Mario y María Montessori

Poca gente sabe que la famosa pedagoga y doctora María Montessori tuvo un hijo con un compañero de trabajo en la escuela Ortofrénica, el Dr. Giuseppe Montesano. El hijo, Mario, seguramente naciera en 1901 (o 1898), cuando María renunció a su puesto de trabajo, rompió relaciones con Montesano y desapareció durante un año. El niño fue criado por una nodriza (a la que nadie, ni los biógrafos, se han molestado en poner nombre) a las afueras de Roma y María iba a visitarlo de vez en cuando, sin decirle nunca que ella era su madre.

Giuseppe Montesano

Hasta aquí lo que más o menos se sabe de la historia a un nivel superficial. Pero, ¿por qué una mujer supuestamente tan emancipada, la primera mujer graduada como doctora en medicina en Italia, no pudo criar a su propio bebé? ¿Qué se puso en su camino? ¿Acaso no se nos dice que en el patriarcado son los hombres los que intentan controlar la sexualidad y los hijos gestados por la mujer? En este caso parece que no fue así, ya que Montesano no quiso criarle tampoco. Hay algo que no termina de cuadrar, ¿verdad?

Renilde Stoppani

Las personas que más se interpusieron entre esta madre puérpara y su bebé no fueron otras que la madre de Montesano, Isabella Schiavone, y su propia madre, Renilde Stoppani. Y, ella, tan rebelde y autónoma en todo lo demás, en esto fue sumisa ante el poder de las madres (el matriarcado, en un sentido literal y etimológico). ¿Y cómo sabemos esto? Pues porque el propio Mario Montessori así se lo explicó a Rita Kramer, la biógrafa de María Montessori. Este le contó que sus padres no se casaron porque la madre de Montesano se opuso a ese matrimonio y que el plan de mandarle con una nodriza fue urdido por estas dos mujeres. Montesano, por su parte, dijo que le daría el apellido legal a condición de que el nacimiento de Mario fuera mantenido en secreto. Mario también le contó a Kramer que Giuseppe y María hicieron la promesa de no casarse y que fue el incumplimiento de esa promesa lo que provocó en María la gran crisis vital que la impulsó a dejar su puesto de trabajo. Si no lo he entendido mal, no fue el abandono hacia el hijo sino el abandono del padre de su hijo lo que provoca el derrumbe. Tenía 30 años. Dejó la medicina y se puso a estudiar antropología, psicología y otras disciplinas, centrándose en las investigaciones de Edouard Séguin. Su nuevo objetivo fue intentar desarrollar una forma de educar a los niños para crear eso que llaman una “sociedad mejor”.

Rita Kramer parece que trata de justificar estas decisiones afirmando que hace 75 años (su biografía fue publicada en 1976) la noticia de que Maria Montessori tenía un hijo fuera del matrimonio habría arruinado su carrera y cualquier posibilidad de hacer su gran contribución al mundo, lo que ella creía que era el objetivo de su vida. Lo cierto es que esto era verdad entre las clases altas que tenían una reputación moralista y puritana que mantener, en las clases populares y rurales la gente tenía hijos fuera del matrimonio o tenían el hijo y se casaban años después, como por ejemplo se cuenta en el libro “La familia campesina del occidente asturiano” de Asunción Díez. Pero, aún así, no deja de ser paradójico que una mujer que unos años antes de parir había viajado a dos congresos internacionales de mujeres, uno celebrado en Berlín en 1896 y otro en Londres en 1899 en el que había hablado desde el atril sobre las mujeres y los niños, y sobre las repercusiones que sus condiciones de vida tienen sobre la sociedad, finalmente no tuviera la valentía de enfrentarse a su madre y su “suegra” y poder criar a su propio hijo, independientemente de estar casada o no. ¿Por qué negarle la identidad y el cariño a un niño, que no tenía permitido saber que aquella elegante mujer que le visitaba era su madre, para cumplir los designios de dos abuelas y el padre de la criatura? Al final está claro que se sacrifica al más débil…

Mario Montessori

La perspectiva de Mario que se narra en el libro de Kramer puede resumirse en que tenía vagos recuerdos sobre una mujer bella que le visitaba de vez en cuando y sobre la que él proyectaba sus fantasías maternales, ya que las personas que le criaban no eran sus verdaderos padres. Con siete años le mandaron a un internado, una institución que todo el mundo sabe que se suele caracterizar por su calidad y empatía hacia la infancia, cerca de Florencia y las visitas de María siguieron sucediéndose, pero nadie le explicaba nada.

Un año después de la muerte de la madre de María, la que se oponía a que su hijo fuera reconocido públicamente como su hijo para que ella pudiera desarrollarse profesionalmente, sucedió algo importante. Fue un día de primavera de 1913, cuando tenía 15 años, recuerda Mario. En una de las visitas de María, simplemente dijo “Sé que eres mi madre” y también le dijo que quería irse a vivir con ella, a lo que María no se opuso. Y, como en los finales de los cuentos, vivieron felices y comieron perdices, ya que él jamás se separó de su lado y fue un pilar muy importante de las organizaciones que fundaron.

A partir de ese momento, Mario rechazó apellidarse Montesano y se llamó Mario Montessori a secas. De esta forma, reflexiona Kramer, se protegía al padre, que estaba casado y tenía una familia propia, pero también era una forma de negar al padre y quitarle de en medio. Sin embargo, a pesar de que vivía con ella, no le presentaba todavía como su hijo. Más tarde, en su viaje por California en 1915, le presentaría como su sobrino y después como su hijo adoptivo. En 1929 todavía no le reconocía públicamente como su hijo biológico.

Después de leer el libro sigo sin comprender esta historia, no puedo entender que alguien dedique su vida al estudio universitario y a la implementación de métodos escolares mientras no es capaz de hacer un corte de mangas a los convencionalismos sociales, al padre, a la madre, a la suegra, a la sociedad entera, al feminismo, al patriarcado, al matriarcado, al “arcado” (poder) mismo. ¿Para qué sirve la fama y el reconocimiento si no puedes criar desde tus entrañas? No lo entiendo y no soy capaz de reconocer los avances de su método pedagógico (yo no creo en la escuela en general) porque el verdadero avance para la humanidad hubiera sido ese atrevimiento, esa subversión en nombre del amor a un bebé del que te separan nada más nacer. Esa es para mí la verdadera revolución pedagógica Montessori que nunca se realizó, la que hubiera enseñado a la gente, a la alta sociedad, a las élites políticas y económicas, al feminismo naciente, lo verdaderamente importante en la vida. No lo que hay que enseñar a los niños de los barrios bajos o altos, a los marginales, a los retrasados, a los listos, a los ricos, y cómo deben aprenderlo. No, esa pedagogía es inútil o incluso perjudicial, porque el ser humano ha vivido sin escuela durante milenios y los niños han aprendido lo que tenían que aprender de la vida sin necesidad de pedagogos.

La pedagogía que podría haber aportado al mundo tenía que haber sido hacia los adultos de su entorno, en primer lugar, y hacia los adultos de la llamada “vida pública”, universitaria, presidentes de Estado, empresarios, reyes… Esos sí necesitan que alguien les muestre lo que es el amor más básico y sencillo con un simple acto de valentía, sin necesidad de métodos grandilocuentes ni apellidos de renombre. Y es que, si tener un hijo va a ser un obstáculo en tu carrera profesional o a tu reputación, quizás esa carrera y esa reputación son sencillamente una mentira, un artificio, una basura empapelada con un papel muy bello y brillante, pero que debajo no tiene nada, humo. Ideas sin cuerpo. Humo. Así podríamos describir gran parte del conocimiento humano enseñado en las universidades y la alta cultura en general, todo basado y apoyado en criadas y nodrizas que ponen su energía y su vida para que otros puedan crear algo en teoría más valioso o, al menos, valorado socialmente.

Escuela Montessori. 1932, Barcelona.

Relacionado:

  • Hay una película biográfica que cuenta esta historia a modo de ficción, pero con aportaciones y diálogos inventados sobre el tema de su hijo que no figuran en la biografía de Kramer:

  • La biografía de Rita Kramer, prologada por Anna Freud, todo un panegírico de María Montessori:

Alice y Martin Miller

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Soledad, aislamiento, rotura de vínculos intergeneracionales y horizontales.

Emigración, persecución y La Gran Guerra.

Falta de maternaje durante el parto y puerperio por parte de la abuela, hermanas, tías, amigas y la comunidad.

Miedo al parto y falta de apoyos en la lactancia.

(Y se me olvidaba, porque está implícito y no menos importante: la violencia obstétrico-pediátrica).

Malos comienzos…

Esto es todo lo que me evoca este pequeño fragmento de “El auténtico «drama del niño dotado»” de Martin Miller, en el que habla de la relación que tuvo con su madre, la gran investigadora de la infancia polaca Alice Miller. Así le contó su madre cómo fue su nacimiento en 1950, cuando ella y su marido estaban en plena redaccion de su tesis doctoral en Suiza:

“Cuando llegó el momento y comenzaron las contracciones, me fui al Hospital Cantonal de Zúrich. Tenía mucho miedo al parto. En el paritorio me dio un ataque de pánico y regresaron todos mis antiguos miedos. Me sentí totalmente indefensa y, en ese momento, se pararon de repente las contracciones. Pasarían tres días hasta que pude realizar un nuevo intento de traerte a este mundo. Durante esos días, paseé por la zona de Zürichberg (un área residencial de la ciudad de Zúrich), atormentada por un enorme sentimiento de culpa y por mi miedo de haber fracasado como madre. Me sentía sola ante mi destino. Nadie me apoyaba, ni siquiera tu padre. Por fin, las contracciones comenzaron de nuevo y naciste sano. Esta vez el parto transcurrió sin dificultades, pero, apenas habías llegado al mundo, comenzaron las primeras complicaciones: me sentía desbordada contigo, un niño desvalido, y tú tampoco me lo ponías fácil. Te negaste desde el primer momento a engancharte a mi pecho. Eso me entristecía mucho. Me sentía decepcionada, porque mi hijo me rechazaba a mí y al amor de madre que quería darle. Decidí extraerme leche que tú bebías en pequeñas dosis”.

Es raro el autor que se atreve a hablar sobre la relación con su madre, mucho menos cuando todavía está viva. Pareciera como si hubiera que respetar el silencio hasta su muerte, para proteger su memoria o no dañarla mientras pudiera sufrir o, peor aún, dar su propia versión de los hechos. Pero, por otro lado, una vez muerta ya no puede defenderse de las acusaciones del hijo. Martin Miller, hijo de Alice Miller, la famosa investigadora de la infancia y escritora, no es una excepción a esta regla no escrita. Sin embargo, él sí reivindica la verdad y valía de la obra de su madre que él mismo aplica con filtros y aportes propios en su práctica como psicólogo.

