Día 23: síndrome de Estocolmo

Hoy he fingido ser feliz encerrada en casa. He hecho deporte. No he escuchado las noticias. Les he dicho a los niños que estábamos de vacaciones. Hacía sol. Hemos podido salir a la terraza.

Me he mentido a mí misma. Me he dicho que en realidad podría vivir así toda la vida. También he pensado que en realidad los expertos del gobierno tienen razón y que si han hecho algo mal no ha sido con malicia. ¡Si incluso ellos están infectados! ¿Cómo se pondrían en peligro a sí mismos o a sus familias?

Sin embargo, por la tarde he salido a comprar con mi carrito y he vuelto a ver las caras de la gente. Sus miradas aterradas y tristes apenas visibles detrás de una mascarilla. Sus guantes. Las filas del supermercado. He visto a un niño y una madre en un balcón que andaban de forma compulsiva, recorrían los metros de su terraza para hacer ejercicio, pero en realidad me recordaban a esos tigres del zoo que repiten el mismo movimiento una y otra vez en un bucle infinito. Y he recordado que vivimos secuestrados y en guerra contra un virus, una guerra que se libra en las trincheras de los hospitales y cuyos soldados son los sanitarios y los enfermos. También se libra en los medios de comunicación, porque también hay guerra psicológica, agitprop y psi-ops.

Por un momento he amado a mis captores y he pensado que, de forma insospechada, algo bueno tenía esta cuarentena. El silencio y la reclusión hacen de nuestras casas un monasterio, de alguna manera. Nuestras habitaciones son las celdas de los monjes. Si no fuera por el ruido de internet todo sería perfecto, un paraiso en la tierra que se rompe cuando algún niño me pide salir o ver a algún familiar.

Luego por la noche he leído las noticias y ha vuelto el miedo, la opresión en el pecho, el pánico. Los textos hablan del infierno de las UCI, los cadáveres de Guayaquil y de qué pasa con los niños en esas familias en las que los padres tienen que ser ingresados.

He rezado.

Tengo miedo de acostumbrarme a esto y que la excepción se convierta en la nueva normalidad.