Mapas de un tesoro que se “perdió”…

Viaje-al-Ciclo-Menstrual

Hace un par de años leí el libro de Anna Salvia Ribera titulado “Viaje al ciclo menstrual” (2012). Me aportó bastante conocimiento valioso sobre el ciclo menstrual, alguna ya la conocía por otros libros y otra no, pero hubo una cosa que me llamó la atención. Da a entender, desde su primera página incluso, que las mujeres conocían la información que aporta del ciclo menstrual desde la época de las brujas quemadas por la Inquisición: “un tesoro que siempre ha estado aquí pero cuyo mapa se perdió hace muchos años, siglos, tal vez cuando las mujeres fueron quemadas por saber utilizarlo”. Esto yo creo que es falso. Para empezar, la información que aporta sobre el ciclo menstrual es muy reciente. Las brujas y curanderas no sabían de “hormonas sexuales” o métodos de fertilidad no farmacológicos que fueron estudiados en épocas muy recientes por, principalmente, hombres ginecólogos e incluso curas.

  • Método del ritmo o del calendario Ogino/Knaus desarrollado por dos ginecólogos entre 1924 y 1928.
  • Método Billings o del moco cervical, basado en las investigaciones de un médico católico del mismo nombre (nada que ver con brujas e inquisidores, como vemos…) en 1953.
  • Método de la Temperatura se basa en el descubrimiento del médico holandés Van der Velde de la existencia de dos etapas térmicas en el ciclo menstrual femenino en 1926. En 1935 el sacerdote alemán W. Hillebrandt usa ese conocimiento previo para señalar los días infértiles de la mujer. Después, en 1954, el ginecólogo alemán Gerhard Döring publica un manual que explica el método.
  • El Método Sintotérmico, que combina el de la temperatura y el Billings, fue dado a conocer por primera vez en 1965 por el médico austriaco Josef Rötzer.

Como vemos, todo lo contrario de curanderas y mujeres brujas. ¿Por qué se invisibiliza este pequeño detalle y se niega el crédito a quién lo merece? Las parteras y curanderas tenían otros conocimientos de los que no habla precisamente este libro: principios activos de plantas y hierbas, emenagogos y métodos anticonceptivos y abortivos. Pero, precisamente, la información que divulga el libro de Anna Salvia e incluso las hojas del diario del ciclo para rellenar con la temperatura y el moco cervical se basan claramente en el método sintotérmico y en investigaciones desarrolladas por ginecólogos y médicos, varios de ellos relacionados con la Iglesia Católica.

La verdad es la que es, aunque la disfracemos de conocimiento arcano perdido de las brujas. No pasa nada, yo soy atea y apóstata (aunque me fue denegada mi apostasía…) y me parece un conocimiento genial para toda mujer. Al César lo que es del César. Lo que es positivo y verdadero es positivo y verdadero, venga de donde venga. No entiendo realmente estas tergiversaciones históricas ni a quién beneficia ocultar el origen de la información. ¡Pero es que en la bibliografía tampoco hay ni un solo reconocimiento a los investigadores de estos métodos!

Afirma también la autora, “la mayoría de las mujeres occidentales en edad fértil tenemos nuestro Ciclo pero no lo conocemos ni lo sabemos manejar”. Pero, ¿es que acaso hay alguna cultura que rellene cuadernos o diarios menstruales o conozca y maneje todas las fases del ciclo menstrual? A mí me gustaría que alguien nombrara alguna, yo no las conozco pero puede que existan esas culturas. Pareciera que las “mujeres occidentales” somos una especie de rara avis, que ha perdido un conocimiento que, en realidad, se descubrió a comienzos del siglo XX. Como he dicho, antes había otros conocimientos importantes sobre hierbas o anticonceptivos naturales que casi se han perdido por completo, desgraciadamente.

Webs consultadas:

La menstruación biocultural

 La menstruación es un fenómeno fisiológico biocultural, es decir, se ve afectado tanto por nuestras hormonas como por el ambiente, y estos dos aspectos interactúan a su vez entre sí. La cultura influye en la menstruación de diversas maneras y de ningún modo podemos pensar que el patrón de menstruación occidental actual es universal en todo tiempo y lugar. La primero que marca la diferencia es el número de hijos a lo largo de la vida, el número de años que se amamanta y el tiempo que se está en amenorrea/anovulación de la lactancia.

Traducción: Ratios de incidencia de cáncer de pecho y ovario en las regiones del mundo seleccionadas (ratio por 100.000; edad estandarizada)

Una de las manifestaciones de estas diferencias son los niveles de incidencia de cáncer de mama y ovario en las diferentes partes del mundo. Las mujeres occidentales tienen unos 450 ciclos menstruales a lo largo de su vida y, en cada ciclo, con cada aumento en la progesterona y el estrógeno, hay divisiones de células en los ovarios, pecho y útero como preparación para un posible embarazo que casi nunca llega a ocurrir. Y cada vez que una célula se divide, aumentan las probabilidades de que se produzca una mutación cancerígena.

Aquí podéis ver las fluctuaciones hormonales del ciclo menstrual comparadas con las del embarazo y la lactancia (que son diferentes entre sí y se ve claramente que la etapa de lactancia materna no es precisamente estar en un estado de “fase ovulatoria” constante, como leí una vez en una conocida web de pedagogía menstrual).

Traducción: “Una representación esquemática de la exposición de progesterona en 9 meses de ciclos menstruales, embarazo y lactancia. La exposición a los estrógenos mostraría unos valores relativos similares. Tomado de aquí.

“Cuerpos antiguos, vidas modernas”

Una de las mujeres que más ha investigado las diferencias menstruales entre las mujeres del mundo ha sido Virginia J. Vitzthum, profesora de Antropología en la Universidad de Indiana e investigadora del Instituto Kingsey. Supe de su existencia en el libro de Wenda Trevathan publicado en 2010 “Ancient bodies, modern lives” (Cuerpos antiguos, vidas modernas) donde en su pg. 43-49 habla de este tema y en el que aparecen los gráficos que podéis ver en este post:

Niveles de progesterona en ciclos de concepción y no concepción en dos poblaciones (Chicago y Bolivia). Copiado de aquí.

Virginia Vitzthum comparó los niveles de progesterona de mujeres embarazadas y no embarazadas en Bolivia y en Chicago. Los niveles eran muchísimo más altos para las mujeres de EEUU pero, además, los niveles de las mujeres del altiplano boliviano eran tan bajos que se hubieran interpretado como de mujeres estériles si hubieran visitado cualquier clínica de fertilidad occidental. Sin embargo, lejos de ser estériles, estas mujeres tenían una media de 4 embarazos y amamantaban uno o dos años. A su vez, la media de duración de sus reglas era de 3,7 días, mientras la duración media aproximada de las mujeres en Europa y EEUU se aproxima a 6 días, en el rango más alto de las poblaciones estudiadas.

La explicación que se aporta en el libro a estos fenómenos es que su dieta y actividad física marcaban la diferencia. La alimentación muy calórica se correlaciona con altos niveles de hormonas. Esto ocurre también en las hembras de grandes simios: cuando la comida es abundante y hay que moverse poco para encontrarla suben los niveles hormonales y hay más embarazos.

Vitzthum plantea que los ovarios responden a las fluctuaciones dependiendo del ambiente ecológico y sus circunstancias. Si los recursos están muy limitados, la progesterona se mantendrá baja y su sistema reproductivo se adaptará a esos niveles bajos, incluso aunque le tome un poco más de tiempo quedarse embarazada. Todo son hipótesis pero, afirma Trevathan, el modelo de respuesta flexible de Virginia Vitzthum podría explicar por qué las mujeres de las sociedades “ricas” experimentan ciclos ováricos interrumpidos o alterados con estrés nutricional a corto plazo mientras que las mujeres de las economías “pobres” experimentan más estrés nutricional a largo plazo y trabajan muy duro a nivel físico pero, sin embargo, no muestran estas interrupciones.

Y aquí viene otro ejemplo alucinante de las vinculaciones estrechas entre biología y cultura. ¡Ojo! Los antropólogos Mhairi Gibson y Ruth Mace estudiaron una población en Etiopía y se dieron cuenta de que los ratios de nacimientos habían aumentado desde la construcción de un nuevo suministro de agua. Antes, las mujeres tenían que caminar kilómetros llevando para transportarla. Después de que se instalara el suministro, su gasto energético disminuyó y comenzaron a tener intervalos más cortos entre nacimientos. Se dice en el libro que esto se ha comprobado en estudios similares en otras poblaciones después de la introducción de la electricidad y el transporte motorizado.

Pero lo más interesante viene ahora: los niveles hormonales que tenemos cada mujer en la vida adulta se gestan durante nuestro desarrollo y reflejan la cantidad de recursos disponibles en el ambiente mientras crecemos. El contexto, la sociedad en la que vivimos, la cultura y el ambiente ecológico dan pistas a nuestro cuerpo para saber lo que le espera, cómo serán las condiciones de vida y cómo debemos adaptar nuestros niveles hormonales a ese ambiente. El cuerpo de una niña que crece en una ciudad occidental del siglo XXI espera que su ambiente sea estable. En este capítulo se aporta el ejemplo de lo que ocurrió durante la hambruna que se produjo en los Países Bajos durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. Las mujeres tenían mayores ratios de infertilidad y aborto espontáneo comparados con los ratios de la misma población antes y después de la hambruna. Yo sin embargo pienso que esto se podría deber también al estrés psicológico del ambiente más que al hambre.

Las poblaciones migrantes también aportan ejemplos de estas relaciones bioculturales en el sistema reproductivo de las mujeres. En un estudio de las antropólogas Alejandra Nuñez de la Mora y Gillian Bentley se comprobó que las emigrantes de Bangladesh que se iban a Reino Unido cuando eran niñas tenían niveles más altos de progesterona y menarquías más tempranas que las que emigraban en la adolescencia o después, o las que se quedaban en Bangladesh.

La fertilidad es un continuum

Todo esto lleva a algunas conclusiones interesantes y es que, según nos cuenta Trevathan, estas adaptaciones al ambiente son sanas, no son parte de ningún desorden o patología (aunque yo añadiría que lo que está enfermo es el sistema en el que vivimos, que crea las llamadas “enfermedades de la civilización”…). Nuestros niveles hormonales no son inmutables y universales en todas las culturas y momentos históricos. Como dice el profesor Peter Ellison, la manera en que funcionan nuestros ovarios es un continuum gradual, no hay niveles “normales” y otros que sean demasiado altos o bajos. Este continuum refleja las circunstancias ecológicas. Hay muchos estados intermedios entre los ciclos totalmente fértiles y la amenorrea completa como son las “insuficiencias” de las fases foliculares y lúteas o los ciclos irregulares. Según la autora, estos estados pueden requerir en algunos casos intervenciones médicas pero en otros ser completamente normales. Esto me recuerda a lo que leí en el libro “Breastfeeding. Biocultural Perspectives”. En uno de sus capítulos se explicaba de esa forma la evolución de la amenorrea de la lactancia materna hacia la vuelta a la fertilidad en los meses o años siguientes al parto. Ese continuum también es válido para explicar la llegada de la fertilidad en las adolescentes. Al principio, después de la llegada de la primera regla, muchos de nuestros ciclos son infértiles y no es hasta varios años después cuando la mayor parte de ellos son fértiles.

El libro “Cuerpos antiguos, vidas modernas” guarda alguna sorpresa más en referencia a este tema. Según Gillian Bentley, dado que las mujeres estamos adaptadas a los niveles específicos de hormonas esteroides a las que estuvimos expuestas durante nuestro desarrollo fetal, las mujeres adaptadas a niveles bajos hormonales tienen más dificultad al metabolizar las hormonas de los anticonceptivos que están diseñadas para las mujeres de los países “ricos”, que tienen niveles endógenos altos. Esta sería, según mi interpretación, una muestra más de etnocentrismo médico, con muchas derivas y consecuencias a nivel biopolítico y sanitario (aumentarían los riesgos en la  salud de las mujeres de los países no occidentales al estar “sobrehormonadas”). Sin embargo, no puedo evitar recordar que muchas de las investigaciones de los anticonceptivos hormonales, empezando por la píldora, fueron probadas con mujeres de países menos industrializados usadas como conejillos de indias.

 Aún hay más. Los altos niveles hormonales no solamente están altos en las mujeres occidentales debido a la dieta y la baja actividad física. Los niveles altos de testosterona en los hombres jóvenes van en paralelo a los altos niveles de cáncer de prostata que podemos ver en los países industrializados. Otra hipótesis a añadir a la nutricional y a la del gasto energético es la de que los niveles altos en los hombres podrían deberse también a la exposición durante el embarazo a los niveles altos de hormonas maternas. Interesante conexión hormonal materno-infantil, ¿verdad?

