Libros sobre “Bebés sin pañales” #3: Laurie Boucke.

Hoy quiero hablar sobre el libro más completo a nivel antropológico y documental sobre lo lo que la autora llama en inglés “Infant Potty Training” o lo que en castellano ha sido traducido en alguna ocasión como “Control temprano de esfínteres”. Lo cierto es que tras un título algo feo y desafortunado, en mi humilde opinión, se esconde información muy valiosa y trascendental.  Además, parece que se encuentra en proceso de traducción al castellano y se publicará muy pronto en nuestro país. ¡Espero poder ofrecéroslo pronto en lacasitadealgodonales.com!

La autora descubrió que podía responder a las necesidades de evacuación de su bebé después de que una amiga hindú le explicara cómo lo hacen en su país, donde no usan pañales. Pero no sólo se lo explicó sino que se lo mostró en vivo y en directo con el hijo de Laurie: la amiga captó cuándo el bebé necesitaba hacer pis, el bebé entendió a su amiga y, como tenía ganas, lo hizo encima de un recipiente.

El libro explica cómo funciona esta práctica, qué tipo de señales hacen los bebés antes de orinar y defecar, cómo ententer los horarios y patrones y cómo crear asociaciones entre el hecho de evacuar con una onomatopeya, una postura fisiológica o un signo. Como ya expliqué en la reseña del libro de Ingrid Bauer, en la obra de Laurie Boucke se habla de conductismo sin rodeos pero también se deja claro que quedarse ahí es simplificar demasiado, ya que de serlo, yo todavía sigo reflexionando sobre ello, se trata de un condicionamiento mutuo de la diada madre-bebé o, para ser más exactos, adulto-bebé. Además, sería un conductismo comunicativo y no coercitivo, como una conversación o una posibilidad, nunca como una imposición. ¿Diríamos que cantar una nana para dormir a un niño es conductismo? Pues eso. Mirar esta práctica desde los ojos de Pavlov es ponerse unas gafas etnocentristas que explican pero a la vez distorsionan.

Realmente, la parte que más me ha gustado, además del bloque de diferentes experiencias de familias occidentales, es la parte antropológica, donde va país por país, explicando cómo se practica. ¿Y adivináis qué es lo más sorprendente? Que algo tan similar se lleve a cabo desde Uganda hasta Vietnam pasando por el Polo Norte. Es verdad que las señales del bebé son muy parecidas en todo el mundo pero las posturas y las onomatopeyas cambian con las culturas, quizás en algún lugar se anime al bebé a hacer pis con un “sssss” y en otra con un “shu, shu”. Lo que suele ser común en todas las culturas es no dar ninguna importancia a lo que en Occidente llamaríamos “accidentes”, simplemente se limpia con normalidad, incluso con humor. Por supuesto, también existen culturas muchísimo más restrictivas y autoritarias, aunque parecen las menos, ya que sólo he visto un ejemplo en el que se utilizara la violencia para aprender el control de esfínteres: el pueblo Tanala de Madagascar y el estudio es de los años veinte del siglo pasado.

Por supuesto, no en todo el mundo “sin pañal” se relacionan con las evacuaciones del bebé de la misma forma. De hecho, la autora divide a todas las sociedades en tres tipos: las que simplemente apartan al niño del cuerpo del adulto cuando comienza a evacuar para no mancharse (en el libro se recogen muchos ejemplos de este tipo, sobre todo de tribus y culturas tradicionales americanas), las que activamente le ponen en el lugar que elijen cuando saben que lo necesita o está a punto de hacerlo y, una tercera posibilidad, que sería una mezcla de las dos según el niño se va haciendo mayor.

Además de la parte antropológica que me apasiona, el libro aporta una dimensión histórica dentro de la propia cultura occidental, con información sobre los métodos crueles y centrados en los esquemas estrictos del adulto, que obligaban a los niños a evacuar cuando “había que hacerlo”.  Al parecer, en el siglo XIX, en determinados ambientes, se realizaban prácticas muy agresivas con los niños, como dejarles en el orinal durante mucho tiempo hasta que hicieran caca, o usar enemas y otras salvajadas para que lo hicieran cuando el padre quería.

Aunque el libro no dice nada de esto y son reflexiones de mi cosecha, entiendo que ese tipo de aproximaciones agresivas son fruto de la influencia de la industrialización y sus horarios rígidos, jerarquías y autoritarismo. Algo parecido (aunque no exactamente igual) a los horarios impuestos a la lactancia y que tan desastrosos efectos han tenido sobre la experiencia de mamás y bebés. Supongo que la cultura industrial siempre ha tendido a la deshumanización o a la robotización del ser humano.

La dimensión histórica del libro deja claro que lo que se hace en otras culturas no tiene nada que ver con lo que se hacía en Occidente hace un siglo. Se trata de adaptarse y conocer las señales y horarios del niño (sobre todo en referencia a su alimentación y el sueño), no de imponerle los nuestros.

Lamentablemente, se asoció la edad temprana de los bebés con esas prácticas agresivas y los pediatras que en los años 50 liberaron a los niños de estos métodos metieron todo en el mismo saco. Ese fue el origen de la aproximación actual occidental al aprendizaje en el uso del orinal: no empezar nunca antes de los 18 meses y esperar a que el niño esté “preparado”, ya que se supone que antes de esa edad el niño no tiene ningún tipo de control. Como sabemos, esto contradice la experiencia de millones de bebés y familias de todo el globo. De todos modos, una cosa es el “control total independiente” tan ansiado y cotizado en occidente y otra bien diferente es ayudar en el momento presente a tu bebé a evacuar en un lugar más limpio y cómodo que un pañal (ya sea separándolo de tu cuerpo o sugiriéndole que lo haga en un orinal o taza del w.c.).

Por este motivo, creo que el título puede llevar a ciertos equívocos, ya que en realidad no es un método para dejar el pañal, aunque poco a poco los necesites cada vez menos. De hecho, con los recién nacidos o los bebés de pocos meses simplemente se recoge la orina en un recipiente en lugar de en un pañal. Después, el bebé aprende a relajarse cuando le pones (no a aguantar, porque todavía su cuerpo no se lo permite). Y posteriormente, como ve que respondes a sus señales, avisa de forma más activa y clara, y sabe para qué son sus músculos. Después, aprende a ir al baño cuando tiene ganas, pero cada niño a su tiempo.

Os recomiendo que si estáis “embarazados” o tenéis un bebé de pocos meses deis alguna que otra oportunidad a esta práctica ancestral, adaptándola a vuestra forma de vida, sin agobios y poniéndo el acento en la conexión con el bebé.

Para leer la reseña sobre el libro de Ingrid Bauer y Christine Gross-Loh haz click en sus nombres.