“Maternidad, Igualdad y Fraternidad”, un libro de Patricia Merino

Voy a ir al grano. El principal punto fuerte de este libro es que hay mucho trabajo detrás, hay horas y horas de investigación y de redacción, de pensamiento, y eso se nota en el resultado. El segundo punto fuerte es haber puesto sobre la mesa el tema de la maternidad desde un punto de vista biológico, político y económico (aunque luego veremos que esto mismo también es un punto en contra del libro, en mi opinión). Es decir, se puede estar a favor o en contra de lo que defiende la autora pero lo importante es que alguien lo haya dicho y señale que en en el tema que nos ocupa hay problemas muy gordos sin resolver. Y el tercer punto fuerte es haber hecho una necesaria autocrítica dentro del feminismo hegemónico y las últimas corrientes en referencia a la maternidad y su parte más corporal, hacia el primero por ser antimaternal y hacia las últimas por negar el cuerpo y la materialidad de la relación simbiótica madre-bebé.

Bien, antes de entrar en las matizaciones y las críticas, voy a resaltar lo que para mí son las tesis más importantes a nivel práctico de un libro de 471 páginas. Yo, después de leerlo, me quedo con que Patricia Merino defiende una determinada ingeniería social (pg. 357), es decir, políticas estatales que, por ejemplo, incluyan permisos parentales transferibles de al menos 12 meses (pg.179), como los que existen en Suecia. Este país creo que es el que más se aproxima al ideal de la autora en cuanto a ayudas económicas directas para criar y medidas públicas para “conciliar” (traducción: guarderías para niños de todas las edades) se refiere. También, tanto en Suecia como en Francia existen retribuciones a la crianza, más allá de los permisos, para las familias que quieren abandonar el mercado de trabajo para cuidar de sus hijos durante los primeros tres años. En España, sin embargo, no existen ni permisos de maternidad/paternidad tan largos ni existen excedencias pagadas.

Y ahora es cuándo surjen mis críticas al libro, ya que a pesar de que yo también podría defender un permiso de maternidad de un año y una excedencia pagada de tres, porque yo misma me tomé una que me supuso fundirme los ahorros para después reincorporarme a jornada parcial a los 18 meses de mi primer hijo, soy consciente de las limitaciones de dichas medidas. Es decir, las defiendo no como la panacea sino como un mal menor, un mínimo a exigir (además, debería ser financiado con los beneficios empresariales y no por los impuestos o cuotas) que en absoluto va a solucionar los problemas de la crianza en nuestra sociedad, como no creo que lo haga en Suecia. Porque la realidad es que pienso que hemos llegado a un punto tan límite que es como cuando tienes frío y te tapas con una manta pequeñita, que cuando te tapas los pies, sientes frío en el pecho, y al revés.

Estamos ante una obra, como he señalado, con un enfoque sobre la maternidad puramente economicista y politicista, en el que se le pide básicamente dinero al Estado. Es más, parece que en el nuevo patriarcado se sustituye al marido por el Estado, lo que me recuerda a las tesis de Prado Esteban. En el enfoque de “Maternidad, Igualdad y Fraternidad” se espera todo de las instituciones políticas o partidos y nada de la acción directa en las empresas o la demanda conjunta de la gente del pueblo hacia la patronal de este país.  Además, creo que el libro peca de interclasismo en algunas ocasiones, a pesar de hablar de pobreza infantil y demás. ¿Dónde está el sindicalismo en todo esto? ¿Estos permisos no deberían ser exigidos a la patronal en lugar de ser financiados por los impuestos, dinero que se roba al pueblo? Intuyo que se pretende que todo cambie mediante el voto, no con la lucha diaria.

La maternidad y la crianza son más que dinero, aunque, obviamente, dejar de recibir un salario para cuidar tiene un valor monetario. Al fin y al cabo ese permiso equivale a X euros, que se pueden dar mes a mes o de una sola vez. Se deja fuera de este enfoque, por tanto, una visión más holística, una visión ecológica o que tenga en cuenta el colapso total de civilización en el que nos encontramos, que es multidimensional. Por tanto, me da la impresión de que Patricia Merino escribe sobre la maternidad y la infancia como si todo fuera a seguir como hasta ahora, cuando no es así. Estamos en un momento único en la Historia y se están dando grandes cambios sociales y ambientales que atañen incluso a la propia esencia del ser humano como especie y a la posibilidad de la destrucción de la vida en el planeta tal y como la conocemos.

Suecia no es ningún país a idealizar: tiene altas tasas de alcoholismo, soledad, suicidio, asesinatos de hombres hacia sus parejas mujeres, abandono a los ancianos. No me voy a extender más sobre este tema, creo que el documental “La teoría sueca del amor” lo refleja a la perfección. Quizás alguien piense que precisamente una crianza más “entrañada” durante los tres primeros años vaya a cambiar las cosas pero no parece que sea la tesis del libro, ya que precisamente se defiende que dará como fruto seres humanos más independientes entre sí en el futuro y menos “familiaristas”.

Yo, me he dado cuenta después de leer a Patricia Merino, que soy “familista”, algo que se ve como algo muy peyorativo en el texto. Es decir, yo defiendo los vínculos internos de las familias por encima de los vínculos con el Estado. De hecho pienso que el pecado capital de la familia en los tiempos que corren es que es un terreno no conquistado del todo por el Capital y las instituciones políticas, donde la gente se ayuda sin dinero de por medio y, cuando lo hay, se presta sin intereses. Esto es una competencia que la banca, la patronal y las administraciones no pueden soportar y llevan años intentando cargarse esa última solidaridad que nos queda. Esa solidaridad que tiene hasta una base física ligada a la oxitocina natural…

También creo que habría que señalar que el conflicto capital-vida no se acaba en los tres primeros años de la infancia. Después están los horarios interminables, las extraescolares, el “problema” de las supuestamente larguísimas vacaciones… Yo no veo compatible que una persona pueda trabajar y criar sin tener que recurrir al enclaustramiento del hijo para poder trabajar. Es por eso que me planteo muchas veces que tendría que dejar mi puesto, si pudiera, para poder evitarles a mis hijos las ludotecas y los campamentos de verano, poder sacarles del colegio a las 12h20 en lugar de a las 16h, que me parecen demasiadas horas de encierro para niños nacidos para ser libres y disfrutar de la luz del sol. Y es que aquí cambia el enfoque, cuando empezamos a poner las necesidades básicas como especie en el centro. No estamos hechos para crecer encerrados en colegios. Nada de esto se señala en el libro. Es más, se considera la escolarización (pg. 304-305) como algo positivo, cuando es una de las mayores agresiones a la infancia y la adolescencia en la actualidad, solamente se critica la calidad, los horarios excesivos, el ratio profesor/alumno o que sea privada en su etapa infantil de 0-3 años. ¿Pero es que acaso la mera asistencia a un colegio con 8 años o a un instituto con 15 años y todo lo que conlleva (obligatoriedad, pasividad, sedentarismo, falta de sentido vital, segregación social) no puede ser un infierno? Es más, uno de los principales problemas de la crianza actual es que ¡nos han robado a los niños y a los adolescentes! Ellos son los cuidadores y ayudantes en la crianza naturales en casi todas las culturas del mundo preindustriales. Nos los han robado y a ellos se les ha robado la experiencia de cuidar y jugar con otros niños más pequeños que ellos. Solamente tenemos el lujo de ver lo bien que interactúan juntos cuando, en verano, las familias se juntan alguna vez y vemos a los primos de diferentes edades corretear libremente en los patios y parcelas de las casas “del pueblo”. Esto como excede el tema del dinero y las políticas públicas no es tratado en el libro salvo para criticar el “familiarismo” y lo que consideramos “la tribu”, en un guiño al libro de Carolina del Olmo (pg. 373).

Otro tema que excede al libro es el de analizar realmente lo que significa una excedencia o un permiso de maternidad en la sociedad actual. Muchas veces supone estar tú sola en casa, sin socializar con ningún tipo de adulto, entre cuatro paredes o en parques vacíos (porque el resto de niños sí están escolarizados). Las necesidades básicas de las madres, desde un punto de vista evolutivo y como especie, no pueden verse satisfechas con este tipo de vida asocial. Porque aquí, seremos muy “familiaristas” pero la realidad es que las familias están fragmentadas y repartidas por toda la geografía urbana e incluso mundial. Yo, por ejemplo, para ver a mis abuelos tengo que hacer 20 kilómetros en coche. No vivo en el mismo barrio que ellos, no vivo ni siquiera en la misma ciudad que mis padres.  ¿Es esto “familista”?

Sobre las tasas de fertilidad de los países que se idealizan en el libro habría que decir que no son para tirar cohetes, ninguno llega ni supera la mera reposición, y que esos estados del bienestar se basan en la importación de mano de obra migrante, es decir, en el aprovechamiento económico de los hijos e hijas adultos paridos y criados por las mujeres de otros países con salarios más bajos y estados sin subsidios a la crianza ni a la infancia. Sobre este asunto, del que creo recordar que no se habla demasiado en el libro, habría que preguntarse algo muy incómodo: ¿Son posibles esas medidas de apoyo a la crianza del Estado del Bienestar aquí sin importar mano de obra de otros países que no tienen Estado del Bienestar? O lo que es lo mismo, ¿puede un país como Suecia o Francia ser independiente demográficamente y mantener todos esos subsidios? La respuesta yo creo que es un gran “NO”. Para mantener el Estado de Bienestar aquí, hace falta que otros en otros lugares no lo tengan, lo que supone una gran injusticia y doble moral. Los ayudas y subsidios de la crianza en Europa se basan en la explotación de otros que no disponen de esas ayudas y subsidios (normalmente países que han sido atacados por el FMI y el Banco Mundial en el pasado) y que, precisamente, por ello, se ven atraídos a venir aquí. Y aquí podríamos, por derivación, plantearnos la ruptura de vínculos esencial e irreparable que supone la emigración, porque, efectivamente, lo económico no lo es todo, aunque sea el mantra de la actualidad. En cualquier caso, instituciones capitalistas como Goldman Sachs (“Womenomics”) lo tienen claro: hay que favorecer la importación de mano de obra extranjera (a ser posible enfermeras y personal cuidador) para solucionar el “problema demográfico”.