Me despido recordando que no hay investigación científica neutra e inocente, es muy posible que todos los estudios, financiados por grandes universidades y empresas, vayan siempre enfocados a crear y vendernos nuevos productos médicos anticonceptivos, dado que es una de las formas más fáciles de encontrar una rentabilidad capitalista al conocimiento. Pero no solo se trata de dinero, el conocimiento es poder y el poder es control. La biopolítica actual promovida por los estados y el gran capital (aunque no olvidemos que también por la propia lógica interna militar de toda la organización social) camina hacia el control total sobre la vida en el planeta: plantas, semillas transgénicas, animales, comercio de úteros, fetos, embriones, niños, reproducción artificial, partos violentos e intervenidos, chips que controlan dónde estás en todo momento, cámaras que todo lo ven, voto electrónico, ocio evasivo como distracción, ideologías supuestamente subversivas y transgresoras, zoológicos y granjas humanas… Todo está conectado a través de redes de dominación elitistas en las que nos dejamos atrapar por una extraña mezcla de pereza, comodidad y miedo, haciéndonos coparticipes del sistema en el que vivimos. Recordar esto es importante si no queremos autoengañarnos y caer en simplistas conspiraciones que nos eximan de toda responsabilidad. Seguiremos investigando…

Para profundizar:
Evolutionary Models of Women’s Reproductive Functioning (2008), por Virginia J. Vitzthum
– Sobre disruptores endocrinos, para completar la información de este libro y de los que apenas habla, se puede leer este informe (pg. 22): http://www.unep.org/pdf/EDCs_Summary_for_DMs%20_Jan24.pdf

Relacionado:

– Decisiones informadas: Los riesgos de no ser una madre joven (y no amamantar). http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/decisiones-informadas-los-riesgos-de-no.html

– Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/06/lactancia-y-menstruacion-en-perspectiva.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Colonialismo y lactancia: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/colonialismo-y-lactancia.html

– Margaret Sanger, la lactancia materna y la ciudad: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/margaret-sanger-lactancia-materna-y.html

– Traducción del artículo de la antropóloga Beverly Strassman “La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens”. http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-biologia-de-la-menstruacion-en-el_20.html

– La mística de la menstruación: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/08/la-mistica-de-la-menstruacion.html

– La menstruación como ahorro energético: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/09/la-menstruacion-como-ahorro-energetico.html

– Ovular o no ovular, menstruar o no menstruar, esas son las cuestiones: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/ovular-o-no-ovular-menstruar-o-no.html

– ¿Menstruar mola? ¿Menstruar es un atraso? Una respuesta corta posible: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/menstruar-mola-menstruar-es-un-atraso.html

– Mujer, paradojas y contradicciones en el mundo actual: Valerie Beral versus Jørgen Randers versus John Bongaarts. http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/07/mujer-paradojas-y-contradicciones-en-el.html

– Nun’s plight (la difícil situación de las monjas): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/nuns-plight-la-dificil-situacion-de-las.html

– Feminismo y cáncer de mama: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/feminismo-y-cancer-de-mama-i.html

– La industria farmaceútica nos salvará de nuevo:
http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/09/la-industria-farmaceutica-nos-salvara.html

Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung, una reseña

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Este es un libro de antropología curioso. Marjorie Shostak, su autora, en realidad no era antropóloga cuando viajó a la tierra de los Kung en el desierto de Namibia junto a su marido y otros antropólogos a realizar trabajo de campo. Shostak era filóloga, sin embargo, es uno de los mejores libros de antropología que he leído, porque llegas a conocer la forma de pensar y la cosmovisión de una mujer Kung concreta de una forma bastante profunda. Me ha recordado en ocasiones a “El Concepto del Continuum” de Jean Liedloff, aunque el enfoque sea totalmente diferente, aunque “Nisa” me ha gustado muchísimo más, porque da voz a las personas de las que está hablando. Es muy humano y nada mitificador; ves lo positivo y negativo de la cultura, lo que se podría aprender de ella y, sobre todo, unos cuantos sentimientos universales del ser humano.

El libro se estructura en 15 capítulos en los que en una primera parte Shostak nos cuenta la “teoría” y después viene la parte de narración de Nisa, la protagonista del libro, que fue entrevistada y grabada por la autora. No en vano, como buena filóloga, estuvo durante largos meses aprendiendo el idioma y sumergiéndose en la cultura antes de comenzar ninguna de las entrevistas

¿Con qué me quedo del libro? Con las partes en las que se habla de:

El embarazo. Me ha llamado mucho la atención que se hablara del embarazo como de un estado psicológico alterado en algunos momentos, como cuando en nuestra cultura hablamos del estado premenstrual: “estaba enfadada y lloraba un montón. Mi corazón estaba lleno de rabia y sentía dolor, pero no entendía por qué. Cuano comía carne, vomitaba, y cada vez que comía bayas dulces, devolvía. (…) Pregunté a la gente mayor, “¿Por qué devuelvo cuando como carne?” Eso era cuando mi tripa todavía era pequeña. Dijeron, “Tus pezones son oscuros, debes de estar embarazada””.

Dice Marjorie Shostak que no se considera que las embarazadas necesiten especial protección o que deban parar de hacer sus actividades normales. Sin embargo, muchas mujeres Kung experimentan cambios de humor durante los embarazos y se considera normal. Una suegra comenta en el libro: “La última semana mi yerna se enfadó tanto que corrió lejos del poblado y durmió en los arbustos. A la siguiente mañana todo el mundo fue a buscarla, y cuando la encontraron, estaba sola. No se había hecho ni siquiera un fuego. Había estado enfadada y triste, y había acusado a su marido de tener una aventura con otra mujer. Pero no era verdad. Era el bebé dentro enfadándola”.

Al leer esto recordé mi primer mes de embarazo, cuando ni siquiera sabía que estaba embarazada, y el bajón que sentí en algunos momentos y que asocié a que me iba a venir la regla de forma inminente. Al final resultó ser un embarazo y no síndrome premenstrual…

El parto. Me ha fascinado el estoicismo con el que afrontan los dolores del parto. Sí, he dicho dolor (no sé qué opinará Casilda Rodrigañez). Lo sienten, lo admiten, lo conocen, pero piensan que hay que ser valiente y no mostrarse temerosas, porque si tienes miedo, el parto irá peor. Así que se van fuera del poblado, se sientan bajo un árbol sin moverse y sin gritar, y paren. Eso sí, las primíparas sí paren acompañadas de su madre o alguna tía.

Lo del silencio me parece curioso porque quizás los extranjeros que viajan a otras culturas y observan ese tipo de parto podrían pensar que las mujeres “paren sin dolor” (por ejemplo, Bartolomé de las Casas, sin ir más lejos) cuando en realidad podrían estar teniendo dolor pero no expresarlo y trascenderlo con valor de guerreras (actitud que me recuerda un poco a algo que leí en el libro de la comadrona Verena Schmid, El Dolor del Parto). Marjorie Shostak, al no limitarse a observar desde fuera sino preguntar directamente a Nisa por sus partos, se entera de lo que verdaderamente ella sintió al parir a sus hijos.

Aborto e infanticidio. Bau, otra mujer Kung, le contó a Marjorie que “en el pasado una mujer con un embarazo no deseado bebería una medicina de hierbas que haría que su menstruación volviera, que “arruinaba sus entrañas””. También le dijo que las mujeres de la generación de su abuela habían practicado de forma ocasional el infanticidio, pero que ya no se hacía ya que estaba prohibido por la ley estatal.

También sobre este tema: “Los Kung dicen saber algunas formas de “arruinar” o terminar un embarazo. Se dice que una mujer está declarando su deseo de abortar si cocina comida en el fuego de otra persona o si tiene sexo con otro hombre diferente del que espera un bebé. Otras alternativas son agentes físicos como montar a caballo o en burro y algunos químicos hechos con plantas. No está claro como de extendido está el uso de plantas medicinales o su eficacia. En cualquier caso, una mujer recurrirá a ellos solamente si piensa que las condiciones para la supervivencia del niño no nacido son peores (inciertas, en el mejor de los casos) de lo normal”.

Menstruación. No existen ni utilizan compresas, la sangre cae por las piernas o usan hojas, pieles o, más recientemente, alguna tela o trapo. No hay tabú sexual de la menstruación, las mujeres no son segregadas de la vida cuando tienen la regla y continúan teniendo sexo. Eso sí, menstrúan pocos meses porque normalmente o están embarazadas o en amenorrea de la lactancia. Como experimentan unas pocas menstruaciones entre embarazos, reflexiona Shostak, no se le da ninguna importancia a la regla. A pesar de que la asocian en ocasiones a algún tipo de disconformidad (calambres, sensibilidad en los pechos, dolor de cabeza o de lumbares) no se piensa que afecte a la mujer a nivel psicológico, curiosamente al contrario que en el embarazo donde sí son conscientes de sus fluctuaciones anímicas. Sería una prueba más de que lo normal en su cultura es el embarazo y la lactancia y en la nuestra menstruar de forma indefinida.

Sí creen en la sincronía menstrual (a pesar de que hoy en día se sabe que no ocurre) y llaman a sus reglas “lunas”. Algunas dejan de hacer visitas a otras personas cuando están con la menstruación y otras siguen con su vida como si nada. Una mujer en el libro explica: “Cuando quiero ir de visita, voy de noche. Así, nadie pude ver si hay sangre en mis piernas”. Al final de la menstruación, se bañan.

Por cierto, en otro libro que me estoy leyendo de Wenda Trevathan, “Cómo la evolución a dado forma al cuerpo de la mujer”, se explica cómo en otras culturas preindustriales o preagrícolas las mujeres tienen niveles hormonales mucho más bajos que nosotras, tanto en el ciclo menstrual como en el embarazo. Además, sus reglas son la mitad de cortas que las nuestras.

Los niños. Dice Marjorie Shostak: “La mayor parte de los Kung aman a los niños, y lo ideal es tener muchos. Pero las mujeres Kung conocen muy bien los costes físicos del embarazo, así como el trabajo y la responsabilidad que tener muchos hijos conlleva. Una mujer, embarazada demasiado pronto de su cuarto hijo, expresó su infelicidad de este modo: “Tener demasiados niños te hace flaca porque son muy pesados de llevar (portear). Los niños son valorados por su abilidad para hacer la vida más agradable. Un hombre Kung, cuya mujer había llegado a la menopausia sin tener hijos, dijo “Tengo tantas ganas de tener niños. Cuando vas de caza y vuelves, corren y se sientan a tu lado. Dicen, “Papá, ¡dame algo de carne!” Solamente el hecho de tenerlos al lado te hace feliz”.

Lactancia. Los Kung tienen tabú del calostro, es decir, no amamantan los tres primeros días. O bien el niño se queda sin comer o bien otras madres le amamantan hasta la subida de la leche. Comienzan la alimentación complementaria sobre los 6 meses (o premasticada o machacada) pero la lactancia continúa varias veces cada hora durante los primeros años del bebé.

Lo del tabú del calostro es uno de los grandes enigmas para mí del ser humano. ¿En qué momento surgiría en la cultura Kung y otras tantas? Además de los innumerables beneficios para el niño, dar el pecho nada más nacer ayuda a que el útero se contraiga y previene hemorragias. Si es algo tan positivo, ¿por qué evitan “la leche mala”? Además, no puede ser para separar o hacer menos apegada la relación madre-bebé, ya que durante los primeros 3-4 años esa relación entre los Kung es muy estrecha a todos los niveles. Un misterio por resolver…

Las rabietas durante el destete. Buena noticia para los que sienten “culpabilidad occidental” porque sus hijos las tengan. Los niños de la sociedad de cazadores-recolectores Kung también las tienen, sobre todo en el momento del destete cuando mamá se queda embarazada con otro bebé, eso sí,  después de 3-4 años de lactancia. Parece que, aunque des teta hasta esa edad, muchos niños no quieren parar y al menos entre los Kung se convierte en un verdadero drama. Es decir, las madres Kung no dan el pecho hasta que sus hijos quieran, sino hasta que llega otro hijo. Por ejemplo, el último bebé de una madre sí que se desteta él mismo varios años después que los demás. En el destete se ponen una sustancia amarga en los pezones y, muchas veces, los niños se van a vivir un tiempo con las abuelas.

Los amantes. Las mujeres y los hombres Kung se casan, normalmente varias veces durante su vida, y se separan a voluntad, lo que no impide que existan pasiones y verdaderos amores románticos a escondidas de las parejas “oficiales”. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo hace como que no lo sabe y se tolera siempre que no se haga obvio, es decir, que nadie pille a nadie. Si te cazan con un amante, eso sí, puede haber violencia, peleas y divorcios.

La sexualidad infantil. Lo mismo. Los bebés están los primeros años pegados a la teta de sus madres, porteados de aquí para allá. Después, cuando son más mayores se suelen ir con la pandilla de niños y adolescentes del poblado, que van totalmente a su rollo e incluso se montan una especie de poblado de niños paralelo en el que imitan la vida adulta. En esos poblados las niñas experimentan entre ellas el “juego sexual” de imitar a los adultos cuando tienen sexo, los niños también lo hacen entre ellos. Después, un tiempo más tarde, chicos y chicas juegan a tener sexo juntos. Como en el tema de los amantes, los adultos saben lo que hacen los niños (ellos mismos lo hicieron de pequeños) y, oficialmente, si lo hacen de forma muy obvia, les dicen que jueguen a otra cosa, pero si no les ven, no dicen nada. Es, por tanto, una sexualidad libre y creada por imitación del mundo externo, por autoinvestigación y coinvestigación con otros seres. No hay adoctrinamiento sexual, no hay enseñanzas regladas sobre el tema, no hay teorías…

Posesiones. La existencia de una mínima propiedad privada, ya que como se mueven mucho de un lugar a otro no pueden llevarse muchas cosas en los viajes. Además, lo que se tiene se comparte y se regala varias veces o se intercambia. Los valores de generosidad, reciprocidad e igualdad son muy importantes, incluso llegan a ser “obligatorios”. Las decisiones se toman por consensos y no hay jefes o líderes políticos, hay portavoces. Los grupos son autosuficientes.

– Los niños y los adolescentes de menos de 15 años y los adultos de más de 60 años contribuyen muy poco a la búsqueda de comida (al contrario que en muchas sociedades agrícolas o rurales). Y los adultos “trabajan” 2 o 3 días a la semana en la consecución de comida. El resto del tiempo se emplea en cocinar, trabajo del hogar, cuidado de niños o fabricación de herramientas. Hay mucho tiempo libre para actividades de ocio, cantar, componer música, tocar instrumentos, coser o tejer, narrar historias, jugar, visitar a otros o descansar. Existen conflictos pero se resuelven rápido y sin mayores incidentes.

Las mujeres contribuyen con el 60-80% de la comida consumida en dos días de trabajo a la semana. En el poblado emplean 4 horas diarias a mantener sus herramientas, recoger agua, leña, mantener el fuego, hacer cabañas, las camas, cocinando. Los hombres emplean 3 horas al diá en trabajo doméstico (cortan madera, recogen leña, preparan, cocinan y sirven la carne, y también cuidan a los niños, aunque dediquen algo menos de tiempo. Ellos cazan animales grandes y ellas recolectan plantas y cazan animales pequeños. Como no hay jerarquías sociales es una sociedad bastante igualitaria, si se compara con las sociedades agricultoras. Las mujeres son escuchadas y respetadas al mismo nivel que los hombres, pueden ser sanadoras como los hombres en los rituales de baile medicinal (una especie de danza con imposición de manos a los enfermos del poblado), pero dice Shostak que, aún así, se valoran un poco más las tareas masculinas, ya que la carne es cazada por los hombres y es muy valorada.

La violencia. Dice la autora: “Las mujeres son tan propensas que los hombres a entrar en peleas, a pesar de que ellas las inician mucho menos frecuentemente; una vez provocadas también son combatientes eficaces y decididas. La mayoría de las peleas entre los hombres y las mujeres son entre marido y mujer, con el marido siendo el agresor. Las peleas son generalmente espontáneas y apasionadas en su naturaleza y duran sólo unos pocos minutos. Los amigos y parientes, las únicas autoridades efectivas, son responsables de la separación física de los que luchan, así como de la prevención de nuevos enfrentamientos. La determinación de la culpabilidad no es una preocupación importante, y, excepto en los casos más extremos, no se impone castigo. La presión de grupo hace que sea muy claro, sin embargo, que la violencia no es una forma respetable de resolver los conflictos”.

