Día de Todos los Santos

Ana fue, como hacía ya los últimos años, al cementerio a limpiar las lápidas y recordar a los ancestros. Fue con sus hijos, con su marido y sus suegros. Hicieron el mismo recorrido que el año pasado y que el año anterior, justamente aquel día que se estaba poniendo de parto de su último bebé. Nacimientos y muertes están siempre unidos, como el musgo verdoso que crece entre las rendijas de las lápidas de la Almudena. “¿Por qué sale el musgo, mamá?” “No lo sé, pero parece decirnos que hasta de la piedra puede nacer vida”.

Coches, flores, agua, trapos… Siempre la misma familia gitana que recuerda al abuelo y al lado la tumba de una niña. Porque también los niños mueren.

Ya no está de moda ir al cementerio a recordar a los muertos. Es más divertido seguir la tendencia que mezcla la yanquilada cutre del Halloween con los disfraces de la China comunista-capitalista. El exceso de positividad del que habla Byung Chul-Han nos lleva a eso y a negar el dolor y lo solemne. Seguramente porque son poco comerciales comparadas con la industria de la distracción y lo intrascendente. No se lleva a los niños ni a funerales, ni a tanatorios ni a cementerios. No deben verlo. Mejor sustituir esa experiencia por unas arañitas de plástico en la guardería. Y esa mentalidad infantil sale de la guardería e invade colegios, universidades y hasta centros de trabajo. Desde luego – pensaba Ana mientras caminaba entre las tumbas – nuestra generación es una generación perdida. De repente de das cuenta de que te has hecho mayor cuando los números uno de los principales organizaciones políticas comienzan a tener tu edad. Y piensas: No estamos al nivel que se espera en estas circunstancias. ¡Qué desastre!

Ana y sus familiares recordaron a los que se fueron con una oración, con la lágrima contenida y, a veces, entre bromas o discusiones sobre otros temas. También pidieron que les ayudaran desde el cielo. Y un niño añadió: “Porque con el lío que tenemos…” Y de nuevo las risas. ¿Quién recordará a los muertos cuándo toda esta generación de abuelos que todavía van al cementerio muera? ¿Quién les limpiará la lápida a ellos? ¿Reconvertirán la Almudena en un centro comercial o un parque temático en el que celebrar Haloween? ¿Un centro de arte moderno con entierros ecosatánicos? Y en todo esto pensaba Ana mientras salía del cementerio en el único día del año en el que hay atascos.

Las letras borradas, las plantas secas, las flores de plástico… Visitar sus tumbas nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Nos enraiza y nos coloca en el árbol genealógico familiar. En el caso de Ana, al no haber conocido personalmente a las personas enterradas que visitaba, le permitía tomar más distancia. Pero a la vez también sentía ganas de llorar porque ahí había emoción y amor. Sus sueños, sus ilusiones, sus defectos y virtudes, todas las conversaciones que tuvieron y todo lo que se quedó por hacer y decir… Al final todo eso estaba dentro de los recuerdos de los vivos. Estar ahí todos juntos les unía en un mismo duelo y una misma verdad. La verdad de ver la vida tal cual es, tanto en lo bueno como en lo malo, sin fraccionar ni mutilar ni sesgar a la medida de nuestra conveniencia.

Desde que habían retomado la costumbre del Día de Todos los Santos Ana sentía que se alejaba un paso más de Progrelandia y sus encantamientos de baratija. Esa liberación era más potente que cualquier antidepresivo que hubiese podido tomar en otros tiempos. No había engaños, no había miedos. Por fin la paz de conciencia y un sano temor a lo sobrenatural, que la conectaba con multitud de universales antropológicos negados y pisoteados por la modernidad. Sobrecogedora existencia bajo el manto de Dios.