Experiencias enseñando a usar el w.c. a un niño de 23 meses

Hace dos días que mi hijo cumplió dos años. ¡Dos años! ¿Cómo es posible haber vivido tanto juntos en tan poco tiempo? ¡Y lo que nos queda!

Lo más reseñable de este último mes ha sido que la última semana antes de su cumpleaños casi sin darnos cuenta no hubo ni charquitos ni pantalones mojados ni nada de nada. ¡Días secos por fin! Es verdad que las semanas anteriores a lo mejor teníamos algún escape o dos pero poco a poco se fueron reduciendo. No hemos usado pañales durante el día, solamente calzoncillos. Eso sí, con ropa de cambio preparada si salíamos, pero no ha hecho falta usarla ningún día. Esto sí ha sido un cambio.

Yo no hecho nada especial ni nada diferente al mes anterior, creo que simplemente él ha ido ganando control y es capaz de esperar a que le ponga. Eso sí, poquísimas veces nos lo ha pedido él y las veces que lo ha hecho ha sido para avisarnos de que en ese momento, en unos segundos, iba a hacer pis. Total, que no nos daba tiempo a llegar al w.c. porque de camino se lo hacía encima, pero se nota que cada vez tiene más conciencia. Las cacas, como siempre, las ha hecho en el baño sin problema. El orinal, como desde hace meses, no lo quiere usar, siempre prefiere el reductor.

Este mes casi habíamos hecho el destete nocturno total cuando de repente se puso malito y volví a darle cuando me pedía para que tuviera una buena dosis de defensas y amor para combatir esa otitis. Y, cuando se curó (tomó los primeros antibióticos de su vida…) al poco tiempo pilló otro catarro y otra vez la clásica secuencia de nariz taponada-mocos-no poder respirar… y otra vez a mamar por la noche. Ahora ya está mejor y ha vuelto a dormir algunas noches del tirón en su habitación y otras con un despertar en el que se viene a nuestra cama. A diferencia con otros tiempos le basta con sentir nuestro calorcito para volverse a dormir plácidamente. ¡Y tan contentos los tres!

Por las noches ha habido una gran sorpresa. Durante unos 5 días, coincidiendo con algunos de los “días secos” se despertó por la mañana con el pañal seco. ¡Lo nunca visto! Incluso alguna noche nos pidió agua y aún así se despertó seco. Sin embargo, después, volvió a mojar el pañal de la noche. En la próxima crónica contaré como ha evolucionado el tema.

Los días que se queda en casa de los abuelos le ponen pañal y casi siempre los moja porque han intentado ponerle en el reductor pero con ellos no quiere. No sé muy bien cuál será la razón pero llegará un momento en el que él mismo se lo pedirá.

Por ahora, somos nosotros los que le llevamos guiándonos por un tiempo intuitivo o por sus señales inequívocas y propias de que quiere hacer pis: se pone inquieto o más revoltoso, si está jugando tan tranquilo se pone de pie y se apoya en alguna pared… A veces (muy pocas) le preguntamos si quiere hacer pis, pero cuando realmente estamos seguros sin preguntar le llevamos y de camino le decimos que vamos al reductor o, si estamos en el parque, “a hacer pis donde viven las hormiguitas” (es un árbol que hay detrás de unos setos).

Por la mañana siempre le doy unos libros o no nos entretenemos con unos botes de crema vacíos. También le dejo solo y le digo que me avise cuando haya terminado o quiera bajarse. Todavía es muy pequeño para bajarse él solo así que me pega un grito, si estoy en la otra habitación, y voy. Le limpio el culete en el grifo del bidé o del lavabo, le seco y a jugar. En casa de la abuela cuando está en el reductor siempre jugamos con unas muñecas de plástico que tienen allí, una es de Blancanieves y otra es de Bella. Cuando realmente no tiene ganas también nos lo deja claro y confiamos en él.

¡Ah! Este mes no ha hecho el más mínimo intento, en contraste con el mes anterior, de subirse o bajarse la ropa por propia iniciativa. Y ya me despido. ¡El próximo mes nueva crónica!