Sobre la paternidad desde un punto de vista antropológico e histórico (pg. 77-92) que nos presenta el libro, he de comentar que nos movemos en un terreno muy pantanoso. Necesitamos reconocer con humildad que en realidad conocemos muy poco del pasado, quizás el 1%, ya que lo que ha quedado escrito para la posteridad es solamente una mínima parte de la existencia común de las personas de esas épocas, que eran culturas de transmisión oral, no “histórica”. Nos ha llegado todo mediatizado por otras personas que escribieron cosas. Saber qué decían los códigos patriarcales como el de Hammurabi no me permite saber hasta qué punto esos códigos se cumplían o no en las familias de los pueblos más apartados del lugar. O saber qué es lo que pone en una inscripción de un rey egipcio no me dice nada sobre cómo criaba un padre de los estamentos más bajos, que no poseía nada que transmitir en herencia a sus hijos. Sí me sorprende esta frase (pg. 86): “La función paterna es sin duda contingente: empíricamente, una criatura puede desarrollarse perfectamente sin la intervención de una persona que asuma el rol paterno, sin embargo, si nadie asume la función materna su desarrollo no podrá ser satisfactorio”. Por esta lógica, ¿qué sentido evolutivo tiene la existencia de hombres? ¿La de meros sementales? En ese capítulo se habla mucho de “avunculados”, sociedades en las que ese rol paternal es ejercido por el tío materno, con lo cual ese papel lo puede hacer un tío o un padre, pero en los dos casos es un hombre y sí parece necesario, porque si no, no existiría, habría sido eliminado como algo superfluo. Yo sí que creo que los humanos necesitamos a hombres que ejerzan ese rol, al menos en la cultura en la que yo he nacido, porque a mí lo que hagan los trobriandeses no me toca de cerca. Yo no me ubico en un espacio neutral, sino que he nacido en una cultura y en un lugar determinado en el que la paternidad sí ha tenido una importancia, pese a ser algo completamente diferente a la maternidad.

“Los deberes desagradables del padre” de Adriaen Brouwer (1605-1638)

Tampoco me ha gustado del libro su visión tan negativa de la paternidad que se describe entre las páginas 93-115. Me parece poco imparcial, ya que si vamos a hablar de malas paternidades tenemos que hablar también de malas maternidades o incluso de la maternidad patriarcal. Pero, claro, estas visiones de guerras de sexos son típicas del feminismo actual y la autora, a pesar de que difiere con muchas feministas a la hora de hablar de maternidad, se mantiene alineada con el feminismo hegemónico a la hora de hablar de la paternidad. No sé a qué puede deberse esto. Yo, en relación también a otros apartados del libro, he de reconocer que habría criticado ciertos aspectos de la maternidad en solitario elegida y no metería en el mismo saco a la monomaternalidad por abandono o irresponsabilidad paterna que la monomaternalidad elegida a priori. Pero en esto reconozco que no soy objetiva, ya que mis propios traumas y mi propia infancia como hija criada en una “familia” monomarental totalmente disfuncional me hacen rechazar cualquier tipo de maternidad en solitario, al menos elegida por propia voluntad.

Y, podría escribir más al detalle, pero casi que me saldría otro libro de 500 páginas así que voy a terminar con algunos detalles, para quien quiera profundizar con minuciosidad en la primera parte del libro, a través de las notas que fui tomando mientras lo leía. Si no te interesa, puedes dejar de leer la reseña aquí.

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APUNTES SOBRE LA PRIMERA PARTE. MATERNIDAD

Lo primero que me chocó desde la primera página es el uso del concepto “patriarcado” en abstracto, sin contextualizar tiempo ni lugar, con el que choco frontalmente. Cada vez que se usa esta palabra deberíamos explicar de qué año, de qué cultura estamos hablando. Si no, caemos en mitos que no tienen ninguna concordancia con la realidad concreta que vive la gente en cada momento.  Decir el “patriarcado logró”, ¿qué quiere decir? ¿De repente un grupo de hombres se impuso a las mujeres? ¿Colaboraron las mujeres y las madres con ello? ¿Cómo controlaba ese grupo de personas el cuerpo de las mujeres y se apropiaba de las criaturas? Desde hace milenios ha habido contextos sociales concretos en los que legalmente se establecía un patriarcado legal pero eso no quiere decir que las leyes llegaran a todas partes y, además, que las mujeres y madres no hayan controlado su cuerpo y hayan controlado la crianza de las criaturas. Por ejemplo, el patriarcado legal romano daba todo el poder al padre, pero eso no quiere decir que los hombres de estado llegaran a todas partes como si fueran Dios (el poder casi omnímodo solamente lo han logrado las elites con la tecnología actual). Siempre ha habido grietas y espacios fuera de control de las normas impuestas desde arriba.

Por otro lado, las madres del patriarcado romano controlaban el cuerpo y la crianza de sus hijas, como podemos leer en esta historia de lactancia frustrada, tan parecida a esta otra historia de ficción que aparece en Ana Karenina, una mujer que pide amamantar y a la que su marido se lo impide o a la historia de María Montessori, a la que su madre y su suegra presionaron para que no criara a su propio hijo y lo dejara con una nodriza en el campo. Esta última historia es definitiva: no fue hasta la muerte de su propia madre que María Montessori se atrevió a reconocer públicamente que su hijo, al que tuvo fuera del matrimonio con un compañero de trabajo, era su hijo. Las madres patriarcales… ¿O acaso son simplemente “madres” sin adjetivos? Porque no deja de ser paradójico el término de madre patriarcal, una madre/abuela que ejerce su autoridad, su poder materno para ponerlo al servicio del padre. ¿De qué padre hablamos, en la historia de Montessori, por ejemplo? Y si la madre tiene tanto poder ya no podemos hablar del “poder del padre” sino de madres auténticamente matriarcales. Otra cosa es que ese poder lo ejerzan hacia el mal, hacia el control de sus hijas y nietos y la merma de su libertad.

Volviendo al libro, dice Patricia Merino que un primer paso hacia la extinción de patriarcado es que las mujeres nos reapropiemos de nuestros cuerpos y nuestra maternidad. Si nos regimos por ese criterio entonces tenemos que admitir que hasta la llegada de la Ilustración, el Progreso y el Estado moderno, en los pueblos de la península no regía ningún tipo de patriarcado, ya que las mujeres eran dueñas de su cuerpo y de sus maternidades y, además, conocían hierbas abortivas.

Hay una frase de la autora que me gustaría comentar: “No es posible garantizar una maternidad deseada, y por lo tanto, positiva para madre y criatura, si las mujeres no controlamos nuestra sexualidad y nuestra fertilidad: el derecho a la contracepción y al aborto no solo no están reñidos con una maternidad entrañada, sino que son su condición previa”. Yo no estoy de acuerdo con esto porque, si bien todas las culturas es posible que hayan tenido conocimientos anticonceptivos y abortivos, eso no equivale a que todas las maternidades hayan sido planificadas. Se puede tener una maternidad buena, agradable dentro de las limitaciones de cada momento, y que no haya sido planificada en absoluto, fruto de la pasión de una noche de verano. De hecho, la mayor parte de los nacimientos de nuestra especie no han sido planificados, algunos han sido de rebote, otros por puro azar. Por no hablar de las maternidades de las mujeres que no quieren usar métodos anticonceptivos o abortar por motivos personales, éticos o religiosos que, por supuesto, pueden tener la maternidad entrañada que deseen o puedan. Me parece que esta frase del libro las juzga en su vida personal y en sus elecciones.

Otra frase que hay que matizar es la de “la diada madre-criatura ha sido hasta hoy la base empírica y el lugar de la crianza en los humanos”. Esto es cierto y es falso, porque si bien es cierta la simbiosis madre-bebé al principio de la vida, esa diada no existe en el vacío y no puede existir sino es en base a la crianza cooperativa de la que habla Blaffer Hrdy. Hacen falta muchas otras personas alrededor ayudando a la madre y cogiendo al bebé, jugando con él, cuidándolo en muchos momentos a lo largo del día. Y ese es el gran problema de nuestra sociedad actual de madres con permisos de maternidad solas entre cuatro paredes de pisos urbanos y ningún permiso de un año lo va a poder solucionar o enmendar. La familia extensa se ha perdido para siempre y se ha diluido a lo largo del mapa. Un papel fundamental en los cuidados de los bebés los tenían los niños más mayores. ¿Dónde están ahora? En el colegio sentados durante horas frente a una mesa, sin ver casi la luz del sol. Nos han robado también a los niños y a los adolescentes… Y a los niños les han robado la posibilidad de cuidar, lo que subliman con muñecas, lo que también es una hipótesis de Blaffer Hrdy al hablar de las sociedades tradicionales en las que no existen muñecas y, sin embargo, se ve a muchos niños porteando bebés.

