“Maternidad, Igualdad y Fraternidad”, un libro de Patricia Merino

Voy a ir al grano. El principal punto fuerte de este libro es que hay mucho trabajo detrás, hay horas y horas de investigación y de redacción, de pensamiento, y eso se nota en el resultado. El segundo punto fuerte es haber puesto sobre la mesa el tema de la maternidad desde un punto de vista biológico, político y económico (aunque luego veremos que esto mismo también es un punto en contra del libro, en mi opinión). Es decir, se puede estar a favor o en contra de lo que defiende la autora pero lo importante es que alguien lo haya dicho y señale que en en el tema que nos ocupa hay problemas muy gordos sin resolver. Y el tercer punto fuerte es haber hecho una necesaria autocrítica dentro del feminismo hegemónico y las últimas corrientes en referencia a la maternidad y su parte más corporal, hacia el primero por ser antimaternal y hacia las últimas por negar el cuerpo y la materialidad de la relación simbiótica madre-bebé.

Bien, antes de entrar en las matizaciones y las críticas, voy a resaltar lo que para mí son las tesis más importantes a nivel práctico de un libro de 471 páginas. Yo, después de leerlo, me quedo con que Patricia Merino defiende una determinada ingeniería social (pg. 357), es decir, políticas estatales que, por ejemplo, incluyan permisos parentales transferibles de al menos 12 meses (pg.179), como los que existen en Suecia. Este país creo que es el que más se aproxima al ideal de la autora en cuanto a ayudas económicas directas para criar y medidas públicas para “conciliar” (traducción: guarderías para niños de todas las edades) se refiere. También, tanto en Suecia como en Francia existen retribuciones a la crianza, más allá de los permisos, para las familias que quieren abandonar el mercado de trabajo para cuidar de sus hijos durante los primeros tres años. En España, sin embargo, no existen ni permisos de maternidad/paternidad tan largos ni existen excedencias pagadas.

Y ahora es cuándo surjen mis críticas al libro, ya que a pesar de que yo también podría defender un permiso de maternidad de un año y una excedencia pagada de tres, porque yo misma me tomé una que me supuso fundirme los ahorros para después reincorporarme a jornada parcial a los 18 meses de mi primer hijo, soy consciente de las limitaciones de dichas medidas. Es decir, las defiendo no como la panacea sino como un mal menor, un mínimo a exigir (además, debería ser financiado con los beneficios empresariales y no por los impuestos o cuotas) que en absoluto va a solucionar los problemas de la crianza en nuestra sociedad, como no creo que lo haga en Suecia. Porque la realidad es que pienso que hemos llegado a un punto tan límite que es como cuando tienes frío y te tapas con una manta pequeñita, que cuando te tapas los pies, sientes frío en el pecho, y al revés.

Estamos ante una obra, como he señalado, con un enfoque sobre la maternidad puramente economicista y politicista, en el que se le pide básicamente dinero al Estado. Es más, parece que en el nuevo patriarcado se sustituye al marido por el Estado, lo que me recuerda a las tesis de Prado Esteban. En el enfoque de “Maternidad, Igualdad y Fraternidad” se espera todo de las instituciones políticas o partidos y nada de la acción directa en las empresas o la demanda conjunta de la gente del pueblo hacia la patronal de este país.  Además, creo que el libro peca de interclasismo en algunas ocasiones, a pesar de hablar de pobreza infantil y demás. ¿Dónde está el sindicalismo en todo esto? ¿Estos permisos no deberían ser exigidos a la patronal en lugar de ser financiados por los impuestos, dinero que se roba al pueblo? Intuyo que se pretende que todo cambie mediante el voto, no con la lucha diaria.

La maternidad y la crianza son más que dinero, aunque, obviamente, dejar de recibir un salario para cuidar tiene un valor monetario. Al fin y al cabo ese permiso equivale a X euros, que se pueden dar mes a mes o de una sola vez. Se deja fuera de este enfoque, por tanto, una visión más holística, una visión ecológica o que tenga en cuenta el colapso total de civilización en el que nos encontramos, que es multidimensional. Por tanto, me da la impresión de que Patricia Merino escribe sobre la maternidad y la infancia como si todo fuera a seguir como hasta ahora, cuando no es así. Estamos en un momento único en la Historia y se están dando grandes cambios sociales y ambientales que atañen incluso a la propia esencia del ser humano como especie y a la posibilidad de la destrucción de la vida en el planeta tal y como la conocemos.

Suecia no es ningún país a idealizar: tiene altas tasas de alcoholismo, soledad, suicidio, asesinatos de hombres hacia sus parejas mujeres, abandono a los ancianos. No me voy a extender más sobre este tema, creo que el documental “La teoría sueca del amor” lo refleja a la perfección. Quizás alguien piense que precisamente una crianza más “entrañada” durante los tres primeros años vaya a cambiar las cosas pero no parece que sea la tesis del libro, ya que precisamente se defiende que dará como fruto seres humanos más independientes entre sí en el futuro y menos “familiaristas”.

Yo, me he dado cuenta después de leer a Patricia Merino, que soy “familista”, algo que se ve como algo muy peyorativo en el texto. Es decir, yo defiendo los vínculos internos de las familias por encima de los vínculos con el Estado. De hecho pienso que el pecado capital de la familia en los tiempos que corren es que es un terreno no conquistado del todo por el Capital y las instituciones políticas, donde la gente se ayuda sin dinero de por medio y, cuando lo hay, se presta sin intereses. Esto es una competencia que la banca, la patronal y las administraciones no pueden soportar y llevan años intentando cargarse esa última solidaridad que nos queda. Esa solidaridad que tiene hasta una base física ligada a la oxitocina natural…

También creo que habría que señalar que el conflicto capital-vida no se acaba en los tres primeros años de la infancia. Después están los horarios interminables, las extraescolares, el “problema” de las supuestamente larguísimas vacaciones… Yo no veo compatible que una persona pueda trabajar y criar sin tener que recurrir al enclaustramiento del hijo para poder trabajar. Es por eso que me planteo muchas veces que tendría que dejar mi puesto, si pudiera, para poder evitarles a mis hijos las ludotecas y los campamentos de verano, poder sacarles del colegio a las 12h20 en lugar de a las 16h, que me parecen demasiadas horas de encierro para niños nacidos para ser libres y disfrutar de la luz del sol. Y es que aquí cambia el enfoque, cuando empezamos a poner las necesidades básicas como especie en el centro. No estamos hechos para crecer encerrados en colegios. Nada de esto se señala en el libro. Es más, se considera la escolarización (pg. 304-305) como algo positivo, cuando es una de las mayores agresiones a la infancia y la adolescencia en la actualidad, solamente se critica la calidad, los horarios excesivos, el ratio profesor/alumno o que sea privada en su etapa infantil de 0-3 años. ¿Pero es que acaso la mera asistencia a un colegio con 8 años o a un instituto con 15 años y todo lo que conlleva (obligatoriedad, pasividad, sedentarismo, falta de sentido vital, segregación social) no puede ser un infierno? Es más, uno de los principales problemas de la crianza actual es que ¡nos han robado a los niños y a los adolescentes! Ellos son los cuidadores y ayudantes en la crianza naturales en casi todas las culturas del mundo preindustriales. Nos los han robado y a ellos se les ha robado la experiencia de cuidar y jugar con otros niños más pequeños que ellos. Solamente tenemos el lujo de ver lo bien que interactúan juntos cuando, en verano, las familias se juntan alguna vez y vemos a los primos de diferentes edades corretear libremente en los patios y parcelas de las casas “del pueblo”. Esto como excede el tema del dinero y las políticas públicas no es tratado en el libro salvo para criticar el “familiarismo” y lo que consideramos “la tribu”, en un guiño al libro de Carolina del Olmo (pg. 373).

