Los !Kung sin pañales

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Tomado de Nancy Howell: Historias de Vida de los Dobe !Kung:

“Los bebés establecen el control de esfínteres a una edad temprana , como resultado de la comunicación íntima, entre ellos y sus madres, que se ve alentada por el contacto piel con piel. Cuando un bebé orina espontáneamente , la madre responde sacando al bebé de la bandolera y limpiando al bebé (y a ella misma y su ropa de cuero no absorbente ) con un puñado de hierba. A medida que la madre desarrolla la capacidad de sacar al niño antes de que termine el flujo de la orina, añadirá un silbido a la corriente de la orina. Poco a poco, sin instrucciones verbales y sin regaños, los bebés pueden ser inducidos a liberar el flujo de orina con la señal silibeante mientras se mantiene se le separa del cuerpo de la madre. Muchos niños de seis meses de edad están entrenados de esta manera, antes de que puedan hablar. Del mismo modo las madres son conscientes de los movimientos y los sonidos de sus hijos y aprenden a anticipar la defecación, y mover al niño fuera de su cuerpo antes de que ocurra, mientras el niño es aún muy pequeño. Es valioso para la madre tener éxito en evitar “accidentes” con la defecación, pero no está del todo claro si es la madre o el niño los que son “entrenados” . La comunicación no verbal entre madre e hijo parece depender de la falta de ropa, por lo que será interesante saber si “el control de esfínteres” se está convirtiendo en un problema para las madres !Kung ahora que la mayoría de ellos llevan ropa de tela la mayor parte del tiempo y llevan a sus bebés fuera de sus ropas”.

Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung, una reseña

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Este es un libro de antropología curioso. Marjorie Shostak, su autora, en realidad no era antropóloga cuando viajó a la tierra de los Kung en el desierto de Namibia junto a su marido y otros antropólogos a realizar trabajo de campo. Shostak era filóloga, sin embargo, es uno de los mejores libros de antropología que he leído, porque llegas a conocer la forma de pensar y la cosmovisión de una mujer Kung concreta de una forma bastante profunda. Me ha recordado en ocasiones a “El Concepto del Continuum” de Jean Liedloff, aunque el enfoque sea totalmente diferente, aunque “Nisa” me ha gustado muchísimo más, porque da voz a las personas de las que está hablando. Es muy humano y nada mitificador; ves lo positivo y negativo de la cultura, lo que se podría aprender de ella y, sobre todo, unos cuantos sentimientos universales del ser humano.

El libro se estructura en 15 capítulos en los que en una primera parte Shostak nos cuenta la “teoría” y después viene la parte de narración de Nisa, la protagonista del libro, que fue entrevistada y grabada por la autora. No en vano, como buena filóloga, estuvo durante largos meses aprendiendo el idioma y sumergiéndose en la cultura antes de comenzar ninguna de las entrevistas

¿Con qué me quedo del libro? Con las partes en las que se habla de:

El embarazo. Me ha llamado mucho la atención que se hablara del embarazo como de un estado psicológico alterado en algunos momentos, como cuando en nuestra cultura hablamos del estado premenstrual: “estaba enfadada y lloraba un montón. Mi corazón estaba lleno de rabia y sentía dolor, pero no entendía por qué. Cuano comía carne, vomitaba, y cada vez que comía bayas dulces, devolvía. (…) Pregunté a la gente mayor, “¿Por qué devuelvo cuando como carne?” Eso era cuando mi tripa todavía era pequeña. Dijeron, “Tus pezones son oscuros, debes de estar embarazada””.

Dice Marjorie Shostak que no se considera que las embarazadas necesiten especial protección o que deban parar de hacer sus actividades normales. Sin embargo, muchas mujeres Kung experimentan cambios de humor durante los embarazos y se considera normal. Una suegra comenta en el libro: “La última semana mi yerna se enfadó tanto que corrió lejos del poblado y durmió en los arbustos. A la siguiente mañana todo el mundo fue a buscarla, y cuando la encontraron, estaba sola. No se había hecho ni siquiera un fuego. Había estado enfadada y triste, y había acusado a su marido de tener una aventura con otra mujer. Pero no era verdad. Era el bebé dentro enfadándola”.

Al leer esto recordé mi primer mes de embarazo, cuando ni siquiera sabía que estaba embarazada, y el bajón que sentí en algunos momentos y que asocié a que me iba a venir la regla de forma inminente. Al final resultó ser un embarazo y no síndrome premenstrual…

El parto. Me ha fascinado el estoicismo con el que afrontan los dolores del parto. Sí, he dicho dolor (no sé qué opinará Casilda Rodrigañez). Lo sienten, lo admiten, lo conocen, pero piensan que hay que ser valiente y no mostrarse temerosas, porque si tienes miedo, el parto irá peor. Así que se van fuera del poblado, se sientan bajo un árbol sin moverse y sin gritar, y paren. Eso sí, las primíparas sí paren acompañadas de su madre o alguna tía.

Lo del silencio me parece curioso porque quizás los extranjeros que viajan a otras culturas y observan ese tipo de parto podrían pensar que las mujeres “paren sin dolor” (por ejemplo, Bartolomé de las Casas, sin ir más lejos) cuando en realidad podrían estar teniendo dolor pero no expresarlo y trascenderlo con valor de guerreras (actitud que me recuerda un poco a algo que leí en el libro de la comadrona Verena Schmid, El Dolor del Parto). Marjorie Shostak, al no limitarse a observar desde fuera sino preguntar directamente a Nisa por sus partos, se entera de lo que verdaderamente ella sintió al parir a sus hijos.

