Tu trabajo es una mierda

Tu trabajo es una mierda. Y no, no es porque quizás esté mal pagado o tenga un horario demencial. Puede que incluso te sientas bien remunerado y te guste tu horario. Pero no, tu trabajo es una mierda porque es innecesario o, peor aún, nocivo para el mundo. En teoría deberías defenderlo, decir que te gusta lo que haces y que te sientes realizado, pero la realidad es bien diferente. Además, si lo perdieras sería mucho peor, perderías tu fuente de ingresos. Por otro lado, desde un punto de vista sindical no puedes defender públicamente que tu trabajo es una mierda, que lo que haces no vale para nada o no vale para nada bueno. Se supone que estarías tirando piedras sobre tu propio tejado y justificando la desaparición de tu puesto de trabajo e incluso de toda la institución al completo. ¿Estamos locos?

El ser humano necesita dedicar su energía vital hacia algo que tenga sentido, un sentido básico pero también un sentido trascendente. Por ejemplo, recolectar comida, cazar para comer o cultivar un huerto son actividades con un sentido primordial, social, espiritual y ancestral. Pero, ¿tiene sentido dedicarse a adoctrinar a la gente bajo el epígrafe de “educarlos”? ¿Tiene algún sentido trabajar en televisión? ¿Tiene algún sentido hacer algo en lo que no crees? ¿Tiene sentido domesticar niños siendo profesora para que se amolden al sistema? ¿Tiene algún sentido trabajar en publicidad creando necesidades artificiales y dependencia del poder en la población? ¿Tiene sentido ser psiquiatra y, en lugar de reconocer que casi todos los desequilibrios mentales son “enfermedades de la civilización”, dedicarse a empastillar a los pacientes? ¿Tiene sentido trabajar en una ONG cuando la mayor parte de ellas son empresas caritativas al servicio del capitalismo y el Estado? ¿Tiene sentido ser profesor de yoga para tratar de paliar los estragos del trabajo asalariado y la vida en la ciudad en los cuerpos y mentes de la gente? ¿Tiene sentido emprender un negocio online de conexión con nuestra parte más física y biológica cuando el propio medio cibernético aleja a las personas de su propio cuerpo y del de los demás? ¿Tiene sentido preparar a las mujeres o enseñar métodos para parir cuando el nacimiento de un hijo es un fenómeno fisiológico tan involuntario como defecar? ¿Tiene sentido ser comercial en una clínica de cirujía estética y tratar de vender operaciones de aumento de pecho? ¿Tiene sentido trabajar haciendo estudios de mercado? ¿Tiene sentido tratar de vender tarjetas de crédito por teléfono? En este cúmulo de paradojas y contradicciones bailamos.

Tu trabajo es una mierda. Lo que haces no es imprescindible, es más, quizás no sea ni necesario. A veces, incluso es malo para la sociedad.

Tu trabajo es una mierda. Atrévete por lo menos a pensarlo e incluso decirlo en voz alta. Puedes trabajar sin tener que creer en ello. Pueden comprar tu energía por horas o a destajo pero no tu alma. Tu alma tiene que estar de guardia permanente en el país de la libertad y caminar hacia ella. Tu alma rebelde no ficha ni se coje vacaciones.  Tu alma no es capaz de ser atrapada ni por el fordismo ni el toyotismo. Tu alma le hace un cruce de mangas al empoderamiento y la flexibilidad.

Tu trabajo es una mierda.

 

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“Antonia Maymon: anarquista, maestra, naturista”. Reflexiones sobre sus artículos sobre feminismo

Hoy rescato diferentes artículos de Antonia Maymon sobre feminismo tomados del libro “Antonia Maymón. Anarquista, maestra, naturista” de Mª Carmen Agulló Díaz y Mª Pilar Molina Beneyto (el texto está publicado por la editorial Virus y se puede descargar aquí).

Además de maestra, Antonia Maymon fue madre de dos hijos adoptados, Manuel y Violeta. Y hablo de su maternidad porque para ella es el destino natural de la mujer, el de madre consciente educadora de las nuevas generaciones guiada por la “maternología y la puericultura”. A pesar de que discrepo y matizaría muchísimo todo esto creo que es interesante que se oigan voces de mujeres anarquistas que valoraban la maternidad y los cuidados de los niños y niñas, que promovían el compañerismo y la lucha codo con codo con los hombres como compañeros.