La biografía del hijo

Estamos ante un libro lleno de aristas y matices. No es fácil escribir sobre él, supongo que porque nos interpela y provoca preguntas en nosotros mismos sobre nuestras biografías y las de nuestras madres, padres, ancestros. Creo que lo más aconsejable es ceñirnos a los hechos, en primer lugar, empezando por lo que Martin recuerda de su infancia:

  • Martin Miller nace en 1950. Su madre le cuenta que tuvieron que dejarle con “una conocida”. La explicación a posteriori fue: “Como tu padre y yo estábamos ocupados con la tesis y apenas había espacio en la casa para criar a un niño al mismo tiempo, tuvimos que dejarte con ella”.
  • Lactancia materna. ¿Por qué decía Alice Miller que su hijo no quería tomar leche materna? Según Martin, esa experiencia marcaría el resto de su relación porque ese patrón siguió reproduciéndose con otros temas. En la interpretación del hijo, sin embargo, me parece que hay una contradicción. Él afirma que su madre no soportaba que él tomara sus propias decisiones, como rechazar su pecho, pero que a la vez no soportaba las necesidades de simbiosis de un bebé con su madre. Es probable que, como otros tantos bebés y mamás, los comienzos de su lactancia fueran difíciles y duros por el entorno en el que se encontraban. ¿Qué hubiese pasado si hubiera aparecido un ángel de la lactancia, una mujer con experiencia que con cariño le hubiera observado una toma y le hubiera dado algún truquillo para mejorar el agarre? No sabemos qué ocurrió esos primeros días pero ese puerperio suena muy duro y conflictivo, como tantos y tantos otros hoy en día, donde nacemos en ambientes totalmente antilactancia (incluso aunque el discurso sea prolactancia). La realidad es que, a pesar de que ella lo viviera así, su hijo no la rechazaba a ella como madre. Su hijo, como todos los bebés al nacer, quieren estar con su madre.
  • Martin relata que esta “conocida” le trató mal durante las dos semanas que estuvo con ella hasta que llegó su tía Ala a salvarle. Hubo muchos llantos, gritos y casi la muerte. ¿Qué se le pasaba por la cabeza a Alice Miller para desvincularse de su hijo de esta forma? ¿De dónde partía esa desconexión y esa falta de empatía? ¿Quizás era una forma de sublimar la frustración y no sufrir? ¿Una huida? Martin apunta varias hipótesis a lo largo del libro.
  • Después de este segundo mal comienzo Martin viviría en casa de su tía, su auténtica salvadora, y su familia durante su primer año de vida. Sus padres eran extraños para él.
  • En 1956 nace su hermana Julika con síndrome de Down. Según Martin, esto supuso otra crisis de pareja. Como “solución” les dan en acogida a los dos. Martin estaría fuera desde los 6 a los 8 años en un “hogar para niños”. Un tercer “mal comienzo” y más distancia y frialdad.
  • A los 8 años vuelve a casa y de nuevo se siente extraño en su propia casa. Sus personas de referencia serían “miembros del servicio, doncellas y niñeras” y encima siempre cambiantes, según él, porque su madre no soportaba que él se apegara más a ellas que a su propia mamá. Es decir, Alice Miller se comportaba como el perro del hortelano, que ni se vincula a su hijo ni deja que se vincule con otras.
  • Su padre era encantador y violento en momentos diferentes e imprevisibles. Le pegaba cuando ella no estaba y, según él, su madre era cómplice porque lo permitía y, además, estaba todo el día ausente en su mundo del psicoanálisis. “Yo no tenía la sensación de que a mis padres les interesara lo que me sucedía”, afirma. Llama la atención que, a pesar de que el violento era el padre, Martin Miller haya escrito un libro sobre su relación con su madre. Es como si la relación materno-filial fuera muchísimo más visceral e imprescindible que la otra. Le dolía más la distancia y desvinculación de su madre que los golpes y la actitud del padre.
  • Con 17 años pidió él mismo irse a un internado católico con mucha disciplina. Paradójicamente, se sentía allí mejor que en casa.

El libro continúa con las peripecias de su relación a lo largo de los años, en especial marcados por los intentos de control de la madre sobre el hijo y los enfados cuando él elegía su propio camino vital. Fue una relación con idas y venidas, con distanciamientos y acercamientos durante muchos años, hasta el suicidio o muerte programada de Alice Miller el 14 de abril de 2010.

La biografía de la madre vista por el hijo: Alicija Englard

Martin Miller, como hijo, ha reconstruído a través de su propia investigación y se ha explicado a sí mismo con este libro lo que él cree que le pasaba a su madre, a las diferentes Alicias que vivían en ella en cada momento de su vida. Es un viaje a través de la construcción de la identidad y la biografía entremezclada con la época histórica que les tocó vivir.

La primera Alicia es Alicija Englard, su primer nombre, el apellido de su padre y su nombre polaco. Nació en una gran familia extensa judía en Piotrków, un pueblo de Polonia, en la que convivían tres generaciones bajo el mismo techo llenos de lujos para la época. El patriarca, el abuelo, Abraham Dov Englard, tenía una tienda de “artículos para el hogar” que iba muy bien, el equivalente quizás de lo que ahora llamamos “un chino”. En la generación de los hijos, cada uno de ellos tomó caminos diferentes en cuanto a nivel de religiosidad y liberalidad. El padre de Alicija se llamaba Meylech y fue el que siguió el camino marcado por su padre, también en cuanto a religiosidad.

El patriarcado no era una pantomima teórica en esa casa, se hacía carne en cosas tan concretas como que Meylech no pudiera elegir a su esposa y fuera elegida por el abuelo Abraham, a pesar de que él estaba enamorado de otra mujer. Frustración. El patriarcado genera muchas frustraciones y sufrimientos, que se encarnan también en la crianza y en el vínculo con los hijos, a lo largo de las generaciones. El abuelo eligió a Gutta, la mamá de Alice Miller. Como le dijo una de las primas a Martin cuando se documentaba para el libro: “No los unía ningún vínculo emocional y durante toda su vida vivieron como dos extraños.” De nuevo vemos cómo en el libro hay mucha gente que se siente extraña dentro de su propia familia, que sienten que no encajan y que no les une nada a las personas con las que tienen que convivir. Parece como si una gran mentira y un gran teatro sobrevolara todas las relaciones.

En esta parte del libro también vemos cómo toda la familia de Abraham, sus hijos y sus parejas, pertenecían a la clase media-alta y tenían personal de servicio, criados que realizaban las labores de cuidados. Estas tareas, por tanto, no las hacían las mujeres de la familia. Esto no es un detalle baladí, es un elemento importante que ha caracterizado la psique de muchas personas en nuestra sociedad. El pensar que los cuidados y la limpieza de la casa son tareas menores, subalternas, que no dan estatus ni prestigio y que, por tanto, lo ideal es que sean realizadas por gente “inferior” ya sean esclavos, en otras épocas, o trabajadores domésticos, es un elemento clave de nuestra civilización. Todo el que “se lo puede permitir”, lo primero que hace es pagar a una asistenta para que limpie su casa. Esto es posible porque el dinero que uno gana por hora de trabajo es superior al que paga por la limpieza de su hogar, si no, no saldría a cuenta. Esto es todavía más importante cuando de cuidados infantiles se trata. Desde la mirada de las élites y las clases altas, el cuidado de los hijos ha sido tarea de nodrizas y criadas, como ya vimos en el artículo sobre Simone de Beauvoir y su cuidadora Louise, no de las madres biológicas.

El que la crianza haya sido considerada una carga y un trabajo manual penoso e impuro a evitar en determinados ámbitos sociales dice mucho del mundo que hemos heredado en cuanto a prioridades vitales se refiere, comenzando porque el dinero o el poder como fin en sí mismo ha estado por encima de los vínculos íntimos y las sensaciones/emociones que ellos nos reportan. Pareciera como si esa escala de valores se nos clavara en los huesos, en la piel, en las entrañas y nos dijera: “Tú no eras suficientemente bueno para que yo te cuidara. Yo tenía cosas más importantes que hacer. Tú estás por debajo en mis prioridades”. Esta triste verdad nos bautiza desde el nacimiento en la percepción de nosotros mismos como algo imperfecto, ausente, carente, culpable. No tenemos autoestima ni una imagen de nosotros como alguien de valor, alguien digno de amor y de cariño que merece ser cuidado en primer lugar por nuestra madre y también por personas del entorno íntimo y horizontal en un ambiente de apoyo mutuo y no de intercambio monetario. Y esa carencia, la gran carencia, la volcamos en todo tipo de adicciones sustitutivas: alcohol, drogas evasivas, televisión, fútbol, prensa rosa, Facebook. La volcamos en todos los grandes pecados capitales. Todo esto ya no es patrimonio de las élites y las clases altas ya que gracias al sistema productivo la externalización de los cuidados fuera de la familia es también la norma en la gente corriente.

Alicija, según su prima Irenka, era una niña muy inteligente, rebelde y solitaria, una niña que estaba todo el día leyendo libros y planteando preguntas. No se adaptaba a lo que le había tocado, el judaísmo ortodoxo, y se empeñó en ir a una escuela polaca. No se sentía a gusto en su casa y prefería estar en casa de su tía, judíos liberales o no religiosos. Una vez más, una persona que se sentía extraña en su propia casa. Durante un tiempo, cuando tenía 9 años, se fueron a vivir a Berlín hasta que Hitler llegó al poder, lo que trastocó su vida allí y tuvieron que volver a Polonia.

El desafío que Alicija planteaba a las ideas religiosas judías son válidas también para otras religiones como el catolicismo o el islam (que pertenecen a la misma rama) u otras. Ahora mismo en muchos lugares del mundo hay niños y niñas desafiando con total legitimidad todo lo negativo recibido de las generaciones anteriores. Creo que Martin pasa un poco de puntillas sobre este aspecto ya que a él le educaron en el catolicismo y le pasó lo contrario que a su madre, no pudo tener ningún contacto cultural con el judaísmo que siempre fue mal visto en su casa. Ahora de adulto pareciera como si lo echara de menos y sintiera que tiene que salir a defender esa religión denostada por su madre obviando que seguramente ella tenía argumentos de peso para cuestionar sus fundamentos y rebelarse contra un Dios que se atreve a decirle a un hombre, curiosamente llamado como el abuelo de Alicija, Abraham, que matara a su hijo en sacrificio para demostrarle su sumisión. Todo ello para después decirle: “¡Que no! ¡Que era una broma!”

Hitler y el nazismo: Alice Rostovska

El nazismo perseguía a los judíos y Alicija era, por tanto, una perseguida que además negaba el judaísmo como ideología “opresora, agobiante y misantrópica”. Ser una perseguida por una etiqueta identitaria de la que, además, reniegas y rechazas en tu propia vida tuvo que ser especialmente traumático. Pero durante su infancia, como explica Martin Miller, la opresión subjetiva que ella sentía como verdaderamente real era la del judaísmo familiar, no la opresión externa y social del nazismo.

La persecución más fuerte llegó cuando comenzó la guerra, con la invasión alemana de Polonia. Es en ese momento cuando nace Alice Rostovska, nombre falso que usó para sobrevivir en Varsovia entre 1941 y 1945, un nombre de polaca “no judía”. Alice fue capaz de salvar y esconder a su madre en el campo y a su hermana en un convento católico. Y es también en este momento cuando entra en escena el personaje tenebroso de “el chantajista” y cobra especial relevancia el hecho de que su madre, en lugar de ser un elemento protector o nutricio, constituyera una amenaza y una pesada carga para una casi adolescente como ella: “Asimismo, mi madre acusaba a su madre de haber terminado en manos de un chantajista que amenazaba con entregarlas a los invasores alemanes. Una y otra vez me contaba cómo había tenido que darle sus perlas, la “última joya”, para pagarle. Y que eso había sido culpa de su madre. Más tarde, cuando escribía este libro, me pregunté si eso había sido así. Alice Rostovska era entonces una mujer muy joven y sospecho que el chantajista no estaba sólo interesado en sus joyas y en su dinero.”