Luego está el uso del concepto “patriarcapitalismo” para referirse al “capitalismo” a secas, cuyas señas de identidad no tienen por qué relacionarse con el poder de los padres, ya que que los puestos de poder económico sean ocupados por mujeres no cambia un ápice de su esencia, demostrando que es indiferente lo que tengan entre las piernas los poderosos, la directora de la Reserva Federal o del FMI. Pero más llamativo es referirse a los “vientres de alquiler” como algo patriarcapitalista cuando gran parte de los clientes de esta práctica comercial son mujeres que compran el cuerpo de otra mujer y al bebé que ha gestado. Lo mismo con la venta de óvulos, son mujeres que compran el cuerpo de otras mujeres. Desconozco la razón por la que Patricia Merino silencia esto, haciendo parecer que los “vientres de alquiler” solamente son consumidos por hombres que pretenden apropiarse de la capacidad femenina de generar seres humanos y olvida que la venta de semen, tratar a los hombres como sementales, es también una práctica comercial donde las mujeres compran y los hombres venden (prostitución reproductiva).

Después de este comienzo del libro, he leído con gusto su crítica a la misoginia de Simone de Beauvoir, que comparto totalmente. Y también me ha llamado la atención que vuelva a decir que vivimos en un patriarcado, relacionándolo con el tema del orden de los apellidos. Aquí hay que volver a contextalizar, ya que es un tema apasionante este, el de los apellidos en este país.

Muchas veces nos creemos que las cosas siempre han sido así, quizás desde el patriarcado legal romano en la península ibérica, pero nada más lejos de la realidad. El patriarcado legal estuvo debilitado y dormido en muchos pueblos y contextos gracias a que el Estado no llegaba y no tenía el poder, que sí tiene hoy de forma casi total, para controlar a los ciudadanos. Es decir, la gente se llamaba como le daba la real gana o como era la costumbre en cada zona geográfica y no fue hasta 1870, con la aparición de la herramienta biopolítica por excelencia del Registro Civil (el primer intento de tratarnos como ganado humano poniéndonos en una base de datos censal) cuando se estableció el sistema de poner el apellido del padre primero y después el de la madre (que a su vez era el apellido paterno también). Por ejemplo, el apellido del poeta Garcilaso de la Vega proviene de su abuela, Elvira Laso de la Vega, ya que su padre eligió apellidarse así. Y si nos vamos a las familias del pueblo del Occidente Asturiano durante el siglo XIX, comprobaremos, como hizo la historiadora Asunción Díez, que el orden de los apellidos era de lo más pintoresco a nuestros ojos actuales. Si nacía una niña, heredaba los dos apellidos de la madre, y si nacía un niño, heredaba los dos apellidos del padre. Es decir, había otros criterios, no había homogeneización y el Estado no se metía en estos asuntos (sí se metían los romanos y los godos no). Es decir, la característica del Estado actual y no de un “patriarcado” en abstracto es su ansia de biocontrol, de controlar, clasificar y estandarizar las vidas de la gente y de sus hijos.

Resulta muy interesante la reflexión sobre el feminismo y la maternidad que realiza la autora y el reconocimiento de que la maternidad ha sido identificada con algo negativo y cualquier discurso progresista sobre la maternidad desapareció, lo que ocurre es que lo justifica diciendo que quizás era el único camino posible en otras épocas, lo que viene a ser una clara justificación “de las madres” del feminismo con un “no podían hacer otra cosa”. El feminismo, dice Patricia Merino, “nunca ha defendido los intereses de las madres como tales: se ha velado por los intereses de las madres como “trabajadoras”.

Respecto a las reflexiones sobre el dios patriarcal Zeus, me gustaría recordar también a las madres patriarcales como Hera, que ató las piernas de Alcmene (la madre de Hércules) para evitar que naciera su hijo. Es decir, de nuevo vemos cómo los mitos patriarcales están plagados de mujeres que agreden a otras mujeres y que no describen una guerra de sexos sino más bien una guerra de un tipo de mujeres y hombres contra la libertad de otro grupo de mujeres y hombres.

No me voy a extender en el tema pero creo que es digno de reconocimiento que por fin alguien critique el excesivo constructivismo del feminismo y el excesivo protagonismo de lo cultural frente a lo biológico, reconociendo la bioculturalidad del ser humano.

Hay una frase de esta primera parte del libro que me gusta mucho: “No es la maternidad lo que nos aparta de la cultura, de la vida pública y de la realización integral de nuestra humanidad. Es la marginalidad en la que el patriarcado ha ubicado la maternidad la que la transforma en una forma regresiva, puesto que expulsa a los márgenes de la sociedad algo tan central y genuinamente humano como es la procreación y el cuidado de nuestras criaturas”. Pero, claro, tengo que matizar porque de nuevo, me niego al uso del término “patriarcado” sin contexto. No es el “patriarcado” en abstracto el que manda a los márgenes a la maternidad sino ciertas formas de vivir y de producir en la actualidad: urbanas, aisladas, industriales. Es más, el caso de las cigarreras y su forma de criar nos muestra cómo el primer capitalismo permitía la crianza incluso dentro de las propias fábricas mientras estas fueron artesanales. Fue la llegada de la máquina la que expulsó a niños y bebés del lugar y, de paso, cualquier atisbo de socialidad y humanidad (ya no se podía hablar con la compañera, ya no se podía cantar trabajando…) que todavía quedara.

En realidad, y es un tema muy complejo, lo que expulsa la maternidad a los márgenes de la sociedad es la centralidad del progreso, la productividad y el desarrollo tecnológico. ¿O acaso no vemos que la maternidad, cuando es negocio y producción en sí misma, como en el caso de los vientres de alquiler es de repente el centro de todas las noticias? La maternidad y la crianza tienen unas lógicas y unas dinámicas internas propias y distintas de las de la “vida pública” actual. La marginalidad de la maternidad actual no proviene de un patriarcado en abstracto:

  • La maternidad y la crianza es una relación humana que, en su parte más esencial, no es mercantilizable, ni se compra ni se vende. Se pueden comprar miles de accesorios pero la relación en sí misma entre dos personas, no. Esa solamente la construyen esos dos seres humanos en interacción con su entorno. Ahora solamente es central la parte comercializable de la maternidad.
  • La maternidad y la crianza siempre han sido parte de la cultura y de la vida pública, incluso tenían su propia creación cultural genuina: las nanas. Nadie se quedaba aislada por ser madre y las costumbres sociales favorecían su integración en la comunidad a través de ciertos ritos de reciprocidad. No podemos confundir “alta cultura” con “cultura” a secas. La”cultura popular” se fundamenta en lo oral, no en lo escrito. Por ejemplo: yo escribo y esa puede ser mi dimensión social actualmente, existo porque me lee gente, pero cuando yo estoy sola en mi casa, amamantando o cantándole una canción a mis hijos o cuidándolos, no existo socialmente y nadie lo valora. Pero, ¿acaso alguien más que ellos o la gente que me conoce en persona debiera valorarlo? Queda la pregunta en el aire…
  • El patriarcado legal margina la maternidad porque lleva implícito que hay que trascender nuestra animalidad para llegar a algo más elevado: conquistar más países, conseguir subyugar más a los demás, dirigir y domesticar la Naturaleza. En su escala de valores, compartida por hombres y mujeres de las élites, dar de mamar y cuidar es algo destinado a las clases bajas, como lo es limpiar, cocinar o trabajar para otros. Por eso, las mujeres artistas como Julia Margaret Cameron o Virginia Woolf tenían criadas, y por eso Simone de Beauvoir tenía esa fragmentación tan acusada, esa esquizofrenia en los papeles maternales que ocuparon su madre y su nannie, Louise.

No sé si nos deberíamos preocupar tanto por si las madres estamos en el centro o la periferia del patriarcado, ya que quizás es mejor rechazar el patriarcado de forma global que reivindicar o denunciar el lugar que se nos ubica en un sistema así. En cualquier caso no vamos hacia una ruptura con el “arcado” (poder) sino hacia sus diversas variantes y mutaciones que mantienen lo esencial cambiando las formas. Por eso mismo creo que cualquier planteamiento que incluya ingeniería social en sus premisas será incapaz de salir de este paradigma y volver a sistemas en los que primen las relaciones de reciprocidad, interdependencia y apoyo mutuo. Y, si tenemos que apoyar alguna medida de ingeniería social, por favor, incluyamos la anotación al pie de que se trata de una acción desesperada como mal menor ante la ausencia o ignorancia de otros medios para detener la maquinaria automática de este sistema que nos lleva a la autodestrucción. La ingeniería social, no lo olvidemos, es la base de los patriarcados históricos, obsesionados con los censos, los registros, las estadísticas, la escritura…

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Y podría seguir escribiendo sobre el libro de Patricia Merino pero lo cierto es que son casi las dos de la mañana y tengo sueño. Un saludo a los hipotéticos lectores.

