Feminismo y Humanismo, por Federica Montseny

 Ahora que el nombre de Federica Montseny es usado por grupos feministas (Red Federica Montseny) quizás sea hora de recordar sus escritos. Evidentemente, no comparto la forma despectiva en la que describe a las feministas del partido inglés “Tercer sexo” como “solteronas” (aunque quizás sea un comentario del autor al que hace referencia, Antonio Dubois, y no de ella), ya que considero que las posturas ideológicas y políticas tienen que ser juzgadas por sí mismas, no en función de la vida íntima y personal de los sujetos, que deben tener libertad para tomar las decisiones sobre su propia vida que consideren oportunas. Tampoco comparto su visión utópica modernista de las mujeres del pasado, supuestamente sometidas a siglos de “obscurantismo” y “embrutecimiento intelectual”. Creo que habrá que ver en cada caso, época y lugar.

Sí me parece destacable y de vital importancia en el momento presente, por otro lado, su reivindicación del universalismo frente a la parcialidad y la denuncia del reformismo feminista en contraposición con la verdadera emancipación de la mujer y del hombre. También es reseñable su mención a los valores ante la vida de generosidad, abnegación y valentía, valores imprescindibles para cualquier ser humano que quiera cambiar el mundo o luchar contra una injusticia. Además, en lugar de ser asociados con la sumisión al hombre, como siempre suelen aparecer, Federica Montseny los asocia con una actitud altiva y demoledora, sin atisbo de debilidad y sensiblería, actitud válida tanto para hombres como para mujeres.

Desde luego, desde la búsqueda del placer como único valor supremo no se puede cambiar nada, porque en cualquier lucha se sufre y se pasa mal, como cualquier persona que se haya enfrentado con el poder injusto sabe bien. Hay llanto y sufrimiento, a la par que orgullo y satisfacción (y, por tanto, un placer sólido y no efímero) de saber que estás haciendo lo correcto. Estas dos caras de la vida son inseparables y negarlas nos quitan fuerza. El miedo a sufrir nos paraliza. El miedo a conocer la verdad y que nos dañe nos impide evolucionar. Esto no significa recrearse en el dolor, sino atravesarlo, trascenderlo, minimizarlo y equilibrarlo con recursos propios y externos (el apoyo mutuo).

De nuevo, os invito a una lectura que separe el grano de la paja y supere idealizaciones y defenestraciones:



Feminismo y Humanismo  – 1 de octubre de 1924 – página 12 de La Revista Blanca

Cierto amable y anónimo amigo me remite un ejemplar de un periódico, diciéndome: “Por si te interesa”.

El periódico en cuestión es El Pueblo, de Valencia, y señalado por el mismo remitente veo un artículo que se titula “El tercer sexo” y firma Antonio Dubois.

El escrito – ¡cómo no! – habla del feminismo y de las mujeres. Hay en él opiniones muy apreciables y bastante acertadas, y he pensado que merecía el comentario de una mujer, que, como tal, preocúpase preferentemente de los problemas de su sexo y a la que, como muy bien supuso el que tuvo la atención de remitirme el ejemplar del diario valenciano, interesan esas cuestiones del feminismo, aunque sólo sea para combatirlas y situarlas en el punto donde han de partir todas las inquietudes humanas: la transformación de una sociedad injusta y el abandono de una moral y unas preocupaciones que sólo han servido para esclavizar a la mujer y desviar a la especie toda.

Le dedicaré, por tanto, otro artículo al tema del feminismo, que quizá no hará más que repetir lo dicho en anteriores sobre el mismo asunto trazados, ya que dada su permamente actualidad y su lamentable y errónea tendencia, opino que el feminismo merece continuas críticas, y la emancipación de la mujer, máximo problema de los tiempos presentes, el esfuerzo modesto de los que en ella y en su influencia bienhechora, tenemos puesta nuestra esperanza.

