Comadronas y autorización marital

He encontrado en el libro “Criadas, Nodrizas y Amos” de la historiadora Carmen Sarasúa otro ejemplo de una institución estatal fomentando el machismo y la sumisión al hombre en 1796, obligando al marido a “autorizar” a su mujer para estudiar y ejercer su profesión, infantilizándola: 

pg 169: “Las dificultades para que las mujeres continuaran ejerciendo esta actividad crecen con su progresivo control por parte de los Colegios de Médicos, que desde finales del siglo XVIII exigen a las que desean acceder a ella la autorización de sus maridos. “Don Agustín Ginesta, Catedrático de Partos del Real Colegio de Cirujía de San Carlos, dará principio a la enseñanza de las matronas”, a la que “no se admitirá a muger alguna que no sea casada o viuda (..) con la licencia de su marido si fuere casada y no lo tuviere ausente”. Diario, 1 de enero de 1796.”

Es importante resaltar que si a partir de esta fecha es obligatoria la autorización conyugal para ejercer de matrona es porque anteriormente no hacía falta y las comadronas atendían partos de forma autónoma sin necesidad de que su marido les diese permiso para estudiar y trabajar. También se vuelve obligatorio que la comadrona sea casada, por lo que se entiende que antes de esta intervención de la autoridad podían ejercer sin importar su estado civil. 

En realidad el asunto de los permisos habría que matizarlo porque es cierto que en otras épocas diferentes monarcas habían intentado instaurar licencias y exámenes (Cortes de Zamora en 1434, Ordenanzas de Madrigal de 1448 o los Reyes Católicos en 1498), pero la realidad es que esos intentos de controlar a las parteras fracasaron estrepitosamente y las madres casi siempre recurrían a las mujeres expertas y cercanas que les inspiraban más confianza, independientemente de si tenían o no licencia legal para ejercer.  Hasta el punto de que en 1576 Felipe II abolió la legislación previa instaurada por los Reyes Católicos referente a los exámenes de matrona. Hubo un “vacío legal” hasta 1750, año en el que Fernando VII promulgó una ley que regulaba el ejercicio de la profesión de nuevo, exigiendo un exámen para trabajar de comadrona, pero no consta que se pidiera autorización del marido todavía. Esto ocurriría unos cincuenta años después, como hemos visto. Las aspirantes a sacarse el permiso oficial tenían que estudiar “la cartilla del arte de partear” de Antonio Medina, el médico de la familia real y examinador del Real Tribunal del protomedicato.

Sin entrar a juzgar si la formación de las comadronas era mejor o peor que la que tenían antes de la institucionalización de la misma, es destacable la pérdida de independencia por parte de este sector de mujeres trabajadoras, que en ningún caso se parecía al estereotipo del ama de casa o el ángel del hogar de mediados del siglo XX. La autoridad marital tampoco fue una demanda de los hombres del pueblo para dominar a sus compañeras sino una imposición legal de los hombres de estado, es decir, del poder. No en vano el Real Colegio de Cirujía de San Carlos fue fundado en 1780 por el propio Carlos III. Falta por conocer e investigar cuál fue la resistencia de las clases populares a estos ataques, si es que hubo alguna o simplemente se conformaron con la nueva situación.

Edificio de Francesco Sabatini que compartieron desde 1781 el Hospital General y el Colegio de Cirugía, actualmente ocupado por el Centro de Arte Reina Sofía.

María Dolores Ruiz-Berdún en “La tradición obstétrica familiar en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid: Concepción de Navas, la hija de Juan de Navas”:

“El 19 de abril de 1790 se inauguró la Cátedra de Partos en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid (Burke, 1977). Según se recogía en la Ordenanzas del Colegio de 1787, dentro de las funciones del catedrático se encontraba el formar a todas aquellas mujeres que quisieran aprender el «arte de partear». A esta enseñanza, que debía hacerse en una de las salas del Colegio «a puertas cerradas», sólo podían concurrir aquellas mujeres que fuesen casadas, circunstancia que debía ser acreditada con un certificado de matrimonio. También debían adjuntar una autorización del marido para poder asistir a instruirse como futuras matronas. El Catedrático de partos en 1790 era Agustín Ginesta, que había ganado la plaza tras quedar vacante por la muerte de Jaime Respau el 31 de julio de 1788 (Aparicio, 1956).
La enseñanza de las matronas en los Colegios de Cirugía, supuso a la larga la pérdida de su autonomía profesional debido al proceso de relegamiento científico y de sumisión a las que fueron sometidas (Ortiz, 1996).”

Y Cira Crespo en su libro Maternalias afirma:

“¿Qué tiene que ver estocon nosotras? Pues que a la vez que se construía el Estado Moderno, se empezó a ordenar el conocimiento. Se constituyeron las universidades como los únicos lugares donde se enseñaría el saber oficial. En otras palabras, se separó el conocimiento oficial del no reglado, que acabaría considerándose inferior. El conocimiento de las parteras y las mujeres que atendían el parto empezó a cuestionarse muy seriamente. Por un lado, porque no era un conocimiento oficial. ¿Quién acreditaba que aquellas mujeres no eran brujas? Y aún más importante: ¿Cómo nos podíamos fiar de la palabra de una mujer cuando había que decidir quién era el heredero?
Toda Europa, tarde o temprano, sufrió la ola racionalizadora y burocratizadora. Para poder ejercer como comadrona, había que superar un exámen en una universidad ante un tribunal masculino. Para poder certificar un nacimiento, se debía tener el visto bueno de un hombre. En resumen, todo aquello que venía de la mano de una autoridad femenina era puesto en duda: lo femenino era cuestionado. Sus conocimientos eran no reglados, no oficiales y, en consecuencia, desestimados, en el mejor de los casos. En el peor, eran llevadas ante el tribunal de la Inquisición bajo la acusación de brujería.
De manera desigual se fue extendiendo la mala imagen de las comadronas y mujeres sanadoras en general. En una horquilla que va desde el siglo XV hasta aproximadamente el siglo XVII, en toda Europa occidental se acabó con el poder de las mujeres en este ámbito, casi el único donde podían ejercer su conocimiento. Los efectos colaterales los sintieron todas las mujeres….(…)”

 Para profundizar y reflexionar sobre estas cuestiones: 

– Feminicidio o autoconstrucción de la mujer de Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora. 
Maternalias, de Cira Crespo.
Fechas claves para la historia de las matronas 
Sanadoras, Matronas y Médicas en Europa: Siglos XII-XX, de Montserrat Cabré i Pairet y Teresa Ortiz.
La formación de matrona a lo largo de la historia. Asociación Navarra de Matronas.