Mario y María Montessori

Poca gente sabe que la famosa pedagoga y doctora María Montessori tuvo un hijo con un compañero de trabajo en la escuela Ortofrénica, el Dr. Giuseppe Montesano. El hijo, Mario, seguramente naciera en 1901 (o 1898), cuando María renunció a su puesto de trabajo, rompió relaciones con Montesano y desapareció durante un año. El niño fue criado por una nodriza (a la que nadie, ni los biógrafos, se han molestado en poner nombre) a las afueras de Roma y María iba a visitarlo de vez en cuando, sin decirle nunca que ella era su madre.

Giuseppe Montesano

Hasta aquí lo que más o menos se sabe de la historia a un nivel superficial. Pero, ¿por qué una mujer supuestamente tan emancipada, la primera mujer graduada como doctora en medicina en Italia, no pudo criar a su propio bebé? ¿Qué se puso en su camino? ¿Acaso no se nos dice que en el patriarcado son los hombres los que intentan controlar la sexualidad y los hijos gestados por la mujer? En este caso parece que no fue así, ya que Montesano no quiso criarle tampoco. Hay algo que no termina de cuadrar, ¿verdad?

Renilde Stoppani

Las personas que más se interpusieron entre esta madre puérpara y su bebé no fueron otras que la madre de Montesano, Isabella Schiavone, y su propia madre, Renilde Stoppani. Y, ella, tan rebelde y autónoma en todo lo demás, en esto fue sumisa ante el poder de las madres (el matriarcado, en un sentido literal y etimológico). ¿Y cómo sabemos esto? Pues porque el propio Mario Montessori así se lo explicó a Rita Kramer, la biógrafa de María Montessori. Este le contó que sus padres no se casaron porque la madre de Montesano se opuso a ese matrimonio y que el plan de mandarle con una nodriza fue urdido por estas dos mujeres. Montesano, por su parte, dijo que le daría el apellido legal a condición de que el nacimiento de Mario fuera mantenido en secreto. Mario también le contó a Kramer que Giuseppe y María hicieron la promesa de no casarse y que fue el incumplimiento de esa promesa lo que provocó en María la gran crisis vital que la impulsó a dejar su puesto de trabajo. Si no lo he entendido mal, no fue el abandono hacia el hijo sino el abandono del padre de su hijo lo que provoca el derrumbe. Tenía 30 años. Dejó la medicina y se puso a estudiar antropología, psicología y otras disciplinas, centrándose en las investigaciones de Edouard Séguin. Su nuevo objetivo fue intentar desarrollar una forma de educar a los niños para crear eso que llaman una “sociedad mejor”.

Rita Kramer parece que trata de justificar estas decisiones afirmando que hace 75 años (su biografía fue publicada en 1976) la noticia de que Maria Montessori tenía un hijo fuera del matrimonio habría arruinado su carrera y cualquier posibilidad de hacer su gran contribución al mundo, lo que ella creía que era el objetivo de su vida. Lo cierto es que esto era verdad entre las clases altas que tenían una reputación moralista y puritana que mantener, en las clases populares y rurales la gente tenía hijos fuera del matrimonio o tenían el hijo y se casaban años después, como por ejemplo se cuenta en el libro “La familia campesina del occidente asturiano” de Asunción Díez. Pero, aún así, no deja de ser paradójico que una mujer que unos años antes de parir había viajado a dos congresos internacionales de mujeres, uno celebrado en Berlín en 1896 y otro en Londres en 1899 en el que había hablado desde el atril sobre las mujeres y los niños, y sobre las repercusiones que sus condiciones de vida tienen sobre la sociedad, finalmente no tuviera la valentía de enfrentarse a su madre y su “suegra” y poder criar a su propio hijo, independientemente de estar casada o no. ¿Por qué negarle la identidad y el cariño a un niño, que no tenía permitido saber que aquella elegante mujer que le visitaba era su madre, para cumplir los designios de dos abuelas y el padre de la criatura? Al final está claro que se sacrifica al más débil…

Mario Montessori

La perspectiva de Mario que se narra en el libro de Kramer puede resumirse en que tenía vagos recuerdos sobre una mujer bella que le visitaba de vez en cuando y sobre la que él proyectaba sus fantasías maternales, ya que las personas que le criaban no eran sus verdaderos padres. Con siete años le mandaron a un internado, una institución que todo el mundo sabe que se suele caracterizar por su calidad y empatía hacia la infancia, cerca de Florencia y las visitas de María siguieron sucediéndose, pero nadie le explicaba nada.

Un año después de la muerte de la madre de María, la que se oponía a que su hijo fuera reconocido públicamente como su hijo para que ella pudiera desarrollarse profesionalmente, sucedió algo importante. Fue un día de primavera de 1913, cuando tenía 15 años, recuerda Mario. En una de las visitas de María, simplemente dijo “Sé que eres mi madre” y también le dijo que quería irse a vivir con ella, a lo que María no se opuso. Y, como en los finales de los cuentos, vivieron felices y comieron perdices, ya que él jamás se separó de su lado y fue un pilar muy importante de las organizaciones que fundaron.

A partir de ese momento, Mario rechazó apellidarse Montesano y se llamó Mario Montessori a secas. De esta forma, reflexiona Kramer, se protegía al padre, que estaba casado y tenía una familia propia, pero también era una forma de negar al padre y quitarle de en medio. Sin embargo, a pesar de que vivía con ella, no le presentaba todavía como su hijo. Más tarde, en su viaje por California en 1915, le presentaría como su sobrino y después como su hijo adoptivo. En 1929 todavía no le reconocía públicamente como su hijo biológico.

Después de leer el libro sigo sin comprender esta historia, no puedo entender que alguien dedique su vida al estudio universitario y a la implementación de métodos escolares mientras no es capaz de hacer un corte de mangas a los convencionalismos sociales, al padre, a la madre, a la suegra, a la sociedad entera, al feminismo, al patriarcado, al matriarcado, al “arcado” (poder) mismo. ¿Para qué sirve la fama y el reconocimiento si no puedes criar desde tus entrañas? No lo entiendo y no soy capaz de reconocer los avances de su método pedagógico (yo no creo en la escuela en general) porque el verdadero avance para la humanidad hubiera sido ese atrevimiento, esa subversión en nombre del amor a un bebé del que te separan nada más nacer. Esa es para mí la verdadera revolución pedagógica Montessori que nunca se realizó, la que hubiera enseñado a la gente, a la alta sociedad, a las élites políticas y económicas, al feminismo naciente, lo verdaderamente importante en la vida. No lo que hay que enseñar a los niños de los barrios bajos o altos, a los marginales, a los retrasados, a los listos, a los ricos, y cómo deben aprenderlo. No, esa pedagogía es inútil o incluso perjudicial, porque el ser humano ha vivido sin escuela durante milenios y los niños han aprendido lo que tenían que aprender de la vida sin necesidad de pedagogos.