Entrevista a Patricia Merino aparecida en Madresfera Magazine (10 de mayo de 2017)

TEXTO ACTUALIZADO EL 24/7/2017

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Contra el regalo de recién nacidos

Como veréis, escribo cada vez menos en este blog, ya que me he dado cuenta de su inutilidad (o incluso su perniciosidad…). No se puede contestar a un mensaje unidireccional adoctrinador que llega desde 30.000 fuentes a la vez desde un único lugar y con medios y herramientas del propio poder. Es una batalla perdida de antemano y yo renuncio a lucharla. Por otro lado, tener un blog es trabajar para las personas que dirigen empresas como Google y similares. ¿Por qué digo esto? Pues porque si pensamos en Google como un gran periódico digital, en realidad, yo, tonta útil más, lo único que estoy haciendo es generando contenidos para esta entidad, haciendo que la gente pase tiempo en internet en lugar de haciendo cosas más importantes y que siga circulando por las grandes autopistas de la información, viendo anuncios, realizando búsquedas, entregando su alma al Big Data, convirtiéndose en cyborgs alienados pegados al móvil y demás… Realmente, las personas que dirigen el tinglado de internet creo que tienen una psicopatología, siento si les suena a insulto, pero considerar que todo es un instrumento para ganar poder, control y dinero es enfermizo y les pasará factura en su propia salud. No habrá solución transhumanista sanitaria posible en un mundo con cada vez mayor entropía y caos. Lo siento, amos del mundo.

Dicho esto paso a exponer mi postura respecto a la subrogación o vientres de alquiler en un ámbito que ahora se presenta como alternativo o positivo: la gratuidad. La primera vez que leí sobre estos casos fue en un blog del enfermero Armando Bastida (aquí o aquí), pero ayer leí cómo se hablaba bien de estas prácticas “altruistas”(1) que surgen “desde el cariño y el vínculo” en el blog de Ibone Olza.

Sobre este tema debo decir que los bebés no son objetos con lo cual no se pueden vender y, por consiguiente, mucho menos regalar porque a los adultos les haga mucha ilusión. La legalidad o ilegalidad de esta práctica no tengo muy claro si es lo realmente importante en el momento actual, ya que la prohibición solamente hace que la gente se vaya a otros países (España es, por ejemplo, un paraíso turístico de la reproducción artificial). O dicho de otro modo, si se ilegaliza aquí tiene que ser ilegal también irse a otro país donde es legal comprar niños.

Lo que sí me gustaría es que la gente dejara de cosificar a los bebés y dejara de banalizar la maternidad, la paternidad, la gestación y el parto de las mujeres. Me alejo de lo políticamente correcto al estigmatizar todas estas barbaridades y espero que los niños y niñas al crecer aporten luz y pongan las cosas en su sitio, aunque tendrán que luchar con la inercia habitual de proteger y no querer hacer daño a las personas que les han criado. Aún así mi postura es pesimista y creo que todas estas aberraciones sociales ya son imparables y son una muestra más del desplome psíquico y físico de los sujetos en la sociedad actual. Lo que la bola de nieve una vez lanzada nos traerá después, lo desconocemos.

La postura de Ibone Olza me parece, haciendo un paralelismo, como si alguien que se opusiera a la prostitución estuviera de acuerdo con follar con un amigo a modo de “regalo” o “favor”, aunque no existiera ningún deseo por parte de la persona que se “ofrece”, pero con una gran comprensión y empatía hacia sus “necesidades”. Con la grandísima diferencia de que aquí hablamos de que existe un bebé de por medio.

En el embarazo se mueven muchas cosas a todos los niveles, no solo se pone el cuerpo, la sangre, los nutrientes sino que se pone el alma, los sentimientos, los recuerdos de la propia niñez, las emociones… Renunciar a eso es renunciar a nuestra humanidad y es colaborar, desde un discurso aparentemente contrario a la legitimación de los vientres de alquiler, con la normalización de prácticas poshumanas o transhumanas. Vamos directos al útero artificial e incluso a que el Estado fabrique a sus propios ciudadanos (genéticamente modificados) desde la concepción, acariciando el sueño de Platón en la República en su versión moderna. ¿Acaso no hay ya miles de embriones congelados en hospitales públicos? ¿No existen ya bancos públicos de gametos  en los que, vulnerando todo código ético, se está estimulando ováricamente, anestesiando y extrayendo óvulos a mujeres sanas, poniéndolas en riesgo, para que “donen” para otras? ¿Dónde quedó aquel “primero, no dañar”?  La excusa para las peores distopías comienza desde las “mejores intenciones”, el altruismo y lo terapéutico. Mientras, por el camino, los niños huérfanos de padre o madre, muchos de ellos con prematuridad causada por implantar más de un embrión, naciendo por puro egoísmo y mentalidad productivista industrial de los adultos.

Por tanto, estoy en contra de la práctica de tener hijos entre amigos sin ningún vínculo erótico (que de “maternidad subversiva” tiene bien poco…) como también estoy en contra de que se tengan hijos para alguien, por hacerle un favor. El favor hay que hacérselo a los bebés y a los niños, no a los adultos. No se puede pedir a una madre, a una prima o a una tía que geste a un bebé como algo altruista porque para el bebé en ese momento su madre es la que le acaba de parir y con la que ha estado 9 meses. No se puede pedir a estas mujeres que se estimulen los ovarios, que tomen hormonas, que sufran anestesias, epidurales, cesáreas, que asuman los riesgos de una gestación y un parto por “amor”. Eso no es un acto de amor sino un abuso. No es ético. Además, la donación de un riñón salva una vida y aquí lo que se está cumpliendo es la fantasía reproductiva de alguien que no corre ningún riesgo de morir. Es más, si alguien corre ese riesgo, aunque sea mínimo, es la persona que gesta y la gestada (la mayor parte de partos de vientre de alquiler son por cesárea programada antes de la fecha probable de parto), no la que desea.

Una vez más, estamos ante una situación en la que los principales partidos de derechas e izquierdas coinciden, lo que indica que la legalización es inminente y estos son meros debates conceptuales sobre detalles sin importancia, pasos previos o graduales, para evitar shocks, y que se vaya normalizando poco a poco lo que nunca debió ser normal. Es muy posible que se legalicen solamente los casos “altruistas” para después, en un tiempo prudencial, abrir la veda a la mercantilización.

Ahora se rasgan las vestiduras algunas feministas y dicen que “no somos vasijas”. Bien que callaron y apoyaron la venta de esperma anónima o su “donación” gratuita para crear niños sin padre. Sí, a algunas hijas nos gusta mucho haber podido conocer a nuestro padre y nos hubiera gustado pasar más tiempo con él incluso. La crítica al “neoliberalismo sexual” se acaba en la prostitución, a veces ni eso.

Ejemplos:

AMELIA VALCÁRCEL: Pregunta: Los avances médicos que facilitan a las
mujeres no necesitar a los hombres para tener hijos, como la
inseminación artificial, ¿qué consecuencias cree que
pueden tener en cien años? Respuesta: Me parece una opción excelente
para las personas que quieren utilizarla y que refuerza, sin
ninguna duda, la independencia de la mujer. Pero de ninguna
manera creo que en cien años se generalice… http://elpais.com/elpais/2015/07/01/eps/1435764462_081667.html

BEATRIZ GIMENO: La gestación subrogada no es una
“técnica”, como dicen sus partidarios más acérrimos. La
inseminación artificial sí lo es, pero la gestación y el
parto son procesos vitales con implicaciones importantes en
la salud física y psíquica de las mujeres, implicaciones
que dejan huellas en todo caso, antes y después. No es un
proceso del que se desprenda que determina obligatoriamente
el ejercicio de la maternidad, pero no es un proceso que se
puede obviar como si se tratara de una técnica más que
pueda someterse a un contrato de arrendamiento de servicios.
Como tal proceso vital con importantes implicaciones
físicas y psicológicas, no es posible asegurar previamente
con un contrato férreo la voluntad de una mujer –aun no
embarazada- sobre un futuro embarazo y parto. http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Gestacion-subrogada-propuesta-sensata_6_497010308.html

Y en otro artículo en el que obvia la espinosa cuestión de que la donación de semen es prostitución masculina (se paga a un hombre para masturbarse delante de un video porno)  consumida por mujeres:

Pero en el caso de los óvulos y bajo el eufemismo de “donación”, subyace crudamente la desigualdad de género. Una muestra de esta desigualdad es el tratamiento que se da a esta “donación” en la publicidad y en la información social y técnica, como equivalente a la donación de esperma. Se ha construido así un imaginario en el que supone lo mismo donar óvulos que esperma, lo cual es una desinformación interesada que vulnera los derechos de las mujeres, sin que hasta ahora la ley, ni el feminismo, hayan mostrado mucho interés en esto.
http://www.pikaramagazine.com/2016/03/la-industria-oculta-de-los-ovulos/#sthash.d8AcrKra.dpuf

Artículo de 2012 firmado por, entre otras muchas personas, Ana de Miguel (autora del libro “Neoliberalismo Sexual), Raquel Platero (Ahora Madrid),
Yayo (Sagrario) Herrero (Ecologistas en Acción):
Cuando una pareja de lesbianas decide tener hijos tiene
diferentes opciones, siendo la más conocida el recurrir a
la inseminación artificial con semen de un donante
desconocido. Esta vía se lleva a cabo a menudo en la
sanidad privada, dadas las limitaciones que existen para que
una pareja de lesbianas pueda recurrir a la inseminación
artificial en la sanidad pública. Las limitaciones eran
hasta ahora de hecho, por la aplicación arbitraria de la
ley que contemplaba esta posibilidad. En la actualidad, el
gobierno ha planteado reducir esta opción a las parejas
heterosexuales que demuestren que el varón tiene problemas
de infertilidad, lo que discriminaría claramente a las
parejas lesbianas y a las mujeres que quieran ser madres en
solitario. Debido a estas dificultades y a que muchas
mujeres no quieren medicalizar un proceso que en el fondo es
muy sencillo, algunas parejas de lesbianas recurren a un
amigo, en muchas ocasiones gay, para inseminarse (Pichardo,
J.I., 2009).