En el libro se cuentan varios episodios violentos, siendo uno de los más crueles el del asesinato de la hija de Nisa por parte de su marido al intentar tener relaciones sexuales con ella poco después de su primera regla (sobre los16-17 años). Ella se resistió y él la pegó de tal forma que le rompió el cuello.

La violencia hombre-hombre también sucede, con flechas venenosas de por medio, pero no existen las guerras como tal.

Dice Marjorie Shostak que los padres y madres Kung no suelen pegar a sus hijos (o al menos que ella lo viera). Sin embargo, los adultos sí recuerdan en las entrevistas haber sido pegados con un palo o amenazados con ello cuando “se portaban mal”.

La muerte y el duelo. A pesar de que gozan de buena salud y no tienen las enfermedades propias de nuestra civilización moderna, el 50% de los niños mueren antes de llegar a los 15 años, normalmente por enfermedades infecciosas. Recuerdo que en el libro del que hablé en otro post sobre la familia campesina asturiana se daban cifras similares en el siglo XIX. Que la mortalidad sea tan alta no es óbice para que se sufra muchísimo con cada muerte de un hijo o familiar, lo que contradice otras cosas que he leído sobre el mundo preindustrial en otros libros (algo así que como se les morían tantos, no se vinculaban con ellos…).

Y podría hablar mucho más, por ejemplo, sobre su ritual medicinal y demás, pero prefiero reservármelo para otra entrega, ya que Marjorie Shostak volvió años después a visitar a Nisa y escribió otro libro en una onda completamente diferente a este. En definitiva, “Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung” es una obra muy recomendable e interesante para salir de tu propia cultura y entender otras realidades.

La menstruación como ahorro energético

Estas son las conclusiones del artículo de la antropóloga Beverly Strassmann titulado “La evolución de los ciclos endometriales y la menstruación” publicado en “The Quarterly Review of Biology” en junio de 1996. En su texto, Strassmann rebate las teorías de otra investigadora, Margie Prophet, que defendía que la menstruación tenía como objetivo defenderse contra los patógenos que transportaba el semen.

Siempre me había parecido que la menstruación era un gasto innecesario desde el punto de vista evolutivo y energético, teniendo en cuenta que menstruamos y ovulamos muchísimas veces en comparación con los poquitos hijos o ninguno que tenemos. Y es que somos fruto del tiempo que vivimos, y por eso creemos que tener la regla durante años es lo normal y nos cuesta pensar en un mundo pretérito en el que se menstruaba muchísimo menos que ahora.

Después de leer este artículo varias veces, y a pesar de no ser científica, creo que comienzo a entender lo que explica Strassmann. Durante la primera fase del ciclo menstrual hay “esperanza” biológica de que se produzca un embarazo. Sin embargo, después de la ovulación, si no hay posibilidad de fecundación, desde el punto de vista evolutivo es mejor desprenderse del endometrio y ahorrar el equivalente a seis días de alimentos en cuatro ciclos. No olvidemos que el endometrio, si hay gestación, servirá para alimentar al embrión con oxígeno y nutrientes de la madre, y se convertirá en la decidua que después dará origen a la placenta.

Cuando no hay fecundación expulsamos también una forma de nutrir que ya no tiene sentido almacenar por más tiempo. Pero, en las condiciones sociales actuales, en las que las mujeres tienen 1,3 hijos por mujer, es decir, un único hijo durante toda su vida, vienen a mi mente algunos interrogantes: ¿Acaso no ha perdido sentido evolutivo la creación y desprendimiento, mes tras mes, año tras año, de un nuevo endometrio para unos hijos que nunca llegarán? ¿Pueden servir las visiones místicas de la menstruación para suplir esa falta de sentido biológico desde lo cultural? ¿Qué ocurrirá con la menstruación dentro de miles de años? ¿Seguiremos menstruando? ¿Se atrofiará el sistema reproductivo al no utilizarse? ¿Seremos cada vez más dependientes de la industria de la reproducción artificial para tener hijos y de la industria farmaceútica para no tenerlos? ¿Optarán cada vez más mujeres de forma voluntaria por la mutilación física (histerectomías, mastectomías y extirpaciones de óvulos) o la castración química para evitar el cáncer? ¿Nos salvará de nuevo la medicina de nuestra propia biología?

El texto traducido de las conclusiones del artículo (las negritas son mías):

“Si no hay reproducción no es ventajoso mantener al endometrio en el estado que se necesita para la implantación de un blastocito. Tampoco es ventajoso durante épocas de amenorrea. Por eso, una explicación de la regla es que es un ahorro energético. Una parte del endometrio, si no hay embarazo, se reabsorve y otra parte se expulsa, ya que en el ser humano hay demasiada sangre y tejidos para que sean solamente reabsorvidos, como en otras especies. ¿Y por qué hay demasiada sangre y tejidos? Una explicación podría ser que las crías humanas y, por tanto, también nuestros úteros son muy grandes en proporción a nuestro cuerpo.

El ciclo endometrial está acoplado al ciclo ovárico. Cuando los niveles de hormonas esteroides ováricas caen, el endometrio revierte, lo que resulta en desechos celulares que deben ser derramados o reabsorbidos. Una ventaja de la regresión cíclica que previamente no se ha considerado es la reducción en el gasto de energía. Cuando un blastocisto no está disponible para la implantación, el endometrio secretor se convierte en una carga. Si se mantiene, requiere de apoyo metabólico continuo, pero si retrocede, este gasto extra de energía se puede ahorrar. En las mujeres, la regresión del endometrio permite una reducción de casi siete veces del consumo de oxígeno de endometrio (por mg de proteína / h). La ciclicidad endometrial está vinculada al conjunto de la tasa de ciclicidad inmetabolica del cuerpo causada por la acción de los esteroides ováricos. En las mujeres, la tasa metabólica es al menos un 7% inferior, en promedio, durante la fase folicular que durante la fase lútea, lo que se traduce en un ahorro estimado de energía de 53 MJ en más de cuatro ciclos. Esto es el equivalente a casi seis días el valor de los alimentos. Al ayudar a las mujeres a mantener la masa corporal, esta economía de la energía tiene repercusiones beneficiosas tanto para la fecundidad y la supervivencia.

El mantenimiento del endometrio en el estado metabólicamente activo requerido para la implantación sería particularmente desventajoso durante la temporada no reproductiva y otros episodios de amenorrea cuando la ovulación está ausente durante un período prolongado de tiempo. Doce meses de amenorrea ahorran un estimado de 130 MJ, lo que satisface las necesidades de energía de una mujer cerca de la mitad de un mes. La regresión del endometrio es similar (y tal vez homóloga) a la hipotrofia de los oviductos de reptil en la temporada no reproductiva y su origen puede ser anterior a los mamíferos. Las limitaciones ahorradoras de energía de la tasa metabólica se producen durante la lactancia, el embarazo, escasez de alimentos, y son comparables a los de toda la reducción en la tasa metabólica del cuerpo que se produce durante el ciclo menstrual.

La regresión del endometrio incluye necesariamente la microvasculatura endometrial. En la mayoría de las especies la sangre de la microvasculatura es totalmente reabsorbida, pero en los primates del Viejo Mundo y algunos otros mamíferos, la sangre y otros tejidos que no se reabsorben se eliminan con la menstruación. Las diferencias en el grado de sangrado menstrual se correlacionan con la filogenia más que con las diferencias visibles en la ecología o el comportamiento. El sangrado relativamente abundante se encuentra en los catarrinos y se asocia con la presencia de arteriolas espirales en el endometrio. El diseño de estas arteriolas probablemente se relaciona con su función principal, que es la de proporcionar el suministro de sangre a la placenta. El sangrado externo puede ser interpretado como un efecto secundario de la regresión del endometrio y está probablemente causado por la presencia de demasiada sangre y otros tejidos para la reabsorción eficiente. Esta hipótesis puede explicar el aumento de la pérdida de sangre con la paridad en las mujeres, ya que los embarazos anteriores aumentan la vascularización uterina. También predice con éxito que los catarrinos con menstruación abierta tengan mayores ratios de masa de la cría con respecto a la masa corporal. Por lo tanto, el sangrado inusualmente profuso en los seres humanos y los chimpancés puede ser debido al gran tamaño de sus úteros en relación con el tamaño del cuerpo de la hembra adulta y al diseño de la microvasculatura en estos y otros catarrinos”.

La mística de la menstruación

Los creadores de las primeras píldoras anticonceptivas creyeron que debían imitar el ciclo menstrual para que pareciera más natural. El sangrado artificial que producen no es una menstruación real porque no hay ovulación previa, por eso ahora la industria ha dado un paso más y ha creado anticonceptivos sin periodos de descanso. En el artículo “El fin de la regla” (Mujer Hoy) se incluyen dos citas sobre los anticonceptivos hormonales que suprimen el sangrado que voy a comentar a continuación.

Carme Valls-Llobet, Especialista en Medicina Interna y Endocrinología: “Lo fundamental es que no hay evidencia a largo plazode lo que le puede ocurrir al cuerpo de una mujer a la que se está hormonando constantemente. No hay experiencia; por tanto, que lo prueben con voluntarios que acepten este riesgo durante varios años”. Pero, además, la doctora apunta que, con estos métodos, “la mujer no sabe realmente cuándo va a manchar, cuando va a tener algún sangrado. Con el Lybrel es algo imprevisible, que puede ocurrir en cualquier momento. Y, por tanto, es mucho más complicado que llegue a darse cuenta de si está o no embarazada. A mí me asombró leer en su prospecto la recomendación de que la mujer se hiciera periódicamente pruebas de embarazo… Pero, ¿no se supone que la tomas precisamente para no quedarte embarazada?”. La doctora Valls-Llobet va más allá: a su juicio, “la menstruación es un indicador de que algo va o no va bien en nuestro cuerpo. Si no va bien, significa que hay una alteración metabólica, endocrina, psicológica o social. Pero si, cuando una mujer te indica que tiene trastornos con la menstruación, lo primero que haces es intentar abolírsela, no estás escuchando a su cuerpo. Abolirla lo único que hace es tapar los problemas, falsearlos”.

La endocrina Carme Valls-Llobet señala que no se sabe qué puede ocurrir a largo plazo con su uso. Sin embargo, obvia otro pequeño detalle, ya que tampoco hay experiencia a largo plazo de que las mujeres menstruemos de la forma que lo hacemos actualmente, algo que ella obvia por completo. No tener hijos, tener uno de forma muy tardía y no amamantarlo también son experimentos desde un punto de vista evolutivo. La industria trata de eliminar la menstruación pero el modo de vida y de trabajo actual (y, por tanto, la biopolítica) trata de eliminar a los hijos, algo que no podemos dejar de mencionar si no queremos ser parciales y si pretendemos que las mujeres puedan tomar decisiones libres e informadas. Recuerdo las palabras del biólogo Roger Short:

“En las comunidades cazadoras-recolectoras, la pubertad, la adquisicón de deseo sexual, y matrimonio eran todos eventos sinónimos, así que no había necesidad de restricciones sociales sobre el comportamiento sexual antes del matrimonio. Después del matrimonio había un periodo de tres años de esterilidad adolescente, cuando la chica habría experimentado una sucesión de ciclos menstruales anovulatorios antes de concebir. Después del primer hijo, habría estado 3 años en amenorrea de la lactancia, seguidos por uno o dos ciclos menstruales ovulatorios antes de concebir otra vez. No tenemos información de la edad de la menopausia  en las sociedades primitivas, pero (…) sería raro que una mujer tuviera más de 5 hijos. Durante su vida reproductiva experimentaría 15 años de amenorrea de la lactancia, y 4 años de embarazo, (…)

Contrastemos esto con la vida reproductiva de una mujer de hoy en día: la menarquía ocurre a los 13 años, y la menopausia a los 50. Dos embarazos con poco o ningún amamantamiento como mucho solo permitirían a la mujer como mucho 2 años de respiro de los ciclos menstruales regulares, que ocuparían los 35 años que quedan de vida reproductiva. 

No puede haber ninguna duda de que este aumento de nueve veces en el tiempo dedicado a tener ciclos menstruales plantea una serie de nuevos problemas para nosotros; es algo de lo que no hemos tenido ninguna experiencia evolutiva previa, y por lo tanto no estamos genéticamente adaptados para hacer frente a la situación”.

La segunda de las citas del artículo de Mujer de Hoy es de María del Mar Jiménez Redal, socióloga holística, y autora del artículo “Menstruación, la sabiduría oculta”: “Nuestra sociedad solo subraya lo patológico de la menstruación: dolor, debilidad, estorbo… Y, por tanto, lo que pretende es ocultar o manipular el estigma de sangrar. Aparte de la violencia y el miedo, nada ha sido tan eficaz para relegar a las mujeres a un lugar secundario como la degradación del ciclo menstrual. Y el tabú asociado al ciclo menstrual sigue hoy más vigente que nunca; por eso ahora nos ofrecen píldoras para exterminarla. Total, ¿para qué sirve? ¿No es solo un sangrado intrascendente e inconveniente? No, no lo es. La gran verdad oculta es que la menstruación es muchísimo más que una manifestación física: es una fuente de conocimiento interior. La regla es un prodigio biológico muy beneficioso para el cuerpo femeninoy, a nivel físico, actúa como un sistema de autolimpieza mensual, protegiendo el aparato genital femenino, reforzando las defensas del organismo gracias a los estrógenos naturales”.

La menstruación es un proceso fisiológico que se repite de forma indefinida (entre la menarquía y la menopausia) hasta que se produce una fecundación del óvulo. No llega para que las mujeres nos conozcamos a nosotras mismas, ese puede ser un efecto secundario, pero su función primordial es la misma que en las hembras de otros grandes primates. El autoconocimiento siempre es positivo mientras se esté preparado para aceptar la verdad, incluso su parte dolorosa, compleja y plagada de contradicciones de difícil solución que no entienden de posturas políticamente correctas ni mágicas. Tampoco es un sistema de autolimpieza mensual, porque si lo fuera también necesitarían “limpiarse” las niñas, las mujeres postmenopáusicas, las embarazadas o las lactantes en amenorrea. Ninguna de ellas menstrúa y no necesitan limpiarse de nada. Por último, menstruar demasiado tiene también riesgos para la salud que hay que conocer.

La lactancia, una relación simbiótica

Esta es una de las razones por la que creo que hay que recuperar la cultura de la lactancia para las mujeres que quieran amamantar:  “Cuanto más amamanta una mujer más protegida está contra el cáncer de mama. La falta o corta duración de la lactancia típica de las mujeres de los países desarrollados hace una gran contribución a la alta incidencia de cáncer de mama en estos países”.

http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736%2802%2909454-0/abstract

Si no es para esta generación quizás consigamos recuperarla para las siguientes, con apoyo real entre mujeres, información veraz, con alegría, sin presiones y sin culpabilidades. Quiero resaltar este aspecto porque siempre se enfoca la lactancia desde lo que aporta al bebé y se olvida que el amamantamiento es un proceso simbiótico, en el que los dos seres implicados se necesitan y se cuidan mutuamente. Hay que destacar que la lactancia es algo importante para la mujer, no solamente para el bebé.