Aborto e infanticidio. Bau, otra mujer Kung, le contó a Marjorie que “en el pasado una mujer con un embarazo no deseado bebería una medicina de hierbas que haría que su menstruación volviera, que “arruinaba sus entrañas””. También le dijo que las mujeres de la generación de su abuela habían practicado de forma ocasional el infanticidio, pero que ya no se hacía ya que estaba prohibido por la ley estatal.

También sobre este tema: “Los Kung dicen saber algunas formas de “arruinar” o terminar un embarazo. Se dice que una mujer está declarando su deseo de abortar si cocina comida en el fuego de otra persona o si tiene sexo con otro hombre diferente del que espera un bebé. Otras alternativas son agentes físicos como montar a caballo o en burro y algunos químicos hechos con plantas. No está claro como de extendido está el uso de plantas medicinales o su eficacia. En cualquier caso, una mujer recurrirá a ellos solamente si piensa que las condiciones para la supervivencia del niño no nacido son peores (inciertas, en el mejor de los casos) de lo normal”.

Menstruación. No existen ni utilizan compresas, la sangre cae por las piernas o usan hojas, pieles o, más recientemente, alguna tela o trapo. No hay tabú sexual de la menstruación, las mujeres no son segregadas de la vida cuando tienen la regla y continúan teniendo sexo. Eso sí, menstrúan pocos meses porque normalmente o están embarazadas o en amenorrea de la lactancia. Como experimentan unas pocas menstruaciones entre embarazos, reflexiona Shostak, no se le da ninguna importancia a la regla. A pesar de que la asocian en ocasiones a algún tipo de disconformidad (calambres, sensibilidad en los pechos, dolor de cabeza o de lumbares) no se piensa que afecte a la mujer a nivel psicológico, curiosamente al contrario que en el embarazo donde sí son conscientes de sus fluctuaciones anímicas. Sería una prueba más de que lo normal en su cultura es el embarazo y la lactancia y en la nuestra menstruar de forma indefinida.

Sí creen en la sincronía menstrual (a pesar de que hoy en día se sabe que no ocurre) y llaman a sus reglas “lunas”. Algunas dejan de hacer visitas a otras personas cuando están con la menstruación y otras siguen con su vida como si nada. Una mujer en el libro explica: “Cuando quiero ir de visita, voy de noche. Así, nadie pude ver si hay sangre en mis piernas”. Al final de la menstruación, se bañan.

Por cierto, en otro libro que me estoy leyendo de Wenda Trevathan, “Cómo la evolución a dado forma al cuerpo de la mujer”, se explica cómo en otras culturas preindustriales o preagrícolas las mujeres tienen niveles hormonales mucho más bajos que nosotras, tanto en el ciclo menstrual como en el embarazo. Además, sus reglas son la mitad de cortas que las nuestras.

Los niños. Dice Marjorie Shostak: “La mayor parte de los Kung aman a los niños, y lo ideal es tener muchos. Pero las mujeres Kung conocen muy bien los costes físicos del embarazo, así como el trabajo y la responsabilidad que tener muchos hijos conlleva. Una mujer, embarazada demasiado pronto de su cuarto hijo, expresó su infelicidad de este modo: “Tener demasiados niños te hace flaca porque son muy pesados de llevar (portear). Los niños son valorados por su abilidad para hacer la vida más agradable. Un hombre Kung, cuya mujer había llegado a la menopausia sin tener hijos, dijo “Tengo tantas ganas de tener niños. Cuando vas de caza y vuelves, corren y se sientan a tu lado. Dicen, “Papá, ¡dame algo de carne!” Solamente el hecho de tenerlos al lado te hace feliz”.

Lactancia. Los Kung tienen tabú del calostro, es decir, no amamantan los tres primeros días. O bien el niño se queda sin comer o bien otras madres le amamantan hasta la subida de la leche. Comienzan la alimentación complementaria sobre los 6 meses (o premasticada o machacada) pero la lactancia continúa varias veces cada hora durante los primeros años del bebé.

Lo del tabú del calostro es uno de los grandes enigmas para mí del ser humano. ¿En qué momento surgiría en la cultura Kung y otras tantas? Además de los innumerables beneficios para el niño, dar el pecho nada más nacer ayuda a que el útero se contraiga y previene hemorragias. Si es algo tan positivo, ¿por qué evitan “la leche mala”? Además, no puede ser para separar o hacer menos apegada la relación madre-bebé, ya que durante los primeros 3-4 años esa relación entre los Kung es muy estrecha a todos los niveles. Un misterio por resolver…

Las rabietas durante el destete. Buena noticia para los que sienten “culpabilidad occidental” porque sus hijos las tengan. Los niños de la sociedad de cazadores-recolectores Kung también las tienen, sobre todo en el momento del destete cuando mamá se queda embarazada con otro bebé, eso sí,  después de 3-4 años de lactancia. Parece que, aunque des teta hasta esa edad, muchos niños no quieren parar y al menos entre los Kung se convierte en un verdadero drama. Es decir, las madres Kung no dan el pecho hasta que sus hijos quieran, sino hasta que llega otro hijo. Por ejemplo, el último bebé de una madre sí que se desteta él mismo varios años después que los demás. En el destete se ponen una sustancia amarga en los pezones y, muchas veces, los niños se van a vivir un tiempo con las abuelas.

