres a las minas belgas) y los tabús que separaron a la madre del bebé.

En realidad, el tabú de la abstinencia sexual durante la lactancia existe en muchos lugares del mundo pero tampoco es algo universal en África. Como he podido leer en el libro de “Nisa. Vida y Palabras de una mujer !Kung”, allí por ejemplo no existe nada parecido y sus intervalos tan largos entre hijos se deben sobre todo al poder anovulatorio de la lactancia materna intensiva, a la dieta baja en grasas y al ejercicio físico. Barbara B. Harrell, en su artículo “Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural” habla de un estudio en Ruanda de Bonte y Van Balen de 1969 en el que se afirma que las relaciones sexuales se retomaban ocho días después del parto.

Por otro lado, dice Roger Short, en su libro sobre “Historia de la sexualidad” (pg.158): “Las civilizaciones occidentales, con su desaprobación de la poligamia y la promoción del biberón o el destete temprano, han sido responsables inconscientemente de estimular la fertilidad en zonas del mundo en vías de desarrollo”.

El destete

Foto tomada de http://images-02.delcampe-static.net/img_large/auction/000/064/863/949_001.jpg?v=1

Por la descripción que hacen los contemporáneos, parece que en el destete en el Congo lo que se hacía era añadir alimientos a la lactancia a demanda, en lugar de sustituir tomas con comida. Actualmente, las recomendaciones son que durante el primer año la lactancia sea el “plato principal” y la comida sólida o las papillas se ofrezcan después. Por eso, parece que en Occidente las directrices médicas han reculado y vuelven a modelos más parecidos al africano o el de las culturas preindustriales. Tiene mucho sentido.

El texto de Nancy Rose Hunt también plantea algo interesante. A veces los observadores de la época criticaban costumbres de los habitantes nativos del Congo pensando que eran “tradicionales” y en realidad no lo eran, eran costumbres nuevas inducidas por el colonialismo que no se retrotraían a tiempos inmemoriales.

Para evitar el poder anovulatorio de la lactancia, los colonizadores plantearon una estrategia o un “remedio”: distribuir leche y derivados para que no fuera indispensable la lactancia materna. Y llevaron al Congo la industria láctea y un buen número de clínicas de puericultura para enseñar a las madres a alimentarse y alimentar a sus hijos con leche de vaca adaptada. Esto no fue algo casual sino algo preparado y estratégico, a cara descubierta y con alevosía, en el sentido más biopolítico posible, como muestra este texto del Congreso Colonial Nacional de 1930 (I, 167):

“Para inculcar la noción de utilizar leche, se puede actuar con el ejemplo. Frente a la dificultad actual de la adquisición de este alimento, el gobierno podría poner cartones de leche a disposición de los hospitales y organizaciones benéficas para niños. Los huérfanos deben ser criados a través de la intervención de las agencias, particulares subvencionados, misiones, organizaciones benéficas infantiles, etc. que organizarían una alimentación higiénica. Hay espacio para establecer verdaderas guarderías de propaganda ayudadas por el Estado”

Esas guarderías o “nurseries” de la propaganda ayudadas por el Estado intentaron aumentar la fertilidad de las congolesas con destetes tempranos y leche de vaca. Años después esos mismos estados se quejarían de que somos demasiados en el mundo, que estamos sobrepoblados y demás… ¿Y quién asume las responsabilidades de estas políticas? Por eso es tan importante recuperar la historia, la verdadera, la de las fuentes y los documentos y no la de las invenciones y los tópicos creados.

Otra prueba concreta: el documento “La Question sociale, informe al Comité del Congreso Colonial Nacional” (Bruselas, 1924). En él se dice:

“la presente situación es ciertamente irracional. Algunas veces las mujeres amamantan durante tres años. En el curso de los aproximadamente treinta años durante los cuales las mujeres son susceptibles de convertirse en madres, se ponen periodos de tres o cuatro años durante los cuales solamente pueden tener un único hijo, mientras que la naturaleza, sin duda, les permitiría tener embarazos más frecuentes sin daño”. 

O también en la “Question Sociale”: “El abandono de la práctica de la abstención durante el periodo de amamantamiento probablemente no tendría como consecuencia el aumento en el número de niños como podríamos pensar. En efecto, normalmente, la mujer no debería ser fértil durante el periodo de lactancia exclusiva. Un nuevo embarazo ocurriría solamente con el declive de este periodo y mientras la leche de la madre ya no es indispensable para el niño”. De nuevo, dejo el enlace con información actualizada sobre el método MELA a día de hoy, para quien quiera profundizar, en este documento.

Lactar a demanda durante tres o cuatro años puede ser muchas cosas pero no es “irracional”, viene mal para el imperio, eso sí, que no puede aumentar el número de hijos que necesita para alimentar la máquina esclavista de producción colonial. Esas mujeres quizás no lo sabían pero dando de mamar así, además de alimentar a sus hijos de la forma más natural posible, tenían menos papeletas de tener cáncer de mama, ovario y endometrio, como desgraciadamente estamos comprobando en Occidente. Quizás eso sea poco “racional” para los estrategas coloniales que solamente ven dinero y poder cuando miran a un ser humano. ¡Cómo cambian los discursos del poder sobre las madres a lo largo de los años según cambian los objetivos!

Los cursos prematrimoniales, como el de la Iglesia Sociedad Misionera en Matana, daban mucha importancia al destete temprano, camas separadas para los bebés, la necesidad de horas regulares de alimentación en lugar de cada vez que llora, ya que, supuestamente, primero tenían que digerir lo que tenían en el estómago antes de darle más (hoy sabemos que la leche humana se digiere muy rápido y ese argumento no tiene ni pies de cabeza. La lactancia materna funciona a demanda). Además “había que considerar otras causas para el llanto que no fueran el hambre y darse cuenta que el bebé no tiene otro lenguaje que el llanto…”

Otro de los documentos históricos interesantes que aporta la autora es este, “Le bebé en brousse”, una serie de artículos del Boletín de la Unión de Mujeres Coloniales durante los años 30. Allí se les aseguraba a las colonizadoras que podrían encontrar leche artificial pero también se encontraban consejos sobre lactancia. Se las decía que no debían dar de mamar por la noche porque esto causaba problemas digestivos. Si el niño lloraba habia que buscar otras causas, poniéndo énfasis en la “regularidad”, ya que había que alimentarlo cada tres horas. Se prefería la lactancia mixta a la artificial pero con consejos así no dudo de que las lactancias exclusivas duraran muy poco, ya que con tan poca estimulación había muchas probabilidades de quedarse sin suficiente leche para alimentar al bebé.