ALICIA MURILLO:
La primera es que reclamar la presencia del padre en la
crianza es además heterosexista porque presupone que hay un
marido. ¿Dónde quedan las lesbianas para los miembros de
la PPiiNA? ¿Dónde las madres por inseminación artificial
sin pareja? ¿Dónde las familias poliamorosas y queer? –
See more at: http://www.pikaramagazine.com/2016/04/y-donde-esta-el-padre-corresponsabilidad-social-no-heterosexual/#sthash.Ibr4xWTS.dpuf

ESTHER VIVAS: La semana pasada el Gobierno proponía a las comunidades autónomas vetar, en la sanidad pública, los tratamientos de reproducción asistida (inseminación artificial y fecundación in vitro) a lesbianas y mujeres solas. Una medida que atenta contra la igualdad de acceso a los servicios públicos y discrimina a quienes se salen de la estricta “norma” heteropatriarcal. Si eres mujer, pobre, lesbiana o no tienes pareja, prohibido quedarte embarazada. Para el PP, sin hombres no hay hijos. Y la derecha impone, así, su arquetipo de familia: una, hetero y unida.

Nos encontramos frente a un Gobierno que se escandaliza porque dos mujeres puedan ser madres, dos hombres padres, de que una mujer sola pueda tener hijas e hijos, pero que no siente la más mínima vergüenza en aplicar unas políticas generadoras de hambre, paro y desahucios. La doble moral de quienes no tiene principios. Obedientes sólo a la doctrina del capitalismo y el patriarcado. https://esthervivas.com/2013/07/23/nos-quieren-pobres-calladas-y-heterosexuales/

Relacionado:

(1) Gestación subrogada, una propuesta sensata, Beatriz Gimeno: “Que la subrogación tenga carácter altruista, es algo que parece que importa a todos los partidos, con lo que podemos asegurar que estamos hablando de una condición básica”: http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Gestacion-subrogada-propuesta-sensata_6_497010308.html

Impresionante todo el documental entero (La teoría sueca del amor). Muy ilustrativa y gráfica explicación sobre la inseminación artificial y sus cosificaciones, a partir del minuto 5:

Si lo dice Silvia Federici…

Silvia_Federici

“Esta perspectiva no consigue desafiar el orden económico mundial que es la raíz de las nuevas formas de explotación que sufren las mujeres. También la campaña de denuncia de la violencia contra las mujeres, que ha despegado en los últimos años, se ha centrado en la violencia física y la violación en el entorno doméstico en línea con las directrices de la ONU. Pero ha ignorado la violencia inherente al proceso de acumulación capitalista, la violencia de las hambrunas, las guerras y los programas de contrainsurgencia, que han allanado a lo largo de los años ochenta y noventa el camino para la globalización económica”. Pg. 109 de “Revolución en punto cero”.

https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Revolucion%20en%20punto%20cero-TdS.pdf

Inteligencia popular

Estaba yo pasando la aspiradora esta mañana y pensando, en esos momentos de inspiración tan lúcidos que brinda la limpieza y que tan poco se aprovechan después… ¿Será que las elites mundiales durante el siglo XX y XXI se esforzaron en fragmentar y controlar al máximo cualquier atisbo de disidencia a la par que, ellos mismos, sí se dotaban de herramientas holísticas e integrales de interpretación? Un ejemplo, del que partieron mis pensamientos después de leer un artículo sobre la conexión entre Margaret Mead y los servicios de inteligencia durante la II Guerra Mundial y años posteriores, es el de la Sociedad Americana de Cibernética. En este libro, Carmelo Lisón habla de Mead y sus relaciones con las conferencias Macy (una tapadera de la CIA, eso no lo pone, sobre todo en el proyecto MKULTRA de investigación sobre LSD).

Por fragmentar me refiero a que hoy en día no existe un movimiento integrado que pueda hacer frente al sistema actual, es por eso que se habla de “movimientos sociales” como el feminismo, el ecologismo, el antimilitarismo, el sindicalismo como entidades separadas y desconectadas las unas de las otras. Esto no se puede negar que ha sido un triunfo para los poderosos. También ha sido todo un acierto emplear, ellos sí, una visión amplia y holística que conectara unas ideas con otras, algo lógico y que debería ser normal y no lo es. Ellos sí analizan desde sus fundaciones, desde sus departamentos de guerra, conquista y rapiña de recursos naturales, el mundo con esta óptica a vista de pájaro y en detalle a la vez. Nosotros, no lo hacemos. Si lo hiciéramos veríamos que esas guerras sí se libran en nuestro nombre, porque nosotros no somos ascetas, ni siquiera somos ya seres humanos a secas, somos “consumidores”. Dice Arundhati Roy en “El espectro del capitalismo”:

Pg. 50:”En el universo de las ONG, que ha desarrollado un extraño lenguaje propio bastante anodino, todo se ha convertido en un “tema”, un asunto separado, profesionalizado, de interés especial. El desarrollo comunitario, el desarrollo de liderazgo, los derechos humanos, la sanidad, la educación, los derechos reproductivos, el sida, los huérfanos enfermos de sida; todos estos temas han sido sellados herméticamente cada uno en su compartimento, cada uno con su propio presupuesto detallado y preciso. La provisión de fondos ha fragmentado la solidaridad hasta extremos que la represión nunca consiguió lograr”.

Pero no querría dar de nuevo la típica visión de que las elites gobernantes, estatales, capitalistas y religiosas, lo tienen todo bajo control porque no es así. No son más inteligentes que nosotros, simplemente tienen tiempo para pensar y elaborar informes gracias a que están subvencionados por los impuestos y/o horas de trabajo de la gente común. Y cometen muchos errores. Yo no me considero menos que ningún analista de alto nivel, quizás tenga simplemente menos tiempo que él, pero estoy segura que incluso en algunos aspectos puedo comprender determinados fenómenos mejor porque he vivido otras cosas. En realidad no es que ellos sean buenísimos en elaborar estrategias sino que los demás no dedicamos el esfuerzo mínimo suficiente para al menos estar al mismo nivel. Desde luego, no es hoy en día una cuestión de recursos económicos sino de lectura y reflexión.

También pensaba que todo ese aluvión de “conspiranoia” no hace más que empañar los asuntos con bobadas y desinformación, cuando no directamente fascismo, racismo, victimismo. Así que, si lees esto, te recomiendo que vayas a las fuentes y las contrastes, no creas la primera tontería que leas por ahí, sobre todo de personas que creen en el pensamiento mágico o que piensan que hay “gente” que tiene un plan muy estructurado para dominarte. Soy conspiranoica de la conspiranoia. La conspiranoia es la conspiración. Es desinformación que mezcla verdades con mentiras para empañarlo todo, crear batiburrillos de información sesgada, confusión. Y la confusión impide la comprensión. Como dice también Arundhati Roy:

“Las fundaciones financiadas a base de fondos corporativos administran, intercambian y canalizan su poder, colocando a sus piezas de ajedrez en el tablero mediante un sistema de clubs de elite y comités de expertos cuyos miembros se solapan y salen y entran por medio de un sistema de puertas giratorias. Contrariamente a las varias teorías conspirativas que circulan, en especial entre los grupos de izquierdas, no hay nada secreto, satánico o masónico en este sistema. No es muy distinto de la forma en que las corporaciones usan empresas pantalla  y cuentas en paraísos fiscales  para transferir  y administrar su dinero, excepto que la divisa es poder, no dinero.”

Por estos motivos, necesitamos una inteligencia del pueblo no subvencionada y que no repita los dogmas de los sí subvencionados, una inteligencia popular que trabaje en su tiempo libre, una inteligencia del pueblo no populista, una inteligencia que no sea solamente mente sino que sea consciente que el cerebro es solamente un órgano más del cuerpo en conexión con el resto. Bueno, pues eso estaba pensando. Ahora sigo con mis tareas domésticas.

índice

Las cigarreras iban al trabajo con sus bebés

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Este libro, “Compañía Arrendataria de Tabacos 1887-1945. Cambio tecnológico y empleo femenino” de Lina Gálvez-Muñoz, contiene información muy valiosa sobre la historia de las madres y la influencia de la mecanización industrial en la vida de las trabajadoras. Por eso, esta noche, tercera noche consecutiva de catarrazo de mi bebé, voy a aprovechar que solamente se duerme en la mochila para escribir. No voy a hacer un resumen del libro (además, no me lo he leído entero) sino que voy a destacar la información que yo iba buscando entre sus páginas y que me ha parecido más valiosa.

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1. El edificio:

La Real Manufactura de Tabacos de Sevilla fue construida en 1728 bajo la dirección de un ingeniero militar, D. Ignacio Sala, para la elaboración manual de cigarros. Me ha llamado muchísimo la atención confirmar una vez más las conexiones entre la fábrica y el ejército en un edificio que hasta disponía de foso defensivo. ¿Para que no huyeran los propios trabajadores o no entrara el enemigo? Según Wikipedia en realidad fue “debido a su construcción extramuros adosado a parte de las murallas de la ciudad por esa zona”, pero en el libro se nos cuenta que además del foso, “mantuvo hasta mediados del siglo XIX un cuerpo de guardia de 20 soldados”. Hay que tener en cuenta que se registraba a todo el personal a la entrada y a la salida, para que no se llevaran tabaco de contrabando. ¡Existía hasta una cárcel propia dentro de la fábrica!

