Volver hacia el origen

Nadie habla de la epidemia de desamor que inunda nuestras calles

ni de los niños llavero

ni de las extraescolares eternas,

ni de la presencia obligatoria en los “días sin cole”,

ni de los campamentos de todas las estaciones

en los que nadie acampa bajo ningún árbol.

Nadie hablará de por qué te sientes tan triste, tan vacía, tan sola,

ni de por qué siempre fuiste un paquete que iban paseando de aquí para allá,

un estorbo, una molestia, una carga

algo que sobraba y a lo que había que buscar un lugar temporal

para poder hacer algo más importante.

Ningún censo, ningún demógrafo, ninguna estadística

reflejará tu caso, ni tu historia de vida, ni tus sentimientos.

No te molestes en buscarlo.

Los expertos solamente te dirán que los niños de hoy lo tienen todo,

o al menos tienen móvil y tablet,

que de qué se quejan,

que ya no hay hambre ni penalidades

y no hay problema del alma o existencial

que no pueda curar un buen narcótico legal.

Ahora pueden tener una vida,

una vida larga, muy larga.

Vivirán hasta los 120 años quizás.

Veremos cosas asombrosas, nos dicen los falsos profetas.

Sin embargo,

esa gente acartonada y sin ningún hálito de vida bajo la piel,

algún día reconocerá que su existencia es una mierda

y su infancia fue peor,

que no han tenido el lujo de haber sido queridos y cuidados

por quien podía hacerlo,

ni han bebido agua de un manantial,

ni han jugado en libertad con otros niños,

sin adultos supervisándolo todo.

Como no han tenido raíces,

buscan volar lejos a Marte.

Pobres infelices,

sedientos de dopamina…

Nunca tendrán suficiente,

porque el agujero en el corazón es tan grande

que nada podrá llenarlo.

Y yo, que no soy nadie,

pero sé por qué me duele lo que me duele

al menos puedo volver hacia el origen

en lugar de huir hacia el mañana.

Inútil consuelo.