Mario y María Montessori

Poca gente sabe que la famosa pedagoga y doctora María Montessori tuvo un hijo con un compañero de trabajo en la escuela Ortofrénica, el Dr. Giuseppe Montesano. El hijo, Mario, seguramente naciera en 1901 (o 1898), cuando María renunció a su puesto de trabajo, rompió relaciones con Montesano y desapareció durante un año. El niño fue criado por una nodriza (a la que nadie, ni los biógrafos, se han molestado en poner nombre) a las afueras de Roma y María iba a visitarlo de vez en cuando, sin decirle nunca que ella era su madre.

Giuseppe Montesano

Hasta aquí lo que más o menos se sabe de la historia a un nivel superficial. Pero, ¿por qué una mujer supuestamente tan emancipada, la primera mujer graduada como doctora en medicina en Italia, no pudo criar a su propio bebé? ¿Qué se puso en su camino? ¿Acaso no se nos dice que en el patriarcado son los hombres los que intentan controlar la sexualidad y los hijos gestados por la mujer? En este caso parece que no fue así, ya que Montesano no quiso criarle tampoco. Hay algo que no termina de cuadrar, ¿verdad?

Renilde Stoppani

Las personas que más se interpusieron entre esta madre puérpara y su bebé no fueron otras que la madre de Montesano, Isabella Schiavone, y su propia madre, Renilde Stoppani. Y, ella, tan rebelde y autónoma en todo lo demás, en esto fue sumisa ante el poder de las madres (el matriarcado, en un sentido literal y etimológico). ¿Y cómo sabemos esto? Pues porque el propio Mario Montessori así se lo explicó a Rita Kramer, la biógrafa de María Montessori. Este le contó que sus padres no se casaron porque la madre de Montesano se opuso a ese matrimonio y que el plan de mandarle con una nodriza fue urdido por estas dos mujeres. Montesano, por su parte, dijo que le daría el apellido legal a condición de que el nacimiento de Mario fuera mantenido en secreto. Mario también le contó a Kramer que Giuseppe y María hicieron la promesa de no casarse y que fue el incumplimiento de esa promesa lo que provocó en María la gran crisis vital que la impulsó a dejar su puesto de trabajo. Si no lo he entendido mal, no fue el abandono hacia el hijo sino el abandono del padre de su hijo lo que provoca el derrumbe. Tenía 30 años. Dejó la medicina y se puso a estudiar antropología, psicología y otras disciplinas, centrándose en las investigaciones de Edouard Séguin. Su nuevo objetivo fue intentar desarrollar una forma de educar a los niños para crear eso que llaman una “sociedad mejor”.

Rita Kramer parece que trata de justificar estas decisiones afirmando que hace 75 años (su biografía fue publicada en 1976) la noticia de que Maria Montessori tenía un hijo fuera del matrimonio habría arruinado su carrera y cualquier posibilidad de hacer su gran contribución al mundo, lo que ella creía que era el objetivo de su vida. Lo cierto es que esto era verdad entre las clases altas que tenían una reputación moralista y puritana que mantener, en las clases populares y rurales la gente tenía hijos fuera del matrimonio o tenían el hijo y se casaban años después, como por ejemplo se cuenta en el libro “La familia campesina del occidente asturiano” de Asunción Díez. Pero, aún así, no deja de ser paradójico que una mujer que unos años antes de parir había viajado a dos congresos internacionales de mujeres, uno celebrado en Berlín en 1896 y otro en Londres en 1899 en el que había hablado desde el atril sobre las mujeres y los niños, y sobre las repercusiones que sus condiciones de vida tienen sobre la sociedad, finalmente no tuviera la valentía de enfrentarse a su madre y su “suegra” y poder criar a su propio hijo, independientemente de estar casada o no. ¿Por qué negarle la identidad y el cariño a un niño, que no tenía permitido saber que aquella elegante mujer que le visitaba era su madre, para cumplir los designios de dos abuelas y el padre de la criatura? Al final está claro que se sacrifica al más débil…

Mario Montessori

La perspectiva de Mario que se narra en el libro de Kramer puede resumirse en que tenía vagos recuerdos sobre una mujer bella que le visitaba de vez en cuando y sobre la que él proyectaba sus fantasías maternales, ya que las personas que le criaban no eran sus verdaderos padres. Con siete años le mandaron a un internado, una institución que todo el mundo sabe que se suele caracterizar por su calidad y empatía hacia la infancia, cerca de Florencia y las visitas de María siguieron sucediéndose, pero nadie le explicaba nada.

Un año después de la muerte de la madre de María, la que se oponía a que su hijo fuera reconocido públicamente como su hijo para que ella pudiera desarrollarse profesionalmente, sucedió algo importante. Fue un día de primavera de 1913, cuando tenía 15 años, recuerda Mario. En una de las visitas de María, simplemente dijo “Sé que eres mi madre” y también le dijo que quería irse a vivir con ella, a lo que María no se opuso. Y, como en los finales de los cuentos, vivieron felices y comieron perdices, ya que él jamás se separó de su lado y fue un pilar muy importante de las organizaciones que fundaron.

A partir de ese momento, Mario rechazó apellidarse Montesano y se llamó Mario Montessori a secas. De esta forma, reflexiona Kramer, se protegía al padre, que estaba casado y tenía una familia propia, pero también era una forma de negar al padre y quitarle de en medio. Sin embargo, a pesar de que vivía con ella, no le presentaba todavía como su hijo. Más tarde, en su viaje por California en 1915, le presentaría como su sobrino y después como su hijo adoptivo. En 1929 todavía no le reconocía públicamente como su hijo biológico.

Después de leer el libro sigo sin comprender esta historia, no puedo entender que alguien dedique su vida al estudio universitario y a la implementación de métodos escolares mientras no es capaz de hacer un corte de mangas a los convencionalismos sociales, al padre, a la madre, a la suegra, a la sociedad entera, al feminismo, al patriarcado, al matriarcado, al “arcado” (poder) mismo. ¿Para qué sirve la fama y el reconocimiento si no puedes criar desde tus entrañas? No lo entiendo y no soy capaz de reconocer los avances de su método pedagógico (yo no creo en la escuela en general) porque el verdadero avance para la humanidad hubiera sido ese atrevimiento, esa subversión en nombre del amor a un bebé del que te separan nada más nacer. Esa es para mí la verdadera revolución pedagógica Montessori que nunca se realizó, la que hubiera enseñado a la gente, a la alta sociedad, a las élites políticas y económicas, al feminismo naciente, lo verdaderamente importante en la vida. No lo que hay que enseñar a los niños de los barrios bajos o altos, a los marginales, a los retrasados, a los listos, a los ricos, y cómo deben aprenderlo. No, esa pedagogía es inútil o incluso perjudicial, porque el ser humano ha vivido sin escuela durante milenios y los niños han aprendido lo que tenían que aprender de la vida sin necesidad de pedagogos.