El concepto mismo de “maternología” del que habla me parece un tanto terrorífico, ya que implica que la maternidad, la crianza y los cuidados en general son una ciencia con un corpus teórico de dogmas, teorías, métodos y prácticas. Aunque por otro lado… ¿Acaso no ha terminado convertido en eso finalmente? ¿Acaso no hay gente que afirma que practica la forma de criar “X” o “Z”, algo que consideraríamos impensable al hablar del tipo de amor que profesamos en una relación erótica o amistosa? Por ejemplo, todavía no he oído a nadie decir “amo a mi pareja con apego” o “con mi amigo practicamos el método X de mantenimiento de hábitos saludables en la amistad”, sin embargo si se oyen afirmaciones similares en cuanto a los estilos de criar a los hijos.

No se puede negar su lucidez al hablar sobre la maternidad como un elemento que marca nuestras vidas como hijos de por vida, para bien y para mal. Esa influencia se siente de forma muy diferente a como se vive la paternidad, igual de importante pero con sus características propias. Los bebés se gestan dentro de las madres (todavía…) y después, aunque hoy en día sea una rareza, pasan otros tantos meses en simbiosis con ellas, influenciándose y comunicándose mutuamente a través de la lactancia materna en un plano que unifica el cuerpo y la mente. Podría dar varios ejemplos de esta simbiosis pero uno de ellos podría ser el de que la lactancia temprana, nada más nacer, provoca contracciones uterinas que facilitan la expulsión de la placenta (importante para prevenir retenciones y hemorragias peligrosas). Hoy esa relación se sustituye por oxitocina artificial. Otro ejemplo de simbiosis podría ser la anovulación y amenorrea (falta de regla) de una duración variable en cada mujer que provoca la lactancia materna exclusiva, a demanda, sin chupetes ni horarios prefijados. Esto a su vez disminuye el número de papeletas de tener diferentes cánceres reproductivos (ovario, mama y endometrio) y ejerce de anticonceptivo natural. Podríamos hablar de otras tantas influencias mutuas entre el bebé y la mamá, por supuesto también en las madres que dan el biberón como si fuera el pecho, pero prefiero volver al texto que nos ocupa.

En los artículos de Maymon los cuidados maternales son considerados la base de toda revolución, más importantes que el voto o que adquirir derechos legales. Además, se consideran los problemas de los hombres como problemas de las mujeres y viceversa. Como Federica Montseny, ella también se autodenomina humanista en lugar de feminista. En ese sentido, ambas tienen un punto de vista holístico, global e integral sobre la realidad, lo que sí podría suponer una mirada que no ha perdido actualidad, ahora que la ciencia se reconcilia con lo humano y mamífero en obstetras como Michel Odent dentro del campo del parto o la psicóloga Heidelise Als dentro del campo de los cuidados de los bebés prematuros. Por supuesto, en este cambio de paradigma, poco aportan las visiones fragmentadas y parciales, como las del feminismo. En este sentido, esta corriente de pensamiento se encuentra totalmente obsoleta tanto en sus versiones más posmodernas, supuestamente radicales y subversivas, como en las más institucionales. Como la corriente tecnocrática que consideraba al bebé prematuro un objeto en el que intervenir, sin calidez en los cuidados, sin observar sus necesidades, sin escuchar qué estaba expresando con su lenguaje corporal, dejando de lado a la madre, al padre… de esta misma forma el feminismo actual ha perdido el tren. No escucha, no observa sin apriorismos ni teorías previas y descontextualiza a la “mujer” y al “hombre” aislándolos del ecosistema en el que viven. Solamente se mantienen en pie sus ideas gracias a la intervención estatal (desde la ONU y el USAid a las administraciones estatales, regionales y locales) y sus subvenciones directas e indirectas, a través de la publicidad en todo tipo de medios de comunicación. Los grupos no subvencionados o autónomos, minoritarios y casi inexistentes, repiten muchas de las consignas de las otras, en un diálogo tautológico y circular que se justifica a sí mismo. Desgraciadamente, todos los “desviamientos” del feminismo que Antonia Maymon de forma profética veía venir se han cumplido.

La frase “la natura la creó para madre y compañera del hombre”, en voz de una anarquista naturista creo que hoy en día puede tener una resonancia diferente. ¿Está diciendo que todas las mujeres debemos ser madres? Bueno, ella misma no lo fue en un sentido biológico sino adoptivo. ¿Está diciendo que no deberíamos trabajar? Bueno, ella misma fue maestra y escritora. ¿Está diciendo acaso que toda mujer necesita a un hombre a su lado como pareja? Yo creo que no. No sé a lo que ella se refería exactamente, quizás se pueda entender en un sentido mucho más amplio. Toda mujer, independientemente de orientaciones sexuales o deseo o no de tener pareja masculina, vive en un mundo con hombres que, en principio y hasta que se demuestre lo contrario (y no al revés) son compañeros, ya sea como amigos, hermanos, padres… Y es evidente que en la Naturaleza, como animales que somos, nuestros cuerpos están diseñados como madres potenciales a nivel biológico, lo que no quiere decir que queramos o que tengamos que desearlo o que incluso deseándolo no debamos autoreprimir ese deseo en determinadas circunstancias.

