Fragmento del libro “Chips Espías”

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Una de las pseudoparadojas más importantes de la realidad actual en la que estamos inmersos es que los estados, los gobiernos van en busca del control total y de la transparecian de los gobernados mientras que ensalzan el secreto de estado y la falta de transparencia sobre sí mismos. Es evidente que esto no es ninguna contradicción, una cosa lleva a la otra. Pero las tornas deberían cambiar, ya que son las personas que están en cargos de poder los que tendrían que ser transparentes en el ejercicio de ese poder y no tendrían que impedir que los gobernados accedieran a toda la información. Como en el asunto de la reproducción artificial, se impone el anonimato a los niños pero los de arriba, los médicos y biólogos de las clínicas, sí tienen acceso a la información de los “donantes”: fotos, color de ojos, medidas, antecedentes sanitarios… Desde el poder se nos imponen o se nos quieren vender bases de datos genéticas para protegernos mientras no existe ningún registro oficial que limite y compruebe el número de hijos máximo que pueden producirse con los gametos de una sola persona. La asimetría en el acceso a la información no es casual, es un arma de guerra.

Reproduzco un pequeño fragmento del libro “Chips Espías.  Cómo las grandes corporaciones y el gobierno planean monitorear cada uno de sus pasos con RFID” de Katherine Albrecht y Liz McIntyre:

Pg. 216:

La vigilancia es poder

A los gobiernos les gusta asegurar a sus ciudadanos que la vigilancia les ofrece más seguridad, pero la vigilancia probablemente garantizará más la seguridad del régimen en el poder que lo que protegerá a la ciudadanía. Una vez que las herramientas de vigilancia están en su lugar, los gobiernos se sienten tentados a usarlas para identificar y acosar a las personas que se oponen a su mandato, sean miembros de partidos políticos opositores (piense en Watergate) o ciudadanos que actúan en pro de un cambio pacífico (piense en Martin Luther King, o, más recientemente, en Sara Bardwell, de veintiún años, y miembro del grupo “Food not Bombs” (Alimentos, no bombas) que cocina para los individuos sin techo y que fue recientemente intimidada por el FBI a causa de sus protestas en contra de la guerra en Irak). La vigilancia por el estado tiene un efecto escalofriante en la disposición que tienen las personas de luchar por cambios sociales y de eliminar el abuso. En un estado de vigilancia, las personas se mantienen calladas y se conforman. Y por supuesto, eso es lo que prefiere el gobierno.

(…)

Hasta ahora, mantener la separación entre el conocimiento público y privado de nuestras posesiones ha sido un proceso tan intuitivo y sencillo como es respirar. Si un extraño no puede ver algo, ni escucharlo, olerlo, tocarlo o gustarlo, no se entera de que existe. Siempre hemos mantenido nuestra privacidad por medio de actos físicos sencillos tales como meter algo en una caja o bolsa, donde sabemos que otros no podrán verlo. Cada vez que usted envuelve un regalo, mete una carta en una gaveta, cierra una puerta, oculta dinero bajo su colchón, o coloca algo en sus bolsillos, está confiando en esta suposición básica. Es el puntal de nuestras nociones de seguirdad y privacidad física.

Sin embargo, al crear una especie de vista de rayos X capaz de penetrar bolsillos, paredes y papel  de envolver, los partidarios de los chips espías esperan cambiar todo eso. Su tecnología abre la puerta a una “sociedad transparente” en la que todo lo que hacemos puede ser supervisado, sometido a escrutinio y observado por otros. En el futuro, aun entrar a su casa y cerrar sus puertas podría no protegerle contra los ojos curiosos del mundo exterior. El resultado final podría ser tan dañino para el mundo social como lo sería la energía nuclear mal utilizada para el mundo físico. Y al igual que la energía nuclear, los efectos secundarios podrían tardar años en reconocerse plenamente.

(…)

A medida que la Policía y otros agentes del Estado vayan aprovechando cada vez más el poder del arsenal creciente de tecnologías de vigilancia que tiene el sector de ventas, pronto podríamos encontrarnos en la pesadilla totalitaria descrita por George Orwell en 1984.”

Este libro fue publicado en 2005 y mucho de lo que cuenta ya ha quedado sobrepasado por las últimas medidas de implantación de las tecnologías RFID en la sociedad, tanto comerciales como directamente de control social y represivas. No hay escapatoria al Gran Hermano. Creo que en el monedero tengo unas cuantas tarjetas RFID (la del dni, la del trabajo, abono transportes, ¿el carnet de conducir?, creo que la tarjeta sanitaria todavía no…). Es el sueño del biocontrol total. Las empresas adjudicatarias del anterior DNI electrónico fueron Telefónica, Indra (nombre que tiene su origen en el Dios de la Guerra hindú) y Software AG. Supongo que pensamos: “da igual que me vigilen, no tengo nada que esconder”, pero no se trata de eso, se trata de libertad y dignidad como seres vivos. No tengo nada que esconder pero mi casa no tiene paredes transparentes y reclamo mi intimidad. Los anuncios del Estado me explican muy bien que si me mira el móvil mi novio para controlarme es maltrato. ¿Y qué pasa cuándo es el propio Estado que dice protegerme el que me vigila, rastrea, incluso pretende que una tarjeta que va en el bolso permita “la comunicación con móviles inteligentes a través de una antena de radiofrecuencia y vía NFC”. Esto es neopatriarcado. Y en lugar de denunciarlo, hay grandes sectores de la población en silencio o pensando que realmente hará su vida más cómoda o segura, cuando realmente es todo lo contrario, se crea más inseguridad porque hecha la ley hecha la trampa, hecho el código, hecha la posibilidad de decodificarlo. Todos los partidos políticos son tecnólatras y fuera de los partidos… ¿Hay vida fuera de los partidos y las sectas ideológicas? Somos nosotros mismos los que terminamos pidiendo esos controles desde estados de shock provocados y amplificados por los medios de comunicación.