La pedagogía que podría haber aportado al mundo tenía que haber sido hacia los adultos de su entorno, en primer lugar, y hacia los adultos de la llamada “vida pública”, universitaria, presidentes de Estado, empresarios, reyes… Esos sí necesitan que alguien les muestre lo que es el amor más básico y sencillo con un simple acto de valentía, sin necesidad de métodos grandilocuentes ni apellidos de renombre. Y es que, si tener un hijo va a ser un obstáculo en tu carrera profesional o a tu reputación, quizás esa carrera y esa reputación son sencillamente una mentira, un artificio, una basura empapelada con un papel muy bello y brillante, pero que debajo no tiene nada, humo. Ideas sin cuerpo. Humo. Así podríamos describir gran parte del conocimiento humano enseñado en las universidades y la alta cultura en general, todo basado y apoyado en criadas y nodrizas que ponen su energía y su vida para que otros puedan crear algo en teoría más valioso o, al menos, valorado socialmente.

Escuela Montessori. 1932, Barcelona.

Relacionado:

  • Hay una película biográfica que cuenta esta historia a modo de ficción, pero con aportaciones y diálogos inventados sobre el tema de su hijo que no figuran en la biografía de Kramer:

  • La biografía de Rita Kramer, prologada por Anna Freud, todo un panegírico de María Montessori:

Las cigarreras iban al trabajo con sus bebés

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Este libro, “Compañía Arrendataria de Tabacos 1887-1945. Cambio tecnológico y empleo femenino” de Lina Gálvez-Muñoz, contiene información muy valiosa sobre la historia de las madres y la influencia de la mecanización industrial en la vida de las trabajadoras. Por eso, esta noche, tercera noche consecutiva de catarrazo de mi bebé, voy a aprovechar que solamente se duerme en la mochila para escribir. No voy a hacer un resumen del libro (además, no me lo he leído entero) sino que voy a destacar la información que yo iba buscando entre sus páginas y que me ha parecido más valiosa.

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1. El edificio:

La Real Manufactura de Tabacos de Sevilla fue construida en 1728 bajo la dirección de un ingeniero militar, D. Ignacio Sala, para la elaboración manual de cigarros. Me ha llamado muchísimo la atención confirmar una vez más las conexiones entre la fábrica y el ejército en un edificio que hasta disponía de foso defensivo. ¿Para que no huyeran los propios trabajadores o no entrara el enemigo? Según Wikipedia en realidad fue “debido a su construcción extramuros adosado a parte de las murallas de la ciudad por esa zona”, pero en el libro se nos cuenta que además del foso, “mantuvo hasta mediados del siglo XIX un cuerpo de guardia de 20 soldados”. Hay que tener en cuenta que se registraba a todo el personal a la entrada y a la salida, para que no se llevaran tabaco de contrabando. ¡Existía hasta una cárcel propia dentro de la fábrica!

Y nos cuenta Lina Gálvez que dice, a su vez, Bonet Correa: “(…) Sala había diseñado una fábrica a la que le faltaba coherencia y la racionalización que requería un sistema rígido para poder controlar a los obreros y a la producción. Su plano resultaba laberíntico y de difícil vigilancia, por tanto, no es extraño que fuese criticado y a la postre modificado principalmente para poder instalar los nuevos ingenios que se pensaba introducir en la fábrica. Para este autor, al igual que las cárceles en el siglo XVIII las factorías tendieron a crear espacios diáfanos, no sólo capaces de albergar las máquinas sino también para que el patrón o los encargados de la vigilancia pudiesen fácilmente controlar el trabajo“.

2. ¿Por qué se sustituyó a los trabajadores por trabajadoras durante el primer tercio del siglo XIX?

“La razón principal que dio la Hacienda para justificar la contratación de cigarreras fue que las manos de las mujeres eran más apropiadas para la confección del cigarro que las de los hombres que además hacían falta en el campo para levantar el país de la devastación de la guera”. Pero añade más tarde otra hipótesis, “Si esto es así, la Corona pudo haberse decidido por la mano de obra femenina exclusivamente porque presentaba las características que necesitaba: barata y flexible, para un sistema de producción intensivo de trabajo como lo era el de los cigarros y cigarrillos”. Es decir, como la producción era a destajo, manual e intensiva, y a su vez era flexible, las necesidades de la producción iban más acordes con la mano de obra femenina, como veremos después.

Las cigarreras eran mano de obra cualificada que aportaba el salario principal en sus familias (en concreto, en el 50% de los casos a principios del siglo XX) y sus maridos trabajaban también, pero solían tener trabajos temporales. La decisión de cambiar la mano de obra masculina por la femenina, de expulsar a los cigarreros, fue una decisión política de la Hacienda tomada a principios del s. XIX “con la presión contraria de la sociedad y las elites locales”. Pero aún así, siguió habiendo hombres en la fábrica con una clara división sexual del trabajo: mujeres en los talleres de elaboración y hombres en el picado, máquinas y el taller de faenas generales, supervisión, vigilancia y tareas burocráticas.

En otra parte del libro la autora dice algo con lo que no estoy de acuerdo: “las mujeres eran identificadas como trabajadores baratos, flexibles, sumisos y que se adaptaban con mayor facilidad a los trabajos monótonos  tal y como estaban acostumbradas por las tareas domésticas en las que habían sido aleccionadas desde la infancia”. ¿Sumisas? Creo que en este blog ya he hablado bastante de ese aspecto aquí, aquí, aquí   y aquí entre otros posts. Pero es que, además, el propio libro lo contradice con cómo defendían sus intereses estas mujeres dentro de la empresa, por ejemplo contra la introducción de máquinas. Además, las tareas domésticas son igual de monótonas (o de no monótonas) que cualquier otro trabajo fuera de casa, que también tiene sus rutinas.

3. ¿Cómo se organizaba el trabajo?

Las operarias se agrupaban en ranchos, mesas de trabajo que funcionaban como unidades de producción a la hora de entregar el trabajo y ser remunerado, en las que trabajaban de seis a diez mujeres dependiendo de los talleres. En cada rancho había un “ama de rancho” que era la que llevaba las cuentas.