Sin embargo, de lo que estoy radicalmente en contra es de lo que afirma en la frase: “Pero la mujer, como madre y como conservadora del fuego sagrado del amor, no puede intervenir en la vida pública como el hombre”. ¿Se refiere a una descripción de la realidad de su época o a una afirmación válida para todo tiempo y lugar? Si es así, se trata de algo que habrá que demostrar y analizar. Yo creo que es un prejuicio y que no tendría que ser así, es simplemente una barrera que las mujeres que sí queremos ser madres y que sí queremos intervenir en la vida pública no nos hemos atrevido a saltar (como veis, no hablo de barreras impuestas por otros ni de victimismo sino de libertad y responsabilidad…).

Actualmente las madres con bebés pequeños para intervenir en la vida pública tienen que dejar a sus hijos con otras personas de forma temporal. Quizás llevar a los bebés a las asambleas, a los lugares de decisión y a los trabajos sí sea algo muy revolucionario, la revolución pendiente que rehumanice lo “público”, visibilice la crianza y otorgue un valor a la presencia de los niños en la sociedad. Quizás sea la revolución que implique también crecer y aprender de primera mano lo que es el mundo, sin tener que estudiarlo solamente en los libros y en las aulas. Yo estoy deseando ver a una presentadora de telediario o a una cajera de supermercado con su bebé, (aunque esto no haga mejores ni peores estos trabajos, como bien sabe la eurodiputada italiana Licia Ronzulli del partido de Berlusconi). Y si cae la productividad, señores y señoras, se siente mucho, la vida, la VIDA debe tener otros ritmos que no sean los marcados por la caja registradora o el reloj de la Oficina de Pesos y Medidas de París. Por supuesto, sin caer en un nuevo dogma de “tener que” llevar al bebé a todas partes. Siempre habrá profesiones y tareas que por sus características o implicaciones de seguridad o concentración extrema tengan que excluir a los bebés y niños. Siempre habrá momentos y lugares en los que sencillamente ni se quiera ni se pueda llevar a los hijos.

Mujer amamantando a su hijo mientras escucha un discurso político cerca de Badajoz, Extremadura, 1936. © Estate of David Seymour / Magnum International Center of Photography.

“PARIS—A photo researcher at work, 1982.” © Martine Franck / Magnum Photos”

Licia Ronzulli y su hija Vittoria

 ¿Puede la mujer ser el sostén de ella misma, no ser mantenida por un hombre, y a la vez dedicarse a la educación de las generaciones futuras de hombres y mujeres? ¿Debe ser tarea exclusiva de la mujer educar a los niños y niñas? En mi opinión, Antonia Maymon está totalmente equivocada en este asunto y pierde toda la perspectiva global que parecía tener en el resto de artículos. Los niños absorven como esponjas todas las relaciones y estímulos que reciben y, a pesar de que creo que la madre es fundamental, sobre todo los primeros meses, también lo es el padre y toda la familia y red extensa de relaciones que deberíamos tener a nuestro alrededor y no tenemos (de ahí el famoso libro de Carolina del Olmo, “¿Dónde está mi tribu?”, aunque también podría haberse escrito otro que se llamase “¿Dónde está mi familia extensa y mis redes sociales? Repartidas por el extraradio de la gran ciudad, otras provincias y el extranjero…”). Bien al contrario, cada vez estamos más solos. En resumen, Antonia Maymon dice cosas interesantes y otras que están cargadas de prejuicios y conducen a un callejón sin salida. Es una pena pero muchas de sus afirmaciones se han quedado en otra época, con kilos de polvo encima y sin actualización posible, como el feminismo del que habla. Ser una madre aislada junto a un bebé o un niño entre cuatro paredes y sin redes sociales puede ser tan alienante como el peor de los trabajos asalariados de fábrica. Ser una madre aislada entre las cuatro paredes de la oficina, echando de menos a un bebé y sin ver crecer a un hijo por horarios y trabajos absurdos también lo es. Caminemos hacia una mayor diversidad de opciones, pero advierto que ese camino no va a ser fácil y habrá que echarle mucho valor para cambiar las cosas, mucho más cuando el capitalismo mundial está en plena reestructuración y no sabemos si nos espera un modelo de producción de estilo Foxconn o un modelo de miseria en el que ya ni siquiera tengamos valor ni como productores ni como consumidores. A ver si de una vez logramos cambiar la visión y la estrategia y dejamos de ser objetos, dejamos de depender de lo que otros planeen para nosotros, y nos convertimos en sujetos activos de nuestra propia historia.