Sin embargo, Valerie Beral, la investigadora principal del artículo, da por hecho que no podemos tener lactancias de dos años en el mundo actual (¿¿¿???) y que es la industria farmaceútica la que debe investigar medicamentos que imiten los efectos sanos del embarazo y la lactancia en nuestros cuerpos. ¿Por qué siempre tenemos que hacer como si nuestros cuerpos estuvieran enfermos?

“Los genes juegan aparte en sólo un pequeño número de cánceres. Los procesos de parto y la lactancia materna protegen a una mujer del cáncer de mama más que cualquier otra cosa.

Cuantos más niños tenía una mujer y cuánto más tiempo amamantaba, menor era su riesgo de contraer más tarde cáncer de mama. Las mujeres en los países desarrollados donde las familias pequeñas son la norma tienen seis veces más riesgo de tener cáncer de mama que en las zonas rurales de algunas partes de Asia, con sus familias numerosas.

Volver a una época donde las mujeres tenían innumerables bebés y eran amamantados durante dos años o más no es una opción, dijo Beral a The Guardian.

Pero ¿por qué no estamos pensando en imitar los efectos de dar a luz?” ella dijo. No sabemos cómo sucede esto y nadie está haciendo investigación sobre ello. Deberíamos mirar la producción de hormonas de la última etapa del embarazo y la lactancia.

Beral es directora de la unidad de epidemiología del cáncer de la Universidad de Oxford. Su trabajo, financiado por el Cancer Research UK, utiliza grandes cantidades de datos estadísticos para identificar los rasgos o comportamientos que ponen a las mujeres en riesgo de cáncer de mama.

Para profundizar: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/decisiones-informadas-los-riesgos-de-no.html

Ovular o no ovular, menstruar o no menstruar, esas son las cuestiones.

Mi único recuerdo de Elsimar Coutinho era el de su papel de “malo” en el documental “La Luna en Ti”, aquel señor que decía cosas tan raras sobre la menstruación. Sin embargo, después de las últimas lecturas que he reflejado en este blog, veo que su planteamiento de la cuestión es correcto, aunque sus “soluciones” sean las de la industria farmaceútica (a la que él pertenece) ante un problema creado por el propio sistema. Ese problema no es otro que la falta de adaptación evolutiva a las nuevas condiciones (¿elegidas? ¿impuestas?) vitales de la mujer actual: constantemente menstruante y ovulante, sin apenas hijos, con maternidades muy tardías y, sobre todo, lactancias cortas o inexistentes.

El autor del libro del que voy a hablar hoy (“¿Es la menstruación algo obsoleto?“) no es ningún loco y mal haríamos si le tomáramos a risa, le ridiculizáramos sin más o nos negásamos a profundizar en sus argumentos, como hice yo en un primer momento. Es una eminencia en el campo de la endocrinología y la (ANTI)fertilidad humana, uno de los investigadores que crearon el Depo-Provera (el anticonceptivo que elimina la menstruación durante meses), es consultor de la OMS y está fuertemente vinculado a la Universidad Rockefeller y la Fundación Rockefeller, es decir, al poder. El segundo autor del libro, Sheldon J. Segal, ya fallecido, también lo está, ya que trabajó durante gran parte de su vida en el Population Council (creado por John D. Rockefeller III) y agradece en el prefacio a la Fundación Rockefeller haberle permitido residir en su centro de conferencias y estudio en Bellagio, el mismo en el que se reunieron los científicos a consensuar la efectividad del método anticonceptivo de la amenorrea de la lactancia (MELA) en los años ochenta.

Estado de la cuestión. ¿Estamos de acuerdo hasta aquí? 

Dice Seagal en el prefacio:

“La asociación de la menstruación frecuente con efectos nocivos para la salud ha sido discutida  en la literatura médica por muchos años. Títulos como Menarquía Temprana, un Factor de Riesgo para el Cáncer de Mama, Indica la Aparición Temprana de los Ciclos Ovulatorios, u Ovulación Incesante – un Factor en la Neoplasia de Ovario” pueden encontrarse en revistas médicas respetadas tan pronto como 1971. Tampoco ha escapado a la atención científica a lo largo de los años que la mujer moderna, dotada con esencialmente el mismo acervo genético que sus ancestras de la Edad de Piedra, tiene un patrón reproductivo completamente diferente. Muchas publicaciones científicas han discutido el hecho de que a lo largo de los milenios, las mujeres se han movido desde la época de la reproducción incesante a la edad de la menstruación incesante. (…) La emergencia de la menstruación como una parte regular de la vida de las mujeres modernas es el resultado de cambios culturales, una drástica reducción del ratio de fertilidad, y un acortamiento de la duración del amamantamiento, primero en los países industrializados de Occidente, y más recientemente en los países más pobres del mundo”.

 Vivimos tiempos de reivindicación de la menstruación como algo positivo en sí mismo o como algo asociado indisolublemente a toda nuestra vida fértil, algo a lo que debemos adaptarnos sin más, nosotras y el sistema. Sin embargo, solemos olvidar que la menstruación ni es un castigo divino ni es una herramienta mágica de autoconocimiento. La menstruación no llega para que las mujeres lleguemos a un nivel superior de conciencia o nos conozcamos a nosotras mismas, tampoco es algo sucio, contaminante o que debamos ocultar con vergüenza, como tantos tabús de la menstruación nos dicen. Y mucho menos podemos pensar que la mujer cíclica menstrual de hoy y sus arquetipos tienen algo de ancestral, ya que la mujer preindustrial menstruaba muchísimo menos que nosotras y de forma bien diferente. La menstruación es simplemente, en palabras de Coutinho, un proceso biológico fallido:

 “La ovulación, precedida por las transformaciones controladas por las hormonas del cuerpo femenino, no evolucionó para ser infructuosa. Cuando se produce la menstruación, significa que el sistema (reproductivo) ha fracasado y, en aras de la eficiencia reproductiva, tendrá que repetirse el próximo mes, el mes después de ese, y así sucesivamente, hasta que un óvulo fertilizado anidado con éxito comience a desarrollarse“.

Y aquí está la clave del asunto, es una definición que no proviene ni del Vaticano ni de alguien proclive a la natalidad o que quiera que las mujeres tengamos hijos sin parar, pero es que la verdad es la que es, venga de donde venga. Ovulamos y menstruamos independientemente de tener o no ganas de tener hijos, de nuestra ideología o nuestra visión del mundo. El rodeo para evitar las cuestiones fundamentales toma tintes tragicómicos cuando, desde algunos sectores, se critica a la industria farmaceútica por querer suprimir la menstruación pero no se dice nada sobre la imposición cultural de que la mujer y el hombre postindustriales deban expulsar a los bebés y la crianza de sus vidas. Esta imposición no se realiza a punta de pistola sino mediante mecanismos ideológicos, políticos y materiales. Tampoco se critica que, si se tienen hijos, haya que postponerlos hasta que la energía vital de la etapa más fértil de nuestra vida haya sido debidamente canalizada hacia trabajos y tareas inútiles, nocivas, consumistas y adoctrinadoras al servicio de Otros, como los Rockefeller que contratan a investigadores punteros como Coutinho o Segal, y los pequeños Rockefeller de andar por casa que se cruzan día a día en nuestras vidas laborales. 

Alguien nos tendrá que explicar por qué es bueno ovular y menstruar si, paradójicamente, se pretende evitar a toda costa y durante la mayor parte de nuestra vida fértil el embarazo (casi parece una peligrosa enfermedad de transmisión sexual), incluso reprimiendo desde la cabeza el impulso genésico durante los días fértiles con métodos no farmacológicos, como los de reconocimiento de la fertilidad investigados por los médicos católicos Billings o Roetzer y usados por personas de todo credo que desean autoconocerse, no tener hijos y no medicalizar su vida sexual. Se dice que no existen estudios sobre los efectos a largo plazo de las tecnologías que suprimen la menstruación en el organismo de las mujeres, pero, ¿y de la menstruación repetitiva durante años y años? ¿Conocemos sus efectos a largo plazo

Pero volvamos al libro de Coutinho:

“La era de la menstruación empezó cuando la estructura social humana y los cambios culturales rompieron el implacable patrón de repetitivos embarazos y periodos prolongados de lactancia. A medida que las mujeres se reprodujeron menos, menstruaron más. (…) Los cambios sociales han llevado a las mujeres de la era de la reproducción a la era de la menstruación“.

Esto no lo dice el autor pero las pioneras en la menstruación repetida, si observamos la historia a vista de pájaro, fueron las monjas y también las mujeres de las clases altas que contrataban nodrizas para amamantar a sus hijos (una hipótesis es que era debido al tabú sexual de la lactancia que proscribía tener sexo durante ese periodo y eran los maridos los que prohibían amamantar a quien tenía el dinero para contratar a otra mujer que pudiera hacerlo). Barbara B. Harrell matiza bastante este aspecto en su artículo “Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, dado que siempre han existido mujeres sin hijos, de forma voluntaria o involuntaria, lo que es completamente lógico dada la diversidad que existe entre los seres humanos. Por no hablar de los anticonceptivos y abortivos que existían y se conocían en Occidente antes de que la medicina y el estado controlaran estos temas (ver libro “Eve’s Herbs: A History of Contraception and Abortion in the West“).

En realidad, que la menstruación constante a lo largo de nuestra vida fértil en la gran mayoría de mujeres sea una novedad histórica puede que no nos diga mucho al principio, pero como dice el biólogo Roger Short:

No puede haber ninguna duda de que este aumento de nueve veces en el tiempo dedicado a tener ciclos menstruales plantea una serie de nuevos problemas para nosotros; es algo de lo que no hemos tenido ninguna experiencia evolutiva previa, y por lo tanto no estamos genéticamente adaptados para hacer frente a la situación”.  

Lo relevante son los efectos de esa novedad histórica, que son el consiguiente aumento de cáncer de mama, ovario y endometrio y del agravamiento de los efectos de varios trastornos o enfermedades, como la endometriosis y otras de las que habla Coutinho en el libro y en las que no me voy a extender. Para ser justos, por otro lado, también tendríamos que hablar de las implicaciones del embarazo y la lactancia en el cuerpo y la salud de las mujeres. Todo en esta vida tiene sus beneficios y sus riesgos, lo importante es conocerlos.

¿Es la menstruación algo obsoleto?

El libro hace un breve repaso por la historia de la menstruación, comenzando con la prehistoria, la revolución neolítica y las antiguas civilizaciones, pasando por Grecia, Roma, la Edad Media y el Renacimiento. También nos habla de médicos de todas las épocas y su visión de la menstruación: Galeno, Sorano, Hipócrates… Hasta llegar al siglo XX, el siglo en el que se experimentó en el laboratorio con las hormonas (estrógenos, progesterona, andrógenos y gonadotropina coriónica), lo que resultó en los anticonceptivos químicos que hoy conocemos. “La progesterona es la hormona sin la cual no habría vida humana”, dice Coutinho. 

En el capítulo sobre “Por qué menstruamos” hay algo interesante: es difícil encontrar a una gran primate en libertad que tenga la menstruación porque normalmente están o embarazadas o lactando. Sin embargo, las hembras que viven en cautividad, separadas de los machos, menstrúan regularmente. 

Del capítulo sobre los “Trastornos relacionados con el ciclo menstrual” me pareció muy interesante la parte en la que habla de la biografía de Marylin Monroe y sus problemas relacionados con la endometriosis. Este aspecto no es muy conocido y, sin embargo, tuvo un gran impacto negativo en su vida.

http://es.wikipedia.org/wiki/Marilyn_Monroe
En esta imagen podemos verla trabajando en una fábrica de municiones durante la II Guerra Mundial mientras su primer marido estaba enrolado en la marina. He puesto esta foto porque es muy representativa del paso de “ama de casa” a trabajadora al servicio de la industria bélica. Todo esto fue antes de convertirse en el “sex symbol”, mostrando el cambio de papeles de la mujer según las opciones decididas por el sistema. 

Otro capítulo se llama “Supresión natural de la menstruación”. En él, claro está, se habla del embarazo y de la lactancia, pero como de este tema he hablado mucho en otros posts quiero centrarme en otra forma de suprimir la regla: el ejercicio físico intenso. Cuando hacemos deporte o esfuerzo físico, nos cuenta Coutinho, ocurren muchos cambios fisiológicos como la pérdida de grasa corporal y la producción de endorfinas, opioides naturales que tienen como uno de sus efectos inhibir la producción de LH, la hormona ovuladora producida por la pituitaria, lo que inhibe a su vez la producción de estrógenos del ovario. Así que estos dos aspectos, menor grasa corporal y más endorfinas son los responsables de la amenorrea que se produce en algunas deportistas. Coutinho también señala que otros investigadores hablan también de otro posible factor: el estrés físico y psicológico que aumenta la cortisona y puede inhibir la ovulación.

Parece bastante paradójico que el ejercicio intenso pueda aportar sensaciones tan contradictorias como la alegría o el estrés pero, si lo pensamos detenidamente, es algo que todo el mundo siente al hacer deporte. El tema de las endorfinas como anovulatorios me pareció llamativo en sí mismo, ya que aunque es cierto que la actividad física es antidepresiva jamás hubiese imaginado que ese subidón de endorfinas pudiera también provocar, si el ejercicio y esfuerzo es muy intenso y continuado, que se dejara de ovular. 

El autor habla de un estudio en el que se comparaba a las corredoras que menstruaban y las que no: las que corrían una media de 25 millas (40 km) a la semana seguían menstruando, las que corrían 40 millas (64 km) a la semana se volvían a menudo amenorreicas. La otra cara del asunto es que las corredoras amenorreicas tiene mayor riesgo de osteoporosis, por la caída de los niveles de estrógeno, algo que no les ocurre a las gimnastas, tenistas, levantadoras de pesas y nadadoras.

Si efectivamente la menarquía temprana es un factor de riesgo para las mujeres, el libro dice algo con lo que conviene quedarse, de cara a la prevención de los cánceres femeninos en las futuras generaciones: Aquellas que están dispuestas a llevar a cabo la práctica consciente de ejercicio, ya sea de deporte o de danza, antes de la primera menstruación, pueden retrasar la aparición de la menarquía por varios años. Por cada año de ejercicio, el inicio de la menstruación se retrasa durante un promedio de cinco meses”.