4. Los bebés.

“La costumbre de que las cigarreras fueran acompañadas de sus hijos siguió a lo largo de todo el siglo incluso después de que se prohibiera a partir de 1882, cuando sólo permitieron llevar niños que fueran de pecho”. Había flexibilidad en la asistencia y en la entrada, el empleo era hereditario: se transmitía de madres a hijas, que aprendían el oficio cuando acudían a las fábricas acompañando a las madres para ayudar en el cuidado de los niños de pecho. Esto era muy cómodo para la empresa porque no tenía que pagar por la enseñanza del oficio.

Más tarde explica el sistema en el que el papel de las hijas como “alomadres”, en vocabulario de la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy, era fundamental:

“Las cigarreras llevaban a sus hijas pequeñas a las fábricas para que ayudaran en el cuidado de los niños de pecho que, en cunas suministradas por la dirección se encontraban a cientos repartidos por los talleres. Al mismo tiempo, estas niñas aprendían a liar cigarrillos. Este sistema era muy ventajoso para la renta ya que siempre había mano de obra joven, dispuesta y preparada para incorporarse a las fábricas sin tener que invertir en aprendizaje en un trabajo que necesitaba varios años de preparación. Estas cigarreras que entraban en categoría de aprendizas solamente tenían que adquirir velocidad en la labor y ser destinadas al taller para el que presentaban mayor adecuación. (…) Igualmente era más fácil controlar la mano de obra si toda la familia era dependiente de un mismo empleador”.

Lina Gálvez nos cuenta después que cuando se hizo la transición del taller manual al mecánico, el jefe de la fábrica de Sevilla entre 1896-1918 no quería que entraran las hijas porque ya venían con “vicios” cogidos (el vicio de la flexibiliad y no tener disciplina), pero la dirección de la empresa siguió prefiriendo contratar a las hijas de las cigarreras porque era la única forma de que las cigarreras aceptaran sin oponerse con violencia, la compra de maquinaria para los talleres. De hecho, en 1885 casi lincharon al jefe de fábrica por el rumor que existía de que habían llegado a la fábrica máquinas de liar cigarrillos. ¿Habíamos dicho que eran sumisas? Como indica Lina Gálvez, estas mismas cigarreras aceptaron las máquinas cuando fue la única manera de continuar con el trabajo hereditario por sus hijas. La jugada de la empresa fue decir que solamente entrarían aprendizas para ocupar los taller mecánicos, no los manuales, durante el tiempo de transición de un modelo productivo al otro.

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Imagen: grabado de Gustavo Doré sobre las cigarreras en 1862. Las cunas las ponía la empresa y, después, en el siglo XX comenzaron a poner guarderías dentro de la fábrica.

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“Motín de cigarreras en la Fábrica de Sevilla (marzo 1885) , provocado por los rumores de la introducción de máquinas para el liado de cigarrillos de papel -las célebres Bonsack- que amenazaba sus puestos de trabajo”. Tomado de este blog.

Como decíamos, en 1882 se prohibió la entrada de los hijos e hijas mayores y solo dejaron entrar a los lactantes. Así fue la prohibición: “Desde el día de mañana queda terminantemente prohibido el entrar en el establecimiento niños y niñas que no sean de pecho y los que se encuentran en este caso, deberán tenerlos sus madres en los brazos o en cunas a su lado, quedando también prohibidas las niñeras”. De un plumazo, estaban poniendo trabas a la conciliación de las madres, aunque todavía al menos dejaban entrar a los bebés, algo hoy todavía impensable en nuestras oficinas donde ni se pone guardería ni hay un clima que propicie la entrada de los bebés, pero es que yo pienso que nuestra sociedad sufre de bebefobia y eso es harina de otro costal…

Sin embargo, cuenta la autora que sabe por entrevistas que todavía a principos de siglo XX las cigarreras seguían llevando a sus hijas para que cuidaran a los niños lactantes (por cierto, en el libro comenta que seguían dando el pecho “cuando ya andaban”) y aprendieran el trabajo desde los 10-13 años. Es decir, la normativa se incumplió.

Y aquí se responde a uno de mis intereses al comprar y leer este libro: “Con la introducción de las máquinas se prohibió que las madres tuvieran a los niños consigo en los talleres mecánicos; estos se quedaban con las abuelas en los manuales y las madres sólo los tenían para el pecho dos veces al día durante media hora cada vez”. ¡Toma ya! Llegaron los horarios fijos a poner orden en tanta lactancia libre, sin horarios, a voluntad, a deseo mutuo… Es decir, es el mundo laboral y productivo el primero que fijó horarios rígidos a la lactancia. Después el relevo teórico lo tomó la “ciencia” o la pseudociencia, más bien, de la mano de pediatras como Luther Emmet Holt, del que he hablado bastante en este blog. Pero la teoría tenía que apoyar los deseos del Capital mecanizado y adaptarse a él. Que hay que limitar la lactancia, bien, ya nos encargamos nosotros de inventarnos una teoría o doctrina ad hoc. Fue la máquina, fue el capitalismo, pero antes que ellos, fue el Estado. No olvidemos que esta empresa, la mayor de España en número de trabajadoras (30.000) era propiedad del Estado, de la Corona en régimen de monopolio. Fueron los reyes los primeros empresarios del incipiente capitalismo. Esto siempre se les olvida a los que demonizan a “los mercados” y son “anticapitalistas” sin ser “antiestado”, es decir, se le olvida a toda la izquierda.

Con la entrada de las máquinas los niños no podían estar con sus madres pero seguían con las abuelas en los talleres manuales y después a las guarderías que se abrieron durante los años cuarenta. Para la empresa ya no tenía sentido el aprendizaje familiar porque se trataba de trabajos mecánicos. No es lo mismo liar un cigarro manualmente, que casi es un arte, a apretar botones y palancas, creo entender…

5. Eso que ahora se llama “Tribu”…

Las cigarreras tenían “tribu”, pero de la de verdad, no un grupo de padres que se reúne una hora a la semana. La familia extensa vivía cerca, había patios de vecinos y los lazos de solidaridad eran tan fuertes que las cigarreras se hacían cargo de los niños de las madres que se morían.

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Cigarreras sevilladas, dos de ellas junto a sus bebés.