Me quedo con lo que sí es válido y actual del pensamiento de Antonia Maymon y deshecho lo que creo que ya no vale ni para comprender la sociedad actual ni para cambiarla. Como nota “curiosa” la wikipedia la destaca como “incipiente feminista”, nada más lejos de la realidad, como veremos a continuación. Dejemos hablar a sus textos:

Feminismo (1) – Pg. 252

El señor «Cahítos», en El Socialista, se dedica preferentemente a la propaganda femenina. Esto nos parece muy bien, ya que estamos convencidos de que la mujer es un factor importantísimo en la lucha social; pero — siempre hay un pero para los que vivimos la verdadera realidad de esta pícara sociedad— encontramos su propaganda a veces algo insincera.

La mujer en Cataluña, especialmente en Barcelona, ha sido la que más ha seguido los incidentes de la lucha social, sin que haya estado guiada por una verdadera consciencia en las luchas sindicales. Ya por ser la región más industriosa o ya porque las reivindicaciones proletarias tienen más incremento en dicha población, lo cierto es que en Barcelona la obrera, si no era la verdadera compañera del proletario, fue su colaboradora mucho más asidua y constante que en el resto de la Península.

Ahora bien, dicho señor se lamenta precisamente de lo contrario. En uno de sus artículos, se queja de la apatía de la mujer catalana, en general, y de la barcelonesa, en particular, por lo cual, según el articulista, en esta región no disfrutan las mujeres de algunas mejoras conseguidas por sus hermanas de otras regiones.

 Confieso mi ignorancia; pero no conozco ninguna ventaja positiva ganada por las mujeres, ni tengo ninguna noticia de que en alguna provincia exista una agrupación femenina que, conscientemente, labore por el verdadero progreso. Hasta ahora en España, se ha hecho muy poquito en este sentido y el verdadero feminismo está tan escasamente representado que apenas alguna individualidad puede llamarse genuina representación del verdadero derecho femenino.

La mujer, considerada como obrera, tan mal considerada está en Cataluña como en el resto de la Península, y, aunque en algunos puntos existan agrupaciones femeninas numerosas, poco es el resultado positivo conseguido por ellas, ya que no saben encauzar el movimiento que empieza a iniciarse en España a favor de la mujer y del niño.

Va desapareciendo el concepto arcaico que de la fémina y del infante se tenía y, frente a la degeneración presente, se empieza a vislumbrar que con mujeres tan ignorantes como las actuales y con generaciones tan raquíticas de cuerpo y mente como las venideras, si se sigue por el camino trillado por nuestros antepasados, vamos a un abismo. Mas los remedios hasta ahora iniciados no responden a la trascendencia del problema.

Las unas, como las presentadas de modelo por «Cahítos», todo lo esperan de la ley y desean competir con los hombres en la elaboración de leyes protectoras, como si la mentalidad y la conciencia se pudieran adquirir de reaborden , mientras otras hacen del feminismo una bandera de frivolidad y ligereza, como si la mujer hubiera venido al mundo para pintarse y ser una muñeca de adorno.

De todas estas equivocaciones surgirá el verdadero feminismo, cuando la mujer comprenda su verdadera misión, que no será feminismo sino humanismo, ya que el problema no es de la mujer ni del hombre, si no de la humanidad toda. Y, si queremos especializarlo más, de maternidad, ya que de la madre depende el porvenir de las futuras generaciones. Tanto es así que en el extranjero se ha emprendido una campaña a favor de la puericultura y la maternología, de la cual debiéramos preocuparnos más que del voto y de conquistar los mismos derechos que el hombre.

Entre tanto, déjese el señor «Cahítos» de cantar las ventajas conseguidas por ciertas provincias en el feminismo. Sabemos perfectamente cuáles son y adónde van a parar: a la cuestión política y, francamente, la han desacreditado bastante los hombres para que nos entusiasmemos con ella las mujeres.

Acción Social Obrera . Órgano de los sindicatos de la provincia de Gerona adheridos a la CNT de Sant Feliu de Guíxols , año VIII, n.º 426, 10 de julio de 1926.

 Feminismo (2)

Va tomando incremento este asunto: son ya muchas las mujeres que se preocupan de ello y, como necesariamente tenía que suceder, hay tantos feminismos como escritoras.

Sin embargo, hay que hacer honrosas excepciones. Compañeras hay que en esta cuestión demuestran un criterio excelente, pero son aquellas que antes del feminismo se preocuparon del problema humano, eje principal alrededor del cual giran todas las reivindicaciones.