“Revolución en punto cero” de Silvia Federici

He seleccionado cuatro citas del libro “Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas” de Silvia Federici y que de forma tan generosa puede encontrarse en el siguiente enlace:
http://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/map36_federici.pdf

“En esta cuestión, debo puntualizar que luchábamos por un salario para el trabajo doméstico no para las amas de casa, convencidas de que de este modo la demanda recorrería el camino hacia la «degenerización» de este trabajo. También exigíamos que estos salarios no proviniesen de los maridos sino del Estado como representante del capital colectivo ―el auténtico «Hombre» beneficiario de este trabajo.” Pg. 26

“Otro tema recurrente en los ensayos recogidos en la Segunda Parte es la crítica a la institucionalización del feminismo y a la reducción de las políticas feministas a meros instrumentos de la agenda neoliberal de las Naciones Unidas. Para aquellas de nosotras que testarudamente a lo largo de los años hemos insistido en definir la autonomía feminista no solo como autonomía respecto de los hombres sino también respecto del capital y del Estado, supuso una derrota la gradual incapacidad del movimiento para propulsar iniciativas propias y su subsunción bajo las alas de las Naciones Unidas, especialmente en un momento en el que dicha institución se estaba preparando para legitimar nuevas guerras por motivos económicos y militares. Retrospectivamente, esta crítica era correcta. Cuatro conferencias globales sobre mujeres y una década dedicada a los derechos de las mujeres no han producido ninguna mejora en la vida de la mayor parte de estas, ni tampoco una crítica feminista seria o movilización alguna contra la apropiación de la riqueza mundial por parte de las corporaciones y de las mismas Naciones Unidas. Al contrario, las celebraciones del «empoderamiento de las mujeres» han ido de la mano de la aprobación de políticas sangrientas que han acabado con la vida de millones de personas, expropiado tierras y aguas costeras, arrojado a las mismas residuos tóxicos y convertido en refugiados a poblaciones enteras.” Pg. 29

“Las mujeres de todo el mundo no solo producen los trabajadores que mantienen en funcionamiento la economía global. Desde comienzos de la década de los noventa se ha producido un salto en la emigración femenina del «Sur Global» al Norte, en el que proveen un porcentaje en continuo incremento de la mano de obra empleada en el sector servicios y el trabajo doméstico. Tal y como ha observado Cynthia Enloe, con la imposición de políticas económicas que incentivan la inmigración, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han permitido a los gobiernos de Europa, Estados Unidos y Canadá resolver la crisis del trabajo doméstico que se encuentra en los orígenes del movimiento feminista, y ha «liberado» a miles de mujeres solo para que produzcan más trabajo exo-doméstico. El empleo de mujeres filipinas o mexicanas que, por una modesta suma, limpian las casas, crían a los niños, cocinan y cuidan a los mayores, permiten que las mujeres de clase media escapen de un trabajo que ya no quieren o no pueden hacer durante más tiempo, sin reducir simultáneamente su nivel de vida. Es evidente que esta es una «solución» problemática ya que crea relaciones entre las mujeres de «criadas-señoras» complicándolas aún más si cabe por los prejuicios que rodean el trabajo doméstico: la asunción de que no se trata de un trabajo real y que debería ser pagado lo menos posible, cuyos límites no están definidos, etc. El empleo de trabajadoras domésticas hace, además, a las mujeres (más que al Estado) responsables del trabajo reproductivo y debilita la lucha contra la división del trabajo en el interior de las familias, ya que libra a las mujeres de la tarea de obligar a los hombres a compartir las tareas domésticas. Para las mujeres inmigrantes, asumir un trabajo doméstico supone una elección dolorosa, ya que es un trabajo pagado pobremente y que requiere que cuiden de las familias de otros mientras que ellas tienen que dejar de lado a las suyas propias.” Pg. 120.