 El llanto de los bebés

Un investigador belga, nos cuenta Nancy Rose Hunt, decía que la actitud congolesa frente al llanto de los niños era que “un bebé no debe llorar nunca; todos sus caprichos deben ser satisfechos”. Hoy sabemos que la necesidad de comer o de ser cogido en brazos no son caprichos, son necesidades básicas que van evolucionando según la edad del bebé. De hecho, los adultos también necesitamos dar y recibir cariño, escucha y empatía.

En otro folleto de consejos a las madres se decía que había que amamantar seis veces al día, en intervalos de tres horas*, introducir la alimentación complementaria a los 7 meses, y para el décimo mes alimentar al niño con un biberón u otras comidas:

“No amamantes a tu hijo porque llora: él se silenciará a sí mismo… Por la noche no le amamantes ni un poco: el niño mamará por la tarde y mamará otra vez por la mañana. No le des “malafu” (cerveza) o agua de coco: la leche será suficiente. Antes del séptimo mes, las gachas de harina son malas. No le amamantarás para nada (por la noche) si se duerme en (su propia) cama. Si obtienes leche de vaca o cabra, irás a la farmacia, el médico te dará buen consejo, sabrás qué hacer”. 

De nuevo, esta clase de consejos, además de inhumanos y desconectados de nuestra propia naturaleza, tenían un efecto que reducía la fase anovulatoria postparto de la lactancia materna a demanda y exclusiva. Las tomas nocturnas son importantes para las mujeres en esa etapa porque mantienen la amenorrea (aunque muchas mujeres occidentales no sepamos cómo conciliar un buen descanso y amamantar, incluso durmiendo en la misma cama o habitación, pero ese es otro tema para otro post…).

Como vemos si estudiamos el MELA (método de la amenorrea de la lactancia materna), todo ese énfasis en regularizar la lactancia, espaciar las tomas, no dar teta por la noche, no dar a demanda, suplementar a la primera de cambio con leche de vaca adaptada tiene la misma consecuencia: perder el efecto anovulatorio de la lactancia cuanto antes y adelantar la posibilidad de un siguiente embarazo**.

La alimentación de los hijos de los obreros se convierte en un asunto de la empresa

Mina Kisanga en  Katanga (1920) Foto tomada de http://en.wikipedia.org/wiki/Belgian_Congo#mediaviewer/File:Kisanga-mijn_Ruandese_arbeiders_einde-jaren_1920.JPG

El artículo también nos transporta a la mina de la Union Miniere du Haut-Katanga, donde el 50% de los niños morían y se necesitaba mano de obra africana de forma acuciante. Por supuesto, para los colonizadores la culpa de la alta mortalidad era de las madres, por eso, la dirección de la fábrica abrió en 1924 una Gota de Leche (un centro de puericultura) donde había una consulta, se daban regalos, premios de natalidad, comida durante las primeras 6 semanas de embarazo y durante el primer año de amamantamiento.

En esta mina se estableció el promama OPEN (Obra de Protección de la Infancia Negra) para reducir la mortalidad y aumentar los nacimientos de bebés, lo que incluía la supervisión del destete, en el que se desaprobaba la lactancia prolongada (bueno, lo que para ellos era “prolongada”) seguida de un destete abrupto: “El servicio médico organizó comedores para asegurarse de que la alimentación infantil era controlada científicamente”, dice la autora. Y los niños, desde un año de edad, comenzaron a ser alimentados en estos comedores, donde también se les enseñaban modales y a lavarse las manos, etcétera. Se pasaba lista y se investigaba a los padres si el niño no acudía. Las madres tenían que ir a la consulta infantil una vez por semana para examinar a los niños, las enfermeras les enseñaban cómo ser unas madres correctas, cómo cuidar a sus hijos y les daban regalos para atraerlas.

Union minière del Alto Katanga. Foto tomada de: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/80/UMHK_1917.jpg

La alimentación complementaria de los niños provocaba que la fertilidad de las mujeres, debido a la caída en la frecuencia de la lactancia, aumentara. Así, la empresa maximinaba la fertilidad y reducía la mortalidad gracias al control social.

Un tema que merece reflexión y mayor desarrollo es el de por qué la vida de la mina provocaba que la fertilidad cayera si no se intervenía de estas formas. Según apunta la autora, el ratio de sexos no estaba equilibrado (26 mujeres por cada 100 hombres en 1925) y había enfermedades venéreas y prostitución. Las empresas mineras intentaron llevar a su terreno la reproducción de las mujeres, ya que antes ellas se quedaban en el mundo rural y era el hombre el que emigraba a los centros mineros. Como dice uno de los autores citados en el artículo, Union Minière decidió “criar” a su propia fuerza de trabajo. Tuvieron éxito en sus labores de ingeniería social, consiguieron crear un habitat para familias monógamas, aumentaron el ratio de nacimientos y decrecieron las cifras de mortalidad infantil. En 1946 el destete ocurría cuando el bebé tenía 12 meses (hoy la OMS recomienda dos años de lactancia y hasta que madre e hijo quieran).

Gracias a la gran cantidad de misioneros católicos y protestantes que había este tipo de políticas y programas se extendieron hacia otras localidades en el Congo con programas como el creado por el Fondo Reina Elisabeth para la Asistencia Médica a los Indígenas (FOREAMI) y otras iniciativas estatales y empresariales. Estos proyectos institucionales premiaban el buen camino de la crianza con regalos y sobornos, creando necesidades de productos que antes no existían. Pero lo más importante era separar a las madres de los bebés para fabricar más y más futuros trabajadores de la colonia.

La rebeldía y negociación frente a los “expertos”

La mayor parte de las mujeres congolesas no siguieron algunos de los consejos que les daban, como el de los horarios de amamantamiento y seguían dando el pecho a demanda (¡menos mal!). Solamente las elites siguieron las absurdas normas de lactancia, por eso, durante los años 50, el 83% de los niños seguía durmiendo con sus padres (por cierto, el artículo dice “padres”, no “madres”, lo que contradice lo de la separación de camas entre las parejas). Las madres les daban a partir del cuarto o quinto mes puré de mandioca o maíz, y algunas hacían la transición al destete con biberones. La leche de vaca tampoco se generalizó para toda la población y se consideraba más como una medicina para casos especiales o como una delicatessen de las clases altas.