De este capítulo me llamó mucho la atención que dijera que una mujer puede suprimir la regla corriendo más de 25 millas (40 km) a la semana o corriendo más de 3 millas (casi 5 km) cada día, pero que tendría que ser con supervisión médica, ya que habría que vigilar los niveles de estrógeno y calcio, por el riesgo de osteoporosis. ¿Esta podría ser una de las posibles causas de que algunas mujeres que ejercitan mucho no se queden embarazadas a pesar de no ser amenorreicas? En cualquier caso este capítulo muestra que, a pesar de que el autor está vinculado a la industria farmaceútica, reconoce que hay otras formas de inhibir la menstruación y la ovulación sin recurrir a la química artificial.

Sobre el capítulo de la “Supresión médica de la menstruación” resaltaría simplemente que la estrategia de mercado de la píldora anticonceptiva en los años sesenta fue la de imitar el ciclo menstrual. La decisión de no continuar su uso durante todo el ciclo y hacer pausas para que hubiera un sangrado o una pseudomenstruación fue una decisión de marketing que no se basó en conocimientos científicos. Aquí es cuando mete la “cuña publicitaria” del DepoProvera, que con 4 inyecciones al año te vuelve amenorreica de forma temporal. Recomiendo conocer también sus efectos secundarios.

 Coutinho afirma que la supresión hormonal de la menstruación está asociada con una reducción del riesgo de cáncer de ovario y endometrio y un ratio menor de tumores BENIGNOS de útero y pecho. Sin embargo reconoce que respecto al cáncer de mama hay más controversia y que hay varios estudios que comprobaron que aumentaba el riesgo (cita un estudio sueco y otro de la OMS).

La conclusión final del autor es que las enfermedades o trastornos relacionados con el ciclo menstrual ahora son más frecuentes simplemente porque ahora menstruamos más a menudo que las mujeres del pasado. Esto entra en contradicción con otros autores que culpan de todos los problemas a causas exógenas, es decir, la contaminación, los pesticidas, los disruptores endocrinos, la industrialización, el estrés… Mi postura es que no son tesis antagónicas y habrá que ver en cada caso, muchas veces son acumulables y compatibles. Aún así, no se puede negar que una prueba irrefutable de que no tener hijos, tener pocos y muy tarde, y no amamantar aumenta el riesgo de cáncer es que antes de la industrialización ya había autores que se dieron cuenta de que ser monja era una “profesión” de riesgo estadístico de cara a padecer estas enfermedades.

Coutinho quiere convencernos de que no tiene sentido menstruar entre las mujeres que no están buscando activamente un embarazo. La verdad es que se puede estar en contra o no de su planteamiento pero no se puede negar que tiene mucho sentido. En el libro, los autores proponen un “nuevo paradigma reproductivo” en el que primero se explicaría por qué el sangrado cíclico es innecesario y segundo, poco a poco, más mujeres irían suprimiendo su menstruación.

El libro termina con esta cita de la feminista Margaret Sanger: “Ninguna mujer es complétamente libre a menos que tenga control sobre su sistema reproductivo”. Y lo dice ella, que aprobó que las investigaciones de la píldora se probaran sin ninguna ética en mujeres de Puerto Rico durante los años 50… ¿Tenían esas mujeres algún tipo de control sobre los efectos de las dosis que las estaban introduciendo en el cuerpo? Para ser libre primero hay que conocer el propio cuerpo y escucharlo. Ninguna libertad vendrá de la dependencia de la industria farmaceútica. Ninguna libertad vendrá del autoengaño, del adoctrinamiento, ni de la represión de la sexualidad y la maternidad/paternidad.
¿Quién controla hoy nuestro sistema reproductivo? Le devuelvo otra pregunta-título a Elsimar Coutinho para otro libro: ¿No estar mediatizado por el biopoder es algo obsoleto?

Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981)

Hoy voy a hablar de un artículo publicado en American Anthropology en 1981 por Bárbara B. Harrell, en ese momento médico residente del departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Washington. A pesar de que algunas explicaciones sobre fenómenos físicos de la lactancia y la menstruación hayan podido evolucionar en estos treinta años este texto me parece muy interesante para reconciliar lo cultural y lo biológico y entender cómo ha afectado la industrialización a nuestras vidas. Todavía mucho de lo que explica Bárbara B. Harrell no es comprendido ni ha llegado al gran público. También me gusta el tono del artículo: respetuoso y riguroso, sin moralinas, porque no busca convencer sino comprender. La autora simplemente presenta la información y nos muestra cómo eran las cosas en el mundo preindustrial y cómo son ahora, las posibles causas de cómo hemos llegado hasta aquí y algunas reflexiones e interrogantes. Con esa información podemos seguir dándole vueltas, aprender, ver qué camino queremos escoger y cómo los diferentes comportamientos culturales provocan determinados efectos en nuestros cuerpos y nuestras relaciones de lactancia con nuestros bebés.

He intentado dejar claro qué parte es del artículo de Harrell y cuáles son mis aportaciones y reflexiones. En cualquier caso el artículo original se puede leer aquí (hay que subir otro documento a cambio pero es un servicio gratuito): http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

¿Cómo son la lactancia y la menstruación desde una perspectiva cultural? La autora comienza afirmando, como el biólogo Roger Short o más recientemente la antropóloga Beverly Strassmann, que en las sociedades preindustriales la lactancia es prolongada e intensiva, como norma, mientras que la menstruación es poco común. Estos dos hechos están relacionados ya que existen factores culturales que reducen o aumentan la frecuencia en la succión de los bebés, entre otros aspectos, y esto a su vez afecta a la duración de la amenorrea de la lactancia (la ausencia de regla).

Harrell constata que la industrialización ha sido asociada a un declive mundial en la lactancia materna. Antes de seguir hago un inciso, porque yo me enteré de que existía la “amenorrea de la lactancia”, es decir, la falta de regla durante un tiempo de la lactancia, al vivirlo en primera persona con 31-32 años. Nunca antes había oído hablar de ello, lo que también dice mucho del ínfimo papel que tiene la lactancia materna dentro de los conocimientos comunes que tenemos sobre sexualidad humana.

La autora pasa después a invitar a los antropólogos a repensar la condición de la mujer desde un punto de vista fisiológico y simbólico, ya que al vivir en una sociedad (sobre todo en los años 70 y aún hoy) en la que la lactancia materna casi desapareció del mapa muchos estudios de antropología olvidaron y obviaron la lactancia y la consiguiente amenorrea que la acompaña. Es decir, viene a decir que no se puede estudiar una sociedad tradicional desde el ciclo reproductivo moderno, hay que entender el fenómeno desde un punto de vista evolutivo para evitar sesgos. Como hoy en día se amamanta muy poco y se usan anticonceptivos, lo habitual es que las mujeres menstrúen cada mes, pero esto no siempre fue así.

Barbara Harrell hace un repaso sobre lo que se conocía en su época sobre la amenorrea de la lactancia y la ausencia de fertilidad, antes del famoso consenso de Bellagio, apoyado por la Fundación Rockefeller y la OMS (hay información actualizada sobre el método anticonceptivo MELA aquí). Un autor de los años ’60 llamado Christopher Tietze, por ejemplo, estudio la Normandía rural entre 1674-1742 llegando a la conclusión de que el amamantamiento era un anticonceptivo fiable en esa época durante los 10 primeros meses y se dio cuenta de que las mujeres que no amamantaban tenían dos ciclos anovulatorios después antes de volver a quedar embarazadas.

En “Lactancia Prolongada e intervalos entre hijos en Ruanda”, un estudio de Bonte y van Balen, se dieron cuenta de que el 5.4% de las mujeres lactantes se quedaban embarazadas sin menstruar y que las mujeres que amamantaban concebían de media 15 meses después que las que no daban el pecho. En otro estudio de estos mismos autores quisieron comparar las lactancias en la Ruanda urbana y la rural. En el campo se porteaba a los niños a la espalda y se les ofrecía el pecho a demanda. Las mujeres urbanas ofrecían el pecho con horarios. En los resultados se observó una gran diferencia entre la duración de las amenorreas (6.9 las urbanas y 18.6 meses las rurales). Las mujeres de campo concebían 21 meses postparto de media. Entre las no lactantes no había diferencia en si vivían en el campo o la ciudad.

Otro estudio de Boston en los años 60 observó que la amenorrea de las mujeres lactantes fue de media 68 días, solamente 10 días más que las no lactantes. Según los datos de otro investigador, Potter (1965),  en Punjabi había una media de amenorrea postparto de 11 meses. Estimaron que las mujeres Punjabi pasaban el 40% de sus vidas reproductivas en estados amenorreicos (embarazos y lactancias). En Alaska, Berman (1972) constató una media de 10 meses de amenorrea de lactancia de media frente a los 52 días en las que no amamantan. En Guatemala (Delgado, 1979) vieron que la media era de 14 meses de amenorrea de la lactancia.

En EEUU Kippley (1969) hizo un estudio entre las lectoras de su libro “Breastfeeding and natural child spacing” y la media fue de 10 meses de amenorrea, con un rango entre 1 y 30 meses. ¡30 meses son 2 años y medio sin menstruación! La mayor media de amenorrea, 14.6 meses, se consiguió en 29 casos: nada de biberones ni chupetes, nada de sólidos ni líquidos los primeros 5 meses, nada de horarios, con tomas nocturnas y tomas tumbadas o reclinadas. Este estudio demuestra que en mujeres canadienses y estadounidenses bien nutridas también es posible que se produzcan amenorreas de la lactancia prolongadas, al menos bajo algunas circunstancias. Es decir, en el mundo industrializado si se siguen pautas culturales de lactancia preindustriales también se alarga la amenorrea.

El ciclo reproductivo preindustrial

La autora pasa a describir en el siguiente apartado de forma idealizada cómo sería el ciclo reproductivo preindustrial, para después matizarlo y aclarar que había también otros modelos que no se ajustaban a él (célibes voluntarias e involuntarias, las separaciones del compañero sexual…Yo añadiría también a las mujeres que tenían hijos amamantados por nodrizas). Es bastante similar a la realidad que describe Roger Short en el post anterior:

“Una mujer joven se casa un año o dos después de la pubertad y se queda embarazada un año después de la boda. Después de 10 meses lunares de amenorrea del embarazo, da a luz a su primer hijo, que comparte su cama hasta que es destetado. El destete no se completa hasta que el niño puede masticar y es pospuesto probablemente hasta que un segundo embarazo parece obvio. El intervalo de retorno de la menstruación es 13 meses, llegando a 16 meses en muchas sociedades (Tietze 1961). Cuando la ovulación y la menstruación vuelven, el ciclo se repite, generando un intervalo fisiológico de 2 años, 2,5 años”

“Se podría concluir que los meses de menstruación ocupan menos de 1/4 de la vida reproductiva de una mujer”.

Hay tres factores que modifican o matizan la validez del paradigma reproductivo preindustrial: 1) el 50% de las concepciones no resultan en niños vivos y son percibidos como una menstruación retrasada, 2) mortalidad infantil antes del año tiende a reducir la amenorrea, 3) anticoncepción (abstinencia, coitus interruptus, pesarios vaginales…). 

Otros factores interesantes que interactúan con el ciclo reproductivo (de los que también habla Roger Short en su artículo) son el estrés, la malnutrición y el ejercicio físico:

“El ejercicio vigoroso y sostenido puede promocionar la amenorrea, alterando la masa corporal o por otros mecanismos. Es interesante que tanto el estrés y el ejercicio pueden incrementar la prolactina en humanos de ambos sexos. Los dispositivos que ahorran esfuerzos, incluyendo el automovil, pueden reducir el nivel de ejercicio de una población. El grado de fuerza física y estamina que se requiere para las actividades de subsistencia de las mujeres en la mayor parte de sociedades preindustriales podría sorprender al moderno occidental. La inactividad podría ser un factor del declive de la amenorrea de la lactancia observada en las sociedades modernas”.

El periodo de transición y cómo es silenciado en la sociedad industrial

Nunca había oído hablar del concepto antropológico de “transición” en el ámbito de la relación materno-filial, creo que ahora se habla más de “exogestación”, es decir, la gestación que se hace fuera del útero materno. Por ejemplo, se suele decir que el bebé está 9 meses dentro de nuestro vientre y otros tantos meses fuera (o más). Esta idea de la transición fue expuesta por Margaret Mead y Niles Newton por primera vez para describir el periodo en el que los niños son completamente dependientes para su sustento, cuando se sustituye el cordón umbilical por el amamantamiento.

Afirma Harrell: “En las sociedades modernas este periodo de transición está silenciado y puede ser abolido por completo; en las sociedades preindustriales no se puede permitir que ocurra”.

Y aquí es cuando comienza lo interesante de este artículo, ya que comienza a relacionar la silenciación del periodo de transición con la industrialización y la consiguiente reducción del tiempo de amenorrea de la lactancia debida a una menor frecuencia de succión. ¿Y por qué se da este fenómeno? Harrell enumera unos cuantos correlatos culturales en relación al periodo de transición silenciado a los que yo aporto mi interpretación y añado elementos de reflexión basados en mi propia experiencia. Este listado no entra en juicios sobre las diferentes formas de crianza sino que analiza las posibles causas de que el periodo de transición haya sido silenciado con la llegada de la modernidad:

1. El pecho de la mujer es conceptualizado principalmente como algo enfocado hacia los hombres. Se considera que las mujeres no deberían enseñar sus pezones. ¿No nos suena de algo a la censura contra el pezón femenino en facebook?

2. El pecho femenino se ve secundariamente como un órgano que produce leche.

3. Las tomas se ven como deberes que deberían ser espaciados, y se trata de eliminar la toma nocturna lo antes posible. Cuando hay demanda frecuente se cree que es porque se tiene poca leche. Se sustituyen las necesidades de estimulación oral de los bebés por objetos diseñados ad hoc, como los chupetes. Es decir, en la cultura popular industrializada se desconoce totalmente cómo funciona la lactancia materna. Relacionándolo con el tema de la amenorrea y la anovulación, la frecuencia de las succiones y que no pasen demasiadas horas es fundamenteal para mantenerla. Es sencillamente la forma en la que la Naturaleza o la evolución favoreció que las crías humanas sobrevivieran con un intervalo suficiente entre nacimientos. Pero, claro, en el mundo industrializado todo esto deja de tener sentido, de forma aparente, ya que los niños pueden tomar biberón y las madres pueden usar métodos anticonceptivos. Pero no es oro todo lo que reluce… Ni el biberón es igual a la teta para el bebé,  ni el cuerpo femenino ha mutado para adaptarse a los nuevos tiempos, como lo corrobora el alto índice de casos de cáncer de mama. 