6. Flexibilidad y empleo hereditario de madres a hijas.

Las cigarreras tuvieron siempre dos reivindicaciones: una expresada de forma clara, la de que su trabajo lo heredaran sus hijas, y la otra reivindicada con la práctica y la acción, la flexibilidad. “La responsabilidad doméstica que por su género les imponía la sociedad hacía que tuvieran un compromiso laboral basado en un uso del tiempo flexible que en la fábrica se materializó en la impuntualidad y en las continuas faltas de asistencia”. Yo aquí tengo que decir que no tengo tan claro que eso que denomina responsabilidad doméstica lo imponga la sociedad, es decir, que sea algo meramente social o cultural, si acaso biocultural en lo que respecta al cuidado de los hijos (obviamente no me refiero a la limpieza de la casa). Lo siento si suena políticamente incorrecto pero creo que las madres tenemos una relación diferente con los hijos cuando son pequeños, sobre todo a través de la lactancia. Y también pongo en duda que fuera algo impuesto desde fuera. Es como cuando mi hijo tenía dos meses y había gente que decía que saliera a tomar algo a pasármelo bien. Fui a un concierto y no podía dejar de pensar en él y deseaba volver corriendo para ver si estaba bien. En cualquier caso, estas mujeres no parecían muy apocadas y si hubieran tenido algún problema con ese tema, al igual que por casi linchan al jefe de fábrica, traían el salario principal a casa e imponían un matrilinaje laboral, imagino que sabrían negociar bien sus intereses dentro de la casa. Además, es importante señalar que incluso en sociedades matriarcales o matrilineales como la de las Mosuo hay división sexual sin patriarcado ni machismo, lo que rompe uno de los clásicos argumentos del feminismo actual que los asocia de forma intrínseca.

La autora señala un aspecto importante respecto al trabajo infantil, que siempre se estudia como algo negativo desde nuestra proyección actual y, sin embargo, en esa época era una forma de enseñarles un oficio. Un testimonio del libro en este sentido: “Mi madre que en gloria esté entró a cuidar a un niño chico cuando era una chiquilla y de ahí empezó a hacer pitillos con medio papel hasta que ya lo hizo grande (…)”. El libro explica muy bien que fue cuando la empresa se mecanizó y empezó a exigir que las operarias supieran leer y escribir cuando las madres mandaron a sus hijas a los colegios.

7. Flexibilidad horaria y disciplina fabril:

La autora habla también en el libro de los problemas que tuvieron los empresarios durante la industrialización para que los trabajadores aceptaran los horarios y la disciplina de fábrica. Esto es sumamente interesante, ahora que ya llevamos décadas de sumisión e indefensión aprendida en este sentido, tanto en los colegios como en las oficinas. Por supuesto, sumisión disfrazada en todo lo demás de libertad y, en muchos casos, falso radicalismo, porque los problemas más graves no se enfrentan jamás, siempre se esconde la cabeza cual avestruz.

Uno de los aspectos del libro y que más me ha hecho reflexionar es el tema de la campana (con en los coles, las cárceles, etcétera…) como símbolo del capitalismo industrial. La campana de fábrica es el elemento que subordina el tiempo de las cigarreras a la disciplina industrial. El libro habla del “nuevo orden industrial” en el que se usa el concepto de “el tiempo es dinero”, parecido a nuestra expresión coloquial “mi tiempo es oro”. La cigarrera controlaba su propio tiempo, el trabajo era a destajo y con horarios flexibles hasta que llegaron las máquinas. Después se impuso el pago por jornal.

El horario era flexible en el sentido de que las cigarreras entraban, en teoría, entre la 8-10 de la mañana, pero en la práctica entraban incluso más tarde porque tenían que vestir a los niños, preparar comida, limpiar, etcétera. Los hombres sí cobraban a jornal y no tenían flexibilidad horaria.

La ley de 13 de marzo de 1900 instauró la hora de lactancia (limitando la lactancia libre, con todas las consecuencias bioculturales para la madre y el bebé, recordemos por ejemplo la disminución y duración de la amenorrea de la lactancia y su relación con el trabajo), que podía dividirse en dos medias horas*. Esta ley a las cigarreras solamente les afectó a las que trabajaban ya en los talleres mecánicos como operarias, no en los manuales donde había lactancia sin restricciones. Es curioso que la reivindicación legal de las pausas de lactancia sea en parte una claudicación, una concesión que tiene que ser otorgada desde el poder, en lugar de reivindicar la libertad de la relación simbiótica madre bebé como algo intrínseco a la vida, algo prepolítico, prelaboral y preproductivo. Yo al menos lo veo así. Es importante señalar que aún así antes de que se iniciara la Guerra Civil su convenio (ya para las trabajadoras mecánicas) superaba la ley con 2 horas para la lactancia.

En el tema sindical, el libro deja claro que hasta la primera guerra mundial las cigarreras no tuvieron interés en sindicarse porque las estrategias de los sindicatos no coincidían con sus intereses ni su situación personal dentro de la economía familiar. Entender esto es de suma importancia para los sindicatos del siglo XXI, si quieren comprender por qué hay tan baja sindicación de mujeres. Por cierto, interesante es también la parte del libro en la que explica la profesionalización del sindicato de cigarreras y tabaqueros con la modernización, pero no voy a hablar de ello ahora porque me iría por otros temas. Animo a quien le interese el asunto a leer el libro. Otro dato curioso es el de que cuando se impuso la jornada de 8 horas esto supuso una bajada de la producción y pérdidas salariales, tenían menos horas para ganar lo mismo y a las cigarreras les afectó mucho la pérdida de la flexibilidad.

Lina Galvez aporta el siguiente dato: el porcentaje de cigarreras casadas entre 1887-1945 era del 81% mientras que para el total de la población femenina era del 10%. Ganaban bastante más que las otras obreras, tenían horario flexible y podían “conciliar”, como se dice ahora. Entre las propias cigarreras había diferencias salariales entre manuales y mecánicas pero las diferencias salariales más sangrantes fueron  entre las mecánicas y los mecánicos, que pasaron a ser claves en los talleres y por término medio doblaban en salario al de las mujeres.

Con la mecanización y la disciplina fabril llegan los uniformes. ¡Adiós a la falda de volantes y el mantón de manila! ¡Adiós a los colores! Llega la uniformidad, la homogeneidad, el color fijo, la forma fija. Las trabajadoras forman parte de un ejército. Como dice la autora en un pie de foto de una imagen de 1923: “la introducción de las máquinas y la puesta en marcha de los talleres mecánicos también implicó un cambio en la etética de las cigarreras, al menos, durante las horas de estancia en las fábricas”. Pero no fue lo único que cambió, también se redujo el personal en un 70%, descualificándose laboralmente las que quedaron. Con la mecanización se acabó la herencia madre-hija de los trabajos y el hombre comenzó a ser el cabeza de familia. Sobraba personal y durante los años veinte del siglo XX ya no admitían nuevo personal femenino, era la “nueva política de contratación” de la empresa:

“Hay que tener en cuenta que, desde que ingresaron las aprendizas a principios de la década de los veinte para ocupar los puestos en los talleres mecánicos de cigarrillos no volvieron a entrar operarias hasta finales de los años cincuenta. Fue, por tanto, a principios de la década de los sesenta que se admitieron aprendizas, que sólo podían ser solteras. Durante algunos años aquellas que se casaban tenían que abandonar su puesto de trabajo algo que cambió pronto.”