La pedagogía que podría haber aportado al mundo tenía que haber sido hacia los adultos de su entorno, en primer lugar, y hacia los adultos de la llamada “vida pública”, universitaria, presidentes de Estado, empresarios, reyes… Esos sí necesitan que alguien les muestre lo que es el amor más básico y sencillo con un simple acto de valentía, sin necesidad de métodos grandilocuentes ni apellidos de renombre. Y es que, si tener un hijo va a ser un obstáculo en tu carrera profesional o a tu reputación, quizás esa carrera y esa reputación son sencillamente una mentira, un artificio, una basura empapelada con un papel muy bello y brillante, pero que debajo no tiene nada, humo. Ideas sin cuerpo. Humo. Así podríamos describir gran parte del conocimiento humano enseñado en las universidades y la alta cultura en general, todo basado y apoyado en criadas y nodrizas que ponen su energía y su vida para que otros puedan crear algo en teoría más valioso o, al menos, valorado socialmente.

Escuela Montessori. 1932, Barcelona.

Relacionado:

  • Hay una película biográfica que cuenta esta historia a modo de ficción, pero con aportaciones y diálogos inventados sobre el tema de su hijo que no figuran en la biografía de Kramer:

  • La biografía de Rita Kramer, prologada por Anna Freud, todo un panegírico de María Montessori:

Alice y Martin Miller

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Soledad, aislamiento, rotura de vínculos intergeneracionales y horizontales.

Emigración, persecución y La Gran Guerra.

Falta de maternaje durante el parto y puerperio por parte de la abuela, hermanas, tías, amigas y la comunidad.

Miedo al parto y falta de apoyos en la lactancia.

(Y se me olvidaba, porque está implícito y no menos importante: la violencia obstétrico-pediátrica).

Malos comienzos…

Esto es todo lo que me evoca este pequeño fragmento de “El auténtico «drama del niño dotado»” de Martin Miller, en el que habla de la relación que tuvo con su madre, la gran investigadora de la infancia polaca Alice Miller. Así le contó su madre cómo fue su nacimiento en 1950, cuando ella y su marido estaban en plena redaccion de su tesis doctoral en Suiza:

“Cuando llegó el momento y comenzaron las contracciones, me fui al Hospital Cantonal de Zúrich. Tenía mucho miedo al parto. En el paritorio me dio un ataque de pánico y regresaron todos mis antiguos miedos. Me sentí totalmente indefensa y, en ese momento, se pararon de repente las contracciones. Pasarían tres días hasta que pude realizar un nuevo intento de traerte a este mundo. Durante esos días, paseé por la zona de Zürichberg (un área residencial de la ciudad de Zúrich), atormentada por un enorme sentimiento de culpa y por mi miedo de haber fracasado como madre. Me sentía sola ante mi destino. Nadie me apoyaba, ni siquiera tu padre. Por fin, las contracciones comenzaron de nuevo y naciste sano. Esta vez el parto transcurrió sin dificultades, pero, apenas habías llegado al mundo, comenzaron las primeras complicaciones: me sentía desbordada contigo, un niño desvalido, y tú tampoco me lo ponías fácil. Te negaste desde el primer momento a engancharte a mi pecho. Eso me entristecía mucho. Me sentía decepcionada, porque mi hijo me rechazaba a mí y al amor de madre que quería darle. Decidí extraerme leche que tú bebías en pequeñas dosis”.

Es raro el autor que se atreve a hablar sobre la relación con su madre, mucho menos cuando todavía está viva. Pareciera como si hubiera que respetar el silencio hasta su muerte, para proteger su memoria o no dañarla mientras pudiera sufrir o, peor aún, dar su propia versión de los hechos. Pero, por otro lado, una vez muerta ya no puede defenderse de las acusaciones del hijo. Martin Miller, hijo de Alice Miller, la famosa investigadora de la infancia y escritora, no es una excepción a esta regla no escrita. Sin embargo, él sí reivindica la verdad y valía de la obra de su madre que él mismo aplica con filtros y aportes propios en su práctica como psicólogo.

La biografía del hijo

Estamos ante un libro lleno de aristas y matices. No es fácil escribir sobre él, supongo que porque nos interpela y provoca preguntas en nosotros mismos sobre nuestras biografías y las de nuestras madres, padres, ancestros. Creo que lo más aconsejable es ceñirnos a los hechos, en primer lugar, empezando por lo que Martin recuerda de su infancia:

  • Martin Miller nace en 1950. Su madre le cuenta que tuvieron que dejarle con “una conocida”. La explicación a posteriori fue: “Como tu padre y yo estábamos ocupados con la tesis y apenas había espacio en la casa para criar a un niño al mismo tiempo, tuvimos que dejarte con ella”.
  • Lactancia materna. ¿Por qué decía Alice Miller que su hijo no quería tomar leche materna? Según Martin, esa experiencia marcaría el resto de su relación porque ese patrón siguió reproduciéndose con otros temas. En la interpretación del hijo, sin embargo, me parece que hay una contradicción. Él afirma que su madre no soportaba que él tomara sus propias decisiones, como rechazar su pecho, pero que a la vez no soportaba las necesidades de simbiosis de un bebé con su madre. Es probable que, como otros tantos bebés y mamás, los comienzos de su lactancia fueran difíciles y duros por el entorno en el que se encontraban. ¿Qué hubiese pasado si hubiera aparecido un ángel de la lactancia, una mujer con experiencia que con cariño le hubiera observado una toma y le hubiera dado algún truquillo para mejorar el agarre? No sabemos qué ocurrió esos primeros días pero ese puerperio suena muy duro y conflictivo, como tantos y tantos otros hoy en día, donde nacemos en ambientes totalmente antilactancia (incluso aunque el discurso sea prolactancia). La realidad es que, a pesar de que ella lo viviera así, su hijo no la rechazaba a ella como madre. Su hijo, como todos los bebés al nacer, quieren estar con su madre.
  • Martin relata que esta “conocida” le trató mal durante las dos semanas que estuvo con ella hasta que llegó su tía Ala a salvarle. Hubo muchos llantos, gritos y casi la muerte. ¿Qué se le pasaba por la cabeza a Alice Miller para desvincularse de su hijo de esta forma? ¿De dónde partía esa desconexión y esa falta de empatía? ¿Quizás era una forma de sublimar la frustración y no sufrir? ¿Una huida? Martin apunta varias hipótesis a lo largo del libro.
  • Después de este segundo mal comienzo Martin viviría en casa de su tía, su auténtica salvadora, y su familia durante su primer año de vida. Sus padres eran extraños para él.
  • En 1956 nace su hermana Julika con síndrome de Down. Según Martin, esto supuso otra crisis de pareja. Como “solución” les dan en acogida a los dos. Martin estaría fuera desde los 6 a los 8 años en un “hogar para niños”. Un tercer “mal comienzo” y más distancia y frialdad.
  • A los 8 años vuelve a casa y de nuevo se siente extraño en su propia casa. Sus personas de referencia serían “miembros del servicio, doncellas y niñeras” y encima siempre cambiantes, según él, porque su madre no soportaba que él se apegara más a ellas que a su propia mamá. Es decir, Alice Miller se comportaba como el perro del hortelano, que ni se vincula a su hijo ni deja que se vincule con otras.
  • Su padre era encantador y violento en momentos diferentes e imprevisibles. Le pegaba cuando ella no estaba y, según él, su madre era cómplice porque lo permitía y, además, estaba todo el día ausente en su mundo del psicoanálisis. “Yo no tenía la sensación de que a mis padres les interesara lo que me sucedía”, afirma. Llama la atención que, a pesar de que el violento era el padre, Martin Miller haya escrito un libro sobre su relación con su madre. Es como si la relación materno-filial fuera muchísimo más visceral e imprescindible que la otra. Le dolía más la distancia y desvinculación de su madre que los golpes y la actitud del padre.
  • Con 17 años pidió él mismo irse a un internado católico con mucha disciplina. Paradójicamente, se sentía allí mejor que en casa.