Y lo que es más importante, simbólico y esperanzador: Las madres congolesas también se rebelaron contra la costumbre de desatender el llanto de los niños. Algunas decían “no podemos dejar llorar a los bebés como las blancas”.

Conclusiones sobre el colonialismo íntimo de los cuerpos

La autora termina señalando que algunos investigadores han relacionado el aumento de población de Zaire a partir de la Segunda Guerra Mundial al uso de la penicilina, pero que habría que investigar más el impacto del acortamiento de los intervalos entre hijos debido a las políticas coloniales. A pesar de las rebeldías y negociaciones de las que hemos hablado, al final se impuso el modo de vida que promovía el Estado y el Capital en todo el globo, con el consiguiente boom poblacional. Paradójicamente, esos mismos poderes fácticos de ayer, son los que hoy se escandalizan por la sobrepoblación del planeta e intentan promover que no se llegue a un ratio mayor de dos hijos por mujer.

Sin embargo, incluso aunque no lo pretendieran como objetivo principal, el mismo modo de vida y de trabajo de los países industrializados, dedicados al sector servicios y urbanizados es proclive en sí mismo a la infertilidad.

Por otro lado, organizaciones como WWF (vinculado a las monarquías europeas) o el Club de Roma (presidido en España por Isidro Fainé, directivo de La Caixa, Repsol, Telefónica y la CECA), dirigidas desde las elites del poder económico, político e ideológico, alertan del aumento de la población mundial sin analizar nunca las causas, muchas de ellas relacionadas con la intervención institucional, y sin reflexionar sobre las causas existenciales y éticas del deterioro de nuestras vidas y del planeta. Su doble moral y manipulación es alarmante, pero si no fuera por ello no podrían mantener sus privilegios. Su desenmascaramiento debería ser una tarea prioritaria, en lugar de seguir sus juegos como el de “la hora del planeta” y similares.

Un debate serio sobre el presente y futuro de la humanidad no puede expulsar a la ética y a la filosofía del mismo. Es cierto que somos muchos en el planeta, como nunca habíamos sido, gracias a, entre otras causas, la pérdida de la lactancia materna y los medicamentos que curan enfermedades que antes eran sinónimo de muerte segura. Pero el problema mayor es que estas mismas elites venden y adoctrinan a la humanidad (y nos dejamos adoctrinar) en un modo de vida nocivo y suicida a todos los niveles. El mundo no está lleno de basura y contaminación porque seamos “muchos” sino porque “muchos” llevamos una vida contaminante y tóxica, y, sobre todo, unos más que otros. Somos “muchos” porque la tecnología y la biopolítica lo han incentivado, al igual que somos “pocos” cuando se necesita que seamos menos o es posible sustituirnos por algo más económico.

La casa del político ecocapitalista Al Gore en Nashville tiene unos gastos de electricidad y gas anuales de 30.000 dólares.  http://static.guim.co.uk/sys-images/Guardian/Pix/pictures/2007/02/28/gor1.jpg

Sin ser hipócritas, solamente podemos criticar que las políticas de las que habla el artículo de Nancy Rose Hunt tuvieran como único interés una mejor y mayor explotación del ser humano, sin tener en cuenta nada más. Pero, ¿cómo se le puede pedir ética a gente cuyo único motor de vida es el ansia de poder y riqueza?

Las biopolíticas hoy en día actúan de otras formas, muchas veces de maneras contradictorias y ambivalentes. ¿Acaso las mujeres y hombres actuales no llevamos al pediatra y a las revisiones a nuestros hijos y seguimos más o menos los caminos trazados de antemano? Además, consideramos que es positivo ir a esas revisiones, porque presuponemos que los profesionales médicos tienen más conocimientos que nosotros (a veces es cierto y otras veces no, como muchas veces sucede con la lactancia materna, precisamente). Hoy en día nuestros cuerpos y las ideas que en él se producen también están colonizados, quien sabe si lograremos desentrañar de qué formas lo están, como ahora podemos analizar lo que los poderes coloniales belgas intentaron hacer en el Congo.

No hay respuestas sencillas a los complejos interrogantes que se plantean. Mientras, el Congo sigue siendo una zona arrasada por el hambre voraz de minerales que impone el sistema, la industria, nuestro consumo y “necesidades” creadas. No me gusta el victimismo, por eso debemos admitir nuestra propia ceguera y responsabilidad. La realidad no es una película de buenos y malos.

*Actualización 7/1/2016: Hace poco, investigando, me enteré de que fue Luther Emmett Holt, el pediatra de la familia Rockefeller y del Instituto del mismo nombre, el que promovió de forma masiva el consejo pseudocientífico de las tomas cada 3 horas en su libro publicado en 1898. A pesar de que en teoría apoyaba la lactancia (aunque sus teorías las boicoteaban en la práctica) fue el creador de la leche de fórmula adaptada que tomaban los bebés de Nueva York.  Ver post: http://www.lasinterferencias.com/2015/10/05/no-es-conspiranoia-se-llama-capitalismo-y-estado/
**En relación con la actualización anterior, habría que matizar la aparente contradicción de los consejos pediátricos “Rockefeller”. Por un lado, separar a la madre del bebé servía para obtener la fuerza de trabajo de las mujeres y controlar a los niños. Pero, a la vez, tenía el efecto “secundario” de perder el papel anovulatorio de la lactancia libre. En años recientes la Fundación Rockefeller se ha visto interesada en estos efectos y ha apoyado los estudios que investigaban este fenómeno cuyo resultado es el “consenso de Bellagio sobre el “método” MELA. Su interés en la lactancia actual es precisamente por su poder anticonceptivo. Sin embargo, esto lleva aparejado la cercanía madre-bebé que el trabajo asalariado rompe e impide. Supongo que desde las altas instancias del capitalismo mundial se estarán preguntando cómo conciliar ambas cosas. Yo, como madre trabajadora, madre lactante que no quiere separarse de su bebé (en este momento de 7 meses) y que no usa anticonceptivos hormonales también me lo pregunto aunque por razones bien diferentes a las de los maquiavélicos que dirigen nuestras vidas y las biopolíticas.

Experiencias de Higiene Natural del Bebé con un niño de 16 meses

Me he retrasado un poco con la crónica mensual por el tema de las vacaciones pero aquí estamos de nuevo, con 16 meses y medio.

