Fragmento de “Violencia deliberada: las raíces de la violencia patriarcal” de Maria Dolors Molas Font

En este libro, editado por el Centre Dona i literatura de la Universitat de Barcelona, podemos leer un  interesante análisis de la cuestión de Maria Dolors Molas Font, aunque con interpretaciones erróneas sobre la división sexual del trabajo y las tareas de cuidado, en mi humilde opinión, que en cuanto pueda comentaré.

Pg 231 (la negrita es mía):

“Cuando se habla de violencia de género, solo se toma en consideración el ejercicio de la violencia por parte de los hombres. Creyendo que de este modo favorecemos a las mujeres, lo que hacemos es perpetuar su papel como cuidadoras de la sociedad y de sus miembros. De lo que se trata es de evidenciar los problemas que genera la división sexual del trabajo sobre las actividades no solo de provisión y protección ejercidas por los hombres, sino también del cuidado que ejercen las mujeres. Todo indica que el maltrato entre todos los miembros de la familia no solo es posible, sino que también es probable. Sin embargo, en una sociedad sexista en que las prácticas sociales conducen a la muerte civil de las mujeres dado que no cuentan, nos guardamos mucho de decir que las mujeres pueden ser dañinas en sus relaciones. Evidentemente, podemos interpretar esa resistencia a considerar que las mujeres pueden maltratar como expresión de gratitud por los cuidados recibidos, o como miedo retrospectivo al poder de las mujeres en su calidad de cuidadoras. Pero nuevamente hay un elemento latente. 

¿Qué pasaría con la división sexual del trabajo si admitiéramos que gran parte del maltrato en las relaciones interpersonales va de la mujer a las personas objeto de sus cuidados: las criaturas, los viejos y los enfermos? Resistirnos a contemplar la posibilidad de que las mujeres, además de cuidar, pueden causar sufrimiento es un modo de no poner en cuestión la división sexual del trabajo, ni la pretensión de que la mejor solución para la atención de las personas dependientes sea desplazando a la mujer, como ama de casa, este tipo de responsabilidades. Si denunciáramos los maltratos, mostrando que las mujeres no solo somos el objeto de la violencia de género, sino que también somos el sujeto de la misma, si advirtiéramos que no se puede esperar amor y dedicación incondicional de ningún ser humano, tampoco de las mujeres, sería una exigencia social sacar de la esfera privada las tareas de cuidado. 

Si las cosas no cambian, podemos anticipar que la forma de maltrato más frecuente y silenciada sea el maltrato a los viejos, fundamentalmente viejas, a su cargo, frecuentemente ejercido por las mujeres. ¿Cómo podemos esperar que se comporte quien es rechazada social y económicamente por dedicar su vida al cuidado de los demás, girando su frustración contra los más débiles? Las relaciones de género propician el maltrato de los viejos y de los niños, ya que se encuentran en una relación de dependencia a vida o muerte, dado que están en una situación de fragilidad emocional y física, y que por las circunstancias en que tiene lugar se produce en condiciones de impunidad. Esa es la otra cara de la violencia de género, la de las mujeres. 

El sexismo origina la muerte social de las mujeres, pero también genera sufrimientos colaterales a la población en su conjunto. Por tanto, no se trata de un problema sectorial, que afecte a las mujeres, sino que afecta a las bases mismas de la sociedad. Pero todas estas cuestiones no soportan soluciones únicas. Tampoco se puede abordar la discusión con un planteamiento individualista de la democracia, donde las decisiones se toman supuestamente sumando los votos individuales, de un modo similar a como se toman también supuestamente las decisiones sobre la asignación de los recursos, en función de la demanda. En primer lugar, donde hay relaciones de poder, control de los medios de comunicación, acceso restringido a los recursos que permiten hacer públicas las distintas opciones políticas, gobierno autoritario de la economía por parte de los grandes poderes transnacionales, es ingenuo pensar que las decisiones sean el resultado de la suma de opiniones equivalentes las unas a las otras. En segundo lugar, el pluralismo en las opciones ha de tener necesariamente un límite, no es verdad que cualquier opción sea igualmente válida, ni que sea posible construir un sentimiento de comunidad social suficientemente consistente como para afrontar con generosidad los problemas del cuidado si carecemos de una identidad compartida que nos proporcione ese sentimiento de pertenencia social”.  

Relacionado:

– Fragmento de “Madre, virgen, puta” de Estella V. Welldon: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2015/03/fragmento-de-madre-virgen-puta-de.html

– La agresividad intragrupo en “El Vacío de la Maternidad” de Victoria Sau: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2015/03/la-agresividad-intragrupo-en-el-vacio.html