4. El llanto se considera que es algo sano, con ciertos límites. Mi interpretación de lo que dice Harrell aquí es que el llanto del bebé en el mundo industrializado está trivializado, no se entiende que tiene un sentido y se tapa con chupetes, es decir, tetas de látex o silicona fabricadas en serie y en cadenas de montaje. Por no hablar de métodos Ferber o Estivill…

5. Se cree que los adultos necesitan tiempo separados de los niños, tanto con cunas o habitaciones separadas (lo que obliga a que los padres tengan que abandonar la cama para las tomas nocturnas) como en la separación entre el mundo de los adultos y el mundo de los niños. Tiene más importancia el vínculo matrimonial que el materno-filial.

6. Se considera necesario y deseable organizar las actividades en base a un estímulo externo como un reloj o un calendario. Se hacen las cosas porque “es la hora”. Por ejemplo, la gente normalmente come porque es la hora de comer, no porque tengan hambre. La cultura reconoce los conceptos de “hora de bañarse” o “hora de la siesta” como distintos de suciedad o somnolencia. Similarmente, la gente inspecciona sus relojes para decidir si un niño está llorando y chupando su dedo está preparado para comer.

Además de los elementos culturales, Harrell añade otro listado de objetos o factores que proliferan cuando aumenta el dinero y que se asocian con un periodo de transición silenciado:

1. Todo tipo de gadjets, juguetes, carritos y andadores que distraen y separan al niño del pecho.

2.  El ocio adulto que fomenta la separación madre-niño, lo que puede influir en los niveles de prolactina. 

3. A casas más grandes, se tiende a dormir en habitaciones separadas y a tener mayor acumulación de juguetes infantiles. 

4. El periodo de transición también se ve reducido con el mayor acceso a diferentes tipos de alimentación suplementaria y la leche de vaca, que reducen la frecuencia del amamantamiento y la prolactina.

5. Algunos tipos de ropa impiden el amamantamiento frecuente.

6. Los relojes, la televisión, la iluminación artificial no respetan los ritmos circadianos y los estímulos intrínsecos como el hambre, la saciedad, la fatiga y el comfort.

7.  Algunas prácticas médicas anticuadas pero no obstante “modernas” como el aislamiento de los niños y el uso y abuso de la analgesia obstétrica pueden tener efectos negativos en la interacción madre-niño. 

8. El sistema económico anima la separación madre-hijo desde una edad temprana para que las mujeres trabajen fuera del ámbito doméstico. Incluso cuando las madres no están separadas de sus niños, el periodo de transición puede ser difícil de mantener. 

Después Harrell toca un tema que me toca de cerca ya que habla del colecho y del mantenimiento del contacto físico nocturno, las tomas nocturnas y sus oleadas de prolactina. ¿Por qué nos molestan tanto las tomas nocturnas a las mujeres occidentales incluso aunque durmamos con el bebé al lado? ¿Quizás porque no somos capaces de dormir y dar de mamar a la vez y por eso no descansamos bien? Para muchas mujeres el colecho no ha evitado los despertares nocturnos ni el sueño interrumpido. Muchas añoramos “dormir del tirón”, sin embargo, después de leer un libro de entrevistas a mujeres cazadoras-recolectoras Kung del desierto de Kalahari (Nisa: The Life and Words of a !Kung Woman), veo que en su cultura los niños maman también con la madre dormida. Entiendo que para intentarlo en nuestra sociedad tendríamos que mantener las precauciones habituales del colecho. Seguiremos investigando…

Cambio socioeconómico y el periodo de transición: el caso taiwanés.

 “Un asunto de particular importancia en el periodo de transición en las sociedades modernas es el del cuidado infantil en el lugar de trabajo. Jimenez y Newton estudiaron 195 sociedades en relación con la reincorporación al trabajo en el postparto; observaron que la mayor parte de las sociedades tradicionales con lactancias prolongadas permiten a las madres quedarse cerca físicamente de sus hijos mientras hacen su carga de trabajo completa”. 

En este apartado de su artículo, Barbara Harrell habla de su experiencia en los años 70 en una ciudad minera del Taiwan rural como madre lactante. Se fijó en varias cosas:

1. Las mujeres lactantes podían amamantar en público en cualquier ocasion. Los hombres ni miraban. 
2.  La experiencia empírica en los pueblos probaba que los niños de pecho estaban más sanos y grandes que los de leche artificial, porque la leche de fórmula se diluía demasiado y no se esterilizaban bien los biberones. La gente del pueblo pensaba que no había que suplementar antes de los 9-12 meses y la comida que se ofrecía eran gachas de arroz. Recuerdo que la recomendación actual de la OMS es de empezar a ofrecer alimentación suplementaria a partir de los 6 meses para evitar anemia en el bebé. 

3. No había horarios para el pecho, se amamantaba a demanda. Se utilizaban algunos chupetes.
4. La tolerancia hacia el llanto de los bebés era variada. Ninguno podía pensar que llorar era bueno para los bebés. Se solía ofrecer el pecho para callar al bebé. A medida que el bebé crecía los oídos de los cuidadores se hacían más sordos al llanto. 
5. Todos los bebés compartían la cama con sus padres por la noche; la gente rural no concebía otra posibilidad. La gente no puede imaginar excluir a los niños de bodas, funerales u otro tipo de actividades de ocio. Los niños eran discretos en esos actos, que no eran solemnes ni silenciosos. 
6.   Los horarios eran muy flexibles para los mineros, los de las fábricas y los colegios sí que funcionaban siguiendo el reloj.

Después, enumera una serie de cambios que comenzaban a darse a raíz de la “modernización”:

1.       Los cochecitos se estaba empezando a notar en el campo, con la pavimentación. Algunos niños de la comunidad eran confinados al carrito casi todo el día.  
2.       No había ningún pasatiempo para las mujeres que dejaban a los niños en casa. 
3.       En las casas se estaba muy apretado, los padres y los niños compartían cama. La abuela tenía su cama, algunas veces compartida con algún niño en proceso de destete. 
4.       La nutrición taiwanesa era adecuada. La gente del pueblo seguía la costumbre de alimentar a la puérpara con pollo, aceite de sésamo y arroz. 
5.       La ropa estaba cambiando desde los tiempos de las abuelas. La mayor parte de las mujeres estaban utilizando sujetadores y vestidos occidentales. A pesar de lapresencia ubicua de las mini faldasque temporada, las mujeres jóvenes seguían prefiriendo la posición en cuclillas durante la mayor parte de las actividades. Como sabemos las mujeres lactantes, del siglo que sea, con un vestido que no sea de lactancia no se puede amamantar porque te tendrías que subir el vestido hasta el pecho. Respecto a las cuclillas es un tema interesante del que Casilda Rodrigáñez habla también en sus libros.
6.       Los relojes y las luces eléctricas estaban presentes pero no eran destacables. Aproximadamente dos tercios de las familias tenían su propia televisión. 
7.       El nacimiento de los niños estaba pasando del pueblo a las clínicas de matronas, aunque algunas mujeres preferían parir en casa atendidas por su suegra. El parto se hacía sin analgesia. La madre y el niño se quedaban en casa un mes después del parto. Se les consideraba contaminados durante ese tiempo. A las mujeres jóvenes les parecía una práctica sofocante. 
8.       Algunas mujeres se estaban dedicando a tejer jerseys para la exportación. 

En base a todo esto la autora hizo una investigación. Quiso probar la hipótesis de que la presencia de la suegra estaba relacionada con el declive de la duración del periodo de transición, porque parecía que las mujeres que vivían con sus suegras ofrecían biberones y destetaban más tempranamente que las mujeres que no vivían con sus suegras. “Era obvio que las mujeres jóvenes que trabajaban en la industria del tricotado tenían suegras que cuidaban de sus hijos, pero como muchas de ellas trabajaban en casa, cerca de sus niños, parecía poco probable que el trabajo en sí interfiriera con el amamantamiento a tal grado”. 

Después de hacer entrevistas vio que la duración de la lactancia materna era de 12-13 meses pero que había decrecido desde la estimación de 2 años de otros estudios nacionales realizados en los años 50 y de 17,7 en el Taiwan rural de los años 60. Se dio cuenta que su hipótesis sobre las suegras no era cierta y que no había correlación alguna entre la presencia de la suegra y duración de la lactancia. Sin embargo, sí la había con el trabajo. Entre los bebés de madres trabajadoras, el 56% había suplementado antes de los 5 meses, comparado con el 24% de los bebés de las madres no trabajadoras. La única correlación que existía con las suegras era que las mujeres que trabajaban en casa necesitaban su ayuda para cuidar a los bebés, pero no eran causa de nada sino una consecuencia más asociada al trabajo monetarizado.

Había 3 razones aportadas por las mujeres para el fin de su lactancia: 1) no tener suficiente leche. 2) que el bebé había aprendido a andar, lo que significaba que era edad de destetar, 3) un nuevo embarazo. Barbara Harrell concluyó que el empleo (se entiende que trabajo remunerado) en el hogar podía asociarse con un periodo de transición reducido y que la explicación más probable era el acceso reducido al amamantamiento, una menor frecuencia de succión y, por tanto, de prolactina.

La autora reflexiona de forma muy acertada: “Todas las mujeres entrevistadas querían amamantar. Según los estándares americanos modernos lo hicieron con éxito, según los estándares preindustriales taiwaneses, no. Este declive empezó en un entorno que apoyaba mucho el amamantamiento, pero es predecible que las actitudes cambiarán para ir acordes con el acceso a la vida moderna”

“Arrastradas por la fiebre del desarrollo tecnológico, las mujeres del Taiwan actual, no pueden distanciarse facilmente de las demandas del progreso para evaluar sus efectos en sus vidas. 
 (…) Tendrán que ser quizás los antropólogos los que tendrán que proveer al mundo con un marco cognitivo de apoyo a la lactancia contra el empuje de la modernización, así permitiendo a las mujeres elegir o rechazar el amamantamiento sobre una base distinta del ratio de fracaso”. 

Las conclusiones de su estudio no son ninguna tontería: el trabajo remunerado está asociado a una menor succión del pecho, incluso aunque se haga en el hogar y el bebé esté cerca cuidado por la abuela. Podemos decir que no tendría que ser necesariamente así, podemos usar sacaleches, podemos intentar trabajar con un portabebé para que el bebé pueda succionar mientras trabajamos, etcétera, pero que es un efecto constatado de la modernidad, es un hecho. ¿Debería respetar el trabajo asalariado que algunas mujeres no queramos renunciar a la succión frecuente por todos los beneficios que conlleva para bebé y madre, incluida la amenorrea de la lactancia? Yo creo que sí. ¿Se soluciona con guarderías en las empresas o con que nos acerquen al niño para mamar? Quizás. ¿Podría hacerse con trabajos que admitieran a nuestros hijos, como en aquel cuadro de Bilbao de “las cigarreras”? A lo mejor. La lactancia materna y la fisiología femenina tiene sus propias lógicas internas que no entienden de ideologías, sistemas económicos, políticos o laborales. Por ejemplo, la leche materna tiene defensas que pasan de la madre al hijo a través del pecho, pero poca gente sabe que la madre produce defensas en referencia al ambiente en el que se encuentra, no defensas para las posibles bacterias y virus de la guardería con los que no ha tenido contacto. De hecho, muchas guarderías no permiten entrar a las madres a las aulas. Todavía nos queda un largo camino de reflexión, pero para que cada cual escoja su camino en el siglo XXI se necesita observar el paisaje a vista de pájaro y reconocer las limitaciones materiales, para luchar contra ellas o adaptarse a las mismas.

Conclusiones

La autora finaliza su artículo con unas conclusiones muy profundas. Constata que en antropología se ha escrito mucho sobre todo tipo de símbolos y ritos menstruales, pero no hay casi nada sobre lactancia. ¿Y cuál es la posible causa? Según ella porque en las sociedades occidentales modernas los ciclos menstruales se repiten a sí mismos “ad infinitum” mientras que la lactancia es algo inusual. Sería una especie de sesgo en la visión de la antropología actual, que no es capaz de abstraerse de la realidad actual del todo.

Mientras Margaret Mead y Newton consideran la lactancia como un periodo de transición para el bebé, la autora se interesa por el fenómeno desde el punto de vista de la mujer en sí misma. La lactancia prolongada se asocia con una ausencia de menstruación prolongada y esto se ve influido por factores culturales que influyen en la frecuencia de amamantamiento. La amenorrea es la norma para las mujeres preindustriales. La menstruación en ese mundo es un estado “liminal” entre dos hijos (un concepto antropológico que se podría traducir por “transitorio”) y poco común. Si no está entre niños está en la pubertad o en la menopausia, cuando se suelen tener ciclos anovulatorios. Ese estado de estar como entre “dos tierras” es, según Harrell, lo que podría relacionarse con las ideas de magia, contaminación o aislamiento que han sido estudiados por la antropología.

 ¿Y qué del ciclo menstrual recurrente actual?
“En la sociedad occidental moderna, funcionamos continuamente en este estado sexual aumentado, este surgimiento cíclico de potentes hormonas femeninas. Pensamos que es nuestro derecho natural de nacimiento, y como mujeres nos ponemos a la defensiva ante la sugestión de que la “naturaleza” pueda afectar nuestro temperamento o juicio. Tendemos a favorecer la aceptación pública de la menstruación como una función normal y natural, aunque lo hacemos con un cierto grado de ambivalencia. Por ejemplo, en “The Curse”, un exhaustivo esfuerzo para desmitificar la menstruación, en última instancia se recomienda ratificar”el más elemental y obvio aspecto de la condición de mujer” a nuestras hijas como “la bendición de Eva”, promoviendo al mismo tiempo y con entusiasmo la extracción menstrual, el “periodo de 60 segundos” (Delaney, Lupton y Toch). (…)”

 La menstruación de 60 segundos de la que habla el libro de “The Curse” es una aspiración del líquido menstrual similar a un aborto temprano y que un grupo feminista difundió en los años setenta.


Pero aquí viene el párrafo más impactante y enigmático de todo el artículo de Barbara B. Harrell con el que me despido: 

“El ciclo reproductivo preindustrial con su periodo de transición intensivo sugiere otra visión, que el ciclo menstrual continuo no es un atributo natural de las hembras humanas. Quizas “la maldición” (“the curse” en inglés quiere decir maldición y es un nombre coloquial de “la regla”) puede ser explicada como un artefacto de la Edad de la Tecnología, algo impuesto a las mujeres por una sociedad de la abundancia que no necesita más niños“.