Ahí lo deja a nuestra imaginación. No sería extraño que hubiera vivido violencia sexual, como tantas otras mujeres en todas las guerras, pero no lo sabemos y es aventurado especular. En otro momento del libro dice que el hombre que la extorsionó y acosó durante la guerra era de la Gestapo polaca y que se llamaba Andrzej, como su futuro marido.

La inteligencia de Alice Miller fue lo que hizo que ella y su familia lograran salir del gueto de Piotrków y evitaran el destino de los campos. Contactó con la organización clandestina del guetto y consiguió un pasaporte falso. Alice Rostovska se convirtió en un personaje a interpretar para Alicija Englard, una interpretación dramática. Como le contó a su hijo, tuvo que matarse para sobrevivir en Varsovia, autocontrolarse y vivir bajo un estrés extremo de ser descubierta como impostora durante su etapa en Varsovia. Tuvo que autoconstruirse una nueva identidad falsa que negara todo su pasado y, peor aún, sus vínculos, como la relación con su mejor amiga del colegio a la que tuvo que decir que no la conocía de nada cuando se vieron. Todo el mundo era un potencial enemigo que podía denunciarla, lo que supondría su asesinato inmediato. Además, había extorsionadores profesionales sin otra cosa que hacer. Estas vivencias suponen un estrés brutal y constante. Son cortisol en vena. Son la activación de los mecanismos más básicos y primales de la supervivencia humana durante demasiado tiempo. Y tienen unas consecuencias vitales, en ella y en las generaciones siguientes.

Pero aún hay más… Martin Miller no sabía nada más de lo que ocurrió en esa época en su familia pero, al escribir el libro, se ha enfrentado a esa parte de su pasado ancestral y ha recompuesto el puzzle con sus investigaciones. Ahora sabe que sus bisabuelos, Abraham Dov Englard y su esposa, acabaron en un tren hacia el campo de concentración de Trevlinka y murieron allí gaseados. Meylech, el padre de Alice, murió en el gueto de Piotrków por problemas de salud, sin renunciar a su propia identidad, para bien y para mal, lo que también tuvo que suponer un gran impacto en Alicija que, entre el enfrentamiento y la huida, eligió una mezcla de ambos. Es patético que a día de hoy exista todavía gente que niegue la persecución, explotación esclavista y asesinatos de judíos y otros colectivos por parte del nazismo.

Con 21 años, en medio de la única revuelta de organizaciones clandestinas polacas que hubo contra los alemanes, logró escapar junto a su hermana y pasarse al lado ruso, donde trabajó en un hospital militar, conviviendo con los resultados de la violencia bélica y todo lo que nos podamos imaginar que sucede en un hospital de este tipo.

Los lazos de sangre de Alicija Englard

Hubo un momento clave en su vida en el que podía haberse ahorrado todas las penalidades de la guerra y la persecución si hubiese escapado con la familia de sus tíos. Sin embargo, el deber de la tradición y los lazos de sangre suponían seguir la responsabilidad de permanecer con sus padres biológicos y su hermana y salvarlos, a pesar de ser ella misma una adolescente. Antes de suicidarse, renegó de esta decisión y confesó que se arrepentía de haberla tomado, pero desde fuera parece lo más ético y valiente que pudo hacer. Escogió la salida difícil, la que le unía a sus lazos de sangre más íntimos, a pesar de que no les amaba. En teoría, hizo “el bien” pero le hubiese gustado haber hecho “el mal”. Las grandes paradojas de la vida…

Toda su vida vivió con el miedo al nazismo, incluso cuando este ya no era un peligro cotidiano para ella: “Tenía mucho miedo de que me detuvieran en algún momento por haber ocultado mi identidad judía con un nombre falso. Durante décadas tuve miedo de que pudieran venir los nazis y encerrarme en un campo de concentración. Era una idea tan insoportable que decidí traicionar mi propia identidad”.

Alice Miller, la esposa de Andreas (Andrzej) Miller

Martin Miller recuerda los maltratos de su padre, profesor de sociología, como algo impredecible. Recuerda que sus padres siempre estaban discutiendo y tenían una dinámica destructiva entre ellos. Su madre le contó que Andreas (se cambió también el nombre al irse a vivir a Suiza) era muy celoso y también la había perseguido en Polonia hasta “conquistarla”. Ella ganó una beca a Suiza y él hizo lo posible para que se la dieran también, a pesar de ella. Después la mantuvo a su lado a base de chantaje emocional.

El mundillo del psicoanálisis de Suiza fue para ella una liberación y la búsqueda del “cuarto propio” que, como muchas veces sucede, se construye a costa de los cuidados de otra persona que te lo limpie y adecente. Es cierto que en estos casos se libera la mujer del marido, pero ¿qué pasa con el hijo? ¿Se la libera también de él? ¿Por qué le abandona? La sensación de secuestro emocional que vivió con su marido tenía un paralelismo con el secuestro del acosador de la Gestapo. Te protege pero le debes obediencia. Lo que viene a ser la definición del patriarcado legal en los códigos civiles, como bien explican Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora en el libro Feminicidio.

Los traumas de la guerra se encarnan en los vínculos. Pero no son los únicos…

Podría hablar de más aspectos del libro pero me parece que lo esencial del mismo es ese descubrimiento una vez más de la divergencia entre la teoría y la práctica, del discurso y la acción*. ¿Cómo una de las personas más lúcidas a la hora de estudiar la infancia y los vínculos con los padres pudo tratar así a sus propios hijos? ¿Para qué sirve tanta lucidez si en lo verdaderamente importante, que no es escribir un libro sino criar a un hijo, no estamos presentes? Martin Miller creo que piensa que fueron los traumas de guerra los que dañaron su relación con su madre. Esto no dudo que sea cierto en gran parte,  pero creo que obvia otra dimensión del problema, los traumas sociales y culturales del entorno. Ya antes de la segunda guerra mundial había libros que promovían la total desconexión del instinto de protección y cuidado de las madres respecto a sus hijos (ver mis artículos sobre Luther Emmett Holt y demás). Las mujeres han tratado bien y mal a sus hijos, incluso han practicado el infanticidio en multitud de ocasiones y en todo tipo de culturas. La ambivalencia maternal humana es normal y es una realidad, pero esa desconexión tan característica que destila el libro de Martin Miller es propia del siglo XX, tiene unos elementos exclusivos del momento que vivieron y todavía muchos de sus pilares siguen en pie en la Europa del siglo XXI.

Martin Miller creo que debería estudiar, además de los acontecimientos históricos que influyeron en su familia, las costumbres de crianza asociadas a los nuevos modos de producción, a la industrialización, el colonialismo, el capitalismo, la biopolítica de esos momentos. Y a la vez, otro elemento nada desdeñable, como es desde el nacimiento del Estado en Mesopotamia y en otras culturas estatales de la esclavitud, la servidumbre, el papel de la prostituta, la nodriza, la criada, el esclavo. Los bebés de las elites del poder y las clases altas han sido criados por las madres de las clases populares. Esto es fundamental y merecería muchos días de reflexión profunda, una reflexión que todavía queda por hacer, ya que no ha sido un tema importante para nadie. No lo fue para Freud, criado por su nodriza Resi Wittek. No lo fue para Marx, al que le cuidaba y cocinaba a él, a su mujer y a sus hijos, su criada-sierva Helene Dumuth, con la que además tuvo un hijo del que se desprendieron. No lo fue para Simone de Beauvoir, criada por Louise y no por su madre. No lo fue para Virginia Woolf, a la que cocinaba y limpiaba su sirvienta Nellie Boxall. No lo fue para Rousseau, que abandonó a sus cinco hijos nada más nacer en un orfanato estatal. No lo fue para María Montessori, que dejó a su hijo Mario con una nodriza sin nombre a las afueras de Roma. No lo fue para Wilhelm Reich, que tenía otras cosas más importantes que hacer que estar con su hija Eva, criada por su cuidadora Mitzie.

Dice Oliver Schubbe, en el epílogo del libro: “La generación de posguerra vivió las consecuencias psíquicas de la guerra en sus padres y las repercusiones en la sociedad. Los niños experimentaban los sentimientos de los padres, sus señales no verbales a través de la mirada o del contacto físico. Pero los padres no eran capaces de explicar a sus hijos el origen real de estos sentimientos o señales. Y este silencio dejó a los niños solos con sus preguntas: ¿por qué se lo tenían que comer todo? ¿Por qué no podían tirar las cosas? ¿Por qué sus padres no los querían coger en brazos? ¿Por qué sancionaban su rabia infantil? ¿Por qué no podían expresar intensamente sus sentimientos? ¿Por qué sus padres no se tomaban en serio sus preocupaciones infantiles? ¿Por qué nadie los consolaba? ¿Por qué sus padres no respondían a sus necesidades? ¿Por qué sus padres estaban tan descentrados o preocupados? ¿Por qué tenían ellos, ya de niños, que asumir una función o una responsabilidad en la familia? ¿Por qué parecían tan importantes la seguridad, la decoración de la habitación, los juguetes, el dinero de bolsillo, los viajes y todo lo que no habían tenido sus padres?”

Volviendo a estas latitudes y a la época en la que nos ha tocado vivir, quizás va siendo hora de que revisemos el impacto psicológico de la Guerra Civil y el franquismo en nuestras familias a través de las generaciones y también la otra parte, de la que no habla Martin, la cultural. Tenemos que hablar del impacto del éxodo, la diáspora y la aculturación de nuestros abuelos y bisabuelos en el abandono del campo a la ciudad; del impacto de criar en soledad entre cuatro paredes, todo el día un adulto con un niño, sin más vida social ni más apoyo, sin familiares que puedan permitir que las madres se echen una siesta, sin “alomadres”; tenemos que hablar del aislamiento y el agotamiento; del dolor de dejar al bebé en la guardería con cuatro meses; hay que hablar de cómo influye el trabajo asalariado en cómo criamos a nuestros hijos y la alienación que rezuma de todas esas teorías de crianza y todas esas etiquetas grandilocuentes con las que nombramos nuestra forma de relacionarnos con nuestros bebés.

*Actualización 14/05/2017: Matizo, gracias a un comentario de Gulliver en la entrada “Carta a Alice Miller: “feminismo”” en la que me recuerda que entre el nacimiento de Martin y Julika y la elaboración de sus teorías median 20 años. Bueno, fueron menos años, pero aún así es cierto que no fue a la vez. Lo que sí dice Martin es que su madre le pidió perdón e intentó mejorar la relación pero simpre y cuando aceptara tomar el camino que ella le marcaba para su sanación. Si él se negaba ella volvía a sentirse rechazada como madre. Aún así, él recalca en todo el libro que las teorías de su madre son válidas.