Ha habido días en los que no ha mojado ningún pañal, otros días uno y ahora llevamos una larga temporada de dos-tres diarios. Aún así, creo que merece la pena verle tan cómodo y saber a ciencia cierta que si se moja lo sé inmediatamente y le cambio. Con un pañal de tela con impermeable no lo vería hasta tiempo después y con un desechable, ni os cuento… ¿Para qué “empaquetar” al bebé todo el día para 5-6 veces que va a necesitar hacer pis durante 10 segundos?

Con 15 meses empezó a contestarme cuando le preguntaba cosas y también cuando le preguntaba si quería hacer pis. Dice “sí” o “no” pero nunca sé si realmente lo dice de verdad o a boleo. Desde luego, cuando dice “sí”, si que suele querer decir “sí”. Sin embargo, creo que a veces dice “no” y en realidad sí tiene ganas. Así que he decidido que si sé realmente que necesita hacer pis, no le pregunto, le pongo y le digo: “si quieres hacer pis puedes hacerlo ahora” y que él decida si hace o no, si se levanta o se queda en el orinal.

Ha seguido siendo mucho más fácil durante este mes ponerle fuera de casa que dentro, en casa muchas veces estaba jugando y no quiere parar. Yo lo respeto y lo intento más tarde. ¡Aguanta mucho más entre pises! Comparado con los 15 minutos de cuando empezamos con 2 meses, ahora aguanta unas dos horas, dependiendo de los factores: mañana/tarde, ha bebido mucho, acaba de comer, hace calor y suda…

Sé que son dos horas porque lo miré en el reloj. Aunque hasta ahora no he sido amiga de usarlo (me gusta más fiarme de la intuición), me he dado cuenta que a esta edad es útil mirarlo de vez en cuando y, cuando se van acercando las dos horas, estar más atenta a las señales o, si veo que no lo pide, proponérselo yo. Esto es especialmente útil si estamos en el parque, él está jugando y yo estoy leyendo (o intentando leer, jajaja) un libro. ¡Así no se me olvida!

Antes de esta edad la verdad es que creo que fiarse del reloj puede ser contraproducente y favorecer que los padres se centren demasiado en ponerle a hacer pis o se obsesionen. Ahora que, como en todo, si a alguien le va bien, que lo haga. Pero, ojo, quizás a tu peque no le vaya tan bien hacerlo cada x minutos de reloj y se rebele con una “huelga del orinal”. ¡No somos máquinas! Además, hay un peligro añadido, ya que los músculos de la vejiga se hacen fuertes si se hace pis con ganas, no cuando sólo se tienen cuatro gotas.

En cualquier caso, me he dado cuenta de que mi hijo no hace pis cada x tiempo de reloj sino que es algo progresivo. Por ejemplo: quizás al levantarse hace pis, después le ofrezco el orinal 30 minutos después, la siguiente vez ha pasado una hora, la siguiente quizás dos horas… Es decir, es progresivo a medida que te alejas de la última vez que se despertó, se alimentó o bebió. Por eso, creo que lo mejor es seguir el “tiempo intuitivo”, el tiempo que te va dictando tu conciencia mientras sigues con tu vida y las cosas que estás haciendo en ese momento (escribir en el ordenador, jugar con tu bebé, limpiar, ver la tele, leer un libro, pasear, comprar algo…). Cuando esa voz interior te habla y te dice: “hay que ponerle a hacer pis”, aunque no hayas detectado ninguna señal del bebé, hazlo. Seguro que sí lo necesitaba. Y, si no, ya te dirá lo dirá él.

He buscado información sobre cada cuánto van los niños más mayores al baño y he leído que un buen hábito es ir cada 2-3 horas cuando se tienen ganas y que, de hecho, una de las famosas “señales” de que están preparados para usar el orinal es que estén secos durante dos horas o más. Los adultos sanos, de referencia, solemos ir cada 3-4 horas.

Como nota curiosa sobre el tema de los tiempos, he notado que también va por fases y esta última semana ha vuelto a hacer pis mucho antes de las dos horas, quizás a la hora o así. Desconozco la razón, he leído que pueden influir los alimentos que ingiera, si son más o menos diuréticos, si tiene alguna intolerancia a algo…

He leído muchas experiencias de otros padres, sobre todo en blogs en inglés, con la Higiene Natural del Bebé o Elimination Communication (Comunicación de la Eliminación), como se suele llamar en el mundo anglosajón. Y, definitivamente, creo que hay una relación entre aprender a andar y la edad a la que las familias dejan los pañales por el día (si los usaban) y se pasan a las braguitas o calzoncillos.

Sé que hay bebés que dan sus primeros pasos con 9 meses y otros a los 17 meses. Y todo es normal y no hay que agobiarse, pero es interesante notar ese paralelismo entre aprender a andar y no mojar tantos pañales (con la ayuda de los padres, claro). Normalmente, cuando los padres dan el paso a la ropa interior es porque ven que se ha reducido el número de pañales para lavar y que no tiene mucho sentido seguir con ellos. Quizás antes, como en mi caso, el bebé ya iba mucho tiempo sin pañal en casa y durante muchas salidas iba sólo con la parte absorvente del pañal de tela. Esa fue mi transición, ya que aunque calan si se hace mucho pis, absorven un poquito y notas mojado el pantalón, pero sin charcos en el suelo, como cuando se hacen pis con calzoncillos/braguitas.

Cuando hablo de paralelismo, no me refiero a que anden perfectamente, de hecho, mi hijo no andaba, se movía apoyándose en los muebles cuando hicimos el cambio. El proceso de aprender caminar requiere tener un determinado tono muscular que puede que ayude mucho a la hora de mantenerse secos con nuestra ayuda, es decir, siguiendo sus señales y poniéndoles en el orinal en base a ellas y sus patrones.

Respecto a los horarios, he intentado darle más participación a las señales de mi bebé. Yo nunca fui capaz de leer sus señales cuando quería hacer pis (si es que las hacía) hasta ahora, que son más claras, y me guié mucho con ofrecerle y ver si quería o no. Ahora sí voy detectando que una de sus señales es quejarse y pedirme brazos, supongo que para que le lleve a un lugar donde pueda hacer pis.

Quizás alguien piense que puede pedir brazos por muchas cosas y, es verdad, pero yo conozco a mi hijo y ya conozco esa forma determinada de pedirlo. Es difícil de explicar pero seguro que muchas madres (y quizás también padres) saben lo que quiero decir.

