Un suceso insignificante

Ayer ocurrió algo que no saldrá en ningún periódico, un evento en teoría insignificante al lado de las detenciones de corruptos, los escándalos políticos y las operaciones policiales de nombres rimbombantes.

Lo que pasó fue lo siguiente: todas las personas que iban dentro de un abarrotado ascensor del metro de Madrid en la estación de Cuatro Caminos se negaron a bajar para que pudiera entrar una madre con un niño pequeño en un carrito. No es que no se dieran cuenta, ya que ella misma se lo hizo ver, señalando que la utilización de los ascensores es prioritaria para algunos usuarios, entre los que se encuentran las personas que viajan con niños pequeños. Hubo silencio, miradas bajas y las puertas del ascensor se cerraron con una mezcla de vergüenza y satisfacción. Quizás esos viajeros, jóvenes en su mayoría y capaces de usar las escaleras sin problemas, ganaron unos minutos para llegar a su lugar de destino. Todos perdimos en humanidad.

¿Qué se puede esperar de una sociedad así? ¿En serio alguien cree que puede existir regeneración social cuando todo se centra en lo político y económico y se olvida la convivencialidad? La forma en la que se crean y consolidan las relaciones humanas es la base sobre la que se construye una sociedad. No es peor, humanamente hablando, cualquiera de las personas que iba en ese ascensor que el mayor de los políticos corruptos.

Reconocer la propia inmoralidad es el primer paso para cambiar las cosas y no hay mayor inmoralidad que no ser capaz de acabar con una situación injusta. En este caso concreto, la madre del carrito tendría que haber sacado, independientemente del grado de violencia, a por lo menos cuatro o cinco personas del ascensor. O por lo menos haberlo intentado. En lugar de eso se quedó simplemente en la denuncia y hoy todos los implicados habrán borrado de su memoria tan banal suceso.

Sin embargo, las personas que apostamos por un verdadero cambio social no podemos dejar de señalar que lo que oficialmente es identificado como lo “importante” es secundario al lado de lo “insignificante”. La corrupción moral está tan dentro de nosotros como lo está en el político más bribón, quizás tan sólo hay una diferencia de grado o de actitud. Mientras otros se limitan a señalar los males ajenos como objetivo militar a destruir, otros pensamos que lo ético y lo convivencial debería ser prioritario. Lo más duro de todo es darnos cuenta de que casi todos hemos ocupado y alternado en algún momento el papel de la gente del ascensor y el de la madre y el niño que se quedan fuera. Ascensor, metáfora de una sociedad decadente. Un asunto insignificante para el que no habrá manifestaciones ni concentraciones ni cartas de disculpas y que debería ser abordado desde la óptica de la convivencialidad. 

Fotografía de http://nosolometro.blogspot.com.es