Los amantes. Las mujeres y los hombres Kung se casan, normalmente varias veces durante su vida, y se separan a voluntad, lo que no impide que existan pasiones y verdaderos amores románticos a escondidas de las parejas “oficiales”. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo hace como que no lo sabe y se tolera siempre que no se haga obvio, es decir, que nadie pille a nadie. Si te cazan con un amante, eso sí, puede haber violencia, peleas y divorcios.

La sexualidad infantil. Lo mismo. Los bebés están los primeros años pegados a la teta de sus madres, porteados de aquí para allá. Después, cuando son más mayores se suelen ir con la pandilla de niños y adolescentes del poblado, que van totalmente a su rollo e incluso se montan una especie de poblado de niños paralelo en el que imitan la vida adulta. En esos poblados las niñas experimentan entre ellas el “juego sexual” de imitar a los adultos cuando tienen sexo, los niños también lo hacen entre ellos. Después, un tiempo más tarde, chicos y chicas juegan a tener sexo juntos. Como en el tema de los amantes, los adultos saben lo que hacen los niños (ellos mismos lo hicieron de pequeños) y, oficialmente, si lo hacen de forma muy obvia, les dicen que jueguen a otra cosa, pero si no les ven, no dicen nada. Es, por tanto, una sexualidad libre y creada por imitación del mundo externo, por autoinvestigación y coinvestigación con otros seres. No hay adoctrinamiento sexual, no hay enseñanzas regladas sobre el tema, no hay teorías…

Posesiones. La existencia de una mínima propiedad privada, ya que como se mueven mucho de un lugar a otro no pueden llevarse muchas cosas en los viajes. Además, lo que se tiene se comparte y se regala varias veces o se intercambia. Los valores de generosidad, reciprocidad e igualdad son muy importantes, incluso llegan a ser “obligatorios”. Las decisiones se toman por consensos y no hay jefes o líderes políticos, hay portavoces. Los grupos son autosuficientes.

– Los niños y los adolescentes de menos de 15 años y los adultos de más de 60 años contribuyen muy poco a la búsqueda de comida (al contrario que en muchas sociedades agrícolas o rurales). Y los adultos “trabajan” 2 o 3 días a la semana en la consecución de comida. El resto del tiempo se emplea en cocinar, trabajo del hogar, cuidado de niños o fabricación de herramientas. Hay mucho tiempo libre para actividades de ocio, cantar, componer música, tocar instrumentos, coser o tejer, narrar historias, jugar, visitar a otros o descansar. Existen conflictos pero se resuelven rápido y sin mayores incidentes.

Las mujeres contribuyen con el 60-80% de la comida consumida en dos días de trabajo a la semana. En el poblado emplean 4 horas diarias a mantener sus herramientas, recoger agua, leña, mantener el fuego, hacer cabañas, las camas, cocinando. Los hombres emplean 3 horas al diá en trabajo doméstico (cortan madera, recogen leña, preparan, cocinan y sirven la carne, y también cuidan a los niños, aunque dediquen algo menos de tiempo. Ellos cazan animales grandes y ellas recolectan plantas y cazan animales pequeños. Como no hay jerarquías sociales es una sociedad bastante igualitaria, si se compara con las sociedades agricultoras. Las mujeres son escuchadas y respetadas al mismo nivel que los hombres, pueden ser sanadoras como los hombres en los rituales de baile medicinal (una especie de danza con imposición de manos a los enfermos del poblado), pero dice Shostak que, aún así, se valoran un poco más las tareas masculinas, ya que la carne es cazada por los hombres y es muy valorada.

La violencia. Dice la autora: “Las mujeres son tan propensas que los hombres a entrar en peleas, a pesar de que ellas las inician mucho menos frecuentemente; una vez provocadas también son combatientes eficaces y decididas. La mayoría de las peleas entre los hombres y las mujeres son entre marido y mujer, con el marido siendo el agresor. Las peleas son generalmente espontáneas y apasionadas en su naturaleza y duran sólo unos pocos minutos. Los amigos y parientes, las únicas autoridades efectivas, son responsables de la separación física de los que luchan, así como de la prevención de nuevos enfrentamientos. La determinación de la culpabilidad no es una preocupación importante, y, excepto en los casos más extremos, no se impone castigo. La presión de grupo hace que sea muy claro, sin embargo, que la violencia no es una forma respetable de resolver los conflictos”.

En el libro se cuentan varios episodios violentos, siendo uno de los más crueles el del asesinato de la hija de Nisa por parte de su marido al intentar tener relaciones sexuales con ella poco después de su primera regla (sobre los16-17 años). Ella se resistió y él la pegó de tal forma que le rompió el cuello.

La violencia hombre-hombre también sucede, con flechas venenosas de por medio, pero no existen las guerras como tal.

Dice Marjorie Shostak que los padres y madres Kung no suelen pegar a sus hijos (o al menos que ella lo viera). Sin embargo, los adultos sí recuerdan en las entrevistas haber sido pegados con un palo o amenazados con ello cuando “se portaban mal”.

La muerte y el duelo. A pesar de que gozan de buena salud y no tienen las enfermedades propias de nuestra civilización moderna, el 50% de los niños mueren antes de llegar a los 15 años, normalmente por enfermedades infecciosas. Recuerdo que en el libro del que hablé en otro post sobre la familia campesina asturiana se daban cifras similares en el siglo XIX. Que la mortalidad sea tan alta no es óbice para que se sufra muchísimo con cada muerte de un hijo o familiar, lo que contradice otras cosas que he leído sobre el mundo preindustrial en otros libros (algo así que como se les morían tantos, no se vinculaban con ellos…).