A lo largo de estos 14 meses de practicar HNB ha cambiado mucho mi opinión sobre el tema. Antes pensaba que con un artículo de periódico era suficiente. Ahora veo que te puede ir bien, o te puede ir mal y lo dejes a la primera de cambio cuando surja alguna dificultad o una de esas famosas “huelgas del orinal”. Ahora sé que es importante leerse los libros y asistir a un buen grupo de apoyo, algo similar a La Liga de La Leche pero para la HNB, como DiaperFree.org en EEUU. Todavía no existe pero estoy segura de que dentro de poco, cuando más gente se anime a practicarlo con sus hijos, existirá también aquí. Es importante entender que no vivimos en China ni en India ni en Kenia. Allí forma parte de su cultura y se transmite de madres a hijas, de abuelos a padres, como queramos llamarlo. Aquí estamos solos con nuestro bebé, con un entorno que puede pensar que eres un friki por intentar prescindir de los pañales y con muchas ideas preconcebidas que no se ajustan a la realidad.

Hay una cosa que nunca he hecho y que leí en los libros sobre HNB. Es el tema de que cuando el niño hace pis encima, desnudo o con ropa, en casa o fuera, se supone que hay que llevarle al lugar apropiado y enseñarle de alguna forma que es ahí donde se hace, con la postura y las señales de los padres. Ahora pienso que esa forma tan relajada de hacerlo ha podido confundir a mi hijo y que, quizás, lo que le he enseñado es que se puede hacer el pis en un determinado lugar (orinal, palangana, w.c., arbolito) pero que también se puede hacer encima y está bien. Como todos sabemos, no es exáctamente así y me pregunto si mi hijo habrá captado ese mensaje en algún momento, es decir, si le estaré enseñando a hacer pis en el suelo. Ahora que ya tiene 16 meses, sí le explico muchas más cosas porque lo entiende todo.

Creo que es importante no atosigarle con ir al baño porque la capacidad de aguantar entre micciones y hacer menos veces pis es lo que estimula el crecimiento de su vejiga. Según he podido leer en un estudio sueco sobre urología infantil, sobre todo lo hace la capacidad de aguantar seco durante la noche  (“Bladder function and development in healthy neonates“). Por eso pienso, aunque quizás no sea muy científico y sólo sea mi humilde opinión, que ponerle más veces de las que lo necesita no es bueno. Está claro que te aseguras de que está seco, pero creo que no estás dando la oportunidad a su vejiga de que aumente de tamaño al ritmo natural. Es decir, hay que ponerle según SUS tiempos y patrones normales entre micciones, no solamente teniendo en cuenta los tiempos de los ADULTOS. Esto no quiere decir que si vas a hacer un viaje en coche, no se lo propongas antes de salir, pero el resto del día hay que adaptarse siempre al niño. Además, esta nueva perspectiva permite ver los pocos “accidentes” como algo natural, no como algo que el padre está haciendo mal o que no sabe “comunicarse” con su hijo.

Sus señales:

– Caca: por primera vez ha señalado verbalmente y con voluntad de hacerlo. No siempre, pero alguna vez ha hecho el gruñidito que le hacía su padre cuando le ponía y después ha seguido diciendo “puaghh, puaghhh”. ¿Quién le ha enseñado eso? Nos reímos muchísimo cuando lo hace. Otras veces simplemente le vas a poner a hacer pis y él aprovecha para hacer caca también. Este mes ha empezado a practicar a sentarse él solo en el orinal pero siempre como juego.

– Pis: muy pocas veces leo sus señales a tiempo. O bien se acerca corriendo a mi, como suplicando que le coja en brazos, o bien le veo que se pone de pie en algún sitio a modo de “balcón” y en ese momento se para y lo hace. Es raro porque como es un terremoto, cuando hay un pequeño silencio notas algo raro y una voz que te dice: “va a hacer pis ¡ya!” Como pocas veces llego a tiempo, me funciona más lo de proponerle cuando creo que lo necesita y, si no tiene ganas, me lo dice.

Un paréntesis de vacaciones:

Hemos estado 5 días por Cantabria y nos hemos llevado calzoncillos y pañales de usar y tirar. La ropa interior la hemos usado cuando nos parecía y la hemos lavado y tendido en la posada donde nos alojábamos. El resto del tiempo nos hemos olvidado del tema y le hemos puesto desechables.

Por las noches:

Con 15 meses ya llevábamos un tiempo en el que habíamos notado que no le gustaba hacer pis por la noche así que solamente le cambiábamos el pañal de tela sin cobertor o, si no llevaba, el empapador de debajo. Muchas noches, independientente de usar pañales de tela, desechable o nada, me veía cambiándole 3 veces en sus respectivos despertares. Sin embargo, una noche se despertó y mamó como siempre, y el pañal estuvo seco durante toda la noche. Le puse en la palangana una de las veces, incluso quizás no le hubiese hecho falta, y así hasta por la mañana. Después de esa noche, decidí no ponerle a ver qué pasaba y ¡voila! no necesitó hacer pis por la noche ni mojó pañales durante unos días. Pero esos días pasaron y volvimos a lo de siempre: despertares, pañales mojados y tomas nocturnas para volver a dormir.

En eso llegó agosto y las vacaciones del papá, con lo que nos pusimos con el famoso “plan padre”. Lo que hicimos es que yo me fui a dormir a otra habitación y ellos se quedaron en la cama grande. Cada vez que se despertaba, su padre le cambiaba el pañal si lo tenía mojado y le intentaba volver a dormir (con brazos, meciéndole o con el carrito). Si no funcionaba, me lo traía a la otra habitación y yo le daba de mamar. Si se dormía así, se lo llevaba dormido. Y si necesitaba movimiento, se lo daba él y se volvían los dos a dormir. ¡Y esta vez sí que ha funcionado! ¡Sin lágrimas! Dormimos muchísimo mejor los tres y así llevamos todo el mes.

El sueño de Félix cada vez es más profundo y, aunque moje el pañal, sigue dormido. Incluso se le puede cambiar el pañal sin que se despierte, cosa rarísima antes. Yo creo que han influido tres cosas:

– es más mayor.

– camina y gasta muchísima energía.

– duerme con papá.