El tema de las casadas y solteras es muy interesante, ahora que vuelve a estar de rabiosa actualidad con las noticias de que algunas empresas pagan la congelación de óvulos a sus trabajadoras, porque por casadas la empresa entendía “madres” con hijos a cargo. Dice Lina Gálvez:

“El que la flexibilidad laboral que fue conveniente durante la primera fase no lo fuera en esta segunda, cuando las máquinas que llevaban su propio ritmo ya estaban funcionando, queda de manifiesto en una medida tomada unilateralmente  por el jefe de la fábrica de Sevilla: decidió expulsar a toda aprendiza que contrajera matrimonio. La ilegalidad de la medida quedó patente con el cambio de jefe en los años veinte y la nueva adminisión de aprendizas, para los talleres mecánicos de cigarrillos. Ya en la tercera fase, junto con las nuevas aprendizas fueron reingresadas todas las mujeres con capacidad y disponibilidad para trabajar que fueron despedidas entre 1912 y 1915 por haber contraído matrimonio”.

En resumen, entrada de las máquinas, mayor disciplina fabril. Talleres manuales, menor disciplina fabril y mayor flexibilidad. ¿Por qué? Porque la rentabilidad de imponerla estaba relacionada con el aumento del producto por trabajador obtenido con las máquinas. Esto quiere decir que cuando eran poquitas las operarias en los talleres mecánicos respecto a los talleres manuales, no era rentable imponer la inflexibilidad y la disciplina. Sin embargo, cuando se fueron haciendo viejas y jubilándose las abuelas de los talleres manuales y aumentó el número de jóvenes en los talleres de máquinas (y, por tanto, el número de productos producidos por esas máquinas), sí se fue imponiendo esa disciplina fabril porque en ese momento sí salía a cuenta.

¿Tiene todo esto alguna relevancia para el momento actual?

Yo creo que sí. Como sabéis he empezado una serie de programas en mi trabajo en los que me he llevado a mi hijo a las grabaciones. Yo estoy en régimen de teletrabajo, que es un régimen flexible en el que solamente tengo que ir 2 días presenciales con eso que Lina Gálvez llama “disciplina horaria”. El resto de los días no tengo que fichar y trabajo en casa. Esta es una estrategia de empresa basada en que el trabajador se comprometa a realizar determinados objetivos (en mi caso la realización de determinado número de programas). A mí como madre lactante y madre de otro niño ya escolarizado me interesa trabajar así mas que del otro modo (ir los 5 días a la oficina) pero soy consciente de que algo se está moviendo a nivel de estrategia empresarial. Además, me surgen dudas del tipo… ¿Para criar a un bebé no es necesario tener familia extensa y apoyos cerca? Ese punto no lo he resuelto del todo, a pesar de la gran ayuda familiar que tenemos los días que trabajo presencialmente, porque al final estoy casi todo el día sola con él. ¿En el mundo actual se pueden hacer las dos cosas, trabajar y criar, haciéndolas bien o una de las dos siempre va a salir perjudicada (espero que no la crianza, que para mí está por encima de lo demás)? ¿No será que al final no es posible conciliar y la única forma de criar como me gustaría es dejar de trabajar o con permisos de maternidad largos y pagados de mínimo un año? Pero, entonces, ¿no volvería a estar sola con un bebé durante todo el día? ¿No deberíamos trabajar todos a media jornada? Lo que sí tengo claro es que quiero cuidar, que requiere esfuerzo pero lo quiero hacer y necesito estar cerca de mi hijo.

Por otro lado, a pesar de que durante toda la historia de la humanidad las mujeres han tenido hijos y han trabajado, ahora parece que es imposible. Se entiende por conciliar dejar a tu hijo de pocos meses en una guardería en la que no eres bienvenida, con periodos de “adaptación” ridículos en los que se te pide en muchas de ellas que dejes al niño en una especie de “torno” y no mires atrás cuando le escuches llorar, en el que las madres y los padres estorbamos, en las que se nos mandan “deberes” para organizar también nuestro tiempo de ocio con nuestros hijos como si fuéramos inútiles y seres sin creatividad propia… Lo mismo que vuelve a ocurrir con 3 años y comienzan el cole. Eso no es conciliar, eso es aparcar a los hijos para entregarnos a la empresa. Además, las AMPAs de los colegios muchas veces en lugar de ejercer de defensores de los niños se convierten en entes regresivos en los que promover ludotecas los días festivos, es decir, robarles a los niños sus días de vacaciones porque los padres y madres somos unos cobardes incapaces de plantar cara en nuestras empresas y aumentar los días de asuntos propios o los días festivos para acoplarnos a los de nuestros hijos y no al revés. Como siempre, son los más débiles los que pagan nuestra falta de valentía para afrontar los conflictos. Porque aquí hay un conflicto, señores y señoras, un conflicto oculto, invisibilizado. Para visibilizarlo lo único que hay que hacer es llevarnos a nuestros hijos a las empresas, que se sepa que existen, que no nacen y se gestan todavía en vientres artificiales y fruto de bases de esperma y óvulos congelados anónimos y guardados por el Estado. No vienen de París, no nacen en las huertas y los trabajadores no nos generamos por generación espontánea.

Sacar a la política de este tema me parece fundamental. Todo esto son temas prepolíticos, antes de entrar en lo político. Son temas tan básicos y elementales que todas las personas, independientemente de su ideología o credo deberían ponerse de acuerdo o al menos pensar sobre ello. Somos animales humanos, no máquinas, somos vulnerables, nos ponemos enfermos, tenemos discapacidades y capacidades diversas, sangre en las venas. Sin cuidados, no hay vida. Y eso mismo se manifiesta en lo que está ocurriendo en el mundo. No hace falta idealizar el pasado preindustrial (algunos idealizan el pasado paleolítico), porque no era un paraiso ideal, los paraisos solamente existen en los mitos religiosos. Pero lo que diferencia fundamentalmente a nuestra época es que lo que está en juego es la existencia misma de vida en el planeta, no si esa vida y su calidad será buena, mala o regular. No si habrá mortalidad infantil del 50% o del 0%. Es que si seguimos así no habrá animales ni habrá seres humanos, quizás sí bacterias y virus, no lo sé. Se mueren las abejas, se esquilman los océanos, se contaminan las aguas… Y todo por falta de cuidado y de cuidados. El único cuidado permitido es el cuidado a la empresa y el cuidado al Estado. Como ya dije en el post sobre el informe Womenomics de Goldman Sachs la clave también está en el QUÉ estamos tratando de conciliar.

