Día 26: libertad y seguridad

Domingo, 5 de abril de 2020

Después de una conversación de más de una hora por teléfono con una amiga que justificaba que el estado tome medidas de control extremas en nombre de la protección y la seguridad frente a las epidemias me encontré devastada. Además me di cuenta de la mayor de mis incongruencias en estos días: uso las estadísticas de Corea del Sur a pesar de que critico la app que usó para controlar a sus ciudadanos. Gracias a los miles de test que realizaron y a esa aplicación yo puedo hablar de estadísticas que sin esas medidas no conoceríamos y, a día de hoy, parecen las más fiables.

Son días muy extraños. Son días de hipocondria, donde cualquier atisbo de tos puede ser señal de lo peor. ¿Ya no existe el catarro normal? ¿Por qué tenemos tanto miedo a toser? La hipocondria es como una señal alérgica; al carecer de un contacto directo con enfermedades realmente graves, reaccionamos de manera exagerada a señales insignificantes. El cuerpo se confunde y no sabe distinguir.

Ya me había leído el libro de Robert Sarah “Se hace tarde y anochece” pero ahora estoy con otro, “La fuerza del silencio”. Realmente me toca el corazón y creo que este hombre está lleno de sabiduría. Es realmente un libro valiente y antisistema en los tiempos actuales, donde el ruido lo inunda todo. Es más, en el mundo digital de las redes sociales y de los blogs no existe el silencio. No hay manera de expresar el silencio. ¿Cómo sería? Lo único que se puede hacer es dejar de escribir palabras.

Me gustaría compartir un fragmento que para mí ha sido muy esclarecedor en tiempos del COVID-19 y sus derivas estatales autoritarias. Tomado de la página 104:

-169.- No obstante, si Dios no es poderoso, entonces no es Dios. Dios es Todopoderoso y, al mismo tiempo, quiere permitir que el hombre sea realmente libre. Porque la omnipotencia de Dios es la omnipotencia del Amor, y la omnipotencia del Amor es la muerte. El infinito de Dios no es un infinito en el espacio, un océano sin fondo y sin orillas: es un Amor que no tiene límites. La creación es un acto de Amor infinito. Para Hans Jonas el acto de la creación es una especie de “autolimitación” de Dios. Así pueden empezar a entenderse su silencio y su dejar hacer. El sufrimiento del hombre se convierte misteriosamente en sufrimiento de Dios. En la naturaleza divina el sufrimiento no es sinónimo de imperfección.

Este problema me trae a la memoria la carta de una madre de familia conmovida por la idea de la vulnerabilidad de Dios: “Cuando mis hijos era pequeños, quien pensaba por ellos y decidía por ellos era yo. Todo resultaba fácil: lo único que estaba en juego era mi libertad. Pero, en un momento dado, cuando me di cuenta de que mi papel consistía en ir acostumbrándolos a elegir, sentí – nada más asumirlo – que me invadía la inquietud. Al dejar que mis hijos tomaran decisiones y, por lo tanto, corrieran riesgos, al mismo tiempo yo también corría el riesgo de ver aparecer otras libertades distintas a la mía. Si con demasiada frecuencia he seguido eligiendo en su lugar, he de confesar que ha sido para ahorrarles el sufrimiento derivado de una elección que más tarde podrían lamentar; pero también, y en la misma medida – si no en mayor medida-, para no arriesgarme a vivir en desacuerdo entre su elección y lo que a mi me gustaría verles hacer. Faltaba amor por mi parte, porque actuando así lo que querría por encima de todo era protegerme contra un posible sufrimiento: el que he experimentado cada vez que mis hijos han emprendido un camino distinto al que yo consideraba mejor para ellos. Así he conseguido entrever cómo es posible que Dios “Padre” sufra. Nosotros somos sus hijos. Quiere que seamos libres de construirnos a nosotros mismos y el Infinito de su Amor le impide toda coacción. Amor perfecto, sin traza de cálculo, pero que implica la aceptación de un sufrimiento inherente a esa libertad total que quiere para nosotros.”

Creer en Dios silencioso que “sufre” es hacer más misterioso aún el silencio de Dios, pero también más luminoso; es eliminar una falsa claridad para sustituirla por “brillantes tinieblas”. Porque no hay que olvidar las palabras del salmo: “¡Que al menos me cubran las tinieblas y la luz se haga noche en torno a mí! Tampoco las tinieblas son para ti oscuras, pues la noche brilla como el día, las tinieblas como la luz” (Sal 139, 11-12). Este salmo puede dar fuerzas al hombre cuando le asaltan sus demonios más oscuros y siempre que sienta la tentación de rebelarse contra Dios.

El silencio de Dios es una invitación a guardar nuestro propio silencio para profundizar en el gran misterio del hombre y de sus alegrías, sus penas, su sufrimiento y su muerte.

¿Qué me evoca este texto a día de hoy? Que el estado, el Leviatán quiere ser Dios. Que los científicos, autoproclamados sabios tecnócratas, son los nuevos sacerdotes y no quieren reconocer sus propias limitaciones y errores. Los políticos tampoco los reconocen y huyen hacia delante. Pero, ¿qué pasa en estados totalitarios como el chino del que aquí queremos copiar su vigilancia y control? El amor no busca controlar, deja libertad incluso para que tomes decisiones equivocadas (creo que hasta el Ayuntamiento de Madrid nos decía algo así desde los anuncios contra el maltrato…). El estado quiere vigilar nuestros movimientos, tenernos atrapados con una pulsera electrónica disfrazada de teléfono móvil “inteligente”. También quiere controlar nuestra salud, por nuestro bien. Es como esa madre que quiere controlar todo de sus hijos, saber dónde están y con quién (¿nos suenan de algo esos sistemas de geolocalización de familiares que se anuncian en la radio?). El estado y las empresas de seguridad y telecomunicaciones no pueden ser el ojo que todo lo ve. ¿Por qué ese afán de saberlo todo y controlarlo todo? No pueden tolerar la libertad y, por tanto, no toleran el amor. Por eso, el feminismo actual converge con estas tendencias como anillo al dedo, o como una app a un móvil…

Dice en la página 106 Robert Sarah: “Tenemos que asumir el sufrimiento como parte de nuestra humanidad”.  Cuando uno asume el sufrimiento como parte de la vida y no algo de lo que se puede escapar ni con un estado totalitario, ni una app, ni una geolocalización constante, acepta el requisto imprescindible de la libertad. Si uno quiere ser libre, tendrá que aceptar que la existencia es riesgo y habrá momentos de dolor durante toda la vida. Lo único seguro es la muerte. Todos moriremos algún día. Cuando se acepta el sufrimiento, uno se carga de valentía para afrontar lo que pueda venir.