Hoy, por ejemplo, se ha dormido tardísimo, a las 00h y se ha despertado para mamar y volverse a dormir a las 9h30. ¡Esto era impensable hace unos meses! Ahora solamente nos queda adelantar la hora de dormir, jejeje…

Hemos vuelto a usar de tela sin cobertor por las noches y fenomenal. Si hay algún pequeño escape, como usamos la sábana bajera impermeable, no hay problema, ponemos una toalla y ya está. Preferimos la comodidad a ponerle el cobertor. Y de los desechables, nada, ¡al baúl de los recuerdos! Alguna noche que los ha usado se moría de calor, se quitaba el velcro y acababan los dos mojados. Yo siempre he sido partidaria de la tela pero el papá prefería el de usar y tirar para por las noches. Ahora ha visto que con el de tela, que además es de corchetes, duermen muy bien.

 Fuera de casa:

Desde que empezó a andar hace un mes está que no para quieto. Va en ropa interior y llevo siempre en el bolso otro pantalón, otro calzoncillo y un pañal, por si las moscas. A pesar de que le voy poniendo a hacer pis por ahí y que no es lo normal, ha habido algún “charquito” que otro en el parque, encima de su padre, en una tienda de ropa y en un bar. ¡Pero los hemos limpiado tan rápido con un poco de papel!

Supongo que la gente le parecerá un poco extraño que no le pongamos pañales pero tampoco nos dicen nada… En cualquier caso, a mi me da igual. En nuestra sociedad el pis de los bebés es como tabú y tiene una carga emocional que no termino de entender. Espero que algún día se normalice y sea tan corriente como que a un niño se le manche la camiseta al comer.

Los claroscuros.

Como ya expresé en un post anterior, no me gustan nada las etiquetas sobre crianza. Si te encorsetas en un molde previo, luego después puede ser difícil salir o reconocer que hay algo que no te hace sentir bien dentro de él. Yo, que no llevo sujetador ni me gustan los corsés más allá de lo teatral, me niego a atarme a una palabra. Sí me gusta el respeto y el amor, y esas palabras me inspiran a la hora de caminar por la senda de la maternidad, la sexualidad, la amistad y la construcción de un mundo mejor.

Sin embargo, a veces es difícil encontrar un equilibrio entre responder a las necesidades de un bebé y las nuestras como madres y padres.

Desde que nació mi hijo, hace 15 meses he pasado por mil tipos de situaciones: placenteras, dolorosas, anodinas, sublimes, rutinarias, divertidas… Como soy positiva y siempre hablo de lo bonito de la maternidad, hoy quiero hablar sin embargo de las piedras en el zapato:

– La soledad, de la que ya hablé en el post “¿Dónde están las mamás?”.

– El sueño interrumpido durante meses.

La primera la verdad es que la tengo más o menos superada y, a pesar de no haber encontrado ese grupo fijo de madres, padres y bebés desenfadados con el que encontrarme, lo llevo bastante bien. Sé que ese deseo de compartir está ahí, pero afortunadamente tengo un grupo de amigos maravilloso con el que siempre puedo contar. Por el camino he conocido a muchas mamás interesantes en cursos y talleres, pero lamentablemente viven todas muy, muy lejos. ¡Maldita gran ciudad!

El segundo es el que me ha da los mayores sinsabores y, en determinadas fases, como en la premenstrual, puedo escupir sapos y culebras y estallar de rabia e impotencia. En esos momentos brotan preguntas: ¿Tuve que insistir más en que cogiera el chupete a pesar de que mi hijo siempre lo rechazó? ¿Tendría que haberme sacado leche y que se la hubiera dado su padre por la noche? ¿En qué momento dejó de dormirse con él y pedir que le atendiera yo por la noche? ¡De pequeño sí que se dormía con él! ¿Por qué si se despierta sólo quiere estar conmigo? ¡Qué injusticia! ¡Qué le atienda su padre! (Le atiende él en mitad de la noche). Llantos. Gritos. ¡Maaaaamaaaamaaaaa! Le doy un poco de teta, cambio de pañal. Frito en 10 minutos. Nos volvemos a dormir hasta la siguiente… A la mañana siguiente el peque está fresco como una lechuga y yo con muuuucho sueño.

Y de repente una noche del tirón 5 o 6 horas. El pecho a rebosar y molesto. ¿Qué habrá pasado hoy para que duerma tanto? No hemos hecho nada diferente a la noche anterior… Misterios de la vida. ¿Y qué pasará esta noche? Otro misterio. Quizás ahora que ha aprendido andar la cosa cambie…

Sé que hay madres que tienen eso que llaman “agitación del amamantamiento”. Quizás he sentido eso en algún momento, pero yo no es que no quisiera dar de mamar, sino que no quería dar de mamar por la noche. Por el día la lactancia me parecía y me parece muy placentera, aunque ahora ya solo mama en la siesta. Por la noche quiero dormir. Ese término tan extraño (¿será una traducción del inglés?) no me termina de convencer. De nuevo es una etiqueta que puede enmascarar otras cosas, sentimientos que si se clasifican son más fáciles de asimilar.

Yo si hubiese dejado de querer dar de mamar, hubiese valorado y quizás hubiera destetado sin problema. Pero es que no quiero destetar, quiero dormir. Y a veces, mi hijo ni siquiera quiere mamar, quiere un vaso de agua y que le duerma en brazos moviéndome. Pero yo me desvelo…

Los despertares nocturos durante los primeros meses no me molestaban, ha sido con el paso del tiempo cuando me han resultado cada vez más molestos. Sin embargo, no sé qué tiene la maternidad que, aunque hayas dormido como si hubieses estado de festival o de juerga durante 10 días, al día siguiente te encuentras muy bien y el cansancio desaparece con un nuevo día.

Por eso, me gusta pensar que la maternidad, la lactancia, el parto, como una amistad o una relación amorosa, no son experiencias unidireccionales. Como cualquier experiencia humana tienen muchos matices. Y no tiene mucho sentido ni idealizarlos (aunque en algunos momentos caminemos en una nube) ni denigrarlos de forma global. Hay muchos tonos intermedios y fases, pero el camino que yo he elegido es el mismo que me gusta para la vida en general, vivir de forma consciente. Esto incluye no negar las emociones que me disgustan o me crean contradicciones.

A veces, un problema no tiene solución y nadie puede ayudarnos, sólo el tiempo lo cura o lo madura. Aún así, no puedo evitar sentir rabia o envidia si mi pareja duerme a pierna suelta mientras se despierta el peque. A veces le cambia él el pañal o le intenta dormir, pero es en vano. Otras veces se despierta y se queda sentado acompañándome, por solidaridad. Pero, ¿tiene algún sentido? Ojo, que no me quejo. Todas las tardes después de su curro se va con el peque a casa de mis suegros, le baña y le da la cena para que yo pueda tener mis momentos creativos para escribir o descansar. Pero las noches… ¡Ay! Las noches…

Así que, este es hoy mi grito de liberación, a lo “Network” (1976, Sidney Lumet): “¡Estoy hasta las tetas de no dormir!”