Termino este post en otra noche más de insomnio de la misma forma como lo empecé, otra noche y el mismo bebé en la mochila durmiendo, tosiendo y moqueando. Buenos días.

*ACTUALIZACIÓN: acabo de descubrir el Real Decreto de 1900 y era mucho más flexible de lo que pensaba, incluso más flexible que la legislación actual:

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Relacionada:

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

Los portabebés más antiguos y sencillos del mundo: las bandoleras

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Una mujer, sujetando a un niño con su mano izquierda, coge un higo. De un relieve de la Dinastía 25 de la tumba de Montemhet en Luxor. Tomado de: http://www.touregypt.net/featurestories/mothers.htm#ixzz3k65RTVjb

“Es costumbre ver en pinturas y relieves de tumbas a niños desnudos colgados de las espaldas de las madres o de sus pechos, envueltos en cortas capas de lino que a modo de bandoleras los mantienen unidos al cuerpo materno, o a alguna parte de su anatomía como los brazos, hombros, o caderas. En ocasiones, el crío que empieza a dar los primeros pasos, va detrás de una mujer pugnando para que ella le acoja.

Cuando la madre está reposando de la lactancia, realizando las labores de la casa o trabajando a la intemperie, acostumbraba a desplazarse con la criatura con independencia y comodidad; un ejemplo se observa en un grupo de madre e hijo que está en Munich y que data de finales de la dinastía XVIII (ÄS 2955). En un óstrakon pintado (O.DM 2447) se ve a un lactante amamantado por una mujer que lo envuelve entre los pliegues de su vestido”.

(…)

“En la tumba de Neferhotep (TT49), se remarca el contraste étnico de las mujeres egipcias, por sus peinados lacios y su porte más esbelto y longilíneo. Los niños van amarrados al cuerpo femenino con lienzos en forma de bandolera que les servían a modo de cuna portátil; uno de ellos busca a su madre insistiendo en ser cogido en brazos. Las palmas de las mujeres vueltas hacia al rostro, muestran un gesto de sumisión y reconocimiento a la autoridad que ostentó en vida el dueño de la tumba”.

Tomado del libro “La lactancia en el Antiguo Egipto” de Manuel Juaneda-Magdalena

El cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao (1915)

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Sobre los derechos de lactancia y el cuadro de “Las cigarreras”, texto tomado de www1.museo.depo.es/pdfarticulos/Cigarreras.pdf‎:

“Las cigarreras solían comenzar en el trabajo en torno a los 13 años y no existía un límite de edad para la jubilación. A principios del siglo XX cobraban un salario de 2 pesetas diarias, lo que suponía menos de la mitad de un jornal masculino, pero que permitía a estas mujeres ser independientes y mantener o colaborar al mantenimiento de sus familias. Además, las que eran madres, y muchas de ellas lo eran y solteras, estaban autorizadas a llevar con ellas a sus bebés para darles el pecho y podían tener a su lado en el taller a los niños en cunas que la propia fábrica les facilitaba, lo que permitía que sin dejar de liar los cigarros pudiesen mecer con el pie las camitas, con lo que las sufridas operarias compartían su trabajo con las obligaciones maternas.
Son tiempos en los que los trabajadores no tienen más derecho que el salario que cobran, no existe ningún tipo de atención social por parte del Estado, no hay seguro de enfermedad, alumbramiento, viudedad, orfandad o incapacidad y tampoco pensiones de jubilación. En este difícil ambiente las cigarreras, sin embargo, logran constituir como colectivo una asociación de tipo benéfico, una hermandad de socorro, aún sin carácter sindical, en la que a través de un fondo común se pagaban los subsidios por enfermedad, los días de baja por maternidad y la asistencia a las ancianas que ya no podían realizar su labor. Estas mujeres, estimadas y admiradas por su duro trabajo, adquieren fuerza y, conscientes de su cualificación, serán reivindicativas, documentándose entre 1905-1916, aunque con escasos resultados, varios conflictos en los que las trabajadoras reclaman derechos elementales como la equiparación del salario con los varones, la jornada laboral de ocho horas o la regulación de los despidos, reivindicaciones que llevarán incluso a la convocatoria de grandes huelgas en el período comprendido entre 1918 y 1921″.

(…)

“Refleja aquí su preocupación por el tema de la lactancia, un asunto que el pintor conocía bien a través de su hermana menor, Flora Bilbao de Rebolledo, quien formaba parte de la junta de damas protectoras del consultorio de niños de pecho de Sevilla, una institución reivindicativa con los derechos de las trabajadoras, cuyo director, ya en 1909, pedía a los responsables de la fábrica que les concediesen una jornada dividida en dos tiempos para amamantar a los niños. Hay que tener en cuenta que hasta 1923 el derecho laboral español no establecerá con carácter general la suspensión del contrato de la mujer, con reserva del puesto de trabajo, durante un plazo de seis semanas después del parto y la norma por la que, durante el período de lactancia, las mujeres tendrán derecho dentro de la jornada laboral a una hora diaria, dividida en dos períodos de treinta minutos, para atender a la alimentación de sus pequeños.”

Y tomado de “Feminismos y antifeminismos: Culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX”:

La relación de las mujeres trabajadoras y la maternidad adquiría especial relieve en el caso de las cigarreras, teniendo en cuenta que en algunas de las fábricas estaba muy arraigada la costumbre de que acudieran al trabajo con sus hijos, depositados en cajones cuando eran muy pequeños mientras las madres los mecían y realizaban sus labores. Se consideraba que la nocividad del ambiente fabril no sólo les afectaba a ellas, sino que eran los propios niños y niñas quienes sufrían. Para paliar los efectos de estas prácticas se fundaron varios asilos que tenían por objeto recoger a estas criaturas “cuidarlas y prestarles con mucho cariño y esmero una caritativa asistencia durante las horas en que sus madres estén en sus trabajos”. Evidentemente en una sociedad que estigmatizaba el trabajo femenino el asilo no se concibe como un servicio para la mujer trabajadora. En sus reglamentos destaca la rigidez y la culpabilización de las madres porque no son capaces de desempeñar sus funciones correctamente. En la admisión de los niños y niñas tenían preferencia los de “legítimo matrimonio” sobre los naturales y especialmente sobre los ilegítimos. Las uniones ilegítimas eran consideradas como un atentado directo al orden social, por tanto se asociaban automáticamente con ambientes marginales e incluso con la prostitución”. Además estos reglamentos estipulaban un horario de lactancia que obligaba a las madres a “dar el pecho a sus hijos a las horas que se les marquen” sin “pasar de la antesala, donde les serán entregados” y procurando “detenerse el menor tiempo posible”.”