Otro tema que excede al libro es el de analizar realmente lo que significa una excedencia o un permiso de maternidad en la sociedad actual. Muchas veces supone estar tú sola en casa, sin socializar con ningún tipo de adulto, entre cuatro paredes o en parques vacíos (porque el resto de niños sí están escolarizados). Las necesidades básicas de las madres, desde un punto de vista evolutivo y como especie, no pueden verse satisfechas con este tipo de vida asocial. Porque aquí, seremos muy “familiaristas” pero la realidad es que las familias están fragmentadas y repartidas por toda la geografía urbana e incluso mundial. Yo, por ejemplo, para ver a mis abuelos tengo que hacer 20 kilómetros en coche. No vivo en el mismo barrio que ellos, no vivo ni siquiera en la misma ciudad que mis padres.  ¿Es esto “familista”?

Sobre las tasas de fertilidad de los países que se idealizan en el libro habría que decir que no son para tirar cohetes, ninguno llega ni supera la mera reposición, y que esos estados del bienestar se basan en la importación de mano de obra migrante, es decir, en el aprovechamiento económico de los hijos e hijas adultos paridos y criados por las mujeres de otros países con salarios más bajos y estados sin subsidios a la crianza ni a la infancia. Sobre este asunto, del que creo recordar que no se habla demasiado en el libro, habría que preguntarse algo muy incómodo: ¿Son posibles esas medidas de apoyo a la crianza del Estado del Bienestar aquí sin importar mano de obra de otros países que no tienen Estado del Bienestar? O lo que es lo mismo, ¿puede un país como Suecia o Francia ser independiente demográficamente y mantener todos esos subsidios? La respuesta yo creo que es un gran “NO”. Para mantener el Estado de Bienestar aquí, hace falta que otros en otros lugares no lo tengan, lo que supone una gran injusticia y doble moral. Los ayudas y subsidios de la crianza en Europa se basan en la explotación de otros que no disponen de esas ayudas y subsidios (normalmente países que han sido atacados por el FMI y el Banco Mundial en el pasado) y que, precisamente, por ello, se ven atraídos a venir aquí. Y aquí podríamos, por derivación, plantearnos la ruptura de vínculos esencial e irreparable que supone la emigración, porque, efectivamente, lo económico no lo es todo, aunque sea el mantra de la actualidad. En cualquier caso, instituciones capitalistas como Goldman Sachs (“Womenomics”) lo tienen claro: hay que favorecer la importación de mano de obra extranjera (a ser posible enfermeras y personal cuidador) para solucionar el “problema demográfico”.

Sobre la paternidad desde un punto de vista antropológico e histórico (pg. 77-92) que nos presenta el libro, he de comentar que nos movemos en un terreno muy pantanoso. Necesitamos reconocer con humildad que en realidad conocemos muy poco del pasado, quizás el 1%, ya que lo que ha quedado escrito para la posteridad es solamente una mínima parte de la existencia común de las personas de esas épocas, que eran culturas de transmisión oral, no “histórica”. Nos ha llegado todo mediatizado por otras personas que escribieron cosas. Saber qué decían los códigos patriarcales como el de Hammurabi no me permite saber hasta qué punto esos códigos se cumplían o no en las familias de los pueblos más apartados del lugar. O saber qué es lo que pone en una inscripción de un rey egipcio no me dice nada sobre cómo criaba un padre de los estamentos más bajos, que no poseía nada que transmitir en herencia a sus hijos. Sí me sorprende esta frase (pg. 86): “La función paterna es sin duda contingente: empíricamente, una criatura puede desarrollarse perfectamente sin la intervención de una persona que asuma el rol paterno, sin embargo, si nadie asume la función materna su desarrollo no podrá ser satisfactorio”. Por esta lógica, ¿qué sentido evolutivo tiene la existencia de hombres? ¿La de meros sementales? En ese capítulo se habla mucho de “avunculados”, sociedades en las que ese rol paternal es ejercido por el tío materno, con lo cual ese papel lo puede hacer un tío o un padre, pero en los dos casos es un hombre y sí parece necesario, porque si no, no existiría, habría sido eliminado como algo superfluo. Yo sí que creo que los humanos necesitamos a hombres que ejerzan ese rol, al menos en la cultura en la que yo he nacido, porque a mí lo que hagan los trobriandeses no me toca de cerca. Yo no me ubico en un espacio neutral, sino que he nacido en una cultura y en un lugar determinado en el que la paternidad sí ha tenido una importancia, pese a ser algo completamente diferente a la maternidad.

“Los deberes desagradables del padre” de Adriaen Brouwer (1605-1638)

Tampoco me ha gustado del libro su visión tan negativa de la paternidad que se describe entre las páginas 93-115. Me parece poco imparcial, ya que si vamos a hablar de malas paternidades tenemos que hablar también de malas maternidades o incluso de la maternidad patriarcal. Pero, claro, estas visiones de guerras de sexos son típicas del feminismo actual y la autora, a pesar de que difiere con muchas feministas a la hora de hablar de maternidad, se mantiene alineada con el feminismo hegemónico a la hora de hablar de la paternidad. No sé a qué puede deberse esto. Yo, en relación también a otros apartados del libro, he de reconocer que habría criticado ciertos aspectos de la maternidad en solitario elegida y no metería en el mismo saco a la monomaternalidad por abandono o irresponsabilidad paterna que la monomaternalidad elegida a priori. Pero en esto reconozco que no soy objetiva, ya que mis propios traumas y mi propia infancia como hija criada en una “familia” monomarental totalmente disfuncional me hacen rechazar cualquier tipo de maternidad en solitario, al menos elegida por propia voluntad.

Y, podría escribir más al detalle, pero casi que me saldría otro libro de 500 páginas así que voy a terminar con algunos detalles, para quien quiera profundizar con minuciosidad en la primera parte del libro, a través de las notas que fui tomando mientras lo leía. Si no te interesa, puedes dejar de leer la reseña aquí.

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APUNTES SOBRE LA PRIMERA PARTE. MATERNIDAD

Lo primero que me chocó desde la primera página es el uso del concepto “patriarcado” en abstracto, sin contextualizar tiempo ni lugar, con el que choco frontalmente. Cada vez que se usa esta palabra deberíamos explicar de qué año, de qué cultura estamos hablando. Si no, caemos en mitos que no tienen ninguna concordancia con la realidad concreta que vive la gente en cada momento.  Decir el “patriarcado logró”, ¿qué quiere decir? ¿De repente un grupo de hombres se impuso a las mujeres? ¿Colaboraron las mujeres y las madres con ello? ¿Cómo controlaba ese grupo de personas el cuerpo de las mujeres y se apropiaba de las criaturas? Desde hace milenios ha habido contextos sociales concretos en los que legalmente se establecía un patriarcado legal pero eso no quiere decir que las leyes llegaran a todas partes y, además, que las mujeres y madres no hayan controlado su cuerpo y hayan controlado la crianza de las criaturas. Por ejemplo, el patriarcado legal romano daba todo el poder al padre, pero eso no quiere decir que los hombres de estado llegaran a todas partes como si fueran Dios (el poder casi omnímodo solamente lo han logrado las elites con la tecnología actual). Siempre ha habido grietas y espacios fuera de control de las normas impuestas desde arriba.

Por otro lado, las madres del patriarcado romano controlaban el cuerpo y la crianza de sus hijas, como podemos leer en esta historia de lactancia frustrada, tan parecida a esta otra historia de ficción que aparece en Ana Karenina, una mujer que pide amamantar y a la que su marido se lo impide o a la historia de María Montessori, a la que su madre y su suegra presionaron para que no criara a su propio hijo y lo dejara con una nodriza en el campo. Esta última historia es definitiva: no fue hasta la muerte de su propia madre que María Montessori se atrevió a reconocer públicamente que su hijo, al que tuvo fuera del matrimonio con un compañero de trabajo, era su hijo. Las madres patriarcales… ¿O acaso son simplemente “madres” sin adjetivos? Porque no deja de ser paradójico el término de madre patriarcal, una madre/abuela que ejerce su autoridad, su poder materno para ponerlo al servicio del padre. ¿De qué padre hablamos, en la historia de Montessori, por ejemplo? Y si la madre tiene tanto poder ya no podemos hablar del “poder del padre” sino de madres auténticamente matriarcales. Otra cosa es que ese poder lo ejerzan hacia el mal, hacia el control de sus hijas y nietos y la merma de su libertad.