Carta a Alice Miller: “Feminismo”

Haz lo que digo pero no lo que hago: Jean Jacques Rousseau y Thérese Le Vasseur

Louise, cuidadora de un bebé llamado Simone (de Beauvoir)

Lazos de sangre

El origen de los estilos de crianza actuales

El origen de los estilos de crianza actuales (2ª parte)

 

Entrevista a Sarah Blaffer Hrdy en la revista “Working Mother” (“Madre Trabajadora”)

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Ayer encontré esta entrevista a la antropóloga y primatóloga Sarah Blaffer Hrdy que aparece en el ejemplar de abril de 2001 de la revista “Madre Trabajadora” publicada en google books. Me ha parecido interesante aunque las preguntas sean algo tendenciosas, y es que ya lo avisan al principio: “No te sientas culpable por dejar a tus hijos en casa e ir al trabajo”.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad las mujeres no tuvieron que elegir entre eso que luego se llamó tareas reproductivas y productivas. Como en las sociedades de cazadores-recolectores actuales, iban a recolectar comida junto a sus bebés y otras compañeras o familiares durante solamente dos o tres días a la semana. Después, cuando los niños eran algo más mayores, la crianza se facilitaba con grupos de niños de diferentes edades que crecían y jugaban juntos. Bueno, aquí va la entrevista traducida (mil disculpas por los posibles errores de una traducción demasiado literal…):

Pregunta: Todas queremos ser “buenas madres”. Todas tenemos una noción idealizada de lo que significa ser maternal. Pero también queremos y necesitamos trabajar. Dinos: ¿Se puede ser una madre buena y nutricia y también una trabajadora altamente productiva y ambiciosa?

Respuesta: ¡Por supuesto! Entre otros primates como los chimpancés, es parte de ser una madre de éxito – lo que quiere decir una madre que mantiene a sus hijos vivos. A lo largo de la historia evolutiva, todas las mujeres primates tenían que ser madres con una carrera dual, combinando la recolección (ganarse la vida) con criar a sus crías. Pero solamente lo podemos hacer con ayuda de otros. Me gusta el término “alomadres” – individuos, hombre o mujer, que no son la madre, que ayudan a criar a la descendencia. Era esencial que los niños estuvieran en contacto constante con sus madres o con alomadres para poder sobrevivir. Entre nuestros ancestros cazadores-recolectores de la Era del Pleistoceno (el periodo entre 1.6 millones y 10.000 años), algunas madres llevaban a sus hijos con ellas mientras caminaban grandes distancias para recolectar comida. Pero si podían dejar con seguridad al niño con una alomadre complaciente, lo hacían. El problema era, sin biberones y leche pasteurizada, era raramente una opción. ¿Con qué frecuencia otra mujer amamantadora estaría dispuesta a quedarse en el campamento y cuidar un bebé adicional, que no fuera el suyo? Sobre la ambición, la lucha por el estatus – llámalo “ambición” si quieres – no es nada nuevo.

P: En tu libro, muestras cómo la lucha por el estatus estaba genéticamente programada en la psique femenina durante la evolución. Un ejemplo vívido es cómo las madres chimpancés luchan por el estatus porque es la única forma en la que pueden mantener a sus hijos alimentados y protegidos de los depredadores. ¿Son todavía el estatus, la ambición y el ingenio la clave de la maternidad exitosa en la vida moderna?

R: El ingenio, acompañado de sensibilidad a las necesidades de los niños, es todavía la clave de la maternidad exitosa, pero en la vida moderna las conexiones con el estatus han llegado a ser muy complicadas. Es debido a la desconexión entre las demandas de la carrera en las madres y las necesidades de desarrollo de los niños humanos. Obviamente, proveer a sus hijos y mantenerlos seguros debería ser la prioridad más alta de cualquier madre. Aquí es donde la sabiduría y el ingenio aparecen. ¿Cómo puede una madre combinar sus propios objetivos profesionales con alcanzar las necesidades emocionales de su hijo? Las madres tienen que considerar cómo pueden aprovechar la flexibilidad del trabajo o las nuevas tecnologías. Las madres tienen que ajustar sus objetivos para alcanzar las necesidades profundas de seguridad de sus hijos.

P: Si las llamadas “buenas madres” siempre han sido madres trabajadoras, ¿por qué nuestra sociedad sigue debatiendo la cuestión de si las madres deberían trabajar?

R: El truco aquí está en la idea de una madre que deja a su hijo detrás y trabaja fuera de casa. No podemos ya llevarnos a nuestros bebés a trabajar con nosotras, así que a menudo quiere decir que las madres pasan largas horas separadas de sus hijos. Peor – y esta es la parte de la historia en la que las madres trabajadoras les parecerá difícil escuchar – los niños de hoy tienen la misma necesidad emocional de estar en contacto consistente con alguien.

P: Saber que los niños se apegan más fuertemente a las madres es un intenso placer a la vez que una responsabilidad temible. ¿Qué hace a una madre ser el objeto más probable de apego primario de un bebé?

R: Bueno, la madre está ahí, en el lugar, cuando el bebé nace, ya hormonalmente preparada para responder a las señales infantiles. En unos días, puede reconocer a su hijo solamente por el olor. No hay duda sobre su maternidad – el bebé es de ella, y la Madre Naturaleza (mi metáfora para la selección natural de Darwin) ha establecido el umbral de una nueva madre para responder a estas señales muy bajo, haciéndola más sensible, para que responda rápidamente a los sonidos, vista, y olor de su bebé. Y durante los últimos meses de embarazo, el bebé ha aprendido a reconocer su voz. La madre es cercana, suave y caliente.

P: ¿Pueden los padres adoptivos ser tan cercanos para el bebé?

R: Si alguien que no sea la madre – una alomadre como el padre o una madre adoptiva – se convierte en la persona más sensible y cariñosa en escena, el niño se apegará a esa persona. El apego infantil se basa en el desempeño, no en la genética. Algunos de los cambios fisiológicos que encontramos en madres “reales” tienen lugar en alomadres. Por ejemplo, en las especies de monos como los tamarinos, donde los machos cuidan a los niños, los niveles de prolactina están más altos en los machos que llevan a los bebés que en los machos que no actúan de forma paternal. La investigación preliminar sugiere cambios similares en los padres humanos que se involucran en el cuidado infantil de forma cercana.

P: Si los bebés humanos pueden prosperar si son cuidados por cuidadores sensibles y consistentes, ¿hay algo más aparte de la leche materna que solamente una madre pueda proveer?

R: Nada de lo que se me pueda ocurrir. Cualquier persona puede aprender a amar a un niño y comprometerse con su bienestar. Pero las madres no deberían engañarse a sí mismas pensando que ese compromiso viene fácilmente. Merece mucho la pena emplear el tiempo de la madre en suavizar la transición antes de que vuelva al trabajo.

P: ¿Qué desafíos parentales tienen en común las madres animales con las humanas?

R: Los compromisos – todas las madres tienen que hacer compensaciones entre la subsistencia maternal y el bienestar, y el esfuerzo y los recursos que implica criar a la descendencia. Porque debido a que los niños humanos tardan tanto tiempo en madurar y tanto esfuerzo en criarlos, las madres están constantemente tomando decisiones. ¿Debería invertir más en este niño o menos? ¿Tomar algún atajo o sacrificarme? Un cierto grado de ambivalencia, de sentimiento “desgarrado”, está construido en la condición maternal.

P: Ese sentimiento “desgarrado” suena familiar a cada madre que haya tenido que dejar a sus hijos detrás para ir a trabajar. Si las madres siempre han sentido el conflicto entre trabajar o quedarse en casa con los hijos, ¿hay alguna evidencia de que nuestras ancestras se sintieran reacias a dejar a su descendencia detrás mientras recolectaban, cazaban o “trabajaban”? ¿Sentían algún tipo de culpa?

R: Obviamente, esto dependería de con quién dejaba una madre a su hijo – por ejemplo una abuela en la que confiaba o en un niño/a de 10 años ansioso pero posiblemente incompetente. Pero sí, estoy segura de que las madres recolectoras que dejaban a sus hijos en el campamento se sentían preocupadas por ellos. De todos modos, había una diferencia crítica. La madre recolectora que tomaba la mala decisión perdía a su hijo por culpa de un depredador u otra amenaza mortal. Por supuesto, las madres humanas se preocupan de haber elegido al cuidador erróneo, pero estadísticamente, las alomadres abusivas – como la aupair Louise Woodward, que fue acusada de zarandear al niño a su cargo y matarlo – son raras.

P: ¿Cuál es tu mayor preocupación sobre cuidado infantil?

R: Los niños necesitan tiempo de cantidad y calidad de un cuidador sensible a sus necesidades, así que las mejores alomadres son a menudo familiares. Pero en nuestra economía móvil, ¿cuántas madres pueden contar con hermanas, tías-abuelas, abuelas para estar allí todos los días? El cuidado de los niños tiene que ser a pequeña escala, con un gran grado de continuidad en la identidad de los cuidadores. Los bebés se pueden sentir apegados a varios individuos diferentes a sus madres, pero hay límites. Idealmente, cuanto más estable sea la situación, mejor.

P: Como dices en Mother Nature, el tiempo que los padres emplean directamente cuidando a los niños no ha cambiado mucho – “solamente unos pocos minutos adicionales por semana desde el comienzo del siglo XX”. ¿Hay algo que podamos hacer para fomentar en los hombres sentimientos de inversión en sus hijos, para que pasen más tiempo con ellos?

R: ¡Oh, sí! Estoy convencida de que existe lo que pienso como un “componente maternal” en todos los machos primates. La involucración masculina con los niños es más probable que se suscite de una proximidad prolongada, de la necesidad del niño, y de la relación del hombre con la madre. La película “Tres hombres y un biberón”, sobre tres hombres que encuentran un bebé abandonado en su puerta y se involucran mucho con el bebé emocionalmente, es bastante exacta.

P. ¿Por qué la sociedad moderna humana – al menos en EEUU – no se da cuenta de que es en el mejor de los intereses el hacerlo mejor para los niños financiando y apoyando guarderías públicas?

R: No lo sé; tiene tan poco sentido. Quizás es la ilusión de que las madres se quedarán en casa, y los funcionarios públicos tienen miedo de ofender a los votantes que piensan que debería ser así. El cuidado de los niños es algo controvertido porque hablar de ello se ve como estar haciendo una declaración sobre lo que deberían hacer las mujeres. Alguna parte de la respuesta, puede ser ignorancia sobre lo serias que son las implicaciones sociales de las guarderías pobremente financiadas.

P: Sé honesta. A pesar de todo lo que sabes, ¿te preocupó dejar a tus niños en casa cuando trabajabas?

R: Por supuesto. A menudo me preguntaba, ¿debería haberme tomado más tiempo cuando mis niños eran más pequeños? Fue solo al escribir Mother Nature cuando comencé a considerar las necesidades de los niños desde el punto de vista de los niños. ¡No puedo esperar a convertirme en abuela!

Lactancia viejuna en Madrid

Cuando buscamos referencias históricas sobre lactancia o la crianza de los niños nos solemos encontrar con que los textos que nos han llegado son casi todos normativos o legales, donde se dice lo que era apropiado y lo que no, cómo se tenían que hacer las cosas e incluso qué castigos les esperaban a los que se saltaban las leyes establecidas por los poderosos o por la divinidad.

Por ejemplo, en el Código de Hammurabi (1800 a.C.), que hoy se puede visitar en el Louvre, se dicen cosas como esta:

“194.- Si uno dio su hijo a una nodriza y el hijo murió porque la nodriza amamantaba otro niño sin consentimiento del padre o de la madre, será llevada a los jueces, condenada y se le cortarán los senos.” ¡Toma ya!