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Antonio Dubois, en su artículo, divide en dos al feminismo: Uno es el que, según él, “conserva todos los encantos poéticos de la mujer” y otro – el del “Tercer sexo”, movimiento formidable que tiene su cuna y su fuerza en Inglaterra – el rudo, acre, despótico, imperativo, con la falta de feminidad que caracteriza a las mujeres solteronas, que odian a los hombres porque no han podido casarse.

El “Tercer sexo”, partido numerosísimo – lo que indica el gran contingente de mujeres que la guerra sentenció, con su monstruosa devoración de hombres, a la soledad forzosa – tan numeroso que lanza la cifra de un millón 700.000 adherentes, es el que quiere derribar del Poder al hombre y, desde él, imponer su dictadura a la humanidad. Sin embargo, Antonio Dubois, humorísticamente opina que unos cientos de miles de matrimonios aplacarían las iras reivindicadoras de ese millón y medio de mujeres energúmenas.

Este ha sido, el del llamado “Tercer sexo”, el movimiento feminista más importante en Inglaterra. El otro, el que “conserva todos los encantos poéticos de la mujer”, es lo que se ha bautizado con el nombre de socialismo cristiano, de importación de los países latinos, donde logró adquirir, particularmente en Francia, ciertos ribetes reformistas por haberlo adoptado las mujeres intelectuales y doctas, de tímida tendencia izquierdista. Más aclarado aún: es el propio feminismo anglo-sajón, perfumado y suavizado por la galantería y la espiritualidad humanista y ligera de las razas meridionales.

En España no existe el feminismo del “Tercer sexo”. No existe tampoco el socialismo cristiano. En realidad, no existe feminismo de ninguna clase y si alguno hubiese, habríamos de llamarlo fascista, pues sería tan reaccionario e intolerante, que su arribo al Poder significaría una gran desgracia para los españoles. Afortunadamente, no sucederá tal cosa.

En cuanto a los feminismos europeos, o las dos clases en que divide el feminismo Antonio Dubois, estimo, como siempre, que ambos adolecen del mismo defecto capital, suavizado en uno, áspero y estridente en otro: la falta de humanismo, de este amor a la humanidad que forma el más preciado y generoso fundamento de todos los ideales.

Es más aún: examinando fríamente el feminismo, sus puntos, sus programas máximos y mínimos, sus figuras y sus actuaciones, se llega a sacar la conclusión de que él, su fuerza retrógrada y coercitiva, suave o áspera – lo mismo da, pues quizá es más reaccionario el latino, con sus ribetes de socialismo o mejor, sillonismo, que el anglo-sajón, con sus pintorescas ansias revolucionarias de despechadas – representa un factor muy importante y muy grave, puesto al servicio de la reacción y con posibilidades de entorpecer el camino de las ideas modernas. Es decir, el feminismo, partido de Estado, de privilegio, de mando, de intolerancia religiosa y moral, de asperezas de sexo, de brutalidad dominadora o de falsa suavización de costumbres, puede convertirse, en el proceso evolucionista de los tiempos modernos, en el revulsivo que coarte la libertad del hombre, y de las mujeres, minoría por desgracia, que han logrado despojarse del lastre de los siglos transcurridos en el obscurantismo y el embrutecimiento intelectual.  

Yo creo que la cuestión de los sexos está clara, meridianamente clara: Igualdad absoluta en todos los aspectos para los dos; independencia para los dos; capacitación para los dos; camino libre, amplio y universal para la especie toda. Lo demás es reformismo, relativista, condicional y traidor en unos; reaccionario, cerril, intransigente y dañino en otros. 

¿
Feminismo? ¡Jamás! ¡Humanismo siempre! Propagar un feminismo es fomentar un masculinismo, es crear una lucha inmoral y absurda entre los dos sexos, que ninguna ley natural toleraría.

