Más allá del parque – #6 – Bebés, lágrimas y microfilms

Este fue un “Más allá del parque” muy agridulce. Salí de casa con la ilusión de encontrar los primeros números de una revista anarquista en una hemeroteca de cuyo nombre no quiero acordarme… y volví a casa enfadada y triste.

Todo parecía perfecto, la tenía delante y conseguí leer la primera página de la revista cuando de repente mi hijo de 19 meses, que estaba tan tranquilo sentado en su silla comiendo un trozo de pan dijo una palabra. No sé si fue “pan” u otra, pero el caso es que se nos acercó un hombre con una bata blanca para decirnos que si seguía “así” el niño “íbamos a tener que irnos”. Me quedé pálida. ¿Qué? Pero si encima yo estaba tan contenta de lo relajado que estaba… No había molestado a nadie, no estaba llorando, no estaba gritando. Yo sería la primera en marcharme en cuanto él se cansara o empezara a hablar alto, por eso no entendía que a alguien le pudiera molestar. Le dije que no estaba molestando y miré a mi alrededor y pregunté si estaba molestando a alguien. Una mujer dijo que no, unos chicos que, de hecho, estaban hablando bajito porque estaban haciendo unas fotocopias, dijeron que no y un hombre me hizo el gesto de “bueno, bueno, mitad, mitad”.

Me levanté indignada, con tan solo una hoja leída de la revista y le dije que no lo entendía. Ahí ya me habló de normas, que en realidad los menores de 18 años no podían entrar en ese lugar. La rabia me podía y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos de impotencia. ¿Por qué si no molestaba a nadie nos teníamos que ir? Luego hablarán de conciliaciones e historias. Las madres y los bebés tenemos que estar o en casa o en el parque, como nos salgamos del guión marcado dejamos de ser bienvenidos. ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? Luego nos quejaremos de que los adolescentes solamente hacen botellón. Pero si no se les deja participar en la vida nunca, siempre recluidos en las cosas “de niños” para que no molesten. ¿Es que acaso se les ha permitido hacer otra cosa? ¿Tener inquietudes? ¿Conocer mundo? ¿Ver cosas interesantes? ¿Poder conocer el apasionante mundo de las bibliotecas y la investigación? No. Todo prohibido. Creo que incluso ir a conciertos con tu propio hijo está prohibido, no vaya a ser que se emborrache… ¡Cuánta hipocresía!

Sí, ya sé que para un bebé de 19 meses ver a su madre leyendo un microfilm no es lo más emocionante del mundo. ¡Pero estaba tranquilo observando! No pedía más, no molestaba, simplemente se estaba comunicando con sus primeras palabras. ¿A qué tipo de ser o de ogro le molesta un niño que habla? Pero es que lo peor de todo es que nadie se había quejado…

En fin, no digo el lugar porque no quiero concretar esto que ha ocurrido en un lugar concreto. Podría haber ocurrido en muchos lugares y da lo mismo. No me interesa ni montar ruido ni hacer una concentración delante del edificio. Quiero intentar abrir la mente de las personas, de los trabajadores de las instituciones que obedecen “órdenes” y se acuerdan de “reglamentos”. A veces hay que ser un poquito insumiso, tener un poco de sentido común e incluso hacer la vista gorda en las excepciones cuando no se molesta a nadie. Incluso diría más. Habría que poner en cuestión ese tipo de normativas que promueven un tipo de “apartheid” a las madres y padres acompañados de sus bebés.

Vivimos en una sociedad niñofóbica, lo de adultocéntrico se queda corto en muchas ocasioines. Es como si, al estar los niños segregados en guarderías, colegios, parques y ludotecas el mundo adulto hubiera olvidado lo que es ser niño. Pero creo que es importante que los niños nos acompañen a hacer cosas, siempre que no suponga un sufrimiento para ellos ni se moleste a los demás, claro. Pero de esto último ya nos encargamos y nos hacemos responsables los padres. Evidentemente no voy a llevar a mi hijo a una sala en la que la gente está concentradísima estudiando para un examen. Están ahí buscando silencio extremo y un bebé puede perturbar esa calma. Pero hay situaciones y situaciones, es la falta de flexibilidad y de tolerancia lo que critico.

Hace poco escribí a la Bolsa de Madrid para hacer una visita guiada. ¿Qué me contestaron? “Buenos días, Le comunico que no está permitido la entrada a menores de 16 años por motivos de seguridad de la Institución. Así mismo, para poder realizar la visita, nos debe facilitar los siguientes datos de todos los asistentes: (…)”.

¿Por motivos de seguridad? Me dieron ganas de contestarle de forma sarcástica: “Mi hijo va conmigo en la mochila y ya sé que una madre con un bebé son algo subversivo en este mundo niñofóbico pero desafortunadamente no somos un peligro para los especuladores. Solamente queríamos conocer su institución.”

Creo que uno de los pilares en los que se asienta este loco sistema es el de la segregación, el de la separación de nuestras facetas dentro de una misma persona y la separación de las personas en función de su edad. Claro que a todos nos gusta relacionarnos con nuestros iguales, pero es enriquecedor también que haya espacios de mezcla para aprender unos de otros: los viejos de los jóvenes, los jóvenes de los viejos, los niños de los adultos, los adultos con los bebés… Todos hemos sido bebés y seremos también ancianos. Como decía aquel sabio latino: “soy humano y nada humano me es ajeno”.

IMG_0525

La única página que alcancé a leer…

IMG_0528

Como nota humorística final a este trágicomico episodio os diré que haciendo una búsqueda en google encontré casi toda la revista digitalizada… Si lo hubiera sabido antes de salir de casa nos habríamos ahorrado un disgusto:

http://hemerotecadigital.bne.es/results.vm?q=parent:0002860475&lang=es