Yo no soy feminista; nunca lo fui y muchas veces he hecho ya esta declaración. No obstante, empieza a preocuparme el feminismo, porque empieza a manifestarse en la mujer un sentimiento de preocupación de su significación social y está muy expuesto que sufra desviaciones lamentables.

 En la resolución del problema humano no pueden estar separados los factores hombre y mujer; que ésta ocupe lugares inferiores al de aquél y que el hombre se haya convertido en un tirano de su compañera es la consecuencia de las injusticias sociales, creadas y sostenidas al amparo de nuestra ignorancia y cobardía.

El feminismo implica masculinismo y lo único que faltaba, en el actual caos social, es que la mujer, al querer reivindicar sus derechos, se colocara enfrente del hombre, en actitud hostil, y que éste se mofara y hasta se preparara a combatirla en éste, su resurgimiento social.

Que esto podría ocurrir, lo demuestran las varias escritoras que, al ocuparse del feminismo, lo hacen a base de presentar al hombre como a un tirano a quien hay que combatir sañudamente, y se afanan en justificar que la mujer vale tanto como el hombre —algo que ya ha demostrado en ciencias, artes y literatura—.

Otra de las causas que hacen temer un desviamiento es su intromisión en la política, que, si nefasta ha sido dirigida por el hombre, será un arma de dos filos en manos de la mujer, que haría de sí misma su primera víctima.

En España, el feminismo ya ha tenido en un ayuntamiento su representación, en una procesión, en la persona de una joven y culta concejala. Y esto, que ha sido causa de satisfacción para la mayoría de las feministas, es causa de honda pena para las que no lo somos y vemos en la mujer un algo tan delicado y exquisito, que junto con el hombre ha de luchar sin tregua ni descanso por la desaparición de las injusticias sociales y el reconocimiento de la verdadera justicia.

Desengáñense hombres y mujeres: ni existe la inferioridad de uno ni otro sexo, ni la tiranía del hombre sobre la mujer. Ambos tienen una misión que cumplir y la naturaleza ha marcado perfectamente los derechos y deberes de ambos, que, esclavos de su respectiva ignorancia, han vulnerado las leyes naturales y con ello creado una vida artificial que urge destruir, si queremos que cada uno ocupe su lugar y cumpla su misión.

Antes de ser la mujer esclava del hombre, es su propia esclava; los atavismos y prejuicios que pesan sobre ella la han hecho ocupar un lugar secundario, del que está obligada a salir por su propio esfuerzo, pues si se ha repetido hasta la saciedad que la emancipación de los trabajadores tiene que ser obra de los trabajadores mismos, la emancipación de la mujer tiene que ser obra de sí misma, de la completa conquista de su sexo y de saber ser mujer completa para poder conquistar su puesto en la vida.

Al emprender la lucha de reivindicación femenina, la mujer debe tener sumo cuidado de no perder ninguna de las características de su sexo, sin deslumbrarse con conquistas masculinas, que muchas de ellas son producto de un estado social caótico y degenerado. Y debe tener en cuenta que la natura la creó para madre y compañera del hombre. Si en la actualidad existen antagonismos, si el hombre comete injusticias y tropelías con quien debe considerar como complemento indispensable de su vida, culpa es de todos, que mal educados y peor dirigidos, hacen de la vida una lucha, en lugar de embellecerla.

Como es un tema de interesante actualidad, prometo ocuparme otras veces de él.

Generación Consciente , n.º 36, agosto de 1926, pp. 172-173.

 Feminismo (3) 

Diferentes opiniones ha habido referentes al libro de Gina Lombroso, El alma de la mujer. No es de extrañar, ya que muy pocas cosas están exentas de faltas y de bellezas y, mientras unos ven las primeras, otros aprecian las segundas. Yo, que soy bastante lega para criticar, encuentro en él algunos defectos y bastantes páginas encantadoras y selectas.

 Lo que más acerbamente fue juzgado por la joven y conocida escritora Federica Montseny es el criterio sustentado por la autora de la dependencia moral de la mujer al hombre. Hay que seguir al movimiento feminista, para saber que casi todas las mujeres tienen el mismo concepto de su sexo; y hay que juzgar desapasionadamente, para no dejarse influir por esta apreciación que, pugnando con nuestro punto de vista, nos haga rechazar en conjunto un libro que puede tener excelentes detalles.

Son muy contadas las mujeres que, en sus relaciones amorosas, no vean al hombre como un sostén moral, en el cual han de apoyarse durante su vida. Son tantas las causas que han contribuido a la formación de esta creencia que sería necio pensar en su pronta desaparición. El independizar el amor de la parte material es una gran conquista para su elevación moral —la conquista más importante si queremos librarlo de la prostitución, que resulta de su venta, más o menos legal— y bastante difícil en una sociedad que coloca a la mujer en tan desfavorables condiciones.

