Cómo me gustaría ir allí pero, ¿podré ir con mi bebé?

Hoy he tenido una buena experiencia. Antes de estar embarazada iba a clases de danza senegalesa con mi amada profesora Sonia Sampayo pero, después, al ser madre, mis horarios disponibles para el baile se redujeron mucho y ahora solamente me he reservado los jueves para seguir con mis clases de danza oriental de alumna y los sábados, que doy clase yo como “profe”.

Hace unas semanas vi un anuncio en el facebook de Alboury Dabo de clases de danza africana (África Occidental, en concreto), y pensé, “¡Cómo me gustaría apuntarme! Los viernes es buen día pero, claro, ¿y mi hijo?”. El papá los viernes a esa hora trabaja, no puedo pedirle a mis suegros que se ocupen de él también ese día, no tengo más familiares cerca y tampoco creo que mis amigos puedan cuidarle durante esas dos horas de clase. Pues bien, aún así me apunté, pensando que las clases, como los niños, vienen con un pan o una solución debajo del brazo. Y así fue.

A las 16h hemos salido de casa, le he llevado en carrito para que se echara la siesta allí por lo menos durante el principio de la clase (he atrasado el momento de la siesta todo lo que he podido), se ha dormido en el metro y hemos llegado con mucho tiempo de antelación al local-de la asociación de Lavapiés donde son las clases.

Cuando ha llegado Alboury le he dicho, “te voy a pagar antes porque vengo con mi hijo y no sé cómo va a resultar el tema. Quizás nos tengamos que ir antes de que termine” y él y la gente de la asociación me han dicho tan panchos que no había ningún problema con llevar a mi hijo. ¡Muchas veces somos nosotros mismos los que nos ponemos los límites! No es nada normal que en las clases de danza normales puedas llevar a tu bebé de forma habitual. Quizás un día sí, pero todos los días… Sin embargo, a veces la gente es más tolerante de lo que creemos. Y esta vez ha sido así,

Es cierto que son africanos y quizás tenga algo que ver que, por ejemplo, que en muchos lugares de ese continente los niños sean algo normal e integrado, no una especie exótica en extinción y separada en reservas “naturales”, como aquí. Puedo sonar exagerada pero creo que es así. Aquí los niños no son bienvenidos en el mundo de los adultos y solamente son aceptables en centros “ad hoc”, es decir, en actividades para mamás y bebés, ludotecas, pequetecas, parques o guarderías.

Esto ha hecho que los padres nos convirtamos en un nicho de mercado más de la sociedad de consumo y de ocio, pero esto no satisface las necesidades existenciales de las madres y los padres de vivir una vida integrada, sin separaciones entre las diferentes facetas de la vida. Y, por supuesto, de ser algo más que un monedero, más vacío cada vez, por cierto.

Todo esto me ha hecho reflexionar mucho sobre algo que llevo tiempo rumiando. No me gustaría que mis clases de danza oriental para mamás y bebés fueran un gueto. Me gustaría que vinieran también mujeres sin hijos, jóvenes, niños, abuelas, papás, abuelos… Ya sé que es una danza muy sensual y hay mamás que podrían sentir corte si viene algún papá, pero lo cierto es que yo también soy alumna y en mis clases he tenido compañeros hombres con total naturalidad. No veo problema siempre que se venga aprender desde el respeto. También me gustaría que pudieran venir madres sin sus bebés, si quieren dedicarse ese momento para ellas mismas. Es decir, un lugar abierto al mundo no cerrado exclusivamente al mundo maternal.

Pero vuelvo al tema de la clase de hoy… A las 17h hemos empezado a calentar, después nos hemos puesto a bailar y mi hijo se ha despertado. Se ha quedado como media hora mirando perplejo y medio dormido al profe. Poco a poco ha vuelto en sí y de repente ha dicho “mamá, mamá”. Le he puesto a hacer pis en un momento y le he vuelto a sentar en la silla. Le he dado galletas y agua y se ha quedado tranquilito un buen rato. Después, ya despierto del todo, ha querido bajarse. Y, el marido senegalés de una de las alumnas, estaba ahí y me ha dicho que quería jugar con él. ¡Y en la asociación tenían juguetes! Si es que ha salido redondo… Ahí se han quedado los dos en un sofá jugando hasta que se ha acabado la clase. Yo bailaba y le echaba un ojo. Él a veces se levantaba y atravesaba el lugar donde nosotros estábamos bailando, pero la verdad es que lo hizo pocas veces y nadie se sintió molesto, más bien a todo el mundo le parecía divertido.

Después de la clase me sentía pletórica, por haber podido bailar esta maravillosa danza de nuevo de la mano de un MAESTRO, nutriendo el alma y el cuerpo, por haber podido compartir el momento con mi hijo sin mayor complicación, por haber tenido la suerte de que un hombre simpático jugara con mi hijo y feliz de que él crezca enriquecido por la música, el baile y las experiencias cotidianas de la vida, socializando de verdad, en el mundo real y no en realidades segregadas del mismo. En fin… sé que otros días quizás no sea tan sencillo pero hoy lo ha sido y lo recordaré siempre.

Maternidad en la literatura.