“No es útil, en la práctica, criticar a las mujeres que emplean trabajadoras domésticas, como hacen algunas feministas. Mientras el trabajo reproductivo sea mantenido como una responsabilidad individual o familiar, puede que no dispongamos de muchas alternativas, especialmente cuando tenemos que cuidar de alguien que está enfermo o no es autosuficiente, y además tenemos un trabajo fuera del hogar. Esta es la razón por la que muchas mujeres con hijos pequeños dependen de las ayudas sociales; pero esta alternativa está cerca de extinguirse. También existe el peligro de que, al condenar el empleo de las trabajadoras domésticas sin proponer ninguna alternativa, se refuerce la ilusión de que el trabajo reproductivo no es un trabajo imprescindible. Esta asunción ha plagado las políticas feministas de los años setenta y hemos pagado un alto precio por ello. Si el movimiento feminista hubiese luchado por hacer que el Estado reconociese el trabajo reproductivo como trabajo y hubiese adquirido responsabilidad financiera por ello, puede que no hubiésemos tenido que contemplar el desmantelamiento de los pocos presupuestos sociales a los que podíamos optar, ni una nueva solución colonial a la «cuestión del trabajo reproductivo». También hoy, una movilización feminista que obligase al Estado a pagar por el trabajo reproductivo sería bastante efectiva en la mejora de sus condiciones y en la construcción de solidaridad entre las mujeres.” Pg. 123

Ahora que estoy preparando un análisis sobre el informe de Goldman Sachs “Womenomics” creo que la lectura de Federici puede ayudarme a entender algunos aspectos sobre los cuidados dentro del capitalismo.

Desde un punto de vista ético no me parece correcto aceptar o reivindicar un salario por los cuidados familiares o la limpieza del propio hogar. La realidad es que la casa hay que limpiarla y los cuidados hay que darlos, el cómo y el quién es lo que tenemos que decidir, aunque hoy no estamos en condiciones de decidir nada porque el Estado nos maneja a base de premios/castigos, subvenciones y desgravaciones, y la empresa capitalista absorve toda nuestra energía, la de hombres y mujeres. Como decía aquel dicho popular: “Unos por otros y la casa sin barrer”.

Por otro lado, no niego que sea un tema conflictivo y difícil de abordar, ya que las personas que realizan los cuidados tienen que sobrevivir, sean quienes sean. Pueden vivir de sus propios ahorros, del salario o pensiones de sus parejas o familiares, pueden trabajar en el mundo asalariado o pueden recibir un salario del Estado. En este último caso, el salario estatal sería similar al subsidio de desembleo, la baja laboral, el permiso de maternidad/paternidad remunerado (de 16 semanas actualmente, aunque desde diferentes luchas se está reivindicando su ampliación a los 6 meses) o las excedencias pagadas por cuidado de hijos (aquí no existen pero en Alemania sí, por ejemplo). Yo todavía no tengo una respuesta a este problema ni una postura clara al respecto, tanto en el momento actual como en una sociedad mejor.

Observo una gran contradicción en lo que dice Silvia Federici. Por un lado, en la campaña “Wages for Housework” (Salario por Trabajo Doméstico) pedía un salario al Estado, pero a la vez, reivindicaba la autonomía del feminismo frente al Estado. ¿Cómo se come esto?

Me parece interesante también y totalmente necesaria su denuncia de la fusión del feminismo con la agenda de las Naciones Unidas y todo lo que dice sobre la emigración incentivada por las políticas del FMI y el BM, lo que ella llama una nueva solución colonial a la «cuestión del trabajo reproductivo». Si tiráramos de ese turbulento hilo caería todo el “Feminismo de Estado” y el “Feminismo Capitalista” actual (he analizado alguno de estos temas aquí (empoderamiento) , aquí (leyes de “igualdad”) y aquí (Conferencia de Pekín). Sin embargo, el tema de poner precio al sustento de la vida me parece un camino equivocado y que conduce irremediablemente a la prostitución de la vida privada, reconociendo finalmente al Estado que trabajamos para él y que en realidad cuidamos a “sus” hijos, no los nuestros, que cuidamos a “sus” futuras y presentes cotizantes, consumidoras y soldados. Y más allá del tema de la crianza, ¿por qué debería el Estado remunerar la limpieza de la propia casa, el hecho de poner una lavadora, comprar comida o cocinarla para el uso propio?