Y yo misma me contesto después de desahogarme: Ya pasará… Ya encontraremos el camino. Estamos aprendiendo… Siempre…

Crianza sin complejos.

No soy relativista, creo que hay cosas mejores que otras, para los bebés, para las madres, para los padres y para el medio ambiente. Si no puedo darle a mi hijo lo que considero que es lo mejor, pues no se puede, pero procuro no autoengañarme y reconocer que algunos días hago cosas que no me gusta hacer, quizás obligada por circunstancias externas, por falta de información, incluso por egoismo o pereza… (intento que no sea así, por supuesto…). Pero también tengo claros algunos principios inquebrantables, como atender sus necesidades, no dejarle llorar sin consuelo y darle leche materna hasta que los dos queramos y podamos. Coincide que además de ser principios son placeres diarios.

A veces, mis elecciones se dirigen hacia lo más sencillo. Otras veces requieren más esfuerzo, pero las tomo porque creo que es lo que tengo que hacer. Más allá de ahí, lo que mejor nos funciona es la flexibilidad, sin atarnos a dogmas o teorías pediátricas en las que tengamos que encajar a priori bebés y padres.

Por ejemplo, me encanta portear, llevar cerquita a mi bebé y ha sido lo más práctico durante los primeros meses y sobre todo, viviendo en un tercero sin ascensor. Por no hablar de los llantos al atardecer que hemos consolado y relajado porteando… Pero también tengo un carrito heredado que nos viene fenomenal en multitud de ocasiones, por ejemplo si sé que vamos a un restaurante y se va a echar una siestecita, si voy a la compra, si cogemos el coche… Ahora usamos el meitai y carrito para salir, dependiendo de la circunstancia, y fular dentro de casa para dormirle. ¡Estoy deseando que llegue el buen tiempo para pasear y portear a la espalda sin tantas capas de ropa!

En cuanto a la alimentación complementaria, le intenté dar papillas a los seis meses, vi que no quería nunca y probamos un mes después a que él mismo cogiera la comida que le preparábamos en trocitos. Como vimos que le encantaba, seguimos. Nunca le dimos trozos grandes de comida por miedo a que se atragantara y, como tampoco se trata de sufrir nosotros, seguimos así, con trocitos pequeños. Ahora por las noches, sin embargo, sí toma papillas con ganas y nos es mucho más cómodo darle una de cereales.

Usamos pañales de tela pero también hemos utilizado desechables los primeros dos meses. De hecho, guardamos algunos en el armario, por si los necesitáramos algún día. Me encanta haberme independizado de ellos y no me gustan nada, por muchas razones (dermatológicas, medioambientales…), pero gusta tener algunos en la recámara. Algún día que he calculado mal a la hora de lavar los de tela, hemos tenido que usar algunos.

Como le ponemos a hacer pis y caca en el orinal cuando sabemos que lo necesita, cada vez mojamos menos pañales de tela, pero aún así, los usamos para salir a la calle y por las noches, por si acaso estamos distraidos. Cada vez que hace caca en el w.c. o la palangana (suele ser una vez al día), le lavo en el bidé con agua tibia para que se quede limpito. Por eso, con el tema de los baños nos relajamos bastante y le bañamos una o dos veces a la semana. Además, la piel de un bebé es demasiado sensible para estar en contacto con tanto jabón de forma diaria. De hecho, quizás sería suficiente sólo con agua.

Unos días le dormimos en brazos, otros en fular y otros en carrito. Dormimos los tres en la misma habitación, con cuna pegada a la cama, porque nos gusta. Cuando pase el tiempo y él crezca, reorganizaremos la casa y tendrá su habitación.

Así es como a nosotros nos va bien ahora. ¡Sin complejos y sin etiquetas aprisionadoras!

La banalización del llanto hecha videoclip

Hoy he recordado aquel video horroroso de un grupo llamado MGMT en el que se veía a un niño de año y medio llorando asustado por unos monstruos. Se creó tal polémica que hasta el propio grupo tuvo que sacar un “cómo se hizo” en el que se viera al bebé riéndose en algún momento del rodaje.

He encontrado una entrevista al director del video, Ray Tintori, que ni corto ni perezoso contesta así en una entrevista (la negrita es mía):

¿Qué le hiciste a ese niño para hacerle llorar?
Cualquiera que pase suficiente tiempo con un crío de 18 meses sabe que se pasan todo el día llorando. No pueden hablar, el llanto es su única forma de comunicación. Así que lo difícil era cuando Zachary se ponía a reír cuando queríamos que llorara y al revés. Era un bebé adorable, pero no podíamos comunicarnos muy bien con él. Pero no necesitábamos asustarle para hacerle llorar. Era un gran vídeo así que que seguimos la ley del menor al pie de la letra y Zach comprendió que los monstruos eran muñecos y que estaba jugando con ellos. Tengo una foto mía de bebé lloriqueando en los brazos de Dan Ackroyd en el plató de Los Cazafantasmas 2. Aunque yo era un fanático de Los Cazafantasmas, me flipó que este tipo me cogiera en brazos. Así que entiendo perfectamente a Zach. Espero que este niño crezca y se convierta en un gran seguidor de Joanna Newsom.

Pero, ¿cuál era la pretensión estética de este video? ¿Merece un sólo llanto gratuito un mísero videoclip? ¿Qué tiene de bonito o divertido un bebé llorando? Un niño de año y medio no ha estudiado arte dramático, llora de verdad. Quizás sólo lloró 1 minuto y es todo un truco de edición pero, aún así, ¿cuál es el objetivo? ¿la venta de más discos?

Me llama la atención que el director diga por un lado que el llanto es su única forma de comunicarse pero después no quiera saber nada de lo que el niño les estaba comunicando (mmm… quizás, “¡mamá, sácame de aquí!” o algo parecido…). Le da igual, es “sólo” un niño. No sé qué bebés ha conocido él pero no es muy normal que lloren todo el día, como afirma tan pancho. Y después esa patética alusión a la ley del menor, como si eso le eximiera de cualquier planteamiento ético sobre su trabajo… En fin, así es la cultura “popular” que nos envuelve, una cultura que nos quiere eternos adolescentes nadando en el más vacío de los abismos consumistas, sin más pretensión vital que ser “modernos” e insensibles al llanto de un bebé, todavía demasiado pequeño para darse cuenta de cómo funciona el mundo al que acaba de llegar.

