La revolución cultural coronavírica vs. Persépolis

No sé si habéis leído Persépolis, la novela gráfica de Marjane Satrapi. Si no lo habéis hecho, el año 2 después de la “Gran Estabulación” y en plena revolución cultural coronavírica es el momento para hacerlo. Se trata de la historia autobiográfica de la autora que muestra el comienzo de la revolución islámica en Irán. A mí, desde luego, estas imágenes me recuerdan un poco a la imposición de la mascarilla obligatoria en los colegios que de forma lamentable, junto a un montón de protocolos desproporcionados y antisociales más, nuestros hijos tienen que padecer. Imposición, que en el caso de Madrid, vino de la mano del decreto del BOE del “izquierdista” Sánchez y lo publicado en el BOCM por la “liberal” Ayuso:

La mascarilla “higiénica” obligatoria y el velo obligatorio tienen mucho en común, ya que ambos son productos textiles, meras prendas de ropa. De hecho así consta en los etiquetados de las mascarillas que nos obligan a llevar donde se indica que no son Equipos de Protección Individual (EPI) ni productos sanitarios. Las mascarillas “higiénicas” son un claro símbolo de sumisión antihumanista, ya que los humanos necesitamos sociabilidad, roce y cercanía. Cuando hablo y saludo con dos besos al otro, como solemos hacer en nuestra cultura, estamos participando de un ritual en el que ambos nos aceptamos y reconocemos, y el intercambio de posibles virus del resfriado va dentro del pack. O al menos iba. Si acaso cuando estabas resfriado decías aquello de: “Hoy no te abrazo que estoy acatarrado”. Pero era algo temporal, sabías que la próxima vez que vieras a esa persona le darías un abrazo. ¿A dónde van los besos que no damos? Como decía aquella canción…

El comic de Marjane Satrapi, leído en el contexto actual, trae más sorpresas. Hay escenas de fiestas prohibidas durante la guerra que, salvando todas las distancias, recuerdan al ambiente bélico que se respira en esta guerra psicobiológica sin bombardeos, en la que las fiestas y las reuniones familiares se han convertido en eventos “ilegales” con miedo a los vecinos, al qué dirán y a la policía:

Al menos, por ahora, no tenemos bombardeos, podemos pensar para consolarnos…

Marjane Satrapi ha hablado algo sobre el confinamiento que vivió en Francia, aunque ha dicho poco, la verdad. En esta entrevista dice: “Me sentía como un león en una jaula. Sabía que era lo que tenía que hacer, para salvar vidas, pero aún así estaba realmente aburrida”. Hay que tener en cuenta que, explica, allí podían salir una hora al día de casa. Nada que ver, como vemos, con el arresto domiciliario que sufrimos aquí, mucho más radical para los niños que no tenían ni siquiera la excusa de ir a comprar al supermercado. Por ahora, nadie en este país ha pedido perdón por ello.

Es triste que intelectuales de izquierdas como Satrapi callen ante los atropellos en cuanto a libertades civiles que hemos vivido y que viviremos en un futuro muy próximo. Supongo que, por un lado, la disonancia cognitiva les puede y, por otro, nadie se quiere enfrentar a la mano del poder económico o estatal que en potencia puede decidir si otorga un premio o una subvención a tal o cual proyecto. Lo mismo es aplicable a los científicos, que ahora se venden como “seres de luz”, totalmente neutrales y ajenos a la industria farmaceútica o el oligopolio de los fondos de inversión.

La reducción al absurdo que nos trae la superstición cientifista avanza un día más. Para muestra un botón: una cantante con apariencia de estar más sana que una lechuga es entrevistada por videoconferencia porque ha dado “positivo” en una PCR que detecta el virus SARS-cov-2 (Síndrome Agudo Respiratorio Severo). En las pandemias del pasado no había test y los enfermos que se aislaban estaba muy claro quiénes eran, los que tenían síntomas de enfermedad. Jamás se confinó a personas sanas.