Lazos de sangre

Antes de ir a dormir he decidido coger un libro, en realidad buscando otro que no he encontrado. De repente, ha aparecido “La Dialéctica del Sexo” de Shulamith Firestone en una versión que tengo fotocopiada y, al final del libro, un artículo que imprimí para encuadernarlo todo junto. Se trata de un texto de Susan Faludi publicado en The New Yorker titulado “Muerte de una revolucionaria”. Medio agotada lo he leído y poco a poco las piezas han comenzado a encajar. Lo de menos, en esta noche lluviosa, es el libro de Firestone en el que decía cosas como que el embarazo es algo “bárbaro”, “la infancia es una pesadilla supervisada” o “parir es como cagar una calabaza”. Bueno, esto hay que reconocer que tiene parte de verdad. Es más, pariendo normalmente cagas también, aunque esto pocas personas lo saben hasta que les toca. Y el embarazo y el parto son también actos fisiológicos mamíferos, así que también tiene parte de verdad, aunque lo que para ella era algo peyorativo para otras personas es grandioso y sublime. La infancia muchas veces es una época terrible. Vale, también tiene otra dósis de verdad.

He leído el artículo detenidamente. Shulamith murió sola y delirante, con la etiqueta puesta de “esquizofrénica”. Ella, que exaltaba la reproducción artificial como algo liberador. Ella, que renegó de sus lazos de sangre familiares, lazos culturales, lazos biológicos y seguramente tenía sus buenas razones biográficas y personales para llegar a tan terribles conclusiones. Y es ahí donde puedo empatizar con el ser humano Shulamith Firestone.

Lo que ocurrió después es que los siguientes lazos que construyó no fueron tan sólidos y su visión distópica de la vida chocó con la dura realidad. Los vínculos más fuertes son los familiares, para bien y para mal. Pueden ser una bendición y una cruz, una base segura o la peor de tus pesadillas. Son intensos y te los llevas a la tumba, incluso cuando tratas de renegar de ellos, cortarlos de forma radical y no vuelves a ver a las personas de las que en realidad huyes.

Los vínculos grupales más allá de la familia son más débiles y lo demuestra el hecho de que todos los colectivos de “hermandad” que creó y en los que participó terminaron disolviéndose llenos de conflictos, luchas internas, guerras de poder y de jerarquía. Ya enferma, años más tarde, un grupo de amigas, terapeutas y admiradoras jóvenes organizaron una especie de grupo de apoyo para hacerle la compra, limpiar la casa, preocuparse por que tomara su medicación antipsicótica. El grupo de apoyo realmente funcionó y ella se encontraba mejor, pero, un tiempo más tarde, ese grupo se disolvió por causas lógicas y previsibles: algunas de las personas que lo conformaban se cambiaron de ciudad, otras enfermaron, otras encontraron trabajo en otras ciudades… Ese grupo no podía mantenerse unido el resto de la vida de Shulamith Firestone porque era un grupo unido por vínculos de alguna forma “secundarios”. Solamente las unía su afinidad, simpatía y empatía con ella como intelectual, como feminista, como paciente. No era su madre ni ellas eran sus hijas. Podríamos extrapolar esta reflexión a toda nueva comunidad que se forme, llámese ecoaldea o comuna.

¿Y a mí qué me importa todo esto? Pues que acabo de leer en el artículo que eso que llaman “esquizofrenia” se acentúa con la soledad. ¿Y qué es la soledad sino la ausencia de vínculos? De repente, he sentido miedo y pena. Si cortas los lazos con un familiar tóxico o peligroso, mal, porque se pondrá peor en su aislamiento. Y si no los cortas, mal, porque acabará arrastrándote en su locura y autodestrucción.

La soledad crea locura y la locura crea soledad en un círculo sin fin de retroalimentación. Los lazos dentro de relaciones familiares dañinas o violentas hacen que pongas tierra de por medio pero, a la vez, necesitas formar parte de esa relación íntima. En el caso de Shulamith Firestone su entierro finalmente se hizo mediante un rito judío ortodoxo sin ninguna feminista invitada, seguramente lo contrario de lo que a ella le hubiese gustado. Su hermano lamentó que no se hubiera casado y no tuviera hijos que sintieran “devoción por ella”. Dice el artículo que cuando llegó el turno de su hermana le contradijo afirmando que había sido un modelo para las mujeres judías y las mujeres en general, y que sí había tenido “hijas” porque “había influenciado en miles de mujeres para que tuvieran nuevos pensamientos y nuevas vidas”.

Seguramente los dos hermanos estuvieran equivocados. Una persona que vive una vida tan desgraciada y enferma no puede ser modelo para nadie, porque los modelos son personas a imitar, tienen que ser ejemplares. A la vez, una persona no puede casarse y tener hijos porque sea lo que se espera de ella, lo que espera en su caso una familia llena de injusticias sin resolver.

Shulamith, cuándo hablabas de “los hombres”, ¿hablabas de tu padre? Cuando hablabas de “las mujeres”, ¿pensabas en tu madre, en tus hermanas y en ti? Antes de elaborar grandilocuentes teorías tenemos que barrer la propia casa, el verdadero sentido de la ecología y la economía. Es mucho más complicado resolver los conflictos de convivencia en los lazos de sangre que organizar la mayor de las revoluciones o pensar sobre la estrategia militar más compleja y arriesgada.

Mañana es mi cumpleaños, el día que nací y el día que mi madre nació como madre.

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