Como ya saben los lectores de este blog, me encanta investigar sobre la historia de las nodrizas, ya que se puede aprender mucho sobre cómo era la lactancia y cómo eran las costumbres de crianza en cada momento histórico. Del libro de Carmen Sarasúa “Criados, nodrizas y amos. El servicio doméstico en la formación del mercado de trabajo madrileño, 1758-1868” he aprendido unas cuantas cosas que ahora os cuento a continuación:

Sobre conciliaciones imposibles:

– “Las inclusas no sólo son el lugar de trabajo de algunas nodrizas (normalmente, las que no consiguen emplearse con familias), sino el medio que permite a muchas otras emplearse. Los expósitos eran en su mayoría hijos de mujeres muy pobres que sólo abandonándolos pueden emplearse, muchas precisamente como sirvientas.” Pg. 142.

“La mayoría de las mujeres no encuentran trabajo sino en el servicio doméstico, que les impide mantener a sus hijos consigo.” Pg. 143.

Esto aporta mucho a las incógnitas que tenía cuando escribí mi visita a la Inclusa de Madrid en el “Más allá del parque #2”. Ahora entiendo que la Inclusa, creada y amadrinada por la Junta de Damas (mujeres aristocráticas) era más que una institución de caridad, era totalmente necesaria en la sociedad de la época para que las mujeres pudieran “liberarse” de la maternidad y servir a las clases pudientes. Hay también escritores citados en el libro que afirman directamente que muchas nodrizas se “amancebaban” y después de parir dejaban a sus propios hijos en la iglesia para entrar a trabajar en casas amamantando y cuidando a los hijos de otros.

La crianza del desapego:

En Francia, único país europeo que contó con un organismo específico para regular la contratación de nodrizas, el Bureau Géneral des Nourrices et Recommandaresses pour la Ville de Paris, fundado en 1769 y suprimido en 1876, sus registros han resultado una fuente muy valiosa para el estudio de la lactancia asalariada. Sussmann calcula que en París, a comienzos del siglo XIX, eran dados anualmente a nodrizas unos 10.000 niños, la mitad de los nacidos cada año en la ciudad, y que el Bureau tramitaba un 50% de estas colocaciones. 

Silvestro Lega (1826-1895). Visitando a la nodriza.

Los tipos de nodrizas:

En el período que estudia el libro hubo variaciones en el número de nodrizas en Madrid que fluctuaban entre las 184 y las 95, según el número de anuncios del Diario de Avisos de esta ciudad. Había tres tipos de nodrizas según la procedencia: cantábricas, las de localidades cercanas a Madrid y las que vivían en la misma ciudad. También había otra clasificación: las nodrizas que trabajaban en casa de los padres, las de la Inclusa (las peor pagadas) y las que se quedaban el niño en su casa. ¿Qué tipo de vinculación tenían esos bebés con sus padres biológicos en este último caso? ¿Cómo serían esas visitas de lo que para el bebé eran extraños? ¿Cómo vivirían la separación definitiva de sus madres de leche y la vuelta a la ciudad? La verdad es que pensarlo estremece…

No es extraño que en base a este tipo de situaciones la filósofa Elisabeth Badinter niegue la existencia del “instinto maternal” universal y biológico. Si existe, ¿cómo podían abandonar a sus bebés con extrañas durante años? A mi me gusta más hablar de ética de los cuidados pero no puedo negar que me cuesta admitir que no existiera un componente hormonal y químico en el vínculo de esas madres con sus hijos. ¿Sería la cultura, el tipo de parto o la separación madre-bebé la que anulaba ese instinto? ¿Nunca existió y lo que sentimos es una creación cultural?

Las nodrizas que criaban en su propia casa pasaron de estar en los pueblos cercanos a Madrid a vivir en los barrios obreros de la ciudad. Esto tuvo dos causas principales: la emigración forzosa y la críticas de los médicos ilustrados hacia la lactancia mercenaria.

“Por un lado, la crítica médica de las condiciones en las que se crían los niños en casa de las nodrizas lleva a las clases adineradas y, por imitación, a las clases medias, a preferir a la nodriza que cría en casa de los padres. Por otro, el deterioro de las condiciones de los labradores de los pueblos cercanos a Madrid hace que éstos dejen de ver la lactancia de niños de la ciudad como una actividad interesante para su economía. Criar niños de la ciudad había sido una actividad complementaria de las agrícolas o artesanales que realizaba la familia. Las crisis de subsistencia, la inflación y las guerras provocan, sobre todo a partir de la década de los noventa, la pauperización de los pequeños labradores, que dejan sus pueblos para buscar trabajos en Madrid, o entran directamente a formar parte de los mendigos que pululan por la Corte.” Pg. 151.

Las críticas de los médicos de la nobleza contrarios a la lactancia asalariada también dan muchas pistas sobre cómo criaban las gentes del pueblo llano. Por ejemplo, se les criticaba mucho que dormían con los peques en la cama. ¡Cómo han cambiado los tiempos! Ahora son los pediatras más famosos los que promueven el colecho.

“no hay Ama que en su casa no se ponga al niño en la cama, donde respira los hálitos y vapores de dos cuerpos mugrientos dentro de un lecho puerco, y en un quarto sucio, y mal ventilado”. Los acidentes que sufren los niños en este ambiente son múltiples: asfixia por proximidad al humo del hogar, mordeduras de animales que viven mezclados con la familia, especialmente cerdos. (…) Además, “las más de las Amas son gente pobre, y de baxa suerte, cuya miseria las reduce a un alimento escaso, grosero, indigesto, más vegetable que animal, y que solo su vida activa y laboriosa puede soportar y digerir”. Pg. 153, tomado de un libro de J. Bonells, el médico de la casa de Alba.

Choques de costumbres entre clases sociales. Hablan los “expertos”:

Aquí viene algo interesantísimo del libro y es la transición que provoca que la tarea de criar a los bebés aristócratas ya no se dejara en manos de las clases populares, como las nodrizas que a ojos de los médicos:

“criadas con entera libertad entre la plebe, sin instrucción, sin principios morales, sin decoro, sin urbanidad, no conocen más razón que los caprichos de su alvedrío; ni se gobiernan por otras reglas, que sus preocupaciones y apetitos; por lo cual no poniendo freno a sus pasiones, tan presto las arrebata la ira como las acoquina un terror pánico (…) la moderación obra rara vez en ellas; todo son violentos extremos, y su último cuidado es el daño que pueden causar a los niños que tienen en sus pechos.”

Aunque el texto está cargado de prejuicios contra el pueblo, no deja de ser significativo que se presente a las mujeres de las clases populares como “criadas con entera libertad” que no parecen oprimidas por nadie, ni por sus padres, ni por sus maridos. Eso sí, la contrapartida es presentarlas como animales salvajes sin raciocinio ni capacidad reflexiva. La realidad es que los médicos de las clases altas no podían soportar que los bebés que heredarían el poder estuvieran en contacto con la cultura campesina, sus cuentos y canciones. ¡Qué extraño encuentro de clases, tan difícil de imaginar con nuestros ojos urbanos del siglo XXI!

Sin embargo, a pesar del escándalo de los médicos, los padres y madres ricos pasaban bastante del tema, mandaban a sus hijos lejos y les visitaban poquísimo, a veces solamente iban para pagar a la nodriza el sueldo.

El libro de Carmen Sarasúa presenta datos importantes, como que los niños volvían a sus familias biológicas después de dos o tres años. Los médicos también criticaban que cómo tenían tanto trabajo, las mujeres del campo no podían dedicarse demasiado al bebé y que muchas veces el niño salía lesionado por intentar hacer las tareas con un brazo libre y con el otro sujetar al crío. ¿Y cómo es que no usaban portabebés? No lo sabemos… Lo que sí sale a relucir es que la mujer del pueblo no estaba centrada en los bebés y nada más sino que hacía sus tareas mientras les cuidaba. Los niños, tanto los aristócratas que llegaban como los biológicos, no eran el centro de la vida, estaban en la vida misma, lo que para los médicos ilustrados era algo digno de crítica.

En el texto de esta historiadora también se explica cómo las nodrizas que venían a casa de los padres provenían sobre todo de las regiones cantábricas. Todo empezó como una moda de las elites y la monarquía que después era seguida por las clases medias. En concreto, las más buscadas eran las pasiegas. Sus historias de llegada a Madrid no dejan de ser curiosas:

– “Emprenden con varonil resolución el camino de la Corte, bien solas y en clase de agregadas a la embajada de una galera o un carromato, o bien reunidas varias de ellas y en caravana. Lo primero que procuran es proveerse de un perrillo recién nacido, que durante la expedición y hasta hallar, como ellas dicen, “acomodo”, haga las veces de párvulo, y aplicándole al pecho le conserve y mantenga el jugo nutricio, objeto de especulación”, Teatro social del siglo XIX, tomo II, Madrid, 1846.

¡Amamantaban a un perrito! Parece increible, ¿verdad? También sorprende de nuevo la libertad con la que se movían las nodrizas, iban y venían, viajaban sin hombres…

Si nos sorprende la poca vinculación de las mujeres de clase alta con sus pequeños, el desapego de las nodrizas del pueblo tampoco era menor, ya que también dejaban a sus hijos a los pocos meses de nacidos para amamantar a otros niños en la ciudad. Se trataba de una emigración temporal para volver con ahorros al pueblo. Mientras, el propio hijo era amamantado por “una vecina por una miserable cantidad”. También se empleaban como nodrizas mujeres que habían perdido a su bebé.

Las amas de cría no solamente amamantaban, también limpiaban a los bebés, les dormían, les entretenían durante los dos o tres primeros años de vida:

– “Las nodrizas hacen su trabajo según un conocimiento tradicional que los médicos e higienistas critican duramente, considerándolo responsable de muertes, enfermedades y malformaciones (…). Pg. 165.

Una de las prácticas tradicionales, según la autora, era el “modo de embolver y faxar los niños todavía muy pequeños”:

“la opresión violenta de las embolturas es la causa más común de algunas fealdades como las corcobas, piernas torcidas y otros defectos que adquieren los niños. Para convencerles de esta verdad, no es menester poner los ojos sino en los hijos de los pobres, y particularmente de los Aldeanos, los que dexan libres a sus hijos en sus cunas, o gergoncitos, y crecen prodigiosamente robustos (…). La reforma que se pretende introducir en el modo de embolver a los niños se reduce no más a que se aprieten menos de lo que se acostumbra los pañales en que se les embuelve; a mudar, o variar la forma y el modo de asir la gorra; a sostituir cintas en vez de alfileres; y a desterrar absolutamente el uso de la faxa, tan incomoda para la Ama, como perjudicial y peligrosa para las pobres criaturas (…). No embolviendo a la criatura en tantos pañales, ni con tantas ligaduras, le será más fácil a la Ama removerla y mudarle ropa quando se haya soltado el vientre (puesto que) el embarazo y engorro que hallan las Amas en hacer y deshacer las faxas y embolturas es la causa motriz de su negligencia.” Diario de Avisos. 1759.

Después de leer esto, no se entiende muy bien lo que explica la historiadora, ya que no concuerda mucho con lo que dice el artículo que cita. Las nodrizas eran aldeanas y si los hijos de los pobres se criaban bien sin ser fajados de forma tan apretada, ¿por qué a los hijos de los ricos que criaban sí les fajaban? Si alguien lo entiende, que me lo explique…

Es muy curioso ver en este choque de costumbres que a los médicos criticones tampoco les gustaba que los niños pasaran demasiado tiempo en la cuna:

– “No podemos negar que la invención de la cuna, si se hace buen uso de ella, es útil (…)¿Pero qué uso hacen las nutrices de esta útil invención? (…) muchas de las veces que el niño llora, sin pararse, como hemos dicho, en examinar la causa de su llanto, echan luego mano a la cuna y empiezan a mecerle con la mayor violencia (…). Quando a fuerza de mecer no pueden las Amas acallar a los niños suelen valerse de otro medio muy propio de su grosería, y es asustarlos con amagos del coco, del duende y otras sandeces de esta calaña”.

