Día 48: “El hombre busca la eternidad por el camino de la ciencia. Pero la eternidad solo nos la dará Dios”

Lunes, 27 de abril de 2020

Tomado del libro del cardenal Robert Sarah, pg. 263:

Ese transhumanismo que aspira a crear un hombre eterno ¿no es una utopía que cuenta con la gran ventaja de no mostrar su verdadero rostro?

El transhumanismo alimenta el proyecto descabellado de acelerar la evolución traspasando los límites del ser humano y creando nuevas formas de vida. Fomenta las investigaciones genéticas que, en un futuro próximo, permitirán el nacimiento de un híbrido hombre-máquina. Los científicos que promueven el transhumanismo intentan hacer realidad lo que es, sin duda alguna, el sueño más antiguo maliciosamente insinuado por Satanás a Adán y Eva. En la Biblia la serpiente tranquiliza así a la mujer: “No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 4-5).

El proyecto de aumentar al ser humano no es nada nuevo. El hombre siempre ha temido a la Parca, que lo enfrenta a lo desconocido y pone fin a su existencia. El transhumanismo intenta remediar la muerte distanciando y eliminando el momento del gran viaje hacia la eternidad. Los cantos del trasnhumanismo proclaman hoy la muerte de la muerte. El hombre ya no morirá. Será eterno.

Así describe Chantal Delsol este sombrío futuro en La Haine du monde: “Como exige la libertad individual, habrá -dicen- dos categorías humanas distintas: a mediados del siglo XXI, un pueblo de ciborgs inmortales se mezclará con los humanos tradicionales, que serán algo así como Amish. En otras palabras: la responsabilidad de la renovación  constante, la vocación de seguir creando desde cero, unida a la aprobación de la muerte, le corresponderá a un grupo de voluntarios que seguirán siendo mortales. Ellos salvarán el corazón del mundo. Porque los humanos inmortales no tendrán hijos: como dice Christophe Rufin en su novela Globalia, el programa de la sociedad de los inmortales es cero nacimientos y cero muertes. El programa de inmortalidad de Silicon Valley olvida que la naturaleza es una renovación permanente, expresión de la permanente juventud del mundo, del recomenzar, de la sucesión indefinida de amaneceres: no es otra cosa. Y es también  – las dos van unidas – la diversidad siempre recomenzada a partir de seres singulares y siempre nuevos. La diversidad, la singularidad y la esperanza solo existen si se acepta la muerte”. Y concluye con lucidez: “Lo que Hannah Arendt llama el hombre superfluo, sin futilidad ni significación debido a su desarraigo – entendido como la ausencia de vínculos y relaciones -: ese es el corazón y el núcleo de las utopías revolucionarias y, al mismo tiempo, el corazón y el núcleo del periodo contemporáneo”.

Este movimiento implica una filosofía adquirida de evolución permanente, según la cual la inteligencia no es en absoluto una facultad espiritual, sino el resultado del desarrollo de la materia a lo largo de la historia. De ahí que no haya necesidad alguna de plantearse la pertinencia – y mucho menos la moralidad – de la modificación del genoma, del injerto de chips electrónicos en el cuerpo o de la adición de implantes inteligentes. El hombre, en posesión del poder de la técnica, debe convertirse en el amo de la evoución y contribuir a la venida al mundo de una poshumanidad.

Se trata de una gran paradoja, porque lo que se perfila es una especie de nostalgia renovada del paraíso perdido. Antes del pecado original no existían ni el cansancio, ni la enfermedad, ni la muerte. Nuestra esperanza, no obstante, no está en el hombre ni en la ciencia. Está en Dios. Para los cristianos el alma sobrevive a la desaparición terrenal del cuerpo. Según el plan de Dios, algún día recuperaremos nuestra envoltura corporal. La resurrección o la vida eterna son obra del Padre, no del hombre. Y, sin embargo, yo mismo he constatado que la Iglesia ya no predica sobre el alma, la eternidad y las postrimerías. A los sacerdotes les da miedo que se rían de ellos. La supresión del Dies irae durante las honras fúnebres constituye una muestra de este falso pudor.

Tenemos que estar alegres y llenos de esperanza. El hombre busca la eternidad por el camino de la ciencia. Pero la eternidad solo nos la dará Dios. Llegará un tiempo en que viviremos eternamente con Él.

En el mundo posmoderno la eternidad se ha convertido en un asunto comercial. En el mejor de los mundos la caridad desaparecerá, porque todo le mundo será fuerte y eterno. Un infierno en la tierra.

La Iglesia no tiene derecho a ser mediocre. Si se niega a denunciar los sueños prometeicos de nuestro tiempo, falta gravemente a su misión divina. Si no propone ningún remedio a las derivas transhumanistas, traiciona a Cristo. Si se adapta a los tiempos, se aleja de Dios. El peligro es grave. Lo que no hicieron las utopías del siglo XX intentará hacerlo un Occidente posmoderno sin Dios.

Así las cosas, ¿cómo se puede recobrar la cordura? Hay que escuchar a Dios. Aceptar nuestra finitud. A través de la Encarnación, Cristo nos enseña que el camino de la felicidad no consiste en negar nuestra condición de criatura. No: Él ha venido a encarnarse. Él nos enseña el camino. Él es el hombre perfecto. Y no ha querido prescindir de ninguno de los límites de nuestra condición humana. Nada de lo que forma parte de nuestra humanidad le resulta extraño. Hasta el sufrimiento lo podemos vivir, como Él, en el amor. Aliviar el sufrimiento es una obra de caridad; negarlo es una ilusión. Cristo nos enseña que la misma muerte puede dar paso a la vida eterna si la aceptamos. La ideología transhumanista está inspirada por la triste tentación de imitar la resurrección. Solo Dios hecho hombre puede vencer a la muerte. Sufriéndola por amor la venció definitivamente. Con su muerte ha vencido a la muerte. Y nos ofrece su vida, que es la única vida eterna.