Recuerdo el acceso al artículo completo en inglés:  http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

ACTUALIZACIÓN: 
Como se aclara en el libro “On fertile ground: a natural history of human reproduction” actualmente hay varias posturas o enfoques que explican la falta de menstruación temporal en las madres lactantes: las que basan la explicación en la frecuencia de las tomas del bebé (John Bongaarts), otra es la de la carga metabólica relativa (la energía que tiene que derivar la madre hacia la lactancia se reduce al introducir alimentación complementaria, por ejemplo) y también hay una investigadora que ha añadido una más, la influencia en la fertilidad de la mujer del nivel de grasa en su cuerpo (Rose Frish)”. Más en: “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976)” http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

¿Menstruar mola? ¿Menstruar es un atraso? Una respuesta corta posible.

A estas preguntas, planteadas en un artículo de la Revista Pikara escrito por Erika Irusta, hay varias contestaciones, unas más largas que otras. Quizás que gran porcentaje de las mujeres de una sociedad vivan ciclos menstruales consecutivos e indefinidos toda su vida no es que sea un atraso sino algo muy, muy moderno. Además, puede tener algunos riesgos, si se observa lo que está ocurriendo a nivel estadístico y global, más allá de los casos individuales. Dejo una de las posibles respuestas, por ahora:

Ilustración de Luisa Jara incrustada de: http://www.pikaramagazine.com/2014/05/menstruar-no-es-un-atraso/

“En mi opinión mentruar en sí mismo ni mola ni deja de molar, es un fenómeno fisiológico femenino que se produce cuando no hay una fertilización del óvulo. A mi nunca me ha dolido la regla en sí aunque si he notado el bajonazo premenstrual, noto cuando ovulo y el resto de mis fases. Pero menstruar no es el estado normal para el que estaba diseñado nuestro cuerpo, que es igual al de las primeras Homo Sapiens que tenían hábitos de vida, reproductivos y alimenticios bastante diferentes a los nuestros. El estado “normal” de la mujer estadísticamente hablando (y sin componentes ideológicos de por medio) de muchas culturas cazadoras-recolectoras es estar embarazada y, sobre todo, en amenorrea de la lactancia. Esto también ocurre en culturas sedentarias preindustriales. Así que hemos pasado de la época de los ciclos de fecundidad constante a la época de los ciclos de menstruaciones constantes, gracias a que las mujeres no tenemos hijos o solamente uno a lo largo de la vida. 

Tener demasiados ciclos menstruales y ovulativos, no quedarse embarazada y no amamantar tiene riesgos objetivos para el cuerpo de mujer Homo Sapiens actual, no sabemos cómo será la evolución en el futuro pero sí conocemos los riesgos actuales aunque curiosamente sean poco conocidos para el gran público. Así que no, menstruar toda la vida no mola nada, aumenta el riesgo de cáncer de mama, ovario y endometrio. Podemos elegir varios caminos vitales pero para decidir en libertad hace falta información. Los Rockefeller nos invitarán a elegir su camino, el de hormonarnos con sus anticonceptivos que imitan un falso embarazo. Otro camino es decidir no tener hijos ni amamantarlos conociendo los riesgos. Y otro camino es elegir ser madre joven, a ser posible, y amamantar todo lo que se pueda y de paso conseguir una larga amenorrea de forma natural. Entre medias todos los grises y matices que queráis. Todos los caminos tienen riesgos y beneficios pero, ojo, salgamos de la época actual y el etnocentrismo porque en la historia de la humanidad lo que estamos viviendo es tan solo un segundo al lado de millones de años. 

Siempre ha habido mujeres que han menstruado toda su vida y han decidido no tener hijos pero ya desde antiguo se conocían los efectos, era “el mal de las monjas”, la “plaga maldita”: el cáncer. Mucho antes de que existieran los disruptores endocrinos, la contaminación, antes de la revolución industrial… No sé, cómo mínimo creo que tenemos que informarnos, aunque la verdad sea dura y no sea políticamente correcta. También hay problemas menstruales que se alivian o mejoran con la maternidad. Yo me enteré de todo esto con 34 años, me gustaría que si algún día tengo hijas pudieran tomar sus decisiones con libertad e información”. 
 
Germaine Greer, “La mujer completa”: “Las hembras humanas modernas están muchísimo más estrogenizadas que sus antepasadas recientes. Una zoóloga de Oxford calculó que en un plazo de apenas 200 años el número medio de ciclos menstruales vividos por una mujer europea a lo largo de su vida se ha incrementado de 30 a 450. Su cálculo se basa en que la primera menstruación se ha adelantado y en la menor frecuencia de los embarazos que cabe esperar que complete una mujer, seguidos de unos períodos de lactancia más breves. Si a ello se suma la estrogenización artificial de las mujeres postmenopáusicas modernas obtendremos el asombroso resultado de 600 ciclos o más. No existen precedentes en la historia de la hembra humana de los elevados y fuertemente fluctuantes niveles de hormonas esteroides circulantes que ahora soportamos, pero como no sabemos qué ayudaba a la mujer del siglo XIX a sentirse bien o ni siquiera si se sentía bien, difícilmente podemos saber si la mujer moderna está mejor o peor con su endocrinología enormemente alterada”.

 
Beverly Strassmann (antropóloga): “Con fines comparativos, yo asumo que 400 menstruaciones a lo largo de la vida no son inusuales en las mujeres estadounidenses. La mediana de 109 menstruaciones a lo largo de la vida entre las mujeres Dogon es un cuarto de este valor. Dado que los Dogon son sedentarios y agricultores, la alta frecuencia de menstruaciones encontrada en tantas poblaciones contemporáneas humanas probablemente se originó no con la agricultura sino con el control de los nacimientos.”  El artículo de esta antropóloga completo y traducido: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/…/la-biologia… 

Los riesgos de no ser una madre joven y no amamantar: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/…/decisiones… 

Un saludo.

Para profundizar en el tema: 

Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981)
La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976)
La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens. Traducción de un artículo de Beverly I. Strassmann

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens. Traducción de un artículo de Beverly I. Strassmann


Hoy me limito a presentar una traducción de un artículo de la antropóloga Beverly Strassmann. Lo he intentado traducir de la mejor forma posible pero si alguien detecta algún error puede comunicármelo en los comentarios. Las negritas en algunas partes son mías, no están en el original, pero creo que pueden resaltar lo que a mí me ha parecido más llamativo. Hay que tener en cuenta que es un texto antropológico, no divulgativo, por eso tiene partes muy estadísticas. Agradezco a Beverly Strassmann haberme permitido traducir y divulgar su artículo, que se puede consultar en su version íntegra en inglés y con todos sus gráficos en el siguiente enlace:

http://www.academicroom.com/article/biology-menstruation-homo-sapiens-total-lifetime-menses-fecundity-and-nonsynchrony-natural-fertility-population

Este texto me ha hecho reflexionar sobre cómo en la sociedad actual pensamos que menstruar toda la vida de forma ininterrumpida es normal, incluso positivo o sano. La realidad es que es un patrón relativamente nuevo en la especie humana e incluso tiene algunos riesgos para nuestra salud. ¿Nos encontramos quizás ante un pequeño gran desfase entre nuestra biología y los hábitos reproductivos modernos? ¿Cuáles serán las consecuencias a nivel evolutivo? No lo sabemos. En cualquier caso, mejor tratar de comprender el fenómeno, dudar, tirar del hilo y seguir investigando para poder tomar decisiones informadas en el siglo XXI. ¡Allá va el texto!

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens: El total de menstruaciones en toda una vida, fecundidad y asincronismo en una población de fertilidad natural.

Autora: Beverly Strassmann. Departamento de Antropología, 1020 LSA Building, University of Michigan, Ann Arbor, Mich. 48109-1382, USA (BIS@umich.edu).18 VII 96

Los estudios de biología reproductiva femenina en humanos se limitan casi todos a mujeres que pasan la mayor parte de sus años reproductivos con ciclos menstruales. Teniendo en cuenta que la biología reproductiva humana evolucionó cuando el embarazo y la lactancia eran los estados reproductivos usuales (Short 1976) es importante tener en cuenta los patrones reproductivos en las poblaciones de fertilidad natural. En estas poblaciones, las parejas no intentan controlar su fertilidad de una manera dependiente de la paridad (Henry 1961). Johnson et al (1987) condujeron una investigación longitudinal de la menstruación en una sociedad no-contraceptiva, los Gainj de Papua Nueva Guinea, pero su muestra incluía solamente 40 ciclos menstruales de 36 mujeres. Bentley, Harrigan y Ellison (1990) monitorizaron 178 ciclos menstruales entre los Lese de Zaire, pero como había una enfermedad venérea endémica, muchas mujeres Lese eran estériles y por lo tanto mostraban el patrón occidental de menstruación repetida sin quedarse embarazadas. Aquí presento los primeros datos prospectivos y a largo plazo sobre la menstruación en una población de fertilidad natural, los Dogon de Mali. La muestra incluye 477 ciclos menstruales no truncados en 58 mujeres. Me centro en tres preguntas específicas: (1) ¿Desde la menarquía a la menopausia, cuántas reglas experimentan las mujeres Dogon durante su vida? (2) ¿Cuál es el patrón que siguen las menstruaciones durante toda la vida? y (3) ¿Sincronizan las mujeres Dogon sus menstruaciones?

Los Dogon son cultivadores de mijo del Sahel y tienen un ratio total de fertilidad de 8.6 * 0.3 nacimientos vivos por mujer (Strassmann 1992). Proveen una rara oportunidad de monitorizar el estatus reproductivo femenino en una sociedad preindustrial porque existen estrictos tabúes que requieren que las mujeres menstruantes sean segregadas por la noche en cabañas especiales. La función de estos tabúes y de la menstruación en sí ha sido considerada en otros lugares (Strassmann 1992). A través de un censo nocturno (N = 736 días) de las mujeres presentes en las dos tiendas menstruales del pueblo estudiado (Julio 1986 – Julio 1988), ha sido posible detectar el inicio de la menstruación sin entrevistas y así evitar errores en el recuerdo o a la hora de informar. Una comparación del calendario de las visitas de las mujeres a las cabañas menstruales con perfiles hormonales de las mujeres (pregnanediol urinario-3, glucurónido y estrona-3-glucurónido) indicaron que las mujeres (N=70) fueron a las cabañas de menstruación durante el 86% de sus reglas y que se quedaron fuera de las cabañas cuando no estaban menstruando (Strassmann 1996b). Monitoreo prospectivo de 25 embarazos indicó que todos los 25 nacimientos ocurrieron aproximadamente nueve meses después de la última visita de la madre a las cabañas de menstruación (Strassmann 1992). Estos resultados confirman que que si una mujer Dogon visita una cabaña de menstruación está de hecho menstruando.

El ciclo menstrual prolongado de las mujeres occidentales se ha invocado como un factor de riesgo de cáncer del aparato reproductor (Short 1976, Eaton et al. 1994), una de las principales causas de mortalidad. ¿Pero cuántas menstruaciones solían experimentar las mujeres antes de la llegada de la anticoncepción? Debido a la dificultad de recopilar la información precisa sobre la menstruación en entrevistas, hay pocos datos disponibles para responder a esta cuestión. Eaton et al. (1994) calculó que en los cazadores-recolectores las mujeres que pasaban de la menopausia experimentaban aproximadamente160 ovulaciones en su vida, pero esta estimación no se basa en datos empíricos de la menstruación o de la ovulación entre los cazadores-recolectores.

NÚMERO TOTAL DE MENSTRUACIONES A LO LARGO DE LA VIDA.

Tomé ​​registros objetivos de la asistencia a la choza menstrual, como lo corroboran los datos hormonales, para determinar el número de menstruaciones experimentado por las mujeres Dogon a lo largo de la vida, asumiendo su supervivencia a la menopausia. En mi muestra, la mediana de edad de la menarquía era 16 y la mediana de edad de la menopausia era 50. El número medio de visitas a la choza en una vida era de 110 y la mediana era 94. Estos valores fueron calculados como la suma del número medio (o de la mediana) de visitas a la choza de cada edad (las mujeres individuales que no visitaron las chozas a una edad particular porque estaban embarazadas o en amenorrea contribuyeron un valor de cero a la computación). Para corregir las menstruaciones detectadas hormonalmente que no fueron señaladas en una visita a las chozas menstruales, dividí el número total de menstruacionesa cada edad por 0.86. Después de esta corrección, el número medio estimado de menstruaciones en la vida era 128 y la mediana era 109.

Una médico estadounidense que registró todas sus menstruaciones a lo largo de su vida y que tuvo 3 nacimientos tuvo un total de 355 ciclos menstruales. (Treloar et al. 1967). Su experiencia menstrual abarca 32 años en lugar de los más típicos 38 años de las mujeres estadounidenses, por lo que ella pudo haber tenido un menor número de menstruaciones que la media de la mujer estadounidense. De todos modos, Treloar et al. informan que hasta su primer embarazo la longitud de su ciclo era al menos dos días más corto que la media, lo que cancela parcialmente el efecto de una experiencia menstrual corta. Eaton et al (1994) estiman que las mujeres estadounidenses tienen un total de cerca de 450 ovulaciones. Su estimación asume que desde la menarquía a la menopausia el 96% de los ciclos menstruales son ovulatorios. En los años de la postmenarquía y de la perimenopausialas mujeres tienen muchos ciclos largos anovulatorios (Baird, 1985), así que las estimaciones de Eaton et al de 450 ovulaciones en una vida son probablemente demasiado altas. Con fines comparativos, yo asumo que 400 menstruaciones a lo largo de la vida no son inusuales en las mujeres estadounidenses. La mediana de 109 menstruaciones a lo largo de la vida entre las mujeres Dogon es un cuarto de este valor. Dado que los Dogon son sedentarios y agricultores, la alta frecuencia de menstruaciones encontrada en tantas poblaciones contemporáneas humanas probablemente se originó no con la agricultura sino con el control de los nacimientos.

PATRÓN DE LAS MENSTRUACIONES.