También se criticaba que se les dejara al cuidado de otros niños, que no se satisfacieran sus necesidades de comida o limpieza,  o las formas en las que se les enseñaba a andar (con andadores y polleras). Esto me recuerda algo que vi en Senegal y es al parecer algo muy habitual en las zonas no industrializadas: las niñas criaban a los bebés o peques. Ni guarderías ni madres en casa hasta que el niño cumpla tres años, la crianza después de los primeros meses la llevan a cabo las niñas.

La duración de la lactancia:

Sobre la duración de la lactancia en los siglos XVIII y XIX en Madrid el conocimiento del mundillo de las nodrizas tienen mucho que aportar: Las familias con dinero mantenían a la nodriza cerca de dos años, “lo que coincidía con el período en que ésta podía amamantar”. Las familias menos pudientes o que querían destetar antes, mantenían a la nodriza durante 8 o 12 meses. 

La lactancia mercenaria tenía un componente especulativo. Por ejemplo, la nodriza de Isabel II, Francisca Ramón (21 años) dejó a su hija al cuidado de su vecina Josefa Rueda, que cobraba 180 reales mensuales. Su beneficio era la diferencia entre este sueldo y el que cobraban las nodrizas reales, unos 900 reales al mes cuando comenzaban a lactar y 450 reales al mes cuando estaban de respuesto.

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Madre pasiega con su bebé en el cuevanu (cuévana) a modo de cuna portátil.

La moda de presumir de ama de cría:

Las nodrizas que vivían en la casa del niño tenían una función también de ostentación. Por ejemplo, en este texto hay referencias incluso al porteo en pleno Madrid, seguramente de nodrizas pasiegas:

“Son las seis. Encaminémonos hacia la Puerta del Sol, pero no sin antes detenernos en los jardines que hay en la entrada de la calle de Alcalá. Están repletos de niños que se divierten, de criadas, nodrizas con vestidos de franjas azules y rojas, que llevan a la espalda, en una canasta de mimbre, recubierta con un vistoso pañuelo, a un pequeñín acostado entre sus pañales”. Artículo: “Paseo por Madrid”, del libro “Viaje por España” de Luis Teste (1872).

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“La infanta María de las Mercedes en brazos de su nodriza” (1881). El traje tenía una falda de paño con peto que se bajaba para amamantar. ¡Ropa de lactancia de la época!

De nuevo la conciliación y la lactancia:

Cuando no era posible la lactancia humana se recurría a la leche de cabra, burra o vaca, pero las condiciones higiénicas de su venta en las ciudades hacía que más que ayudar aumentaran la mortalidad.

Las madres trabajadoras eran las que más recurrían a ellas y es que el trabajo siempre ha sido causa fundamental de destete en las mujeres que no podían conciliar lactancia con vida asalariada:

“La hija del proletariado, desarrollada en un miserable ambiente, llega a ser madre y siempre ha de criar a sus hijos y transcurridos los cuatro o cinco meses en que necesariamente ha de declinar su poder lactativo, comienza a ayudarse con leche que adquiere en los puestos de la calle o en las lecherías”.  (1903. El Progreso Agrícola y Pecuario).

Lactancia y poder estatal

J. Bonnells acusa a las madres que no amamantan de aumentar las calamidades del Género Humano y, atención, de dar al Estado solo “vasallos inútiles”. Aquí está la razón última por la que amamantar, no era considerado un bien en sí por estos médicos ilustrados, sino que medio para lograr que el poder obtuviera vasallos con buena salud (para exprimirlos bien, supongo), lo que no era posible en igual grado si eran amamantados por amas de cría mercenarias.

Ojo a esta cita del ilustrado Bonnells. Este médico llegó al extremo de pedir castigos a las mujeres que no probaran un motivo aprobado por un médico, un juez y el marido para no amamantar. ¡Eso sí que es ser un talibán de la teta! A la autoridad siempre se le ha dado bien infantilizar a las mujeres, por otra parte…

“Esta es la edad en la que más que nunca necesitan los niños de toda la vigilancia, de toda la paciencia, y de toda la ternura de una madre. Y esta es cabalmente la edad en que la barbarie de las madres confía su crianza a una muger mercenaria sin reparar que mal desempeñará por un vil estipendio las obligaciones de las quales ellas mismas huyen por pesadas (…). Entregadas directamente muchas mugeres a los deleites y pasatiempos, miran toda sujeción y cuidado como una carga insoportable, y poniendo toda su felicidad en el contentamiento de sus gustos, paréceles tanto más pesado el yugo de la crianza de los hijos quanto menos llevadero le hace su desarreglada vida (…). La incomodidad que muchas temen más, y alegan menos, es la privación de sus divertimentos.”

La realidad es que la mortalidad infantil era mucho más alta entre los niños criados por nodriza en los arrabales y los amamantados por su propia madre, al menos basándonos en un estudio francés de 1868. Pero Bonnells olvida que la principal causa por la que las madres de las clases altas y medias abandonaban a sus hijos con nodrizas lejanas no eran los “pasatiempos” sino sus maridos, convencidos de que no se podían mantener relaciones sexuales durante la lactancia porque se estropeaba la leche. Y Elisabeth Badinter, ¿qué opina de todo esto?

El desapego de las nodrizas con sus propios hijos también es cuestionado por otros estudios, como este interesantísimo de la matrona Tamara Gómez Pérez sobre las madres y nodrizas pasiegas. Aquí podemos leer cosas como: “Muchas abuelas también fueron nodrizas y sabían lo que sus propias hijas añoraban y sufrían por el abandono temporal de sus hijos ante la falta de dinero e ingresos”. ¿Qué sabemos nosotros, desde nuestro mundo urbano del silgo XXI sobre los sentimientos de las mujeres, tanto ricas como pobres, respecto a estos temas? Hacen falta más investigaciones que recopilen sus voces en primera persona, no lo que opinaban otros sobre sus decisiones.

El uso de nodrizas en Europa desapareció tras la Primera Guerra Mundial. Mientras esta práctica caía en desuso, crecía el empleo de niñas-niñeras (7-15 años) para hacer todo lo que no fuera amamantar.

Si podéis no dudéis en echar un vistazo al libro de Carmen Sarasúa. Es un apasionante viaje al pasado que me ha hecho replantearme muchas cosas que hoy damos por supuestas en la crianza de los niños.

Bibliografía para profundizar o cotillear:

“Tres discursos para probar que están obligadas a criar sus hijos a sus pechos todas las madres, quando tienen buena salud” del médico Juan Gutiérrez De Godoy (1579-1656).

“Perjuicios que acarrean al genero humano y al Estado las madres, que rehusan criar a sus hijos, y medios para contener el abuso de ponerlos en Ama”:

 

Red de apoyo mutuo entre madres y padres

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Tomada de http://www.vallecastodocultura.org/cabecera/HISTORIA/Marina%20Garcia%20Cardiel/Barrio%20familia/Barrio.htm

¿Hay por ahí mamás y papás de la zona de Tetuán o cercanías que tengan niños pequeños y no les estén llevando a guarderías? ¿Gente interesada en criar en la vida diaria, quedar o crear una red de apoyo mutuo convivencial, horizontal, desenfadada y gratuita? Estoy conspirando para romper el binomio “o guardería o soledad”, si os interesa que conspiremos en compañía escribidme a info@lacasitadealgodonales.com

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http://www.secretosdemadrid.es/fotos-antiguas-juegos-de-ninos/

¿Y por qué pongo fotos de antaño? Porque ya no hay niños jugando por las calles, porque estamos todos aislados en nuestras casas o en el trabajo y solamente nos han dejado los parques cerrados para relacionarnos.

Me gustaría contactar con mamás y papás de esta zona para recuperar la vida vecinal que tanto ayudaba a la crianza. Podemos quedar cada día en una casa o buscar un lugar para conocernos y relacionarnos en otros espacios. Ojalá podamos construir una red en la que, más allá de un grupo de crianza en el que compartir nuestras dudas o problemas, podamos tejer esas relaciones de apoyo mutuo REAL, es decir, de ayudarnos en la vida cotidiana pero también convivir, jugar, charlar… No hace falta que lleguemos a ser mejores amigos (si ocurre, genial), simplemente personas, vecinos que se respetan y se echan una mano desde el afecto. ¡Es muy revolucionario y tan viejo a la vez! Pero no podemos volver al pasado, hay que crear algo nuevo.

Siempre que mi suegra me habla de cómo se ayudaban entre las vecinas del barrio con sus hijos me muero de la envidia. A veces los niños estaban en casa de una vecina, otros en otra, jugaban juntos en el patio, los adultos podían hacer sus cosas con los niños al lado, era raro ver a un niño solo… ¿Dónde quedó todo eso? Ahora todo el mundo está aislado. ¿Y qué ocurre con las personas que no llevamos a los peques a la guardería? ¿Tenemos que estar solamente en casa o en el parque? ¿No hay forma de relacionarnos fuera de lo institucional o monetarizado?

Por otro lado, he puesto arriba que me gustaría crear junto a otros “conspiradores” una red desenfadada. ¿Por qué? Porque creo que el mundillo de la crianza, al menos en internet, está plagado de teorías, expertos, estudios científicos, educaciones del tipo patatín y patatán y creo que hace falta aire fresco. ¡Que corra el aire que me ahogo! ¡Tanta pedagogía teórica, tanta psicología y tanta etiqueta me reprime y agobia! ¿Dónde quedó la espontaneidad y el dejarse llevar por la simple ética y la empatía?

A pesar de que lo estoy difundiendo de el blog de la tienda online La Casita de Algodonales para dar esta idea a conocer, este es un proyecto autónomo y que por su propia naturaleza debería ser ajeno a lo comercial, así que toma un rumbo propio y horizontal (yo participo como una madre más). Si sabes de alguien (aunque no sea del barrio de Tetuán o lleve a la guarde o cole a sus peques) interesado en formar parte de esta red, difúndelo. Un abrazo.

Todo o nada.

A gustito en un fular.