Hay que propagar la completa y absoluta libertad en las cuestiones amorosas, pero sin apartar la vista del presente, para ir desbrozando los obstáculos que la mujer encuentre en su camino de emancipación. Hoy la mujer se gana la vida con más facilidad, pero está esperando al hombre que la libre de la esclavitud del trabajo y es porque éste es hoy impropio e inadecuado para la mujer, y ésta sólo lo acepta transitoriamente, hasta su casamiento, finalidad que continúa siendo para ella la aspiración suprema.

Y es que el trabajo hoy no puede satisfacer ni a uno ni a otro sexo. Si las mujeres hubiesen sido las que se hubieran apoderado de la política y la cuestión económica, serían hoy las que protestarían por la desigualdad social, mientras que los hombres buscarían el arrimo a la mujer para solucionar su porvenir; solución que en realidad no es tal, ya que las circunstancias también obligan a la mujer, después de casada, a trabajar para mal cubrir las más indispensables necesidades de su familia.

Pero la mujer, como madre y como conservadora del fuego sagrado del amor, no puede intervenir en la vida pública como el hombre. En hora buena se enorgullezcan los políticos con la conquista del voto femenino y demás zarandajas; la mujer, con o sin banda de concejal, en llegando a casa, será tanto más femenina cuanto más culta y, afortunadamente, no dedicará su tiempo, como el hombre, a los agios y embustes políticos. Su psicología, y en esto estoy conforme con la señora Lombroso, es más sentimental que práctica, y es por ello que se les ha visto siempre interesarse más por las campañas de justicia, cuando han sabido llegar a su sentimiento, que por las de orden político.

Hoy la mayor desviación de la juventud femenina es la frivolidad. La mujer ignorante de hace pocos años que, carente de instrucción, sólo pensaba en la esclavitud del hogar y la religión, ha sido sustituida por la muñeca de labios pintados y tez maquillada, que encuentra aburrido el hogar y deambula por las calles, con ademanes desenvueltos, fingiendo una desenvoltura que no posee en la realidad, tan desorientada de la vida como sus abuelas, que pasaban el día muriendo de hastío, encerradas en casa.

Todo ello es efecto de la misma causa. Nuestras abuelas languidecían en casa —atadas a los prejuicios y rutinas, en espera del amor—, sin sólida cultura, sin ideales y con completo desconocimiento de la vida, y aceptaban al primer hombre que las libraba del espectro de la eterna soltería. Completamente abúlicas, fueron dignas antecesoras de las que hoy se exhiben con el mismo fin, cabezas de chorlito, con el cabello largo o corto y las manos con o sin manicura. Estas últimas no tienen más aspiración que el matrimonio, como garantía de solvencia moral y de seguridad económica.

Y es porque en la actual sociedad todo está descentrado y fuera de lugar; por eso decía, en mi anterior, que el problema no era feminista, sino de humanidad. Colóquese cada uno en el sitio que le corresponda y la mujer será lo que debe ser, una parte del todo social, que convenientemente capa – citada para su misión la cumplirá, sin querer intervenir en asuntos que no sean de su incumbencia; en tanto que hoy las necesidades de la vida la obligan a realizar tareas impropias de su sexo y que le roban su feminidad. Otro día trataremos de los trabajos propios de la mujer y de su importancia en el progreso social.

Generación Consciente , n.º 38, octubre de 1926, pp. 241-242.

Feminismo (4) 

Muchas veces se ha dicho que la dependencia económica de la mujer era la mayor inmoralidad de esta sociedad, que hace una venta del sentimiento más noble y excelso del ser racional.

 Es indudable que la mujer que se ha creado una situación económica independiente está en condiciones favorables para entregarse, por amor, al hombre que ella libremente elija para compañero de una hora, de unos días o de toda la vida, según las diferentes circunstancias que determinen esta unión.

De esto se deduce que toda mujer debe ser el sostén de ella misma y, por lo tanto, excluyendo a las privilegiadas de la fortuna, es indispensable que trabaje en una forma o en otra, para no tener que recurrir a la venta, efímera o legal, que asegure su vida.

En la actualidad, son muchas las que se dedican a diferentes oficios, aunque, como hace notar una joven feminista, en cuanto pueden dejan la máquina y el diario para dedicarse al cuidado del marido, si es que éste puede sufragar los gastos domésticos. No falta, sin embargo, quien, después de casada, tiene que continuar tejiendo o preocupándose de la partida doble.