Volviendo al libro, dice Patricia Merino que un primer paso hacia la extinción de patriarcado es que las mujeres nos reapropiemos de nuestros cuerpos y nuestra maternidad. Si nos regimos por ese criterio entonces tenemos que admitir que hasta la llegada de la Ilustración, el Progreso y el Estado moderno, en los pueblos de la península no regía ningún tipo de patriarcado, ya que las mujeres eran dueñas de su cuerpo y de sus maternidades y, además, conocían hierbas abortivas.

Hay una frase de la autora que me gustaría comentar: “No es posible garantizar una maternidad deseada, y por lo tanto, positiva para madre y criatura, si las mujeres no controlamos nuestra sexualidad y nuestra fertilidad: el derecho a la contracepción y al aborto no solo no están reñidos con una maternidad entrañada, sino que son su condición previa”. Yo no estoy de acuerdo con esto porque, si bien todas las culturas es posible que hayan tenido conocimientos anticonceptivos y abortivos, eso no equivale a que todas las maternidades hayan sido planificadas. Se puede tener una maternidad buena, agradable dentro de las limitaciones de cada momento, y que no haya sido planificada en absoluto, fruto de la pasión de una noche de verano. De hecho, la mayor parte de los nacimientos de nuestra especie no han sido planificados, algunos han sido de rebote, otros por puro azar. Por no hablar de las maternidades de las mujeres que no quieren usar métodos anticonceptivos o abortar por motivos personales, éticos o religiosos que, por supuesto, pueden tener la maternidad entrañada que deseen o puedan. Me parece que esta frase del libro las juzga en su vida personal y en sus elecciones.

Otra frase que hay que matizar es la de “la diada madre-criatura ha sido hasta hoy la base empírica y el lugar de la crianza en los humanos”. Esto es cierto y es falso, porque si bien es cierta la simbiosis madre-bebé al principio de la vida, esa diada no existe en el vacío y no puede existir sino es en base a la crianza cooperativa de la que habla Blaffer Hrdy. Hacen falta muchas otras personas alrededor ayudando a la madre y cogiendo al bebé, jugando con él, cuidándolo en muchos momentos a lo largo del día. Y ese es el gran problema de nuestra sociedad actual de madres con permisos de maternidad solas entre cuatro paredes de pisos urbanos y ningún permiso de un año lo va a poder solucionar o enmendar. La familia extensa se ha perdido para siempre y se ha diluido a lo largo del mapa. Un papel fundamental en los cuidados de los bebés los tenían los niños más mayores. ¿Dónde están ahora? En el colegio sentados durante horas frente a una mesa, sin ver casi la luz del sol. Nos han robado también a los niños y a los adolescentes… Y a los niños les han robado la posibilidad de cuidar, lo que subliman con muñecas, lo que también es una hipótesis de Blaffer Hrdy al hablar de las sociedades tradicionales en las que no existen muñecas y, sin embargo, se ve a muchos niños porteando bebés.

Luego está el uso del concepto “patriarcapitalismo” para referirse al “capitalismo” a secas, cuyas señas de identidad no tienen por qué relacionarse con el poder de los padres, ya que que los puestos de poder económico sean ocupados por mujeres no cambia un ápice de su esencia, demostrando que es indiferente lo que tengan entre las piernas los poderosos, la directora de la Reserva Federal o del FMI. Pero más llamativo es referirse a los “vientres de alquiler” como algo patriarcapitalista cuando gran parte de los clientes de esta práctica comercial son mujeres que compran el cuerpo de otra mujer y al bebé que ha gestado. Lo mismo con la venta de óvulos, son mujeres que compran el cuerpo de otras mujeres. Desconozco la razón por la que Patricia Merino silencia esto, haciendo parecer que los “vientres de alquiler” solamente son consumidos por hombres que pretenden apropiarse de la capacidad femenina de generar seres humanos y olvida que la venta de semen, tratar a los hombres como sementales, es también una práctica comercial donde las mujeres compran y los hombres venden (prostitución reproductiva).

Después de este comienzo del libro, he leído con gusto su crítica a la misoginia de Simone de Beauvoir, que comparto totalmente. Y también me ha llamado la atención que vuelva a decir que vivimos en un patriarcado, relacionándolo con el tema del orden de los apellidos. Aquí hay que volver a contextalizar, ya que es un tema apasionante este, el de los apellidos en este país.

Muchas veces nos creemos que las cosas siempre han sido así, quizás desde el patriarcado legal romano en la península ibérica, pero nada más lejos de la realidad. El patriarcado legal estuvo debilitado y dormido en muchos pueblos y contextos gracias a que el Estado no llegaba y no tenía el poder, que sí tiene hoy de forma casi total, para controlar a los ciudadanos. Es decir, la gente se llamaba como le daba la real gana o como era la costumbre en cada zona geográfica y no fue hasta 1870, con la aparición de la herramienta biopolítica por excelencia del Registro Civil (el primer intento de tratarnos como ganado humano poniéndonos en una base de datos censal) cuando se estableció el sistema de poner el apellido del padre primero y después el de la madre (que a su vez era el apellido paterno también). Por ejemplo, el apellido del poeta Garcilaso de la Vega proviene de su abuela, Elvira Laso de la Vega, ya que su padre eligió apellidarse así. Y si nos vamos a las familias del pueblo del Occidente Asturiano durante el siglo XIX, comprobaremos, como hizo la historiadora Asunción Díez, que el orden de los apellidos era de lo más pintoresco a nuestros ojos actuales. Si nacía una niña, heredaba los dos apellidos de la madre, y si nacía un niño, heredaba los dos apellidos del padre. Es decir, había otros criterios, no había homogeneización y el Estado no se metía en estos asuntos (sí se metían los romanos y los godos no). Es decir, la característica del Estado actual y no de un “patriarcado” en abstracto es su ansia de biocontrol, de controlar, clasificar y estandarizar las vidas de la gente y de sus hijos.

Resulta muy interesante la reflexión sobre el feminismo y la maternidad que realiza la autora y el reconocimiento de que la maternidad ha sido identificada con algo negativo y cualquier discurso progresista sobre la maternidad desapareció, lo que ocurre es que lo justifica diciendo que quizás era el único camino posible en otras épocas, lo que viene a ser una clara justificación “de las madres” del feminismo con un “no podían hacer otra cosa”. El feminismo, dice Patricia Merino, “nunca ha defendido los intereses de las madres como tales: se ha velado por los intereses de las madres como “trabajadoras”.

Respecto a las reflexiones sobre el dios patriarcal Zeus, me gustaría recordar también a las madres patriarcales como Hera, que ató las piernas de Alcmene (la madre de Hércules) para evitar que naciera su hijo. Es decir, de nuevo vemos cómo los mitos patriarcales están plagados de mujeres que agreden a otras mujeres y que no describen una guerra de sexos sino más bien una guerra de un tipo de mujeres y hombres contra la libertad de otro grupo de mujeres y hombres.

No me voy a extender en el tema pero creo que es digno de reconocimiento que por fin alguien critique el excesivo constructivismo del feminismo y el excesivo protagonismo de lo cultural frente a lo biológico, reconociendo la bioculturalidad del ser humano.

Hay una frase de esta primera parte del libro que me gusta mucho: “No es la maternidad lo que nos aparta de la cultura, de la vida pública y de la realización integral de nuestra humanidad. Es la marginalidad en la que el patriarcado ha ubicado la maternidad la que la transforma en una forma regresiva, puesto que expulsa a los márgenes de la sociedad algo tan central y genuinamente humano como es la procreación y el cuidado de nuestras criaturas”. Pero, claro, tengo que matizar porque de nuevo, me niego al uso del término “patriarcado” sin contexto. No es el “patriarcado” en abstracto el que manda a los márgenes a la maternidad sino ciertas formas de vivir y de producir en la actualidad: urbanas, aisladas, industriales. Es más, el caso de las cigarreras y su forma de criar nos muestra cómo el primer capitalismo permitía la crianza incluso dentro de las propias fábricas mientras estas fueron artesanales. Fue la llegada de la máquina la que expulsó a niños y bebés del lugar y, de paso, cualquier atisbo de socialidad y humanidad (ya no se podía hablar con la compañera, ya no se podía cantar trabajando…) que todavía quedara.