La verdad es que después de leer el libro de Asunción Díez sobre la familia campesina asturiana es llamativo el retroceso, ya que en la realidad que describe ese libro no había moral victoriana alguna sobre la ilegitimidad o la legitimidad de los hijos. Es llamativo también el primer texto en el que la alta sociedad es la que por un lado explota a las madres y, por otro, reivindica los derechos de lactancia.

Esta es otra visión de las cigarreras, la que hace Edmundo D’Amicis de la fábrica de tabacos de Sevilla (La España, 1875):

“Se les paga en razón del trabajo que hacen: las más hábiles ganan tres pesetas al día (…) Las madres trabajan, columpiando con una cuerda la cuna de sus hijos. De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de picadura, y por todas partes se ven sayas de colores vivos, trenzas negras y ojazos inmensos.¡Cuántas historias de amor, de celos, de abandonos y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!””

Y Emilia Pardo Bazán describe en uno de sus libros, La Tribuna, la manufactura de cigarrillos de Marineda (nombre literario de A Coruña en las novelas de esta autora). Lo que describe aquí poco tiene que ver con el cuadro de Gonzalo Bilbao:

“Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda; apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, arrebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas que quedan confiadas al cuidado de una vecina; en el recién nacido, que llorará por mamar, mientras a la madre le revientan los pechos de leche… Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse.”

Con esa tremenda frase en negrita me despido, con el corazón encogido por una descripción tan gráfica de la simbiosis que se establece entre una madre lactante y su bebé, y las interferencias de un trabajo y un sistema que ponía y pone todo tan difícil…

Red de apoyo mutuo entre madres y padres

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Tomada de http://www.vallecastodocultura.org/cabecera/HISTORIA/Marina%20Garcia%20Cardiel/Barrio%20familia/Barrio.htm

¿Hay por ahí mamás y papás de la zona de Tetuán o cercanías que tengan niños pequeños y no les estén llevando a guarderías? ¿Gente interesada en criar en la vida diaria, quedar o crear una red de apoyo mutuo convivencial, horizontal, desenfadada y gratuita? Estoy conspirando para romper el binomio “o guardería o soledad”, si os interesa que conspiremos en compañía escribidme a info@lacasitadealgodonales.com

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http://www.secretosdemadrid.es/fotos-antiguas-juegos-de-ninos/

¿Y por qué pongo fotos de antaño? Porque ya no hay niños jugando por las calles, porque estamos todos aislados en nuestras casas o en el trabajo y solamente nos han dejado los parques cerrados para relacionarnos.

Me gustaría contactar con mamás y papás de esta zona para recuperar la vida vecinal que tanto ayudaba a la crianza. Podemos quedar cada día en una casa o buscar un lugar para conocernos y relacionarnos en otros espacios. Ojalá podamos construir una red en la que, más allá de un grupo de crianza en el que compartir nuestras dudas o problemas, podamos tejer esas relaciones de apoyo mutuo REAL, es decir, de ayudarnos en la vida cotidiana pero también convivir, jugar, charlar… No hace falta que lleguemos a ser mejores amigos (si ocurre, genial), simplemente personas, vecinos que se respetan y se echan una mano desde el afecto. ¡Es muy revolucionario y tan viejo a la vez! Pero no podemos volver al pasado, hay que crear algo nuevo.

Siempre que mi suegra me habla de cómo se ayudaban entre las vecinas del barrio con sus hijos me muero de la envidia. A veces los niños estaban en casa de una vecina, otros en otra, jugaban juntos en el patio, los adultos podían hacer sus cosas con los niños al lado, era raro ver a un niño solo… ¿Dónde quedó todo eso? Ahora todo el mundo está aislado. ¿Y qué ocurre con las personas que no llevamos a los peques a la guardería? ¿Tenemos que estar solamente en casa o en el parque? ¿No hay forma de relacionarnos fuera de lo institucional o monetarizado?

Por otro lado, he puesto arriba que me gustaría crear junto a otros “conspiradores” una red desenfadada. ¿Por qué? Porque creo que el mundillo de la crianza, al menos en internet, está plagado de teorías, expertos, estudios científicos, educaciones del tipo patatín y patatán y creo que hace falta aire fresco. ¡Que corra el aire que me ahogo! ¡Tanta pedagogía teórica, tanta psicología y tanta etiqueta me reprime y agobia! ¿Dónde quedó la espontaneidad y el dejarse llevar por la simple ética y la empatía?

A pesar de que lo estoy difundiendo de el blog de la tienda online La Casita de Algodonales para dar esta idea a conocer, este es un proyecto autónomo y que por su propia naturaleza debería ser ajeno a lo comercial, así que toma un rumbo propio y horizontal (yo participo como una madre más). Si sabes de alguien (aunque no sea del barrio de Tetuán o lleve a la guarde o cole a sus peques) interesado en formar parte de esta red, difúndelo. Un abrazo.

Más allá del parque – #6 – Bebés, lágrimas y microfilms

Este fue un “Más allá del parque” muy agridulce. Salí de casa con la ilusión de encontrar los primeros números de una revista anarquista en una hemeroteca de cuyo nombre no quiero acordarme… y volví a casa enfadada y triste.

Todo parecía perfecto, la tenía delante y conseguí leer la primera página de la revista cuando de repente mi hijo de 19 meses, que estaba tan tranquilo sentado en su silla comiendo un trozo de pan dijo una palabra. No sé si fue “pan” u otra, pero el caso es que se nos acercó un hombre con una bata blanca para decirnos que si seguía “así” el niño “íbamos a tener que irnos”. Me quedé pálida. ¿Qué? Pero si encima yo estaba tan contenta de lo relajado que estaba… No había molestado a nadie, no estaba llorando, no estaba gritando. Yo sería la primera en marcharme en cuanto él se cansara o empezara a hablar alto, por eso no entendía que a alguien le pudiera molestar. Le dije que no estaba molestando y miré a mi alrededor y pregunté si estaba molestando a alguien. Una mujer dijo que no, unos chicos que, de hecho, estaban hablando bajito porque estaban haciendo unas fotocopias, dijeron que no y un hombre me hizo el gesto de “bueno, bueno, mitad, mitad”.