Para darse cuenta exacta de lo indigno que resulta que la mujer tenga que ser mantenida por el hombre y lo injusto que es, al mismo tiempo, el que agoste su juventud y sea explotada, especialmente en algunas épocas de su vida, es preciso ahondar en el problema social, sin lo cual toda nuestra propaganda sería la tela de Penélope, ya que lo que repudiáramos por un lado, habríamos de aceptarlo por otro.

 La mujer libre —más femenina cuanto más culta y que es tan celosa de su dignidad como de sus sentimientos exquisitos y refinados— sólo es producto de una sociedad libre, donde todo individuo pueda desenvolverse en el lugar que le corresponde, puesto que, en el actual estado de cosas, son muy contadas las que pueden crearse esa independencia económica, que les permita elevarse moral e intelectualmente, y constituir, de paso, las relaciones amorosas con arreglo a su temperamento y modo de ser. Las demás, esa pléyade de obreras manuales que han de arrastrar una vida de bestias de carga, no pueden ser norma de independencia económica y, por lo tanto, no debe extrañar que dejen ese trabajo en cuanto tengan ocasión, puesto que no sólo no las redime del amor, sino que, por el contrario, las hace, muchas veces, doblemente esclavas de él.

Si el salariado es un estigma social aplicado al hombre, lo es doblemente aplicado a la mujer, ya que le roba su más preciado tributo: el de educadora que, por derecho natural, le ha concedido la naturaleza y en el cual debería especializarse, hasta conseguir los óptimos frutos que indudablemente alcanzaría, perfeccionando de paso su feminidad, cualidad indispensable, para el cumplimiento de su misión.

La educación de la niñez será, en la sociedad futura, encomendada única y exclusivamente a las mujeres, que, como madres conscientes, habrán aprendido a serlo limitadamente; y, perfectamente preparadas para ello, sabrán desde el más íntimo y delicado cuidado del niño recién nacido, hasta la dirección intelectual y moral; desde la cuna a la adolescencia.

Ni las mujeres encorvadas en una máquina o encerradas en una fábrica, mientras sus hijos se crían abandonados física y moralmente, ni la mecanógrafa o empleada, que sueña con imitar a las burguesas y sólo puede conseguirlo a costa de su dignidad femenina, pueden influir nada en la emancipación femenina; son engranajes de una rueda social mal confeccionada, consecuencia y efecto de una causa funesta: la explotación del hombre por el hombre.

El trabajo propio y exclusivo de la mujer es la educación de las generaciones futuras y en el cumplimiento de esta misión ha de encontrar su continuo perfeccionamiento y la conquista de su feminidad. Y de la perfección de la mujer, saldrán los supremos artistas, porque la suprema bondad es suprema belleza; los grandes sabios, porque el afán de investigar es afán de ciencia; y los pensadores, que marcarán las evoluciones progresivas, porque el grande amor humano es grande sed de verdadera justicia. Y la mujer, cada día más femenina, menos dedicada al trabajo y más a su misión de educadora, se recreará con todo lo grande y todo lo bello, porque será madre de todos los humanos, engendradora de todo lo sublime y conservadora de todo lo justo.

Generación Consciente , n.º 39, noviembre de 1926, pp. 279-280.

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

cigarreras

Sobre los derechos de lactancia y el cuadro de “Las cigarreras”, texto tomado de www1.museo.depo.es/pdfarticulos/Cigarreras.pdf‎:

“Las cigarreras solían comenzar en el trabajo en torno a los 13 años y no existía un límite de edad para la jubilación. A principios del siglo XX cobraban un salario de 2 pesetas diarias, lo que suponía menos de la mitad de un jornal masculino, pero que permitía a estas mujeres ser independientes y mantener o colaborar al mantenimiento de sus familias. Además, las que eran madres, y muchas de ellas lo eran y solteras, estaban autorizadas a llevar con ellas a sus bebés para darles el pecho y podían tener a su lado en el taller a los niños en cunas que la propia fábrica les facilitaba, lo que permitía que sin dejar de liar los cigarros pudiesen mecer con el pie las camitas, con lo que las sufridas operarias compartían su trabajo con las obligaciones maternas.
Son tiempos en los que los trabajadores no tienen más derecho que el salario que cobran, no existe ningún tipo de atención social por parte del Estado, no hay seguro de enfermedad, alumbramiento, viudedad, orfandad o incapacidad y tampoco pensiones de jubilación. En este difícil ambiente las cigarreras, sin embargo, logran constituir como colectivo una asociación de tipo benéfico, una hermandad de socorro, aún sin carácter sindical, en la que a través de un fondo común se pagaban los subsidios por enfermedad, los días de baja por maternidad y la asistencia a las ancianas que ya no podían realizar su labor. Estas mujeres, estimadas y admiradas por su duro trabajo, adquieren fuerza y, conscientes de su cualificación, serán reivindicativas, documentándose entre 1905-1916, aunque con escasos resultados, varios conflictos en los que las trabajadoras reclaman derechos elementales como la equiparación del salario con los varones, la jornada laboral de ocho horas o la regulación de los despidos, reivindicaciones que llevarán incluso a la convocatoria de grandes huelgas en el período comprendido entre 1918 y 1921″.