Fulardeando…

O tienes portabebé o carrito…

O usas pañales de tela o desechables…

Creo que hay muchos padres que les gustaría utilizar pañales de tela pero piensan que es algo de “todo o nada”. Nada más lejos de la realidad. Se puede probar con unos pocos pañales y si no gustan en un primer momento siempre se pueden usar en la etapa de enseñar a usar el orinal como transición a la ropa interior. También se pueden utilizar 3 pañales lavables al día y cuando ya se han mojado todos continuar con desechables hasta el día siguiente. Otra opción es utilizar de tela en casa o de día y de usar y tirar para salir y para las noches. Hay miles de combinaciones posibles. Y, de hecho, no sería raro que después de probar unos pocos y una introducción gradual, las familias se lanzaran a usar más y más hasta independizarse de los desechables. Pero si piensan que es algo de “todo o nada” nunca lo probarán…

Con el porteo pasa un poco lo mismo. A pesar de que hay gente que usa solamente portabebés y no ha usado carrito nunca, también hay muchas familias que ven útiles ambas formas de llevar a su bebé en diferentes momentos y edades del bebé. Es mi caso, siempre me ha encantado portear pero también le he visto muchísima utilidad a los carritos. Por ejemplo, cuando voy a comer por ahí y sé que se va a echar la siesta, o ahora que voy a clases de danza africana y se queda dormido ahí durante casi toda la clase, cuando he ido al médico a que me hicieran una prueba o al dentista y él se ha quedado ahí sentado mirando…

Desde un punto de vista práctico y sin hablar de las sensaciones agradables intrínsecas a portear (mmmmm…), el porteo tiene la ventaja de que evita y sortea las barreras arquitectónicas propias de las ciudades, no es nada aparatoso y permite tener las manos libres. Pero ni tienes por qué portear todo el tiempo ni tienes por qué usar carrito durante los primeros años de tu bebé. Y, desde luego, un bebé no es el mismo con tres meses que con dos años. Con tres meses su necesidad de brazos es infinitamente mayor a la que tiene un niño como mi hijo (19 meses), un terremoto andante, corredor y danzante allá donde va.

El porteo y los pañales de tela no excluyen otras posibilidades. A pesar de que hay gente que vive muy bien sin carrito, ni cuna ni han usado un pañal de usar y tirar durante toda la infancia de sus hijos, creo que hay situaciones y momentos para todo en este mundo urbano en el que nos ha tocado vivir. Cada familia tiene que encontrar lo que le venga bien cada día, cada momento, cada etapa.

Lo mismo pasa con las cunas o los purés. El colecho no es una imposición, es algo que viene de forma natural para dormir todos mejor. El que un bebé coma a trocitos en las comidas no excluye que también coma purés. O al revés.

Respiremos, relajémonos, disfrutemos, probemos, equivoquémonos. Fuera etiquetas, fuera ataduras, fuera límites. La crianza es una forma de amor y el amor no tiene adjetivos, es amor a secas.

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Carrito heredado…  🙂

De lactancia mercenaria, nodrizas y amas de cría.

Sigo con fascinación investigando la historia de las amas de cría y aunque sigo sin poder contestar a la pregunta que guiaba hoy mi búsqueda (¿en que año se ilegalizó o cayó en desuso esta práctica en España?) he encontrado varios videos interesantes:

Si vais a Cantabria (Selaya) este parece un museo muy interesante:

En todas partes leo que durante el siglo XIX hubo hambrunas y penalidades en los pueblos pasiegos que empujaron a las mujeres ha irse lejos a criar a niños ajenos y se separaban de los suyos propios. ¿Qué hay de cierto y de falso en estas afirmaciones? ¿Cuál era la causa de estas hambrunas?

Porque lo más duro de asimilar, desde nuestra óptica actual, es eso mismo: sus hijos eran criados con leche de vaca mientras ellas ofrecían su leche a bebés de madres adineradas de la capital. ¿Puede haber algo parecido hoy en día? Muchas veces pienso en las emigrantes que vienen a cuidar niños españoles mientras sus propios hijos son criados por abuelas o familiares en sus países. No sería extraño que quizás dentro de muy poco comiencen a salir madres españolas a cuidar niños alemanes, por ejemplo, debido a la crisis económica. Así es el sistema económico, político y sobre todo ideológico en el que vivimos desde hace tantos años… Porque hace falta recordarlo: detrás de estas historias siempre detrás está la palabra “crisis”, “hambruna”, “pobreza”. En teoría, nadie se separa de su familia por placer y por conocer mundo. Para eso están los viajes por placer, pero esto es otra cosa.

Por eso, es importante tanto concocer la historia de las amas de cría como las razones por las que abandonaron sus bellos paisajes por la inhumana ciudad, con la Plaza de Santa Cruz en Madrid como primera parada en el siglo XIX. Continuaremos investigando…

Termino con este video de una charla de la Universidad de Cantabria titulada “Lactancia y maternidad: las amas de crías pasiegas”, conferencia perteneciente al ciclo “Reflexiones sobre las maternidades” organizado por el Aula Interdisciplinar “Isabel Torres” de Estudios de las Mujeres y del Género el 15 de diciembre de 2011. Por cierto, discrepo totalmente con el enfoque de la introducción de la charla:

Cómo me gustaría ir allí pero, ¿podré ir con mi bebé?

Hoy he tenido una buena experiencia. Antes de estar embarazada iba a clases de danza senegalesa con mi amada profesora Sonia Sampayo pero, después, al ser madre, mis horarios disponibles para el baile se redujeron mucho y ahora solamente me he reservado los jueves para seguir con mis clases de danza oriental de alumna y los sábados, que doy clase yo como “profe”.

Hace unas semanas vi un anuncio en el facebook de Alboury Dabo de clases de danza africana (África Occidental, en concreto), y pensé, “¡Cómo me gustaría apuntarme! Los viernes es buen día pero, claro, ¿y mi hijo?”. El papá los viernes a esa hora trabaja, no puedo pedirle a mis suegros que se ocupen de él también ese día, no tengo más familiares cerca y tampoco creo que mis amigos puedan cuidarle durante esas dos horas de clase. Pues bien, aún así me apunté, pensando que las clases, como los niños, vienen con un pan o una solución debajo del brazo. Y así fue.

A las 16h hemos salido de casa, le he llevado en carrito para que se echara la siesta allí por lo menos durante el principio de la clase (he atrasado el momento de la siesta todo lo que he podido), se ha dormido en el metro y hemos llegado con mucho tiempo de antelación al local-de la asociación de Lavapiés donde son las clases.

Cuando ha llegado Alboury le he dicho, “te voy a pagar antes porque vengo con mi hijo y no sé cómo va a resultar el tema. Quizás nos tengamos que ir antes de que termine” y él y la gente de la asociación me han dicho tan panchos que no había ningún problema con llevar a mi hijo. ¡Muchas veces somos nosotros mismos los que nos ponemos los límites! No es nada normal que en las clases de danza normales puedas llevar a tu bebé de forma habitual. Quizás un día sí, pero todos los días… Sin embargo, a veces la gente es más tolerante de lo que creemos. Y esta vez ha sido así,

Es cierto que son africanos y quizás tenga algo que ver que, por ejemplo, que en muchos lugares de ese continente los niños sean algo normal e integrado, no una especie exótica en extinción y separada en reservas “naturales”, como aquí. Puedo sonar exagerada pero creo que es así. Aquí los niños no son bienvenidos en el mundo de los adultos y solamente son aceptables en centros “ad hoc”, es decir, en actividades para mamás y bebés, ludotecas, pequetecas, parques o guarderías.

Esto ha hecho que los padres nos convirtamos en un nicho de mercado más de la sociedad de consumo y de ocio, pero esto no satisface las necesidades existenciales de las madres y los padres de vivir una vida integrada, sin separaciones entre las diferentes facetas de la vida. Y, por supuesto, de ser algo más que un monedero, más vacío cada vez, por cierto.

Todo esto me ha hecho reflexionar mucho sobre algo que llevo tiempo rumiando. No me gustaría que mis clases de danza oriental para mamás y bebés fueran un gueto. Me gustaría que vinieran también mujeres sin hijos, jóvenes, niños, abuelas, papás, abuelos… Ya sé que es una danza muy sensual y hay mamás que podrían sentir corte si viene algún papá, pero lo cierto es que yo también soy alumna y en mis clases he tenido compañeros hombres con total naturalidad. No veo problema siempre que se venga aprender desde el respeto. También me gustaría que pudieran venir madres sin sus bebés, si quieren dedicarse ese momento para ellas mismas. Es decir, un lugar abierto al mundo no cerrado exclusivamente al mundo maternal.

Pero vuelvo al tema de la clase de hoy… A las 17h hemos empezado a calentar, después nos hemos puesto a bailar y mi hijo se ha despertado. Se ha quedado como media hora mirando perplejo y medio dormido al profe. Poco a poco ha vuelto en sí y de repente ha dicho “mamá, mamá”. Le he puesto a hacer pis en un momento y le he vuelto a sentar en la silla. Le he dado galletas y agua y se ha quedado tranquilito un buen rato. Después, ya despierto del todo, ha querido bajarse. Y, el marido senegalés de una de las alumnas, estaba ahí y me ha dicho que quería jugar con él. ¡Y en la asociación tenían juguetes! Si es que ha salido redondo… Ahí se han quedado los dos en un sofá jugando hasta que se ha acabado la clase. Yo bailaba y le echaba un ojo. Él a veces se levantaba y atravesaba el lugar donde nosotros estábamos bailando, pero la verdad es que lo hizo pocas veces y nadie se sintió molesto, más bien a todo el mundo le parecía divertido.

Después de la clase me sentía pletórica, por haber podido bailar esta maravillosa danza de nuevo de la mano de un MAESTRO, nutriendo el alma y el cuerpo, por haber podido compartir el momento con mi hijo sin mayor complicación, por haber tenido la suerte de que un hombre simpático jugara con mi hijo y feliz de que él crezca enriquecido por la música, el baile y las experiencias cotidianas de la vida, socializando de verdad, en el mundo real y no en realidades segregadas del mismo. En fin… sé que otros días quizás no sea tan sencillo pero hoy lo ha sido y lo recordaré siempre.

Un análisis de los cuidados muy interesante: Carolina del Olmo

En ratitos libres voy viendo esta charla de Carolina del Olmo (autora de “¿Dónde está mi tribu?” sobre cuidados, crianza, maternidad, feminismos… Se puede estar de acuerdo con ella o no, pero se explica muy bien, piensa por sí misma, aporta frescura, ética y política a los debates sobre estos temas. Ojalá tuviera algo de tiempo pronto para escribir sobre esto en el blog. Mientras tanto… podéis ir al minuto 23-24 de esta charla:

Y aquí podéis leer y escuchar más material, como esta entrevista en la revista Playground y en la radio.

Otras intervenciones muy interesantes son estas de “El ADN de la vida. Crianza, cuidados y comunidad”:

Como mi tiempo anda un poco dividido entre ser mamá, asalariada a media jornada, danzante, vendedora online a tiempo parcial, amante y cuidadora, pues la verdad es que tengo menos tiempo del que me gustaría para analizar todo esto. Todavía no he leído el libro “¿Dónde está mi tribu?” pero estoy deseando hacerlo. Sí he leído, por ejemplo, este texto: http://nocionescomunes.files.wordpress.com/2013/02/radicalizar_cuidados.pdf

Y sobre él si que tengo varias cosas que decir. Estoy totalmente de acuerdo con la postura central y vital de los cuidados y me encanta que alguien aborde por fin la crianza desde un punto de vista ético y político. Normalmente la crianza se vive en soledad, y los padres y las madres se lo comen y se lo guisan solos. Los libros suelen abordar los temas de crianza desde puntos de vista psicológicos más que sociales y es ahí donde cobra sentido “el contexto” del que habla Carolina.