El libro continúa con las peripecias de su relación a lo largo de los años, en especial marcados por los intentos de control de la madre sobre el hijo y los enfados cuando él elegía su propio camino vital. Fue una relación con idas y venidas, con distanciamientos y acercamientos durante muchos años, hasta el suicidio o muerte programada de Alice Miller el 14 de abril de 2010.

La biografía de la madre vista por el hijo: Alicija Englard

Martin Miller, como hijo, ha reconstruído a través de su propia investigación y se ha explicado a sí mismo con este libro lo que él cree que le pasaba a su madre, a las diferentes Alicias que vivían en ella en cada momento de su vida. Es un viaje a través de la construcción de la identidad y la biografía entremezclada con la época histórica que les tocó vivir.

La primera Alicia es Alicija Englard, su primer nombre, el apellido de su padre y su nombre polaco. Nació en una gran familia extensa judía en Piotrków, un pueblo de Polonia, en la que convivían tres generaciones bajo el mismo techo llenos de lujos para la época. El patriarca, el abuelo, Abraham Dov Englard, tenía una tienda de “artículos para el hogar” que iba muy bien, el equivalente quizás de lo que ahora llamamos “un chino”. En la generación de los hijos, cada uno de ellos tomó caminos diferentes en cuanto a nivel de religiosidad y liberalidad. El padre de Alicija se llamaba Meylech y fue el que siguió el camino marcado por su padre, también en cuanto a religiosidad.

El patriarcado no era una pantomima teórica en esa casa, se hacía carne en cosas tan concretas como que Meylech no pudiera elegir a su esposa y fuera elegida por el abuelo Abraham, a pesar de que él estaba enamorado de otra mujer. Frustración. El patriarcado genera muchas frustraciones y sufrimientos, que se encarnan también en la crianza y en el vínculo con los hijos, a lo largo de las generaciones. El abuelo eligió a Gutta, la mamá de Alice Miller. Como le dijo una de las primas a Martin cuando se documentaba para el libro: “No los unía ningún vínculo emocional y durante toda su vida vivieron como dos extraños.” De nuevo vemos cómo en el libro hay mucha gente que se siente extraña dentro de su propia familia, que sienten que no encajan y que no les une nada a las personas con las que tienen que convivir. Parece como si una gran mentira y un gran teatro sobrevolara todas las relaciones.

En esta parte del libro también vemos cómo toda la familia de Abraham, sus hijos y sus parejas, pertenecían a la clase media-alta y tenían personal de servicio, criados que realizaban las labores de cuidados. Estas tareas, por tanto, no las hacían las mujeres de la familia. Esto no es un detalle baladí, es un elemento importante que ha caracterizado la psique de muchas personas en nuestra sociedad. El pensar que los cuidados y la limpieza de la casa son tareas menores, subalternas, que no dan estatus ni prestigio y que, por tanto, lo ideal es que sean realizadas por gente “inferior” ya sean esclavos, en otras épocas, o trabajadores domésticos, es un elemento clave de nuestra civilización. Todo el que “se lo puede permitir”, lo primero que hace es pagar a una asistenta para que limpie su casa. Esto es posible porque el dinero que uno gana por hora de trabajo es superior al que paga por la limpieza de su hogar, si no, no saldría a cuenta. Esto es todavía más importante cuando de cuidados infantiles se trata. Desde la mirada de las élites y las clases altas, el cuidado de los hijos ha sido tarea de nodrizas y criadas, como ya vimos en el artículo sobre Simone de Beauvoir y su cuidadora Louise, no de las madres biológicas.

El que la crianza haya sido considerada una carga y un trabajo manual penoso e impuro a evitar en determinados ámbitos sociales dice mucho del mundo que hemos heredado en cuanto a prioridades vitales se refiere, comenzando porque el dinero o el poder como fin en sí mismo ha estado por encima de los vínculos íntimos y las sensaciones/emociones que ellos nos reportan. Pareciera como si esa escala de valores se nos clavara en los huesos, en la piel, en las entrañas y nos dijera: “Tú no eras suficientemente bueno para que yo te cuidara. Yo tenía cosas más importantes que hacer. Tú estás por debajo en mis prioridades”. Esta triste verdad nos bautiza desde el nacimiento en la percepción de nosotros mismos como algo imperfecto, ausente, carente, culpable. No tenemos autoestima ni una imagen de nosotros como alguien de valor, alguien digno de amor y de cariño que merece ser cuidado en primer lugar por nuestra madre y también por personas del entorno íntimo y horizontal en un ambiente de apoyo mutuo y no de intercambio monetario. Y esa carencia, la gran carencia, la volcamos en todo tipo de adicciones sustitutivas: alcohol, drogas evasivas, televisión, fútbol, prensa rosa, Facebook. La volcamos en todos los grandes pecados capitales. Todo esto ya no es patrimonio de las élites y las clases altas ya que gracias al sistema productivo la externalización de los cuidados fuera de la familia es también la norma en la gente corriente.

Alicija, según su prima Irenka, era una niña muy inteligente, rebelde y solitaria, una niña que estaba todo el día leyendo libros y planteando preguntas. No se adaptaba a lo que le había tocado, el judaísmo ortodoxo, y se empeñó en ir a una escuela polaca. No se sentía a gusto en su casa y prefería estar en casa de su tía, judíos liberales o no religiosos. Una vez más, una persona que se sentía extraña en su propia casa. Durante un tiempo, cuando tenía 9 años, se fueron a vivir a Berlín hasta que Hitler llegó al poder, lo que trastocó su vida allí y tuvieron que volver a Polonia.