Y podría hablar mucho más, por ejemplo, sobre su ritual medicinal y demás, pero prefiero reservármelo para otra entrega, ya que Marjorie Shostak volvió años después a visitar a Nisa y escribió otro libro en una onda completamente diferente a este. En definitiva, “Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung” es una obra muy recomendable e interesante para salir de tu propia cultura y entender otras realidades.

Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981)

Hoy voy a hablar de un artículo publicado en American Anthropology en 1981 por Bárbara B. Harrell, en ese momento médico residente del departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Washington. A pesar de que algunas explicaciones sobre fenómenos físicos de la lactancia y la menstruación hayan podido evolucionar en estos treinta años este texto me parece muy interesante para reconciliar lo cultural y lo biológico y entender cómo ha afectado la industrialización a nuestras vidas. Todavía mucho de lo que explica Bárbara B. Harrell no es comprendido ni ha llegado al gran público. También me gusta el tono del artículo: respetuoso y riguroso, sin moralinas, porque no busca convencer sino comprender. La autora simplemente presenta la información y nos muestra cómo eran las cosas en el mundo preindustrial y cómo son ahora, las posibles causas de cómo hemos llegado hasta aquí y algunas reflexiones e interrogantes. Con esa información podemos seguir dándole vueltas, aprender, ver qué camino queremos escoger y cómo los diferentes comportamientos culturales provocan determinados efectos en nuestros cuerpos y nuestras relaciones de lactancia con nuestros bebés.

He intentado dejar claro qué parte es del artículo de Harrell y cuáles son mis aportaciones y reflexiones. En cualquier caso el artículo original se puede leer aquí (hay que subir otro documento a cambio pero es un servicio gratuito): http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

¿Cómo son la lactancia y la menstruación desde una perspectiva cultural? La autora comienza afirmando, como el biólogo Roger Short o más recientemente la antropóloga Beverly Strassmann, que en las sociedades preindustriales la lactancia es prolongada e intensiva, como norma, mientras que la menstruación es poco común. Estos dos hechos están relacionados ya que existen factores culturales que reducen o aumentan la frecuencia en la succión de los bebés, entre otros aspectos, y esto a su vez afecta a la duración de la amenorrea de la lactancia (la ausencia de regla).

Harrell constata que la industrialización ha sido asociada a un declive mundial en la lactancia materna. Antes de seguir hago un inciso, porque yo me enteré de que existía la “amenorrea de la lactancia”, es decir, la falta de regla durante un tiempo de la lactancia, al vivirlo en primera persona con 31-32 años. Nunca antes había oído hablar de ello, lo que también dice mucho del ínfimo papel que tiene la lactancia materna dentro de los conocimientos comunes que tenemos sobre sexualidad humana.

La autora pasa después a invitar a los antropólogos a repensar la condición de la mujer desde un punto de vista fisiológico y simbólico, ya que al vivir en una sociedad (sobre todo en los años 70 y aún hoy) en la que la lactancia materna casi desapareció del mapa muchos estudios de antropología olvidaron y obviaron la lactancia y la consiguiente amenorrea que la acompaña. Es decir, viene a decir que no se puede estudiar una sociedad tradicional desde el ciclo reproductivo moderno, hay que entender el fenómeno desde un punto de vista evolutivo para evitar sesgos. Como hoy en día se amamanta muy poco y se usan anticonceptivos, lo habitual es que las mujeres menstrúen cada mes, pero esto no siempre fue así.

Barbara Harrell hace un repaso sobre lo que se conocía en su época sobre la amenorrea de la lactancia y la ausencia de fertilidad, antes del famoso consenso de Bellagio, apoyado por la Fundación Rockefeller y la OMS (hay información actualizada sobre el método anticonceptivo MELA aquí). Un autor de los años ’60 llamado Christopher Tietze, por ejemplo, estudio la Normandía rural entre 1674-1742 llegando a la conclusión de que el amamantamiento era un anticonceptivo fiable en esa época durante los 10 primeros meses y se dio cuenta de que las mujeres que no amamantaban tenían dos ciclos anovulatorios después antes de volver a quedar embarazadas.

En “Lactancia Prolongada e intervalos entre hijos en Ruanda”, un estudio de Bonte y van Balen, se dieron cuenta de que el 5.4% de las mujeres lactantes se quedaban embarazadas sin menstruar y que las mujeres que amamantaban concebían de media 15 meses después que las que no daban el pecho. En otro estudio de estos mismos autores quisieron comparar las lactancias en la Ruanda urbana y la rural. En el campo se porteaba a los niños a la espalda y se les ofrecía el pecho a demanda. Las mujeres urbanas ofrecían el pecho con horarios. En los resultados se observó una gran diferencia entre la duración de las amenorreas (6.9 las urbanas y 18.6 meses las rurales). Las mujeres de campo concebían 21 meses postparto de media. Entre las no lactantes no había diferencia en si vivían en el campo o la ciudad.

Otro estudio de Boston en los años 60 observó que la amenorrea de las mujeres lactantes fue de media 68 días, solamente 10 días más que las no lactantes. Según los datos de otro investigador, Potter (1965),  en Punjabi había una media de amenorrea postparto de 11 meses. Estimaron que las mujeres Punjabi pasaban el 40% de sus vidas reproductivas en estados amenorreicos (embarazos y lactancias). En Alaska, Berman (1972) constató una media de 10 meses de amenorrea de lactancia de media frente a los 52 días en las que no amamantan. En Guatemala (Delgado, 1979) vieron que la media era de 14 meses de amenorrea de la lactancia.