(…)

“Refleja aquí su preocupación por el tema de la lactancia, un asunto que el pintor conocía bien a través de su hermana menor, Flora Bilbao de Rebolledo, quien formaba parte de la junta de damas protectoras del consultorio de niños de pecho de Sevilla, una institución reivindicativa con los derechos de las trabajadoras, cuyo director, ya en 1909, pedía a los responsables de la fábrica que les concediesen una jornada dividida en dos tiempos para amamantar a los niños. Hay que tener en cuenta que hasta 1923 el derecho laboral español no establecerá con carácter general la suspensión del contrato de la mujer, con reserva del puesto de trabajo, durante un plazo de seis semanas después del parto y la norma por la que, durante el período de lactancia, las mujeres tendrán derecho dentro de la jornada laboral a una hora diaria, dividida en dos períodos de treinta minutos, para atender a la alimentación de sus pequeños.”

Y tomado de “Feminismos y antifeminismos: Culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX”:

La relación de las mujeres trabajadoras y la maternidad adquiría especial relieve en el caso de las cigarreras, teniendo en cuenta que en algunas de las fábricas estaba muy arraigada la costumbre de que acudieran al trabajo con sus hijos, depositados en cajones cuando eran muy pequeños mientras las madres los mecían y realizaban sus labores. Se consideraba que la nocividad del ambiente fabril no sólo les afectaba a ellas, sino que eran los propios niños y niñas quienes sufrían. Para paliar los efectos de estas prácticas se fundaron varios asilos que tenían por objeto recoger a estas criaturas “cuidarlas y prestarles con mucho cariño y esmero una caritativa asistencia durante las horas en que sus madres estén en sus trabajos”. Evidentemente en una sociedad que estigmatizaba el trabajo femenino el asilo no se concibe como un servicio para la mujer trabajadora. En sus reglamentos destaca la rigidez y la culpabilización de las madres porque no son capaces de desempeñar sus funciones correctamente. En la admisión de los niños y niñas tenían preferencia los de “legítimo matrimonio” sobre los naturales y especialmente sobre los ilegítimos. Las uniones ilegítimas eran consideradas como un atentado directo al orden social, por tanto se asociaban automáticamente con ambientes marginales e incluso con la prostitución”. Además estos reglamentos estipulaban un horario de lactancia que obligaba a las madres a “dar el pecho a sus hijos a las horas que se les marquen” sin “pasar de la antesala, donde les serán entregados” y procurando “detenerse el menor tiempo posible”.”

La verdad es que después de leer el libro de Asunción Díez sobre la familia campesina asturiana es llamativo el retroceso, ya que en la realidad que describe ese libro no había moral victoriana alguna sobre la ilegitimidad o la legitimidad de los hijos. Es llamativo también el primer texto en el que la alta sociedad es la que por un lado explota a las madres y, por otro, reivindica los derechos de lactancia.

Esta es otra visión de las cigarreras, la que hace Edmundo D’Amicis de la fábrica de tabacos de Sevilla (La España, 1875):

“Se les paga en razón del trabajo que hacen: las más hábiles ganan tres pesetas al día (…) Las madres trabajan, columpiando con una cuerda la cuna de sus hijos. De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de picadura, y por todas partes se ven sayas de colores vivos, trenzas negras y ojazos inmensos.¡Cuántas historias de amor, de celos, de abandonos y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!””

Y Emilia Pardo Bazán describe en uno de sus libros, La Tribuna, la manufactura de cigarrillos de Marineda (nombre literario de A Coruña en las novelas de esta autora). Lo que describe aquí poco tiene que ver con el cuadro de Gonzalo Bilbao:

“Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda; apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, arrebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas que quedan confiadas al cuidado de una vecina; en el recién nacido, que llorará por mamar, mientras a la madre le revientan los pechos de leche… Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse.”

Con esa tremenda frase en negrita me despido, con el corazón encogido por una descripción tan gráfica de la simbiosis que se establece entre una madre lactante y su bebé, y las interferencias de un trabajo y un sistema que ponía y pone todo tan difícil…