Hoy quiero dejar dos testimonios. Dos mujeres africanas de contextos y países completamente diferentes. Dos autobiografías. La primera cuenta como veía, con ojos de niña, los partos de su madre. La segunda cuenta su propio parto. Waris es somalí, modelo y activista contra la mutilación genital femenina. Dina es egipcia y una leyenda viva de la danza oriental.

Waris Dirie y Cathleen Miller:  “Flor del desierto”

“Mi madre empezó a tener bebés y a criarlos con el amor que echaba de menos al estar separada de sus gentes. Con todo, ahora que soy mayor, me doy cuenta de cuánto debió sufrir al tener doce hijos. Recuerdo que cuando estaba embarazada desaparecía de pronto y no la veíamos en varios días. Luego aparecía con un diminuto bebé en brazos. Se iba sola, al desierto, y daba a luz, llevándose algo afilado para cortar el cordón umbilical. En una ocasión, después de que ella desapareciera, tuvimos que trasladar el campamento debido a nuestra eterna búsqueda de agua. Tardó cuatro días en encontrarnos: atravesó el desierto con su hijo recién nacido en brazos mientras buscaba a su marido”.

Dina Talaat y Claude Guibal . “Ma liberté de danser”

“30 de diciembre 1999, mi vientre se crispa. Acompañada por Sameh, vamos rápido al hospital de Santa Mónica. La partera me lleva a la sala de partos, Sameh está detrás de la cámara, graba el parto. Las contracciones son fuertes, pero no dolorosas. Miro el espejo en el techo, regulo la respiración. Cinco minutos más tarde, Ali asoma la cabeza. Una pequeña cabeza cubierta de pelo negro, y una boca parecida a la mía. Tengo lágrimas en los ojos. Aquí llega nuestro bebé. Ahlan wa Sahlan, Ali, bienvenido, hijo mío.

– “¡Ha dado a luz en un tiempo récord!”
La matrona está sorprendida. Mientras me brinda los cuidados post-parto, me cuenta que rara vez ha visto a una mujer traer un hijo al mundo con tanta facilidad.

Le reveló cuál es mi trabajo. Abre los ojos de par en par. La danza del vientre es una de las mejores preparaciones para el parto. Involucra a todos los músculos, permite la flexibilidad de la pelvis, el tono muscular. El coreógrafo Hassan Khalil, dijo una vez: ” La danza del vientre es el movimiento del lugar más sagrado de la mujer, el útero, ahí donde todo comienza. El secreto de la danza del vientre no está en la danza, está en la mujer”.

Ese 30 de diciembre, bailarina y madre, madre y bailarina, me siento más mujer que nunca. Estoy acostada en mi cama de sábanas blancas, mientras veo a Sameh mirando con orgullo a su hijo, ya tan fuerte, ya tan vivo, con sus ojos oscuros. Y me gustaría que estos momentos pudieran durar para siempre”.

Dina, “Mi libertad de bailar”.

Del libro de la bailarina egipcia Dina “Ma liberté de danser”:

“30 de diciembre 1999, mi vientre se crispa. Acompañada por Sameh, vamos rápido al hospital de Santa Mónica. La partera me lleva a la sala de partos, Sameh está detrás de la cámara, graba el parto. Las contracciones son fuertes, pero no dolorosas. Miro el espejo en el techo, regulo la respiración. Cinco minutos más tarde, Ali asoma la cabeza. Una pequeña cabeza cubierta de pelo negro, y una boca parecida a la mía. Tengo lágrimas en los ojos. Aquí llega nuestro bebé. Ahlan wa Sahlan, Ali, bienvenido, hijo mío.

– “¡Ha dado a luz en un tiempo récord!”
La matrona está sorprendida. Mientras me brinda los cuidados post-parto, me cuenta que rara vez ha visto a una mujer traer un hijo al mundo con tanta facilidad.

Le reveló cuál es mi trabajo. Abre los ojos de par en par. La danza del vientre es una de las mejores preparaciones para el parto. Involucra a todos los músculos, permite la flexibilidad de la pelvis, el tono muscular. El coreógrafo Hassan Khalil, dijo una vez: ” La danza del vientre es el movimiento del lugar más sagrado de la mujer, el útero, ahí donde todo comienza. El secreto de la danza del vientre no está en la danza, está en la mujer”.

Ese 30 de diciembre, bailarina y madre, madre y bailarina, me siento más mujer que nunca. Estoy acostada en mi cama de sábanas blancas, mientras veo a Sameh mirando con orgullo a su hijo, ya tan fuerte, ya tan vivo, con sus ojos oscuros. Y me gustaría que estos momentos pudieran durar para siempre”.

Esta es la experiencia de Dina y no es extrapolable a todas las mujeres. Bailar danza oriental no garantiza un parto rápido y fácil como el de esta maravillosa bailarina y doy fe de ello: el mío fue largo, cansado, extático… y con una placenta que se negaba a salir. Sí que creo que gracias a bailar no sufrí ningún desgarro, pero, en cualquier caso, en el parto influyen muchísimos factores, muchos de ellos imprevisibles. En cualquier caso, bailar danza del vientre siempre será positivo para nuestros cuerpos y nuestras mentes, nuestros partos y postpartos. Y si a esto le sumamos el componente lúdico y social de juntarnos y bailar juntas, ¡mejor que mejor!