Creo que, más que estatalizarlos, hay que resocializar los cuidados y repartirlos entre la comunidad, reconocer su importancia para la vida en cualquier tipo de sistema, pero para ello queda un largo camino, ya que vivimos aislados y con muy pocos vínculos que nos unan a nuestros iguales, esas personas que nos podrían ayudar a compartir los cuidados. Además no hay tiempo para nada porque el trabajo asalariado lo absorve todo. ¿Por qué no en lugar de un salario para los cuidados pedimos un horario mínimo de trabajo asalariado que nos permita cuidarnos unos a otros en lugar de cuidar a la empresa, a los empresarios y al Estado? Y esta pregunta nos lleva a una más importante, a la clave de la cuestión… ¿Por qué no en lugar de pedir salarios, sueldos más altos o menos horas de trabajo nos preocupamos sobre todo por el QUÉ estamos haciendo, hacia dónde va dirigida la energía vital de la masa asalariada en este sistema? De nada sirve trabajar pocas horas al día por un altísimo salario si nuestro trabajo es alienante, nocivo para el mundo y el medio ambiente, adoctrinante o inútil. En mi humilde opinión la lucha debería ir por ahí primero. 

En lugar de salarizar los cuidados o los esfuerzos que conlleva la vida, el amor familiar, amistoso o vecinal habría que expropiar energía vital al mundo asalariado (menos horas), no para consumir más, sino para ayudarnos unos a otros a realizar esos cuidados, en un reparto libre y consensuado entre las partes, donde nadie más que los sujetos involucrados pudiera entrometerse.

Es un lugar común de la izquierda (Silvia Federici viene de la tradición marxista) reclamar mejores salarios, como si eso lo solucionara todo, como si el trabajo asalariado se convirtiera en algo positivo cuando los salarios son altos. Si el cuidado de la casa y de los hijos es alienante o problemático cuando se realiza como única actividad, lo haga el hombre o la mujer, lo que hay que hacer es analizar la situación y ver qué es lo que lo hace alienante y problemático. Yo no creo que sea esencialmente así, creo que de hecho tiene grandes potencialidades, con dosis de esfuerzo pero también de autosatisfacción bastante altas. 

En mi opinión, uno de los grandes problemas que tiene es el de la soledad y el aislamiento, cuando es realizado únicamente por una persona entre cuatro paredes. Y el segundo problema es el hecho de que se reduzca la existencia humana, tan rica en matices y aspiraciones, a la especialización y la fragmentación asociadas al hecho de realizar una única tarea en la vida y evitar las demás. Es lo que podríamos ver como el equivalente a la especialización del trabajador de un engranaje de fábrica pero aplicado al mundo del hogar. Aún así, el trabajo de casa es bastante más variado y dinámico que un trabajo asalariado corriente, como el de un teleoperador o un cajero de supermercado. 

Las circunstancias en las que limpiamos y ordenamos nuestra casa, nuestra ropa, cuidamos o criamos a nuestros hijos o familiares son fruto de nuestro tiempo, del tipo de sociedad en el que vivimos. Se podrían realizar todas estas tareas de muy diversas formas. Pero hoy en día, las personas dedicadas a los cuidados o a su hogar de forma exclusiva son una minoría, la mayor parte trabajan fuera de casa y no tienen tiempo ni de cocinar comida casera ni de limpiar ni de criar. Otros simplemente están en paro y esta es una situación “transitoria”. Desde luego, el ama de casa típica de los años 50 ya no es muy común…

Lo que está claro es que un salario, incluso un alto salario por algo que nos parece alienante, si es que a alguien se lo parece, no será nunca la solución. Habrá que cambiar lo que no sea apropiado, no aceptar dinero por explotación o alienación.

Es un tema muy amplio y difícil de analizar, y apenas estoy en la superficie del asunto. Ahí quedan estos apuntes.