El desafío que Alicija planteaba a las ideas religiosas judías son válidas también para otras religiones como el catolicismo o el islam (que pertenecen a la misma rama) u otras. Ahora mismo en muchos lugares del mundo hay niños y niñas desafiando con total legitimidad todo lo negativo recibido de las generaciones anteriores. Creo que Martin pasa un poco de puntillas sobre este aspecto ya que a él le educaron en el catolicismo y le pasó lo contrario que a su madre, no pudo tener ningún contacto cultural con el judaísmo que siempre fue mal visto en su casa. Ahora de adulto pareciera como si lo echara de menos y sintiera que tiene que salir a defender esa religión denostada por su madre obviando que seguramente ella tenía argumentos de peso para cuestionar sus fundamentos y rebelarse contra un Dios que se atreve a decirle a un hombre, curiosamente llamado como el abuelo de Alicija, Abraham, que matara a su hijo en sacrificio para demostrarle su sumisión. Todo ello para después decirle: “¡Que no! ¡Que era una broma!”

Hitler y el nazismo: Alice Rostovska

El nazismo perseguía a los judíos y Alicija era, por tanto, una perseguida que además negaba el judaísmo como ideología “opresora, agobiante y misantrópica”. Ser una perseguida por una etiqueta identitaria de la que, además, reniegas y rechazas en tu propia vida tuvo que ser especialmente traumático. Pero durante su infancia, como explica Martin Miller, la opresión subjetiva que ella sentía como verdaderamente real era la del judaísmo familiar, no la opresión externa y social del nazismo.

La persecución más fuerte llegó cuando comenzó la guerra, con la invasión alemana de Polonia. Es en ese momento cuando nace Alice Rostovska, nombre falso que usó para sobrevivir en Varsovia entre 1941 y 1945, un nombre de polaca “no judía”. Alice fue capaz de salvar y esconder a su madre en el campo y a su hermana en un convento católico. Y es también en este momento cuando entra en escena el personaje tenebroso de “el chantajista” y cobra especial relevancia el hecho de que su madre, en lugar de ser un elemento protector o nutricio, constituyera una amenaza y una pesada carga para una casi adolescente como ella: “Asimismo, mi madre acusaba a su madre de haber terminado en manos de un chantajista que amenazaba con entregarlas a los invasores alemanes. Una y otra vez me contaba cómo había tenido que darle sus perlas, la “última joya”, para pagarle. Y que eso había sido culpa de su madre. Más tarde, cuando escribía este libro, me pregunté si eso había sido así. Alice Rostovska era entonces una mujer muy joven y sospecho que el chantajista no estaba sólo interesado en sus joyas y en su dinero.”

Ahí lo deja a nuestra imaginación. No sería extraño que hubiera vivido violencia sexual, como tantas otras mujeres en todas las guerras, pero no lo sabemos y es aventurado especular. En otro momento del libro dice que el hombre que la extorsionó y acosó durante la guerra era de la Gestapo polaca y que se llamaba Andrzej, como su futuro marido.

La inteligencia de Alice Miller fue lo que hizo que ella y su familia lograran salir del gueto de Piotrków y evitaran el destino de los campos. Contactó con la organización clandestina del guetto y consiguió un pasaporte falso. Alice Rostovska se convirtió en un personaje a interpretar para Alicija Englard, una interpretación dramática. Como le contó a su hijo, tuvo que matarse para sobrevivir en Varsovia, autocontrolarse y vivir bajo un estrés extremo de ser descubierta como impostora durante su etapa en Varsovia. Tuvo que autoconstruirse una nueva identidad falsa que negara todo su pasado y, peor aún, sus vínculos, como la relación con su mejor amiga del colegio a la que tuvo que decir que no la conocía de nada cuando se vieron. Todo el mundo era un potencial enemigo que podía denunciarla, lo que supondría su asesinato inmediato. Además, había extorsionadores profesionales sin otra cosa que hacer. Estas vivencias suponen un estrés brutal y constante. Son cortisol en vena. Son la activación de los mecanismos más básicos y primales de la supervivencia humana durante demasiado tiempo. Y tienen unas consecuencias vitales, en ella y en las generaciones siguientes.

Pero aún hay más… Martin Miller no sabía nada más de lo que ocurrió en esa época en su familia pero, al escribir el libro, se ha enfrentado a esa parte de su pasado ancestral y ha recompuesto el puzzle con sus investigaciones. Ahora sabe que sus bisabuelos, Abraham Dov Englard y su esposa, acabaron en un tren hacia el campo de concentración de Trevlinka y murieron allí gaseados. Meylech, el padre de Alice, murió en el gueto de Piotrków por problemas de salud, sin renunciar a su propia identidad, para bien y para mal, lo que también tuvo que suponer un gran impacto en Alicija que, entre el enfrentamiento y la huida, eligió una mezcla de ambos. Es patético que a día de hoy exista todavía gente que niegue la persecución, explotación esclavista y asesinatos de judíos y otros colectivos por parte del nazismo.

Con 21 años, en medio de la única revuelta de organizaciones clandestinas polacas que hubo contra los alemanes, logró escapar junto a su hermana y pasarse al lado ruso, donde trabajó en un hospital militar, conviviendo con los resultados de la violencia bélica y todo lo que nos podamos imaginar que sucede en un hospital de este tipo.

Los lazos de sangre de Alicija Englard

Hubo un momento clave en su vida en el que podía haberse ahorrado todas las penalidades de la guerra y la persecución si hubiese escapado con la familia de sus tíos. Sin embargo, el deber de la tradición y los lazos de sangre suponían seguir la responsabilidad de permanecer con sus padres biológicos y su hermana y salvarlos, a pesar de ser ella misma una adolescente. Antes de suicidarse, renegó de esta decisión y confesó que se arrepentía de haberla tomado, pero desde fuera parece lo más ético y valiente que pudo hacer. Escogió la salida difícil, la que le unía a sus lazos de sangre más íntimos, a pesar de que no les amaba. En teoría, hizo “el bien” pero le hubiese gustado haber hecho “el mal”. Las grandes paradojas de la vida…

Toda su vida vivió con el miedo al nazismo, incluso cuando este ya no era un peligro cotidiano para ella: “Tenía mucho miedo de que me detuvieran en algún momento por haber ocultado mi identidad judía con un nombre falso. Durante décadas tuve miedo de que pudieran venir los nazis y encerrarme en un campo de concentración. Era una idea tan insoportable que decidí traicionar mi propia identidad”.

Alice Miller, la esposa de Andreas (Andrzej) Miller

Martin Miller recuerda los maltratos de su padre, profesor de sociología, como algo impredecible. Recuerda que sus padres siempre estaban discutiendo y tenían una dinámica destructiva entre ellos. Su madre le contó que Andreas (se cambió también el nombre al irse a vivir a Suiza) era muy celoso y también la había perseguido en Polonia hasta “conquistarla”. Ella ganó una beca a Suiza y él hizo lo posible para que se la dieran también, a pesar de ella. Después la mantuvo a su lado a base de chantaje emocional.