Me levanté indignada, con tan solo una hoja leída de la revista y le dije que no lo entendía. Ahí ya me habló de normas, que en realidad los menores de 18 años no podían entrar en ese lugar. La rabia me podía y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos de impotencia. ¿Por qué si no molestaba a nadie nos teníamos que ir? Luego hablarán de conciliaciones e historias. Las madres y los bebés tenemos que estar o en casa o en el parque, como nos salgamos del guión marcado dejamos de ser bienvenidos. ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? Luego nos quejaremos de que los adolescentes solamente hacen botellón. Pero si no se les deja participar en la vida nunca, siempre recluidos en las cosas “de niños” para que no molesten. ¿Es que acaso se les ha permitido hacer otra cosa? ¿Tener inquietudes? ¿Conocer mundo? ¿Ver cosas interesantes? ¿Poder conocer el apasionante mundo de las bibliotecas y la investigación? No. Todo prohibido. Creo que incluso ir a conciertos con tu propio hijo está prohibido, no vaya a ser que se emborrache… ¡Cuánta hipocresía!

Sí, ya sé que para un bebé de 19 meses ver a su madre leyendo un microfilm no es lo más emocionante del mundo. ¡Pero estaba tranquilo observando! No pedía más, no molestaba, simplemente se estaba comunicando con sus primeras palabras. ¿A qué tipo de ser o de ogro le molesta un niño que habla? Pero es que lo peor de todo es que nadie se había quejado…

En fin, no digo el lugar porque no quiero concretar esto que ha ocurrido en un lugar concreto. Podría haber ocurrido en muchos lugares y da lo mismo. No me interesa ni montar ruido ni hacer una concentración delante del edificio. Quiero intentar abrir la mente de las personas, de los trabajadores de las instituciones que obedecen “órdenes” y se acuerdan de “reglamentos”. A veces hay que ser un poquito insumiso, tener un poco de sentido común e incluso hacer la vista gorda en las excepciones cuando no se molesta a nadie. Incluso diría más. Habría que poner en cuestión ese tipo de normativas que promueven un tipo de “apartheid” a las madres y padres acompañados de sus bebés.

Vivimos en una sociedad niñofóbica, lo de adultocéntrico se queda corto en muchas ocasioines. Es como si, al estar los niños segregados en guarderías, colegios, parques y ludotecas el mundo adulto hubiera olvidado lo que es ser niño. Pero creo que es importante que los niños nos acompañen a hacer cosas, siempre que no suponga un sufrimiento para ellos ni se moleste a los demás, claro. Pero de esto último ya nos encargamos y nos hacemos responsables los padres. Evidentemente no voy a llevar a mi hijo a una sala en la que la gente está concentradísima estudiando para un examen. Están ahí buscando silencio extremo y un bebé puede perturbar esa calma. Pero hay situaciones y situaciones, es la falta de flexibilidad y de tolerancia lo que critico.

Hace poco escribí a la Bolsa de Madrid para hacer una visita guiada. ¿Qué me contestaron? “Buenos días, Le comunico que no está permitido la entrada a menores de 16 años por motivos de seguridad de la Institución. Así mismo, para poder realizar la visita, nos debe facilitar los siguientes datos de todos los asistentes: (…)”.

¿Por motivos de seguridad? Me dieron ganas de contestarle de forma sarcástica: “Mi hijo va conmigo en la mochila y ya sé que una madre con un bebé son algo subversivo en este mundo niñofóbico pero desafortunadamente no somos un peligro para los especuladores. Solamente queríamos conocer su institución.”

Creo que uno de los pilares en los que se asienta este loco sistema es el de la segregación, el de la separación de nuestras facetas dentro de una misma persona y la separación de las personas en función de su edad. Claro que a todos nos gusta relacionarnos con nuestros iguales, pero es enriquecedor también que haya espacios de mezcla para aprender unos de otros: los viejos de los jóvenes, los jóvenes de los viejos, los niños de los adultos, los adultos con los bebés… Todos hemos sido bebés y seremos también ancianos. Como decía aquel sabio latino: “soy humano y nada humano me es ajeno”.

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La única página que alcancé a leer…

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Como nota humorística final a este trágicomico episodio os diré que haciendo una búsqueda en google encontré casi toda la revista digitalizada… Si lo hubiera sabido antes de salir de casa nos habríamos ahorrado un disgusto:

http://hemerotecadigital.bne.es/results.vm?q=parent:0002860475&lang=es

Círculos, conexiones e (hiper)vínculos…

La Danza – Matisse

¡Cuántas vueltas da la vida y nosotras con ella! Durante estos últimos dos años de maternidad y de búsqueda personal he conocido mujeres maravillosas con mucho que decir. Nos han unido cursos de porteo, de bailar y cantar (como el de Rosa Zaragoza), reecuentros virtuales, el amor por la crianza respetuosa…

Además, lejos de los estereotipos de envidia y competitividad que rigen el mundo, cada vez son más las mujeres (y los hombres) que buscan y crean espacios de apoyo mutuo. Y esa pequeña gran revolución nos viene a despertar, a muchas de nosotras, con la maternidad y el deseo materno.

Y es que las madres y las futuras madres no somos seres aburridos y vacíos. Tenemos vidas, sueños, inquietudes, intereses en el mundo más allá de los bebés. Nuestros hijos (o los que están por nacer) no solo nos inspiran sino que nos impulsan a evolucionar en otros campos de la existencia. ¡Yo hasta estoy escribiendo un libro! ¿Quién me lo iba a decir a mi hace unos años?

Hoy me gustaría recomendar los blogs de estas cuatro mujeres y sus interesantes proyectos:

María: http://furgoteta.blogspot.com.es/

Esther: http://casitaenelcampo.blogspot.com.es/

Verónica: http://www.enmadradas.org/

Carmen: http://mibbmemima.blogspot.com.es/

Cuando las madres se juntan.

Me estoy formando para ser asesora de portabebés y, como tenemos que hacer prácticas, la semana pasada estuve en un grupo de lactancia enseñando un tipo de nudo para el fular. ¡Qué experiencia más buena! Algunas trajeron sus fulares y otras utilizaron los que traía yo para practicar. Me gustó hablarles de la postura correcta del bebé en un portabebé, de espaldas en C y piernas en “ranita”, de por qué no llevar al niño “cara al mundo”… La verdad es que aprendí un montón al recordar las cosas que aprendí en el curso y reconocer los errores típicos que todos solemos cometer en nuestras primeras experiencias de porteo. Espero que a ellas también les haya aportado algo y puedan practicarlo con sus hijos.

Además, me encantó ver a todas esas mujeres reunidas con sus bebés, charlando de todo, contándose la vida y compartiendo experiencias mientras los niños jugaban y gateaban por toda la habitación. Más que un grupo de lactancia ya era un grupo de crianza o de juego, pero gratis y sin expertos (en ese momento). También me dio un poquito de envidia insana, la verdad (:P),  por no haber encontrado un lugar así por mi barrio, un lugar donde se junten las madres y los padres. Quizás sea el momento de inventarlo, ¿verdad?