Y nos cuenta Lina Gálvez que dice, a su vez, Bonet Correa: “(…) Sala había diseñado una fábrica a la que le faltaba coherencia y la racionalización que requería un sistema rígido para poder controlar a los obreros y a la producción. Su plano resultaba laberíntico y de difícil vigilancia, por tanto, no es extraño que fuese criticado y a la postre modificado principalmente para poder instalar los nuevos ingenios que se pensaba introducir en la fábrica. Para este autor, al igual que las cárceles en el siglo XVIII las factorías tendieron a crear espacios diáfanos, no sólo capaces de albergar las máquinas sino también para que el patrón o los encargados de la vigilancia pudiesen fácilmente controlar el trabajo“.

2. ¿Por qué se sustituyó a los trabajadores por trabajadoras durante el primer tercio del siglo XIX?

“La razón principal que dio la Hacienda para justificar la contratación de cigarreras fue que las manos de las mujeres eran más apropiadas para la confección del cigarro que las de los hombres que además hacían falta en el campo para levantar el país de la devastación de la guera”. Pero añade más tarde otra hipótesis, “Si esto es así, la Corona pudo haberse decidido por la mano de obra femenina exclusivamente porque presentaba las características que necesitaba: barata y flexible, para un sistema de producción intensivo de trabajo como lo era el de los cigarros y cigarrillos”. Es decir, como la producción era a destajo, manual e intensiva, y a su vez era flexible, las necesidades de la producción iban más acordes con la mano de obra femenina, como veremos después.

Las cigarreras eran mano de obra cualificada que aportaba el salario principal en sus familias (en concreto, en el 50% de los casos a principios del siglo XX) y sus maridos trabajaban también, pero solían tener trabajos temporales. La decisión de cambiar la mano de obra masculina por la femenina, de expulsar a los cigarreros, fue una decisión política de la Hacienda tomada a principios del s. XIX “con la presión contraria de la sociedad y las elites locales”. Pero aún así, siguió habiendo hombres en la fábrica con una clara división sexual del trabajo: mujeres en los talleres de elaboración y hombres en el picado, máquinas y el taller de faenas generales, supervisión, vigilancia y tareas burocráticas.

En otra parte del libro la autora dice algo con lo que no estoy de acuerdo: “las mujeres eran identificadas como trabajadores baratos, flexibles, sumisos y que se adaptaban con mayor facilidad a los trabajos monótonos  tal y como estaban acostumbradas por las tareas domésticas en las que habían sido aleccionadas desde la infancia”. ¿Sumisas? Creo que en este blog ya he hablado bastante de ese aspecto aquí, aquí, aquí   y aquí entre otros posts. Pero es que, además, el propio libro lo contradice con cómo defendían sus intereses estas mujeres dentro de la empresa, por ejemplo contra la introducción de máquinas. Además, las tareas domésticas son igual de monótonas (o de no monótonas) que cualquier otro trabajo fuera de casa, que también tiene sus rutinas.

3. ¿Cómo se organizaba el trabajo?

Las operarias se agrupaban en ranchos, mesas de trabajo que funcionaban como unidades de producción a la hora de entregar el trabajo y ser remunerado, en las que trabajaban de seis a diez mujeres dependiendo de los talleres. En cada rancho había un “ama de rancho” que era la que llevaba las cuentas.

4. Los bebés.

“La costumbre de que las cigarreras fueran acompañadas de sus hijos siguió a lo largo de todo el siglo incluso después de que se prohibiera a partir de 1882, cuando sólo permitieron llevar niños que fueran de pecho”. Había flexibilidad en la asistencia y en la entrada, el empleo era hereditario: se transmitía de madres a hijas, que aprendían el oficio cuando acudían a las fábricas acompañando a las madres para ayudar en el cuidado de los niños de pecho. Esto era muy cómodo para la empresa porque no tenía que pagar por la enseñanza del oficio.

Más tarde explica el sistema en el que el papel de las hijas como “alomadres”, en vocabulario de la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy, era fundamental:

“Las cigarreras llevaban a sus hijas pequeñas a las fábricas para que ayudaran en el cuidado de los niños de pecho que, en cunas suministradas por la dirección se encontraban a cientos repartidos por los talleres. Al mismo tiempo, estas niñas aprendían a liar cigarrillos. Este sistema era muy ventajoso para la renta ya que siempre había mano de obra joven, dispuesta y preparada para incorporarse a las fábricas sin tener que invertir en aprendizaje en un trabajo que necesitaba varios años de preparación. Estas cigarreras que entraban en categoría de aprendizas solamente tenían que adquirir velocidad en la labor y ser destinadas al taller para el que presentaban mayor adecuación. (…) Igualmente era más fácil controlar la mano de obra si toda la familia era dependiente de un mismo empleador”.

Lina Gálvez nos cuenta después que cuando se hizo la transición del taller manual al mecánico, el jefe de la fábrica de Sevilla entre 1896-1918 no quería que entraran las hijas porque ya venían con “vicios” cogidos (el vicio de la flexibiliad y no tener disciplina), pero la dirección de la empresa siguió prefiriendo contratar a las hijas de las cigarreras porque era la única forma de que las cigarreras aceptaran sin oponerse con violencia, la compra de maquinaria para los talleres. De hecho, en 1885 casi lincharon al jefe de fábrica por el rumor que existía de que habían llegado a la fábrica máquinas de liar cigarrillos. ¿Habíamos dicho que eran sumisas? Como indica Lina Gálvez, estas mismas cigarreras aceptaron las máquinas cuando fue la única manera de continuar con el trabajo hereditario por sus hijas. La jugada de la empresa fue decir que solamente entrarían aprendizas para ocupar los taller mecánicos, no los manuales, durante el tiempo de transición de un modelo productivo al otro.

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Imagen: grabado de Gustavo Doré sobre las cigarreras en 1862. Las cunas las ponía la empresa y, después, en el siglo XX comenzaron a poner guarderías dentro de la fábrica.

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“Motín de cigarreras en la Fábrica de Sevilla (marzo 1885) , provocado por los rumores de la introducción de máquinas para el liado de cigarrillos de papel -las célebres Bonsack- que amenazaba sus puestos de trabajo”. Tomado de este blog.

Como decíamos, en 1882 se prohibió la entrada de los hijos e hijas mayores y solo dejaron entrar a los lactantes. Así fue la prohibición: “Desde el día de mañana queda terminantemente prohibido el entrar en el establecimiento niños y niñas que no sean de pecho y los que se encuentran en este caso, deberán tenerlos sus madres en los brazos o en cunas a su lado, quedando también prohibidas las niñeras”. De un plumazo, estaban poniendo trabas a la conciliación de las madres, aunque todavía al menos dejaban entrar a los bebés, algo hoy todavía impensable en nuestras oficinas donde ni se pone guardería ni hay un clima que propicie la entrada de los bebés, pero es que yo pienso que nuestra sociedad sufre de bebefobia y eso es harina de otro costal…

Sin embargo, cuenta la autora que sabe por entrevistas que todavía a principos de siglo XX las cigarreras seguían llevando a sus hijas para que cuidaran a los niños lactantes (por cierto, en el libro comenta que seguían dando el pecho “cuando ya andaban”) y aprendieran el trabajo desde los 10-13 años. Es decir, la normativa se incumplió.

Y aquí se responde a uno de mis intereses al comprar y leer este libro: “Con la introducción de las máquinas se prohibió que las madres tuvieran a los niños consigo en los talleres mecánicos; estos se quedaban con las abuelas en los manuales y las madres sólo los tenían para el pecho dos veces al día durante media hora cada vez”. ¡Toma ya! Llegaron los horarios fijos a poner orden en tanta lactancia libre, sin horarios, a voluntad, a deseo mutuo… Es decir, es el mundo laboral y productivo el primero que fijó horarios rígidos a la lactancia. Después el relevo teórico lo tomó la “ciencia” o la pseudociencia, más bien, de la mano de pediatras como Luther Emmet Holt, del que he hablado bastante en este blog. Pero la teoría tenía que apoyar los deseos del Capital mecanizado y adaptarse a él. Que hay que limitar la lactancia, bien, ya nos encargamos nosotros de inventarnos una teoría o doctrina ad hoc. Fue la máquina, fue el capitalismo, pero antes que ellos, fue el Estado. No olvidemos que esta empresa, la mayor de España en número de trabajadoras (30.000) era propiedad del Estado, de la Corona en régimen de monopolio. Fueron los reyes los primeros empresarios del incipiente capitalismo. Esto siempre se les olvida a los que demonizan a “los mercados” y son “anticapitalistas” sin ser “antiestado”, es decir, se le olvida a toda la izquierda.

Con la entrada de las máquinas los niños no podían estar con sus madres pero seguían con las abuelas en los talleres manuales y después a las guarderías que se abrieron durante los años cuarenta. Para la empresa ya no tenía sentido el aprendizaje familiar porque se trataba de trabajos mecánicos. No es lo mismo liar un cigarro manualmente, que casi es un arte, a apretar botones y palancas, creo entender…

5. Eso que ahora se llama “Tribu”…

Las cigarreras tenían “tribu”, pero de la de verdad, no un grupo de padres que se reúne una hora a la semana. La familia extensa vivía cerca, había patios de vecinos y los lazos de solidaridad eran tan fuertes que las cigarreras se hacían cargo de los niños de las madres que se morían.