En realidad, y es un tema muy complejo, lo que expulsa la maternidad a los márgenes de la sociedad es la centralidad del progreso, la productividad y el desarrollo tecnológico. ¿O acaso no vemos que la maternidad, cuando es negocio y producción en sí misma, como en el caso de los vientres de alquiler es de repente el centro de todas las noticias? La maternidad y la crianza tienen unas lógicas y unas dinámicas internas propias y distintas de las de la “vida pública” actual. La marginalidad de la maternidad actual no proviene de un patriarcado en abstracto:

  • La maternidad y la crianza es una relación humana que, en su parte más esencial, no es mercantilizable, ni se compra ni se vende. Se pueden comprar miles de accesorios pero la relación en sí misma entre dos personas, no. Esa solamente la construyen esos dos seres humanos en interacción con su entorno. Ahora solamente es central la parte comercializable de la maternidad.
  • La maternidad y la crianza siempre han sido parte de la cultura y de la vida pública, incluso tenían su propia creación cultural genuina: las nanas. Nadie se quedaba aislada por ser madre y las costumbres sociales favorecían su integración en la comunidad a través de ciertos ritos de reciprocidad. No podemos confundir “alta cultura” con “cultura” a secas. La”cultura popular” se fundamenta en lo oral, no en lo escrito. Por ejemplo: yo escribo y esa puede ser mi dimensión social actualmente, existo porque me lee gente, pero cuando yo estoy sola en mi casa, amamantando o cantándole una canción a mis hijos o cuidándolos, no existo socialmente y nadie lo valora. Pero, ¿acaso alguien más que ellos o la gente que me conoce en persona debiera valorarlo? Queda la pregunta en el aire…
  • El patriarcado legal margina la maternidad porque lleva implícito que hay que trascender nuestra animalidad para llegar a algo más elevado: conquistar más países, conseguir subyugar más a los demás, dirigir y domesticar la Naturaleza. En su escala de valores, compartida por hombres y mujeres de las élites, dar de mamar y cuidar es algo destinado a las clases bajas, como lo es limpiar, cocinar o trabajar para otros. Por eso, las mujeres artistas como Julia Margaret Cameron o Virginia Woolf tenían criadas, y por eso Simone de Beauvoir tenía esa fragmentación tan acusada, esa esquizofrenia en los papeles maternales que ocuparon su madre y su nannie, Louise.

No sé si nos deberíamos preocupar tanto por si las madres estamos en el centro o la periferia del patriarcado, ya que quizás es mejor rechazar el patriarcado de forma global que reivindicar o denunciar el lugar que se nos ubica en un sistema así. En cualquier caso no vamos hacia una ruptura con el “arcado” (poder) sino hacia sus diversas variantes y mutaciones que mantienen lo esencial cambiando las formas. Por eso mismo creo que cualquier planteamiento que incluya ingeniería social en sus premisas será incapaz de salir de este paradigma y volver a sistemas en los que primen las relaciones de reciprocidad, interdependencia y apoyo mutuo. Y, si tenemos que apoyar alguna medida de ingeniería social, por favor, incluyamos la anotación al pie de que se trata de una acción desesperada como mal menor ante la ausencia o ignorancia de otros medios para detener la maquinaria automática de este sistema que nos lleva a la autodestrucción. La ingeniería social, no lo olvidemos, es la base de los patriarcados históricos, obsesionados con los censos, los registros, las estadísticas, la escritura…

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Y podría seguir escribiendo sobre el libro de Patricia Merino pero lo cierto es que son casi las dos de la mañana y tengo sueño. Un saludo a los hipotéticos lectores.

Entrevista a Patricia Merino aparecida en Madresfera Magazine (10 de mayo de 2017)

TEXTO ACTUALIZADO EL 24/7/2017

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Las cigarreras iban al trabajo con sus bebés

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Este libro, “Compañía Arrendataria de Tabacos 1887-1945. Cambio tecnológico y empleo femenino” de Lina Gálvez-Muñoz, contiene información muy valiosa sobre la historia de las madres y la influencia de la mecanización industrial en la vida de las trabajadoras. Por eso, esta noche, tercera noche consecutiva de catarrazo de mi bebé, voy a aprovechar que solamente se duerme en la mochila para escribir. No voy a hacer un resumen del libro (además, no me lo he leído entero) sino que voy a destacar la información que yo iba buscando entre sus páginas y que me ha parecido más valiosa.

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1. El edificio:

La Real Manufactura de Tabacos de Sevilla fue construida en 1728 bajo la dirección de un ingeniero militar, D. Ignacio Sala, para la elaboración manual de cigarros. Me ha llamado muchísimo la atención confirmar una vez más las conexiones entre la fábrica y el ejército en un edificio que hasta disponía de foso defensivo. ¿Para que no huyeran los propios trabajadores o no entrara el enemigo? Según Wikipedia en realidad fue “debido a su construcción extramuros adosado a parte de las murallas de la ciudad por esa zona”, pero en el libro se nos cuenta que además del foso, “mantuvo hasta mediados del siglo XIX un cuerpo de guardia de 20 soldados”. Hay que tener en cuenta que se registraba a todo el personal a la entrada y a la salida, para que no se llevaran tabaco de contrabando. ¡Existía hasta una cárcel propia dentro de la fábrica!

Y nos cuenta Lina Gálvez que dice, a su vez, Bonet Correa: “(…) Sala había diseñado una fábrica a la que le faltaba coherencia y la racionalización que requería un sistema rígido para poder controlar a los obreros y a la producción. Su plano resultaba laberíntico y de difícil vigilancia, por tanto, no es extraño que fuese criticado y a la postre modificado principalmente para poder instalar los nuevos ingenios que se pensaba introducir en la fábrica. Para este autor, al igual que las cárceles en el siglo XVIII las factorías tendieron a crear espacios diáfanos, no sólo capaces de albergar las máquinas sino también para que el patrón o los encargados de la vigilancia pudiesen fácilmente controlar el trabajo“.

2. ¿Por qué se sustituyó a los trabajadores por trabajadoras durante el primer tercio del siglo XIX?

“La razón principal que dio la Hacienda para justificar la contratación de cigarreras fue que las manos de las mujeres eran más apropiadas para la confección del cigarro que las de los hombres que además hacían falta en el campo para levantar el país de la devastación de la guera”. Pero añade más tarde otra hipótesis, “Si esto es así, la Corona pudo haberse decidido por la mano de obra femenina exclusivamente porque presentaba las características que necesitaba: barata y flexible, para un sistema de producción intensivo de trabajo como lo era el de los cigarros y cigarrillos”. Es decir, como la producción era a destajo, manual e intensiva, y a su vez era flexible, las necesidades de la producción iban más acordes con la mano de obra femenina, como veremos después.

Las cigarreras eran mano de obra cualificada que aportaba el salario principal en sus familias (en concreto, en el 50% de los casos a principios del siglo XX) y sus maridos trabajaban también, pero solían tener trabajos temporales. La decisión de cambiar la mano de obra masculina por la femenina, de expulsar a los cigarreros, fue una decisión política de la Hacienda tomada a principios del s. XIX “con la presión contraria de la sociedad y las elites locales”. Pero aún así, siguió habiendo hombres en la fábrica con una clara división sexual del trabajo: mujeres en los talleres de elaboración y hombres en el picado, máquinas y el taller de faenas generales, supervisión, vigilancia y tareas burocráticas.

En otra parte del libro la autora dice algo con lo que no estoy de acuerdo: “las mujeres eran identificadas como trabajadores baratos, flexibles, sumisos y que se adaptaban con mayor facilidad a los trabajos monótonos  tal y como estaban acostumbradas por las tareas domésticas en las que habían sido aleccionadas desde la infancia”. ¿Sumisas? Creo que en este blog ya he hablado bastante de ese aspecto aquí, aquí, aquí   y aquí entre otros posts. Pero es que, además, el propio libro lo contradice con cómo defendían sus intereses estas mujeres dentro de la empresa, por ejemplo contra la introducción de máquinas. Además, las tareas domésticas son igual de monótonas (o de no monótonas) que cualquier otro trabajo fuera de casa, que también tiene sus rutinas.

