Contra la manipulación de la violencia y el dolor por parte del Estado

Hoy he recordado aquellos días de mi adolescencia en los que había que hacer aquellos “minutos de silencio” politizados y nada inocentes por los asesinatos de ETA. Parecía que quien no los hacíamos éramos proetarras, que no estábamos al lado de las víctimas. En realidad, yo al menos, condenaba y condeno cualquier asesinato, más aún los asesinatos cobardes y en los que no es ni siquiera posible la autodefensa. Condenaba (y condeno) esos asesinatos etarras execrables, ese dolor, esas familias rotas, esos niños huérfanos o mutilados, pero me negaba a ser una fantoche de los señores y señoras del poder político y económico que querían utilizar el sufrimiento y los crímenes para servir a los intereses de sus propias agendas políticas y económicas, para ocultar la guerra sucia y el terrorismo de Estado (GAL-Gladio) que todavía sigue impune, de la manipulación para tapar la violencia que se ha ejercido contra muchas personas en el País Vasco simplemente por sus ideas, para tapar otras violencias, corrupciones y guerras. Por otro lado, en los guettos políticos de la izquierda decir que sentías solidaridad con las víctimas etarras podía suponer recibir miradas de recelo y suspicacia o ser catalogada inmediatamente con otras etiquetas ideológicas. Puedo estar equivocada o no, rectificar ante los errores, pero nunca me he callado ante la injusticia desde que siendo una niña la profesora de religión dijo que la homosexualidad era una enfermedad y la rebatí hasta el final.