Una pena de videoclip para una canción chula con letra hasta interesante. Luego vendrán los que digan que en realidad el video muestra el terrorífico mundo de los adultos y el pasotismo de una madre en contraste con la inocencia infantil… Pero es como si yo, para hacer un video criticando el método Estivill, contrato a un niño para que llore de verdad. No tiene sentido ni es ético.

Como dice la cita del principio (al parecer de Nietsche y no de Mark Twain), el niño del video, al rodearse de tanto monstruo (y no me refiero a los de cartón piedra), tendrá que tener cuidado de no convertirse él mismo en uno de ellos cuando sea mayor.

La realización del video y su narrativa se convierten en una metáfora de la visión actual de la primera infancia. Llorar hasta cierto punto es normal, es una forma de comunicación no verbal y de externalización de los sentimientos. Lo que no debería ser normal a esa edad es llorar únicamente como divertimento banal y consumo cultural adulto, obviamente sin recibir ningún tipo de empatía ni acompañamiento.

El llanto del bebé.

Las personas que me conocen saben que no me gustan mucho las etiquetas ni encasillarme, pero cada vez me doy más cuenta de que hay una frontera entre las personas que no soportan llorar a un bebé y hacen todo lo posible por calmarle, y las personas que optan, quizás cansados o por no “malacostumbrarle”, por ignorarle, a ver si se le pasa solo. Y no, no me refiero a las rabietas de un niño por una chocolatina en el supermercado, sino al llanto de un bebé de pocos meses, un llanto que indica una necesidad básica (¿acaso a esa edad no lo son todas?) no satisfecha*.

En este blog hablo poco de teorías, ya que me gusta ceñirme a mi experiencia personal y a las conclusiones a las que he llegado en base a la misma. Por supuesto, esta experiencia no tiene por qué ser extrapolable a otras familias ni a otras situaciones, pero quizás a alguien le pueda aportar algo, al igual que a mi me aporta aprender de otras vivencias.

A pesar de que todo el mundo que le veía un ratito me decía “¡Es un bendito! ¡No llora nada!”, Félix lloraba bastante en sus primeros meses, durante algunas tomas** y sobre todo hacia las ocho de la tarde. Normalmente eran llantos fáciles de calmar con teta, contacto y movimiento, pero el de algunos atardeceres era inconsolable. No lo soportábamos y siempre intentábamos algo: ¿Será hambre? Le doy teta. ¿No quiere? No. ¿Será sueño? Voy a probar. Nada, imposible dormirle. Algún día Guille descubrió que subiendo y bajando escaleras se calmaba, otro día, si me agobiaba mucho, optaba por ponerle en el fular y dar un paseo. Casi siempre funcionaba con sólo dar una vuelta a la manzana pero hubo algunos días que ni con esas logré calmarle. Casi lloraba yo también paseando juntos. Eso sí, JUNTOS. Nunca se me ocurrió que tendría que pasar de él, o que si estábamos en un restaurante, si no podíamos hacer nada para que estuviera tranquilo, lo mejor era ignorarle. En ese caso, uno de los dos nos salíamos con él a la calle a ver si el aire fresco y estar en brazos le hacía bien. No sé, su bienestar era una prioridad.

Nunca sé muy bien qué decir cuando alguien me habla de otros bebés a los que llaman “llorones” y de otras situaciones parecidas en las que al final pensaron que lo mejor era pasar de él*** y afirman “Es que saben mucho”. “¿Qué saben qué?”, digo yo. “Pues que con mamá, en el pechito o en brazos, están muy a gustito”. “Ah, pues claro”, pienso yo, “Pero entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué no le das eso que NECESITA y que es tan fácil de dar para ti?”. No sé, muchas veces me quedo callada, blanca, sin poder articular palabra. Está claro que pensamos diferente y que nuestra forma de actuar tendrá unas consecuencias o otras. Cada uno sabe qué relación quiere tener con sus hijos, novios, abuelos, nietos, amigos… Lo que yo tengo claro es que a las personas que quiero las intento tratar bien, aunque muchas veces me desespere y tenga que respirar hondo para serenarme. Y un bebé merece el mejor de los tratos, no peor que el que le daría a un novio, a un amigo o a un abuelo que llora. Un amigo o un novio pueden hablar, contarme lo que les pasa y moverse. Un bebé acaba de llegar al mundo extra-uterino y no sabe verbalizar sus sensaciones ni controla sus movimientos. Intento tratarle como a mi me gustaría que me trataran si me encontrara mal. Creo que a este mundo le falta mucha empatía, hoy en día confundida desgraciadamente con ñonería. Ojalá algún día pueda contestar algo coherente cuando alguien me habla sobre este tema.

*Necesidad no satisfecha o un malestar causado por un problema de salud que habría que descartar en primer lugar.

**Un truco para las tomas “nerviosas” fue el de darle de mamar medio adormilado, es decir, primero intentar calmarle y después darle la teta en la cama. Tiempo después, cuando empezamos a ponerle en el w.c./palangana a hacer sus necesidades, descubrí que lo que le ocurría (agitarse, ponerse nervioso y coger y soltar el pezón sin parar) eran señales de que iba a hacer caca. Seguramente le resultaban extrañas sus sensaciones corporales y eso le incomodaba. Si lo hubiese sabido antes, le hubiese puesto en la postura de hacer caca y se habría calmado bastante. Ahora, con nueve meses, seguimos igual, sólo que ya no hace cacas líquidas en cada toma, sino que hace una o dos veces sólidas. Su señal sigue siendo la misma: coger y soltar el pezón, o soltar el pezón de una determinada forma. Cuando lo hace, se que tengo algo de tiempo para ir a la taza del w.c. a ponerle.

***Momentos de angustia o ansiedad frente al llanto de nuestros hijos creo que los hemos vivido todos. Quizás es el momento, si nos vemos sobrepasados por la situación, de pedir ayuda a nuestro círculo de familiares y amigos, ayuda real para poder descansar. Es triste pero la vida moderna en las urbes, donde el aislamiento del individuo y la separación física de nuestros seres queridos es la norma, no ayuda mucho a tejer esa red de apoyo mutuo en la crianza que muchos deseamos.