En EEUU Kippley (1969) hizo un estudio entre las lectoras de su libro “Breastfeeding and natural child spacing” y la media fue de 10 meses de amenorrea, con un rango entre 1 y 30 meses. ¡30 meses son 2 años y medio sin menstruación! La mayor media de amenorrea, 14.6 meses, se consiguió en 29 casos: nada de biberones ni chupetes, nada de sólidos ni líquidos los primeros 5 meses, nada de horarios, con tomas nocturnas y tomas tumbadas o reclinadas. Este estudio demuestra que en mujeres canadienses y estadounidenses bien nutridas también es posible que se produzcan amenorreas de la lactancia prolongadas, al menos bajo algunas circunstancias. Es decir, en el mundo industrializado si se siguen pautas culturales de lactancia preindustriales también se alarga la amenorrea.

El ciclo reproductivo preindustrial

La autora pasa a describir en el siguiente apartado de forma idealizada cómo sería el ciclo reproductivo preindustrial, para después matizarlo y aclarar que había también otros modelos que no se ajustaban a él (célibes voluntarias e involuntarias, las separaciones del compañero sexual…Yo añadiría también a las mujeres que tenían hijos amamantados por nodrizas). Es bastante similar a la realidad que describe Roger Short en el post anterior:

“Una mujer joven se casa un año o dos después de la pubertad y se queda embarazada un año después de la boda. Después de 10 meses lunares de amenorrea del embarazo, da a luz a su primer hijo, que comparte su cama hasta que es destetado. El destete no se completa hasta que el niño puede masticar y es pospuesto probablemente hasta que un segundo embarazo parece obvio. El intervalo de retorno de la menstruación es 13 meses, llegando a 16 meses en muchas sociedades (Tietze 1961). Cuando la ovulación y la menstruación vuelven, el ciclo se repite, generando un intervalo fisiológico de 2 años, 2,5 años”

“Se podría concluir que los meses de menstruación ocupan menos de 1/4 de la vida reproductiva de una mujer”.

Hay tres factores que modifican o matizan la validez del paradigma reproductivo preindustrial: 1) el 50% de las concepciones no resultan en niños vivos y son percibidos como una menstruación retrasada, 2) mortalidad infantil antes del año tiende a reducir la amenorrea, 3) anticoncepción (abstinencia, coitus interruptus, pesarios vaginales…). 

Otros factores interesantes que interactúan con el ciclo reproductivo (de los que también habla Roger Short en su artículo) son el estrés, la malnutrición y el ejercicio físico:

“El ejercicio vigoroso y sostenido puede promocionar la amenorrea, alterando la masa corporal o por otros mecanismos. Es interesante que tanto el estrés y el ejercicio pueden incrementar la prolactina en humanos de ambos sexos. Los dispositivos que ahorran esfuerzos, incluyendo el automovil, pueden reducir el nivel de ejercicio de una población. El grado de fuerza física y estamina que se requiere para las actividades de subsistencia de las mujeres en la mayor parte de sociedades preindustriales podría sorprender al moderno occidental. La inactividad podría ser un factor del declive de la amenorrea de la lactancia observada en las sociedades modernas”.

El periodo de transición y cómo es silenciado en la sociedad industrial

Nunca había oído hablar del concepto antropológico de “transición” en el ámbito de la relación materno-filial, creo que ahora se habla más de “exogestación”, es decir, la gestación que se hace fuera del útero materno. Por ejemplo, se suele decir que el bebé está 9 meses dentro de nuestro vientre y otros tantos meses fuera (o más). Esta idea de la transición fue expuesta por Margaret Mead y Niles Newton por primera vez para describir el periodo en el que los niños son completamente dependientes para su sustento, cuando se sustituye el cordón umbilical por el amamantamiento.

Afirma Harrell: “En las sociedades modernas este periodo de transición está silenciado y puede ser abolido por completo; en las sociedades preindustriales no se puede permitir que ocurra”.

Y aquí es cuando comienza lo interesante de este artículo, ya que comienza a relacionar la silenciación del periodo de transición con la industrialización y la consiguiente reducción del tiempo de amenorrea de la lactancia debida a una menor frecuencia de succión. ¿Y por qué se da este fenómeno? Harrell enumera unos cuantos correlatos culturales en relación al periodo de transición silenciado a los que yo aporto mi interpretación y añado elementos de reflexión basados en mi propia experiencia. Este listado no entra en juicios sobre las diferentes formas de crianza sino que analiza las posibles causas de que el periodo de transición haya sido silenciado con la llegada de la modernidad:

1. El pecho de la mujer es conceptualizado principalmente como algo enfocado hacia los hombres. Se considera que las mujeres no deberían enseñar sus pezones. ¿No nos suena de algo a la censura contra el pezón femenino en facebook?

