Cuentos del 2020: “Lucha o huida”

Aviso: “Los personajes y hechos retratados en esta historia son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia”

Ana hablaba pausadamente desde el diván. Pagaba mucho más de 60 euros a esa psicóloga que en otros tiempos, antes de la “pandemia”, fumaba y la atufaba en la consulta por su problema de no saber decir “no” cuando había que decirlo. Por supuesto, le molestaba muchísimo que su psicóloga fumara y nunca sabrá si era una jeta o era parte de la terapia, como una prueba para ver en qué momento se rebelaba y luchaba por su derecho a respirar y ser respetada.

“El momento más loco que he vivido, desde que empezó todo esto, fue cuando este verano en la Sierra buscaba una piscina para ir con mi hija”, Ana soltó cada palabra casi jadeando, con las lágrimas a punto de caer y romperse como platos rotos. La psicóloga hacía como que escuchaba y garabateaba cosas en su cuaderno. Ana prefería no mirarla demasiado y centrarse en lo que quería contar. “El caso es que en todos los pueblos de la Sierra estaban todas las piscinas cerradas, por la “pandemia”, claro. Me dijeron en uno de los pueblos que allí tenían muchos positivos. De hecho, en ese pueblo entré a comprar libros y recuerdos de la zona en una tienda con mi hijo pequeño y la cara de pánico de la vendedora al ver a mi hijo tocar algún objeto no la olvidaré jamás. Parecía que la estábamos molestando con nuestra visita. Intenté que mi hija no se diera cuenta”.

La psicóloga comenzó a dibujar un rostro, quizás inspirada por las palabras de Ana. Después recordó que después venía otra paciente y después ya sería libre para volver a su casa, pedir un Glovo y ver la última serie chorra de Neflix. Ana comenzó a sollozar: “Al final encontré la única piscina abierta por la zona y estaba en un camping. Por supuesto me costó una pasta entrar pero sentí un gran alivio al entrar en la piscina. Nadie llevaba mascarillas, claro está, la gente sonreía, los niños parecían felices haciendo lo de siempre. Era como la vieja normalidad, ¿sabe a lo que me refiero? Bueno, había algunas marquitas en el césped, como un parcelado, eso sí. Disfrutamos muchísimo. Bueno, salvo aquel momento en el que mi hija se acercó y cogió un juguete que era de otra niña y su madre me miró, como preguntándome sin palabras, “¿las dejamos jugar juntas o cumplimos las normas del distanciamiento social ordenado por el gobierno?” Al final creo que mi cara de pánfila fue toda una invitación a no hacer nada y dejar que jugaran. Y que pasara lo que tuviera que pasar, ya sabes lo que opino yo de todo esto. El caso es que después salimos de la piscina para ir hacia el restaurante y nos tuvimos que poner la mascarilla. Al llegar a la terraza nos recibió una señora con el gel hidroalcohólico y mucha preocupación. Las vistas eran divinas, todo un espectáculo de la Naturaleza. Y allí estábamos nosotras con esa camarera aterrorizada que me dijo que tenía que estar todo el tiempo con la mascarilla y solamente quitármela para beber un sorbo de cerveza o introducir comida en la boca. ¡Un sorbo! ¿Puede creerlo? ¡Acababa de estar en la piscina sin ningún tipo de restricción y ahora tenía que taparme y destaparme la boca solamente para ingerir o beber! Intenté mirar a otras personas de otras mesas para quizás encontrar una mirada de complicidad. Había un grupo de jóvenes con pinta de rockeros con sus tatuajes, su estética rompedora y sus mascarillas de colores. Lo habían aceptado todo sin rechistar. Nada parecía tener sentido y sin embargo estaba sucediento todo de verdad”.

Ana hizo una pausa para limpiarse los ojos y los mocos. Miró a la psicóloga, tan enmascarillada como ella. ¿Por qué seguía acudiendo allí? ¿Es que acaso necesitaba algún tipo de autorización para sentirse cuerda? Respiró hondo. Sacó un pequeño espejo del bolso y comprobó que no quedaba ni una sola lágrima en sus mejillas. “Tengo que marcharme. Y además hoy es mi última sesión. Lo acabo de decidir. El mundo se ha vuelto loco y yo quiero vivir. ¡Quiero vivir! ¿Me escucha?”. Dejó el dinero en el diván y salió corriendo.

Desde ese día nadie ha vuelto a ver a Ana ni a su hija. Su psicóloga piensa que finalmente se fue a otro país, posiblemente Suecia, por la cantidad de veces que en los últimos tiempos había mentado a ese país. Lo que no sabe es que en realidad ahora vive en un país africano de profesora de español en un colegio internacional y cuando allí cuenta a sus amigos lo que pasa en España siempre provoca carcajadas espontáneas, gestos de incredulidad y comentarios políticamente incorrectos.