El mundillo del psicoanálisis de Suiza fue para ella una liberación y la búsqueda del “cuarto propio” que, como muchas veces sucede, se construye a costa de los cuidados de otra persona que te lo limpie y adecente. Es cierto que en estos casos se libera la mujer del marido, pero ¿qué pasa con el hijo? ¿Se la libera también de él? ¿Por qué le abandona? La sensación de secuestro emocional que vivió con su marido tenía un paralelismo con el secuestro del acosador de la Gestapo. Te protege pero le debes obediencia. Lo que viene a ser la definición del patriarcado legal en los códigos civiles, como bien explican Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora en el libro Feminicidio.

Los traumas de la guerra se encarnan en los vínculos. Pero no son los únicos…

Podría hablar de más aspectos del libro pero me parece que lo esencial del mismo es ese descubrimiento una vez más de la divergencia entre la teoría y la práctica, del discurso y la acción*. ¿Cómo una de las personas más lúcidas a la hora de estudiar la infancia y los vínculos con los padres pudo tratar así a sus propios hijos? ¿Para qué sirve tanta lucidez si en lo verdaderamente importante, que no es escribir un libro sino criar a un hijo, no estamos presentes? Martin Miller creo que piensa que fueron los traumas de guerra los que dañaron su relación con su madre. Esto no dudo que sea cierto en gran parte,  pero creo que obvia otra dimensión del problema, los traumas sociales y culturales del entorno. Ya antes de la segunda guerra mundial había libros que promovían la total desconexión del instinto de protección y cuidado de las madres respecto a sus hijos (ver mis artículos sobre Luther Emmett Holt y demás). Las mujeres han tratado bien y mal a sus hijos, incluso han practicado el infanticidio en multitud de ocasiones y en todo tipo de culturas. La ambivalencia maternal humana es normal y es una realidad, pero esa desconexión tan característica que destila el libro de Martin Miller es propia del siglo XX, tiene unos elementos exclusivos del momento que vivieron y todavía muchos de sus pilares siguen en pie en la Europa del siglo XXI.

Martin Miller creo que debería estudiar, además de los acontecimientos históricos que influyeron en su familia, las costumbres de crianza asociadas a los nuevos modos de producción, a la industrialización, el colonialismo, el capitalismo, la biopolítica de esos momentos. Y a la vez, otro elemento nada desdeñable, como es desde el nacimiento del Estado en Mesopotamia y en otras culturas estatales de la esclavitud, la servidumbre, el papel de la prostituta, la nodriza, la criada, el esclavo. Los bebés de las elites del poder y las clases altas han sido criados por las madres de las clases populares. Esto es fundamental y merecería muchos días de reflexión profunda, una reflexión que todavía queda por hacer, ya que no ha sido un tema importante para nadie. No lo fue para Freud, criado por su nodriza Resi Wittek. No lo fue para Marx, al que le cuidaba y cocinaba a él, a su mujer y a sus hijos, su criada-sierva Helene Dumuth, con la que además tuvo un hijo del que se desprendieron. No lo fue para Simone de Beauvoir, criada por Louise y no por su madre. No lo fue para Virginia Woolf, a la que cocinaba y limpiaba su sirvienta Nellie Boxall. No lo fue para Rousseau, que abandonó a sus cinco hijos nada más nacer en un orfanato estatal. No lo fue para María Montessori, que dejó a su hijo Mario con una nodriza sin nombre a las afueras de Roma. No lo fue para Wilhelm Reich, que tenía otras cosas más importantes que hacer que estar con su hija Eva, criada por su cuidadora Mitzie.

Dice Oliver Schubbe, en el epílogo del libro: “La generación de posguerra vivió las consecuencias psíquicas de la guerra en sus padres y las repercusiones en la sociedad. Los niños experimentaban los sentimientos de los padres, sus señales no verbales a través de la mirada o del contacto físico. Pero los padres no eran capaces de explicar a sus hijos el origen real de estos sentimientos o señales. Y este silencio dejó a los niños solos con sus preguntas: ¿por qué se lo tenían que comer todo? ¿Por qué no podían tirar las cosas? ¿Por qué sus padres no los querían coger en brazos? ¿Por qué sancionaban su rabia infantil? ¿Por qué no podían expresar intensamente sus sentimientos? ¿Por qué sus padres no se tomaban en serio sus preocupaciones infantiles? ¿Por qué nadie los consolaba? ¿Por qué sus padres no respondían a sus necesidades? ¿Por qué sus padres estaban tan descentrados o preocupados? ¿Por qué tenían ellos, ya de niños, que asumir una función o una responsabilidad en la familia? ¿Por qué parecían tan importantes la seguridad, la decoración de la habitación, los juguetes, el dinero de bolsillo, los viajes y todo lo que no habían tenido sus padres?”

Volviendo a estas latitudes y a la época en la que nos ha tocado vivir, quizás va siendo hora de que revisemos el impacto psicológico de la Guerra Civil y el franquismo en nuestras familias a través de las generaciones y también la otra parte, de la que no habla Martin, la cultural. Tenemos que hablar del impacto del éxodo, la diáspora y la aculturación de nuestros abuelos y bisabuelos en el abandono del campo a la ciudad; del impacto de criar en soledad entre cuatro paredes, todo el día un adulto con un niño, sin más vida social ni más apoyo, sin familiares que puedan permitir que las madres se echen una siesta, sin “alomadres”; tenemos que hablar del aislamiento y el agotamiento; del dolor de dejar al bebé en la guardería con cuatro meses; hay que hablar de cómo influye el trabajo asalariado en cómo criamos a nuestros hijos y la alienación que rezuma de todas esas teorías de crianza y todas esas etiquetas grandilocuentes con las que nombramos nuestra forma de relacionarnos con nuestros bebés.

*Actualización 14/05/2017: Matizo, gracias a un comentario de Gulliver en la entrada “Carta a Alice Miller: “feminismo”” en la que me recuerda que entre el nacimiento de Martin y Julika y la elaboración de sus teorías median 20 años. Bueno, fueron menos años, pero aún así es cierto que no fue a la vez. Lo que sí dice Martin es que su madre le pidió perdón e intentó mejorar la relación pero simpre y cuando aceptara tomar el camino que ella le marcaba para su sanación. Si él se negaba ella volvía a sentirse rechazada como madre. Aún así, él recalca en todo el libro que las teorías de su madre son válidas.

Carta a Alice Miller: “Feminismo”

Haz lo que digo pero no lo que hago: Jean Jacques Rousseau y Thérese Le Vasseur

Louise, cuidadora de un bebé llamado Simone (de Beauvoir)

Lazos de sangre

El origen de los estilos de crianza actuales

El origen de los estilos de crianza actuales (2ª parte)

 

Louise, cuidadora de un bebé llamado Simone (de Beauvoir)

Simone de Beauvoir, sua mãe e sua irmã Helen. copy

Simone, Françoise y Helene

Hoy escribo un post “corto” y rápido, en comparación a lo que suelen ser los artículos de este blog. No tengo demasiado tiempo últimamente pero, a pesar de no poder escribir, pienso en bastantes asuntos durante el día mientras  hago otras cosas. Otras cosas. Esas otras cosas que tantas mujeres han hecho a lo largo de la (pre)historia.