Me gusta todo el texto y en especial este fragmento:

“Dado que la vulnerabilidad y la dependencia son esenciales al ser humano, y no algo que les pasa a los demás, tendremos que entender que es tarea de todos cuidar, y que hay que repartir el cuidado por todo el cuerpo social. Si cuidar no es cosa de mujeres no es porque no sea asunto nuestro, sino porque es asunto de todos y todas. Todas las personas tendrían que poder cuidar de sus hijos, de sus mayores de sus amigos y de sí mismos. Cuidar es un derecho que en esta sociedad se nos niega. Pero es también una obligación moral: la intrínseca dependencia que nos constituye hace que sea una obligación dictada por la reciprocidad. Si estamos aquí discutiendo de esto es que alguien ha cuidado de nosotras. Y la reciprocidad por fuerza ha de ser la norma básica sobre la que se estructure una sociedad compuesta por individuos dependientes y vulnerables. Cuidar es cosa de todos porque todos necesitamos cuidado.”

Sin embargo, al llegar a las últimas páginas vienen las divergencias. No entiendo muy bien por dónde va cuando habla de “neomaternalismo” y “corriente pro-cuidados maternales”. Por un lado, le parece importante que esa corriente haya vuelto a dar valor a los cuidados, después de años de un feminismo que los negaba y los veía como parte de la opresión de la mujer. Pero por otro lado afirma:

“Pero es evidente que convertir el cuidado en el centro de la vida de una y quedarse ahí no nos puede valer.”  ¿A quién no le vale?  La mujer o el hombre que hacen del cuidado el centro de su vida me parecen muy respetables, si así lo deciden por libre elección. El problema es, más bien, que pocas veces decidimos.

Muchas veces criamos en soledad no porque queramos, sino porque nuestros familiares y amigos viven lejos y, además, no pueden, no quieren o no saben ayudarnos como necesitaríamos. Por ejemplo, yo deseé pedirme una excedencia porque tenía ahorros, pero ¿cuantas otras personas no han podido por estar en precario? Y aunque estuviera de excedencia eso no significa que no quisiera relacionarme con el mundo. ¡Es que el mundo ya no estaba hecho para nosotros! Largas distancias, transportes públicos, horarios incompatibles…

Yo creo que para nutrir tengo que nutrirme y empaparme de la vida extramaternal. Además, no quiero ser una madre autoreferencial. Sin embargo, sí que he vivido mi etapa de burbuja maternal y la he disfrutado plenamente, con sus claroscuros y su ambivalencia. Es cierto que no he querido saber nada del mundo durante unos meses. Es cierto que yo antes leía periódicos, me interesaba la política internacional y la economía y ahora solamente leo cosas relacionadas con la crianza, la neurociencia, la historia de la infancia, sobre embarazos, partos y lactancias. Pero porque ahora es eso lo que me interesa. Sí, cuidar a mi hijo ha sido el centro de mi vida y estoy orgullosa de ello. Era lo que los dos necesitábamos en esa fase.

Mi hijo es central pero no es el centro del Universo. Nadie lo somos. Y, de hecho, como dice Jean Liedloff, los niños necesitan cuidadores que tengan su vida, para poder seguirles como modelo, para aprender, para ser acompañados. No necesitan una madre o un padre que les observe sin cesar, sino alguien a quien observar en sus actividades diarias (comprar, trabajar, cocinar, ir en metro, ir a clase de baile…). Como dice mi compañero y el papá de mi hijo: “los hijos tienen que ser el centro pero sin que se den cuenta de ello”. Creo que más bien, los niños tienen que estar en el centro de la VIDA, no ser el ombligo del mundo. ¿Me explico? Es difícil encontrar ese equilibrio y yo no creo que lo hayamos conseguido, pero al menos lo tenemos en mente.

No. Las madres que nos dedicamos o nos hemos dedicado al cuidado de nuestros hijos a tiempo completo no somos seres aburridos y vacíos. No dudo que también existan, ¡ojo! y que, ¡qué demonios! tengan todo el derecho del mundo a dedicarse 100% a sus hijos y ser felices así.

Durante estos dos años de embarazo y puerperio he vivido una de las etapas más creativas de mi vida: he abierto una tienda online y he aprendido de la nada cómo se crea una, estoy escribiendo un libro, devoro literatura en todos los ratitos que puedo, me planteo preguntas filosóficas y políticas en torno a los cuidados y la maternidad, quiero cambiar el mundo a mejor, he dado el paso a convertirme en profesora de danza oriental prenatal y postparto después de años bailando… No sé, pocas etapas en mi vida han sido tan fértiles, nunca mejor dicho. Y eso que esta ha sido dura y he pasado momentos estresantes y mucho, mucho sueño. Por eso, me molesta un poco que una madre ahonde en la minusvaloración de las madres que cuidan a sus hijos como elemento central en su vida, entendiéndolo como excedencia o salida temporal del mundo laboral asalariado.

También creo que hay muchas cosas que cambiar en esta realidad de forma inminente. Por eso, estoy de acuerdo con ella en que hay vida más allá de la burbuja de la crianza. Y es ahí donde puedo compartir con ella cierta crítica al ensimismamiento maternal y paternal, su apoliticismo (que en sí mismo ya se delata como prosistema) y su falta de crítica frente al poder y la desigualdad. ¡Están pasando cosas ahí fuera! Guerras, hambre, injusticias, miseria, explotación, violencia, ignorancia, manipulación, abusos, mentiras…

Pero esto no quiere decir que no estén ocurriendo revoluciones en el mundo maternal: se reivindica el derecho a parir en libertad y seguridad y se reivindica el derecho a tener hijos y cuidarlos bien. Muchas madres y padres creen, y también lo creo yo, que el mundo sería bastante diferente si cuidáramos mejor a las personas empezando desde que son pequeñas. ¿Cuánta gente no va al psicólogo por problemas en la infancia o en su familia? ¿Cuántas personas no sustituyen la falta de cariño por el consumismo o los bienes materiales? ¿Cuántos niños y adultos consumen psicofármacos hoy en día?

Pero mi principal divergencia con el análisis del texto de Carolina del Olmo viene aquí:

“Y por eso creo que es importante despojar toda la conversación sobre la crianza y maternidad de los aspectos naturales y biológicos –que pretenden enseñarnos, por ejemplo, que la madre biológica es mejor para la cría que cualquier otro adulto cuidador; que ensalzan la virtud de la leche materna hasta el infinito y más allá; o que achacan a ciertas hormonas comportamientos radicalmente sociales y aprendidos…–, y es fundamental entender que la relación madre-hijo no es algo absolutamente único y especialísimo sino algo así como el caso más llamativo de la interdependencia humana que nos une a todos con todos en una red de reciprocidad, y de los cuidados que todos deberíamos asumir y recibir”.

Si la lactancia materna es el alimento destinado y mejor preparado para el cuerpo del bebé humano, ¿por qué no se puede decir? ¿Sería mejor inventarse una realidad paralela que nos guste más aunque sea mentira? Si algo es cierto, es cierto. Y si no se puede dar leche materna hay leche de vaca adaptada y hay leche materna de otras madres. De hecho, hay un movimiento creciente y del que nadie habla de madres que donan su leche a otras madres que no han podido dar el pecho. Solidaridad de mujeres en estado puro, cuidadoras cuidándose entre sí y cuidando a los bebés de otras madres. Claro, que al sistema actual de dominación no interesa darle mucha publicidad a esta opción, no vaya a ser que las mujeres dejen de debatir sobre lactancia en términos de “complejos de culpa” y comiencen a ayudarse y a empatizar unas con otras.

¿Por qué le molestan tanto los aspectos biológicos o “animales”? Es que, precisamente, es en la sexualidad, la menstruación, la maternidad y en los primeros meses de vida de los humanos donde mejor se ven estos aspectos. Lo siento, el ser humano es un animal, un animal muy especial dotado de cultura y todo lo que queramos, pero animal al fin y al cabo.

Por ejemplo, en el parto interviene la oxitocina y no lo vamos a negar para que alguien se quede más contento. La realidad no la podemos rechazar porque no nos guste o no se adapte a nuestras ideas o teorías previas. En la lactancia también interviene la oxitocina y la prolactina, y tampoco lo podemos cambiar. De hecho, en los partos medicalizados se utiliza oxitocina sintética, mostrando la relevancia del papel de esta hormona tan “insignificante” en nuestras vidas. Somos cultura pero también somos biología. No hay ninguna contradicción en ello, somos un todo. No hay necesidad de elegir una parte y desechar el resto. Es esa división la que permanentemente acecha el pensamiento Occidental: mente-cuerpo, emoción-razón, corazón-cerebro, instinto-aprendizaje, hormonas-cultura, físico-psicológico…

Yo no creo que reconocer que lo hormonal, físico e instintivo existe niege que somos también seres culturales. Pero obviar esta realidad nos aleja de nuestro cuerpo y de su enriquecedor conocimiento, un conocimiento que nos pertenece.

Respecto a lo de la madre biológica es mejor para la cría que cualquier otro adulto cuidador se podría decir que sí, que en relación a la lactancia materna la relación con la madre es por fuerza más intensa que con el padre. Bueno, y en relación al embarazo directamente es que la relación es, hasta que la ciencia no consiga úteros artificiales, totalmente clara. ¿Pero qué tiene de malo? ¿Por qué asusta tanto? ¿Para radicalizar los cuidados no se puede admitir una realidad tan básica? Y mira que muchas noches hubiese deseado que mi pareja tuviera leche en las tetas para darle a mi hijo mientras yo dormía, pero la realidad es que mi bebé me quería a mí y en ese momento era insustituible. No quería chupetes ni biberones, quería teta de mamá. ¿Me tendría que haber sentado con él a soltarle un rollo sobre género, paternidad, cultura y demás? Daría igual. Era un “cachorro” humano pidiendo lo que necesitaba.

Tampoco es necesario ceñirse a la lactancia materna, ¿cuántos bebés criados a biberón no gritan “mamaaaaa” en mitad de la noche y solamente se calman cuando viene ella y no él? Pero, vuelvo a lo mismo, ¿qué tiene de malo reconocer esto?

Radicalizar los cuidados es, en suma, asumirlos hasta lo más hondo y, a la vez, salir de casa. Negarnos a que lo más importante del mundo –la asunción del cuidado–, tenga lugar exclusivamente entre las paredes de nuestros apartamentos. Intentar a toda costa que la transformación a la que nos vemos sometidos como personas cuando cuidamos nos desborde e inunde toda la sociedad y al igual que nos ha transformado a nosotras,
transforme la organización social al completo.
Aquí no puedo estar más de acuerdo. Hay que radicalizar los cuidados y salir de casa, SI SE QUIERE. Y los cuidados tendrían que ser compartidos y apoyados por familiares, por amigos, por redes entre iguales…Y sí, creo que la crianza y el tratamiento de los cuidados tienen la capacidad de transformarnos como personas y transformar la sociedad, tanto para bien como para mal pero esto pasa también por reconciliarnos y conocer nuestro cuerpo y la parte más “biológica” de nuestro ser.

Charla en Enmadradas Coslada sobre bebés “sin” pañales

El 28 de mayo estaré en la asociación Enmadradas Coslada hablando sobre Higiene Natural del Bebé. Explicaré lo que he aprendido de los libros de Laurie Boucke e Ingrid Bauer y sobre todo de mi experiencia personal. Si estás embarazada o tienes un bebé de menos de seis meses, es el momento ideal para venir. Si no, quizás te puedan servir algunas cosas a la hora de quitar el pañal a tu bebé o para probar con tu siguiente hijo. Para más información, puedes visitar este enlace. ¡Nos vemos allí!

¿Dónde y cuándo? 28 de mayo, martes, a las 19.15hrs en C/ Dr. Jiménez Díaz 12, Coslada. Es gratis, por supuesto.