***

Antonio Dubois, comprendiendo por una parte el problema, por otra desbarra. Desbarra como desbarran cuantos, sin tener ideas verdaderamente avanzadas, quieren dar explicación y solución a fenómenos y cuestiones modernas.

Y dice, defendiendo el feminismo que él estima útil y verdadero “el insinuante y tierno que acabará por esclavizarnos”: “El día que la mujer legisle y administre, las grandes instituciones básicas de la sociedad en crisis: familia, educación, natalidad, justicia, asistencia social e higiene, hoy vacilantes en los brazos del hombre, se sostendrán con más solidez en las manos de ellas.”

El día que la mujer legisle y administre, continuarán las injusticias, los privilegios, las desigualdades, las miserias y las luchas, porque las bases de la actual sociedad, que Antonio Dubois cree podrá apuntalar el feminismo que conserva todos los encantos poéticos de la mujer que los tenga, no hay fuerza humana que las apuntale, ya que ellas, por podridas e injustas, están condenadas a morir.

He aquí el error fundamental del reformismo, que, como todos los partidos políticos, y hasta como nosotros mismos, ven en la mujer, como madre, educadora y compañera del hombre, un auxiliar precioso y un elemento decisivo para las ideas que se disputan la hegemonía del pensamiento; El reformismo, sea femenino o masculino, cree poder apuntalar a la actual sociedad con concesiones y paliativos. De ahí el origen del socialismo cristiano de Inglaterra y del feminismo meridional, impulsado y favorecido por los partidos políticos de izquierda, feminismo más peligroso que el otro y que en un porvenir no muy lejano verémosle representando el freno tradicionalista en los grandes acontecimientos sociales que se avecinan.

Por esto yo repetiré siempre que el feminismo, sea el que fuere, suave o áspero, reformista o ultramontano, no puede ser jamás un factor evolutivo ni un valor de renovación social. A lo sumo, con sus reformismos, una pequeña conquista arrancada a las preocupaciones y al ancestralismo.

Socialmente, acepta y exige privilegios que si son injustos disfrutándolos los hombres, también lo serán si los disfrutan las mujeres. Humanamente, tolera todas las coacciones de la moral y de la religión, es ordenado y metódico y cuando se vuelve revolucionario es por despecho y no por justicia, y, en ciertos aspectos, da la razón a cuantos hombres no consideran digna de ser igual en libertad y en derechos a la mujer. Es casi una desviación del sexo y en algunos momentos una regresión, representando un peligro para las mismas mujeres que no estén conformes con sus normas e intolerancia. No es capaz de ser demoledor, generoso, abnegado, valiente y altivo ante la sociedad y ante la vida. Carece de comprensividad, de ansias de justicia y de dignificación. Está fosilizado por los prejuicios y la moral reinantes y jamás comprenderá, sea suave o áspero, meridional o anglo-sajón, reformista o reaccionario, satisfecho o despechado, lo que es un ideal de armonía absoluta, de paz completa, de universalismo amplísimo, de evolución infinita y de libertad y perspectivas sin límites.

Federica Montseny

“Responsabilidad, personalidad, descendencia” de Federico Urales (1925)

Reproduzco un artículo publicado en la Revista Blanca nº41, el 1 de febrero de 1925 y escrito por Federico Urales (pseudónimo de Joan Montseny), padre, anarquista, tornero, maestro y sindicalista. Me ha llamado la atención por ser un texto contrario al discurso neomalthusianismo de la época en unos tiempos en los que el movimiento libertario ibérico florecía en toda su diversidad, que se veía reflejada en las diferentes publicaciones que había y en los interesantes controversias que se producían. No había ni rastro de pensamiento único y sí multitud de personas con reflexiones propias siempre debatibles. También sorprende la aparente contradicción entre lo que dice sobre tener hijos y que él mismo solamente tuviera una hija con Soledad Gustavo, la famosa Federica Montseny.