Hoy hablo de un bebé llamado Simone que vivía en Paris y era cuidado por una criada, una “nannie”, una empleada de los Beauvoir. La cuidadora se llamaba Louise y parece que no nos ha llegado su apellido. A nadie pareció importarle demasiado el apellido de la persona que alimentó, durmió y paseó a Simone y Helene, su hermana, y que realizaba las tareas del hogar en toda la casa. Como podemos leer en la biografía de la famosa feminista firmada por Deirdre Beir en su página 33 su nacimiento fue corto para ser el primero de su madre, Françoise.

“Si hubo alguna decepción por no haber sido chico no fue expresado por ninguno de los padres, especialmente Françoise, que sufrió siempre por haber tenido la desgracia de ser la primera y mujer”. El libro nos explica que su cuarto fue el que había sido previamente de la criada, una habitación blanca minimalista con una cuna al lado de la cama de Louise, ya que “ella era la responsable de las rutinas de cuidado físico de la niña. Además de sus otros trabajos de la casa, Louise tenía que bañar y alimentar al bebé, después llevarla al parque para que se aireara diariamente”.

La madre, Françoise, no hacía estas cosas ella, como vemos, pero sí se preocupaba de informarse de las últimas recomendaciones sobre rianza, sobre las mejores comidas para el bebé y “a menudo ayudaba a Louise a aplastar lo que parecía más apropiado para que comiera la niña en pleno desarrollo, pero la mayor parte del tiempo estaba ocupada con las obligaciones sociales de una joven matrona y las elaboradas preparaciones para la llegada de su marido a casa cada tarde”.

Según explica el libro de Deirdre Beir, el papá de Simone llegaba tarde, entonces jugaban con ella los dos “antes de que Louise se la llevara a la cama, y cenaban cuando Louise volvía a servir la comida que había cocinado”. Impresionante, no podían ni servirse la comida ellos mismos. ¿Se les romperían las uñas por poner la mesa? No lo sabemos. Continúa el libro: “Después, mientras Louise limpiaba, Françoise se sentaba con su tarea de ganchillo mientras Georges le leía algún texto elegido para ilustrarla y educarla. Françoise se sentía un poco culpable por recibir todas estas ideas masculinas, así que se comprometía con tener sus manos ocupadas con el “femenino” ganchillo, declarando su intención de cubrir cada espacio del apartamento con un ejemplo de su precioso trabajo manual. Era un tiempo glorioso en su matrimonio: sus ganancias eran pequeñas pero seguras, y vivían en un apartamento que Françoise, con la supervisión de George, había amueblado y decorado en lo que consistía buen gusto para su época; tenían un bebé precioso; y ahora, al lado de la familia del hermano de George, Gaston, y una multitud de familares, Françoise tenía su propia familia en Paris”.

Al margen de las propias interpretaciones de la biógrafa de Simone de Beauvoir me llama la atención que les preocupara tanto la salud física y no la emocional del bebé, en esa separación cuerpo-mente tan característica de la cultura de las elites. También llama la atención que su salario fuera considerado “pequeño” mientras podían permitirse tener una trabajadora interna que les limpiaba la casa y les criaba a su bebé. Eso en nuestra época sería considerado un salario alto.

En otra biografía, esta vez escrita por Ursula Tidd podemos leer que “Simone y Helene eran cuidadas por Louise. Françoise interpretaba el papel de mujer joven y bella, una madre adorada aunque emocionalmente distante”. En la página 29 del mismo libro leemos que Simone de Beauvoir tenía “culpa del superviviente” en relación a la muerte de su mejor amiga Zaza pero que no había sido la primera vez en su vida que sentía algo así. “En su infancia, poco después de haberse mudado a la calle de Rennes, la muerte del bebé de su antigua doncella Louise la había conmovido profundamente, no menos por las circunstancias socioeconómicas en las que había ocurrido. Louise había dejado su trabajo para casarse, aunque Françoise todavía la visitaba. El efecto de esta muerte se disfraza finamente en La Sangre de los Otros y enlaza con la culpa de la protagonista concerniente a su privilegio com miembro de la burguesía y del escándalo existencial de la muerte”. 

Aquí la llamada “culpa del superviviente” parece un sentimiento de autoodio por pertenecer a la burguesía y sentirse privilegiado respecto a los sirvientes. Todo esto me hace reflexionar y pensar que, al contrario de las clases sociales de las que hablan los marxistas, el mundo siempre se ha dividido entre los que cuidaban a sus propios bebés, las madres y otras figuras del entorno familiar o vecinal, y la clase social que dejaba el cuidado de los bebés y la casa a esclavos, criados o empleadas domésticas. Al contrario de poner el énfasis en quién poseía la propiedad de los medios de producción quizás deberíamos preguntarnos quién cuidaba a los bebés y descubriríamos otra nueva forma de delimitación de las clases sociales, la establecida por los cuidados.

No he encontrado ninguna imagen de Louise, ni conozco su apellido. Esto me hace pensar que para los historiadores y estudiosos de la figura de Simone de Beauvoir tampoco ha sido muy importante esta mujer ni los cuidados que suministró con su trabajo. Los cuidados en general no han sido importantes tampoco en el estudio de la Historia. Yo los reivindico y creo que alguien tendría que publicar un libro con los nombres de las cuidadoras, sus historias de vida. Son personas importantes y de gran relevancia histórica y social. Como en el caso de la nodriza de Freud, Resi Wittek, no se puede entender el psicoanálisis sin entender su relación con ella y, sobre todo, no se pueden entender los sesgos de su teoría, por ejemplo, en el tema del complejo de Edipo. Es de vital importancia. ¿Cómo a nadie se le había ocurrido antes? Con Beauvoir pasa lo mismo. ¿Cómo entender su pensamiento sobre “la mujer”, sobre “el hombre”, sobre la “igualdad” sin comprender su crianza y cómo se gestionaba su casa y los cuidados en ella? Ahí lo dejo para vuestra reflexión…

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Bibliografía adicional:

En castellano: Memorias de una joven formal. Aquí podemos leer:

“Le  debía  a  Louise  la  seguridad  cotidiana.  Ella  me  vestía  por  la  mañana,  me  desvestía  de  noche  y dormía en el mismo cuarto que yo. Joven, sin belleza, sin misterio, puesto que sólo existía –al menos  yo  lo  creía–  para  velar  sobre mi  hermana  y  sobre  mí,  nunca  elevaba  la  voz,  nunca  me  reprendía  sin motivo. Su mirada tranquila me protegía mientras yo  jugaba en el Luxemburgo, mientras acunaba a mi  muñeca Blondine bajada del cielo una  noche de Navidad con el baúl que contenía su ajuar. Al caer la  noche se sentaba junto a mí, me mostraba imágenes  y me contaba cuentos. Su presencia me resultaba  tan necesaria y me parecía tan natural como la del suelo bajo mis pies.  