3. ¿Cómo se organizaba el trabajo?

Las operarias se agrupaban en ranchos, mesas de trabajo que funcionaban como unidades de producción a la hora de entregar el trabajo y ser remunerado, en las que trabajaban de seis a diez mujeres dependiendo de los talleres. En cada rancho había un “ama de rancho” que era la que llevaba las cuentas.

4. Los bebés.

“La costumbre de que las cigarreras fueran acompañadas de sus hijos siguió a lo largo de todo el siglo incluso después de que se prohibiera a partir de 1882, cuando sólo permitieron llevar niños que fueran de pecho”. Había flexibilidad en la asistencia y en la entrada, el empleo era hereditario: se transmitía de madres a hijas, que aprendían el oficio cuando acudían a las fábricas acompañando a las madres para ayudar en el cuidado de los niños de pecho. Esto era muy cómodo para la empresa porque no tenía que pagar por la enseñanza del oficio.

Más tarde explica el sistema en el que el papel de las hijas como “alomadres”, en vocabulario de la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy, era fundamental:

“Las cigarreras llevaban a sus hijas pequeñas a las fábricas para que ayudaran en el cuidado de los niños de pecho que, en cunas suministradas por la dirección se encontraban a cientos repartidos por los talleres. Al mismo tiempo, estas niñas aprendían a liar cigarrillos. Este sistema era muy ventajoso para la renta ya que siempre había mano de obra joven, dispuesta y preparada para incorporarse a las fábricas sin tener que invertir en aprendizaje en un trabajo que necesitaba varios años de preparación. Estas cigarreras que entraban en categoría de aprendizas solamente tenían que adquirir velocidad en la labor y ser destinadas al taller para el que presentaban mayor adecuación. (…) Igualmente era más fácil controlar la mano de obra si toda la familia era dependiente de un mismo empleador”.

Lina Gálvez nos cuenta después que cuando se hizo la transición del taller manual al mecánico, el jefe de la fábrica de Sevilla entre 1896-1918 no quería que entraran las hijas porque ya venían con “vicios” cogidos (el vicio de la flexibiliad y no tener disciplina), pero la dirección de la empresa siguió prefiriendo contratar a las hijas de las cigarreras porque era la única forma de que las cigarreras aceptaran sin oponerse con violencia, la compra de maquinaria para los talleres. De hecho, en 1885 casi lincharon al jefe de fábrica por el rumor que existía de que habían llegado a la fábrica máquinas de liar cigarrillos. ¿Habíamos dicho que eran sumisas? Como indica Lina Gálvez, estas mismas cigarreras aceptaron las máquinas cuando fue la única manera de continuar con el trabajo hereditario por sus hijas. La jugada de la empresa fue decir que solamente entrarían aprendizas para ocupar los taller mecánicos, no los manuales, durante el tiempo de transición de un modelo productivo al otro.

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Imagen: grabado de Gustavo Doré sobre las cigarreras en 1862. Las cunas las ponía la empresa y, después, en el siglo XX comenzaron a poner guarderías dentro de la fábrica.

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“Motín de cigarreras en la Fábrica de Sevilla (marzo 1885) , provocado por los rumores de la introducción de máquinas para el liado de cigarrillos de papel -las célebres Bonsack- que amenazaba sus puestos de trabajo”. Tomado de este blog.

Como decíamos, en 1882 se prohibió la entrada de los hijos e hijas mayores y solo dejaron entrar a los lactantes. Así fue la prohibición: “Desde el día de mañana queda terminantemente prohibido el entrar en el establecimiento niños y niñas que no sean de pecho y los que se encuentran en este caso, deberán tenerlos sus madres en los brazos o en cunas a su lado, quedando también prohibidas las niñeras”. De un plumazo, estaban poniendo trabas a la conciliación de las madres, aunque todavía al menos dejaban entrar a los bebés, algo hoy todavía impensable en nuestras oficinas donde ni se pone guardería ni hay un clima que propicie la entrada de los bebés, pero es que yo pienso que nuestra sociedad sufre de bebefobia y eso es harina de otro costal…

Sin embargo, cuenta la autora que sabe por entrevistas que todavía a principos de siglo XX las cigarreras seguían llevando a sus hijas para que cuidaran a los niños lactantes (por cierto, en el libro comenta que seguían dando el pecho “cuando ya andaban”) y aprendieran el trabajo desde los 10-13 años. Es decir, la normativa se incumplió.

Y aquí se responde a uno de mis intereses al comprar y leer este libro: “Con la introducción de las máquinas se prohibió que las madres tuvieran a los niños consigo en los talleres mecánicos; estos se quedaban con las abuelas en los manuales y las madres sólo los tenían para el pecho dos veces al día durante media hora cada vez”. ¡Toma ya! Llegaron los horarios fijos a poner orden en tanta lactancia libre, sin horarios, a voluntad, a deseo mutuo… Es decir, es el mundo laboral y productivo el primero que fijó horarios rígidos a la lactancia. Después el relevo teórico lo tomó la “ciencia” o la pseudociencia, más bien, de la mano de pediatras como Luther Emmet Holt, del que he hablado bastante en este blog. Pero la teoría tenía que apoyar los deseos del Capital mecanizado y adaptarse a él. Que hay que limitar la lactancia, bien, ya nos encargamos nosotros de inventarnos una teoría o doctrina ad hoc. Fue la máquina, fue el capitalismo, pero antes que ellos, fue el Estado. No olvidemos que esta empresa, la mayor de España en número de trabajadoras (30.000) era propiedad del Estado, de la Corona en régimen de monopolio. Fueron los reyes los primeros empresarios del incipiente capitalismo. Esto siempre se les olvida a los que demonizan a “los mercados” y son “anticapitalistas” sin ser “antiestado”, es decir, se le olvida a toda la izquierda.

Con la entrada de las máquinas los niños no podían estar con sus madres pero seguían con las abuelas en los talleres manuales y después a las guarderías que se abrieron durante los años cuarenta. Para la empresa ya no tenía sentido el aprendizaje familiar porque se trataba de trabajos mecánicos. No es lo mismo liar un cigarro manualmente, que casi es un arte, a apretar botones y palancas, creo entender…

5. Eso que ahora se llama “Tribu”…

Las cigarreras tenían “tribu”, pero de la de verdad, no un grupo de padres que se reúne una hora a la semana. La familia extensa vivía cerca, había patios de vecinos y los lazos de solidaridad eran tan fuertes que las cigarreras se hacían cargo de los niños de las madres que se morían.

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Cigarreras sevilladas, dos de ellas junto a sus bebés.

6. Flexibilidad y empleo hereditario de madres a hijas.

Las cigarreras tuvieron siempre dos reivindicaciones: una expresada de forma clara, la de que su trabajo lo heredaran sus hijas, y la otra reivindicada con la práctica y la acción, la flexibilidad. “La responsabilidad doméstica que por su género les imponía la sociedad hacía que tuvieran un compromiso laboral basado en un uso del tiempo flexible que en la fábrica se materializó en la impuntualidad y en las continuas faltas de asistencia”. Yo aquí tengo que decir que no tengo tan claro que eso que denomina responsabilidad doméstica lo imponga la sociedad, es decir, que sea algo meramente social o cultural, si acaso biocultural en lo que respecta al cuidado de los hijos (obviamente no me refiero a la limpieza de la casa). Lo siento si suena políticamente incorrecto pero creo que las madres tenemos una relación diferente con los hijos cuando son pequeños, sobre todo a través de la lactancia. Y también pongo en duda que fuera algo impuesto desde fuera. Es como cuando mi hijo tenía dos meses y había gente que decía que saliera a tomar algo a pasármelo bien. Fui a un concierto y no podía dejar de pensar en él y deseaba volver corriendo para ver si estaba bien. En cualquier caso, estas mujeres no parecían muy apocadas y si hubieran tenido algún problema con ese tema, al igual que por casi linchan al jefe de fábrica, traían el salario principal a casa e imponían un matrilinaje laboral, imagino que sabrían negociar bien sus intereses dentro de la casa. Además, es importante señalar que incluso en sociedades matriarcales o matrilineales como la de las Mosuo hay división sexual sin patriarcado ni machismo, lo que rompe uno de los clásicos argumentos del feminismo actual que los asocia de forma intrínseca.