Por cierto, hoy me he enterado que desde Feminismos del 15-m de Berlín se ha impulsado la Red Federica Montseny. ¿Conocen el pensamiento de esta mujer anarquista? Federica decía cosas como estas: “Igualdad absoluta en todos los aspectos para los dos: independencia para los dos; capacitación para los dos; camino libre, amplio y universal para la especie toda. Lo demás es reformismo, relativista, condicional y traidor en unos; reaccionario, cerril, intransigente y dañino en otro …¿Feminismo? ¡Jamás! ¡Humanismo siempre! Propagar un masculinismo es crear una lucha inmoral y absurda entre los dos sexos, que ninguna ley natural toleraría”. O esto otro: “en realidad no existe feminismo de ninguna clase, y sí alguno existiera, habríamos de llamarlo fascista, pues sería tan reaccionario e intolerante, que su arribo al Poder significaría una gran desgracia para los españoles”. Tomado de: http://www.nodo50.org/despage/Nuestra%20Historia/75Aniversario/FedericaMontseny/federicamontseny.htm

La revista en la que se encuentra este artículo se puede descargar en pdf en este enlace (pg 9).

Responsabilidad, personalidad, descendencia

(…)

II

Eso del neomalthusianismo es el mayor de los apocamientos anarquistas, siempre según nuestra opinión que aquí mismo puede ser refutada.
Para quitar elementos de vasallaje y de esclavitud a la sociedad presente, hemos de negarle nuestros hijos. Pero, para que la sociedad no utilice nuestros hijos en su bien, mejor que procurar hacerles rebeldes, sean pocos o muchos, será tenerlos con cuentagotas.
Es un repliegue de la idealidad en lugar de ser un avance. Es una defensiva en lugar de ser una ofensiva. Es una adaptación al medio, en lugar de ser una revolución para destruirlo.
Lo que los neomalthusianos entienden táctica para quitar elementos de servidumbre a la sociedad burguesa y ofrecerle, en cambio, elementos de rebeldía, con pocos hijos y bien educados, es sólo, según nuestro sentir, un amoldamiento a la vida y al ambiente burgués.
Con el propósito de hurtar hijos a la sociedad injusta, los hurtamos a la Naturaleza, justa siempre.
Queremos hacernos la ilusión de llevar a término una obra revolucionaria, cuando la realidad es que nos quitamos molestias y quebraderos de cabeza en nombre de una convivencia ideal que tiene todos los caracteres de conveniencia particular.
Si no razonan mejor, son más sinceros aquellos que someten la cuestión de los hijos a una cuestión de economía doméstica. Se han de amoldar los gastos a los ingresos y como medida económica se limita el número de los hijos como se quita el chocolate al loro para reducir los gastos mensuales.
Esta última providencia es tan menguada como la primera, pero tiene sobre el neomalthusianismo la ventaja de la vulgaridad.
Este modo de discurrir, en el que para nada entran cálculos revolucionarios, es mucho más perdonable que el de aquellos que pretenden dar a su equivocación apariencias de acto protestatario.
Y es tan endeble el argumento de tener pocos hijos para poderles dar alguna educación con la cual librarse de la servidumbre burguesa, que con sólo presentar el caso ocurrido en el domicilio de León Daudet, cae por su base todo el razonamiento.
¿Qué medios económicos le faltaban al energúmeno de la “Acción Francesa” para educar a su hijo conforme a sus creencias?
Ninguno y no obstante el hijo había empezado a seguir un camino político diametralmente opuesto al del padre.
Lo que demuestra que hay un elemento de mucho más valor que el económico en la formación de nuestras mentalidades. Un elemento que no está en la escuela ni en el Banco; que está en la calle; en el periódico; en el libro; en las costumbres, y en el tiempo, contra el cual nada puede la más inteligente de las previsiones.
Tan irracional y mezquino es medir los hijos con los ingresos mensuales, como limitarlos para crear seres inteligentes y rebeldes a la servidumbre burguesa.