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Cigarreras sevilladas, dos de ellas junto a sus bebés.

6. Flexibilidad y empleo hereditario de madres a hijas.

Las cigarreras tuvieron siempre dos reivindicaciones: una expresada de forma clara, la de que su trabajo lo heredaran sus hijas, y la otra reivindicada con la práctica y la acción, la flexibilidad. “La responsabilidad doméstica que por su género les imponía la sociedad hacía que tuvieran un compromiso laboral basado en un uso del tiempo flexible que en la fábrica se materializó en la impuntualidad y en las continuas faltas de asistencia”. Yo aquí tengo que decir que no tengo tan claro que eso que denomina responsabilidad doméstica lo imponga la sociedad, es decir, que sea algo meramente social o cultural, si acaso biocultural en lo que respecta al cuidado de los hijos (obviamente no me refiero a la limpieza de la casa). Lo siento si suena políticamente incorrecto pero creo que las madres tenemos una relación diferente con los hijos cuando son pequeños, sobre todo a través de la lactancia. Y también pongo en duda que fuera algo impuesto desde fuera. Es como cuando mi hijo tenía dos meses y había gente que decía que saliera a tomar algo a pasármelo bien. Fui a un concierto y no podía dejar de pensar en él y deseaba volver corriendo para ver si estaba bien. En cualquier caso, estas mujeres no parecían muy apocadas y si hubieran tenido algún problema con ese tema, al igual que por casi linchan al jefe de fábrica, traían el salario principal a casa e imponían un matrilinaje laboral, imagino que sabrían negociar bien sus intereses dentro de la casa. Además, es importante señalar que incluso en sociedades matriarcales o matrilineales como la de las Mosuo hay división sexual sin patriarcado ni machismo, lo que rompe uno de los clásicos argumentos del feminismo actual que los asocia de forma intrínseca.

La autora señala un aspecto importante respecto al trabajo infantil, que siempre se estudia como algo negativo desde nuestra proyección actual y, sin embargo, en esa época era una forma de enseñarles un oficio. Un testimonio del libro en este sentido: “Mi madre que en gloria esté entró a cuidar a un niño chico cuando era una chiquilla y de ahí empezó a hacer pitillos con medio papel hasta que ya lo hizo grande (…)”. El libro explica muy bien que fue cuando la empresa se mecanizó y empezó a exigir que las operarias supieran leer y escribir cuando las madres mandaron a sus hijas a los colegios.

7. Flexibilidad horaria y disciplina fabril:

La autora habla también en el libro de los problemas que tuvieron los empresarios durante la industrialización para que los trabajadores aceptaran los horarios y la disciplina de fábrica. Esto es sumamente interesante, ahora que ya llevamos décadas de sumisión e indefensión aprendida en este sentido, tanto en los colegios como en las oficinas. Por supuesto, sumisión disfrazada en todo lo demás de libertad y, en muchos casos, falso radicalismo, porque los problemas más graves no se enfrentan jamás, siempre se esconde la cabeza cual avestruz.

Uno de los aspectos del libro y que más me ha hecho reflexionar es el tema de la campana (con en los coles, las cárceles, etcétera…) como símbolo del capitalismo industrial. La campana de fábrica es el elemento que subordina el tiempo de las cigarreras a la disciplina industrial. El libro habla del “nuevo orden industrial” en el que se usa el concepto de “el tiempo es dinero”, parecido a nuestra expresión coloquial “mi tiempo es oro”. La cigarrera controlaba su propio tiempo, el trabajo era a destajo y con horarios flexibles hasta que llegaron las máquinas. Después se impuso el pago por jornal.

El horario era flexible en el sentido de que las cigarreras entraban, en teoría, entre la 8-10 de la mañana, pero en la práctica entraban incluso más tarde porque tenían que vestir a los niños, preparar comida, limpiar, etcétera. Los hombres sí cobraban a jornal y no tenían flexibilidad horaria.

La ley de 13 de marzo de 1900 instauró la hora de lactancia (limitando la lactancia libre, con todas las consecuencias bioculturales para la madre y el bebé, recordemos por ejemplo la disminución y duración de la amenorrea de la lactancia y su relación con el trabajo), que podía dividirse en dos medias horas*. Esta ley a las cigarreras solamente les afectó a las que trabajaban ya en los talleres mecánicos como operarias, no en los manuales donde había lactancia sin restricciones. Es curioso que la reivindicación legal de las pausas de lactancia sea en parte una claudicación, una concesión que tiene que ser otorgada desde el poder, en lugar de reivindicar la libertad de la relación simbiótica madre bebé como algo intrínseco a la vida, algo prepolítico, prelaboral y preproductivo. Yo al menos lo veo así. Es importante señalar que aún así antes de que se iniciara la Guerra Civil su convenio (ya para las trabajadoras mecánicas) superaba la ley con 2 horas para la lactancia.

En el tema sindical, el libro deja claro que hasta la primera guerra mundial las cigarreras no tuvieron interés en sindicarse porque las estrategias de los sindicatos no coincidían con sus intereses ni su situación personal dentro de la economía familiar. Entender esto es de suma importancia para los sindicatos del siglo XXI, si quieren comprender por qué hay tan baja sindicación de mujeres. Por cierto, interesante es también la parte del libro en la que explica la profesionalización del sindicato de cigarreras y tabaqueros con la modernización, pero no voy a hablar de ello ahora porque me iría por otros temas. Animo a quien le interese el asunto a leer el libro. Otro dato curioso es el de que cuando se impuso la jornada de 8 horas esto supuso una bajada de la producción y pérdidas salariales, tenían menos horas para ganar lo mismo y a las cigarreras les afectó mucho la pérdida de la flexibilidad.

Lina Galvez aporta el siguiente dato: el porcentaje de cigarreras casadas entre 1887-1945 era del 81% mientras que para el total de la población femenina era del 10%. Ganaban bastante más que las otras obreras, tenían horario flexible y podían “conciliar”, como se dice ahora. Entre las propias cigarreras había diferencias salariales entre manuales y mecánicas pero las diferencias salariales más sangrantes fueron  entre las mecánicas y los mecánicos, que pasaron a ser claves en los talleres y por término medio doblaban en salario al de las mujeres.

Con la mecanización y la disciplina fabril llegan los uniformes. ¡Adiós a la falda de volantes y el mantón de manila! ¡Adiós a los colores! Llega la uniformidad, la homogeneidad, el color fijo, la forma fija. Las trabajadoras forman parte de un ejército. Como dice la autora en un pie de foto de una imagen de 1923: “la introducción de las máquinas y la puesta en marcha de los talleres mecánicos también implicó un cambio en la etética de las cigarreras, al menos, durante las horas de estancia en las fábricas”. Pero no fue lo único que cambió, también se redujo el personal en un 70%, descualificándose laboralmente las que quedaron. Con la mecanización se acabó la herencia madre-hija de los trabajos y el hombre comenzó a ser el cabeza de familia. Sobraba personal y durante los años veinte del siglo XX ya no admitían nuevo personal femenino, era la “nueva política de contratación” de la empresa:

“Hay que tener en cuenta que, desde que ingresaron las aprendizas a principios de la década de los veinte para ocupar los puestos en los talleres mecánicos de cigarrillos no volvieron a entrar operarias hasta finales de los años cincuenta. Fue, por tanto, a principios de la década de los sesenta que se admitieron aprendizas, que sólo podían ser solteras. Durante algunos años aquellas que se casaban tenían que abandonar su puesto de trabajo algo que cambió pronto.”

El tema de las casadas y solteras es muy interesante, ahora que vuelve a estar de rabiosa actualidad con las noticias de que algunas empresas pagan la congelación de óvulos a sus trabajadoras, porque por casadas la empresa entendía “madres” con hijos a cargo. Dice Lina Gálvez:

“El que la flexibilidad laboral que fue conveniente durante la primera fase no lo fuera en esta segunda, cuando las máquinas que llevaban su propio ritmo ya estaban funcionando, queda de manifiesto en una medida tomada unilateralmente  por el jefe de la fábrica de Sevilla: decidió expulsar a toda aprendiza que contrajera matrimonio. La ilegalidad de la medida quedó patente con el cambio de jefe en los años veinte y la nueva adminisión de aprendizas, para los talleres mecánicos de cigarrillos. Ya en la tercera fase, junto con las nuevas aprendizas fueron reingresadas todas las mujeres con capacidad y disponibilidad para trabajar que fueron despedidas entre 1912 y 1915 por haber contraído matrimonio”.

En resumen, entrada de las máquinas, mayor disciplina fabril. Talleres manuales, menor disciplina fabril y mayor flexibilidad. ¿Por qué? Porque la rentabilidad de imponerla estaba relacionada con el aumento del producto por trabajador obtenido con las máquinas. Esto quiere decir que cuando eran poquitas las operarias en los talleres mecánicos respecto a los talleres manuales, no era rentable imponer la inflexibilidad y la disciplina. Sin embargo, cuando se fueron haciendo viejas y jubilándose las abuelas de los talleres manuales y aumentó el número de jóvenes en los talleres de máquinas (y, por tanto, el número de productos producidos por esas máquinas), sí se fue imponiendo esa disciplina fabril porque en ese momento sí salía a cuenta.

¿Tiene todo esto alguna relevancia para el momento actual?