Mi  madre,  más  lejana  y  más  caprichosa,  me  inspiraba  sentimientos  amorosos;  me  instalaba  sobre  sus rodillas, en la dulzura perfumada de sus brazos,  y cubría de besos su piel de mujer joven; a veces,  de  noche  aparecía  junto  a  mi  cama,  hermosa  como una  aparición,  con  su   vestido  vaporoso  adornado   con  una  flor  malva  o  con  su  centelleante  vestido de  lentejuelas  negras.  Cuando  estaba  enojada  me   miraba  con  ira.  Yo  temía  ese  fulgor  tempestuoso  que desfiguraba  su  rostro;  tenía  necesidad  de  su sonrisa”

Un análisis de los cuidados muy interesante: Carolina del Olmo

En ratitos libres voy viendo esta charla de Carolina del Olmo (autora de “¿Dónde está mi tribu?” sobre cuidados, crianza, maternidad, feminismos… Se puede estar de acuerdo con ella o no, pero se explica muy bien, piensa por sí misma, aporta frescura, ética y política a los debates sobre estos temas. Ojalá tuviera algo de tiempo pronto para escribir sobre esto en el blog. Mientras tanto… podéis ir al minuto 23-24 de esta charla:

Y aquí podéis leer y escuchar más material, como esta entrevista en la revista Playground y en la radio.

Otras intervenciones muy interesantes son estas de “El ADN de la vida. Crianza, cuidados y comunidad”:

Como mi tiempo anda un poco dividido entre ser mamá, asalariada a media jornada, danzante, vendedora online a tiempo parcial, amante y cuidadora, pues la verdad es que tengo menos tiempo del que me gustaría para analizar todo esto. Todavía no he leído el libro “¿Dónde está mi tribu?” pero estoy deseando hacerlo. Sí he leído, por ejemplo, este texto: http://nocionescomunes.files.wordpress.com/2013/02/radicalizar_cuidados.pdf

Y sobre él si que tengo varias cosas que decir. Estoy totalmente de acuerdo con la postura central y vital de los cuidados y me encanta que alguien aborde por fin la crianza desde un punto de vista ético y político. Normalmente la crianza se vive en soledad, y los padres y las madres se lo comen y se lo guisan solos. Los libros suelen abordar los temas de crianza desde puntos de vista psicológicos más que sociales y es ahí donde cobra sentido “el contexto” del que habla Carolina.

Me gusta todo el texto y en especial este fragmento:

“Dado que la vulnerabilidad y la dependencia son esenciales al ser humano, y no algo que les pasa a los demás, tendremos que entender que es tarea de todos cuidar, y que hay que repartir el cuidado por todo el cuerpo social. Si cuidar no es cosa de mujeres no es porque no sea asunto nuestro, sino porque es asunto de todos y todas. Todas las personas tendrían que poder cuidar de sus hijos, de sus mayores de sus amigos y de sí mismos. Cuidar es un derecho que en esta sociedad se nos niega. Pero es también una obligación moral: la intrínseca dependencia que nos constituye hace que sea una obligación dictada por la reciprocidad. Si estamos aquí discutiendo de esto es que alguien ha cuidado de nosotras. Y la reciprocidad por fuerza ha de ser la norma básica sobre la que se estructure una sociedad compuesta por individuos dependientes y vulnerables. Cuidar es cosa de todos porque todos necesitamos cuidado.”

Sin embargo, al llegar a las últimas páginas vienen las divergencias. No entiendo muy bien por dónde va cuando habla de “neomaternalismo” y “corriente pro-cuidados maternales”. Por un lado, le parece importante que esa corriente haya vuelto a dar valor a los cuidados, después de años de un feminismo que los negaba y los veía como parte de la opresión de la mujer. Pero por otro lado afirma:

“Pero es evidente que convertir el cuidado en el centro de la vida de una y quedarse ahí no nos puede valer.”  ¿A quién no le vale?  La mujer o el hombre que hacen del cuidado el centro de su vida me parecen muy respetables, si así lo deciden por libre elección. El problema es, más bien, que pocas veces decidimos.

Muchas veces criamos en soledad no porque queramos, sino porque nuestros familiares y amigos viven lejos y, además, no pueden, no quieren o no saben ayudarnos como necesitaríamos. Por ejemplo, yo deseé pedirme una excedencia porque tenía ahorros, pero ¿cuantas otras personas no han podido por estar en precario? Y aunque estuviera de excedencia eso no significa que no quisiera relacionarme con el mundo. ¡Es que el mundo ya no estaba hecho para nosotros! Largas distancias, transportes públicos, horarios incompatibles…

Yo creo que para nutrir tengo que nutrirme y empaparme de la vida extramaternal. Además, no quiero ser una madre autoreferencial. Sin embargo, sí que he vivido mi etapa de burbuja maternal y la he disfrutado plenamente, con sus claroscuros y su ambivalencia. Es cierto que no he querido saber nada del mundo durante unos meses. Es cierto que yo antes leía periódicos, me interesaba la política internacional y la economía y ahora solamente leo cosas relacionadas con la crianza, la neurociencia, la historia de la infancia, sobre embarazos, partos y lactancias. Pero porque ahora es eso lo que me interesa. Sí, cuidar a mi hijo ha sido el centro de mi vida y estoy orgullosa de ello. Era lo que los dos necesitábamos en esa fase.

Mi hijo es central pero no es el centro del Universo. Nadie lo somos. Y, de hecho, como dice Jean Liedloff, los niños necesitan cuidadores que tengan su vida, para poder seguirles como modelo, para aprender, para ser acompañados. No necesitan una madre o un padre que les observe sin cesar, sino alguien a quien observar en sus actividades diarias (comprar, trabajar, cocinar, ir en metro, ir a clase de baile…). Como dice mi compañero y el papá de mi hijo: “los hijos tienen que ser el centro pero sin que se den cuenta de ello”. Creo que más bien, los niños tienen que estar en el centro de la VIDA, no ser el ombligo del mundo. ¿Me explico? Es difícil encontrar ese equilibrio y yo no creo que lo hayamos conseguido, pero al menos lo tenemos en mente.

No. Las madres que nos dedicamos o nos hemos dedicado al cuidado de nuestros hijos a tiempo completo no somos seres aburridos y vacíos. No dudo que también existan, ¡ojo! y que, ¡qué demonios! tengan todo el derecho del mundo a dedicarse 100% a sus hijos y ser felices así.