A lo mejor serán más rebeldes y más inteligentes los hijos del peón, que tuvo muchos y no cuidó de ninguno, que los de un anarquista, que solo tuvo uno, para convertirlo en un pozo de saber y de rebeldía.
A miles podríamos presentar los ejemplos.
Más que la voluntad de los padres, influye su ejemplo en la mentalidad de los hijos.
La facultad de ser algo en el mundo, es de naturaleza; serlo es un accidente. Podemos nacer en condiciones orgánicas para llegar a grandes hombres; serlo depende de mil circunstancias, y la economía es de las menos importantes. La mayoría de los grandes genios nacieron en hogares pobrísimos.
Muchos nombres podríamos citar que tienen un valor dentro de la filosofía anarquista, no obstante haber nacido de familias muy pobres, que para nada se preocuparon del porvenir de sus hijos.
Hay en ellos una fuerza positiva natural, muy superior a la fuerza negativa de la sociedad y de la familia, no pocas veces.
¿Niega lo dicho que el hogar no pueda ser fuente de idealidades? No. Quiere decir que los medios económicos del padre son un factor insignificante en la composición intelectual del hijo.
El principal medio es el ejemplo y el principal factor es el haber nacido con disposición para apropiarse los ejemplos de la familia y de la historia. Y son los ejemplos de la familia y de la historia. Y son los ejemplos vividos, no los pensados. Los ejemplos que nacen de nuestros actos, sin darnos cuenta; no los que vamos pensando cuando nos ponemos en dómine.
Así, más que nuestros sermones, influirán en la mentalidad de los hijos, nuestros actos, y nuestros actos inconscientes, lejos, muy lejos de todo profesorado, dentro y fuera de la familia.
Y es que los actos salen de nuesra vida y de todo nuestro ser, y los sermones que podemos dirigir a los hijos para que sean rebeldes a la injusticia, pueden resultar, y a menudo resultan, artificiosos y ridículos.
Con recursos económicos para enviar nuestro hijo a un colegio de fama, poco habremos hecho por sus ideas, si queremos que éstas sean con vistas a una sociedad libre.
El profesor cuidará de la instrucción de nuestro hijo, pero no de su educación intelectual. La educación ideal ha de ser del padre exclusivamente y lo mismo cuesta una vida de ejemplos vividos aplicándola a un hijo, que aplicándola a varios.
¿Qué dirá el hijo de un padre que para poderle educar a gusto no le dió un hermano y en cambio gasta en fumar y en beber más de lo que hubiera podido costar la vida que no se quiso?
¿Qué dirá el hijo de un padre que no supo emanciparse de costumbres y vicios que perjudicaban su salud y su bolsillo y en cambio le manda a él y a sus hermanos, pocos o muchos, a las fábricas para que ayuden a los gastos de la casa?
Más que todas las pláticas, más que todos los ideales, más que todos los buenos propósitos, podrá el sacrificio de lujos y goces y aun de la vida misma, en bien de los hijos, para los cuales el mayor bien será tenerlos a nuestro lado siempre, pasare lo que pasare.
Si se dijera que ello no es posible, nosotros contestaríamos que habría de serlo.
Si se quieren pocos hijos para educarlos mejor ¿quiénes han de ser los maestros? No pueden serlo los que más cobren, porque éstos los convertirían en idiotas. Han de ser los que cobren menos y de los que menos cobren, aquellos profesores que sustenten ideas afines a las nuestras, y esto se hace y se ha hecho siempre, que ha sido posible.
Repetimos que las elecciones mejores son aquellas que dan los padres con sus actos dentro y fuera del hogar, y estos actos no cuestan dinero. Precisamente los que lo cuestan son los actos y las lecciones que no educan.
Lo primero que ha de procurar el anarquista es emanciparse de la explotación ajena y luego impedir que sus hijos sean explotados por nadie.
