Ausencias, carencias…

Los lectores de este blog saben que llevo mucho tiempo escribiendo sobre los vínculos más primarios desde el lado más racional, investigando, leyendo… Hoy, sin embargo, quiero dejar salir los sentimientos:

Ausencias, carencias…

Hoy lloran los hijos de Rousseau, abandonados en orfanatos del Estado.

Hoy llora el hijo de María Montessori, criado por una nodriza y sin derecho a su verdadera identidad.

Hoy llora el hijo que tuvo Marx con su “sierva” Helene Dumuth.

Hoy lloran los hermanos de Shulamith Firestone en su entierro.

Hoy escucho el llanto de un bebé llamado Martin, el hijo de Alice Miller.

Hoy veo las lágrimas invisibles de una niña llamada Simone de Beauvoir.

Hoy, la sirvienta de Virginia Wolf, habla y le dice: “Una mujer no debería necesitar una criada propia si desea escribir ficción”.

También leo sus libros y los libros de sus padres y madres, con sus bonitas palabras y discursos, sus verdades, sus proyectos, sus llamadas a los grandes cambios, sus distopías, sus trabajos, su formación…

Les faltó tiempo, les faltó ser y estar.

Faltó la verdad.

Tenían tanto que hacer… Y aquello era tan importante… ¿Qué sería el mundo sin sus palabras y sin sus textos?

Era mucho más importante escribir que cuidar, que tener presencia, que poner el cuerpo y el alma.

Era mucho más importante el qué dirán de una sociedad enferma, que otorga mayor estatus a las ideas grandilocuentes que a los actos más necesarios y básicos,

muchas veces realizados en silencio.

¿Podría ser yo como ellos? Seguramente no tengo sus capacidades intelectuales…

Pero la realidad es que no quiero.

¡Qué pena no ser capaz de sacrificio alguno en la verdadera revolución de la vida!

Aquella que jamás quedará reflejada en los libros de historia y que se oculta en aquel cambio de pañal, aquel cuento antes de dormir, aquel ir a buscar al colegio, aquel ir al parque o al campo, aquella tetada, aquella comida rica cocinada en casa, aquel cuidar a tus familiares ancianos…

Todos los libros y artículos que no escribiré serán cada uno de ellos un momento cotidiano junto a las personas que amo.

La alienación es eso, no estar donde uno tendría que estar,

haciendo lo que solamente uno puede hacer,

con placer o con esfuerzo.

Y ese instante ya no vuelve.

El verdadero sentido trágico de la vida,

y a la vez la salvación y la gloria,

secreta e íntima.