La autora señala un aspecto importante respecto al trabajo infantil, que siempre se estudia como algo negativo desde nuestra proyección actual y, sin embargo, en esa época era una forma de enseñarles un oficio. Un testimonio del libro en este sentido: “Mi madre que en gloria esté entró a cuidar a un niño chico cuando era una chiquilla y de ahí empezó a hacer pitillos con medio papel hasta que ya lo hizo grande (…)”. El libro explica muy bien que fue cuando la empresa se mecanizó y empezó a exigir que las operarias supieran leer y escribir cuando las madres mandaron a sus hijas a los colegios.

7. Flexibilidad horaria y disciplina fabril:

La autora habla también en el libro de los problemas que tuvieron los empresarios durante la industrialización para que los trabajadores aceptaran los horarios y la disciplina de fábrica. Esto es sumamente interesante, ahora que ya llevamos décadas de sumisión e indefensión aprendida en este sentido, tanto en los colegios como en las oficinas. Por supuesto, sumisión disfrazada en todo lo demás de libertad y, en muchos casos, falso radicalismo, porque los problemas más graves no se enfrentan jamás, siempre se esconde la cabeza cual avestruz.

Uno de los aspectos del libro y que más me ha hecho reflexionar es el tema de la campana (con en los coles, las cárceles, etcétera…) como símbolo del capitalismo industrial. La campana de fábrica es el elemento que subordina el tiempo de las cigarreras a la disciplina industrial. El libro habla del “nuevo orden industrial” en el que se usa el concepto de “el tiempo es dinero”, parecido a nuestra expresión coloquial “mi tiempo es oro”. La cigarrera controlaba su propio tiempo, el trabajo era a destajo y con horarios flexibles hasta que llegaron las máquinas. Después se impuso el pago por jornal.

El horario era flexible en el sentido de que las cigarreras entraban, en teoría, entre la 8-10 de la mañana, pero en la práctica entraban incluso más tarde porque tenían que vestir a los niños, preparar comida, limpiar, etcétera. Los hombres sí cobraban a jornal y no tenían flexibilidad horaria.

La ley de 13 de marzo de 1900 instauró la hora de lactancia (limitando la lactancia libre, con todas las consecuencias bioculturales para la madre y el bebé, recordemos por ejemplo la disminución y duración de la amenorrea de la lactancia y su relación con el trabajo), que podía dividirse en dos medias horas*. Esta ley a las cigarreras solamente les afectó a las que trabajaban ya en los talleres mecánicos como operarias, no en los manuales donde había lactancia sin restricciones. Es curioso que la reivindicación legal de las pausas de lactancia sea en parte una claudicación, una concesión que tiene que ser otorgada desde el poder, en lugar de reivindicar la libertad de la relación simbiótica madre bebé como algo intrínseco a la vida, algo prepolítico, prelaboral y preproductivo. Yo al menos lo veo así. Es importante señalar que aún así antes de que se iniciara la Guerra Civil su convenio (ya para las trabajadoras mecánicas) superaba la ley con 2 horas para la lactancia.

En el tema sindical, el libro deja claro que hasta la primera guerra mundial las cigarreras no tuvieron interés en sindicarse porque las estrategias de los sindicatos no coincidían con sus intereses ni su situación personal dentro de la economía familiar. Entender esto es de suma importancia para los sindicatos del siglo XXI, si quieren comprender por qué hay tan baja sindicación de mujeres. Por cierto, interesante es también la parte del libro en la que explica la profesionalización del sindicato de cigarreras y tabaqueros con la modernización, pero no voy a hablar de ello ahora porque me iría por otros temas. Animo a quien le interese el asunto a leer el libro. Otro dato curioso es el de que cuando se impuso la jornada de 8 horas esto supuso una bajada de la producción y pérdidas salariales, tenían menos horas para ganar lo mismo y a las cigarreras les afectó mucho la pérdida de la flexibilidad.

Lina Galvez aporta el siguiente dato: el porcentaje de cigarreras casadas entre 1887-1945 era del 81% mientras que para el total de la población femenina era del 10%. Ganaban bastante más que las otras obreras, tenían horario flexible y podían “conciliar”, como se dice ahora. Entre las propias cigarreras había diferencias salariales entre manuales y mecánicas pero las diferencias salariales más sangrantes fueron  entre las mecánicas y los mecánicos, que pasaron a ser claves en los talleres y por término medio doblaban en salario al de las mujeres.

Con la mecanización y la disciplina fabril llegan los uniformes. ¡Adiós a la falda de volantes y el mantón de manila! ¡Adiós a los colores! Llega la uniformidad, la homogeneidad, el color fijo, la forma fija. Las trabajadoras forman parte de un ejército. Como dice la autora en un pie de foto de una imagen de 1923: “la introducción de las máquinas y la puesta en marcha de los talleres mecánicos también implicó un cambio en la etética de las cigarreras, al menos, durante las horas de estancia en las fábricas”. Pero no fue lo único que cambió, también se redujo el personal en un 70%, descualificándose laboralmente las que quedaron. Con la mecanización se acabó la herencia madre-hija de los trabajos y el hombre comenzó a ser el cabeza de familia. Sobraba personal y durante los años veinte del siglo XX ya no admitían nuevo personal femenino, era la “nueva política de contratación” de la empresa:

“Hay que tener en cuenta que, desde que ingresaron las aprendizas a principios de la década de los veinte para ocupar los puestos en los talleres mecánicos de cigarrillos no volvieron a entrar operarias hasta finales de los años cincuenta. Fue, por tanto, a principios de la década de los sesenta que se admitieron aprendizas, que sólo podían ser solteras. Durante algunos años aquellas que se casaban tenían que abandonar su puesto de trabajo algo que cambió pronto.”

El tema de las casadas y solteras es muy interesante, ahora que vuelve a estar de rabiosa actualidad con las noticias de que algunas empresas pagan la congelación de óvulos a sus trabajadoras, porque por casadas la empresa entendía “madres” con hijos a cargo. Dice Lina Gálvez:

“El que la flexibilidad laboral que fue conveniente durante la primera fase no lo fuera en esta segunda, cuando las máquinas que llevaban su propio ritmo ya estaban funcionando, queda de manifiesto en una medida tomada unilateralmente  por el jefe de la fábrica de Sevilla: decidió expulsar a toda aprendiza que contrajera matrimonio. La ilegalidad de la medida quedó patente con el cambio de jefe en los años veinte y la nueva adminisión de aprendizas, para los talleres mecánicos de cigarrillos. Ya en la tercera fase, junto con las nuevas aprendizas fueron reingresadas todas las mujeres con capacidad y disponibilidad para trabajar que fueron despedidas entre 1912 y 1915 por haber contraído matrimonio”.

En resumen, entrada de las máquinas, mayor disciplina fabril. Talleres manuales, menor disciplina fabril y mayor flexibilidad. ¿Por qué? Porque la rentabilidad de imponerla estaba relacionada con el aumento del producto por trabajador obtenido con las máquinas. Esto quiere decir que cuando eran poquitas las operarias en los talleres mecánicos respecto a los talleres manuales, no era rentable imponer la inflexibilidad y la disciplina. Sin embargo, cuando se fueron haciendo viejas y jubilándose las abuelas de los talleres manuales y aumentó el número de jóvenes en los talleres de máquinas (y, por tanto, el número de productos producidos por esas máquinas), sí se fue imponiendo esa disciplina fabril porque en ese momento sí salía a cuenta.

¿Tiene todo esto alguna relevancia para el momento actual?