Durante estos dos años de embarazo y puerperio he vivido una de las etapas más creativas de mi vida: he abierto una tienda online y he aprendido de la nada cómo se crea una, estoy escribiendo un libro, devoro literatura en todos los ratitos que puedo, me planteo preguntas filosóficas y políticas en torno a los cuidados y la maternidad, quiero cambiar el mundo a mejor, he dado el paso a convertirme en profesora de danza oriental prenatal y postparto después de años bailando… No sé, pocas etapas en mi vida han sido tan fértiles, nunca mejor dicho. Y eso que esta ha sido dura y he pasado momentos estresantes y mucho, mucho sueño. Por eso, me molesta un poco que una madre ahonde en la minusvaloración de las madres que cuidan a sus hijos como elemento central en su vida, entendiéndolo como excedencia o salida temporal del mundo laboral asalariado.

También creo que hay muchas cosas que cambiar en esta realidad de forma inminente. Por eso, estoy de acuerdo con ella en que hay vida más allá de la burbuja de la crianza. Y es ahí donde puedo compartir con ella cierta crítica al ensimismamiento maternal y paternal, su apoliticismo (que en sí mismo ya se delata como prosistema) y su falta de crítica frente al poder y la desigualdad. ¡Están pasando cosas ahí fuera! Guerras, hambre, injusticias, miseria, explotación, violencia, ignorancia, manipulación, abusos, mentiras…

Pero esto no quiere decir que no estén ocurriendo revoluciones en el mundo maternal: se reivindica el derecho a parir en libertad y seguridad y se reivindica el derecho a tener hijos y cuidarlos bien. Muchas madres y padres creen, y también lo creo yo, que el mundo sería bastante diferente si cuidáramos mejor a las personas empezando desde que son pequeñas. ¿Cuánta gente no va al psicólogo por problemas en la infancia o en su familia? ¿Cuántas personas no sustituyen la falta de cariño por el consumismo o los bienes materiales? ¿Cuántos niños y adultos consumen psicofármacos hoy en día?

Pero mi principal divergencia con el análisis del texto de Carolina del Olmo viene aquí:

“Y por eso creo que es importante despojar toda la conversación sobre la crianza y maternidad de los aspectos naturales y biológicos –que pretenden enseñarnos, por ejemplo, que la madre biológica es mejor para la cría que cualquier otro adulto cuidador; que ensalzan la virtud de la leche materna hasta el infinito y más allá; o que achacan a ciertas hormonas comportamientos radicalmente sociales y aprendidos…–, y es fundamental entender que la relación madre-hijo no es algo absolutamente único y especialísimo sino algo así como el caso más llamativo de la interdependencia humana que nos une a todos con todos en una red de reciprocidad, y de los cuidados que todos deberíamos asumir y recibir”.

Si la lactancia materna es el alimento destinado y mejor preparado para el cuerpo del bebé humano, ¿por qué no se puede decir? ¿Sería mejor inventarse una realidad paralela que nos guste más aunque sea mentira? Si algo es cierto, es cierto. Y si no se puede dar leche materna hay leche de vaca adaptada y hay leche materna de otras madres. De hecho, hay un movimiento creciente y del que nadie habla de madres que donan su leche a otras madres que no han podido dar el pecho. Solidaridad de mujeres en estado puro, cuidadoras cuidándose entre sí y cuidando a los bebés de otras madres. Claro, que al sistema actual de dominación no interesa darle mucha publicidad a esta opción, no vaya a ser que las mujeres dejen de debatir sobre lactancia en términos de “complejos de culpa” y comiencen a ayudarse y a empatizar unas con otras.

¿Por qué le molestan tanto los aspectos biológicos o “animales”? Es que, precisamente, es en la sexualidad, la menstruación, la maternidad y en los primeros meses de vida de los humanos donde mejor se ven estos aspectos. Lo siento, el ser humano es un animal, un animal muy especial dotado de cultura y todo lo que queramos, pero animal al fin y al cabo.

Por ejemplo, en el parto interviene la oxitocina y no lo vamos a negar para que alguien se quede más contento. La realidad no la podemos rechazar porque no nos guste o no se adapte a nuestras ideas o teorías previas. En la lactancia también interviene la oxitocina y la prolactina, y tampoco lo podemos cambiar. De hecho, en los partos medicalizados se utiliza oxitocina sintética, mostrando la relevancia del papel de esta hormona tan “insignificante” en nuestras vidas. Somos cultura pero también somos biología. No hay ninguna contradicción en ello, somos un todo. No hay necesidad de elegir una parte y desechar el resto. Es esa división la que permanentemente acecha el pensamiento Occidental: mente-cuerpo, emoción-razón, corazón-cerebro, instinto-aprendizaje, hormonas-cultura, físico-psicológico…

Yo no creo que reconocer que lo hormonal, físico e instintivo existe niege que somos también seres culturales. Pero obviar esta realidad nos aleja de nuestro cuerpo y de su enriquecedor conocimiento, un conocimiento que nos pertenece.

Respecto a lo de la madre biológica es mejor para la cría que cualquier otro adulto cuidador se podría decir que sí, que en relación a la lactancia materna la relación con la madre es por fuerza más intensa que con el padre. Bueno, y en relación al embarazo directamente es que la relación es, hasta que la ciencia no consiga úteros artificiales, totalmente clara. ¿Pero qué tiene de malo? ¿Por qué asusta tanto? ¿Para radicalizar los cuidados no se puede admitir una realidad tan básica? Y mira que muchas noches hubiese deseado que mi pareja tuviera leche en las tetas para darle a mi hijo mientras yo dormía, pero la realidad es que mi bebé me quería a mí y en ese momento era insustituible. No quería chupetes ni biberones, quería teta de mamá. ¿Me tendría que haber sentado con él a soltarle un rollo sobre género, paternidad, cultura y demás? Daría igual. Era un “cachorro” humano pidiendo lo que necesitaba.

Tampoco es necesario ceñirse a la lactancia materna, ¿cuántos bebés criados a biberón no gritan “mamaaaaa” en mitad de la noche y solamente se calman cuando viene ella y no él? Pero, vuelvo a lo mismo, ¿qué tiene de malo reconocer esto?

Radicalizar los cuidados es, en suma, asumirlos hasta lo más hondo y, a la vez, salir de casa. Negarnos a que lo más importante del mundo –la asunción del cuidado–, tenga lugar exclusivamente entre las paredes de nuestros apartamentos. Intentar a toda costa que la transformación a la que nos vemos sometidos como personas cuando cuidamos nos desborde e inunde toda la sociedad y al igual que nos ha transformado a nosotras,
transforme la organización social al completo.
Aquí no puedo estar más de acuerdo. Hay que radicalizar los cuidados y salir de casa, SI SE QUIERE. Y los cuidados tendrían que ser compartidos y apoyados por familiares, por amigos, por redes entre iguales…Y sí, creo que la crianza y el tratamiento de los cuidados tienen la capacidad de transformarnos como personas y transformar la sociedad, tanto para bien como para mal pero esto pasa también por reconciliarnos y conocer nuestro cuerpo y la parte más “biológica” de nuestro ser.