Yo creo que sí. Como sabéis he empezado una serie de programas en mi trabajo en los que me he llevado a mi hijo a las grabaciones. Yo estoy en régimen de teletrabajo, que es un régimen flexible en el que solamente tengo que ir 2 días presenciales con eso que Lina Gálvez llama “disciplina horaria”. El resto de los días no tengo que fichar y trabajo en casa. Esta es una estrategia de empresa basada en que el trabajador se comprometa a realizar determinados objetivos (en mi caso la realización de determinado número de programas). A mí como madre lactante y madre de otro niño ya escolarizado me interesa trabajar así mas que del otro modo (ir los 5 días a la oficina) pero soy consciente de que algo se está moviendo a nivel de estrategia empresarial. Además, me surgen dudas del tipo… ¿Para criar a un bebé no es necesario tener familia extensa y apoyos cerca? Ese punto no lo he resuelto del todo, a pesar de la gran ayuda familiar que tenemos los días que trabajo presencialmente, porque al final estoy casi todo el día sola con él. ¿En el mundo actual se pueden hacer las dos cosas, trabajar y criar, haciéndolas bien o una de las dos siempre va a salir perjudicada (espero que no la crianza, que para mí está por encima de lo demás)? ¿No será que al final no es posible conciliar y la única forma de criar como me gustaría es dejar de trabajar o con permisos de maternidad largos y pagados de mínimo un año? Pero, entonces, ¿no volvería a estar sola con un bebé durante todo el día? ¿No deberíamos trabajar todos a media jornada? Lo que sí tengo claro es que quiero cuidar, que requiere esfuerzo pero lo quiero hacer y necesito estar cerca de mi hijo.

Por otro lado, a pesar de que durante toda la historia de la humanidad las mujeres han tenido hijos y han trabajado, ahora parece que es imposible. Se entiende por conciliar dejar a tu hijo de pocos meses en una guardería en la que no eres bienvenida, con periodos de “adaptación” ridículos en los que se te pide en muchas de ellas que dejes al niño en una especie de “torno” y no mires atrás cuando le escuches llorar, en el que las madres y los padres estorbamos, en las que se nos mandan “deberes” para organizar también nuestro tiempo de ocio con nuestros hijos como si fuéramos inútiles y seres sin creatividad propia… Lo mismo que vuelve a ocurrir con 3 años y comienzan el cole. Eso no es conciliar, eso es aparcar a los hijos para entregarnos a la empresa. Además, las AMPAs de los colegios muchas veces en lugar de ejercer de defensores de los niños se convierten en entes regresivos en los que promover ludotecas los días festivos, es decir, robarles a los niños sus días de vacaciones porque los padres y madres somos unos cobardes incapaces de plantar cara en nuestras empresas y aumentar los días de asuntos propios o los días festivos para acoplarnos a los de nuestros hijos y no al revés. Como siempre, son los más débiles los que pagan nuestra falta de valentía para afrontar los conflictos. Porque aquí hay un conflicto, señores y señoras, un conflicto oculto, invisibilizado. Para visibilizarlo lo único que hay que hacer es llevarnos a nuestros hijos a las empresas, que se sepa que existen, que no nacen y se gestan todavía en vientres artificiales y fruto de bases de esperma y óvulos congelados anónimos y guardados por el Estado. No vienen de París, no nacen en las huertas y los trabajadores no nos generamos por generación espontánea.

Sacar a la política de este tema me parece fundamental. Todo esto son temas prepolíticos, antes de entrar en lo político. Son temas tan básicos y elementales que todas las personas, independientemente de su ideología o credo deberían ponerse de acuerdo o al menos pensar sobre ello. Somos animales humanos, no máquinas, somos vulnerables, nos ponemos enfermos, tenemos discapacidades y capacidades diversas, sangre en las venas. Sin cuidados, no hay vida. Y eso mismo se manifiesta en lo que está ocurriendo en el mundo. No hace falta idealizar el pasado preindustrial (algunos idealizan el pasado paleolítico), porque no era un paraiso ideal, los paraisos solamente existen en los mitos religiosos. Pero lo que diferencia fundamentalmente a nuestra época es que lo que está en juego es la existencia misma de vida en el planeta, no si esa vida y su calidad será buena, mala o regular. No si habrá mortalidad infantil del 50% o del 0%. Es que si seguimos así no habrá animales ni habrá seres humanos, quizás sí bacterias y virus, no lo sé. Se mueren las abejas, se esquilman los océanos, se contaminan las aguas… Y todo por falta de cuidado y de cuidados. El único cuidado permitido es el cuidado a la empresa y el cuidado al Estado. Como ya dije en el post sobre el informe Womenomics de Goldman Sachs la clave también está en el QUÉ estamos tratando de conciliar.

Termino este post en otra noche más de insomnio de la misma forma como lo empecé, otra noche y el mismo bebé en la mochila durmiendo, tosiendo y moqueando. Buenos días.

*ACTUALIZACIÓN: acabo de descubrir el Real Decreto de 1900 y era mucho más flexible de lo que pensaba, incluso más flexible que la legislación actual:

permiso de lactancia

Relacionada:

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

El primer precedente del “dejar llorar” a los bebés: Licurgo de Esparta

Imagen tomada de http://www.estoeshispania.com/2010/06/la-agoge-espartana.html

El verdadero precedente de Estivill, Ferber, Spock y Luther Emmett Holt, el pediatra del Instituto Rockefeller, podría ser la crianza y educación eugenésica y militarista que promovió Licurgo en la Esparta de los siglo VIII al VII a.C.. En las elites de esta ciudad el único vínculo que podía existir era el amor al Estado por encima de todo lo demás. Fuera de este esquema quedaban los esclavos y los bebés que no superaban la prueba de fortaleza a la que eran sometidos después de nacer.

Así lo cuenta Plutarco en su capítulo sobre el legislador Licurgo:

XVI.- Nacido un hijo, no era dueño el padre de criarle, sino que tomándole en los brazos, le llevaba a un sitio llamado Lesca, donde sentados los más ancianos de la tribu, reconocían el niño, y si era bien formado y robusto, disponían que se le criase repartiéndole una de las nueve mil suertes; mas si le hallaban degenerado y monstruoso, mandaban llevarle las que se llamaban apotetas o expositorios, lugar profundo junto al Taigeto; como que a un parto no dispuesto desde luego para tener un cuerpo bien formado y sano, por sí y por la ciudad le valía más esto que el vivir. Por tanto, las mujeres no lavaban con agua a los niños, sino con vino, haciendo como experiencia de su complexión, porque se tiene por cierto que los cuerpos epilépticos y enfermizos no prevalecen contra el vino, que los amortigua, y que los sanos se comprimen con él, y fortalecen sus miembros. Había también en las nodrizas su cuidado y arte particular; de manera que criaban a los niños sin fajas, procurando hacerlos liberales en sus miembros y su figura; fáciles y no melindrosos para ser alimentados; imperturbables en las tinieblas; sin miedo en la soledad, y no incómodos y fastidiosos con sus lloros. Por esto mismo muchos de otras partes compraban para sus hijos amas lacedemonias; y de Amicla, la que crió al ateniense Alcibíades, se dice que lo era; y a este mismo, según dice Platón, le puso Pericles por ayo a Zópiro, esclavo, que en nada se aventajaba a cualquiera otro esclavo. Mas a los jóvenes Espartanos no los entregó Licurgo a la enseñanza de ayos comprados o mercenarios, ni aun era permitido a cada uno criar y educar a sus hijos como gustase; sino que él mismo, entregándose de todos a la edad de siete años, los repartió en clases, y haciéndolos compañeros y camaradas, los acostumbró a entretenerse y holgarse juntos. En cada clase puso por cabo de ella al que manifestaba más juicio y era más alentado y corajudo en sus luchas, al cual los otros le tenían respeto, y le obedecían y sufrían sus castigos, siendo aquella una escuela de obediencia. Los más ancianos los veían jugar, y de intento movían entre ellos disputas y riñas, notando así de paso la índole y naturaleza de cada uno en cuanto al valor y perseverar en las luchas. De letras no aprendían más que lo preciso; y toda la educación se dirigía a que fuesen bien mandados, sufridores del trabajo y vencedores en la guerra; por eso, según crecían en edad, crecían también las pruebas, rapándolos hasta la piel, haciéndoles andar descalzos y jugar por lo común desnudos. Cuando ya tenían doce años no gastaban túnica, ni se les daba más que una ropilla para todo el año; así, macilentos y delgados en sus cuerpos, no usaban ni de baños ni de aceites, y sólo algunos días se les permitía disfrutar de este regalo. Dormían juntos en fila y por clases sobre mullido de ramas que ellos mismos traían, rompiendo con la mano sin hierro alguno las puntas de las cañas que se crían a la orilla del Eurotas; y en el invierno echaban también de los que se llaman matalobos, y los mezclaban con las cañas, porque se creía que eran de naturaleza cálida.”.

Estas costumbres se atribuyen a Licurgo, autor de la Constitución de Esparta (Gran Retra) pero también es posible que no fueran obra de una sola persona.

Más información:

– La Gran Retra: http://elestudiantedehistoria.blogspot.com.es/2007/10/la-gran-retra.html

– La agoge espartana: http://www.estoeshispania.com/2010/06/la-agoge-espartana.html

http://historiaybiografias.com/espartanos/

– Jenofonte. La República de los lacedemonios: https://es.scribd.com/doc/260387185/Jenofonte-La-Republica-de-los-lacedemonios-ed-bilingue-pdf