Medios de vida humilde e independiente hay muchos, y en estos medios de vida humildes e independientes hemos de pensar para que nuestros hijos sean nuestros exclusivamente, lo mismo en sangre que en ideas. Han de crecer y educarse a nuestro lado.
¡Aquí está lo que podríamos llamar vida heroica de los humildes, de dentro de su misma humildad!
¿Pero cómo van a ser heroicos nuestros actos si todos son de hombre educado, de hombre adaptado, de hombre social?
Lo mismo en el hogar que en la vida, siembra más ideal el que más sonríe; el que más ideas optimistas esparce; el más sereno; el que más dueño de sí se manifiesta en todos los conflictos que esta sociedad plantea dentro de las familias y particularmente de las familias obreras; el que más amor aporta al contrato de las relaciones sexuales.
Son una cuestión de amor todas las cuestiones de la tierra y no una cuestión de posibilidades económicas.
Si fuera una cuestión de posibilidades económicas, con que los anarquistas procurásemos ser ricos, estaríamos al cabo de la calle. Es más; si en lugar de dedicar, los libertarios, toda nuestra voluntad a una causa que no nos produce más que quebrantos y sinsabores, la dedicáramos a enriquecernos, aceptando todos los medios inmorales e inhumanos que la sociedad ofrece a los que la acatan como buena, nos haríamos ricos lo mismo que los otros y podríamos dar a nuestros hijos la educación que quisiéramos; pero entonces habríamos dejado de ser anarquistas y nuestros hijos no recibirían la educación que para ellos anhelamos ahora.
Vida y amor es lo que hace falta. El que ama quiere y el que quiere puede. La misma voluntad, madre de todas las grandes obras, no es más que una exuberancia de amor.
Y ha de ser la Naturaleza, con nuestra potencia amorosa, la que limite nuestros hijos, y no las conveniencias domésticas, ni los oportunismos más o menos revolucionarios.
El hombre no debe engendrar sin amor; el hombre no debe tener hijos con mujer no amada. El hombre y más el hombre anarquista, habría, en este respecto, de superar a la misma Naturaleza que da hijos hasta la que no aman, aunque se los dé de inferior condición que a los que aman.
Es mucho más importante este aspecto de la cuestión que el económico.
Si tenemos hijos, aunque sea con toda suerte de limitaciones, con la mujer de conveniencia social, no los tendremos bellos ni buenos ni inteligentes. Si los tenemos con la mujer querida o con las mujeres queridas, porque el amor no es único ni se puede encasillar, y en este respecto lo mismo que decimos del hombre, decimos de la mujer, nuestros hijos estarán dotados de todos los bienes naturales.
Son los hijos del amor y no los del cálculo ni los de las conveniencias sociales, los más bellos, los más inteligentes y los más rebeldes.
Puede decirse que la obra humana está escrita por los hijos del amor: naturales, ilícitos, bastardos, espúreos, malditos. De aquella joven madre, vilipendiada y escarnecida por los imbéciles; repudiada por todas las morales; que no halla reposo, consuelo ni respeto; que anda errante con el hijo de su pecado de amor en brazos, sale a menudo el genio.
Léase la vida de los grandes artistas, de los grandes aventureros, y de los grandes sentimentales. La mayoría nacieron con la maldición de la moral y de las leyes.
Y estos hombres de amor habían de dar, además, a las generaciones venideras, hombres también de amor, nacidos de dos cuerpos que se querían y que no pensaban más que en quererse.
La vida de los anarquistas no está aún a la altura de su idealidad ni mucho menos. Engendramos sin amor y luego queremos que el hijo del deber social y conyugal, sea un héroe.
¿Cómo ha de serlo si nosotros somos un animal vulgar y domesticado cual aves de corral?
¡No! La sociedad no será grande ni libre; los hombres no seremos espléndidos ni generosos, mientras sean hijos de costumbres y de medidas económicas.

(…)

FEDERICO URALES