Yo creo que sí. Como sabéis he empezado una serie de programas en mi trabajo en los que me he llevado a mi hijo a las grabaciones. Yo estoy en régimen de teletrabajo, que es un régimen flexible en el que solamente tengo que ir 2 días presenciales con eso que Lina Gálvez llama “disciplina horaria”. El resto de los días no tengo que fichar y trabajo en casa. Esta es una estrategia de empresa basada en que el trabajador se comprometa a realizar determinados objetivos (en mi caso la realización de determinado número de programas). A mí como madre lactante y madre de otro niño ya escolarizado me interesa trabajar así mas que del otro modo (ir los 5 días a la oficina) pero soy consciente de que algo se está moviendo a nivel de estrategia empresarial. Además, me surgen dudas del tipo… ¿Para criar a un bebé no es necesario tener familia extensa y apoyos cerca? Ese punto no lo he resuelto del todo, a pesar de la gran ayuda familiar que tenemos los días que trabajo presencialmente, porque al final estoy casi todo el día sola con él. ¿En el mundo actual se pueden hacer las dos cosas, trabajar y criar, haciéndolas bien o una de las dos siempre va a salir perjudicada (espero que no la crianza, que para mí está por encima de lo demás)? ¿No será que al final no es posible conciliar y la única forma de criar como me gustaría es dejar de trabajar o con permisos de maternidad largos y pagados de mínimo un año? Pero, entonces, ¿no volvería a estar sola con un bebé durante todo el día? ¿No deberíamos trabajar todos a media jornada? Lo que sí tengo claro es que quiero cuidar, que requiere esfuerzo pero lo quiero hacer y necesito estar cerca de mi hijo.

Por otro lado, a pesar de que durante toda la historia de la humanidad las mujeres han tenido hijos y han trabajado, ahora parece que es imposible. Se entiende por conciliar dejar a tu hijo de pocos meses en una guardería en la que no eres bienvenida, con periodos de “adaptación” ridículos en los que se te pide en muchas de ellas que dejes al niño en una especie de “torno” y no mires atrás cuando le escuches llorar, en el que las madres y los padres estorbamos, en las que se nos mandan “deberes” para organizar también nuestro tiempo de ocio con nuestros hijos como si fuéramos inútiles y seres sin creatividad propia… Lo mismo que vuelve a ocurrir con 3 años y comienzan el cole. Eso no es conciliar, eso es aparcar a los hijos para entregarnos a la empresa. Además, las AMPAs de los colegios muchas veces en lugar de ejercer de defensores de los niños se convierten en entes regresivos en los que promover ludotecas los días festivos, es decir, robarles a los niños sus días de vacaciones porque los padres y madres somos unos cobardes incapaces de plantar cara en nuestras empresas y aumentar los días de asuntos propios o los días festivos para acoplarnos a los de nuestros hijos y no al revés. Como siempre, son los más débiles los que pagan nuestra falta de valentía para afrontar los conflictos. Porque aquí hay un conflicto, señores y señoras, un conflicto oculto, invisibilizado. Para visibilizarlo lo único que hay que hacer es llevarnos a nuestros hijos a las empresas, que se sepa que existen, que no nacen y se gestan todavía en vientres artificiales y fruto de bases de esperma y óvulos congelados anónimos y guardados por el Estado. No vienen de París, no nacen en las huertas y los trabajadores no nos generamos por generación espontánea.

Sacar a la política de este tema me parece fundamental. Todo esto son temas prepolíticos, antes de entrar en lo político. Son temas tan básicos y elementales que todas las personas, independientemente de su ideología o credo deberían ponerse de acuerdo o al menos pensar sobre ello. Somos animales humanos, no máquinas, somos vulnerables, nos ponemos enfermos, tenemos discapacidades y capacidades diversas, sangre en las venas. Sin cuidados, no hay vida. Y eso mismo se manifiesta en lo que está ocurriendo en el mundo. No hace falta idealizar el pasado preindustrial (algunos idealizan el pasado paleolítico), porque no era un paraiso ideal, los paraisos solamente existen en los mitos religiosos. Pero lo que diferencia fundamentalmente a nuestra época es que lo que está en juego es la existencia misma de vida en el planeta, no si esa vida y su calidad será buena, mala o regular. No si habrá mortalidad infantil del 50% o del 0%. Es que si seguimos así no habrá animales ni habrá seres humanos, quizás sí bacterias y virus, no lo sé. Se mueren las abejas, se esquilman los océanos, se contaminan las aguas… Y todo por falta de cuidado y de cuidados. El único cuidado permitido es el cuidado a la empresa y el cuidado al Estado. Como ya dije en el post sobre el informe Womenomics de Goldman Sachs la clave también está en el QUÉ estamos tratando de conciliar.

Termino este post en otra noche más de insomnio de la misma forma como lo empecé, otra noche y el mismo bebé en la mochila durmiendo, tosiendo y moqueando. Buenos días.

*ACTUALIZACIÓN: acabo de descubrir el Real Decreto de 1900 y era mucho más flexible de lo que pensaba, incluso más flexible que la legislación actual:

permiso de lactancia

Relacionada:

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

cigarreras

Sobre los derechos de lactancia y el cuadro de “Las cigarreras”, texto tomado de www1.museo.depo.es/pdfarticulos/Cigarreras.pdf‎:

“Las cigarreras solían comenzar en el trabajo en torno a los 13 años y no existía un límite de edad para la jubilación. A principios del siglo XX cobraban un salario de 2 pesetas diarias, lo que suponía menos de la mitad de un jornal masculino, pero que permitía a estas mujeres ser independientes y mantener o colaborar al mantenimiento de sus familias. Además, las que eran madres, y muchas de ellas lo eran y solteras, estaban autorizadas a llevar con ellas a sus bebés para darles el pecho y podían tener a su lado en el taller a los niños en cunas que la propia fábrica les facilitaba, lo que permitía que sin dejar de liar los cigarros pudiesen mecer con el pie las camitas, con lo que las sufridas operarias compartían su trabajo con las obligaciones maternas.
Son tiempos en los que los trabajadores no tienen más derecho que el salario que cobran, no existe ningún tipo de atención social por parte del Estado, no hay seguro de enfermedad, alumbramiento, viudedad, orfandad o incapacidad y tampoco pensiones de jubilación. En este difícil ambiente las cigarreras, sin embargo, logran constituir como colectivo una asociación de tipo benéfico, una hermandad de socorro, aún sin carácter sindical, en la que a través de un fondo común se pagaban los subsidios por enfermedad, los días de baja por maternidad y la asistencia a las ancianas que ya no podían realizar su labor. Estas mujeres, estimadas y admiradas por su duro trabajo, adquieren fuerza y, conscientes de su cualificación, serán reivindicativas, documentándose entre 1905-1916, aunque con escasos resultados, varios conflictos en los que las trabajadoras reclaman derechos elementales como la equiparación del salario con los varones, la jornada laboral de ocho horas o la regulación de los despidos, reivindicaciones que llevarán incluso a la convocatoria de grandes huelgas en el período comprendido entre 1918 y 1921″.

(…)

“Refleja aquí su preocupación por el tema de la lactancia, un asunto que el pintor conocía bien a través de su hermana menor, Flora Bilbao de Rebolledo, quien formaba parte de la junta de damas protectoras del consultorio de niños de pecho de Sevilla, una institución reivindicativa con los derechos de las trabajadoras, cuyo director, ya en 1909, pedía a los responsables de la fábrica que les concediesen una jornada dividida en dos tiempos para amamantar a los niños. Hay que tener en cuenta que hasta 1923 el derecho laboral español no establecerá con carácter general la suspensión del contrato de la mujer, con reserva del puesto de trabajo, durante un plazo de seis semanas después del parto y la norma por la que, durante el período de lactancia, las mujeres tendrán derecho dentro de la jornada laboral a una hora diaria, dividida en dos períodos de treinta minutos, para atender a la alimentación de sus pequeños.”