Los datos también revelan características del patrón de la menstruación sobre las historias de vida de las mujeres. La frecuencia de la menstruación entre las mujeres Dogon tiene una relación con forma de “U” con la edad entre la menarquía y la menopausia (fig. 2). Para mostrar esta relación más claramente, el gráfico excluye a las mujeres que estaban constantemente embarazadas o en amenorrea, y se presentan los dos años enteros de datos. Las mujeres por debajo de 20 años tuvieron una media de 10.8 y 3.3 menstruaciones en dos años, las mujeres entre 20-34 años tuvieron 3.8-0.6 menstruaciones, y las mujeres de 35 años y más tuvieron 12.9 2.2 menstruaciones. Este resultado es consistente con los informes de que la fecundidad tiene una relación inversa en forma de “U” con la edad (Bendel and Hua 1978, Jain 1969, Wood and Weinstein 1988). Una variable de confusión potencial es la frecuencia coital, pero las numerosas menstruaciones entre las mujeres menores de 20 años son probablemente debidas a la subfecundidad adolescente porque las mujeres de estas edades ya tenían compañeros sexuales regulares. De hecho, es normativo entre las mujeres Dogon empezar con las relaciones sexuales antes de la menarquía. La frecuencia menstrual baja entre las mujeres de 20-34 años refleja un ratio muy alto de embarazos (fig. 3) y de supresión lactacional de la ovulación (tabla 1). En el estudio de dos años, tener ciclos menstruales era el estado reproductivo más largo para las mujeres más jóvenes (menos de 20 años) y las mayores (más de 34 años), mientras la amenorrea de la lactancia era el estado más largo para la primera edad reproductiva de las mujeres (20-34 años). Después de los 34 años, la frecuencia de la menstruación caía dramáticamente y el ratio de embarazos se desplomaba. Este cambio puede ser atribuído a la fecundidad reducida, menor frecuencia coital en los matrimonios de larga duración, y la mayor mortalidad intrauterina al final de los años reproductivos (Strassmann 1990, Wood 1989).

El perfil reproductivo de la mujer (N = 122) en el pueblo estudiado es mostrado en la figura 4. En los 736 días del estudio la proporción media ( + estandar de desviación) de las mujeres que tenían ciclos menstruales en un día determinado era 0.25 + 0.01; 0.16 k 0.04 por día estaban embarazadas, 0.29 + 0.04 estaban en amenorrea de la lactancia, y 0.31 + 0.006 eran postmenopaúsicas. (Estar dentro del ciclo menstrual fue definido como el intervalo desde el primer día de la primera menstruación postparto hasta el primer día de la última menstruación antes de un embarazo reconocido; el embarazo fue definido como el intervalo desde el segundo día de la última menstruación hasta el día del nacimiento o el aborto; la amenorrea de la lactancia fue definida como el intervalo desde el día después del nacimiento o aborto hasta el día después de la primera menstruación postparto). En cualquier día determinado, la subfecundidad de la mujer fue sobrerepresentada sobre las mujeres con ciclos menstruales. Las mujeres más fecundas concebían en una de sus primeras ovulaciones postparto y en seguida “caían fuera de la piscina” de las mujeres que regularmente menstruaban. Por ejemplo, entre las mujeres con edades comprendidas entre lo 20-34 años, solamente dos eran estériles, y tenían 23 y 29 menstruaciones cada una de ellas durante los dos años del estudio. La otra mujer en su cohorte de edad tuvo una media de solo 3.8 + 0.6 menstruaciones. Así que las menstruaciones regulares eran un signo de esterilidad, no de fecundidad.

Cuando la duración del ciclo menstrual era calculada por la asistencia a las chozas menstruales, la mediana de la duración de los ciclos menstruales medios de las mujeres era de 30 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fueron 30.0 y 32 días, respectivamente; N = 58 mujeres, 477 ciclos; el rango de edad fue 15 a 53 años, la media de edad * la desviación estandard fue 30.9 + 9.7 años). Cuando los ciclos más largos de 46 días (N = 73) o más cortos de 17 días (N = 4) fueron excluidos por ser valores atípicos como fueron definidos por Wilkinson (1990:550), la mediana de las duraciones medias de los ciclos menstruales fue 28.5 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fue 27.5 y 29 días, respectivamente; N = 54 mujeres, 400 ciclos). La duración estimada del ciclo en cualquier población refleja la estructura de edad de la muestra, pero la duración del ciclo en las Dogon es biológicamente indistinguible de la duración del ciclo de las poblaciones occidentales (Chiazze et al. 1968, Treloar et al. 1967, Vollman 1977).

SINCRONÍA MENSTRUAL

McClintock (1971) informó de que la interacción social causaba que los comienzos menstruales de los grupos de amigas que comparten dormitorio se acercaran dos días en un período de cuatro a seis meses. Ni McClintock ni los subsecuentes investigadores encontraron ninguna tendencia de las menstruaciones a hacerse concordantes, pero al fenómeno se le llama con el equívoco término “sincronía menstrual”. En análisis cuidadosos, Wilson (1987, 1992) mostró que tres errores estadísticos socavan la evidencia de McClintock así como las de las de investigadores posteriores (Graham y McGrew 1980, Quadagno et al. 1981, Preti et al. 1986): (1) fracaso para corregir la convergencia de inicios menstruales por casualidad, (2) exageración de las diferencias de partida en los inicios a través del cálculo equivocado, que conduce a una impresión errónea de sincronización con el tiempo, y (3) posible sesgo de muestreo. Strassmann (1990) planteó preocupaciones adicionales que tienen que ver con la novedad evolutiva del estudio de poblaciones y las inconsistencias en los hayazgos a través de los estudios, sugiriendo la posibilidad de efectos aleatorios. Por otra parte, hay tres estudios que no encontraron evidencias de sincronía en las poblaciones occidentales (jarett 1984, Wilson, Hildebrandt Kiefhaber, and Gravel 1991, Trevathan, Burleson, y Gregory 1993). A pesar de la escasez de datos de apoyo, muchos investigadores continúan aceptando la existencia de sincronías menstruales en lugar de confrontar los asusntos metodológicos que Wilson planteó (Graham 1991, Weller y Weller 1993).

Antes del estudio de Dresent no había tests publicados sobre la sincronía menstrual en poblaciones con fertilidad natural. La ausencia de sincronía en esas poblaciones tendría dos importantes implicaciones: (1) debilitaría seriamente la hipótesis (Burley 1979, Turke 1984) de que la sincronía menstrual es adaptativa, y (2) refutaría la tan extendida suposición entre los antropólogos de que la sincronía menstrual ocurría en las sociedades preindustriales (Buckley 1988, Knight 1988). En las poblaciones de fertilidad natural, el embarazo y la amenorrea imperidían que las mujeres tengan ciclos menstruales concurrentemente, pero la posibilidad de sincronía puede ser probada entre las restantes mujeres. Entre las mujeres Dogon de todas las edades que tenían ciclos menstruales durante el presente estudio, la mediana del número de menstruaciones en dos años fue 6.0. McClintock (1971) informó de que la mayor parte de la sincronización en su estudio fue situada en aproximadamente cuatro ciclos. Si es así, entonces muchas mujeres Dogon tuvieron suficientes ciclos para sincronizarse, particularmente en la cohortes de edad menores de 20 años y mayores de 34 años.

En vista de lo anterior, puse a prueba la sincronía menstrual en los Dogon. Para evitar los errores metodológicos discutidos por Wilson (1992) introduje dos aproximaciones estadísticas. Usando la regresión de Cox (Cox 1972, Dixon 1992) pregunté si, en cualquiera de los ciclos, el riesgo de una mujer de menstruar era influenciado por el número de las otras mujeres que estaban menstruando. El número de otras mujeres menstruando fue calculado como tres variables independientes diferentes: “Pueblo” se refiere a todas las otras mujeres del pueblo; “linaje” se refiere a todas las otras mujeres que vivían en un particular linaje de familiares masculinos; y “unidad económica” se refería a las mujeres que habitualmente trabajaban juntas y comían juntas. Estas variables capturan, con el aumento del grado de cercanía, las tres principales niveles de interacción social entre las mujeres. Este análisis es modelado como sigue: hilt) = ai(t).epx(t) donde hi(t) es el riego “ith” de que una mujer menstrúe en un tiempo “t” y ai(t) es es la tasa de riesgo de referencia para la mujer “ith” y x(t) es una variable explicativa en función del tiempo probada individualmente. Los tres coeficientes no eran significativos, proporcionando ninguna evidencia de la sincronización.

Si la sincronía menstrual es causada por el ciclo lunar (Pochobradsky 1974, Law 1986, Cutler et al. 1987) u otros ritmos ambientales (Little et al. 1989) entonces debería ocurrir en todo el pueblo. De acuerdo con la hipótesis nula de la asincronía, los inicios de las menstruaciones de mujeres diferentes deberían ser independientes, y por lo tanto el número de inicios por día debería encajar en la distribución de Poisson. De acuerdo a la hipótesis alternativa de la sincronía, los inicios menstruales deberían estar agrupados. Bajo la hipótesis nula, el número esperado de inicios por día, E(N), iguala al número de mujeres en riesgo de menstruar en un día concreto (por ejemplo en ciclo menstrual y no estando embarazada ni en amenorrea) dividido por el número de días de riesgo. Siguiendo esta lógica, calculé el número esperado de inicios E(Nt) para cada día (t) dividido por el número de días en la ventana. En los 736 días del estudio, el número de días observado y esperado con 0, 1, 2, 3 y 4 inicios no diferió significativamente = 1.50, d.f. = 4). Por lo tanto la hipótesis nula de que los inicios menstruales de las mujeres eran independientes no pueden ser rechazados.

Entre los Dogon la luz eléctrica está ausente, así que las condiciones eran favorables a probar específicamente la sincronía lunar. Probé la regresión de Cox para preguntar si el riesgo de que una mujer menstruara estaba influenciado por la fase lunar. La fase lunar fue expresada como una variable categórica de tiempo con una variable control para cada una de las cuatro fases lunares. El análisis fue estratificado por mujer (N = 58), y cada ciclo (N = 477) fue una observación. Ninguno de los coeficientes fue significativo, ninguno probó evidencia de sincronía lunar.

La falta de soporte empírico para la sincronía menstrual en los Dogon y en las poblaciones occidentales no establece la ausencia del fenómeno en todas las especies, pero desplaza la carga de la prueba en aquellos que argumentan que el fenómeno existe. La evidencia de la sincronía también debería incluir un entendimiento de los mecanismos por los cuales la sincronía es lograda. En el presente, las feromonas y las influencias ambientales que supuestamente causan la sincronía en humanos no ha sido identificada. McClintock (1981) argumenta que la sincronía menstrual es un efecto secundario sin función de los mecanismos que son adaptativos a diferentes contextos. Sin embargo, este contexto permanece oscuro. La sincronía sí ocurre en otros sistemas biológicos (sincronía de eclosión, la luciérnaga intermitente, la descarga neuronal, por nombrar algunos), pero en estos casos la función de la sincronía se comprende mejor. Wallis (1985, 1992) informó de sincronía en los hinchazones de los celos en las chimpancés (Pan troglodytes), pero su metodología no está clara y parece violar las asunciones subyacentes a sus pruebas estadísticas. Por ejemplo, en el estudio de chimpancés cautivos, su test chi-cuadrado violaba la suposición de independencia en las observaciones. Las explicaciones adaptativas para la sincronía menstrual en humanos asumen la concordancia de ovulaciones y de periodos fértiles superpuestos (Burley 1979, Turke 1984), pero si los ciclos de las mujeres consiguen solo dos días de acercamiento en cuatro a seis meses (McClintock 1971) el impacto en el momento de concepciones es probablemente despreciable.

Si la sincronía menstrual existe, entonces durante la sincronización por lo menos algunas mujeres deberían acortar o alargar sus ciclos menstruales para acercar sus inicios de menstruación a los de las mujeres con las que se están sincronizando. La plausibilidad de tal ajuste necesita ser evaluada a la luz de otros determinantes del ciclo menstrual. En poblaciones con fertilidad natural, muchos ciclos incluyen embarazos transitorios que fallan solo después de unos días o semanas, resultando en una bajada hormonal, que entonces dispara la menstruación. En estos ciclos, el momento de la menstruación y de la duración del ciclo menstrual están determinados por el momento del embarazo fallido (Wilcox et al. 1988). Entre las mujeres estadounidenses sin anticonceptivos, el embarazo ocurrió en el 28% de los ciclos menstruales (N = 707 ciclos), y 31% de esos embarazos terminó en pérdida (Wilcox et al. 1988). Así, en 28% de los ciclos, la sincronía menstrual podría haber sido impedida por un embarazo.

Muchos otros factores también afectan la duración del ciclo y reducen la potencial sincronía menstrual. Por ejemplo, largos, intervalos irregulares entre menstruaciones están asociados con anovulaciones en los años posteriores a la mernarquía y anteriores a la menopausia (Baird 1985). Entre las mujeres de la primera edad reproductiva, los ciclos irregulares y anovulatorios están asociados con un equilibrio energético negativo (Ellison 1990), la lactancia (Howie y McNeilly 1982), y el estrés psicosocial (ver Wasser y Barash 1983). En un estudio de 275.947 ciclos en 2.702 mujeres estadounidenses, Treloar et al. (1967) concluyó que el ciclo menstrual está “caracterizado por la variabilidad mas que por la regularidad”. A la edad de 20, la duración mediana del ciclo menstrual fue 27.8 días y la diferencia entre el percentil 10 y el 90 para una desviación estándar persona-año fue 6.3 días. La variabilidad de la duración del ciclo alcanzó un mínimo a los 36 años, cuando la mediana de la duración de ciclos era 26.6 días y la diferencia entre los dos percentiles era 3.6 días. La variabilidad inherente de la duración del ciclo tiene dos componentes: (1) las periodicidades diferentes (duración del ciclo) de mujeres diferentes, y (2) la variabilidad sustancial dentro de la mujer entre en la longitud de su propio ciclo (Treloar et al. 1967, Vollman 1977). Ambos son obstáculos para la sincronía.

Dada la escasez de pruebas, es sorprendente que la creencia en la sincronía menstrual esté tan extendida. Sugiero que esta creencia proviene, en parte, de un popular malentendido sobre cómo de separados se esperaría que estuvieran los inicios de dos mujeres por solamente el azar. Si dos mujeres tienen un ciclo menstrual de 30 días, lo máximo que pueden estar fuera de fase es 15 días, y, en promedio, se esperaría que sus inicios estuvieran 7-5 días separados (Wallis 1985, Strassmann 1990, Wilson 1992).

La mitad del tiempo de sus inicios debería estar más cerca de 7-5 días. Si la sincronía menstrual entre amigas tiene una atracción psicológica, entonces los inicios que están muy juntos pueden causar una mayor impresión que los inicios que son dispares.

Relacionado:

– Decisiones informadas: Los riesgos de no ser una madre joven (y no amamantar): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/01/decisiones-informadas-los-riesgos-de-no.html

– “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976): http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html

– Reseña de “La Lactancia y la Menstruación desde una Perspectiva Cultural” de Barbara B. Harrell, de 1981.

– La menstruación como ahorro energético, de Beberly Strassmann: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/09/la-menstruacion-como-ahorro-energetico.html

– ¿Menstruar mola? ¿Menstruar es un atraso? Una respuesta corta posible: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/menstruar-mola-menstruar-es-un-atraso.html