2. El pecho femenino se ve secundariamente como un órgano que produce leche.

3. Las tomas se ven como deberes que deberían ser espaciados, y se trata de eliminar la toma nocturna lo antes posible. Cuando hay demanda frecuente se cree que es porque se tiene poca leche. Se sustituyen las necesidades de estimulación oral de los bebés por objetos diseñados ad hoc, como los chupetes. Es decir, en la cultura popular industrializada se desconoce totalmente cómo funciona la lactancia materna. Relacionándolo con el tema de la amenorrea y la anovulación, la frecuencia de las succiones y que no pasen demasiadas horas es fundamenteal para mantenerla. Es sencillamente la forma en la que la Naturaleza o la evolución favoreció que las crías humanas sobrevivieran con un intervalo suficiente entre nacimientos. Pero, claro, en el mundo industrializado todo esto deja de tener sentido, de forma aparente, ya que los niños pueden tomar biberón y las madres pueden usar métodos anticonceptivos. Pero no es oro todo lo que reluce… Ni el biberón es igual a la teta para el bebé,  ni el cuerpo femenino ha mutado para adaptarse a los nuevos tiempos, como lo corrobora el alto índice de casos de cáncer de mama. 

4. El llanto se considera que es algo sano, con ciertos límites. Mi interpretación de lo que dice Harrell aquí es que el llanto del bebé en el mundo industrializado está trivializado, no se entiende que tiene un sentido y se tapa con chupetes, es decir, tetas de látex o silicona fabricadas en serie y en cadenas de montaje. Por no hablar de métodos Ferber o Estivill…

5. Se cree que los adultos necesitan tiempo separados de los niños, tanto con cunas o habitaciones separadas (lo que obliga a que los padres tengan que abandonar la cama para las tomas nocturnas) como en la separación entre el mundo de los adultos y el mundo de los niños. Tiene más importancia el vínculo matrimonial que el materno-filial.

6. Se considera necesario y deseable organizar las actividades en base a un estímulo externo como un reloj o un calendario. Se hacen las cosas porque “es la hora”. Por ejemplo, la gente normalmente come porque es la hora de comer, no porque tengan hambre. La cultura reconoce los conceptos de “hora de bañarse” o “hora de la siesta” como distintos de suciedad o somnolencia. Similarmente, la gente inspecciona sus relojes para decidir si un niño está llorando y chupando su dedo está preparado para comer.

Además de los elementos culturales, Harrell añade otro listado de objetos o factores que proliferan cuando aumenta el dinero y que se asocian con un periodo de transición silenciado:

1. Todo tipo de gadjets, juguetes, carritos y andadores que distraen y separan al niño del pecho.

2.  El ocio adulto que fomenta la separación madre-niño, lo que puede influir en los niveles de prolactina. 

3. A casas más grandes, se tiende a dormir en habitaciones separadas y a tener mayor acumulación de juguetes infantiles. 

4. El periodo de transición también se ve reducido con el mayor acceso a diferentes tipos de alimentación suplementaria y la leche de vaca, que reducen la frecuencia del amamantamiento y la prolactina.

5. Algunos tipos de ropa impiden el amamantamiento frecuente.

6. Los relojes, la televisión, la iluminación artificial no respetan los ritmos circadianos y los estímulos intrínsecos como el hambre, la saciedad, la fatiga y el comfort.

7.  Algunas prácticas médicas anticuadas pero no obstante “modernas” como el aislamiento de los niños y el uso y abuso de la analgesia obstétrica pueden tener efectos negativos en la interacción madre-niño. 

8. El sistema económico anima la separación madre-hijo desde una edad temprana para que las mujeres trabajen fuera del ámbito doméstico. Incluso cuando las madres no están separadas de sus niños, el periodo de transición puede ser difícil de mantener. 

Después Harrell toca un tema que me toca de cerca ya que habla del colecho y del mantenimiento del contacto físico nocturno, las tomas nocturnas y sus oleadas de prolactina. ¿Por qué nos molestan tanto las tomas nocturnas a las mujeres occidentales incluso aunque durmamos con el bebé al lado? ¿Quizás porque no somos capaces de dormir y dar de mamar a la vez y por eso no descansamos bien? Para muchas mujeres el colecho no ha evitado los despertares nocturnos ni el sueño interrumpido. Muchas añoramos “dormir del tirón”, sin embargo, después de leer un libro de entrevistas a mujeres cazadoras-recolectoras Kung del desierto de Kalahari (Nisa: The Life and Words of a !Kung Woman), veo que en su cultura los niños maman también con la madre dormida. Entiendo que para intentarlo en nuestra sociedad tendríamos que mantener las precauciones habituales del colecho. Seguiremos investigando…

Cambio socioeconómico y el periodo de transición: el caso taiwanés.

 “Un asunto de particular importancia en el periodo de transición en las sociedades modernas es el del cuidado infantil en el lugar de trabajo. Jimenez y Newton estudiaron 195 sociedades en relación con la reincorporación al trabajo en el postparto; observaron que la mayor parte de las sociedades tradicionales con lactancias prolongadas permiten a las madres quedarse cerca físicamente de sus hijos mientras hacen su carga de trabajo completa”. 

En este apartado de su artículo, Barbara Harrell habla de su experiencia en los años 70 en una ciudad minera del Taiwan rural como madre lactante. Se fijó en varias cosas:

1. Las mujeres lactantes podían amamantar en público en cualquier ocasion. Los hombres ni miraban. 
2.  La experiencia empírica en los pueblos probaba que los niños de pecho estaban más sanos y grandes que los de leche artificial, porque la leche de fórmula se diluía demasiado y no se esterilizaban bien los biberones. La gente del pueblo pensaba que no había que suplementar antes de los 9-12 meses y la comida que se ofrecía eran gachas de arroz. Recuerdo que la recomendación actual de la OMS es de empezar a ofrecer alimentación suplementaria a partir de los 6 meses para evitar anemia en el bebé. 