Y tomado de “Feminismos y antifeminismos: Culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX”:

La relación de las mujeres trabajadoras y la maternidad adquiría especial relieve en el caso de las cigarreras, teniendo en cuenta que en algunas de las fábricas estaba muy arraigada la costumbre de que acudieran al trabajo con sus hijos, depositados en cajones cuando eran muy pequeños mientras las madres los mecían y realizaban sus labores. Se consideraba que la nocividad del ambiente fabril no sólo les afectaba a ellas, sino que eran los propios niños y niñas quienes sufrían. Para paliar los efectos de estas prácticas se fundaron varios asilos que tenían por objeto recoger a estas criaturas “cuidarlas y prestarles con mucho cariño y esmero una caritativa asistencia durante las horas en que sus madres estén en sus trabajos”. Evidentemente en una sociedad que estigmatizaba el trabajo femenino el asilo no se concibe como un servicio para la mujer trabajadora. En sus reglamentos destaca la rigidez y la culpabilización de las madres porque no son capaces de desempeñar sus funciones correctamente. En la admisión de los niños y niñas tenían preferencia los de “legítimo matrimonio” sobre los naturales y especialmente sobre los ilegítimos. Las uniones ilegítimas eran consideradas como un atentado directo al orden social, por tanto se asociaban automáticamente con ambientes marginales e incluso con la prostitución”. Además estos reglamentos estipulaban un horario de lactancia que obligaba a las madres a “dar el pecho a sus hijos a las horas que se les marquen” sin “pasar de la antesala, donde les serán entregados” y procurando “detenerse el menor tiempo posible”.”

La verdad es que después de leer el libro de Asunción Díez sobre la familia campesina asturiana es llamativo el retroceso, ya que en la realidad que describe ese libro no había moral victoriana alguna sobre la ilegitimidad o la legitimidad de los hijos. Es llamativo también el primer texto en el que la alta sociedad es la que por un lado explota a las madres y, por otro, reivindica los derechos de lactancia.

Esta es otra visión de las cigarreras, la que hace Edmundo D’Amicis de la fábrica de tabacos de Sevilla (La España, 1875):

“Se les paga en razón del trabajo que hacen: las más hábiles ganan tres pesetas al día (…) Las madres trabajan, columpiando con una cuerda la cuna de sus hijos. De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de picadura, y por todas partes se ven sayas de colores vivos, trenzas negras y ojazos inmensos.¡Cuántas historias de amor, de celos, de abandonos y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!””

Y Emilia Pardo Bazán describe en uno de sus libros, La Tribuna, la manufactura de cigarrillos de Marineda (nombre literario de A Coruña en las novelas de esta autora). Lo que describe aquí poco tiene que ver con el cuadro de Gonzalo Bilbao:

“Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda; apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, arrebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas que quedan confiadas al cuidado de una vecina; en el recién nacido, que llorará por mamar, mientras a la madre le revientan los pechos de leche… Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse.”

Con esa tremenda frase en negrita me despido, con el corazón encogido por una descripción tan gráfica de la simbiosis que se establece entre una madre lactante y su bebé, y las interferencias de un trabajo y un sistema que ponía y pone todo tan difícil…

Más allá del parque – #6 – Bebés, lágrimas y microfilms

Este fue un “Más allá del parque” muy agridulce. Salí de casa con la ilusión de encontrar los primeros números de una revista anarquista en una hemeroteca de cuyo nombre no quiero acordarme… y volví a casa enfadada y triste.

Todo parecía perfecto, la tenía delante y conseguí leer la primera página de la revista cuando de repente mi hijo de 19 meses, que estaba tan tranquilo sentado en su silla comiendo un trozo de pan dijo una palabra. No sé si fue “pan” u otra, pero el caso es que se nos acercó un hombre con una bata blanca para decirnos que si seguía “así” el niño “íbamos a tener que irnos”. Me quedé pálida. ¿Qué? Pero si encima yo estaba tan contenta de lo relajado que estaba… No había molestado a nadie, no estaba llorando, no estaba gritando. Yo sería la primera en marcharme en cuanto él se cansara o empezara a hablar alto, por eso no entendía que a alguien le pudiera molestar. Le dije que no estaba molestando y miré a mi alrededor y pregunté si estaba molestando a alguien. Una mujer dijo que no, unos chicos que, de hecho, estaban hablando bajito porque estaban haciendo unas fotocopias, dijeron que no y un hombre me hizo el gesto de “bueno, bueno, mitad, mitad”.

Me levanté indignada, con tan solo una hoja leída de la revista y le dije que no lo entendía. Ahí ya me habló de normas, que en realidad los menores de 18 años no podían entrar en ese lugar. La rabia me podía y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos de impotencia. ¿Por qué si no molestaba a nadie nos teníamos que ir? Luego hablarán de conciliaciones e historias. Las madres y los bebés tenemos que estar o en casa o en el parque, como nos salgamos del guión marcado dejamos de ser bienvenidos. ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? Luego nos quejaremos de que los adolescentes solamente hacen botellón. Pero si no se les deja participar en la vida nunca, siempre recluidos en las cosas “de niños” para que no molesten. ¿Es que acaso se les ha permitido hacer otra cosa? ¿Tener inquietudes? ¿Conocer mundo? ¿Ver cosas interesantes? ¿Poder conocer el apasionante mundo de las bibliotecas y la investigación? No. Todo prohibido. Creo que incluso ir a conciertos con tu propio hijo está prohibido, no vaya a ser que se emborrache… ¡Cuánta hipocresía!

Sí, ya sé que para un bebé de 19 meses ver a su madre leyendo un microfilm no es lo más emocionante del mundo. ¡Pero estaba tranquilo observando! No pedía más, no molestaba, simplemente se estaba comunicando con sus primeras palabras. ¿A qué tipo de ser o de ogro le molesta un niño que habla? Pero es que lo peor de todo es que nadie se había quejado…

En fin, no digo el lugar porque no quiero concretar esto que ha ocurrido en un lugar concreto. Podría haber ocurrido en muchos lugares y da lo mismo. No me interesa ni montar ruido ni hacer una concentración delante del edificio. Quiero intentar abrir la mente de las personas, de los trabajadores de las instituciones que obedecen “órdenes” y se acuerdan de “reglamentos”. A veces hay que ser un poquito insumiso, tener un poco de sentido común e incluso hacer la vista gorda en las excepciones cuando no se molesta a nadie. Incluso diría más. Habría que poner en cuestión ese tipo de normativas que promueven un tipo de “apartheid” a las madres y padres acompañados de sus bebés.

Vivimos en una sociedad niñofóbica, lo de adultocéntrico se queda corto en muchas ocasioines. Es como si, al estar los niños segregados en guarderías, colegios, parques y ludotecas el mundo adulto hubiera olvidado lo que es ser niño. Pero creo que es importante que los niños nos acompañen a hacer cosas, siempre que no suponga un sufrimiento para ellos ni se moleste a los demás, claro. Pero de esto último ya nos encargamos y nos hacemos responsables los padres. Evidentemente no voy a llevar a mi hijo a una sala en la que la gente está concentradísima estudiando para un examen. Están ahí buscando silencio extremo y un bebé puede perturbar esa calma. Pero hay situaciones y situaciones, es la falta de flexibilidad y de tolerancia lo que critico.

Hace poco escribí a la Bolsa de Madrid para hacer una visita guiada. ¿Qué me contestaron? “Buenos días, Le comunico que no está permitido la entrada a menores de 16 años por motivos de seguridad de la Institución. Así mismo, para poder realizar la visita, nos debe facilitar los siguientes datos de todos los asistentes: (…)”.

¿Por motivos de seguridad? Me dieron ganas de contestarle de forma sarcástica: “Mi hijo va conmigo en la mochila y ya sé que una madre con un bebé son algo subversivo en este mundo niñofóbico pero desafortunadamente no somos un peligro para los especuladores. Solamente queríamos conocer su institución.”

Creo que uno de los pilares en los que se asienta este loco sistema es el de la segregación, el de la separación de nuestras facetas dentro de una misma persona y la separación de las personas en función de su edad. Claro que a todos nos gusta relacionarnos con nuestros iguales, pero es enriquecedor también que haya espacios de mezcla para aprender unos de otros: los viejos de los jóvenes, los jóvenes de los viejos, los niños de los adultos, los adultos con los bebés… Todos hemos sido bebés y seremos también ancianos. Como decía aquel sabio latino: “soy humano y nada humano me es ajeno”.

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La única página que alcancé a leer…

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Como nota humorística final a este trágicomico episodio os diré que haciendo una búsqueda en google encontré casi toda la revista digitalizada… Si lo hubiera sabido antes de salir de casa nos habríamos ahorrado un disgusto:

http://hemerotecadigital.bne.es/results.vm?q=parent:0002860475&lang=es