Androcentrismo en la Historia…

Leo y cito del periódico georgesorosiano Eldiario: http://www.eldiario.es/madrid/Escritoras-propuestas-feministas-presupuestos-participativos_0_627838189.html

Laura Nuño, del Observatorio para la Igualdad de la Universidad Juan Carlos I de Madrid, redunda en la misma idea: “Mientras no se visibilice a las mujeres escritoras, artistas y científicas se lanza el mensaje de que la creación es solo de hombres”. Para Nuño, es necesario que se reconozca el trabajo de las mujeres como una manera de desterrar la idea de la mujer “destinada al ámbito doméstico, incapacitada para la creación”.

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También la articulista y escritora feminista Barbijaputa lo recogía esta misma semana en un texto publicado en este medio,  ‘La regla y las milongas,’ en el que explica el androcentrismo: “Todo gira en torno a ellos”. Barbijaputa cita el libro La mujer en ‘el origen del hombre’ (2004) de la antropóloga María Ángeles Querol en el que explica “cómo ella misma empezó a darse cuenta de dicho androcentrismo en la forma en que estaba narrada la Historia”. 

“El trabajo de las mujeres” no es solamente el de “escritoras, artistas y científicas”, amigas mías. Dignificar el trabajo de las mujeres es dignificar y reconocer el trabajo de las criadas y nodrizas de esas “escritoras, artistas y científicas”, que permitieron que ellas pudieran escribir, crear arte culto y ciencia. Eso para empezar. Cuando valoremos que lavar platos y cocinar son cultura popular y que son prácticas importantes, que no es lo mismo una croqueta congelada comprada que una hecha en casa y con cariño, entonces podremos decir que valoramos lo que han hecho las mujeres en la Historia. Cuando valoremos que cantar una nana mientras amamantas a un bebé es cultura y arte, entonces podrás decir que valoras la cultura y la historias de las mujeres.

Las mujeres en este país no son “Concepción Arenal y Emilio Pardo Bazán”. Las mujeres del pueblo cantaban, recitaban poemas, tocaban panderetas o instrumentos de cocina, cosían, bordaban y eso era arte, lo que pasa que es arte popular y eso nunca ha interesado a los hombres ni a las mujeres de las elites, salvo quizás a Federico García Lorca.

Alan Lomax y Jeannette Bell viajaron por España recopilando esas canciones que cantaban las mujeres y los hombres del pueblo. Hay nanas, romances, canciones picaronas y eróticas, villancicos, canciones religiosas… ¿Por qué a estas personas tan cultas y preocupadas por la invisibilización de las mujeres no se les ocurre recuperar o valorar esas canciones, ese saber popular? Muy sencillo. Porque ellos y ellas siguen valorando más la alta cultura que la que emanaba directamente de la gente común. Ahora no emana nada porque con la emigración del campo a la ciudad se rompió la correa de transmisión y no tenemos cultura propia, todo es cultura impuesta desde arriba por empresas e instituciones públicas y privadas. Incluso la cultura del monolito, la estatua conmemorativa o el arco del triunfo son manifestaciones, una vez más, de una cultura del poder que nos viene impuesta desde arriba, al igual que lo que se pretende dignificar en la propuesta de la que habla el artículo, pagada con los presupuestos denominados “participativos”.

Tampoco podemos hablar de androcentrismo, ya que la cultura popular masculina, al igual que la femenina, no se ve representada por los famosos escritores y artistas, ni por la historia de batallas y reyes. Pero tratar de que articulistas de medios como El Diario lo entiendan, es demasiado costoso, y yo al menos no tengo ni ganas ni tiempo para hacerlo.

Las mujeres feministas que, hoy en día, reivindican como cultura de las mujeres solamente la producida por mujeres burguesas o aristócratas son, efectivamente, elististas y están dejando de lado el 99% de la creatividad femenina durante milenios. Mucha de esa creatividad ni siquiera fue escrita ni almacenada. Era arte vivo, perecedero en lo material, memorizado y transmitido de unas personas a otras. Ya que no serán recordadas por las cátedras de género ni por las universidades, recordémoslas hoy por aquí.

 

“La nodriza” de Berthe Morisot