3. No había horarios para el pecho, se amamantaba a demanda. Se utilizaban algunos chupetes.
4. La tolerancia hacia el llanto de los bebés era variada. Ninguno podía pensar que llorar era bueno para los bebés. Se solía ofrecer el pecho para callar al bebé. A medida que el bebé crecía los oídos de los cuidadores se hacían más sordos al llanto. 
5. Todos los bebés compartían la cama con sus padres por la noche; la gente rural no concebía otra posibilidad. La gente no puede imaginar excluir a los niños de bodas, funerales u otro tipo de actividades de ocio. Los niños eran discretos en esos actos, que no eran solemnes ni silenciosos. 
6.   Los horarios eran muy flexibles para los mineros, los de las fábricas y los colegios sí que funcionaban siguiendo el reloj.

Después, enumera una serie de cambios que comenzaban a darse a raíz de la “modernización”:

1.       Los cochecitos se estaba empezando a notar en el campo, con la pavimentación. Algunos niños de la comunidad eran confinados al carrito casi todo el día.  
2.       No había ningún pasatiempo para las mujeres que dejaban a los niños en casa. 
3.       En las casas se estaba muy apretado, los padres y los niños compartían cama. La abuela tenía su cama, algunas veces compartida con algún niño en proceso de destete. 
4.       La nutrición taiwanesa era adecuada. La gente del pueblo seguía la costumbre de alimentar a la puérpara con pollo, aceite de sésamo y arroz. 
5.       La ropa estaba cambiando desde los tiempos de las abuelas. La mayor parte de las mujeres estaban utilizando sujetadores y vestidos occidentales. A pesar de lapresencia ubicua de las mini faldasque temporada, las mujeres jóvenes seguían prefiriendo la posición en cuclillas durante la mayor parte de las actividades. Como sabemos las mujeres lactantes, del siglo que sea, con un vestido que no sea de lactancia no se puede amamantar porque te tendrías que subir el vestido hasta el pecho. Respecto a las cuclillas es un tema interesante del que Casilda Rodrigáñez habla también en sus libros.
6.       Los relojes y las luces eléctricas estaban presentes pero no eran destacables. Aproximadamente dos tercios de las familias tenían su propia televisión. 
7.       El nacimiento de los niños estaba pasando del pueblo a las clínicas de matronas, aunque algunas mujeres preferían parir en casa atendidas por su suegra. El parto se hacía sin analgesia. La madre y el niño se quedaban en casa un mes después del parto. Se les consideraba contaminados durante ese tiempo. A las mujeres jóvenes les parecía una práctica sofocante. 
8.       Algunas mujeres se estaban dedicando a tejer jerseys para la exportación. 

En base a todo esto la autora hizo una investigación. Quiso probar la hipótesis de que la presencia de la suegra estaba relacionada con el declive de la duración del periodo de transición, porque parecía que las mujeres que vivían con sus suegras ofrecían biberones y destetaban más tempranamente que las mujeres que no vivían con sus suegras. “Era obvio que las mujeres jóvenes que trabajaban en la industria del tricotado tenían suegras que cuidaban de sus hijos, pero como muchas de ellas trabajaban en casa, cerca de sus niños, parecía poco probable que el trabajo en sí interfiriera con el amamantamiento a tal grado”. 

Después de hacer entrevistas vio que la duración de la lactancia materna era de 12-13 meses pero que había decrecido desde la estimación de 2 años de otros estudios nacionales realizados en los años 50 y de 17,7 en el Taiwan rural de los años 60. Se dio cuenta que su hipótesis sobre las suegras no era cierta y que no había correlación alguna entre la presencia de la suegra y duración de la lactancia. Sin embargo, sí la había con el trabajo. Entre los bebés de madres trabajadoras, el 56% había suplementado antes de los 5 meses, comparado con el 24% de los bebés de las madres no trabajadoras. La única correlación que existía con las suegras era que las mujeres que trabajaban en casa necesitaban su ayuda para cuidar a los bebés, pero no eran causa de nada sino una consecuencia más asociada al trabajo monetarizado.

Había 3 razones aportadas por las mujeres para el fin de su lactancia: 1) no tener suficiente leche. 2) que el bebé había aprendido a andar, lo que significaba que era edad de destetar, 3) un nuevo embarazo. Barbara Harrell concluyó que el empleo (se entiende que trabajo remunerado) en el hogar podía asociarse con un periodo de transición reducido y que la explicación más probable era el acceso reducido al amamantamiento, una menor frecuencia de succión y, por tanto, de prolactina.

La autora reflexiona de forma muy acertada: “Todas las mujeres entrevistadas querían amamantar. Según los estándares americanos modernos lo hicieron con éxito, según los estándares preindustriales taiwaneses, no. Este declive empezó en un entorno que apoyaba mucho el amamantamiento, pero es predecible que las actitudes cambiarán para ir acordes con el acceso a la vida moderna”

“Arrastradas por la fiebre del desarrollo tecnológico, las mujeres del Taiwan actual, no pueden distanciarse facilmente de las demandas del progreso para evaluar sus efectos en sus vidas. 
 (…) Tendrán que ser quizás los antropólogos los que tendrán que proveer al mundo con un marco cognitivo de apoyo a la lactancia contra el empuje de la modernización, así permitiendo a las mujeres elegir o rechazar el amamantamiento sobre una base distinta del ratio de fracaso”. 

Las conclusiones de su estudio no son ninguna tontería: el trabajo remunerado está asociado a una menor succión del pecho, incluso aunque se haga en el hogar y el bebé esté cerca cuidado por la abuela. Podemos decir que no tendría que ser necesariamente así, podemos usar sacaleches, podemos intentar trabajar con un portabebé para que el bebé pueda succionar mientras trabajamos, etcétera, pero que es un efecto constatado de la modernidad, es un hecho. ¿Debería respetar el trabajo asalariado que algunas mujeres no queramos renunciar a la succión frecuente por todos los beneficios que conlleva para bebé y madre, incluida la amenorrea de la lactancia? Yo creo que sí. ¿Se soluciona con guarderías en las empresas o con que nos acerquen al niño para mamar? Quizás. ¿Podría hacerse con trabajos que admitieran a nuestros hijos, como en aquel cuadro de Bilbao de “las cigarreras”? A lo mejor. La lactancia materna y la fisiología femenina tiene sus propias lógicas internas que no entienden de ideologías, sistemas económicos, políticos o laborales. Por ejemplo, la leche materna tiene defensas que pasan de la madre al hijo a través del pecho, pero poca gente sabe que la madre produce defensas en referencia al ambiente en el que se encuentra, no defensas para las posibles bacterias y virus de la guardería con los que no ha tenido contacto. De hecho, muchas guarderías no permiten entrar a las madres a las aulas. Todavía nos queda un largo camino de reflexión, pero para que cada cual escoja su camino en el siglo XXI se necesita observar el paisaje a vista de pájaro y reconocer las limitaciones materiales, para luchar contra ellas o adaptarse a las mismas.

Conclusiones

La autora finaliza su artículo con unas conclusiones muy profundas. Constata que en antropología se ha escrito mucho sobre todo tipo de símbolos y ritos menstruales, pero no hay casi nada sobre lactancia. ¿Y cuál es la posible causa? Según ella porque en las sociedades occidentales modernas los ciclos menstruales se repiten a sí mismos “ad infinitum” mientras que la lactancia es algo inusual. Sería una especie de sesgo en la visión de la antropología actual, que no es capaz de abstraerse de la realidad actual del todo.

Mientras Margaret Mead y Newton consideran la lactancia como un periodo de transición para el bebé, la autora se interesa por el fenómeno desde el punto de vista de la mujer en sí misma. La lactancia prolongada se asocia con una ausencia de menstruación prolongada y esto se ve influido por factores culturales que influyen en la frecuencia de amamantamiento. La amenorrea es la norma para las mujeres preindustriales. La menstruación en ese mundo es un estado “liminal” entre dos hijos (un concepto antropológico que se podría traducir por “transitorio”) y poco común. Si no está entre niños está en la pubertad o en la menopausia, cuando se suelen tener ciclos anovulatorios. Ese estado de estar como entre “dos tierras” es, según Harrell, lo que podría relacionarse con las ideas de magia, contaminación o aislamiento que han sido estudiados por la antropología.

 ¿Y qué del ciclo menstrual recurrente actual?
“En la sociedad occidental moderna, funcionamos continuamente en este estado sexual aumentado, este surgimiento cíclico de potentes hormonas femeninas. Pensamos que es nuestro derecho natural de nacimiento, y como mujeres nos ponemos a la defensiva ante la sugestión de que la “naturaleza” pueda afectar nuestro temperamento o juicio. Tendemos a favorecer la aceptación pública de la menstruación como una función normal y natural, aunque lo hacemos con un cierto grado de ambivalencia. Por ejemplo, en “The Curse”, un exhaustivo esfuerzo para desmitificar la menstruación, en última instancia se recomienda ratificar”el más elemental y obvio aspecto de la condición de mujer” a nuestras hijas como “la bendición de Eva”, promoviendo al mismo tiempo y con entusiasmo la extracción menstrual, el “periodo de 60 segundos” (Delaney, Lupton y Toch). (…)”

 La menstruación de 60 segundos de la que habla el libro de “The Curse” es una aspiración del líquido menstrual similar a un aborto temprano y que un grupo feminista difundió en los años setenta.


Pero aquí viene el párrafo más impactante y enigmático de todo el artículo de Barbara B. Harrell con el que me despido: 

“El ciclo reproductivo preindustrial con su periodo de transición intensivo sugiere otra visión, que el ciclo menstrual continuo no es un atributo natural de las hembras humanas. Quizas “la maldición” (“the curse” en inglés quiere decir maldición y es un nombre coloquial de “la regla”) puede ser explicada como un artefacto de la Edad de la Tecnología, algo impuesto a las mujeres por una sociedad de la abundancia que no necesita más niños“.

Recuerdo el acceso al artículo completo en inglés:  http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

ACTUALIZACIÓN: 
Como se aclara en el libro “On fertile ground: a natural history of human reproduction” actualmente hay varias posturas o enfoques que explican la falta de menstruación temporal en las madres lactantes: las que basan la explicación en la frecuencia de las tomas del bebé (John Bongaarts), otra es la de la carga metabólica relativa (la energía que tiene que derivar la madre hacia la lactancia se reduce al introducir alimentación complementaria, por ejemplo) y también hay una investigadora que ha añadido una más, la influencia en la fertilidad de la mujer del nivel de grasa en su cuerpo (Rose Frish)”. Más en: “La evolución de la reproducción humana” de Roger Short (1976)” http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/la-evolucion-de-la-reproduccion-humana.html